TEMA 2
PENTECOSTÉS
COMUNIDAD LLEVADA POR EL ESPÍRITU
La fiesta de
Pentecostés entre
los judíos recordaba la
alianza del Sinaí; en ese
día, a los cincuenta días de
la Pascua, el Espíritu Santo
fue enviado a los discípulos
de Jesús para confirmar la nueva
alianza y guiarlos con su fuerza
en el anuncio de Jesús muerto
y resucitado (Hch 2, 1-13). Desde
ese día el Espíritu Santo es el protagonista
y animador de la tarea misionera
de la Iglesia.
El Espíritu Santo desciende sobre aquella
comunidad naciente y temerosa, infundiendo
sobre ella sus siete dones,
dándole el valor necesario para anunciar
la Buena Nueva de Jesús, para preservarla
en la verdad, como Jesús lo había prometido
(Jn 14, 15), para disponerla a dar
testimonio; para ir, bautizar, enseñar y
hacer discípulos en todas las naciones
(Mt 28, 16-20).
En este capítulo consideramos la acción
de ese mismo Espíritu Santo
que ya estuvo presente en la creación,
que animó al pueblo de Israel,
que cubrió con su poder e inspiró
la vida de María, que ungió a
Jesucristo y que ahora aparece
como el protagonista de la
misión de la Iglesia, recordándonos
que somos corresponsables
de seguir
anunciando su Reino
de Amor, Justicia,
Verdad y Paz entre
los seres humanos.
La misión promovida
por
el Espíritu Santo
El Espíritu Santo ha actuado durante toda
la historia de la humanidad. En la Biblia
se menciona que Él está presente desde el
principio y que es el soplo de la vida divina
que se comunica a la humanidad. Allí donde él
está, fecunda la vida en sus múltiples formas.
El Espíritu Santo en la Antigua Alianza
El Espíritu Santo está aleteando en la creación
del mundo (Gen 1, 2). Allí crea el cosmos, la
luz, la vida, que es todo lo opuesto al caos y
a la oscuridad. El barro hecho por las manos
de Dios se llenó de vida cuando éste sopló su
Espíritu en las narices de Adán (Gen 2, 7).
Cuando aparece el Espíritu surge la vida.
Pero también el Espíritu condujo a la
comunidad en la historia de Israel. En el
desierto el Espíritu guió al pueblo (Núm 11,
25-29). En la tierra prometida suscitó profetas
para que la gente caminara en fidelidad (Miq
3, 8). A los exiliados , que eran como huesos
secos, el Espíritu los llenó de vida y esperanza
(Ez 37, 1-14).
Por último el Profeta Joel sueña que el
Espíritu será derramado sobre todo el pueblo.
Efectivamente, cuando llegó la plenitud de
los tiempos el Espíritu fue derramado en
Pentecostés para que todo pueblo, lengua
y nación proclame que Jesús es el Cristo, el
Señor, el Salvador del Mundo.
El Espíritu Santo conduce la vida de
Jesucristo
Todo el acontecimiento de Jesucristo se explica
mediante la acción del Espíritu Santo. Por
esto, una lectura profunda y la mismo tiempo
pedagógica de los principales momentos de su
vida es para nosotros el camino privilegiado
para alcanzar el pleno conocimiento del
Espíritu Santo y su acción.
El primero de estos momentos es la misma
Encarnación, es decir, la venida al mundo del
Verbo de Dios, que en la concepción asumió
la naturaleza humana y nació de María por
obra del Espíritu Santo (Lc 1, 26-38).


El siguiente momento de la presencia del
Espíritu que acontece en la vida de Jesús es el
bautismo (Mc 1, 9-22). Cuando Jesús sale del
Jordán experimenta la presencia del Espíritu
sobre Él. San Ireneo de Lión comenta: “El
Espíritu Santo había prometido por medio de
los que en los últimos días se derramaría sobre
sus siervos y sus siervas, para que profetizaran.
Por esto él descendió sobre el Hijo de Dios
que se hizo hijo del hombre, acostumbrándose
justamente con él a permanecer con el género
humano a descansar en medio de los hombres
y a morar entre aquellos que han sido creados
por Dios, poniendo por obra en ellos la
voluntad del Padre y renovándolos de forma
que se transformen de “hombre viejo” en la
novedad de Cristo”.1
Luego hay el momento de discernimiento en
el desierto; el evangelista Mateo expresamente
dice: “luego el Espíritu Santo condujo a Jesús
al desierto” (Mt 4, 1). Esto significa de qué
modo realizaba Jesús su misión salvadora.
