TEMA
VI
EL
AMOR DE DIOS
PUESTO EN OBRAS

Lo
opuesto al amor no es el odio sino la indiferencia, lo opuesto a la
fe no es la herejía sino la indiferencia, lo opuesto a la vida
no es la muerte, sino la indiferencia (Elie Weisel). La indiferencia
ante el amor de Dios que se manifiesta de muchas formas en nuestra vida,
como frente a las necesidades de los demás, ha sido en la historia
de la humanidad la actitud que ha conducido al ser humano a manifestar
poco interés en las cosas recibidas como en aquellas por compartir.
La
indiferencia nos hace olvidar que hemos sido creados por amor; a pesar
de que el término amor se ha convertido en una de
las palabras más utilizadas en nuestro lenguaje, y también
de las que más se ha abusado, se habla de amor a la patria, de
amor por la profesión o el trabajo, de amor entre amigos, entre
padres e hijos, del amor al prójimo y del amor a Dios. El amor
es éxtasis, pero no en sentido de arrebato momentáneo,
sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí
mismo hacia la liberación mediante la entrega de sí y
de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún,
hacia el descubrimiento de Dios en nuestra vida.
En
la carta encíclica Deus Cáritas est,
el papa, Benedicto XVI nos invita a reflexionar sobre la distinción
entre el amor descendente y el amor ascendente, él considera
que lo típicamente cristiano es el amor descendente, oblativo,
ágape; el amor ascendente, vehemente y posesivo, es decir,
el eros, ha caracterizado a muchas culturas no cristianas, y ha sido
muy explotado. Amor ascendente y descendente nunca llegan a separarse
completamente; si bien el eros inicialmente es sobre todo vehemente,
ascendente, fascinación por la gran promesa de felicidad, al
aproximarse la persona al otro se planteará cada vez menos cuestiones
sobre sí misma, para buscar cada vez más la felicidad
del otro, se preocupará de él, se entregará y deseará
ser para el otro. De esta manera, el momento del ágape
se inserta en el eros inicial y se enriquece la respuesta.
El
ser humano no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente;
no puede dar únicamente y siempre, también debe recibir.
Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don, de esta manera
el hombre puede convertirse en fuente de la que manan ríos de
agua viva (cf. Jn, 37-38).
Dios
ama tanto al hombre que, haciéndose hombre Él mismo, lo
acompaña incluso en la muerte, el amor apasionado de Dios por
su pueblo, por el hombre, es un amor apasionante que conduce a una experiencia
de donación por el ser humano. De esta forma el ser humano encuentra
razón para amar generosamente.
AMOR
A DIOS AMOR AL PRÓJIMO
Amar
es una decisión, no un sentimiento, pues los sentimientos van
y vienen, pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no es la totalidad
del amor, amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo y el
fruto de esa acción es el amor.
Nadie
ha visto a Dios jamás, ¿Cómo podemos amarlo? Podríamos
preguntarnos, la Escritura por su parte nos dice que si decimos que
amamos a Dios e ignoramos al hermano, somos mentirosos, pues quien no
ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (1
Jn 4,20). Este texto en modo alguno excluye el amor de Dios, como si
fuera un imposible; por el contrario, el amor a Dios es exigido implícitamente.
Lo que se subraya es la inseparable relación entre amor a Dios
y amor al prójimo. Ambos están tan estrechamente entrelazados,
que la afirmación de amar a Dios es en realidad una mentira si
el hombre se cierra a su hermano. El amor concreto al prójimo
es un camino para encontrar también a Dios; cerrar los ojos ante
la necesidad del prójimo nos convierte en ciegos ante Dios.
Si
en la vida del cristiano falta el contacto con Dios, podrá ver
siempre en el prójimo solamente al otro, sin reconocer en él
la imagen divina. Por el contrario, si en la vida del discípulo
omite del todo la atención al otro, queriendo ser atento y cumplir
con los deberes religiosos, con los mandamientos, se marchita
también la relación con Dios, será una relación
correcta pero sin amor. Sólo la disponibilidad, el servicio,
la atención al prójimo, abre sus ojos a lo que Dios hace
por nosotros y lo mucho que nos ama. Para el discípulo el encuentro
con el maestro adquiere realismo y profundidad precisamente en su servicio
a los demás. Amor a Dios y amor al prójimo, son inseparables,
son un único mandamiento. No se trata de un mandamiento externo
que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor que por
su propia naturaleza ha de ser compartida, porque el amor crece a través
del amor.
