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TEMA 2
PENTECOSTÉS
COMUNIDAD LLEVADA POR EL ESPÍRITU


La fiesta de Pentecostés entre los judíos recordaba la alianza del Sinaí; en ese día, a los cincuenta días de la Pascua, el Espíritu Santo fue enviado a los discípulos de Jesús para confirmar la nueva alianza y guiarlos con su fuerza en el anuncio de Jesús muerto y resucitado (Hch 2, 1-13). Desde ese día el Espíritu Santo es el protagonista y animador de la tarea misionera de la Iglesia.

El Espíritu Santo desciende sobre aquella comunidad naciente y temerosa, infundiendo sobre ella sus siete dones, dándole el valor necesario para anunciar la Buena Nueva de Jesús, para preservarla en la verdad, como Jesús lo había prometido (Jn 14, 15), para disponerla a dar testimonio; para ir, bautizar, enseñar y hacer discípulos en todas las naciones (Mt 28, 16-20).

En este capítulo consideramos la acción de ese mismo Espíritu Santo que ya estuvo presente en la creación, que animó al pueblo de Israel, que cubrió con su poder e inspiró la vida de María, que ungió a Jesucristo y que ahora aparece como el protagonista de la misión de la Iglesia, recordándonos que somos corresponsables de seguir anunciando su Reino de Amor, Justicia, Verdad y Paz entre los seres humanos.

La misión promovida
por el Espíritu Santo

El Espíritu Santo ha actuado durante toda la historia de la humanidad. En la Biblia se menciona que Él está presente desde el principio y que es el soplo de la vida divina que se comunica a la humanidad. Allí donde él está, fecunda la vida en sus múltiples formas.

El Espíritu Santo en la Antigua Alianza

El Espíritu Santo está aleteando en la creación del mundo (Gen 1, 2). Allí crea el cosmos, la luz, la vida, que es todo lo opuesto al caos y a la oscuridad. El barro hecho por las manos de Dios se llenó de vida cuando éste sopló su Espíritu en las narices de Adán (Gen 2, 7). Cuando aparece el Espíritu surge la vida.

Pero también el Espíritu condujo a la comunidad en la historia de Israel. En el desierto el Espíritu guió al pueblo (Núm 11, 25-29). En la tierra prometida suscitó profetas para que la gente caminara en fidelidad (Miq 3, 8). A los exiliados , que eran como huesos secos, el Espíritu los llenó de vida y esperanza (Ez 37, 1-14).

Por último el Profeta Joel sueña que el Espíritu será derramado sobre todo el pueblo. Efectivamente, cuando llegó la plenitud de los tiempos el Espíritu fue derramado en Pentecostés para que todo pueblo, lengua y nación proclame que Jesús es el Cristo, el Señor, el Salvador del Mundo.

El Espíritu Santo conduce la vida de Jesucristo

Todo el acontecimiento de Jesucristo se explica mediante la acción del Espíritu Santo. Por esto, una lectura profunda y la mismo tiempo pedagógica de los principales momentos de su vida es para nosotros el camino privilegiado para alcanzar el pleno conocimiento del Espíritu Santo y su acción. El primero de estos momentos es la misma Encarnación, es decir, la venida al mundo del Verbo de Dios, que en la concepción asumió la naturaleza humana y nació de María por obra del Espíritu Santo (Lc 1, 26-38).

El Espíritu Santo conduce la vida de JesucristoEl Espíritu Santo conduce la vida de Jesucristo

El siguiente momento de la presencia del Espíritu que acontece en la vida de Jesús es el bautismo (Mc 1, 9-22). Cuando Jesús sale del Jordán experimenta la presencia del Espíritu sobre Él. San Ireneo de Lión comenta: “El Espíritu Santo había prometido por medio de los que en los últimos días se derramaría sobre sus siervos y sus siervas, para que profetizaran. Por esto él descendió sobre el Hijo de Dios que se hizo hijo del hombre, acostumbrándose justamente con él a permanecer con el género humano a descansar en medio de los hombres y a morar entre aquellos que han sido creados por Dios, poniendo por obra en ellos la voluntad del Padre y renovándolos de forma que se transformen de “hombre viejo” en la novedad de Cristo”.1

Luego hay el momento de discernimiento en el desierto; el evangelista Mateo expresamente dice: “luego el Espíritu Santo condujo a Jesús al desierto” (Mt 4, 1). Esto significa de qué modo realizaba Jesús su misión salvadora. Una misión que se realizara no desde el teneracumular sino desde el dar y el compartir, no desde el poder-imposición, sino desde el servicio y el consenso y no desde el soberbiaaparecer sino desde la humildad-ser.

