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Tema 1
¿De Quién Somos Discípulos?
“VINO NUEVO EN ODRES NUEVOS”
Mc 2, 22
Por: Pbro. Manuel Díaz Mateos
La Iglesia latinoamericana celebró la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, para la que se elegió como tema de reflexión: “Discípulos y misioneros de Jesucristo”. Es momento oportuno para repensar juntos nuestra identidad cristiana, es decir, es tiempo de preguntarnos por la centralidad de Cristo en nuestras vidas. Por eso la pregunta clave ¿De quién somos discípulos? Pero creo que la respuesta a esta pregunta se mostrará en la respuesta que demos a estas otras: ¿cómo aparece la novedad de Cristo en nuestras vidas?, nuestro Dios ¿es el Dios de Jesucristo?, en la Iglesia ¿nuestra forma de tratar a los “pecadores” refleja el comportamiento de Cristo? Y entendemos por “pecadores” cualquier persona que se encuentre en situación irregular en la Iglesia. Por la respuesta que demos a estas preguntas se podrá ver el grado de nuestra identidad cristiana y la calidad de nuestra condición de discípulos. Las reflexiones que siguen tratan de ayudar en esta búsqueda de identidad.

Hay muchos maestros y, por consiguiente, puede haber también diferentes maneras de ser discípulos. Por lo que a los evangelios se refiere, el evangelio de Marcos nos habla de los discípulos de Juan Bautista, los discípulos de los fariseos y los discípulos de Jesús. ¿Son tres formas equivalentes de ser discípulos o hay algunas diferencias entre ellas? Lo cual nos obliga a preguntarnos por nuestra identidad como discípulos de Cristo ¿de quién somos discípulos? Según San Marcos la pregunta parece estar implícita en tres momentos de la vida de Jesús, por el comportamiento escandaloso de él y de sus discípulos quienes, al parecer,“hacen lo que no está permitido” (2, 18; 2, 24 y 7,5) y son discípulos con un comportamiento diferente. Juan Bautista había enseñado una oración distintiva y propia (Lc 11, 1). ¿Tendrán los discípulos de Jesús alguna enseñanza diferente y propia que los caracterice como tales y los distinga de los demás?
Para responder a nuestra pregunta, tenemos
en el evangelio de San Marcos una
escena significativa en la que se contrapone
el comportamiento escandaloso de los
discípulos de Jesús frente a los discípulos
de Juan y de los fariseos. “LOS DISCÍPULOS
DE JUAN Y LOS DISCÍPULOS DE LOS FARISEOS
AYUNAN, ¿POR QUÉ RAZÓN TUS DISCÍPULOS NO
AYUNAN?... JESÚS LES CONTESTÓ: ¿PUEDEN AYUNAR
LOS AMIGOS DEL NOVIO MIENTRAS DURE LA
BODA?... VINO NUEVO, ODRES NUEVOS” (Mc
2, 18-19, 22). Esta es la síntesis de la escena
a la que nos referimos.
EL CONTEXTO
La escena está situada en un contexto bien preciso que nos ayuda a clarificar el sentido de nuestra pregunta. Se trata de la sección de Mc 2, 1-3, 6, en que se presentan cinco controversias de Jesús con los representantes del sistema religioso, ante los cuales Jesús debe justificar su comportamiento y el de su discípulos porque al parecer, es un comportamiento diferente y escandaloso para las personas más representativas de la religión judía.
Estas son las escenas:
a) Jesús perdona los pecados de un paralítico y es acusado de blasfemo (2, 1-12) por los escribas, los especialistas en la ley judía
b) Jesús llama a su grupo a un pecador y se sienta a la mesa con pecadores, para escándalo de los “separados” (2, 13-17)
c) Los discípulos de Jesús no ayunan porque son testigos de la novedad del Reino (2, 18- 22)
d) Las espigas arrancadas en sábado por los discípulos, a los que Jesús defiende porque el sábado es para el hombre (2, 23-28)
e) Un ser humano es curado en sábado y Jesús declara que el hombre es señor del sábado (3, 1-5)


Algunas observaciones sobre el contexto.