EL
AMOR, ALMA DE LA MISIÓN
La
naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea:
anuncio de la palabra de Dios (kerigma-martyria), celebración
de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia),
son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra.
Para la iglesia misionera, la caridad no es una especie de actividad
de asistencia social, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación
irrenunciable de su propia esencia. El amor es la esencia del trabajo
misionero, como hijo de Dios, el cristiano está llamado a dar
a conocer el amor infinito del Padre, un amor que se traduce en solidaridad
y caridad con todos, particularmente con los más necesitados.
El
amor siempre será necesario, incluso en la sociedad más
justa. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse
del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesita
consuelo y ayuda; siempre habrá soledad, siempre habrá
también situaciones de necesidad material en las que será
indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo,
porque cualquier ser humano necesita una entrañable atención
personal. La presencia de la iglesia misionera en el mundo es la presencia
dinámica del Espíritu de Cristo que brinda a los hombres
no sólo ayuda material, sino cuidado del alma, ayuda con frecuencia
mucho más necesaria que el sustento material. Por tal motivo
nunca podremos sentirnos dispensados del ejercicio de la caridad, porque
el hombre de cualquier cultura o condición social, tiene y tendrá
siempre necesidad de amor.
La
caridad cristiana ha sido, es y seguirá siendo la riqueza, el
tesoro de la iglesia.
FRANCISCO
XAVIER, TESTIMONIO DE AMOR

El
destino existencial de Francisco Xavier fue la misión. Su misión,
la misión a él encomendada y por él cumplida, abarcó
inmensas tierras en todo el litoral asiático: India con Ceilán,
Malaca, las Malucas, las islas Célebes, y Japón. China
quedó en su anhelo, en sus sueños. Fue el precursor, el
adelantado que fue abriendo caminos, roturando campos de misión.
Francisco fue misionero, sólo misionero, siempre misionero. Hablaba
sólo de Dios y del evangelio; llevaba a todos hacia Dios con
la sonrisa en los labios, aunque ocultase grandes penas.1
En
la primavera de 1506, cuando en Valladolid moría Cristóbal
Colón, en una fortaleza solitaria de Navarra España, un
7 de abril nacía Francisco de la familia de Xavier. Francisco
crecía bajo el atento cuidado de su madre, que le impartía
la más sana educación, completada por los estudios clásicos,
base de toda cultura y fuente de civilización de todos los pueblos.
A los 19 años se aventuró a la búsqueda de la gloria
humana, pero Dios le seguía dulcemente: Francisco de
qué te sirve ganar el mundo entero si al final pierdes tu alma?,
estas palabras del evangelio expresadas por su compañero de habitación,
Ignacio de Loyola, cambiarían su existencia, ganándolo
para Cristo y cambiando el rumbo de su vida, posteriormente conocido
como Apóstol de las Indias, patrono de las
misiones, porque decididamente Francisco no era un político,
un funcionario, un mercader, un simple viajero: era un misionero, un
hombre con una misión más alta y que lo expresa profundamente
en estas palabras: ¡Qué muerte es tan grande vivir,
dejando a Cristo, después de haberlo conocido, por seguir propias
opiniones o aficiones! No hay trabajo igual a este. Y, por el contrario,
¡Qué descanso vivir muriendo cada día, por ir con
nuestro propio querer, buscando no los propios intereses sino los de
Cristo! (Francisco Xavier)
Francisco
Xavier estaba convencido que seguir a Cristo no es cuestión de
conocimientos, de preparación, de medios, sino de voluntad por
atender la voz de Dios: Señor, aquí estoy ¿qué
quieres que yo haga? Envíame a donde quieras. Su generosa
entrega también a esclavos y enfermos, la ejemplaridad de su
vida, la jovialidad de su carácter, le fueron ganando la simpatía
general. Se olvidaba de comer y dormir atendiendo a los necesitados
de día y de noche, fue un gran orante, perfecto contemplativo
en acción.