Y hay otro momento muy significativo, cuando Jesús es guiado por el Espíritu al comenzar su ministerio, por eso el evangelista Lucas dice que “Jesús lleno de fuerza del Espíritu Santo regresó a Galilea…para proclamar que hoy se cumplan las Escrituras” (cf. Lc 4, 14-30).

Durante su vida pública, Jesús experimentó la fuerza del Espíritu Santo en su experiencia de oración, en la cotidianidad y en los momentos decisivos de su vida, como la subida a Jerusalén (cf. Lc 9, 51).

Según tradición joanica, Jesús mismo ilustra el papel del Espíritu cuando aclara a los discípulos que sólo con su ayuda será posible penetrar a fondo en el misterio de su persona y de su misión: “Cuando venga el Espíritu de la verdad, les guiará hasta la verdad completa… el me dará gloria, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (Jn 16, 13-14). Así pues, el Espíritu Santo es el que revela la grandeza de Cristo y de este modo da gloria al Salvador. Peo es también el Espíritu el que hará descubrir la misión de los discípulos en la vida de la Iglesia.

El Espíritu Santo forma discípulos misioneros en la comunidad

Después de la muerte y resurrección de Cristo, el Espíritu Santo se convirtió en el educador de los apóstoles y discípulos y los llevó de ser hombres frágiles y temerosos a configurarse con Cristo, ser anunciadores del kerygma e incluso dar la vida por él. El acontecimiento que logra esta transformación fue la experiencia de Pentecostés. Los Hechos de los Apóstoles nos relatan que, luego de esta experiencia, Pedro tomó la palabra y tuvo la capacidad de dirigir un discurso kerigmático a más de tres mil personas. El Espíritu permitió que Pedro interpretara las Escrituras a la luz de Jesucristo e hizo que su palabra fuera capaz de convertir a muchos que luego pidieron el bautismo.

Eucaristía, regalo de amor...

Pero también el Espíritu condujo a la comunidad en la historia de Israel. En el desierto el Espíritu guió al pueblo (Núm 11, 25-29). En la tierra prometida suscitó profetas para que la gente caminara en fidelidad (Miq 3, 8). A los exiliados, que eran como huesos secos, el Espíritu los llenó de vida y esperanza ( Ez 37, 1-14).

Todo el acontecimiento de Jesucristo se explica mediante la acción del Espíritu. Por esto, una lectura profunda y al mismo tiempo pedagógica de los principales momentos de su vida es para nosotros el camino privilegiado para alcanzar el pleno conocimiento del Espíritu Santo y su acción.

El primero de estos momentos es la misma Encarnación, es decir, la venida al mundo del Verbo de Dios, que en la concepción asumió la naturaleza humana y nació de María por obra del Espíritu Santo (Lc 1, 26-38).

El siguiente momento de la presencia del Espíritu que acontece en la vida de Jesús es el bautismo (Mc 1,9-11). Cuando Jesús sale del Jordán experimenta la presencia del Espíritu sobre Él. San Ireneo de Lión comenta: “El Espíritu Santo había prometido por medio de los profetas que en los últimos días se derramaría sobre sus siervos y su siervas, para que profetizaran. Por esto él descendió sobre el Hijo de Dios, que se hizo hijo del hombre, acostumbrándose juntamente conél a permanecer con el género humano, a‘descansar’ en medio de los hombres y a morar entre aquellos que han sido creados por Dios, poniendo por obra en ellos la voluntad del Padre y renovándolos de forma que se transformen de “hombre viejo” en la novedad de Cristo”.

