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Tema 2

El Discípulo y la Misión
a la Luz de Marcos

Por: Pbro. Alberto Anguiano García

Una de las tantas viejas lecciones del pensamiento aristotélico que, sin embargo, todavía hoy cada uno de nosotros puede constatar personalmente, se refiere a la finalidad necesariamente implicada en nuestros actos. Desde esta perspectiva filosófica es ya un principio afirmar que toda acción corresponde a una llamada “causa final”. Esto significa, simplemente, que a todas nuestras acciones podemos hacerles no sólo la pregunta del ¿por qué?, sino además, la del ¿para qué?

Conversando

Si la misión es una acción de la Iglesia, entonces no estará nunca de sobra, preguntarnos siempre a la luz de la Palabra de Dios, ¿cuál es el sentido último o la finalidad de la misión?,¿para qué misionamos?, ¿qué pretendemos con la acción evangelizadora? La pregunta evidencia su necesidad y conveniencia en nuestro actual contexto de pluralismo religioso, pues si en otra época las grandes religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo y el islam) daban por supuesto que fuera del propio credo religioso no era posible la confesión de algunaotra idea de Dios, ahora somos más conscientes del respeto que merecen todas las tradiciones creyentes. Esta exigencia de respeto ha llevado al cristianismo, por ejemplo, ha plantearse, desde la fe, el significado de las otras religiones dentro del plan salvífico culminado en Cristo. Es así que la pregunta por la finalidad de la misión no puede responderse ya, genéricamente, diciendo que la misión es para “salvar las almas” o para “la conversión de los infieles”. Sin duda, estas respuestas nos sugieren otras interrogantes que tiene que ver ahora, más específicamente, con la naturaleza misma de la misión, es decir, con la pregunta relativa al ¿por qué de la urgencia y de la necesidad de la misión?

1. LA ACCIÓN MISIONERA COMO CONSTITUTIVO ESENCIAL DEL SER DE LA IGLESIA

El Papa Pablo VI, en su famosa exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi” (n. 14) nos recordó que la acción misionera es esencial a la Iglesia. Ello significa que entre el para qué y el por qué, entre la finalidad y la naturaleza de una acción existe un vínculo indisociable. De hecho, la misma filosofía aristotélica llegó a establecer como otra de sus máximas «que todo el que hace algo (agente) lo hace confiorme a lo que él mismo es». En términos más coloquiales Jesús decía «que elárbol se conce por sus frutos» (Cf. Lc 6, 44), y, por ello, con toda razón, un refrán recuerda que «no hay que pedirle peras al olmo», pues efectivamente, según el decir de otro adagio popular «nadie da lo que no tiene». Poner, pues, en relación la pregunta del por qué y del para qué de la misión, nos lleva a clarificar la consistencia misma de la misión. La acción misionera no es simplmente un quehacer, sino una forma de ser en medio del mundo. La misión es característica esencial de la Iglesia porque ella se origina y nace del envío del Hijo por parte del Padre: «como el Padre
me envió, así también les envío yo» (Jn 20, 21). La naturaleza misionera de la Iglesia se comprende así como una experiencia permanente de pascua, de “éxodo” (Cf. Jn 13, 1-3; 16, 28), es decir, de continua “salida de” nosotros mismos para ponernos al servicio de los demás: «Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes. En verdad, en verdad les digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía».

Misión

Discipulado y misión son dos expresiones del único ser de la Iglesia ya que la misión consiste en aquella experiencia de ser y de vivir como discípulo de Cristo: «Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes» (Mt. 28, 19). Sólo dejando la tierra firme y segura del propio interés, para pasar asumir como propio el interés ajeno, es como se puede cumplir con el mandato dado por Cristo a sus discípulos: “adoctrinen”, “amaestren”, “hagan discípulos” a todas los pueblos (Cf. Mt 28, 19). La Iglesia es, pues, la comunidad de los que “siguen” a Cristo para ser “enviados” vivir en la caridad de Cristo: «En esto conocerán todos que son mis discípulos en que se aman unos a otros como yo le he amado» (Jn 13, 35). La credibilidad del evangelio que anuciamos depende de nuestro mismo modo de ser y hacer la comunidad de discípulos de Cristo: “te ruego Padre que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn. 17, 21). Cristo nos envía como el fue enviado y nos envía a amar como él nos ha amado. Comprender la naturaleza misionera de la Iglesia, significa redescubrir a la luz del evangelio de Cristo, nuestra propia identidad de discípulos, pues sólo se puede hacer discípulos a los pueblos, si nosotros mismos, los creyentes, hacemos la experiencia del discipulado.

