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Tema 5

Discípulos para ser Misioneros

Por: P. Carlos Navarrete
Secretario Nacional de la Obra de la Propagación de la Fe
y Asesor Nacional de la Liga Misional Juvenil

Nos llamamos cristianos porque somos seguidores de Jesús. Lo hemos conocido, conocemos sus propuestas y decidimos que estaremos detrás de él, siguiéndolo a donde él nos lleve, a donde él nos llame, a donde él nos conduzca. Somos de Cristo, vivimos para Cristo y hacemos las cosas por Cristo.

Al menos este seria el ideal con el que nos moveríamos los que creemos en Cristo y queremos hacer las cosas que Cristo nos inspira. Pero para principiar en este camino Cristiano y seguir a quien nos dice “yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 16, 4) necesitamos ser discípulos de Jesús.

Tres son los aspectos constitutivos del discípulo de Jesús: La vocación, la formación y la misión, que unidos constituyen y consolidan la plena identidad cristiana y católica.

LA VOCACIÓN DEL DISCÍPULO PARA LA MISIÓN

Bautizando

Discípulo es quien toma conciencia del regalo de su vocación y va entendiendo queha sido elegido solamente por amor de Dios, porque así lo quiso, por una decisión propia y divina que toca el humano en nuestra persona; y no por méritos propios, nosotros no hicimos nada para que Dios nos eligiera, no tendríamos el poder de hacerlo. Dios nos ha escogido para identificarnos con Jesucristo, su hijo amado, seguirlo incondicionalmente y vivir sus enseñanzas en común-unidad a otros discípulos escogidos también por él mismo.

El discípulo acepta su vocación desde el bautismo, la ratifica en la confirmación y así, impulsado por el Espíritu, confesará, cuando tenga uso de razón, cuando pueda decidir porél mismo, que “Jesús es Señor” (Co 12, 3). Entonces vivirá todos aquellos procesos para su crecimiento humano, espiritual y eclesial que le permitan adquirir los mismos sentimientos que su Señor (Fil 2, 5); y entonces, al igual que su Señor, aceptar la misión, el envío, para extender esta misión hasta los confines del orbe (Mt 18, 16-20).

Para aceptar la vocación de discípulo de Jesús dentro de la comunidad de discípulos, la Iglesia, necesitamos entender que al mismo tiempo nos está invitando a la vocación de la santidad (LMG 39), vocación que exige la conversión permanente; iniciada quizás en el momento que nos dimos cuenta que éramos de Dios y teníamos que seguir siendo de Dios, conversión que no termina hasta el último momento de nuestra estancia en la Tierra; esta vocación y conversión mira siempre al servicio de la evangelización del mundo.

En la vida cristiana se dan encuentros con Jesús; algunos quizás imperceptibles, no se identifican bien, pero hay uno especial y se podría llamar entonces el primer encuentro con Cristo, en donde concientemente nos damos cuenta que estamos en presencia del que todo lo puede, del que es Santo de los Santos, del que nos esta llamando. Este encuentro produce una profunda transformación en quien no se cierra a él y el primer impulso, fruto de esta transformación, es comunicar a los demás la riqueza adquirida en la experiencia de este encuentro (Cf. EA 68; Cf. 8). La vocación, entonces, desemboca en misión que será una dinámica misma del encuentro con el Señor. En esta dinámica el discípulo es llamado a ser misionero, apóstol, enviado a anunciar con gozo a Jesucristo muerto y resucitado para la esperanza del mundo.

La tarea de la Iglesia es evangelizar y corresponsables son todos y cada uno de los discípulos, que después de la experiencia de Cristo vivida en la conversión, responden con nuevos métodos y estrategias, con nuevo vigor y estilo de vida, con nuevo entusiasmo y alegría y con una auténtica y verdadera espiritualidad venida del mismo que los llamó y que ahora llena su ser para que, con valor y decisión, estén dispuestos al desafio de proclamar el reino de Dios a las sociedades y culturas del tercer milenio.

El mismo mandato misionero de Jesús “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautícenlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo enseñándoles a poner en obra todo lo que les he mandado” (Mt 18, 20) lleva a su discípulo a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos (NNI 58). Dentro de la cruz de cada día tendrá el gozo y la alegría de compartir al Señor; no importarán las dificultades, los tropiezos ni los peligros, tendrá que evangelizar a tiempo y a destiempo, como nos anima San Pablo; el evangelizar, el llevar la Buena Nueva, se convierte en apoteósica respuesta misionera del discípulo, comprendiendo más facilmente el actuar de las primeras comunidades.

LA FORMACIÓN DEL DISCÍPULO

La vocación y misión del discípulo de Jesús requieren de la formación, que es un proceso constante y permanente de madurez en la Fe,y la misión de la comunidad de los discípulos, en el camino que llevan adelante de fidelidad, amistad y testimonio que va creciendo de Jesús y su palabra. Para el discípulo, la formación es consecuencia de cuando se ha sumergido en el bautismo y al mismo tiempo en la vida de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, la que debe desarrollarse hasta alcanzar su plenitud; por lo tanto, requerirá de una educación y formación permanente, que será enriquecida en la vida de los sacramentos que nos acompañan desde que nacemos hasta que morimos para resucitar a la eternidad. La vida divina se renueva con el sacramento de la reconciliación y se alimenta y testimonia con los sacramentos de la Eucaristía y confirmación, gracias y dones que Dios pone al alcance del discípulo para tener conductos abiertos de relación y comunicación con el que ha escogido, con el que ha llamado, con el que ha enviado.

