Visitar Sitio Web de ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

Comisión
Pastoral
Misionera

Domund
2003

Domund
2004

Domund
2005

Domund
2006

Domund
2007

Domund
2008

Domund
2009

Domund
2010

Domund
2011

Mapa del Sitio

IR AL ÍNDICE-CONTENIDO


  Google
Vicaría      de Pastoral

Visitar Sitio Web  de las OBRAS MISIONALES PONTIFICIO EPISCOPALES

ANEXO


EXTRACTO DE LOS MENSAJES DE
S. S. JUAN PABLO II CON OCASIÓN
DE LA JORNADA MUNDIAL MISIONERA
DOMUND

1979—. La misión no es una destrucción de valores; por el contrario, implica una auténtica promoción humana. “A donde llega el Evangelio, llega la caridad”, afirmaba mi Predecesor Pablo VI en el Mensaje para la Jornada Misionera de 1970.

1980—. La iglesia es la “misión encarnada”. La actividad misionera es esencialmente un decidido empeño de anunciar a todo el mundo la salvación del hombre en Jesucristo, que murió y resucitó para ser el Señor de vivos y muertos (cfr. Rom 14, 9).

1981—. Está en juego el futuro de la Evangelización del mundo. Si todos los cristianos estuviesen persuadidos de sus deberes misioneros, las dificultades serían menores. La cooperación misionera tiene también por finalidad sostener materialmente la evangelización. Descuidar o criticar este aspecto podría ser un pretexto sutil para dejar de ser generosos.

1982—. El principio de la corresponsabilidad. Aparece el concepto nuevo de cooperación entendida, no ya en «un sentido único» como ayuda dada por las Iglesias de antigua fundación a las Iglesias más jóvenes, sino como intercambio recíproco y fecundo de energías y de bienes, en el ámbito de una comunión fraternal de Iglesias hermanas, superando el dualismo «Iglesias ricas-Iglesias pobres», como si hubiera dos categorías distintas: Iglesias que “dan” e Iglesias que “reciben” solamente. Existe en realidad una verdadera reciprocidad, pues la pobreza de una Iglesia que recibe ayuda, hace más rica a la Iglesia que se desprende donando.

1983—. El Jubileo de la redención. Ofrecer este socorro generoso es una obligación, un honor y un motivo de gozo , porque significa contribuir a hacer partícipes de los inestimables beneficios de la Redención a todos aquellos que no conocen las “insondables riquezas de Cristo” (cfr. Ef 3, 8). Por eso, repito con el corazón rebosante de solicitud: ¡Abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo! ¡Vamos al encuentro del Salvador, llevémosle a todos los hombres!

1984—. La sangre de los mártires es semilla de cristianos. Sólo en la Cruz puede encontrar el hombre una respuesta válida a la angustiosa interpelación que surge de la experiencia del dolor. Exhorto pues a todos los fieles que sufren —y nadie está exento del dolor— a dar este significado apostólico y misionero a sus sufrimientos.

1985—. La Iglesia es una comunidad misionera. Invito a todos a trabajar no ya aisladamente, sino íntimamente unidos, bajo el signo del mismo ideal y de la misma dedicación común. Reaviven la conciencia del deber de sostener las Obras Misionales Pontificias, todavía lamentablemente no conocidas y organizadas en todas partes. Dando su apoyo, el cristiano se sentirá parte viva y vital de la Iglesia Universal y experimentará el sentido más auténtico de su catolicidad.

1986—. Gran Jornada de la Catolicidad. La solemnidad de Pentecostés reaviva en todos los fieles la conciencia de que la Iglesia debe anunciar el mensaje de Jesús en todo el mundo. Adquiere por eso particular significado la costumbre de hacer llegar a todo el Pueblo de Dios —precisamente el domingo de Pentecostés— un mensaje especial, en este 60 aniversario, para esta «gran Jornada de la Catolicidad», como la quisieron llamar desde su origen. La Jornada Misionera Mundial puede y debe ser, en la vida de cada una de las Iglesias particulares ocasión para llevar a la práctica la pastoral de catequesis permanente de abierta dimensión misionera, proponiendo a cada uno de los bautizados y de las comunidades cristianas, un programa de vida «evangelizada y evangelizadora».