2. EL DISCIPULADO CRISTIANO COMO LLAMADO A UNA LIBRE CONVIVENCIA FRATERNA

Para profundizar en la naturaleza misma del discipulado cristiano o en sus exigencias, puede ser de provecho la meditación del capítulo décimo del Evangelio de san Marcos, pues el seguimiento, exigencia fundamental del discípulo, parece ser el tema central de dicho capítulo. Todavía más, el “camino” parece ser el sugestivo escenario con el que san Marcos evidencia la intención de desarrollar una catequesis sobre el discipulado. En efecto, uno de los conocidos pasajes de este capítulo, el encuentro con el joven rico, sucede cuando Jesús "se ponía ya en camino» (v. 17). Después de este episodio, Jesús anuncia su pasión cuando «iban de camino subiendo a Jerusalén» (v.32). Finalmente, la escenaúltima del capítulo, la curación del ciego Bartimeo, acontece también ahí “en el camino”, donde éste se encontraba “sentado” (Cf. v. 46). Además, una vez que Bartimeo hubo recobrado la vista, el evengelista concluye afirmando que «seguía a Jesús por el camino» (v. 52). A partir del versículo diecisiete, este capítulo desarrolla, pues, tres hechos que tienen al “camino” por escenario común. Sin embargo, los primeros dieciséis versos abordan una doble temática que no parece tener relación alguna, ni entre ellos, ni respecto a las restantes tres escenas ya mencionadas. Los dos temas sin aparente conexión son los relativos al asunto del divorcio (vv. 1-12) y del encuentro de Jesús con los niños (vv. 13 -16).

La dificultad de relación entre las dos primeras escenas del capítulo, ofrece ya la oportunidad para evidenciar las razones por la que se puede afirmar que el capítulo sostiene una idea común que estructura y da coherencia a las cinco escenas señaladas. Para encontrar el hilo conductor de todo el capítulo décimo basta fijarse en su vocabulario, atendiendo, con cuidado, al hecho de que hay algunas palabras que pertenecen a un ámbito común de significación que técnicamente se le suele llamar“campo semántico”. Así por ejemplo, las palabras: boleto, estadio, taquilla, banca, banderilla, silbato y balón, pertenecen al campo semántico del fútbol profesional.

En el caso del capítulo al que nos referimos, podemos fácilmente detectar que su vocabulario dominante se refiere al campo semántico familiar. Así, por ejemplo, el primer texto (vv. 1-12) se refiere a los esposos (marido y mujer). Después del pasaje de los niños, san Marcos refiere el caso del joven rico que pregunta a Jesús por lo que debe hacer para entrar en la vida eterna, obteniendo como una primera respuesta la alusión al cumplimiento de los diez mandamientos, entre los cuales se cita explícitamente, no sólo el relativo a la prohibición del adulterio, tema de los primeros doce versículos, sino también, el cuarto mandamiento, correspondiente a la honra del padre y la madre por parte de los hijos (v. 20). Como el joven se hubo marchado por la exigencia última de darlo todo a los pobres, Cristo advertirá entonces la dificultad que los ricos tienen para entrar al reino de Dios, dando así continuidad al suceso del encuentro con los niños, suceso que Jesús aprovecha para expresar simbólicamente una exigencia de su seguimiento:«el que no reciba el reino de Dios como un niño no entrará en él» (v. 15). El desenlace de este episodio del joven rico tiene lugar enseguida con la pregunta de Pedro por la recompensa para quienes lo han dejado todo (vv. 28-31). La respuesta de Cristo alude nuevamente al ámbito familiar: «quienes todo lo hayan dejado por el reino, recibirán el ciento por uno, en casa, hermano, hermana, madre, padre, hijos y hachienda» (vv. 28-31). A continuación, tiene lugar una larga escena desarrollada por “el camino”, donde Jesús, por tercera vez, anuncia su pasión y alecciona luego a sus apóstoles a no pretender ser como los jefes del mundo que oprimen y explotan, sino a hacerse “siervos”, “esclavos” de los demás para poder ser así, en consecuencia, los primeros en el reino de Dios (vv.43-44). Finalmente, como ya se observó, el capítulo se cierra con la curación de un ciego que en cuanto ha recuperado la vista, sigue a Jesús por el camino (51-52).

“Esposo-esposa, niños, hermano-hermana, padremadre, casa, siervo-esclavo”, son una serie de palabras que se remite al común ámbito de significado familiar. Se puede así decir que el Evangelio se apoya en este campo significativo para curar nuestra ceguera, para “abrirnos los ojos” e ilustrarnos en qué consiste el “camino del seguimiento” de Jesús, a fin de poder “entrar a la vida eterna”. En este mensaje global del capítulo, cobra su especial significación, el pasaje del encuentro con los niños (vv. 13-16), perfectamente relacionado con el texto anterior (el matrimonio: 1-12) y con el posterior (el joven rico que pregunta por la exigencia para entrar en la vida eterna:17-22). Jesús ha sentenciado: “el reino de Dios pertenece a quienes son como los niños” (vv. 14-15). Esta exigencia coincide perfectamente con el requisito dado a los apóstoles hacia el final del capítulo: “quien quiera ser el primero, hágase esclavo-servidor de todos” (vv. 44). He aquí entonces la idea común de todo el capítulo.

