Mensaje de Benedicto XVI
para el Domingo Mundial de
las Misiones 2007
Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la próxima Jornada mundial
de las misiones quisiera invitar a todo el pueblo
de Dios —pastores, sacerdotes, religiosos, religiosas
y laicos— a una reflexión común sobre la
urgencia y la importancia que tiene, también
en nuestro tiempo, la acción misionera de la
Iglesia. En efecto, no dejan de resonar, como
exhortación universal y llamada apremiante,
las palabras con las que Jesucristo, crucificado
y resucitado, antes de subir al cielo, encomendó
a los Apóstoles el mandato misionero: "Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar
todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que
yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo" (Mt 28, 19-20). |
|
En la ardua labor de evangelización nos sostiene
y acompaña la certeza de que él, el Dueño
de la mies, está con nosotros y guía sin cesar a
su pueblo. Cristo es la fuente inagotable de la
misión de la Iglesia. Este año, además, un nuevo
motivo nos impulsa a un renovado compromiso
misionero: se celebra el 50° aniversario de
la encíclica "Fidei donum" del siervo de Dios
Pío XII, con la que se promovió y estimuló la
cooperación entre las Iglesias para la misión ad
gentes.
El tema elegido para la próxima Jornada
mundial de las misiones —"Todas las Iglesias
para todo el mundo"— invita a las Iglesias locales
de los diversos continentes a tomar conciencia
de la urgente necesidad de impulsar
nuevamente la acción misionera ante los múltiples
y graves desafíos de nuestro tiempo. Ciertamente,
han cambiado las condiciones en que
vive la humanidad, y durante estos decenios,
especialmente desde el concilio Vaticano II, se
ha realizado un gran esfuerzo con vistas a la difusión
del Evangelio.
Con todo, queda aún mucho por hacer para
responder al llamamiento misionero que el Señor
no deja de dirigir a todos los bautizados.
Sigue llamando, en primer lugar, a las Iglesias
de antigua tradición, que en el pasado proporcionaron
a las misiones, además de medios materiales,
también un número consistente de sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos, llevando
a cabo una eficaz cooperación entre comunidades
cristianas. De esa cooperación han brotado
abundantes frutos apostólicos tanto para las
Iglesias jóvenes en tierras de misión como para
las realidades eclesiales de donde procedían los
misioneros.
Ante el avance de la cultura secularizada,
que a veces parece penetrar cada vez más en
las sociedades occidentales, considerando además
la crisis de la familia, la disminución de las
vocaciones y el progresivo envejecimiento del
clero, esas Iglesias corren el peligro de encerrarse
en sí mismas, de mirar con poca esperanza
al futuro y de disminuir su esfuerzo misionero.
Pero este es precisamente el momento de
abrirse con confianza a la Providencia de Dios, que nunca abandona a su pueblo y que, con la
fuerza del Espíritu Santo, lo guía hacia el cumplimiento
de su plan eterno de salvación.
El buen Pastor invita también a las Iglesias
de reciente evangelización a dedicarse generosamente
a la misión ad gentes. A pesar de encontrar
no pocas dificultades y obstáculos en
su desarrollo, esas comunidades aumentan sin
cesar. Algunas, afortunadamente, cuentan
con abundantes sacerdotes y personas
consagradas, no pocos de los cuales,
aun siendo numerosas las necesidades
de sus diócesis, son enviados a
desempeñar su ministerio pastoral
y su servicio apostólico a otras
partes, incluso a tierras de antigua
evangelización.
De este modo, se asiste a un providencial
"intercambio de dones", que
redunda en beneficio de todo el Cuerpo
místico de Cristo. Deseo vivamente
que la cooperación misionera se intensifique,
aprovechando las potencialidades
y los carismas de cada uno.
Asimismo, deseo que la Jornada
mundial de las misiones contribuya
a que to- das las comunidades
cristianas y todos los bautizados
tomen cada vez mayor conciencia
de que la llamada de Cristo a
propagar su reino hasta losúltimos confines de la tierra
es universal.