En primer lugar, en todas las escenas aparece
el tema religioso porque en el fondo se trata
de una manera diferente de entender la religión,
esta manera es que Dios es para todos,
de modo especial para los pecadores. Ya en la
presentación de una jornada típica de Jesús en
Cafarnaún (1, 21-45) se habla de una enseñanzanueva (1, 27), aunque nunca se nos presenta un
discurso de Jesús. El modo de enseñar que Jesús
tiene es realizando el bien del ser humano,
sin cortapisas de ningún género por las leyes
sobre pureza, por ser judío o pagano, santo o
pecador; Dios es para todos. Por eso la enseñanza
no es una teoría y se trasmite en la forma
de vivir y de actuar (lección importante para los
discípulos de todos los tiempos). El problema
no es teórico sino práctico y se manifiesta en
una forma de vivir y de comportarse. También
en esta sección de las controversias se presenta
a Jesús “enseñando” (2, 13), pero tampoco aquí
tenemos discursos sino acciones que hablan y
manifiestan una obra de vivir y de actuar. Y esta
enseñanza nueva es caracterizada ahora por
el mismo Jesús como un “vino nuevo” para
la vida. La primera y última controversia
tienen como centro la salud integral del ser
humano, mientras que las tres del centro
giran en torno al tema de comer o no comer
como expresión de la novedad del Reino.
Pero de esta novedad hablan los cinco
temas de las controversias.
Por eso mismo pensamos que la controversia central, es decir la discusión sobre el ayuno y la declaración de Jesús sobre el vino nuevo que no puede verterse en odres viejos (2, 22), puede ser la clave para entender las otras pues, como veremos, no son temas aislados sino unidos que reflejan una forma nueva de entender a Dios y a la religión. El Reino irrumpe con fuerza renovadora pero choca con el sistema religioso antiguo, representado en los oponentes de Jesús, todos ellos observadores de la ley. Para Jesús, el ser humano y la necesidad del ser humano es la ley superior. La novedad de Jesús implica la superación de todo espíritu legalista para crear la comunión entre los seres humanos. Una religión que la dificulta no es la que Dios quiere, por eso Jesús, para demostrar lo contrario, come con los pecadores y los excluidos.
Por eso creemos que la discusión no es sobre ciertas prácticas religiosas o normas que cumplir, sino sobre el Dios que las sustenta y, por lo tanto, sobre el Dios de Jesús, que no coincide con el Dios de los fariseos. Él es nuevo y renueva nuestra forma de relacionarnos con Él y entre nosotros.
La última observación se deduce del final de la última controversia: “nada más salir, los fariseos se pusieron a planear contra Él con los herodianos para acabar con Él” (3, 6). No estamos sólo ante puntos doctrinales discutibles sino ante un propósito claro de eliminar unindividuo que es peligroso para la religión. El Reino irrumpe con fuerza (Mc 9, 1) y desencadena el escándalo y el conflicto. “¿Has venido a destruirnos?” (1, 24) pregunta el mal espíritu en el primer milagro de Jesús. Es bueno que el discípulo sepa, ya desde ahora, que la fidelidad a Jesús puede llevarle por un camino de incomprensión y de conflicto. Sin y a pesar del inminente conflicto con la autoridad religiosa, se respira en Jesús y los suyos un clima de libertad y gozo.
LAS CONTROVERSIAS
Hagamos también algún breve comentario sobre cada una de las controversias antes de centrarnos en la del ayuno, para resaltar la novedad y, al mismo tiempo el hilo conductor que las une a todas ellas.

La primera controversia comienza con la curación de un paralítico pero el problema de fondo es mucho más serio. ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios sólo? (2, 7). La pregunta implícita es: ¿Quién es éste que tiene una pretensión tan soberbia de creerse Díos? Identidad mesiánica y pretensión de Jesús, junto con la resistencia del ser humano a aceptar que Dios esté actuando en él, son dos aspectos inseparables de estas controversias. Pero no son discusiones académicas e inocuas sino discusiones en las que se juega la fe en la presencia del Reino y el destino mismo de Jesús y de los suyos. El sistema religioso es lo que está en juego. Jesús actúa en nombre de Dios dando gratuitamente la salud de alma y cuerpo a un pecador. Está en la casa, símbolo de acogida, donde entran al enfermo. Dios ofrece gratuitamente su salvación a los pecadores y el enfermo es uno de ellos. La curación física es símbolode la curación total, porque en ella se refleja la actitud de Jesús frente al pecado y al pecador que el discípulo debe hacer suya.