Pero volviendo concretamente a los primeros dieciséis versículos, digamos inicialmente que, a simple vista, parece todavía difícil captar la proximidad de significado entre matrimonio, niños y esclavitud. Tengamos en cuenta que al inicio del capítulo, la pregunta dirigida a Jesús, no se refiere concretamente a la exigencia para alcanzar la vida eterna como en el pasaje del joven rico, sino se le pregunta sobre la licitud del repudio de la esposa o del marido. A la respuesta negativa, Jesús agrega luego que abandonar a la esposa o al esposo, para formar una segunda pareja, constituye un acto de adulterio. Más allá de tratarse aquí de un texto a partir del cual se pudiera fundamentar un juicio moral sobre los “casos” particulares de la vida matrimonial, desde el amplio contexto del capítulo diez, el evangelista parece insistir, sobre todo, en la actitud interior que debe orientar la práctica cristiana de los mandamientos porque aunque ellos son necesarios para entrar en la vida eterna (v.19), no basta con cumplirlos, como ha aclarado Jesús al joven rico. Una cosaaún es necesaria: vender las propias riquezas y entregarlas a los pobres (v. 21). Es justamente aquí donde guarda su valor ilustrativo, la figura del niño: “quien quiera entrar en el reino de Dios, hágase como niño” (vv. 14-15).

Mujeres

El mejor símbolo de este desprendimiento necesario para el seguimiento de Cristo es el niño. El valor significativo de la palabra “niño” se pone en evidencia si consideramos su uso bíblico, perfectamente asimilado por el vocablo original griego “paidós”. “Paidós” no sólo significa “niño” sino también “hijo”. “Hijo” es una palabra correlativa, inseparable del binomio “padre-madre”, pues no hay “padres” sin “hijo” y no hay “hijo” sin “padres”. Entre padres e hijo existe un fuerte vínculo de dependencia que es todavía más visible en el niño, desprovisto de un patrimonio propio y físicamente inhabilitado para hacer frente a la vida por sí mismo. La dependencia es pues vital para un hijo-niño, de modo que el niño no puede repudiar a sus padres. “Ser hijo” no es pues para él, una opción o alternativa. El hijo-niño sólo puede vivir y ser hijo-niño en relación con sus padres. Por ello, resulta absurdo hablar aquí de la “libertad” del hijo-niño, como si la libertad consistiera en la simple facultad de elegir esto o aquello. Evangélicamente, el hijo-niño es dependiente, esclavo de sus padres, pues vive por ellos y para ellos. Para seguir a Cristo y entrar en el reino de Dios, se necesita la libertad de dejarlo todo, para asumir luego esta dependencia evangélica de servicio a los demás.

Para nuestra sociedad de hoy tan sensible al discurso de la libertad, este pasaje del evangelio es una página bellamente aleccionadora. A menudo, en determinadas circunstancias difíciles de nuestras distintas relaciones interpersonales como esposos, consagrados, o célibes, en momentos en que las circunstancias nos anuncian un inminente calvario (vv. 33-34), solemos invocar nuestro inalienable derecho a la libertad. ¿Es lícito o no es lícito repudiar al esposo, a la esposa, al estado de vida consagrada, a la vida familiar, a los compromisos políticos, económicos y sociales? ¿Somos o no libres para ello? Pero, esta pregunta la hacen sólo los ricos, es decir, aquellos que no lo han dejado todo y que no quieren depender de nadie porque dependen de sí mismos. Cumplir unos determinados“mandamientos”, seguir unas determinadas prescripciones o normas es una falsa empresa que termina deshaciéndose. La libertad propia no puede ser una libertad para hacer lo que nos dé la gana, sino una libertad para servir a las necesidades ajenas sin que nos esclavice la urgencia por satisfacer las necesidades propias. La vida eterna empieza en una vida terrena llevada con la paz de los niños que se entregan confiada y obedientemente al consejo paternal. La vida eterna se recibe con la confianza de quien se entrega a los demás, para vivir con ellos, por ellos y para ellos. Por eso, san Pablo, el gran
evangelizador y misionero, exhortaba a la comunidad de Filipo a vivir en la paz y la alegría de estimar a los demás como superiores a uno mismo (Filp 2, 3). Para el discípulo de Cristo, la exigencia de dejarlo todo capacita para convivir con todas las gentes como con los propios consanguíneos. La exigencia de dejarlo todo es tan absoluta que sin ella es imposible la realización del reino. El reinado de Dios consiste, pues, en esta liberación de la libertad que nos capacita para ser y hacer una sociedad en la que las relaciones interpersonales están gobernadas por el imperativo de la fraternidad. Ser libre sólo es posible en la fidelidad de la entrega al Padre Dios que, al ciento por uno, nos regala en los demás, a un esposo, una esposa, un padre, una madre, un hijo, una hija, un hermano, una hermana y una casa que, ya en esta vida, anticipa la morada eterna.