Una misión que se realizara no desde el teneracumular
sino desde el dar y el compartir,
no desde el poder-imposición, sino desde el
servicio y el consenso y no desde el soberbiaaparecer
sino desde la humildad-ser.
Y hay otro momento muy significativo, cuando
Jesús es guiado por el Espíritu al comenzar su
ministerio, por eso el evangelista Lucas dice
que “Jesús lleno de fuerza del Espíritu Santo
regresó a Galilea…para proclamar que hoy se
cumplan las Escrituras” (cf. Lc 4, 14-30).
Durante su vida
pública, Jesús experimentó
la fuerza
del Espíritu Santo en su
experiencia de oración, en
la cotidianidad y en los momentos
decisivos de su vida,
como la subida a Jerusalén (cf.
Lc 9, 51).
Según tradición joanica, Jesús mismo
ilustra el papel del Espíritu cuando
aclara a los discípulos que sólo con
su ayuda será posible penetrar a fondo
en el misterio de su persona y de su
misión: “Cuando venga el Espíritu de la
verdad, les guiará hasta la verdad completa…
el me dará gloria, porque recibirá
de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (Jn
16, 13-14). Así pues, el Espíritu Santo es el
que revela la grandeza de Cristo y de este
modo da gloria al Salvador. Peo es también
el Espíritu el que hará descubrir la
misión de los discípulos en la vida de la
Iglesia.
El Espíritu Santo forma discípulos
misioneros en la comunidad
Después de la muerte y resurrección
de Cristo, el Espíritu Santo se convirtió
en el educador de los apóstoles
y discípulos y los llevó de ser
hombres frágiles y temerosos a
configurarse con Cristo, ser
anunciadores del kerygma e
incluso dar la vida por él.
El acontecimiento que
logra esta transformación
fue la experiencia
de Pentecostés.
Los Hechos de
los Apóstoles
nos relatan
que, luego de esta experiencia, Pedro tomó la
palabra y tuvo la capacidad de dirigir un discurso
kerigmático a más de tres mil personas.
El Espíritu permitió que Pedro interpretara
las Escrituras a la luz de Jesucristo e hizo que
su palabra fuera capaz de convertir a muchos
que luego pidieron el bautismo.

Pero también el Espíritu condujo a la
comunidad en la historia de Israel. En el
desierto el Espíritu guió al pueblo (Núm 11,
25-29). En la tierra prometida suscitó profetas
para que la gente caminara en fidelidad (Miq
3, 8). A los exiliados, que eran como huesos
secos, el Espíritu los llenó de vida y esperanza
( Ez 37, 1-14).
Todo el acontecimiento de Jesucristo se
explica mediante la acción del Espíritu. Por
esto, una lectura profunda y al mismo tiempo
pedagógica de los principales momentos de su
vida es para nosotros el camino privilegiado
para alcanzar el pleno conocimiento del
Espíritu Santo y su acción.
El primero de estos momentos es la misma
Encarnación, es decir, la venida al mundo del
Verbo de Dios, que en la concepción asumió
la naturaleza humana y nació de María por
obra del Espíritu Santo (Lc 1, 26-38).
El siguiente momento de la presencia del
Espíritu que acontece en la vida de Jesús es el
bautismo (Mc 1,9-11). Cuando Jesús sale del
Jordán experimenta la presencia del Espíritu
sobre Él. San Ireneo de Lión comenta: “El
Espíritu Santo había prometido por medio
de los profetas que en los últimos días se
derramaría sobre sus siervos y su siervas,
para que profetizaran. Por esto él descendió
sobre el Hijo de Dios, que se hizo hijo del
hombre, acostumbrándose juntamente conél a permanecer con el género humano, a‘descansar’ en medio de los hombres y a
morar entre aquellos que han sido creados por
Dios, poniendo por obra en ellos la voluntad
del Padre y renovándolos de forma que se
transformen de “hombre viejo” en la novedad
de Cristo”.
Después tiene lugar el momento de
discernimiento en el desierto; el evangelista
Mateo expresamente dice: “luego el Espíritu
Santo se condujo a Jesús al desierto” (Mt 4, 1).