Después tiene lugar el momento de discernimiento en el desierto; el evangelista Mateo expresamente dice: “luego el Espíritu Santo se condujo a Jesús al desierto” (Mt 4, 1). Esto significa de que modo Jesús realizaba su misión salvadora. Una misión que se realizará no desde el tener- acumular, sino desde el dar y el compartir, no desde el poder-imposición, sino desde el servicio y el consenso y no desde la soberbia-aparecer sino desde la humildad-ser.

Y hay otro memento muy significativo, cuando Jesús es guiado por el Espíritu al comenzar su ministerio, por eso el evangelista Lucas dice que “Jesús lleno de la fuerza del Espíritu Santo regresó a Galilea… para proclamar que hoy se cumplen las Escrituras” (cf. Lc 4, 14-30).

Durante su vida pública, Jesús experimentó la fuerza del Espíritu Santo en su experiencia de oración, en la cotidianidad y en los momentos decisivos de su vida, como la subida a Jerusalén (cf. Lc 9, 51).

Según la tradición joanica, Jesús mismo ilustra el papel del Espíritu cuando aclara a los discípulos y los llevó de ser hombres frágiles y temerosos a configurarse con Cristo, ser anunciadores del Kerygma e incluso dar vida porÉl. El acontecimiento que logra esta transformación fue la experiencia de Pentecostés. Los Hechos de los Apóstoles nos relatan que, luego de esa experiencia, Pedro tomó la palabra y tuvo la capacidad de dirigir un discurso kerigmático a cerca de tres mil personas. El Espíritu permitió que Pedro interpreta las Escrituras a la luz de Jesucristo e hizo que su palabra fuera capaz de convertir a muchos que luego pidieron el bautismo.

También el Espíritu Santo permitió a los discípulos mantenerse fieles a Jesús. Esto lo testimonia repetidamente el evangelista Juan. El evangelio que anunciaron los discípulos no fue de su invención sino, que fue del mismo Jesucristo; por ello los discípulos pudieron continuar la misma misión de Jesús, realizando signos prodigiosos y proclamando la Buena Nueva.

Como continuadores de la misión de Cristo, los discípulos fueron formados por el Espíritu, para hacer visibles los valores de Jesús y su Reino a través de la formación de comunidades cristianas. Estas se caracterizan por vivir la koinonía, es decir, vivir en comunidad; vivir la diakonía, entendida como el servicio solidario a todos los miembros de la comunidad; vivir la liturgia, como celebración pública e la fe en Cristo; vivir la didaskalia o enseñanza de los apóstoles; vivir en actitud reconciliadora, por eso el Espíritu les da a los apóstoles el poder de perdonar pecados (J 20,23): Y por último, vivir la Eucaristía como el sacramento de la presencia de Cristo en medio de la comunidad.

El Espíritu, cuando la comunidad crece y madura, invita a que sus miembros salgan de sus fronteras para anunciar el kerigma. Tal es el caso de Pablo y Bernabé que aun siendo importantes soportes de su comunidad fueron enviados. Entonces mientras la comunidad celebrada el culto del Señor y ayunaba, “el Espíritu Santo dijo: Sepárenme a Bernabé y a Saulo para la obra a que les he llamado… y les enviaron” (Hech 13, 2-3).

Tarea más fuerte del Espíritu Santo, que discípulos cambiaran "la levadura de los fariseos"

La tarea más fuerte del Espíritu fue hacer que los discípulos cambiaran “la levadura de los fariseos”, es decir el viejo modo de pensar, de sentir y de actuar, heredado de la tradición judía, marcado pro la teología de la retribución y por el cumplimiento externo de la ley, hacia un nuevo modo de experimentar y sentir a Dios desde la gratuidad y el amor, Testimonio de esta compleja tarea educadora del Espíritu fueron los buenos resultados evangelizadores dentrote los conflictos que se dieron al interior de la Iglesia cristianan entre judaizantes, reformadores y transformadores (Hch 15).