3. EL JOVEN RICO Y LA EXIGENCIA DE DEJARLO TODO

Barcas

Para relacionar la diferente temática aborada en los primeros diecicéis versículos fue útil identificar el vocabulario más recurrente. Ahora, concentrándonos un poco más en los versículos referentes al pasaje del joven rico (17-30) podemos tomar como clave de comprensión, no tanto las palabras empleadas, sino más bien, el “estilo literario” en el que éstas son usadas. Para introducirnos en este relato, no está demás identificar la unidad de estilo en todo el capítulo diez. Recodemos que este capítulo se compone de cinco partes: la cuestión sobre el divorcio, el encuentro de Jesús con los niños, el pasaje del joven rico, el discurso por el camino y la curación del ciego. Baste decir ahora que, estilísticamente, estos cinco episodios mezclan siempre la narración de un hecho y de un discurso. Así por ejemplo, en el pasaje de los niños, san Marcos no sólo nos cuenta que la
gente acercaba sus pequeños a Jesús para que los tocara a pesar de que los apóstoles trataban de impedirlo. El evangelista nos narra también lo que Jesús «dijo» en esta circunstancia. Esto que Jesús «dijo» es lo que se entiende aquí por «discurso», mientras que la narración de lo sucedido es lo que se llama «hecho». Pues bien,en los cinco episodios del capítulo diez, encontramos narraciones que entretejen el relato de un hecho y de un discurso. Ahora bien, hay que notar que salvo el pasaje de los niños, la mayoría de las veces, los discursos están provocados por una «pregunta» o, por lo menos, implican una pregunta.

Así por ejemplo, en el pasaje del divorcio, los fariseos se acercaron a Jesús para preguntarle si era lícito o no repudiar a la esposa. Y a esta pregunta Jesús contesta con otra pregunta: «¿Qué les prescribió Moisés?». En el pasaje del joven rico, éste llama a Jesús «Maestro bueno» y le pregunta luego por lo que debe hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús le responde entonces con otra pregunta: «¿por qué me llamas bueno?». Cuando Jesús constata la enorme dificultad que los ricos tienen para entrar en el reino, los apóstoles preguntan: «¿quién se podrá salvar?». Viene, enseguida, el cuarto episodio, correspondiente al discurso por el camino, donde Jesús anuncia su pasión y pregunta a continuación a los hijos de Zebedeo: «¿qué quieren que les conceda?» Cuando ellos responden que quieren sentarse uno a su derecha y el otro a su izquierda, aludiendo a una imagen regia, donde los primeros ministros de un reino encontraban su digno lugar a la diestra y a la siniestra del soberano, Jesús les responde entonces con una pregunta: «¿Pueden beber la copa que yo voy a beber?», refiriéndose no a la opípara vida de un rey, sino a su sufrida pasión. Al final, Jesús encuentra a un ciego al que le pregunta: «¿qué quieres que te haga?»

