Tema 4
Discípulos y Misioneros
Por: P. Rafael González Ponce
Padre Provincial de los Misioneros Combonianos
Lo más hermoso de la V Conferencia del
Episcopado Latinoamericano y del Caribe, celebrada
bajo el amparo de Nuestra Señora de
Aparecida en Brasil, es que nos está haciendo
redescubrir lo que realmente somos: seguidores
de Jesucristo y servidores de nuestros hermanos
y hermanas. Esta es la identidad más profunda
de la Iglesia, las dos alas que le permiten volar
a través de horizontes de vida plena: pertenecemos
radicalmente a Dios en Jesús y somos
por naturaleza presencia de su misericordia en
medio del pueblo. En el fondo, este binomio
dinámico “discípulos y misioneros”, “místicos
y profetas”, “contemplativos y siervos” no resulta
ser sino dos caras inseparables de una misma
pasión por Cristo y por la humanidad.

El DOMUND nos brinda anualmente la
oportunidad de renacer a lo más auténtico de
nuestra fe. En efecto, nos impide encerrarnos
en nuestros propios intereses y nos invita a
abrirnos a las dimensiones del sueño de Dios.Él quiere Vida abundante para todos sus hijos e
hijas, sin fronteras ni exclusiones. El Amor Trinitario
envuelve y vivifica la historia humana
con su fuerza creadora inagotable, también hoy
en nuestra época actual. Dios Padre está enamorado
de esta humanidad por la que su Hijoha entregado su sangre sin reservas y a la que
ha enviado el Espíritu de perenne renovación.
Y somos misioneros de esta “buena noticia”:
¡el Amor vence todas las esclavitudes y a la misma
muerte! Dios nos envía como pregoneros
de una fraternidad liberadora que escandaliza
y derrumba las barreras de odio.
Al aceptar ser discípulos de Jesucristo nos ponemos
en la escuela del Evangelio. Ahí encontramos
la fuente de nuestro estilo de ser y de
hacer misión. Pero necesitamos tener el valor
de leerlo como si fuera la primera vez y dejarnos
cautivar por su mensaje de total disponibilidad.
Necesitamos pedir la gracia de seguir a
Jesucristo incondicionalmente, hasta configurarnos
con Él, por amor. Seguirlo en la comunión
con su Padre y en la búsqueda continua de
su Voluntad. Seguirlo en sus actitudes de Buen
Samaritano y en los criterios de las Bienaventuranzas.
Seguirlo en su identificación con los
pecadores, los pobres y los pequeños. Seguirlo
en sus opciones que sustentan la inauguración
de un Reino de justicia, paz y dignidad. Y, finalmente,
seguirlo hasta compartir su destino de
Cruz y Resurrección.

Al aceptar ser misioneros de Jesucristo nos
comprometemos humildemente a continuar
su misión en el mundo. Él nos enseña que
la fuente de su misión es la compasión (se
le conmueven las entrañas) ante los que sufren,
los marginados y todos aquellos que se
encuentran “vejados y abatidos como ovejas
sin pastor”. Continuar su misión para llevar
su oferta de salvación hasta los últimos rincones,
para escuchar el grito de los más pobres,
para llevar a todos al encuentro con el Dios
de la Vida, para construir una tierra nueva,
para reunir a todos los hermanos y hermanas
dispersos alrededor de la mesa en la fiesta inagotable
del cielo.
LAS 7 CARACTERÍSTICAS DEL ESTILO
MISIONERO DE JESÚS
1. La certeza de ser amado, llamado y enviado
El Señor “llamó a los que Él quiso” y de ellos “hizo Doce”. Jesús toma la iniciativa y nos invitaa ser sus colaboradores. Esta convicción vocacional
nos llena de serenidad en los momentos
difíciles. No por nuestros méritos sino por designio
divino. Al llamarnos confía en nosotros y
espera nuestra respuesta generosa. Luego pone
en nuestras manos su propio proyecto.
2. Participar de su Vida
Los llamó “para que estuvieran con Él y enviarlos
a predicar con el poder de destruir el
mal”. Una traducción más exacta sería: “para
ser uno con Él”. Esta es la esencia de la vocación
misionera: estar unidos a Jesucristo como
las ramas al árbol. La oración y la escucha cotidiana
de su Palabra constituyen la fuerza invencible
de la misión. Hablar con Él para hablar
de Él. De otra forma lo único que haremos
será predicarnos a nosotros mismos y lo que
construyamos quedará sobre arena. Los sacramentos,
en particular la eucaristía y la reconciliación,
como ríos de gracia, nutren nuestra
conversión y nos asocian al Amor capaz de aniquilar
la acción del maligno.