La tarea del Espíritu Santo culmina en la construcción del hombre nuevo en Cristo Jesús. Vida nueva son “Las primicias del Espíritu” que suscita el profundo anhelo de alcanzar algún día la vida plena de hijos, caminando“según el Espíritu”, acogiendo sus frutos (Ga 5, 22-26), liberándose de nuestros apetitos egoístas e inclinaciones desordenadas (crf. Ga 19-21). Vida nueva es vivir reconciliados y en paz, porque el Espíritu nos hacer “morada de Dios” que por la cruz de su Hijo nos reconcilió (cr. Ef 2, 14-22).

Al hombre nuevo el Espíritu le enseña e instruye en toda la verdad (J 16:13); lo acompaña son su auxilio (1Tes. 1-5,1 Pedro 1,12,4,11); lo renueva (Tit 3,5); lo guía (Jn 13: 13, Salmo 143, 10); lo convence (Hch 13:9. Miq 3,8); le da libertad (2Cor. 3-17); le infunde gozo (Tes 1,6),, le enfunde esperanza Rm 15,3); le fortifica en el hombre interior (Ef 3,16); le enseña a esgrimir la palabra Dios (Ef 6, 17) y le ayuda a vivir para Dios (1 Pedro 4, 6).

Gracias a la vida en el Espíritu, todos los discípulos del Señor son “familia de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo el mismo Cristo Jesús la piedra fundamental” (Ef 2, 19-20). Dios espera de su familia el tributo de un culto sincero que es aquel “culto nacido del Espíritu de Dios” (Flp 3,3). Quien por el Espíritu es identificado con Jesucristo, “Primogénito de toda criatura” (Col 1, 15), se hace “nueva creación: lo viejo ha pasado y ha comenzado algo nuevo” (2 Cor 5, 17). Esta es la vida nueva del discípulo del Señor que, impulsado por el Espíritu, debe testimoniar al mundo entero.

María, por la Acción del Espíritu Santo, vivió la Misión

María de Nazaret en su casa, es decir en el espacio familiar y de confianza, vivió la experiencia de un Dios fuerte que quería contar con ella para realizar sus planes de acercarse a la humanidad como el mayor gesto de amor. María acepta la Palabra de Dios y se convierte
en discípula. Por la acción del Espíritu Santo la Palabra de Dios se encarna (Lc 1, 35) y María es la encargada de llevar la Palabra de Dios a los demás; es misionera.


En virtud del don el Espíritu, María, presente en Pentecostés con los apóstoles, llegó a ser modelo e imagen del pueblo que, al recibir la Palabra y el Espíritu, se convierte en Iglesia fecunda, madre de los hijos de Dios y portadora de Cristo, misionera.

Llevados por el
Espíritu Santo nos
encontramos en Misión

La misión de Jesucristo resucitado, que invitó a sus apóstoles a que “hagan de todos los pueblos sus discípulos” (Mt 28,19), es una tarea dinamizada por el Espíritu que ha hecho que el mensaje del Reino de Dios sea llevado progresivamente a distintos rincones del mundo. En la primera hora fue Palestina, Asia Menor, Grecia, Macedonia, Roma, España, Egipto, Etiopia…
Luego, el Espíritu Santo, entre luces y sombra humanas, paulatinamente lleva el mensaje de Jesús a otros Continentes. Al comenzar la modernidad, el Espíritu condujo a su Iglesia a Abya Yala, a América.

En la actualidad la dimensión geográfica de la misión, ha sido ampliada a la dimensión global de la cultura, porque los procesos de mundialización, comunicación y movilidad humana han generado pluralidad cultural, y en un mismo espacio geográfico, como las megas ciudades, nos podemos topar con múltiples manifestaciones religiosas, agnosticismos, ateismos, expresiones criptoreligiosas; que exigen del misionero la apertura al Espíritu para que en esta realidad pluricultural se tiendan puentes de fraternidad y solidaridad y para llegar, apenas sea posible, al anuncio explícito de Jesucristo.