Sigamos ahora de continuo las preguntas y descubriremos en todo el capítulo un precioso mensaje que se concretiza en el pasaje del joven rico. «¿Qué les prescribió Moisés?» y «¿por qué me llamas bueno?» son dos preguntas que confrontan la identidad última de dos legisladores: Moisés y Cristo, el nuevo Moisés. Moisés dio al pueblo los mandamientos y prescribió otras cosas «por la dureza del corazón del pueblo» (v. 5). Jesús dice que «nadie es bueno sino sólo Dios» (v. 18) Aparentemente, rechazaría ser llamado “bueno”, pero más bien, lo que hace es identificar su “bondad” (reconocida por el joven) con su “divinidad”: «Sólo Dios es bueno» (v. 18). Ahora bien, recordemos que “Dios salva” es el significado del nombre hebreo “Jesús”. Cuando Jesús habla de la dificultad de los ricos para entrar en el reino, los discípulos preguntan: «¿quién se podrá salvar?» A lo que Jesús responde: «nada es imposible para Dios» (v. 27). La salvación es posible sólo para Dios, porque sólo Dios salva. Y puesto que Jesús no sólo es bueno sino Dios mismo, por eso, puede preguntar a los hijos del Zebedeo: «¿qué quieren que les conceda?». La salvación no es una conquista prometeíca que el ser humano pueda alcanzar por sí mismo. La salvación es algo que se recibe como regalo. Pero para recibir este regalo que todo lo llena, es preciso no estar lleno de nada. Jesús no es pues el genio de la botella que cumple caprichos. Lo que un Dios bueno puede conceder no es otra cosa sino aquello que constituye la fuente misma de la bondad, esto es, la liberación de sí mismo, del propio egoísmo, pues quien da interesadamente, no es bueno en realidad. Jesús habrá de corregir entonces las expectativas de sus apóstoles, diciéndoles que el “reino” del que él es portador, no significa ejercicio despótico del poder (vv. 42-44). El reino significa «pasión para la redención de muchos» (v.44). Así se explica que Jesús pregunte: «¿Pueden beber la copa que yo voy a beber?» La copa que Jesús bebe es una copa en favor de quienes piden compasión como aquél ciego que gritaba pidiendo su curación. El ciego pudo ser sanado porque reconoció y «supo ver» que no veía. Si Jesús es bueno, es porque Él es Dios, si es Dios no es porque posea un poder despótico y autocomplaciente, sino porque es bueno. Si Jesús es bueno es porque pregunta por lo que los demás necesitan que se les conceda. Toda la persona de Jesús, en su decir y su actuar, es la viva encarnación de una pregunta pronta a apiadarse de la necesidad ajena: «¿qué quieres que te haga?» Esta no es la pregunta del genio mágico y todopoderoso. Esta es la preguntahumilde de un esclavo, de un siervo prontamente dispuesto a cumplir las órdenes de su amo (vv.44-45). Jesús es bueno, no con la moralidad de quien cumple el mínimo mandado por la ley. Jesús es bueno porque es Dios y como Dios tiene la libertad absoluta de negarse a sí mismo y de hacerse siervo obediente para atender las necesidades ajenas (Filp. 2, 6-7).

Volviendo al pasaje del joven rico, resulta interesante atender al contraste establecido en el diálogo entre Jesús y su interlocutor. Es curioso que a un hombre al que el Evangelio describe como «rico», no sólo porque tenía riquezas materiales, sino también porque cultivaba la rectitud moral con la observancia de los mandamientos, Jesús se atreva a decirle con autoridad: «una cosa te falta» (v.21). El rico no lo tenía todo, una cosa le faltaba. Más aún, a pesar de tenerlo todo, el rico no tenía nada, porque le faltaba aquello por lo que realmente algo se posee: la libertad interior. No era él quien tenía riquezas, eran más bien las riquezas las que se habían apoderado de él y dominaban su corazón.Él no era libre para deshacerse de ellas, no tenía la libertad del siervo y del esclavo para ponerse a las órdenes de quien él quisiera. Por eso, Jesús lo miró con aquella mirada de amor y de compasión (v. 21) con la que miró al ciego del camino (vv. 48-49). Al joven rico, Jesús le despide con esta mirada compasiva que constata cuánto es difícil para un rico entrar en el reino (vv. 21-23). Por contraste, Jesús despide al ciego recién curado con una feliz afirmación: «tu fe te ha salvado»(v. 52). Mientras que el ciego ve y sigue a Jesús por el camino (v. 52), el rico se va por el mismo camino por donde vino (v. 22). Sus posesiones eran lagañas en sus ojos y sus riquezas, peso de plomo para sus pies. El rico se marchó, incapaz de seguir a Jesús e incapaz de experimentar la dicha de poder ver que la salvación no es una conquista, sino un obsequio que sólo se puede aceptar cuando se ha dejado todo. «Nosotros lo hemos dejado todo para seguirte» (v. 28) ha comentado Pedro y, en seguida, Jesús refiere las bendiciones para quienes le siguen con libertad. Entre tales bendiciones, Jesús menciona también la persecución (v. 30) y, agrega luego: «pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros». En realidad, nadie sufre más grande persecución que aquél que es incapaz de aceptar con libertad el don de la salvación. Perseguido por sus propias posesiones, quien se basta a sí mismo, no tiene la libertad para seguir a nadie por el camino de la vida y se condena a la soledad de su egoísmo, sin poder ver en los demás a un esposo, una esposa, un padre, una madre, un hijo, una hija, un hermano, una hermana y una casa que, ya en esta vida, anticipa la morada eterna.

