TEMA 1
DISCIPULADO
COMUNIDAD DISCÍPULA DE JESÚS
Jesús, a fin
de realizar la
misión del
Padre, escogió a los discípulos
para que estuvieran
con Él, aprendieran deÉl e inicien con Él la comunidad
de la Iglesia, y luego de
consumar su sacrificio pascual,
encomendándoles el perpetuarlo
en la Eucaristía, se manifestó a ellos
como Resucitado, y en Pentecostés
les envió su Espíritu para que anunciaran
la Buena Nueva de la resurrección
(cf. Jn 20, 23), e hicieran “discípulos a
todos los pueblos” (Mt 28. 19) de manera
que en Él “todos tengan vida” (Jn
10, 10).1
Jesús, el enviado del
Padre, envía por
el Espíritu a sus
Discípulos
“Tanto amó Dios al mundo que le dio
a su Hijo único, para que todo el que
crea en Él no perezca, sino que tenga
vida eterna. Dios no envió a su
Hijo al mundo para condenarlos,
sino para salvarlos por medio deÉl” (Jn 3, 16-17).
El Dios de la Vida
se
hace presente
en
Jesús de Nazaret
Por el gratuito
amor del Padre,
el Hijo se encarnó,
por obra del Espíritu Santo, en el vientre de María.
Por ello Jesús es la manifestación y la realización
más plena de la voluntad del Padre, todo
el propósito de su vida y misión tiene su sentido
en el inmenso amor de Dios por toda la
humanidad. Jesús, el Hijo amado que nos envía
el Padre, se hace amor y se pone al alcance
de todos. Al realizar el plan amoroso del Padre
(cf. Ef 1, 3-14). Jesús nos invitó y quiso que
seamos partícipes de ese proyecto de vida y
amor que fluye de la misma bondad de Dios.2
El Dios de la Vida se hace presente en la
práctica salvadora de Jesús que se encontraba
con los leprosos, los impuros, los pecadores…
y mostraba que Dios estaba cerca de ellos y se
hacía presente contagiando salud, vida, perdón
y amor.
El Dios de la vida se manifestó, de modo
sobresaliente, en las parábolas de la misericordia
narradas por Jesús (cf. Lc 15).
El Dios de la Vida se mostró en la actitud
orante de Jesús, en quien Dios se reveló, no solo
como el santo de los santos, el innombrable,
sino, ante todo, como abbá, ¡papá querido!
(Mt 11, 25-27). Sólo Jesús que vivió la gran
experiencia de comunión y filiación cotidiana
con el Padre, pudo darnos tal revelación.
Por su Hijo, el Padre hizo presente todo su
poder vivificante y liberador, de integración,
reconciliación y misericordia, pues por Él
devuelve en plenitud impensable lo que el
ser humano había dilapidado con su pecado.
Restituye una vida humana capaz de acoger
la misma vida de Dios, fuente de nuevas
relaciones con los otros en justicia y amor, y
con todo lo creado.
Dios, en Jesús, sigue trasmitiendo su vida al
mundo. Debido a su infinito amor, el Padre
ha consagrado y enviado a Jesús al mundo. Él se entregó a esta misión dando su vida entera,
hasta su muerte en la cruz. En su entrega, nos
ha revelado a Dios como Padre de todos, en
misericordia, salvación y vida abundante.
La misión de Jesús
Jesús anuncia el Evangelio de la liberación y
de la gracia, como buena noticia a los pobres,
liberación a cautivos y oprimidos, don de
vista y libertad para los ciegos e impedidos; y
a todos les anuncia la sorpresiva misericordia
salvífica de Dios , (Lc 4, 18-19), que nos hace
amigos e hijos suyos.3
Jesús realiza esta misión con su obra redentora
que se prolonga en la Iglesia por Él fundada,
y se concreta en un proyecto de discipulado,
con el modelo y el ejemplo de su misma vida.