Esta actitud de Jesús (¿de Dios?) frente el pecado y al pecador se resalta mejor en la segunda controversia en dos gestos de Jesús y en una declaración solemne. El primer gesto es el llamar a Leví, casi de la misma forma que llamó a los cuatro hermanos (Mc 1, 16-21). a no ser por una diferencia escandalosa: Leví era un publicano, es decir un traidor (servía a Roma, país opresor) y era un ladrón que cobraba los impuestos de sus propios hermanos. Según la creencia común del tiempo de Jesús, su misma profesión le excluía de la salvación y de la misericordia de Dios. Leví representa el mundo de los excluidos de la sociedad porque son excluidos por Dios. Con este tipo de gente, cuanto más lejos, mejor, pero Jesús y sus discípulos actúan de otro modo. La llamada de Leví, en paralelo con la llamada de los cuatro hermanos, es un episodio paradigmático, ‘’lo mismo que la llamada de los pescadores era figura de la de Israel, la de Leví lo es de la de los excluidos de Israel, equiparados de hecho a los paganos, y preludia la incorporación al reino de hombres de todos los pueblos”1. El comportamiento de Jesús es escandaloso porque rompe esquemas y barreras para abrir la casa del Reino a todos.
Para colmo el segundo gesto de Jesús es comer
junto con Leví y sus amigos, pecadores todos
ellos, que ‘’estaban sentados a la mesa con
Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los
que le seguían” (2, 15) y todos podían sentarse
a esa mesa sin hacer diferencias entre judíos o
paganos, santos o pecadores. La mesa compartida
es signo elocuente del Reino que es Buena
noticia para unos y escándalo para otros. El
aspecto escandaloso y provocador de la escena
está resaltado por Marcos repitiendo cuatro veces
la palabra “pecador”. Jesús debe defenderse
de ese escándalo con una declaración sobre su
identidad y su misión. Así como en la escena
del paralítico iban juntos el perdón del pecado
y la salud del ser humano, ahora tenemos el
mismo fenómeno, pues para hablar del perdón
y de la acogida, Jesús se sirve de una acción
muy humana como es el comer juntos y de una
declaración sobre el médico y el enfermo. Pero
en este caso, la enfermedad no era física sino
religiosa y social pues por ella se dividía a los
seres humanos en grupos irreconciliables (los
buenos y los malos, los que están con Dios y
los que están sin Él, los puros y los pecadores).
Cristo ha venido a sentarlos a todos, en condiciones
de igualdad, a la misma mesa del Reino
y ha sido enviado como médico entre los enfermos,
por eso acoge a los pecadores y come con
ellos. Y el escándalo de los fariseos resalta lo
nuevo y original de esta comunidad que Jesús
reúne.
Jesús está a le mesa “en su casa’’, que puede ser tanto la casa de Leví como la de Jesús. Es la casa de la acogida, de la igualdad, en la que se comparte el mismo alimento y la misma vida porque es el mismo Dios que los convoca a todos. Eso significa el gesto de Jesús acogiendo a los pecadores y comiendo con ellos. Y en ese clima de familia, ante un Dios que ha venido a llamar a los pecadores, si queremos responder correctamente a la pregunta ¿de quién somos discípulos?, debemos también examinar nuestra forma de tratar a “los pecadores” para ver si se refleja en ella algo de la acogida misericordiosa y acogedora de Jesús, de quien decimos ser discípulos, o refleja más bien la dureza e intransigencia de los fariseos o del mismo Juan Bautista. Los fariseos y Juan Bautista recurren a Dios para fundar su actitud excluyente. Jesús y sus discípulos siguen otro camino porque creen en otro Dios.
En contraste con la escena de comer junto
con pecadores, viene a continuación la tercera
controversia que habla del ayuno como característica
religiosa de los enemigos de Jesús. Frente
a esa vieja práctica re1igiosa, Jesús propone lanovedad del vino del Reino. La veremos enseguida
con más detenimiento.
La cuarta y quinta controversias resaltan
la libertad de los discípulos frente a la ley. La
primera de ellas presenta a los discípulos que
arrancan espigas en sábado y a los que Jesús defiende.