1987—. La responsabilidad y la aportación de los laicos. “Vosotros sois raza elegida, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las grandezas del que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pe 2, 9). De este pueblo privilegiado así descrito por el príncipe de los Apóstoles, son miembros de pleno derecho los Laicos. Tan feliz coincidencia me induce a dedicar este Mensaje a esa vasta y escogida porción del Pueblo de Dios, los fieles laicos —hombres y mujeres de toda edad y condición—, para reavivar en ellos la conciencia de formar parte de un pueblo que es misionero por su misma naturaleza.

1988—. La presencia de María en la misión universal de la Iglesia. Rindo cordial homenaje al empeño generoso, y a veces heroico hasta el martirio, de los misioneros y misioneras esparcidos en todos los continentes, y hago llegar a ellos y a todos los cristianos un afectuoso saludo y un ferviente estímulo en nombre de toda la Iglesia, exhortándoles a no desanimarse ante las dificultades de su apostolado, a confiar en María y a seguir sus huellas.

1989—. En el espíritu y gracia de Pentecostés. Que esta solemnidad haga llegar a todo el Pueblo de Dios, pastores y fieles, una renovada efusión del Espíritu Santo, el Espíritu de la misión, que debe continuar ahora la obra salvífica, basada en el sacrificio de la Cruz. El Papa, en esta Jornada de la caridad universal, se hace portavoz de todos los pobres del mundo, sobre todo de los misioneros que abren la mano a los hermanos de fe y a todos los hombres de buena voluntad.

1990—. Todo sacerdote es misionero por su naturaleza y por su vocación. Evangelizar es la razón de ser de la Iglesia, y si esta es su misión específica, todos sus miembros deben tener viva conciencia de la propia responsabilidad en cuanto a la difusión del Evangelio. Exhorto a todos a pedir con insistencia al Dueño de la mies que envíe operarios a anunciar la Buena Nueva de la salvación en Cristo. Dirijo especialmente esta invitación a los jóvenes, para que se muestren abiertos a la vocación misionera y se hagan mensajeros del Evangelio.

1991—. Es necesaria una nueva llamada a una renovada misión. Unidos todos los hijos de la Iglesia, no sólo en la oración, sino también en el esfuerzo de solidaridad, compartamos la ayuda y bienes materiales para la misión ad gentes. Que la celebración de la Jornada mundial de las misiones sea un estímulo providencial para poner en marcha las estructuras de caridad y para que cada uno de los cristianos y sus comunidades den testimonio efectivo de la caridad. Se trata de “una cita importante en la vida de la Iglesia, porque enseña cómo se ha de dar: en la celebración eucarística, esto es, como ofrenda a Dios, y para todas las misiones del mundo” (Rmi, 81).

1992—. El Señor nos llama a compartir nuestros bienes, comenzando por el tesoro de nuestra fe. La Jornada mundial de las misiones nos llama a una renovada conciencia de la responsabilidad de todos y cada uno en la difusión del mensaje evangélico. Participen todos y cada uno en la misión universal de la Iglesia, ante todo con la cooperación espiritual, acompañando y sosteniendo con la oración las actividades de los misioneros. La Jornada de las misiones constituye, desde hace 70 años, la movilización eclesial más importante para incrementar la cooperación espiritual y material.

1993—. El principio de la corresponsabilidad. Con ocasión del 150 aniversario de la IAM, deseo invitar a impulsar la formación misionera de los niños, conscientes de que la educación en el espíritu misionero debe comenzar ya desde la más tierna edad. Es preciso, por tanto, alimentar su formación misionera con la oración, manantial indispensable de energía para progresar en el conocimiento de Dios y en la conciencia eclesial. Es necesario sostenerla mediante una participación generosa, incluso material, en las dificultades que atraviesan los niños menos afortunados. Estoy convencido de que, del compromiso de la evangelización y del de la promoción humana, en los que es preciso sensibilizar también a los niños, podrán brotar nuevas vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa.