Jesús viene a nosotros, se hace epifanía,
se hace peregrinación, pues “Dios está en
peregrinación hacia el hombre. Dios mismo
se ha puesto en camino hacia nosotros. Jesús
no es sino Dios que, por decirlo así, sale
de sí mismo para venir al encuentro de la
humanidad. Por amor se ha hecho historia en
nuestra historia; por amor ha venido a traernos
el germen de la vida nueva (cf. J3, 3-6) y a
sembrarla en los surcos de nuestra tierra, para
que germine, florezca y dé fruto”.4
En la vida histórica de Jesús, sus palabras y
acciones están íntimamente entrelazadas, de
forma que las palabras explican las acciones
y éstas, que “pasó haciendo el bien” (Hch
10, 38), y enseñando la verdad. Así suscitaba
la vinculación a Él como “Maestro” con
capacidad de formar discípulos, cuya fe daba
paso a regresivas confesiones de la identidad y
la misión de Jesús.

Jesús, el Buen Pastor, quiere comunicarnos su
vida y ponerse al servicio de la vida. Lo vemos
cuando se acerca al ciego del camino (cf. Mc
10, 46-52), cuando dignifica a la samaritana (cf.
Jn 4, 7-26), cuando sana a los enfermos (cf.
Mt 11, 2-6), cuando alimenta al pueblo hambriento
(cf. Mc 6, 30-44), cuando libera a los
endemoniados (cf. Mc 5, 1-20). En su reino de
vida, Jesús incluye
a todos: come y
bebe con los pecadores
(cf. Mt 11, 19); toca
leprosos (cf. Lc 5, 13), deja
que una mujer prostituta
unja sus pies (cf. Lc 7, 36-50)
y de noche recibe a Nicodemo
para invitarlo a nacer de nuevo
(cf. Jn 3, 1-15). Igualmente invita a
sus discípulos a la reconciliación (cf.
Mt 5-24), al amor a los enemigos (cf.
Mt 5, 44), a optar por los más pobres
(cf. Lc 14, 15-24). Con esto se aparta
de las rígidas leyes de la pureza exterior,
perdona a los pecadores, haciéndoles
partícipes de su santidad (Lc 15).
Jesucristo es Camino, Verdad y vida: Plenitud
de vida que diviniza y humaniza:“Yo he venido para darles vida, y para que
la tengan en plenitud” (Jn 10, 10); Camino
que conduce a la aceptación de la cruz y a
la resurrección; Verdad sobre Dios como
también sobre las personas y la sociedad,
que nos enseña a vivir con desprendimiento
de nuestras propias ambiciones,
contemplando a Dios abrazando su
plan de amor, entregando así nuestra
vida para que otros vivan en Él.
Jesús forma discípulos
Jesús comienza su misión evangelizadora
no individualmente
sino en comunidad. En efecto,
llama a varios seguidores
que constituyen una
comunidad y se comprometen
en la construcción
del Reino.
Ellos tienen que
dejar todo lo
que impide
el seguimiento de Jesús, en respuesta a su invitación“ven y sígueme” (Mc 1, 18).
La elección de los discípulos forma parte
fundamental del ministerio de Jesús. La
llamada de Jesucristo al discipulado implica
una opción fundamental por su persona que ,
a su vez, exige seguimiento de sus actitudes, de
su modo de ser y relacionarse con Dios, con
los demás y con el mundo; implica abordar la
historia al estilo de Jesús.
Jesús exige a sus discípulos participar de
su estilo de vida: estar con Él de manera
cotidiana; acompañándolo en su predicación
de pueblo en pueblo; participando de sus
alegrías y tristezas; orando permanentemente
con Él; viendo e interpretando los signos del
Reino; escuchando sus parábolas y recibiendo
explicación en privado de ellas… Todo esto,
constituye un aprendizaje y un configurarse
con Cristo, tarea inacabada; porque los viejos
moldes de pensamiento e intereses personales
y de grupo que los discípulos tenían, les
impedían entender el estilo mesiánico de
Siervo Sufriente de Jesús. Por eso es que Jesús,
según el evangelio de Marcos, tomó distancia
de las multitudes para dedicar más tiempo a la
formación de sus discípulos (cf. Mc 8, 31).