La traducción literal podría ser que “los
discípulos empezaron a abrir camino arrancando
espigas’’. ¿Se estaría sugiriendo de este
modo que se está abriendo un camino de libertad
frente a lo que la ley prohíbe? El problema
de fondo no está en saber qué está permitido
hacer en sábado (la ley tipificaba 39 trabajos
prohibidos en día de sábado2), sino en saber
quién es el señor del sábado y para qué (para
quién) se hizo el sábado. La discusión sucede
entre los fariseos, escrupulosos cumplidores de
la ley y los discípulos que viven el gozo y la
libertad del Reino.
Frente a la pregunta de los fariseos, auténticos
intérpretes de la ley y de la voluntad de
Dios, “¿cómo hacen en sábado lo que no está
permitido?” (v. 24), Jesús responde con tres argumentos.
El primero es recordar un hecho
conocido de la historia de David, perseguido
por Saúl, quien junto con sus hombres comen
el pan sagrado de la ofrenda que sólo podían
comer los sacerdotes (Lev 24, 5-9)3, es decir, una
prescripción ritual, como es la de la observancia
del sábado, debe ceder ante una ley superior
como es el ser humano que pasa necesidad. En
la versión que nos presenta san Mateo, esta lección
está mucho más explicitada porque Jesús
invita a sus adversarios a aprender lo que significa
misericordia quiero, no sacrificio (Mt 12,
7 y Os 6, 6). Frente a la tentación de legalismos
o ritualismos el discípulo debe aprender la ley
superior del amor al ser humano. La voluntad
de Dios se expresa no tanto en los ritos sino en
el amor, como Jesús denunciará en M c 7, 6-7.
No se trata del culto a la ley sino a la persona
que es imagen de Dios. Eso son ideas nuevas y
aires renovadores que la comunidad cristiana
necesita si pretende ser comunidad de discípulos.
También para nosotros vale que “la mejor
defensa de Dios y del hombre consiste en el
amor”4.
La justificación del comportamiento de los discípulos se refuerza, sobre todo, con una doble declaración: sobre Jesús y sobre el ser humano. Sobre Jesús que es “Hijo del Hombre, Señor del sábado” (2, 28). Esta declaración sobre el Hijo del Hombre, junto con la de 2, 10, ponen el señorío de Cristo al servicio del hombre en necesidad. El ser humano es lo que cuenta porque (y esta es la segunda declaración de Jesús) “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” (2, 27). Frente a lo sabido y conocido de la tradición, el discípulo de Cristo debe aprender que el centro de la sacralidad está en el ser humano y no en el templo ni en el sábado, pero siempre es posible la tentación de sacralizar cosas y sujetar el ser humano a ese “ídolo” sacralizado, es decir, intocable.
De esa sacralidad y centralidad del ser humano nos habla la última controversia desarrollada también sobre el trasfondo de la sacra1idad y primacía del sábado. Ahí están una vez más, los celosos de la ley para poner a prueba la ortodoxia de Jesús y sus discípulos, aunque estos últimos como que desaparecen para dejar en primer plano a Jesús, al hombre paralítico y a sus adversarios. La parálisis más profunda no procede de una enfermedad sino de una obsesión legalista que ata al ser humano. Ahora es Jesús mismo quien desafía a sus adversarios poniendo al hombre enfermo en el medio, para que todos lo vean. Este hombre enfermo y con el brazo paralizado ¿es sólo un individuo particular a quien Jesús cura o representa a todo hombre, paralizado por las numerosas prescripciones legales? Jesús dirige la pregunta desafiante a sus enemigos “¿Qué está permitido en sábado; hacer bien o hacer daño, salvar una vida o matar?” (3, 4). La pregunta va acompañada por un gesto de Jesús que sólo Marcos resalta: “echándoles en torno una mirada de ira y dolido de su obcecación” (3, 5). Indignación y dolor de Jesús por la hipocresía de los que se creen defensores del honor de Dios y no tienen reparo en condenar al hombre.

Realmente estamos ante un comportamiento nuevo y una enseñanza nueva y con autoridad, que muestran una escandalosa osadía de quien viene a cuestionar el sistema religioso vigente. Cristo parece suplantar a Dios que es el único que perdona los pecados pero, según ellos, no los perdona sino a los que hacen méritos para ello. Jesús lo hace gratuitamente e incorpora e su grupo de amigos y discípulos a los pecadores, vive una absoluta libertad frente e la ley del sábado o del ayuno, porque, según él, el servicio del Reino se centra en temas mucho más fundamentales como en la enfermedad del ser humano o el hambre o la discriminación y exclusión o la esc1avízación ante leyes intocables. Por eso se averigua ya desde esta escena el destino de Jesús. Un hombre con esa audacia y descaro no puede tener otro fin que el de un blasfemo y un hombre irreligioso, es decir, la muerte.