La Experiencia del Amor de Dios despierta el ardor Misionero

En la tristeza de la soledad, la desilusión o el sufrimiento, los cristianos no olvidamos que “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). “Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero (…) Dicho encuentro implica también nuestra voluntad y nuestro entendimiento (…) la historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento”2. Tenemos la certeza de ser amados y vivir cada día sostenidos y guiados por la mano el Padre. Estas experiencia y convicción interior nos sobrecoge y nos mantienen firmes en medio de un mundo desbordado por la desconfianza, la inestabilidad y la inseguridad. Aunque nos sabemos pobres y débiles nos fortalece el amor de Dios que siempre toma la iniciativa (cf. Jn 4, 10). “Nosotros hemos creído en ese amor” (cf. Jn 4, 16).

El Espíritu Santo nos lleva a una experiencia de JesucristoEl Espíritu Santo nos lleva a una experiencia de Jesucristo

El Espíritu nos lleva a una experiencia de Jesucristo que nos permite reconocer el amor cercano del Padre. Toda la evangelización es una respuesta agradecida a ese amor infinito que da vida. La experiencia del amor de dios en Jesucristo, cuando es auténtica y profunda, es nuestro tesoro y nos convierte en apasionados testigos, convencidos d que esa experiencia es lo que todos necesitamos para encontrar el verdadero sentido de nuestras vidas.

A partir de esa convicción serena y feliz somos misioneros. Hemos recibido un bien que no queremos ni podemos guardar en la intimidad. Cuando somos testigos valientes y ardorosos experimentamos que evangelizar nos llena de alegría y éste es el gozo de la Iglesia que por su naturaleza es evangelizadora. Porque somos depositarios de un tesoro que humaniza y aporta vida nueva sentimos la ardiente fuerza misionera de la Iglesia.

Podemos exclamar con convicción, uniéndonos al evangelista Juan: “De su plenitud todos hemos recibido” (Jn 1, 16); por eso somos introducidos en las profundidades de Dios y hemos sigo hechos participes de la vida y el gozo de Dios en el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo en la Primera tarea misionera

Desde el comienzo de la historia misionera en América la tarea se ha realizado de diferentes maneras. En los momentos sobresalientes de esta historia los discípulos de Cristo se han experimentado enviados por Dios y han sido capaces de encontrar la presencia e las semillas del Verbo. Entonces el Espíritu ha empezado a transformar a estos pueblos en cristiandad fecunda. Han surgido grandes figuras misioneras y promotoras del encuentro cultural. Pero en pocas ocasiones se mezclaron razones del políticas o económicas que nublaron la presencia del Espíritu y obstaculizaron su acción vitalmente transformadora en nuestros pueblos.

Ambas realidades estuvieron presente en la primera evangelización de América. Símbolos importantes de la tarea evangelizadora de la Iglesia son: María de Guadalupe, quien se mostró al pueblo como mujer india y evangelio encarnado que trajo la vida del Espíritu; también la vida e muchos santos que en laépoca colonial anunciaron con el ejemplo de su vida la palabra de Dios. Pero la evangelización de nuestro pueblo también se vio afectada por los pecados de los mismos cristianos que buscaban su bienestar individual y presentaban a los habitantes del Nuevo mundo un evangelio diluido, cuando no adulterado. De este modo el pueblo Latinoamericano vivió la presencia del Espíritu Santo entre luces y sombras.

Es muy válida la inculturación que se hizo de la fe en las expresiones de las culturas aborígenes, la cual da lugar a la religiosidad popular católica. Allí se proclaman importantes dimensiones del Evangelio, como la solidaridad de Jesucristo con el dolor humano, el poder de Dios que se manifiesta en los milagros y en la resurrección, así como la ternura, con que la Madre de Jesús pone de manifiesto el amor de Dios hacia su pueblo.

Con las orientaciones del Concilio Vaticano II y las Asambleas Plenarias del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968) y Puebla (1979). América Latina empezó a vivir un nuevo Pentecostés: surgieron nuevas comunidades cristianas y movimientos eclesiales, se dio una mayor acercamiento del pueblo hacia la Palabra de Dios desde una nueva óptica misionera, e incluso se desarrolló una Teología Latinoamericana, con impulsos liberadores que le han dado un nuevo horizonte a nuestra Iglesia. El Espíritu Santo en la Nueva Evangelización de cara al Tercer Milenio.