Jesús exige a sus discípulos que se desprendan
de su egoísmo, por eso les dice “si alguno
quiere venir en pos de mí, que renuncie a
sí mismo, que cargue con su cruz y que me
siga” (Mc 8,34). Negarse a sí mismo es abrirse,
entender al otro, hacerse cargo del hermano
más necesitado y asumir la cruz como
consecuencia del seguimiento de Jesús.
Jesús dice que quien quiera “ser el primero
que sea el último de todos y el servidor de
todos” (Mc 9,35) por eso en la Última Cena, Él
mismo lavó los pies como señal de humildad y
abajamiento total hacia el otro.

Jesús les enseña a que sean libres ante ciertas
tradiciones de los mayores, libres frente al
ritualismo, libres frente a la ley cuando estas
se ponen sobre el ser humano y, al mismo
tiempo, les pide que sean fieles a la causa del
Reino.
Jesús les enseña a cultivar gestos, sentimientos
y actitudes humanizantes; por ejemplo, en la
casa de Pedro Jesús demuestra disponibilidad
para curar a la suegra del dueño de casa; frente
a las personas que están desorientadas expresa
que siente pena y compasión de la gente
porque parecen ovejas sin pastor; expresa
cariño frente al joven rico; se alegra cuando los
discípulos llegan de sus primeras experiencias
misioneras; se indigna frente a los mercaderes
del templo…
Como si la tarea hubiera quedado inconclusa,
Jesús resucitado les enseña a los discípulos a
acercarse a los que han perdido el horizonte,
les enseña a interpretar las
Escrituras a la luz de su
persona para que la Palabra
pueda llegar al corazón;
ahí les recuerda que la
fracción del pan, partido en
comunidad, es el signo y el
gozo de su presencia (Lc 24,
13-35), que no la pueden
reprimir en su interior, sino
que les pide anunciarlo a la
Jerusalén del mundo.
Los discípulos de
Jesús enviados a hacer
discípulos
Jesús ha enviado a sus discípulos
a proclamar y comunicar
la salvación. “Jesús se
acercó a ellos y les hablo así;
Me ha sido dado todo poder
en el cielo y en la tierra; vayan, pues, y hagan
discípulos a todas las gentes bautizándolas en
el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que
yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con
ustedes todos los días hasta el fin del mundo”
/Mt 28, 18-20). “Jesús les dijo otra vez: La paz
con ustedes. Como el padre me envió, también
yo les envío. Dicho esto, sopló sobre ellos
y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quien
les perdonen los pecados, les quedan perdonados;
a quienes los retengáis, les quedan retenidos”
(Jn 20, 21-23).
Los discípulos en Pentecostés, se experimentan
más íntima y profundamente unidos a
Jesucristo, por eso ellos continúan la misma
tarea del Maestro. Anuncian el kerigma de
Jesucristo, muerto y resucitado, como Aquel
en quien está la plenitud del Reino y como la
persona que da sentido a la vida, los apóstoles
realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo: Pedro
sana a un paralítico“no tengo plata
ni oro pero te doy lo que
tengo, en nombre de Jesucristo,
el Nazareno, camina;
y tomándolo de la mano derecha,
lo levantó” (Hch 3, 6-7).
Pablo realizaba milagros extraordinarios
(cf. Hch 19, 11-12).
El signo-sacramento
que los discípulos
usaban por mandato
de Cristo, como señal
para hacer nuevos discípulos
era el bautismo;
a través de la imposición
de manos comunicaban
el Espíritu Santo a los
nuevos discípulos. Esto
engendra una relación
particular con Dios y da
un nuevo valor a las relaciones
interpersonales
y comunitarias.
Se formaban entonces
pequeñas comunidades
como signos
vivientes de
la presencia de
la nueva fe que
no conocía límites. Al escuchar
la enseñanza de los apóstoles,
vivían unidos y participaban
en la fracción del pan y en
las oraciones. (cf. Hch 2,
42-44); los miembros
de estas comunidades,
especialmente
los pobres y los
esclavos, encontraban
un sentido de pertenencia y reconocimiento
de la propia dignidad personal que constituía
una verdadera alternativa.