4. EL REINO DE DIOS Y LA PETICIÓN DE LOS HIJOS DE ZEBEDEO

Meditar el Evangelio es como entregarse a la preciosa tarea de escuchar una pieza musical o contemplar una obra de arte. Como si se tratase de un cuadro de pintura, en los textos sagrados podemos descubrir el contraste del colorido de las palabras y de las imágenes dibujadas por la virtud descriptiva o narrativa de las mismas palabras. Ahora, podremos acercarnos al mensaje evangélico, siguiendo la ruta del estilo literario empleado en el pasaje conocido como «la petición de los hijos de Zebedeo» (vv. 35-40). Podríamos decir que los versículos treinta y cinco al cuarenta y cinco, son comparables a uno de los bellos cuadros de Rembrandt, famoso por la genialidad de su técnica de claro-oscuro. Al igual que el célebre artista, san Marcos nos presenta dos imágenes de color contrastante: la del rey y la del siervo. Esta imagen plástica tomada del ámbito socio-político se corresponde con una imagen oral, es decir, con una figura construida por el juego paradójico de las palabras: «el primero-el último».

La imagen regia está apenas dibujada en el Evangelio de Marcos con las palabras que expresan la solicitud de los hijos de Zebedeo:“concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. En cambio, el texto paralelo de Mateo es más explícito: “Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu reino”. (Mt 20, 21). Con todo, en el Evangelio de Marcos, la insinuación regia contenida en la petición de Santiago y Juan, se puede percibir más fácilmente si se le pone en relación con el versículo catorce del mismo capítulo diez, donde Jesús declara: «dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan porque de quienes son como ellos es el reino de los cielos». Posteriormente, la alusión regia es manifiesta en las palabras con las que Jesús amonesta la irritación de los apóstoles por la petición de Santiago y Juan: «Saben que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder» (v. 42). “Sentarse a la derecha o a la izquierda” es una súplica que alude al protocolo de las antiguas cortes orientales, donde los primeros ministros del reino se sentaban a la diestra y a la siniestra del monarca en las ceremonias públicas.

Lectores

No debemos olvidar que en la época de Jesús, el pueblo de Israel esperaba a un «Mesías», es decir, a un «ungido» enviado de parte de Dios. Para muchos de los miembros del pueblo, ese “mesías” esperado sería un rey, pues de hecho, en Israel, los reyes eran instituidos con una ceremonia de “unción”. El rey esperado, sería un descendiente de la casa real de David y su misión no sería otra que la de liberar al pueblo de la opresión del imperio romano. Sin embargo, Jesús corrige las expectativas mesiánicas de sus contemporáneos: «¿Pueden beber la copa que yo voy a beber o ser bautizados con el bautismo con el que yo voy a ser bautizado?» Se trata nuevamente de dos imágenes que cobran su significado a la luz de la pasión de Cristo. Recordemos la súplica de Jesús en el huerto de Getsemaní, antes de ser entregado: «Padre, todo es posible para tí, aparta de mí esta copa, pero no se haga lo que yo quiero sino lo que quieres tú» (Mc 14, 36). Por otra parte, la palabra griega “bautizar” significa “sumergir”, de modo que con este término Jesús se refiere a la “hondura” de los sufrimientos a los que será sometido y a los que acababa de referirse mientras iban de camino: «El hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y condenado a muerte» (v. 33-34).

Cuando el resto de los apóstoles se hubo enterado de las intenciones de los dos hermanos, su molestia provocó la amonestación de Jesús: «entre ustedes no ha de ser así (refiriéndose al comportamiento de los potentes), sino el que quiera llegar a ser grande, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero, será el esclavo de todos». El
contraste implicado en esta expresión es, todavía, más notable en su forma “ordinal” o “matemática”, presente también en el versículo treinta y uno del mismo capítulo diez, cuando después de mencionar las bendiciones prometidas para los que lo han dejado todo, Jesús concluye: «Pero muchos primeros serán últimos y los últimos primeros ». Esta frase está en conexión directa con la última de las bendiciones enumeradas por Jesús: «recibirán el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas... con persecuciones» (v.30). Notemos que las bienaventuranzas prometidas en este pasaje habían sido la respuesta de Jesús al comentario de Pedro: «nosotros lo hemos dejado todo» (v. 28). El jefe de los apóstoles, como Santiago y Juan, insinúa también, un premio o una recompensa como contracambio por su seguimiento de Cristo. Así aparece con claridad en el Evangelio de Mateo donde explícitamente Pedro pregunta: «Nosotros lo hemos dejado todo,¿qué recibiremos?» (Mt 19, 27) Sin embargo, el acento del pasaje evangélico no está puesto en la aparente actitud ambiciosa de Pedro, de Santiago y Juan sino en el significado auténtico del reinado de Cristo y de su recompensa. El reino de Cristo exige «dejarlo todo» y, de hecho, Pedro ha puesto esta premisa en su comentario: «nosotros lo hemos dejado todo» (Mc.10,28). El reino de Cristo exige beber su cáliz y recibir su bautismo. Por eso, a la pregunta explícita de Jesús sobre si podrán beber su cáliz y recibir su bautismo, Santiago y Juan responden: «podemos». En seguida, Jesús opone a la figura del monarca absoluto, la figura del siervo-esclavo. Los señores absolutos “pueden oprimir”, pero los seguidores de Cristo deben “poder servir”. Es así como la frase “los primeros serán últimos y los últimos primeros” (v. 31) se transforma en la expresión paralela: “el que quiera ser el primero hágase servidor-esclavo de los demás” (v. 44). La fuerza imperativa que estas palabras deben tener para nosotros no radica ya en el estilo literario con el que el Evangelista nos las comunica, sino el testimonio de Aquel que ha encarnado con su vida estas palabras, transformándolas en El y haciendo de ellas, la Palabra viviente y vivificadora de Dios: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida como rescate por muchos” (v. 45).