3. Testigos de Fraternidad
Somos enviados como Iglesia, nunca solos: “de dos en dos”. Porque el núcleo del anuncio
consiste en mostrar que somos hermanos y hermanas
en el único Padre-Amor. Por eso el mundo
no nos quiere recibir, ya que testimoniamos
y proclamamos la fraternidad ante una sociedad
que nos asegura lo contrario. Esto es también
el fin que anhelamos: “que viendo como
nos amamos, glorifiquen al Padre que está en
el cielo”. La experiencia de la fraternidad es lo
que más necesita nuestra presente humanidad
herida. De dos en dos para aligerarnos con el bálsamo
de la amistad y ayudarnos a cargar la cruz,
para que el testimonio sea válido conforme a
la ley judía, sobretodo para estar ciertos de la
presencia del Maestro que nos prometió “ahí
donde dos o más se reúnan en mi Nombre, yo
estaré en medio de ellos”.
4. Abandono en la Providencia
Si llevamos dinero la gente nos pedirá dinero.
Si ponemos, de hecho, la prioridad en cosas
materiales o en capacidades humanas, entonces
seremos dependientes de lo que hemos puesto
como base. En cambio Jesús nos pide comoúnica condición misionera “no lleven oro, ni
morral, ni doble túnica”. En otro texto solamente
nos permite “las sandalias y el bastón”
como instrumentos del Buen Pastor: para caminar
con el pueblo a través del desierto y para
golpear la roca de donde brote el agua o para
conducirlos hasta la tierra prometida separando
las corrientes marinas. Si ponemos nuestra
prioridad en la Providencia, la gente descubrirá
a Aquel que nos cuida “más que a las flores
del campo o a los pájaros del firmamento”. No
es cuestión de dar sino de darse. Los bienes
materiales son buenos en cuanto nos ayudan
a este fin. El testimonio de una Iglesia pobre y
servidora llega más lejos que cualquier sermón.
La pobreza evangeliza es aquella que nos separa
de la lógica mundana, ligada al tener y al poseer
(pues todo aquello a lo que nos apegamos
luego nos posee) y en cambio nos acerca más a
Dios y a los más necesitados.
5. Instrumentos de Paz
“Cuando entren en una casa, digan Shalom”.
Lo que más necesitan las personas es el Shalom:
la paz que nada ni nadie puede dar sino sólo
Dios. La paz que devuelve la dignidad al hombre
degradado o a la mujer maltratada, que no
juzga ni condena, que devuelve la esperanza y
que hace llorar de alegría. El Shalom que retuerce
la escala de valores del mundo y coloca en
primer lugar a nosotros, hijos e hijas de Dios,
encontrados y perdonados.
6. Fieles en la Cruz
Jesús es conciente que nos envía “como ovejas
en medio de lobos”. Al mal no se le venceengordándolo más por la revancha. Al mal se
le vence a fuerza de bien. Jesucristo, nuestro Redentor,
ha puesto sobre sus espaldas el pecado
del mundo y lo ha derrotado para siempre. Él
ha roto el círculo vicioso del odio. El veneno de
la serpiente ha quedado ineficaz y ella ha sido
ridiculizada. Ya nada puede hacernos daño y la
aparente debilidad de la oveja se convierte en
energía regeneradora. La persecución y el mismo
martirio, como signos identificadores de la
misión de los discípulos de Jesucristo, son fuente
de fecundidad inigualable y de paz imperecedera.
La tentación de escapar del sufrimiento,
a veces también por medio de falsas religiosidades,
viene superada por la confianza absoluta en
el Crucificado que nos ama hasta el extremo.
7. Profetas de Esperanza
“No tengan miedo…Yo estoy con ustedes
hasta el fin del mundo”. Esta certeza ilumina
toda la misión. El Amor tiene la última palabra
en la historia humana, a pesar de nuestros
fracasos, incoherencias, traiciones… Cuando
Dios nos elige nos toma en serio y nos es fiel. A
nosotros nos corresponde simplemente dejarnos
guiar por su luz Entregar nuestros “cinco
panes y dos peces” para que se realice nuevamente
el milagro del amor multiplicado. Lo
peor que puede suceder a un misionero es perder
la esperanza, si ello acontece entonces será
urgente volver a las fuentes de la Vida. Nada
puede apagar nuestro gozo porque tiene raíces
de eternidad. Dios es nuestra Fuerza, aún si ya
nuestro cuerpo flaquea. El ideal cristiano seguirá
siendo la aventura de lo imposible, porque
sólo Dios sabe hacerlo y la misión es suya.