Entendieron la misión de Jesús como
una tarea que había que llevar a todos los
confines de la tierra; por ello se dio un fuerte
movimiento misionero, que comenzó con
Pedro, Juan, Felipe, Santiago, las mujeres
como María Magdalena, Salomé, testigos de
la resurrección. Esto continuó con Bernabé,
Pablo, Juan Marcos, Silas, Timoteo, Aquila y
Priscila, Apolo, Crispo, entre otros, quienes
fueron capaces de llevar la Buena Nueva de
Jesucristo al mundo, a judíos y gentiles, a
esclavos y libres, a varones y mujeres para que
todos llegaran a ser uno en Cristo (cf Gal 3,
28).
Pablo es el símbolo mayor de la tarea misionera.
Fue el apóstol apasionado por Cristo, escogido
por el Espíritu Santo para la misión entre los
gentiles. Fue quien entendió en profundidad
la novedad de Jesucristo. Como buen
discípulo, hizo suyas la intenciones y deseos
de Jesús. Por eso, fue capaz de anunciar a
Jesús resucitado a tiempo y a destiempo (cf 2
Tm 4, 2), caminar cerca de 16.000 km y otros
tantos en barco, en sus tres viajes misioneros
y en el de la cautividad, asumir los peligros
que suponía la misión itinerante (cf. 2 Cor 11,
16-29), preocuparse, sufrir e inquietarse por
los problemas de las comunidades que aún
estaban inestables (1 Tes 3,5,2,18), escribir sus
cartas de aliento y orientación.
La tarea misionera no está libre de conflicto
y tensiones: conflictos al interior de las
comunidades, por ejemplo el mismo Pablo a
los Corintios es reclama que ellos no son ni de
Pablo, ni de Cefas ni de Apolo sino de Cristo
(cf. 1 Cor 1, 12); conflictos entre los discípulos,
unos parque tiene una tradición más judaizante
y otros porque eran más abierto a la gratuita
de Dios y a la superación de la ley; conflictos
con los judíos, conflictos con las autoridades
locales; conflictos con el poder romano.
La consecuencia misionera es el martirio.
El primero en alzar la voz y predicar Cristo
resucitado, que conoció la corona del martirio
fue Esteban; luego le siguieron en este camino
Santiago, Pedro y Pablo, Y a estos se suma otra
larga lista de testigos anónimos, de los que nos
habla el libro de Apocalipsis.
El discipulado misionero
hoy
en la comunidad
local
En su primera encíclica, “Redentor hominis”,
el Juan Pablo II afirma que “cada hombre, sin
distinción alguna, está llamado a encontrar
a Cristo”. En este camino, por lo tanto, “la
Iglesia, que lo debe anunciar, no puede ser
detenida por nadie”.
La Comunidad Local en el
mundo de hoy
La Iglesia actual ha encarnado en sí esta
dimensión universal, esto es, la catolicidad
que impulsa a ir a todo lugar en donde se
encuentre el hombre. En el bautizado debe
existir el ansia del apóstol, la conciencia de
quien sabe que ha recibido una misión que no
se acaba, sino va buscando nuevos caminos
para hacer realidad el gozo trinitario presente
en los hombres. Rema mar adentro, es el signo
con el que la Iglesia ha iniciado la marcha en
el tercer milenio.
Son características fundamentales suyas; el
carácter ministerial al servicio del hombre; la
solidaridad fraternal entre todas las Iglesias,
el carácter kerygmático del primer anuncio, la
atención a los cambios históricos , la constante
búsqueda de la santidad y de la vida espiritual
de los fieles.
Cuando la Iglesia reconoce su naturaleza
universal y particular, entonces desarrolla
nuevas dimensiones de la misión ad gentes;
así se generan otras Iglesias particulares5 que a
su vez nacen con la responsabilidad a la misión
universal, en una realidad de comunión entre
todas ellas. La Iglesia subsiste y se concreta
en las Iglesias particulares que, en comunión
entre ellas y bajo el primado de Pero, forman
el universal Pueblo de Dios.
Efectivamente, la Iglesia particular es tal en
cuando expresa el Evangelio, la fe cristiana y los
mismo ministerios según las particularidades
culturales, sociales y religiosas del ambiente
en el que están presentes. Las perspectivas
abiertas por el Concilio Vaticano II son una
estupenda realidad,
porque hoy son
convicción adquirida
por el Pueblo de Dios.