LA NOVEDAD DE JESÚS
Sobre este trasfondo de novedad que Jesús trae y de conflicto con el sistema religioso judío, se entiende mejor la controversia sobre el ayuno (2, 18-22) en la que se concentra toda la novedad de la conducta de Jesús y de sus discípulos. Analizándola podemos responder mejor a la pregunta que nos venimos haciendo: ¿de quién somos discípu1os? Frente a escribas, fariseos o discípulos de Juan Bautista, Jesús y los suyos, con su forma de comportarse, son testigos de la novedad del Reino que ha entrado en sus vidas. Analizando los contrastes en los comportamientos podemos descubrir mejor cuál es nuestra identidad como discípulos de Cristo. ¿De quién somos discípulos nosotros? ¿Cuál es nuestra identidad para tiempos en los que la identidad se diluye? La religión es nuestra identidad y nuestra honrosa herencia, pero ¿qué religión?, ¿lade Jesús?, ¿cómo aparece esa novedad en nuestras vidas?
LOS DISCÍPULOS DE JUAN BAUTISTA
La identidad del discípulo se resalta, por contraste, con la identidad y comportamiento de los discípulos de Juan Bautista y de los fariseos. Son estos discípulos (los de los fariseos y los de Juan Bautista) los que van a preguntarle a Jesús ¿por qué tus discípulos no ayunan? Que es algo así como decirle ¿que tipo de discípulos estás formando que no cumplen con los deberes más elementales de la religión? Y la respuesta es que, aunque Jesús no se oponga al ayuno, el ayuno no es para Él ni para sus discípulos lo esencial del discipulado.

Lo primero que dice el texto es que hay grupos diferentes de discípulos; los de Jesús no son como los fariseos o los de Juan Bautista. Ambos grupos tienen en común la práctica del ayuno que representa a todo el sistema religioso. Era una práctica religiosa común en tiempos de Jesús y los fariseos se gloriaban de ayunar dos veces por semana (Lc 18, 12), aunque la ley obligaba una sola vez al año, el día de la expiación (Lev 16, 29- 30).
Es innegable que hay una íntima relación entre Juan Bautista y Jesús que “viene detrás de Él” (Mc 1, 7). Jesús fue bautizado por Juan (Mt 3,15) y dos de sus primeros discípulos fueron antes discípulos de Juan (Jn 1, 35). Y los textos del evangelio muestran una cierta tensión entre los discípulos de Juan y los de Jesús (Jn 3, 26 y 4, 2). Muchos de ellos sobrevivieron a la muerte de su maestro y san Pablo los encontró en Efeso (He 19, 2-4). Pero la tensión está presuponiendo una pregunta másradical sobre la primacía de los dos maestros, Jesús o Juan Bautista ¿Quién es el más importante y el salvador? Esta tensión explicaría afirmaciones como ‘’yo bautizo con agua, él los bautizará con Espíritu Santo (Mc 1, 8) y “conviene que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30), resaltando así la superioridad de Cristo como portador de algo nuevo en la historia humana.
Pero el mejor elogio de Juan y, por tanto, la mejor forma de resaltar la perspectiva correcta para entenderlo son las palabras de Jesús sobre Juan.’ ‘’les aseguro que no ha nacido de mujer nadie más grande que Juan Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de Dios es más grande que él” (Mt 11, 11). Esta declaración de Jesús muestra la presencia de la novedad del Reino de Dios, de la luz del cual se entiende la misión de Juan Bautista. Juan anuncia el juicio de Dios, Jesús anuncia el Reino. Juan se mueve entre dos épocas, la antigua y la nueva y definitiva. “El Bautista permanece en el marco de la expectación, Jesús pretende traer el cumplimiento. El Bautista permanece todavía al ámbito de la ley. Con Jesús comienza el evangelio”5. Y el evangelio es siempre Buena Noticia y fuente de gozo liberador.