Enfermos

Las promesas de bendición para quienes lo han dejado todo, no excluyen la persecución (v. 30), lo mismo que participar en la gloria de Cristo exige beber su cáliz y recibir su bautismo. El reino de los cielos se recibe cuando uno se entrega, por eso, sentarse a la derecha o a la izquierda de Cristo, no es una concesión soberana (v. 40). La promesa de bienaventuranza exige que el discípulo se comprometa. La salvación de Cristo no se conquista pero se recibe cuando se deja todo. El puesto a la diestra o a la siniestra de la gloria de Cristo está reservado para el que lo ha dejado todo (v. 40). Quien lo deja todo es capaz de entregar su vida y de servir a los demás como a su propio padre, madre, esposo, esposa, hijo, hija, hermano, hermana. Quien entrega su vida por los otros, la salva, por eso, los otros, son ya en esta vida nuestra mejor recompensa.

5. LA FE DEVUELVE LA SALUD A LOS OJOS DEL DISCÍPULO PARA QUE VEA EL CAMINO QUE DEBE RECORRER DETRÁS DE CRISTO

La curación del ciego Bartimeo es la última de las cinco escenas que componen el capítulo décimo del Evangelio de Marcos. El pasaje anterior (la petición de los hijos de Zebedeo) nos dió la oportunidad de meditar en la imagen regia con la que se dibuja la función mesiánica de Jesús. Recordábamos que en aquel tiempo, el pueblo de Israel, esperaba un «mesías», es decir, un «ungido». La palabra «mesías» es de origen hebreo y traducida al griego se dice «Cristo». Pues bien, en Israel se acostumbraba a instituir a los reyes con una ceremonia de «unción», pero desde el siglo sexto antes de Cristo, el pueblo había sido asediado y deportado en gran parte a Babilonia, de modo que este acontecimiento representó el fin de la monarquía que se había iniciado con Saúl y había conocido su época más esplendorosa con David y Salomón. Desde entonces, el pueblo esperaba la liberación del poder extranjero a manos de un «mesías-rey» enviado de Dios, y descendiente del linaje real de David.

En los versículos del 46 al 52 se nos narra que cuando el ciego Bartimeo se enteró de que Jesús pasaba, comenzó a gritar: «Jesús, hijo de David ten compasión de mí» (v. 47) y aunque intentaron callarlo, más fuerte gritaba: Jesús, hijo de David ten compasión de mí (v.48) Adivinaremos ahora que esta invocación significa algo más que un simple apelativo. “Hijo de David” es el reconocimiento creyente de que Jesús es el enviado de Dios. Por eso, cuando el ciego recupera la vista, Jesús le dice: «tu fe, te ha salvado» (v. 52). De hecho, en otras ocasiones, la incredulidad de los escribas y fariseos es reprobada por parte de Jesús precisamente como una ceguera: «si fueran ciegos no tendrían pecado; pero como dicen “vemos”, su pecado permanece» (Jn 9, 41). Tener fe es reconocer a Jesús como el Cristo; reconocerle como el Cristo significa “poder ver”, es decir “ser salvo”. “Ser salvo” o “estar salvado” no es una realidad de ultratumba, un “pase” de entrada para el más allá. Recordemos que las promesas que Jesús hace a los que lo dejan todo para seguirlo se refieren no sólo al futuro glorioso, sino al presente doloroso: «nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio quedará sin recibir el ciento por uno: ahora, al presente con persecuciones» (vv. 29-30). Cuando Santiago y Juan piden sentarse a la derecha y a la siniestra de su gloria, Jesús les pregunta si podrán beber el cáliz de su pasión (vv. 35-40). La salvación se recibe cuando uno se entrega. La salvación es un don que se acepta cuando se deja todo (v. 21). La salvación es vivir y ser como Cristo que no vino a ser servido sino a servir (v. 45). Y porque vino a servir, precisamente, por eso, es capaz de sentir compasión y de preguntar como lo haría un siervo o un esclavo a su patrón que le reclama: «¿qué quieres que te haga?» (vv. 51).