LOS 5 DESAFÍOS DE LA MISION HOY
1. Fundamentar la misión en una auténtica
espiritualidad
La persona de Jesucristo y su mensaje deben
ser el centro explícito de nuestra misión y no
sólo de forma implícita. La tentación moderna
es realizar una misión atea, donde predomina
el prestigio personal o la absolutización de los
medios. En realidad, únicamente quien está
lleno de Dios comunica su presencia transformadora
y lleva a los demás a encontrarse conÉl. Los cimientos de esta espiritualidad misionera
vienen de nuestro propio Bautismo, ahí
hemos nacido como hijos de Dios y como misioneros
de este don inconmensurable. Somos
miembros de una Iglesia que es nuestra madre
y a donde queremos que todos participen en
la fraternidad del perdón y de fraternidad. La
santidad es la meta que queremos alcanzar y
proponemos a los demás como vía de plenitud.
Sólo esta experiencia de fe, sostenida por largos
momentos cotidianos de oración, da contenido
a la profecía que se compromete por la
justicia y la liberación. También hoy muchos
testigos del Evangelio abrazan la cruz, mueren
por su fe y por defender la causa de los oprimidos.
Eso sólo se explica si el Espíritu del Resucitado
ha consumido como fuego ardiente sus
corazones.
2. Misioneros sólidos en su madurez humana
El seguimiento de Cristo nos hace personas
más plenas, no es enajenante. La misión requiere
personas libres, responsables y empeñadas
en su crecimiento, para dar lo mejor de sí a los
demás. No hay cabida para la mediocridad ni
la falsa sumisión. Muchos de los obstáculos a la
misión provienen de una deficiente calidad humana,
complejos interiores, incapacidad para
vivir en comunidad, caracteres no trabajados,
heridas no reconciliadas… Y la gente nos perdona
todo, excepto que los ofendamos. El misionero
convence porque vive lo que predica, con
humildad. Integra armónicamente todas las
dimensiones humanas de su ser (físico, psicológico,
intelectual, cultural, social, espiritual),
con sus dones y límites, con realismo e ideales,
con sinceridad y errores. Nunca acabaremos de
aprender y siempre necesitaremos de los demás.Lo importante es seguir creciendo, cautivados
por la causa de Dios y su Reino. Esta madurez
se traduce en una capacidad de diálogo y
de comunión, a todos los niveles, que hoy día
constituyen el nuevo rostro de la misión. Efectivamente,
en muchos lugares y circunstancias,
la evangelización sólo es posible en términos
de mutua escucha y de la promoción de personas
sanas y felices. Los frutos de la fe llegarán
cuando Dios quiera, aunque a veces no logramos
entenderlo, pero ciertamente cada vez que
ayudamos a una persona a encontrar la paz y a
confiar, ahí se manifiesta ya el paraíso entero.
3. Promover una Evangelización Inculturada

La encarnación es la única ruta escogida por
Dios para situarse en la historia humana. Ella
nos ayuda a reconocer en toda realidad humana
las semillas del Verbo, que ya nos ha precedido
con su amor. Esto significa entrar en lo
más profundo de las personas y de sus culturas,
lo que realmente está en sus mentes y corazones.
El misionero asume el alma de los pueblos,
con sus gozos, penas, deseos, lágrimas y éxitos,
luchas y anhelos. También respeta los ritmos y
procesos de cada persona y grupo, dialogando
pacientemente y promoviendo el advenimiento
de la hora de Dios para cada historia. Esta
actitud fundamental nos libra de una evangelización
superficial y basada sólo en emociones
pasajeras. Nos impide dispensarnos de la fatiga
de formar actitudes nuevas y educar las voluntades
a partir de las realidades concretas que se
viven. Reconociendo los valores del Reino en
las culturas y, al mismo tiempo, empeñándonos
en la eliminación de las situaciones antievangélicas.
Este tipo de misión pone al centro
la Sabiduría que emana del Espíritu Santo, a
fin de discernir los eventos más contrastantes a
la luz de la fe.