Por contraste, Juan Bautista es conocido como asceta del desierto y , aunque anuncia al Mesías, invita a la conversión con palabras duras: “el hacha está ya tocando la base de los árboles y todo el que no da fruto será cortado y echado al fuego” (Mt 3, 10). La intransigencia de Juan Bautista muestra a un Dios diferente del de Jesús que “come con pecadores”. Su mensaje no es aún la buena noticia de la gracia. No es aún bautismo en el Espíritu sino en el agua (Mt 3, 11). A Juan se le acusa de asceta (“no comía ni bebía” Mt 11, 18), a Jesús, de “comilón y borracho, amigo de pecadores” (Mt 11, 19). El ayuno representa una forma de entender a Dios y de vivir, asociada al esfuerzo, al mérito, a la penitencia y al sacrificio. Toda persona religiosa entiende este lenguaje pero por ahí no va la novedad de Jesús.
Los discípulos de los fariseos
Los fariseos nos son más conocidos por las frecuentes controversias con Jesús en los evangelios6. Ellos son los “puros”, los separados (eso significa “fariseo”). Se separaban de la gente porque se creían superiores y fieles cumplidores de la ley mediante lo cual se ganaban el amor de Dios. EI centro de su vida era un código, no Dios y su amor, y están retratados en el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. Por eso se separaban y se diferenciaban de la gente para no contaminarse. Ellos cumplían todas las normas de la ley y ayunaban dos veces por semana (Lc 18, 12). Y se escandalizan porque Jesús no ayuna y come con pecadores y llama a un pecador a su seguimiento. Entre ellos y Jesús no hay nada en común como bien se explica en la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14). Su “virtud” les daba una íntima complacencia en sí mismo con la que podían despreciar a los que no eran como ellos. “Dios mío, te doy gracias de no ser como los demás” (Lc 18, 11). En opinión de un buen pensador (P. Ricoeur), “la obsesión por la fidelidad les cerró el corazón”. Por eso Jesús recrimina a estos fieles de corazón duro con palabras del profeta Oseas: “Misericordia quiero, no sacrificio” (Mt 9, 13 y Os 6, 6).
Discípulos de Jesús y la novedad del Reino
Frente a estos dos grupos de discípu1os que ayunan, cuyo símbolo para acercarse a Dios y agradar1e es el ayuno, Jesús les responde con un símbolo diferente; no el ayuno sino la mesa compartida en una fiesta de bodas. La radicalidad de las palabras de Jesús contra los discípulos de Juan Bautista o los de los fariseos, expresa que estamos ante una religión diferente, nueva. Estamos en tiempos de boda,no de ayuno. “El vino nuevo” concentra los diferentes aspectos de novedad, de plenitud y de fiesta, y necesita vasijas nuevas, estructuras nuevas. El evangelista juega con dos símbolos diferentes, el ayuno y la fiesta, para hablarnos de dos formas de entender a Dios. El problema de fondo, por tanto, no es si se cumple o no con una práctica religiosa, sino el Dios que está detrás de esa práctica. “El ayuno penitencial o expiatorio responde a la concepción de un Dios de cuyo amor y perdón el hombre no puede estar seguro. Pone en evidencia la conciencia de culpa que crea un sentimiento de tristeza”7. Por eso, preguntarnos ¿de quién somos discípulos nosotros?” es preguntarnos por el Dios en quien creemos y por la religión que practicamos. Los discípulos deben ser testigos de novedad y la novedad consiste en una nueva forma de entender a Dios y relacionarnos con Él, una nueva manera de practicar la religión y una nueva manera de relacionarnos los seres humanos. Hacerse discípulo es pasar de lo viejo a lo nuevo, de ayuno a la fiesta.
Estamos ante dos símbolos que hablan de dos “dioses” diferentes y de dos religiones diferentes. Ser discípulo será revelar en nuestras vidas la novedad de la religión de Jesús. El ayuno significa privación, penitencia, sacrificio, esfuerzo por acercarnos a un Dios difícil y duro que se ablanda cuando nos ve sufrir y premia nuestro esfuerzo. Nos acercamos a Él con recelo y miedo pues no estamos seguros de ser escuchados o ser dignos de estar ante Él. La fiesta, por el contrario, expresa el gozo compartido porque Dios se nos ha acercado, trayéndonos el regalo gratuito (como todo regalo) de su amor. No es cuestión de esfuerzo y mérito sino de gracia y de generosidad de Dios. No hemos dado nosotros el primer paso hacia Él sino que Él viene en su Reino y en su Hijo con el regalo de su amistad. Nada expresa mejor lo que estamos diciendo que la mesa compartida con los pecadores, es decir, con las personas despreciables de la sociedad, las que no tienen para pagar, sí lo vemos desde la perspectiva de la religión judía.