Las
obras que realizó Francisco en su misión, representaron
los frutos que la fe produce: Hermanos, si uno dice que tiene
fe, pero no viene con obras, ¿de qué le sirve? (Stgo.
2, 14) servir, más servir, mejor servir, esencia del programa
ignaciano fue el proyecto de Francisco Xavier, quien convencido de amar
y servir entregó su vida con alegría y entusiasmo a la
extensión del Reino. La veneración creciente de su figura
y la proclamación, junto con Santa Teresita del Niño Jesús,
como patronos de las misiones en 1927, son la manifestación de
una vida generosa, animada por la máxima ignaciana: el servicio
a Dios, y por el sentir la voluntad de Dios en su alma y generosamente
cumplirla.
El
ejemplo, el testimonio, el sueño de Xavier han sido a través
de los años, fuente de inspiración de varios proyectos
a favor de la misión ad-gentes, que buscan el amor y la
paz en su plenitud, donde sea posible una vida fraterna sin injusticias
ni discriminación alguna, porque en lo más profundo, en
lo más sagrado del hombre late la vocación al encuentro
con Aquel que es el amor. Celebramos el V centenario del nacimiento
de un alma generosa, entregada plenamente al servicio misionero, Francisco
Xavier patrono de las misiones.
CREADOS
A IMAGEN DE DIOS
A
ejemplo de San Francisco Xavier, Madre Teresa de Calcuta y tantos otros
santos misioneros que han contemplado a Dios, confiado en Él,
colaborado con Él, en el servicio, en la atención a los
más necesitados, tú como yo somos invitados a hacer lo
mismo y ser felices ya desde este mundo.
Nuestra
vocación es el amor, fuimos creados a imagen de Dios para que
administremos y disfrutemos de los bienes que Dios nos ha confiado.
En nuestro continente, América, la iglesia está generosamente
dispuesta a evangelizar, para contribuir a la construcción de
una nueva sociedad, cada vez más justa y fraterna, y en este
proyecto estás tú, estamos todos. Esta iniciativa representa
para nosotros, una bendición de Dios, que convierte a nuestro
continente en continente de la esperanza, que nos compromete a dar una
respuesta gozosa frente a los desafíos que la misión nos
presenta hoy.
Somos
llamados pues, a ejercer nuestra vocación de discípulos
y misioneros de Jesucristo. Como iglesia misionera presente en América
al encuentro de Jesucristo, vamos con la voluntad de responder vigorosamente
a los desafíos de nuestro tiempo, extraer de la riqueza de nuestra
fe todas sus potencialidades para tener una vida más feliz y
más plena, y así comunicar a otros, en nuestro continente,
como en otros pueblos, mediante la generosa participación en
el ejercicio de la caridad, la presencia del Reino y así transformar
el mundo y caminar en la esperanza hacia los cielos nuevos y la tierra
nueva.
DISCÍPULOS
Y MISIONEROS DE JESUCRISTO,
PARA QUE NUESTROS PUEBLOS EN ÉL TENGAN VIDA
En
preparación a la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano
y del Caribe a celebrarse en Brasil, no podemos ignorar la petición
que nos hacen nuestros Obispos a avanzar al lado de Jesús, con
fidelidad a Él y con voluntad de servir al prójimo para
que en Él, todos tengamos vida.
El
encuentro con Jesucristo es la raíz, la fuente y la cumbre de
la vida en la Iglesia y el fundamento del discipulado y de la misión.
Vivimos por ese encuentro y es la razón no sólo de nuestra
fe, de nuestra esperanza, sino también de nuestra entrega generosa
mediante el ejercicio de la caridad.