Al estar en un cambio de época y no solo en una época de cambios, hace falta, como diría al Señor Jesús, “ordres nuevos para el vino nuevo”. El nuevo momento de América y el mundo nos exige tener un nuevo marco conceptual misioneros que nos permita ser fieles al Espíritu en este aquí y ahora. La nueva evangelización ha de estar particularmente atenta a lo que constituye el “drama de nuestro tiempo”3: la ruptura entre el Evangelio y la vida. Este “drama” afecta a cristianos y no-cristianos de nuestros días.4

Juan Pablo II entendió claramente este drama, por eso planteó la Nueva Evangelización en América Latina cuyo ejes fundamentales son: la búsqueda de coherencia ente fe y vida; la creación de comunidades cristianas vivas y responsables; la defensa de la justicia y la opción
por los pobres. A esta visión, se suman los documentos: Redemptoris Missio, las Asambleas plenarias de Santo Domingo y Aparecida. Los Comlas V, VI y VII.

La Nueva Evangelización, según Juan Pablo II, debe estar caracterizada por un renovación en el ardor misionero, como fruto del encuentro vivo con Jesucristo, que se canalice a través de nuevos métodos o caminos de encuentro entre Dios y el ser humano, nuevas expresiones pastorales que respondan a la realidad de cada Iglesia particular5.

Hacen falta más que nada, antes que nada, determinadas actitudes interiores: la Iglesia ha de anunciar hoy la Buena Nueva como si se tratase de la primera vez que lo hace al interior de un pueblo, con toda la fuerza de novedad y aún de escándalo que entraña el Evangelio, con todos los alicientes y con too el atractivo de un gran compromiso; ha de actuar sin temores ni complejos, con sencillez y sin privilegios.

El mundo de hoy —los hombre y mujeres de nuestro tiempo— pide un esfuerzo de nueva evangelización que asuma realidades complejas como la injusticia global, las crisis de las instituciones, la movilidad humana, el consumismo, la crisis ambiental, la pluriculturalidad, la búsqueda de sentido, las nuevas tecnologías, la recomposición de antiguas y nuevas religiones…, para resignificarlas desde el encuentro con Jesucristo vivo. Así se posibilitarán nuevas estructuras regionales y continentales, con rostro humano y solidario, y que , en la última instancia, nos lleven a alabar, como un coro polifónico, al mismo Dios de la vida.

Ante nosotros está un gran proyecto que reclama la movilización de todos los creyentes. Lo concretamos en nuestra realidad americana, pero esto no significa que excluyamos de nuestra solicitud ni a las iglesias hermanas de Europa ni a las de otros continentes. Nuestra responsabilidad se comparte con todas ellas, y por eso este proyecto se define con amplitud universal, atento a generar un gran futuro de esperanzas.

Hay una nueva etapa en el proceso de la evangelización mundial que requiere una actitud misionera renovada y esperanzada, una revitalización a fondo de la propia riqueza de la fe y energías vigorosas de profunda raíz cristiana. Todo es en un clima de respetuosa convivencia con las otras legítimas opciones, mientras exigimos el respeto a las nuestras6

Un pueblo evangelizado, en comunicación vital con Jesús...

Un pueblo evangelizado, en comunicación vital con Jesús, podrá llevar el Evangelio a los otros pueblos. No procurará llevar su cultura a los otros pueblos desconociendo las otras formas culturales, sino invitará a los demás pueblos a experimentar también como el Evangelio enriquece todo lo positivo de las diversas culturas.

Por eso hay, en nuestra América, estamos invitados a vivir un nuevo Pentecostés, donde el Espíritu que da la vida transforme a las familia, marcadas por la tristeza o el abandono, a las comunidades lánguidas les dé vitalidad, a las parroquias marcadas por la rutina las haga comunidad de comunidades que viven, celebran y cantan con el impulso del Espíritu, y a toda nuestra iglesia la envíe a dar testimonio gozoso de la fuerza del Evangelio7.