Cada Iglesia local debe ser
misionera entro y fuera de
sus límites. Y además existe un
intercambio pluridireccional de
asistencia recíproca con las demás
Iglesias, en la cual se comparten
sus dones y sus expresiones de fe.
La evangelización en sus múltiples
aspectos no ha terminado, ni terminará
hasta el fin del mundo, porque con
cada generación nueva, la fe ha de ser
trasmitida, en su realidad de verdad antigua
que requiere un leguaje siempre renovado.
Además no podemos ignorar que en la
encomendable labor evangelizadora de los
tiempos pasados, dada la amplitud de los
espacios y la escasez de evangelizadores,
hubo algunas, que aún deben ser atendidas.
Tampoco podemos cerrar los ojos a los
nuevos desafíos, que la sociedad de hoy
hace a los creyentes.
“El mundo actual está marcado por el
proceso de secularización que, a través
de complejas vicisitudes culturales y
sociales, no sólo ha reivindicado una
justa autonomía de la ciencia y de
la organización social, sino que
con frecuencia ha cancelado
el vinculo de las realidades
temporales con Creador,
llegando incluso a descuidar
la salvaguardia de la
dignidad trascendente
del ser humano y
el respeto de su
misma vida Hoy, sin embargo, la
secularización, en la forma de secularismo
radical, no abren espacios posibles y quizás
nuevos, para un diálogo fecundo con la
sociedad y no sólo con los fieles, especialmente
sobre temas importantes. Como los que
afectan a la vida”.6
“… Incluso hombre que ya no se reconocen
como miembros de la Iglesia o que han perdido
incluso la luz de la fe siguen presentado atención
a los valores humanos y a las contribuciones
positivas que el Evangelio puede ofrecer al
bien personal y social.7
La Iglesia local debe ponerse en estado
de misión para desplegarse en todas sus
dimensiones: primer anuncio del Evangelio
en los propios espacios o en otros, nueva
evangelización, diálogo ecuménico e
interreligioso, solidaridad con los hombres y
defensa de su dignidad, especialmente de los
mas desprotegidos, diálogo con el mundo
actual desde la óptica del Evangelio, Es la gran
tarea que queda abierta para el presente: la
edificación de una Iglesia local auténticamente
misionera.

Es necesario, por tanto, dar un nuevo empuje a
la pastoral de la Iglesia particular. Esto implica
una renovación y una profundización de la
propuesta pastoral misma, que tenga en cuenta
la necesidad de una formación más profunda
y sistemática sobre la naturaleza de la Iglesia
a los agentes de Pastoral, que se exprese en
la creatividad de sus expresiones teológicas,
en la audacia de su renovación pastoral, en
una catequesis envolvente de todo el pueblo
de Dios, en la creatividad de su celebración
litúrgica, en la creciente solidaridad de su
caridad, en su lucha por una auténtica justicia
y paz, y en una conciencia creciente por la
conservación del medio ambiente. Hace falta
que todo bautizado se esfuerce por conocer la
sociedad y el mundo actual e informarse mejor
acerca de la pobreza y la marginación. Si falta
una educación o una formación adecuada de las
conciencias pueden prevalecer con frecuencia
falsos valores o informaciones desviadas y
aparecer pocos Buenos Samaritanos.
Misioneros en y para la comunidad
Podemos decir que el imperativo misionero
actual de la Iglesia, como lo expresaba Pablo VI
al promulgar la Lumen Gentium, es “una hora
luminosa” en la renovación conciliar, “ayer
lentamente madurada, ahora esplendorosa,
mañana ciertamente providencial en
enseñanzas, en impulsos y avances para la vida
de la Iglesia”.8
En esta línea, nuestros obispos en Puebla
manifestaron: “Nos comprometemos a
cumplir siempre con gozo, intrepidez y
humildad en ministerios evangelizador, como
tarea prioritaria del oficio episcopal en el
camino abierto e iluminado por los insignes
pastores y misioneros del continente”.9
Puesto que la Iglesia particular debe poner de
relieve su carácter misionero y la comunión
eclesial, ha de comprometerse más con la
misión ad gentes. En efecto, “Las Iglesias
particulares de América están llamadas a
extender su impulso evangelizador más allá
de sus fronteras continentales. No pueden
guardar para sí las inmensas riquezas de su
patrimonio cristiano. Han de llevarlo al mundo
entero y comunicarlo a aquellos que todavía
lo desconocen”. 10
La Iglesia tiene que proclamar la Buena
Nueva mediante el testimonio. Todos los
cristianos están llamados a este testimonio
y, en este sentido, pueden ser verdaderos
evangelizadores11. La primera forma de
testimonio es la vida santa del misionero, de
la familia cristiana y de la comunidad eclesial.