4. Nunca separar
Evangelización y
Promoción Humana
La tragedia de
muchos es reducir
la misión en un sentido
horizontalista
(sólo social) o verticalista
(sólo espiritual).
La verdad es
que lo uno no puede
existir sin lo otro.
Nuestro modelo es
Jesucristo y hacia Él
debemos mantener
los ojos fijos para
conducirnos. El
Evangelio penetra
en el interior de las
personas a través de
la caridad. La Iglesia está llamada a ser recinto de misericordia
para todos sin excepción. Y, siguiendo a Cristo,
conceder el primer lugar a los más pobres
y abandonados. Imitar a Jesús en su trato con
todos para escuchar, aceptar, perdonar, exigir,
amar… Romper toda clase de barreras para encontrar
a los pecadores, enfermos, marginados,
pequeños y humillados. El lugar preferencial
de la Iglesia es donde están los últimos y los
más golpeados por el mundo de hoy, porque
donde no hay lugar para el pobre tampoco lo
hay para Jesucristo.
El drama de hoy es que más de dos terceras
partes de la humanidad todavía no ha escuchado
el Evangelio de Jesús. Millones de personas
mueren cada año de hambre y otros más sobreviven
en condiciones infrahumanas. En muchos
países existe guerra, aunque de la mayoría
no se hable en los noticieros. No obstante, sabemos
que existen recursos sobrados para satisfacer
las necesidades de todos. La miseria no es
fruto de escasez sino de egoísmo, de un sistema
de lucro en el cual se acepta como normal que
el bienestar de algunos pocos traiga como consecuencia
la exclusión de muchos. El Evangelio
es una Buena Nueva de transformación personal
y social. Los pobres son memoria viviente
de Cristo y la fe en Él se robustece a través del
compromiso con ellos.
5. “Dar desde nuestra pobreza”
El gran reto para nuestra Iglesia es la misión
ad gentes; ir más allá de la atención a los que ya
están dentro y buscar a los más alejados. No se
trata solamente de una lejanía geográfica. No
resulta conforme al Evangelio el excusarnos
diciendo: “para que salir si también nosotros
tenemos necesidad” o “todo es misión entonces
aquí la realizamos” o “para que molestar la
conciencia de otros si de todas formas se salvan”.
Dios, en cambio, bendice a la anciana
que donó “todo lo que tenía para vivir”, aunque
fueran sólo dos moneditas y no a los dejaban
sus sobras. Una Iglesia que da desde su
pobreza recibe mucho más en gracia y medios,
conforme a los planes divinos, porque Dios no
se deja vencer en generosidad.
Todo bautizado es responsable de la misión
universal. Naturalmente no todos podrán salir
físicamente pero a todos, sin excepción, compete
el compromiso de la oración, la promoción
de las vocaciones misioneras, el testimonio
de vida, el empeño apostólico en donde
nos encontremos, el ofrecimiento del dolor y
de los quehaceres cotidianos, el conocimiento
y estudio de las realidades, la colaboración con
medios materiales… para compartir y sostener
la obra misionera ad gentes. Nuestras liturgias,
catequesis, apostolados, obras sociales, jornadas
o retiros, etc. quedarán incompletos si no
incluyen de alguna manera a los indiferentes,
a los que no han recibido el don de la fe, a los
que la rechazan o no les interesa, a los que no
pertenecen al redil de Cristo. Él continúa diciendo
a su Iglesia: “Vayan y hagan discípulos
a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
CONCLUSIÓN
El DOMUND nos une a todos los católicos
del mundo, junto con María nuestra Madre, en la
plegaria humilde y confiada para que Dios Padre
nos conceda ser auténticos discípulos y misioneros
de Jesucristo para que, por la fuerza del Espíritu
Santo, nuestros pueblos en Él tengan VIDA.
TEXTOS BÍBLICOS PARA MEDITAR
-
Las instrucciones misioneras de Jesús: Mt 10, 1-16; Mc 3, 9-15; 6, 7-13; Lc 6, 12-16
-
“Sal de la tierra y luz del mundo”: Mt 5, 13-16
-
“Vayan y anuncien a todas las gentes”: Mt 28, 19;
Mc 16, 15
-
El Buen Samaritano: Lc 10, 25-37
-
El Buen Pastor: Jn 10, 1-21
-
“Tanto amó Dios al mundo que envió a su
Hijo”: Jn 3, 16
-
“Como el Padre me envió, también yo os envío”:
Jn 20, 21