Lo que Jesús anuncia y vive es la presencia de un Dios nuevo y creador de novedad, representada en el vino nuevo que rompe las vasijas antiguas. Lo que alegra a Dios no son las obras de mortificación (que en algún momento habrá que hacer) sino la creación de un ambiente de familia que nos siente a todos en torno a la misma mesa. Esto es todavía algo nuevo y sin estrenar. El problema de fondo es la presencia de un Dios nuevo y nuestra capacidad de acoger la novedad que renueva nuestras vidas, pero lo que nos renueva no son nuestras prácticas de ascesis, sino el amor gratuito de Dios.
El discurso de Jesús amplía el horizonte porque hablar de Dios nuevo es hablar de alianza nueva y de nueva forma de relacionarnos con Él. Por eso, si detrás del ayuno descubrimos un Dios que no es el de Jesús, detrás de la metáfora del vino nuevo descubrimos la relación entre la antigua alianza y el Reino de Dios. Jesús lo explica con la imagen del paño nuevo en paño viejo o el vino nuevo en vasijas nuevas. “El paño sin estrenar simboliza, sin lugar a dudas, la novedad que trae Jesús, el Reino de Dios. El manto viejo ha de simbolizar, por tanto, lo que es substituido por el Reino, es decir, la antigua alianza y todas las instituciones en ella fundadas” 8. Y sorprende que, hablando de “lo nuevo que tira de lo viejo”, Marcos utilice la palabra griega “pleroma” que significa plenitud. La plenitud de lo nuevo desgarra lo viejo y lo hace inservible e inútil9.
De las controversias, sobre todo de la central sobre el ayuno, se deduce que Dios es nuevo porque perdona y sana al hombre entero; nuevo porque llama a pecadores sin excluir a nadie; nuevo porque se sienta a la mesa con pecadores pues Él ha venido a llamar a pecadores, como el médico es para los enfermos; nuevo porque pone en el centro de su preocupación el ser humano y su felicidad antes que las normas o instituciones sagradas. Estamos realmente ante un Dios nuevo que todavía, después de dos mil años, no le hemos acogido como fuente de novedad y de salvación, seguimos creyendo que nos salva nuestro esfuerzo o nuestro mérito, nuestras leyes y normas, nuestra observancia por la que nos diferenciamos de los otros, no su gracia.
Por el contrario, el centro de la religión de Jesús ya no es el ayuno, el sacrificio o el esfuerzo humano para acercase a Dios, pues Dios se nos acerca en su Hijo para comer con los pecadores. El es amigo de pecadores (Mt 11, 19) y se une a la humanidad con cariño de esposo. “¿Pueden ayunar los amigos del novio mientras dure la boda?” La boda, el vino o el banquete eran símbolos de los tiempos mesiánicos en los que el Dios de la gracia (amor gratuito) se acerca a los seres humanos para establecer una relación tan íntima y amorosa como la de un matrimonio que todos celebran. En la terminología del profeta Oseas, Dios se acerca “con correas de amor, con cuerdas de cariño” (Os 1, 1-4) y no con formalismos, ritualismos o legalismos. Y esto lo visualiza Jesús en el hecho de llamar a su grupo a un pecador (cobrador de impuestos) y de celebrar la amistad con una comida con pecadores. La novedad de Jesús rompe el esquema social y religioso de la época. Hay que pasar de lo viejo a lo nuevo, del ayuno a la fiesta.
¿Predomina en nosotros la vivencia de la religión
como fiesta, alegría, confianza, gratuidad
y generosidad o como ayuno, esfuerzo, sacrificio
y miedo? Y, por lo mismo ¿no usamos también
nosotros la religión para diferenciarnos y
dividirnos? El discipulado de Jesús se distingue
del discipulado de Juan o de los fariseos porque
refleja un nuevo estilo de vivir la fe y no por un
simple rito que cumplir. “La llegada del Esposo
renueva de tal modo al hombre que éste no
puede pensar simplemente en adaptarse a esta
novedad radical; abrirse a ella significa aceptar
que todo lo viejo se derrumbe para dar lugar a
lo nuevo... Las comunidades del tipo de la de
los discípulos del Bautista o la de los fariseos perecen,
pues están definitivamente superadas”10.