Observemos que si Bartimeo reclama a Jesús, gritándole «Hijo de David», cuando Jesús lo llama, el ciego se dirige a El diciéndole «rabbuní» que en hebreo significa «maestro». En la tradición hebrea, el maestro no es el profesor, es decir, no es simplemente una persona que comparte un conocimiento especializado a sus alumnos. El maestro es alguien cuya vida toda, palabras y hechos se proponen al discípulo como un ejemplo a imitar, como un camino a seguir. En efecto, hacia el final del capítulo cuando Jesús le dice a Bartimeo: «tu fe te ha salvado», san Marcos concluye diciendo que «recobrando la vista, siguió a Jesús por el camino» (v. 52). La salvación no se obtiene como un premio a fuerza de cumplir los mandamientos, pero, tal vez, era esto lo que suponía aquel Joven del que nos dice el evangelistaque se acercó a Jesús para preguntarle: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» (v. 18) Cierto que quien sigue a Jesús no puede no cumplir los mandamientos, pero seguir a Jesús es mucho más que eso. Los mandamientos son un mínimo ético que toda buena conciencia humana puede y debe observar. Pero seguir a Jesús supone la exigencia de “venderlo todo y darlo a los pobres” (Cf. v. 21). La vida eterna consiste en seguir a Jesús. Ser y hacer como Él era y como Él hacía, eso significa la salvación. Salvación es pues tener compasión del otro, porque el otro es nuestra mejor recompensa, nuestra herencia, nuestra hacienda (vv. 17, y 30), es decir, nuestra vida eterna, nuestra salvación. El otro, no es un extraño, el otro, no es un sin rostro, un desconocido ante el que puedo ser indiferente. El otro es mi familiar, es el grito de mi padre, mi madre, mi hermano, mi hermana, mi hijo, mi hija, que me llama y me reclama: «Hijo de David, ten compasión de mí» (v. 48).

Nosotros nos llamamos “cristianos” porque queremos ser “seguidores de Cristo”, porque tenemos fe y creemos que Jesús de Nazaret, el hijo de María, es el enviado de Dios, el Cristo (Mc 8, 29), nuestra salvación. Nosotros, los cristianos hemos recibido el bautismo que nos sumerge en el bautismo de la pasión dolorosa de Cristo (Mc 10, 39) y nos da la vida eterna de su resurrección (cfr. Jn.3, 5; 4,14). En el rito bautismal, un ilustrativo texto nos recuerda la vocación que por este sacramento recibimos: «Ustedes son linaje elegido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable, ustedes que en un tiempo no eran pueblo y que ahora son Pueblo de Dios, de los que antes no se tuvo compasión y ahora reciben compasión» (1 Pe 2, 9-10). Por el bautismo, el cristiano está llamado a vivir como uno del linaje real de David, como descendencia del «Hijo de David». La sangre de esta noble casta no es sangre de color azul, privilegio de pocos. La sangre de esta nobleza tiene el color del martirio, de la sangre que se derrama para cumplir la justicia del perdón (v. 45). En efecto, la justicia que debían practicar los gobernantes del pueblo de Israel, no era la justicia distributiva que reparte a cada cual lo que cada cual merece, sino la justicia compasiva, que se apiada y da a cada cual, lo que cada cual necesita. Pues bien, esta vocación regia nos es reconocida en el rito bautismal, cuando después del baño de regeneración, como Cristo, somos “ungidos” en la coronilla de la cabeza con el santo crisma. Los cristianos, como Cristo, somos también un “Hijo de David”, somos reyes, llamados, no «a oprimir con poder como señores absolutos» (v. 42) sino a servir al grito que nos llama y nos reclama: «Hijo de David, ten compasión de mí" (v. 48).

No olvidemos tampoco que el recién bautizado es llamado por la Iglesia “neófito”. Neófito es una palabra compuesta por dos vocablos griegos: el adjetivo neos que significa “nuevo” y el sustantivo “fitos” que significa “luz”. El neófito es “nueva luz”, el que ha recibido la luz de Cristo. El cristiano es neófito porque cual ciego, ha probado en la fe, la experiencia de salvación que, no es otra cosa que la experiencia de la compasión de Cristo que rescata y salva de la ceguera, es decir, de nuestra compulsión posesiva y egoísta. Evangelizar significa comunicar a los necesitados esta buena noticia de una compasión fraterna. «Hacer discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que él nos ha mandado», significa sumergir a aquellos que nos son ajenos, extranjeros, en una común experiencia familiar que está más allá de los frágiles lazos de la sangre o de la raza. Cristo nos salva del ensimismamiento mortal que nos hace vivir para nosotros mismos y devuelve a nuestros ojos la luz, cuando sabemos mirar con fe nuestro entorno y dejamos todo, para encontrar en los demás a un padre, una madre, un esposo, una esposa, un hijo, una hija, un hermano o una hermana.

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