Por consiguiente, en la misión evangelizadora
conviene tomar más en serio el hecho de que la
santidad está al alcance de todos, como don de
Dios, y que ella es el germen en la cual debería
fundamentarse la programación pastoral de
cada Iglesia particular.12
El testimonio y anuncio de Cristo es central en
la evangelización. Para ello, el misionero debe
conocer y amar a fondo a Jesucristo, de modo
que pueda seguirlo y anunciarlo con su propia
vida.
De este
modo
puede estimular
en los
destinatarios el
conocimiento, el
seguimiento y el
discipulado.
La evangelización de la
familia requiere esmerada
y renovada dedicación
en muchos aspectos fundamentales:
como comunidad
creyente y evangelizadora,
viviendo y actuando
según los designios de Dios;
como comunidad íntima de
vida y amor; como salvaguarda
responsable de la vida en
su totalidad.13
Para una buena evangelización
es menester preparar
buenos catequistas, en los cuales es preciso
cultivar el sentido de la Iglesia y el
sentido misionero, teniendo en cuenta
lo que dice el Papa Pablo VI: “Mientras
dure este tiempo de la Iglesia, es
ella la que tiene s su cargo la tarea
de evangelizar. Esta tarea que no se
puede cumplir sin ella, ni mucho
menos contra ella”.14
Proceso de Formación de
los discípulos
En el proceso de formación
de discípulos
misioneros conviene
destacar los
cinco aspectos
fundamentales señalados por el documento de Aparecida15,
que aparecen de diversa manera en cada
etapa del camino, pero que se compenetraníntimamente y se alimentan entre sí:

a) El encuentro con Jesucristo: Es el
Señor quien llama (Mc 1, 14; Mt 9, 9: “Sígueme”). Se ha de propiciar este
encuentro que da origen a la iniciación
cristiana, pero que debe renovarse
constantemente por el testimonio
personal, el anuncio del kerygma y la
acción misionera de la comunidad. El
kerigma no sólo es un etapa, sino el
hilo conductor de un proceso que culmina
en la madurez del discípulo de
Jesucristo. Sin el kerygma, los demás
aspectos de este proceso están condenados
a la esterilidad, sin corazones
verdaderamente convertidos al Señor.
Solo desde el kerygma se da la posibilidad
de una iniciación cristiana verdadera.
Por eso la Iglesia ha de tenerlo
presente en todas sus acciones.
b) La Conversión: Es la respuesta inicial
de quien ha escuchado al Señor, cree
en Él por la acción del Espíritu, se
decide a ser su amigo e ir tras de Él,
cambiando su forma de pensar y de
vivir, aceptando la cruz de Cristo,
consciente de que morir al pecado es
alcanzar la vida. En el Bautismo y en
el sacramente de la Reconciliación de
actualiza para nosotros la redención de
Cristo.
c) El Discipulado: La persona madura
constantemente en el conocimiento,
amor y seguimiento de Jesús maestro,
profundiza en le misterio de su persona,
su ejemplo y su doctrina. Para ello son de
fundamental importancia la catequesis
permanente y la vida sacramental,
que fortalecen la conversión inicial y
permiten que los discípulos misioneros
puedan perseverar en la vida cristiana y
en la misión en medio del mundo que
los desafía.
d) La Comunión: No puede haber
vida cristiana sino en comunidad:
las familias, las parroquias, las
comunidades de base, otras pequeñas
comunidades y movimientos. Como
los primeros cristianos, que se reunían
en comunidad, el discípulo participa en
la vida de la Iglesia y en el encuentro
con los hermanos viviendo el amor
de Cristo en la vida fraterna solidaria.