Esto significa de que modo Jesús realizaba su
misión salvadora. Una misión que se realizará
no desde el tener- acumular, sino desde el dar
y el compartir, no desde el poder-imposición,
sino desde el servicio y el consenso y no desde
la soberbia-aparecer sino desde la humildad-ser.
Y hay otro memento muy significativo, cuando
Jesús es guiado por el Espíritu al comenzar su
ministerio, por eso el evangelista Lucas dice
que “Jesús lleno de la fuerza del Espíritu Santo
regresó a Galilea… para proclamar que hoy se
cumplen las Escrituras” (cf. Lc 4, 14-30).
Durante su vida pública, Jesús experimentó la
fuerza del Espíritu Santo en su experiencia de
oración, en la cotidianidad y en los momentos
decisivos de su vida, como la subida a Jerusalén
(cf. Lc 9, 51).
Según la tradición joanica, Jesús mismo ilustra
el papel del Espíritu cuando aclara a los discípulos
y los llevó de ser hombres frágiles y
temerosos a configurarse con Cristo, ser anunciadores
del Kerygma e incluso dar vida porÉl. El acontecimiento que logra esta transformación
fue la experiencia de Pentecostés. Los
Hechos de los Apóstoles nos relatan que, luego
de esa experiencia, Pedro tomó la palabra y
tuvo la capacidad de dirigir un discurso kerigmático
a cerca de tres mil personas. El Espíritu
permitió que Pedro interpreta las Escrituras a
la luz de Jesucristo e hizo que su palabra fuera
capaz de convertir
a muchos que luego
pidieron el bautismo.
También el Espíritu Santo
permitió a los discípulos
mantenerse fieles a Jesús. Esto
lo testimonia repetidamente el
evangelista Juan. El evangelio que
anunciaron los discípulos no fue de
su invención sino, que fue del mismo
Jesucristo; por ello los discípulos
pudieron continuar la misma misión
de Jesús, realizando signos prodigiosos
y proclamando la Buena Nueva.
Como continuadores de la misión de
Cristo, los discípulos fueron formados
por el Espíritu, para hacer visibles los valores
de Jesús y su Reino a través de la formación
de comunidades cristianas. Estas
se caracterizan por vivir la koinonía, es decir,
vivir en comunidad; vivir la diakonía,
entendida como el servicio solidario a todos
los miembros de la comunidad; vivir
la liturgia, como celebración pública e la
fe en Cristo; vivir la didaskalia o enseñanza
de los apóstoles; vivir en actitud
reconciliadora, por eso el Espíritu les
da a los apóstoles el poder de perdonar
pecados (J 20,23): Y por último,
vivir la Eucaristía como el sacramento
de la presencia de Cristo
en medio de la comunidad.
El Espíritu, cuando la comunidad
crece y madura, invita
a que sus miembros
salgan de sus fronteras
para anunciar el
kerigma. Tal es el
caso de Pablo y
Bernabé que
aun siendo
importantes soportes de su comunidad fueron
enviados. Entonces mientras la comunidad
celebrada el culto del Señor y ayunaba, “el
Espíritu Santo dijo: Sepárenme a Bernabé y a
Saulo para la obra a que les he llamado… y les
enviaron” (Hech 13, 2-3).

La tarea más fuerte del Espíritu fue hacer
que los discípulos cambiaran “la levadura
de los fariseos”, es decir el viejo modo de
pensar, de sentir y de actuar, heredado de la
tradición judía, marcado pro la teología de la
retribución y por el cumplimiento externo de
la ley, hacia un nuevo modo de experimentar
y sentir a Dios desde la gratuidad y el amor,
Testimonio de esta compleja tarea educadora
del Espíritu fueron los buenos resultados
evangelizadores dentrote los conflictos que se
dieron al interior de la Iglesia cristianan entre
judaizantes, reformadores y transformadores
(Hch 15).
La tarea del Espíritu Santo culmina en la
construcción del hombre nuevo en Cristo Jesús.