1994—. La Familia misionera del amor y de la vida. La Iglesia, enviada a todo el mundo para anunciar el Evangelio de Cristo, ha dedicado el año 1994 a la familia, orando con ella y por ella, y reflexionando sobre los problemas que le conciernen. No tengáis miedo de comprometer enteramente vuestra vida al servicio de Cristo y de su Evangelio. Escuchadlo mientras repite también hoy: “La mies es mucha, y los obreros pocos” (Lc 10, 2).

1995—. La Iglesia existe para anunciar la gozosa nueva del Evangelio. Imploremos al Señor un celo cada vez mayor por la evangelización: es éste el primero y mayor servicio que los cristianos pueden prestar a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo, marcado por odios, violencias, injusticias y, sobre todo, por la pérdida del verdadero sentido de la vida. Que toda la Iglesia esté dispuesta a anunciar la verdad y el amor de Dios, especialmente a los hombres y a las mujeres a quienes no ha llegado aún la buena nueva de Jesucristo.

1996—. Dios está preparando una gran primavera cristiana para el III Milenio. Exhorto a cada uno de vosotros a que se deje interpelar personalmente por el Señor, frente a los desafíos apostólicos de nuestro tiempo. Se trata del deber, y de la gracia, de comunicar a los hombres no “una sabiduría meramente humana, casi como una ciencia del vivir bien” (Rmi, 11), sino la gozosa experiencia de una “Presencia viva”, que debe reflejarse en todo bautizado, suscitando en los demás “interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera?” (EN, 21). Por consiguiente, la misión es, a la vez, “testimonio e irradiación” (Rmi, 26). De él somos testigos, testigos de fe luminosa e íntegra, de caridad que se manifiesta en obras y es paciente y benigna (cfr. 1 Co 13, 4), de servicio para las numerosas formas de pobreza del hombre contemporáneo.

1997—.
El Señor nos envía a anunciar la Buena Nueva. Todo cristiano desde el bautismo está como Jesús, enviado a proclamar la Buena Nueva. No todos están llamados a ir a las misiones: “Se es misionero ante todo por lo que se es, antes de serlo por lo que se dice o se hace” (Rmi, 23). Lo determinante no es el «dónde» sino el «cómo». Podemos ser auténticos apóstoles, y del modo más fecundo, también entre las paredes domésticas, en el puesto de trabajo, en una cama de hospital, en la clausura de un convento...: lo que cuenta es que el corazón arda de esa caridad divina como la única que puede transformar en luz, fuego y nueva vida para todo el Cuerpo Místico, hasta los confines de la tierra, no sólo los sufrimientos físicos y morales sino también la fatiga misma de las cosas de cada día.

1998—. Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos. El Espíritu, en efecto, es el protagonista de toda la misión eclesial, cuya “obra resplandece de modo eminente en la misión ad gentes, como se ve en la Iglesia primitiva” (Rmi, 21). Llamen nuestra atención las maravillosas iniciativas del Espíritu Santo, para que se refuerce en nosotros la fe y se suscite, gracias precisamente a la acción del Espíritu, un gran despertar misionero en la Iglesia. El Espíritu está presente en la Iglesia y la guía en la misión ‘ad gentes’. El Espíritu ensancha además la perspectiva de la misión eclesial a los confines del mundo entero.

1999—. La voluntad del Padre es que todos los hombres se salven. La Iglesia es consciente de ser llamada a anunciar a los hombres de todo tiempo y lugar el amor del único Padre que, en Jesucristo, quiere reunir a sus hijos dispersos (cfr. Jn 11,52). Invito a alzar la mirada y el corazón hacia el Padre, para conocerlo “tal como Él es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado” (CIC 2779). La misión de salvación es universal: para cada hombre y para todo el hombre. Es cometido de todo el pueblo de Dios, de todos los fieles. La misionariedad debe, por tanto, constituir la pasión de cada cristiano; pasión por la salvación del mundo y ardiente empeño por instaurar el Reino del Padre.