También es acompañado y estimulado
por comunidad y sus pastores para
madurar en la vida del Espíritu.
e) La Misión: El discípulo, a medida que
conoce y ama a su Señor, experimenta
la necesidad de compartir con
otros su alegría de ser enviado, de
ir al mundo a anunciar a Jesucristo,
muerto y resucitado, a hacer realidad
el amor y el servicio en la persona de
los más necesitado, en una palabra, a
construir el Reino de Dios. La misión
es inseparable del discipulado, lo cual
no debe entenderse como una última
etapa de la formación, aunque se la
realice de diversas maneras de acuerdo
a la propia vocación y al momento de
la maduración humana y cristiana en
que se encuentre la persona.
Actitudes del discípulo en misión
El discípulo necesita vivir en empatía con los
valores religiosos y de humanidad presente
entre los hombre y mujeres de la tierra, en
sus respectivas culturas, sabiendo que la
cultura es aquella tiene fértil a la que la misión
confía la semilla del Evangelio. El Evangelio
será asimilado y cultivado por estas culturas
en comunión con aquella comunidad eclesial
misionera que ha aportado la Buena nueva; esta
comunidad eclesial para cumplir a perfección
su labor misionera debe a su vez aprender
de esos otros pueblos para inculturar allí los
valores la experiencia del evangelio.
Hay que decir la palabra con verdad y humildad
porque ha sido escuchada y acogida por la
comunidad misionera y esta Palabra le ha dado
vida, experiencia, felicidad; así se la comparte y
anuncia sin pretensión e imposición. Hay que
confiar en el tiempo de Dios para en el bien de
las personas y de los pueblos. Hay que dejarse
quemar por el seseo de que Jesús sea conocido
y amado. Hay que alegrarse y consolarse en la
esperaza anticipada, como Simeón y Ana que
proclaman al niño recién nacido “Luz para
todas la naciones”, mirando con las amplias
perspectivas de Dios (Lc 2, 25-38).
La comunidad misionera
debe ser presencia
y coherencia de
valores evangélicos; debe
ser una luz encendida que
se da confiadamente en gratuidad,
con la sola pretensión
de estar unida a su Señor, y sentir
y actual como Él; debe ser una
luz situada en un espacio de humanidad,
cultural y religión.
Llamados a vivir interiormente impregnados
de humanidad y universalidad,
los creyentes y sus comunidades
deben dar a todos los seres humanos
cabida en su corazón. Tal modo de vivir
se convierte en espiritualidad donde
el quehacer cotidiano y toda relación y
experiencia interpersonal alimentan la fe
en Dios. Con profunda empatía el cristiano
entra en diálogo con las personas
concretas para colaborar en lo que no
es común y para compartirles nuestras
creencias en encuentro amistoso.
De este modo, siempre acercándose y
aprendiendo de los demás, incluso sin
esperar correspondencia ni cansarse,
el cristiano hace presencia y refleja
la actitud cariñosa y misericordiosa
de Dios.
Es propio del cristiano ensanchar
el amor hasta el deseo
de hacerse anatema por
los hermanos (Rom 9, 3).
Este amor se hace levadura
en la humanidad
en al Iglesia y siembra
la misericordia
y la salvación
de Dios por
caminos
inusitados. La actividad misionera hacia la
humanidad es la puerta para avanzar en la
verdad, el amor, esperanza, porque despoja
de prejuicios ante las personas con su realidad
y honradez. Las personas son distintas,
nos sorprenden, pero en ellas está también
su dignidad de hijas de Dios. Con su sola
presencia plantean interrogantes para ciertas
prácticas y tradiciones a las que estamos
acostumbrados.
“Siento compasión” dice Jesús en un mundo
donde hay hambre y sed de pan, de dignidad,
de fe y se seguridad cierta. Misión del
cristiano en medio del mundo es estar allí,
compartiendo el dolor y la alegría que son
muy concretos y con frecuencia se expresan
con otros paradigmas humanos distintos a los
nuestro. Primera tarea del cristiano es sentir“por la humanidad”, por todos, llevándolos
en corazón, sintiendo con Dios; siendo como
Jesús compasión vivificadora.