Vida nueva son “Las primicias del Espíritu”
que suscita el profundo anhelo de alcanzar
algún día la vida plena de hijos, caminando“según el Espíritu”, acogiendo sus frutos (Ga
5, 22-26), liberándose de nuestros apetitos
egoístas e inclinaciones desordenadas (crf. Ga
19-21). Vida nueva es vivir reconciliados y en
paz, porque el Espíritu nos hacer “morada de
Dios” que por la cruz de su Hijo nos reconcilió
(cr. Ef 2, 14-22).
Al hombre nuevo el Espíritu le enseña
e instruye en toda la verdad (J 16:13); lo
acompaña son su auxilio (1Tes. 1-5,1 Pedro
1,12,4,11); lo renueva (Tit 3,5); lo guía (Jn
13: 13, Salmo 143, 10); lo convence (Hch
13:9. Miq 3,8); le da libertad (2Cor. 3-17); le
infunde gozo (Tes 1,6),, le enfunde esperanza
Rm 15,3); le fortifica en el hombre interior
(Ef 3,16); le enseña a esgrimir la palabra Dios
(Ef 6, 17) y le ayuda a vivir para Dios (1 Pedro
4, 6).
Gracias a la vida en el Espíritu, todos los
discípulos del Señor son “familia de Dios,
edificados sobre el cimiento de los apóstoles y
profetas, siendo el mismo Cristo Jesús la piedra
fundamental” (Ef 2, 19-20). Dios espera de
su familia el tributo de un culto sincero que
es aquel “culto nacido del Espíritu de Dios”
(Flp 3,3). Quien por el Espíritu es identificado
con Jesucristo, “Primogénito de toda criatura”
(Col 1, 15), se hace “nueva creación: lo viejo
ha pasado y ha comenzado algo nuevo” (2
Cor 5, 17). Esta es la vida nueva del discípulo
del Señor que, impulsado por el Espíritu, debe
testimoniar al mundo entero.
María, por la Acción del Espíritu Santo,
vivió la Misión
María de Nazaret en su casa, es decir en
el espacio familiar y de confianza, vivió la
experiencia de un Dios fuerte que quería contar
con ella para realizar sus planes de acercarse a
la humanidad como el mayor gesto de amor.
María acepta la Palabra de Dios y se convierte
en discípula. Por la acción del Espíritu Santo
la Palabra de Dios se encarna (Lc 1, 35) y María
es la encargada de llevar la Palabra de Dios a
los demás; es misionera.
En virtud del don el Espíritu, María, presente
en Pentecostés con los apóstoles, llegó a ser
modelo e imagen del pueblo que, al recibir la
Palabra y el Espíritu, se convierte en Iglesia
fecunda, madre de los hijos de Dios y portadora
de Cristo, misionera.
Llevados por el
Espíritu Santo nos
encontramos en Misión
La misión de Jesucristo resucitado, que invitó
a sus apóstoles a que “hagan de todos los pueblos
sus discípulos” (Mt 28,19), es una tarea
dinamizada por el Espíritu que ha hecho que
el mensaje del Reino de Dios sea llevado progresivamente
a distintos rincones del mundo.
En la primera hora fue Palestina, Asia Menor,
Grecia, Macedonia,
Roma, España,
Egipto, Etiopia…
Luego, el Espíritu Santo,
entre luces y sombra humanas,
paulatinamente lleva
el mensaje de Jesús a otros
Continentes. Al comenzar la
modernidad, el Espíritu condujo
a su Iglesia a Abya Yala, a América.
En la actualidad la dimensión geográfica
de la misión, ha sido ampliada a la
dimensión global de la cultura, porque
los procesos de mundialización, comunicación
y movilidad humana han generado
pluralidad cultural, y en un mismo
espacio geográfico, como las megas ciudades,
nos podemos topar con múltiples
manifestaciones religiosas, agnosticismos,
ateismos, expresiones criptoreligiosas; que
exigen del misionero la apertura al Espíritu
para que en esta realidad pluricultural
se tiendan puentes de fraternidad y solidaridad
y para llegar, apenas sea posible,
al anuncio explícito de Jesucristo.