La formación es también requerimiento de la misión, pues el discípulo que crece en el seguimiento de Jesús, asume responsable y creativamente la tarea de evangelizar a todos en sus nuevas circunstancias y culturas. La exigencia del tiempo que estamos viviendo requiere para este servicio evangelizador, un permanente discernimiento y preparación: Nos esta tocando vivir un tiempo especial en la historia de la humanidad, pues esta no es solamente una época de muchos cambios, sino genuinamente, dicho por muchos especialistas, estamos viviendo un verdadero cambio de época, en donde para muchos, Dios no entra, ni la relación con Dios, transformándose entonces la relación con los demás, sin la referencia de Dios, queriendo ser esta, por lo tanto, una época distinta, época sin Jesucristo, época de acuario y de la nueva era.

LA MISIÓN DEL DISCÍPULO

Absolviendo

Ante tales circunstancias de encontrarnos en este cambio de época en donde estaremos inmersos quizás por más de 50 años, como lo pronostican algunos de los que conocen, el discípulo después de haber sido escogido, llamado y formado por su maestro, estará dispuesto a ser enviado para llevar la buena nueva de Cristo resucitado, de Cristo vivo entre nosotros, a todos aquellos que no lo conocen o se han olvidado de Él. Y en la realidad de esta nueva época es imperante la decisión de aceptación de cada uno de los discípulos de Jesús. Esta nuevaépoca seguirá siendo de Cristo, si en común unión los llamados tomamos nuestro compromiso como cristianos de llevar, pasar, difundir la alegre noticia de Jesús vivo entre nosotros.

Cada discípulo en el mundo será responsable de que esta época siga siendo de Cristo. En el mandato misionero, como característica en todos los evangelistas, tenemos que es universal y que Él estará con nosotros siempre “y sepan que yo estoy con ustedes hasta el final de los tiempos”(Mt 28, 20). Ciertamente que el seguimiento de Jesús implica un fuerte desgaste de nuestras energías humanas, espirituales y este desgaste al cumplir el envío, en la misión, será mucho mayor; por eso la fuerza que requerimos es una fuerza extraordinaria, nada común, la fuerza que viene de Dios, la potencia del Espíritu Santo, la energía de la resurrección de Jesucristo, que nos hace mover, abrirnos hacia los demás, buscar a quién pasar el mensaje, caminar sin descanso, buscar hasta encontrar a alguien que no conozca la vida que da Dios o se haya olvidado de la felicidad que da Jesucristo aun en el camino del dolor y de la cruz.

El discípulo de Jesús es llamado por Dios Padre a ser Santo y miembro de un pueblo santo y misionero, proclama con nuevo ardor a su Señor como Mesías e Hijo de Dios. Por lo mismo trabaja por la unidad de los cristianos y se empeña con fuerza y sagacidad evangélicas en la transformación de la sociedad y en la solidaridad con los pobres y excluidos (EA 58-67). Porque sigue a su señor, vive como él, acepta su mensaje, asume sus criterios, abraza su destino, se hace corresponsable del propósito de Jesús, que es el del Padre: “Invitar a todos a la comunión trinitaria y a la comunión con los hermanos en una sociedad justa y solidaria” (EA 68 cf. 55).

La gracia del seguimiento del Señor (vocación), la corresponsabilidad en la tarea de la Iglesia (misión), y la respuesta fiel y en las circunstancias actuales (formación), tienen una única fuente: el encuentro personal con Jesucristo vivo. Uno de los medios privilegiados del encuentro con Jesús, junto con la Eucaristía, es la renovación y asidua escucha de la Palabra de Dios (NMI 39-40). La palabra, orada personal y comunitariamente, alimenta la identidad del discípulo de Jesús, impulsa a la participación en la comunidad eclesial y abre a los desafíos actuales de la evangelización. (“Discípulo de Jesús y discipulado” Santiago Silva Retamales).

Hoy como ayer, Jesús sigue reuniendo el grupo de sus discípulos, trasmitiéndoles su palabra, entablando una relación con ellos, invitándoles a un seguimiento radical en comunión de hermanos, enviándoles con su misma misión. Ser discípulos de Jesús es abandonarse, dejarse transformar por su gracia y ser renovados por su misericordia, que se alcanza en la vida de comunión de su Iglesia (VS 119). El discípulo quiere vivir como el Maestro para no ser obstáculo o tropiezo a su obra de redención(Mc 8, 33), caminar con Cristo hacia la pascua de Jerusalén y al mismo tiempo hacia la evangelización del mundo entero; tener una unión personal con Cristo, intimidad con él, imitarlo en su amor hasta el extremo y adherirnos a su Reino de paz, justicia, verdad, libertad, para compartir su mismo destino pascual y que todos seamos uno como el Padre y Él son uno en la fuerza del Espíritu.

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