En este contexto, también es tarea del
cristiano una silenciosa intercesión que
por amor asume a todos para ponerlos
en Dios. El cristiano se entrega y ama por
todos; se siente humanidad y así lo vive.
Más aún, cuando los frutos no se ven y se
experimenta la impotencia o la violencia,
el cristiano se une al obrar, silencioso,
intercesor y acompañante de Jesús a favor de
la humanidad toda, a través de la Presencia
Eucarística, por la que se hace compañero de
vida y camino de la comunidad. Con Cristo
crucificado y resucitado el cristiano intercede
permanentemente por la humanidad (Rom 8,
34; Jn 17; Lc 22, 31-32).
El misionero vive una espiritualidad pascual:
En su muerte pascual Jesús realmente es
solidario con la condición humana; en su
debilidad aceptó la limitación de ser criatura.
Un título mesiánico privilegiado por Jesús
en su ministerio público fue el de siervo e
Dios, el siervo que sufre para dar la vida a
los demás. Aceptando ser siervo obediente se
reveló como Hijo obediente.
Vivir en diálogo, nacido de la contemplación
de la obra del Espíritu Santo, es estar atento
no solo a la obra del Espíritu al interior de
la acción de la Iglesia, sino también a lo queÉl ha obrado y está obrando fuera de los
límites visibles de la Iglesia entre los diversos
pueblos del mundo, sus culturas y religiones.
Este diálogo no es cuestión de una tolerancia
dictada por el relativismo moderno ni una
táctica oportunista sino más bien de un
respeto profundo por la acción del Espíritu
Santo entre pueblos y su experiencia humana.
Este diálogo supone actitudes de escucha,
respeto, petición de perdón, y lleva a un
compartir los dones recibidos de Dios.
Ser misioneros desde la pequeñez, la pobreza
y el martirio no es lago marina, refleja el
dinamismo central del misionero pascual.16 El documento de Aparecida ha presentado
las actitudes pastorales y misioneros del
discípulo.17 Un auténtico camino cristiano
lleno de alegría y esperanza el corazón
y mueve al creyente a anunciar a Cristo
de manera constante en su vida y en su
ambiente. Proyecta hacia la misión de formar
discípulos y misioneros al servicio del
mundo. Habilita para proponer proyectos
y estilos de vida cristiana atrayentes, con
intervenciones orgánicas y de colaboración
fraterna con todos los miembros de
la comunidad. Contribuye a integrar
evangelización y pedagogía, comunicado
vida y ofreciendo itinerarios pastorales
acordes con la madurez cristiana, la edad y
otras condiciones propias de las personas o
de los grupos. Incentiva la responsabilidad
de los laicos en el mundo para construir
el Reino de Dios. Despierta una inquietud
constante por los alejados y por que ignoran
al Señor en sus vidas”.
Trabajemos Juntos
1. ¿Cuál fue la práctica misionera que los discípulos aprendieron junto a Jesús?
2. ¿Cómo es nuestra práctica de animación, formación y concientización misionera hoy?
NOTAS
1 Cf. Tema de la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.
2 Ad Gentes 2.
3 Dei Verbum 2.
4 Benedicto XVI, Homilía del 6 de enero de 2007, Epifanía del Señor.
5 Cf. Eclesiogénesis.
6 Benedicto XVI a la vigésima Conferencia Internacional del Consejo Pontificio para la Pastoral de Salud, 21 noviembre 2005.
7 Idem.
8 Discurso de Pablo VI, 21 de noviembre de 1964.
9 Puebla 701.
10 Ecclesia en América 74.
11 Cf. Evangelii Nuntiandi 21; 67.
12 Cf. Tertio Millennio ineunte 31. c.
13 Cf. Familiaris Consortio, cp. IV.
14 Evangelii Nuntiandi 16.
15 Cf. Aparecida 295.
16 Conclusiones del CAM 2.
17 Aparecida 297.