La Experiencia del Amor de Dios
despierta el ardor Misionero
En la tristeza de la soledad, la desilusión
o el sufrimiento, los cristianos
no olvidamos que “Dios
es amor” (1 Jn 4, 8). “Él nos
ha amado primero y sigue
amándonos primero (…)
Dicho encuentro implica
también nuestra voluntad
y nuestro entendimiento
(…) la
historia de amor
entre Dios y
el hombre
consiste precisamente en que esta comunión
de voluntad crece en la comunión del pensamiento
y del sentimiento”2. Tenemos la certeza
de ser amados y vivir cada día sostenidos y
guiados por la mano el Padre. Estas experiencia
y convicción interior nos sobrecoge y nos
mantienen firmes en medio de un mundo desbordado
por la desconfianza, la inestabilidad
y la inseguridad. Aunque nos sabemos pobres
y débiles nos fortalece el amor de Dios que
siempre toma la iniciativa (cf. Jn 4, 10). “Nosotros
hemos creído
en ese amor” (cf. Jn
4, 16).


El Espíritu nos lleva
a una experiencia
de Jesucristo que nos
permite reconocer
el amor cercano del
Padre. Toda la evangelización
es una respuesta
agradecida a
ese amor infinito que
da vida. La experiencia
del amor de dios
en Jesucristo, cuando
es auténtica y profunda,
es nuestro tesoro
y nos convierte en
apasionados testigos,
convencidos d que
esa experiencia es lo
que todos necesitamos
para encontrar el
verdadero sentido de
nuestras vidas.
A partir de esa convicción
serena y feliz somos
misioneros. Hemos
recibido un bien
que no queremos ni
podemos guardar en
la intimidad. Cuando somos testigos valientes
y ardorosos experimentamos que evangelizar
nos llena de alegría y éste es el gozo de la Iglesia
que por su naturaleza es evangelizadora.
Porque somos depositarios de un tesoro que
humaniza y aporta vida nueva sentimos la ardiente
fuerza misionera de la Iglesia.
Podemos exclamar con convicción, uniéndonos
al evangelista Juan: “De su plenitud todos
hemos recibido” (Jn 1, 16); por eso somos
introducidos en
las profundidades de
Dios y hemos sigo
hechos participes de
la vida y el gozo de
Dios en el Espíritu
Santo.
El Espíritu Santo
en la Primera tarea
misionera
Desde el comienzo
de la historia misionera
en América la
tarea se ha realizado
de diferentes maneras.
En los momentos
sobresalientes de
esta historia los discípulos
de Cristo se
han experimentado
enviados por Dios y
han sido capaces de
encontrar la presencia
e las semillas del
Verbo. Entonces el
Espíritu ha empezado
a transformar a
estos pueblos en cristiandad
fecunda. Han
surgido grandes figuras
misioneras y promotoras
del encuentro cultural. Pero en pocas
ocasiones se mezclaron razones del políticas
o económicas que nublaron la presencia del
Espíritu y obstaculizaron su acción vitalmente
transformadora en nuestros pueblos.
Ambas realidades estuvieron presente en la
primera evangelización de América. Símbolos
importantes de la tarea evangelizadora de la
Iglesia son: María de Guadalupe, quien se
mostró al pueblo como mujer india y evangelio
encarnado que trajo la vida del Espíritu;
también la vida e muchos santos que en laépoca colonial anunciaron con el ejemplo de su
vida la palabra de Dios. Pero la evangelización
de nuestro pueblo también se vio afectada
por los pecados de los mismos cristianos que
buscaban su bienestar individual y presentaban
a los habitantes del Nuevo mundo un evangelio
diluido, cuando no adulterado. De este modo
el pueblo Latinoamericano vivió la presencia
del Espíritu Santo entre luces y sombras.
Es muy válida la inculturación que se hizo
de la fe en las expresiones de las culturas
aborígenes, la cual da lugar a la religiosidad
popular católica. Allí se proclaman importantes
dimensiones del Evangelio, como la solidaridad
de Jesucristo con el dolor humano, el poder de
Dios que se manifiesta en los milagros y en la
resurrección, así como la ternura, con que la
Madre de Jesús pone de manifiesto el amor de
Dios hacia su pueblo.
Con las orientaciones del Concilio Vaticano
II y las Asambleas Plenarias del Episcopado
Latinoamericano en Medellín (1968) y Puebla
(1979). América Latina empezó a vivir un nuevo
Pentecostés: surgieron nuevas comunidades
cristianas y movimientos eclesiales, se dio
una mayor acercamiento del pueblo hacia la
Palabra de Dios desde una nueva óptica misionera,
e incluso se desarrolló una Teología
Latinoamericana, con impulsos liberadores
que le han dado un
nuevo horizonte a
nuestra Iglesia. El Espíritu
Santo en la Nueva
Evangelización de cara al
Tercer Milenio.