En la espiritualidad de la comunidad discípula y misionera

La espiritualidad misionera se genera en la apertura al Espíritu presente en la creación; en la conducción del pueblo de Dios y que le enseñó a convivir con otros pueblos desde su propia identidad; en Jesucristo que le movió a ser fiel al proyecto del Padre; en los Apóstoles que luego de la experiencia de Pentecostés se reencontraron con el mismo Espíritu de Jesús y fueron files. El Espíritu que ha dinamizado la vía de los miembros de la Iglesia en la vivencia de los sacramentos y el testimonio de tantos santos y santas que han vivido la radicalidad del Evangelio.

Se trata de una espiritualidad fiel al espíritu de Jesús que hizo de su misión en primer lugar no un anuncio de si mismo sino del Reino de Dios. Por tanto debe hacer de los discípulos sujetos centrados en el Reino y siempre en camino con una actitud de permanente desinstalación, de saber que somos solo sus huéspedes, pero con la misión de visibilizar las maravillas de Dios en todo pueblo.

...espiritualidad que se exprese en la capacidad de la comunión...

Debe ser una espiritualidad que se exprese en la capacidad de comunión con la Iglesia apostólica, con la tradición patrística, con el magisterio, con la comunidad local, para ser signo de unidad en medio de la fragmentación actual. Una espiritualidad que celebre y viva los sacramentos, especialmente la Eucaristía como expresión de que “saben compartir la mesa de la vida, mesa de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta, incluyente, en la que no falte nadie”8.

Debe de ser una espiritualidad que, como la de nuestros santos atentos a los signos de los tiempos, actualiza la parábola del Buen samaritano, por la cual salimos al encuentro del “distinto”, nos ayude a construir una misión centrada en el cuidado de la vida humana, reconociendo que todo lo humano, lo sublime, lo bello, que esta en los pueblos no es ajeno al mensaje evangélico.

Debe ser una espiritualidad que, como la de nuestros santos atentos a los signos de los tiempos, actualiza la parábola del Buen Samaritano, por la cual salimos al encuentro del “distinto”, nos acercamos al frágil, al vulnerado por el entorno, y somos capaces de poner el corazón- misericordia y de dignificarnos mutuamente con el gesto de amor.

Debe ser una espiritualidad que bendice al Señor en la naturaleza. Los misioneros de Jesús deben tener la sensibilidad y los ojos abiertos para descubrir la presencia creadora de Dios en la contemplación de la naturaleza. De esta espiritualidad han sido testigos en América muchos misioneros seguidores de San Francisco de Asís, de San Juan de la Cruz y de tantos otros santos; y son hoy innumerables cristianos con actitudes contemplativas y responsables de su misión en la tierra que Dios ha creado.

En resumen, hay que promover una espiritualidad que sea capaz de escuchar al Espíritu Santo protagonista de la misión; contemplar, admirados y con gozo, el maravilloso designio misionero de salvación para todos los pueblos y sentir las alegrías, los sueños, el dolor y la deshumanización de nuestro mundo, mirando todo desde el corazón de Cristo, con el silencio, el dolor, la práctica y el amor de Dios.

Trabajemos Juntos

1. ¿Cómo se presenta la misión del Espíritu Santo en la obra creadora del Padre, salvadora del Hijo y santificadora de la Iglesia?

2. Impulsados por el Espíritu Santo, ¿cuáles son las características que debe tener nuestra presencia y acción misionera en el mundo de hoy?



NOTAS

1 Adversuus haer. III, 17, 1
2 Benedicto XVI, Deus Caritas est 17
3 PABLO VI, Evangelio Nuntianti, 20.
4 Cf. Juan Pablo II, Christifideles laici, 34.
5 Cf. Juan Pablo II. Discurso a la Asamblea del CELAM en Haití, 1983 y Mensaje de la V Conferencia General a los pueblos de América
Latina y el Caribe.
6 Cf. Juan Pablo II, Saludo a las autoridades, a la Iglesia y al pueblo español en el aeropuerto de Barajas, Madrid 31 oct 1982, 5
7 Cf. Impulsar
8 Mensaje de la V Conferencia a los pueblos de América y del Caribe.

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