"La Iglesia es misionera
por su propia naturaleza —escribe Juan
Pablo II en la
encíclica "Redemptoris
missio"—,
ya que el
mandato
de Cristo no es algo contingente y externo, sino
que alcanza al corazón mismo de la Iglesia. Por
esto, toda la Iglesia y cada Iglesia es enviada a
las gentes. Las mismas Iglesias más jóvenes (...)
deben participar cuanto antes y de hecho en la
misión universal de la Iglesia, enviando también
ellas misioneros a predicar por todas las partes
del mundo el Evangelio, aunque sufran escasez
de clero" (n. 62).
A cincuenta años del histórico
llamamiento de mi
predecesor Pío XII con la
encíclica "Fidei donum"
para una cooperación
entre las Iglesias al servicio
de la misión, quisiera
reafirmar que
el anuncio del
Evangelio sigue teniendo suma actualidad y urgencia. En
la citada encíclica "Redemptoris missio", el Papa
Juan Pablo II, por su parte, reconocía que "la misión
de la Iglesia es más vasta que la “comunión
entre las Iglesias”; esta (...) debe tener sobre todo
una orientación con miras a la específica índole
misionera" (n. 64).
Por consiguiente, como se ha reafirmado
muchas veces, el compromiso misionero sigue
siendo el primer servicio que la Iglesia debe
prestar a la humanidad de hoy, para orientar
y evangelizar los cambios culturales, sociales
y éticos; para ofrecer la salvación de Cristo al
hombre de nuestro tiempo, en muchas partes
del mundo humillado y oprimido a causa de
pobrezas endémicas, de violencia, de negación
sistemática de derechos humanos.
La Iglesia no puede eximirse de esta misión
universal; para ella constituye una obligación.
Dado que Cristo encomendó el mandato misionero
en primer lugar a Pedro y a los Apóstoles,
ese mandato hoy compete ante todo al Sucesor
de Pedro, que la divina Providencia ha elegido
como fundamento visible de la unidad de la
Iglesia, y a los obispos, directamente responsables
de la evangelización, sea como miembros
del Colegio episcopal, sea como pastores de las
Iglesias particulares (cf. ib., 63).
Por tanto, me dirijo a los pastores de todas
las Iglesias, puestos por el Señor como guías
de su único rebaño, para que compartan el
celo por el anuncio y la difusión del Evangelio.
Fue precisamente esta preocupación la
que impulsó, hace cincuenta años, al siervo
de Dios Pío XII a procurar que la cooperación
misionera respondiera mejor a las exigencias
de los tiempos. Especialmente ante las perspectivas
de la evangelización, pidió a las comunidades
de antigua evangelización que enviaran
sacerdotes para ayudar a las Iglesias de
reciente fundación. Así dio vida a un nuevo
"sujeto misionero", que precisamente de las
primeras palabras de la encíclica tomó el nombre
de “fidei donum”.
A este respecto, escribió: "Considerando,
por un lado, las innumerables legiones de hijos
nuestros que, sobre todo en los países de
antigua tradición cristiana, participan del bien
de la fe, y, por otro, la masa aún más numerosa
de los que todavía esperan el mensaje de la
salvación, sentimos el ardiente deseo de exhortaros,
venerables hermanos, a que con vuestro
celo sostengáis la causa santa de la expansión
de la Iglesia en el mundo». Y añadió: "Quiera
Dios que, como consecuencia de nuestro llamamiento,
el espíritu misionero penetre más
a fondo en el corazón de todos los sacerdotes
y que, a través de su ministerio, inflame a todos
los fieles" ("Fidei donum", 1: El Magisterio
pontificio contemporáneo, II, BAC, Madrid
1992, p. 57).
Demos gracias al Señor por los abundantes
frutos que se han obtenido en África y en otras
regiones de la tierra mediante esta cooperación
misionera. Incontables sacerdotes, abandonando
sus comunidades de origen, han puesto sus
energías apostólicas al servicio de comunidades
a veces recién fundadas, en zonas pobres y en
vías de desarrollo. Entre ellos ha habido no pocos
mártires que, además del testimonio de la
palabra y la entrega apostólica, han ofrecido el
sacrificio de su vida.