Al estar en un cambio de época
y no solo en una época de cambios,
hace falta, como diría al Señor
Jesús, “ordres nuevos para el
vino nuevo”. El nuevo momento de
América y el mundo nos exige tener
un nuevo marco conceptual misioneros
que nos permita ser fieles al Espíritu
en este aquí y ahora. La nueva evangelización
ha de estar particularmente atenta
a lo que constituye el “drama de nuestro
tiempo”3: la ruptura entre el Evangelio y
la vida. Este “drama” afecta a cristianos y
no-cristianos de nuestros días.4
Juan Pablo II entendió claramente este
drama, por eso planteó la Nueva Evangelización
en América Latina cuyo ejes
fundamentales son: la búsqueda de coherencia
ente fe y vida; la creación de
comunidades cristianas vivas y responsables;
la defensa de la justicia y la opción
por los pobres. A esta visión, se
suman los documentos: Redemptoris
Missio, las Asambleas plenarias
de Santo Domingo y Aparecida.
Los Comlas V, VI y VII.
La Nueva Evangelización,
según Juan Pablo II, debe
estar caracterizada por
un renovación en el ardor
misionero, como
fruto del encuentro
vivo con Jesucristo,
que se
canalice a
través de nuevos métodos o caminos de encuentro
entre Dios y el ser humano, nuevas
expresiones pastorales que respondan a la realidad
de cada Iglesia particular5.
Hacen falta más que nada, antes que nada,
determinadas actitudes interiores: la Iglesia ha
de anunciar hoy la Buena Nueva como si se
tratase de la primera vez que lo hace al interior
de un pueblo, con toda la fuerza de novedad y
aún de escándalo que entraña el Evangelio, con
todos los alicientes y con too el atractivo de un
gran compromiso; ha de actuar sin temores ni
complejos, con sencillez y sin privilegios.
El mundo de hoy —los hombre y mujeres
de nuestro tiempo— pide un esfuerzo de
nueva evangelización que asuma realidades
complejas como la injusticia global, las
crisis de las instituciones, la movilidad
humana, el consumismo, la crisis ambiental,
la pluriculturalidad, la búsqueda de sentido,
las nuevas tecnologías, la recomposición
de antiguas y nuevas religiones…, para
resignificarlas desde el encuentro con Jesucristo
vivo. Así se posibilitarán nuevas estructuras
regionales y continentales, con rostro humano
y solidario, y que , en la última instancia, nos
lleven a alabar, como un coro polifónico, al
mismo Dios de la vida.
Ante nosotros está un gran proyecto que
reclama la movilización de todos los creyentes.
Lo concretamos en nuestra realidad americana,
pero esto no significa que excluyamos de
nuestra solicitud ni a las iglesias hermanas de
Europa ni a las de otros continentes. Nuestra
responsabilidad se comparte con todas ellas, y
por eso este proyecto se define con amplitud
universal, atento a generar un gran futuro de
esperanzas.
Hay una nueva etapa en el proceso de la
evangelización mundial que requiere una
actitud misionera renovada y esperanzada,
una revitalización a fondo de la propia riqueza
de la fe y energías vigorosas de profunda raíz
cristiana. Todo es en un clima de respetuosa
convivencia con las otras legítimas opciones,
mientras exigimos el respeto a las nuestras6

Un pueblo evangelizado, en comunicación
vital con Jesús, podrá llevar el Evangelio a los
otros pueblos. No procurará llevar su cultura
a los otros pueblos desconociendo las otras
formas culturales, sino invitará a los demás
pueblos a experimentar también como el
Evangelio enriquece todo lo positivo de las
diversas culturas.
Por eso hay, en nuestra América, estamos
invitados a vivir un nuevo Pentecostés, donde
el Espíritu que da la vida transforme a las
familia, marcadas por la tristeza o el abandono,
a las comunidades lánguidas les dé vitalidad,
a las parroquias marcadas por la rutina las
haga comunidad de comunidades que viven,
celebran y cantan con el impulso del Espíritu,
y a toda nuestra iglesia la envíe a dar testimonio
gozoso de la fuerza del Evangelio7.