2000—. El Cristo es el primero y el más grande misionero del Padre. Este año, la Jornada se enriquece de significado a la luz del gran jubileo, año de gracia, celebración de la salvación que Dios, en su amor misericordioso, ofrece a la humanidad entera. Es necesaria la colaboración de todos. En efecto, nadie es tan pobre que no pueda dar algo. Se participa en la misión en primer lugar con la oración, en la liturgia o en la propia habitación, con el sacrificio y la ofrenda a Dios de los propios sufrimientos. Esta es la primera colaboración que cada uno puede ofrecer. Luego es importante dar una contribución económica, que es vital para muchas Iglesias particulares.

2001—. Cantaré eternamente las misericordias del Señor. La misericordia divina, que cada fiel ha podido experimentar, nos impulsa a «remar mar adentro», recordando con gratitud el pasado, viviendo con pasión el presente y abriéndonos con confianza al futuro, convencidos de que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8; cfr. Nmi, 1). Este impulso hacia el futuro, iluminado por la esperanza, debe ser la base de la acción de toda la Iglesia en el nuevo milenio. Que este 75 aniversario de la Jornada Mundial Misionera sea una circunstancia oportuna para reafirmar que “las misiones no piden solamente ayuda, sino compartir el anuncio y la caridad para con los pobres. Todo lo que hemos recibido de Dios —tanto la vida como los bienes materiales— no es nuestro” (ib. 81).

2002—. La misión es anuncio de perdón. Recemos asiduamente por las misiones y colaboremos con todos los medios en las actividades que la Iglesia despliega en todo el mundo para construir el Reino de Dios, “Reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz” (Prefacio de la Fiesta de Cristo, Rey del universo). Somos llamados ante todo a testimoniar con la vida nuestra adhesión total a Cristo y a su Evangelio. La Jornada Misionera Mundial, verdadera y propia fiesta de la misión, nos ayuda así a descubrir mejor el valor de nuestra vocación personal y comunitaria. Nos estimula, asimismo, a ir en ayuda de los “hermanos más pequeños” (cfr. Mt 25, 40) a través de los misioneros esparcidos en todas las partes del mundo.

2003—. Aprendamos con María a llevar a Cristo al mundo. El recurso confiado a María con el rezo diario del Rosario y la meditación de los misterios de la vida de Cristo pondrán de relieve que la misión de la Iglesia se debe sostener, ante todo, con la oración. María, la cual, según el misterioso designio divino, con su «sí» hizo posible la salvación de la humanidad y desde el cielo sigue protegiendo a los que acuden a ella especialmente en los momentos difíciles de la existencia. En la escuela de la Virgen y siguiendo su ejemplo, toda comunidad podrá cultivar mejor su dimensión «contemplativa» y «misionera».

2004—. Eucaristía y Misión. La misión está aún lejos de cumplirse y por eso debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio (cfr. Rmi. n.1). Todo el Pueblo de Dios, en cada momento de su peregrinar en la historia, está llamado a compartir la “sed” del Redentor (cfr. Jn 19, 28). «Eucaristía y Misión» forman un binomio inseparable. Pido que se mantenga viva en cada comunidad una verdadera hambre de la Eucaristía. Invito a apoyar a las Obras Misionales Pontificias espiritual y materialmente, para que también gracias a su aportación el anuncio evangélico pueda llegar a todos los pueblos de la tierra.

2005—. Misión: Pan partido para el mundo. “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en conmemoración mía” (1 Co 11, 23-24). Tomemos conciencia de la urgente necesidad de participar en la misión evangelizadora en la que se encuentran comprometidas las Comunidades locales y tantos Organismos eclesiales y, de modo particular, las Obras Misionales Pontificias y los Institutos Misioneros. Es misión que, además de la oración y del sacrificio, espera también un apoyo material concreto. Una vez más aprovecho la ocasión para subrayar el precioso servicio que realizan las Obras Misionales Pontificias, e invito a todos a apoyarlas con una generosa cooperación espiritual y material.

PBRO. GUILLERMO ALBERTO MORALES MARTÍNEZ
Director Nacional de las Obras Misionales Pontificio Episcopales México

Ir a la página anterior
Ir a la página siguiente