No podemos olvidar tampoco a los numerosos
religiosos, religiosas y laicos voluntarios
que, juntamente con los presbíteros, se han
prodigado por difundir el Evangelio hasta losúltimos confines del mundo. La Jornada mundial
de las misiones es ocasión propicia para
recordar en la oración a estos hermanos y hermanas
nuestros en la fe, y a los que siguen prodigándose
en el vasto campo misionero. Pidamos
a Dios que su ejemplo suscite por doquier
nuevas vocaciones y una renovada conciencia
misionera en el pueblo cristiano.
Efectivamente, toda comunidad cristiana
nace misionera, y el amor de los creyentes a su
Señor se mide precisamente según su compromiso
evangelizador. Podríamos decir que, para
los fieles, no se trata simplemente de colaborar
en la actividad de evangelización, sino de sentirse
ellos mismos protagonistas y corresponsables
de la misión de la Iglesia. Esta corresponsabilidad
conlleva que crezca la comunión entre las
comunidades y se incremente la ayuda mutua,
tanto en lo que atañe al personal (sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos voluntarios), como
en la utilización de los medios hoy necesarios
para evangelizar.
Queridos hermanos y hermanas, verdaderamente
el mandato misionero encomendado
por Cristo a los Apóstoles nos compromete
a todos. Por tanto, la Jornada mundial de las
misiones debe ser ocasión propicia para tomar
cada vez mayor conciencia de ese mandato y
para elaborar juntos itinerarios espirituales y
formativos adecuados que favorezcan la cooperación
entre las Iglesias y la preparación de nuevos
misioneros para la difusión del Evangelio
en nuestro tiempo.
Con todo, no conviene olvidar que la primera
y principal aportación que debemos dar a la
acción misionera de la Iglesia es la oración. "La
mies es mucha —dice el Señor— y los obreros
pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que
envíe obreros a su mies" (Lc 10, 2). “Orad, pues
venerables hermanos y amados hijos —escribió
hace cincuenta años el Papa Pío XII de venerada
memoria—: orad más y más, y sin cesar. No
dejéis de llevar vuestro pensamiento y vuestra
preocupación hacia las inmensas necesidades
espirituales de tantos pueblos todavía tan alejados
de la verdadera fe, o bien tan privados
de socorros para perseverar en ella” ("Fidei donum", 13: El Magisterio pontificio contemporáneo,
II, BAC, Madrid 1992, p. 64). Y exhortaba
a multiplicar las misas celebradas por las
misiones, pues "son las intenciones mismas de
nuestro Señor, que ama a su Iglesia y que la
quisiera ver extendida y floreciente por todos
los lugares de la tierra" (ib., p. 63).
Queridos hermanos y hermanas, también
yo renuevo esta invitación tan actual. Es preciso
que todas las comunidades eleven su oración
al "Padre nuestro que está en el cielo",
para que venga su reino a la tierra. Hago un
llamamiento en particular a los niños y a los
jóvenes, siempre dispuestos a generosos impulsos
misioneros. Me dirijo a los enfermos y a los
que sufren, recordando el valor de su misteriosa
e indispensable colaboración en la obra de
la salvación.
Pido a las personas consagradas, y especialmente
a los monasterios de clausura, que intensifiquen
su oración por las misiones. Gracias
al compromiso de todos los creyentes debe
ampliarse en toda la Iglesia la red espiritual de
oración en apoyo de la evangelización.
Que la Virgen María, que acompañó con solicitud
materna el camino de la Iglesia naciente,
guíe nuestros pasos también en esta época
y nos obtenga un nuevo Pentecostés de amor.
En particular, que nos ayude a todos a tomar
conciencia de que somos misioneros, es decir,
enviados por el Señor a ser sus testigos en todos
los momentos de nuestra existencia.
A los sacerdotes “fidei donum”, a los religiosos,
a las religiosas, a los laicos voluntarios
comprometidos en las fronteras de la evangelización,
así como a quienes de diversos modos
se dedican al anuncio del Evangelio, les aseguro
un recuerdo diario en mi oración, a la vez
que imparto con afecto a todos la bendición
apostólica.
Vaticano, 27 de mayo de 2007, solemnidad de
Pentecostés
BENEDICTUS PP. XVI