En la espiritualidad de la comunidad
discípula y misionera
La espiritualidad misionera se genera en la
apertura al Espíritu presente en la creación;
en la conducción del pueblo de Dios y que le
enseñó a convivir con otros pueblos desde su
propia identidad; en Jesucristo que le movió a
ser fiel al proyecto del Padre; en los Apóstoles
que luego de la experiencia de Pentecostés se
reencontraron con
el mismo Espíritu
de Jesús y fueron
files. El Espíritu que ha
dinamizado la vía de los
miembros de la Iglesia en la
vivencia de los sacramentos
y el testimonio de tantos
santos y santas que han vivido la
radicalidad del Evangelio.
Se trata de una
espiritualidad fiel
al espíritu de Jesús
que hizo de su misión
en primer lugar
no un anuncio de si
mismo sino del Reino
de Dios. Por tanto
debe hacer de los discípulos
sujetos centrados
en el Reino y siempre
en camino con una
actitud de permanente
desinstalación, de saber
que somos solo
sus huéspedes, pero
con la misión de
visibilizar las maravillas
de Dios en
todo pueblo.

Debe ser una espiritualidad que se exprese
en la capacidad de comunión con la Iglesia
apostólica, con la tradición patrística, con el
magisterio, con la comunidad local, para ser
signo de unidad en medio de la fragmentación
actual. Una espiritualidad que celebre y viva
los sacramentos, especialmente la Eucaristía
como expresión de que “saben compartir la
mesa de la vida, mesa de todos los hijos e
hijas del Padre, mesa abierta, incluyente, en
la que no falte nadie”8.
Debe de ser una espiritualidad que, como la
de nuestros santos atentos a los signos de
los tiempos, actualiza la parábola del Buen
samaritano, por la cual salimos al encuentro
del “distinto”, nos ayude a construir una
misión centrada en el cuidado de la vida
humana, reconociendo que todo lo humano,
lo sublime, lo bello, que esta en los pueblos
no es ajeno al mensaje evangélico.
Debe ser una espiritualidad que, como la
de nuestros santos atentos a los signos de
los tiempos, actualiza la parábola del Buen
Samaritano, por la cual salimos al encuentro
del “distinto”, nos acercamos al frágil, al
vulnerado por el entorno, y somos capaces
de poner el corazón- misericordia y de
dignificarnos mutuamente con el gesto de
amor.
Debe ser una espiritualidad que bendice al
Señor en la naturaleza. Los misioneros de
Jesús deben tener la sensibilidad y los ojos
abiertos para descubrir la presencia creadora
de Dios en la contemplación de la naturaleza.
De esta espiritualidad han sido testigos en
América muchos misioneros seguidores de San
Francisco de Asís, de San Juan de la Cruz y de
tantos otros santos; y son hoy innumerables
cristianos con actitudes contemplativas y
responsables de su misión en la tierra que
Dios ha creado.
En resumen, hay que promover una espiritualidad
que sea capaz de escuchar al Espíritu
Santo protagonista de la misión; contemplar,
admirados y con gozo, el maravilloso designio
misionero de salvación para todos los pueblos
y sentir las alegrías, los sueños, el dolor y la
deshumanización de nuestro mundo, mirando
todo desde el corazón de Cristo, con el silencio,
el dolor, la práctica y el amor de Dios.
Trabajemos Juntos
1. ¿Cómo se presenta la misión del Espíritu Santo en la obra creadora del Padre,
salvadora del Hijo y santificadora de la Iglesia?
2. Impulsados por el Espíritu Santo, ¿cuáles son las características que debe tener nuestra
presencia y acción misionera en el mundo de hoy?
NOTAS
1 Adversuus haer. III, 17, 1
2 Benedicto XVI, Deus Caritas est 17
3 PABLO VI, Evangelio Nuntianti, 20.
4 Cf. Juan Pablo II, Christifideles laici, 34.
5 Cf. Juan Pablo II. Discurso a la Asamblea del CELAM en Haití, 1983 y Mensaje de la V Conferencia General a los pueblos de América
Latina y el Caribe.
6 Cf. Juan Pablo II, Saludo a las autoridades, a la Iglesia y al pueblo español en el aeropuerto de Barajas, Madrid 31 oct 1982, 5
7 Cf. Impulsar
8 Mensaje de la V Conferencia a los pueblos de América y del Caribe.