Por
el encuentro con Jesucristo el discípulo tiene identidad, sabe
quién es, de dónde viene y a dónde va. Y por eso,
el mejor servicio que el discípulo puede hacer al mundo es dar
testimonio de Él y anunciarlo vivo, resucitado y presente. Vale
la pena que nos preguntemos si nuestras reuniones, nuestro apostolado,
nuestra acción social y solidaria nos conduce al encuentro vivo
con Jesús. En medio de los intentos salvajes del mercado que
pretende convertir a todos en sujetos consumidores, el discípulo
de Jesús es llamado a vivir y proponer otro camino: el de la
dignidad humana y la libertad, la solidaridad y la austeridad de vida,
la gratuidad y el servicio a los demás mediante un amor oblativo,
aprendido en el continuo seguimiento de Jesús, su Maestro.
Somos
miembros de la iglesia misionera que peregrina en América, donde
vive casi la mitad de los católicos del mundo, pero no la mitad
de los misioneros del mundo; no olvidemos que cada uno de nosotros está
llamado a ser misionero mediante la oración, el testimonio y
la disponibilidad para ser enviado, y a sentirse responsable de apoyar
el trabajo misionero en otros países, porque como dice nuestro
querido Juan Pablo II, la vida florece en el don de sí
a los otros, según la vocación de cada uno, y de comprometerse
en la construcción de estructuras sociales más dignas
del hombre y de cada hombre, en la promoción y defensa de la
cultura de la vida contra cualquier amenaza de muerte2
A
MANERA DE CONCLUSIÓN
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El
amor ha sido la voz de Dios en el tiempo, la historia ha constatado
cambios de época, actualmente la globalización y
los muchos desafíos que nos plantea nuestro tiempo, piden
del discípulo de Jesucristo una postura más coherente
mediante el ejercicio y la práctica en las obras, de la
caridad cristiana. Como discípulos y misioneros somos convocados
a tomar resueltamente en nuestras manos la misión que Él
nos entrega, para que en Él tengamos vida. |
Vivimos
una nueva época con sus desconciertos, vacilaciones, expectativas
y esperanzas, es necesario pues que como discípulos y misioneros
de Jesús en América, abramos los ojos, la razón
y el corazón a la realidad del mundo y de la Iglesia, porque
tenemos el encargo urgente de ser activos discípulos de Cristo
y hacer nuevos discípulos. Que trabajemos con generosidad por
los más pobres, marginados, abandonados o ignorados por la sociedad,
para que puedan vivir conforme a su dignidad de hijos de Dios.
Abrámonos
con decisión, responsabilidad y compromiso a ser testigos de
Cristo y su evangelio como auténticos discípulos y misioneros.
Humanicemos la globalización y globalicemos la solidaridad, mediante
el amor y la atención a los más desprotegidos.
PARA
REFLEXIONAR EN EL GRUPO
Para
que este tema no quede en algo teórico y nos ayude efectivamente
a crecer en el seguimiento como discípulos y misioneros hoy,
reflexionemos de manera personal como en grupo las siguientes preguntas:
-
¿Vive
en mí la alegría de haber sido llamado a ser discípulo
y misionero de Jesucristo?
-
Nuestro mensaje cristiano y nuestro testimonio ¿es vivido
y percibido por los demás como una buena noticia, un mensaje
de esperanza para el mundo?
-
Nuestro grupo ¿es signo de comunión, en él
se cultiva el ejercicio de la caridad, en él se toma en serio
la vocación de servicio?
-
¿Qué
debemos hacer para acrecentar nuestra vocación misionera,
comprometernos más y responder generosamente a la vocación
misionera (ad-gentes, ad-extra, ad-vitam)?
No
olvidemos que es vital reflexionar con frecuencia sobre nuestro seguimiento,
para que no nos convirtamos en alumnos. El discípulo mantiene
una relación estrecha con el maestro, cuyos pasos el discípulo
sigue sin reserva, asimilándose a su estilo de vida y a su proyecto.
La formación del discípulo y misionero de Jesucristo tiene
como meta la identificación con Él.
FELIPE
REBOLLO MOLINA SX
1
J. Ignacio Tellechea Idígoras; Los sueños de Francisco
de Javier, Ediciones Sígueme, p. 13
2
Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada mundial de la Juventud en Denver,
15 de agosto de 1992, n.5