Pero siempre le queda al discípulo, como tentación,
la posibilidad de repetir el esquema de
los fariseos o de Juan Bautista. ¿Vamos por el
mundo blandiendo el hacha del juicio divino,
al estilo del Bautista, o predicando el legalismo
fariseo, o somos testigos de la novedad y el gozo
de la Buena Noticia?
La razón de este cambio introducido por Cristo es la presencia de un Dios “nuevo”, el del gozo, el de la gracia y el de la fiesta, y no el de la ley, el esfuerzo (el ayuno) o el cumplimiento. Citando una vez más al profeta Oseas (y Jesús lo cita en este contexto de controversias entre discípulos Mt 9, 13), podemos decir que !a novedad de Dios se manifiesta en su voluntad, por eso nos dice: “misericordia quiero, no sacrificios” (Os 6, 6). Es este Dios de la gracia y de la fiesta el que nos integra en comunidad de pecadores agraciados en vez de utilizar a Dios, como lo hacían 1os fariseos, para separarse de los demás y condenarlos como pecadores (Lc 18, 11) porque, como el médico, Jesús ha venido por los pecadores (Mc 2, 17).
Ser discípulo no es repetir las prácticas religiosas
del pasado sino Celebrar la presencia de
la gracia y de la boda y revelar la novedad de
Dios en nuestras vidas, por el servicio misericordioso
y compasivo a toda miseria humana.
Y es esa gracia liberadora la que nos iguala en
familia de pecadores y de hermanos. Porque
Dios nos ama, nosotros aprendemos a amar y
comenzamos a relacionarnos de manera diferente.
No podemos ser separados, fariseos, sino
amigos de Jesús y acogedores de todos, como lo
fue Jesús. Ser su discípulo conlleva la exigencia
de ser instrumentos de integración y de comunión,
porque el amor de Dios nos iguale y nos
une a todos en familia de hermanos y hermanas.
Como discípulos ¿compartimos los mismos
sentimientos y preocupaciones del Maestro por
la comunión y la integración? Y como discípulos
e inspirados en Jesús ¿tendremos también
nosotros la audacia de rehusar nuestra forma
de practicar la religión? ¿Hay algo que innovar
en ella o tratamos de mezclar el vino nuevo con
odres y estructuras viejas? ¿Revela nuestra forma
de entender y vivir la religión la novedad
escandalosa de Jesús? En definitiva, ¿de quién
somos discípulos?
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS EN EL TEXTO
1. MATEOS, J. y F. CAMACHO. El Evangelio de Marcos
I. El Almendro. 1993, p. 223.
2. FABRIS, R. Il Vangelo di Marco en la obra colectiva
de Fabris, Barbaglio y Maggioni “I Vangeli”, citadilla
Editrice. Assisi 1978, p. 660
3. Marcos refiere “lo que hizo David en tiempos
del sumo sacerdote Abiatar” (v. 26) pero la afirmación es
inexacta pues las funciones sacerdotales las realizaba entonces
Ajimelec, padre de Abiatar (1 Sam 21,1 y 22,20)
4. Benedicto XVI. Deus Caritas est. 31
5. JEREMIAS, J. Teología del NT. Sígueme, 1974. p.
66
6. El texto nos habla de “los discípulos de los
fariseos” (v. 18), pero sólo los escribas eran maestros y
los fariseos los admiraban y los seguían. Cf. TAYLOR, V.
Evangelio según San Marcos. Cristiandad, 1980, p. 233
7. MATEOS, J. y F. CAMACHO. El Evangelio de Marcos
I. El Almendro. 1993, p. 242.
8. MATEOS, J. y F. CAMACHO. o.c.p., p. 249.
9. Cf. CASTRO, Secundino. El sorprendente Jesús
de Marcos. Comillas, Madrid. 2005, p. 88
10. El texto de Radermarks, citado por MATEOS, J. y
F. CAMACHO. El Evangelio de Marcos I, p. 251, nota 24.