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EUCARISTÍA
PARA EL DOMINGO
MUNDIAL DE LAS MISIONES


Los Cristianos de América
Escuchan, Aprenden y Enseñan


Inicia la Gran Misión Continental de América

Encontrándose toda América en estado de Misión, según la han proclamado los Obispos en la V CELAM de Aparecida, y siendo el continente de la Esperanza, como le llamó Juan Pablo II en la IV CELAM de Sto. Domingo, no se puede dejar de lado el Día Mundial de las Misiones y para aprovecharlo como una oportunidad inigualable para motivar a toda la comunidad cristiana a participar del compromiso misionero como parte esencial de su vida de fe: nadie puede ser discípulo verdadero sin ser misionero en activo.

El presente esquema litúrgico propone el lema del tercer congreso americano de misiones (CAM 3) para que, de manera celebrativa y pedagógica, comprendamos lo que significa el Discipulado Misionero que propuso la V CELAM.

Los elementos que se proponen se sugieren para celebrar el Domingo Mundial de las Misiones,
que en este año es el 19 de Octubre. Los textos están tomados íntegros de los libros litúrgicos aprobados para México, y los elementos complementarios se sugieren como posibilidad, por lo cual se pueden o no tomar, o incluso enriquecerlos de alguna otra manera.

Ritos Iniciales

Para la Eucaristía hay que preparar las 5 banderas de los Continentes (un paño de cada color misionero basta según el siguiente orden: Verde=Africa; Rojo=América; Blanco=Europa; Azul=Oceanía; Amarillo=Asia). Asimismo puede ir, delante de cada bandera, una veladora de cada color del continente, para ser colocada sobre el altar de manera estética. Las banderas se colocan en el Presbiterio en un lugar conveniente y a la vista de todos. Todavía más, se puede preparar, en donde van a ir las banderas, una imagen de algún santo de ese continente.

Monitor

El Domingo Mundial de las Misiones, convocado por el Santo Padre, es un claro testimonio de la comunión de toda la Iglesia que no olvida su carácter esencialmente misionero. Este año ha dado inicio en América, la Gran Misión Continental convocada por los Obispos en la V CELAM, puesto que la Iglesia ha recibido una misión que no se acaba, pero que implica el compromiso de cada bautizado para hacer realidad el gozo trinitario presente en los hombres. El discípulo de Cristo es también misionero que, unido a Cristo, escucha, aprende y anuncia el Evangelio. Este es el sentido de nuestra Celebración Eucarística: encontrarnos con Jesucristo para aprender de Él y así poder comunicarlo a los demás. (Las banderas de colores representan los continentes de nuestro mundo, para presentar ante el Señor a toda la humanidad: El Verde, Africa; el Rojo, América; el Blanco, Europa; el Azul, Oceanía; y el Amarillo, Asia).¡Vivamos nuestra experiencia de Encuentro con Jesús Resucitado! Todos de pié.

En la Procesión de entrada precede el turiferario con el incensario humeante, la Cruz Procesional acompañada de Ciriales, las banderas precedidas con veladoras de la manera indicada arriba, los demás ministros y el Presbítero celebrante.

Nota: El Leccionario (por esta ocasión NO EL EVANGELIARIO, dado el signo que se quiere resaltar) se ubica en el pasillo central cerca de la entrada, en una mesita o atril, para ser llevado por los Lectores en procesión después de la Oración Colecta, acompañado por dos ciriales.

El Celebrante de la Celebración venera el altar de la forma acostumbrada y lo inciensa. Se dirige a la sede y comienza la Celebración.


Antífona de entrada (Sal 95, 3-4)

Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones,
porque grande es el Señor y digno de toda alabanza.

Celebrante: En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Asamblea: Amén.

Saludo y Respuesta

Celebrante: El Señor, que dirige nuestros corazones para que amemos a Dios, esté con todos ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Acto Penitencial, Gloria y Oración Colecta

Celebrante

Al comenzar esta celebración eucarística, pidamos a Dios que nos conceda la conversión de nuestros corazones; así obtendremos la reconciliación y se acrecentará nuestra comunión con Dios y con nuestros hermanos.

Breve silencio. La invocación “Señor ten piedad” puede hacerse cantada, aunque el canto se interrumpa en cada parte para la invocación al Señor (Ordinario, p. 23).

Celebrante: Luz del mundo, que vienes a iluminar a los que viven en las tinieblas del pecado: Señor, ten piedad.

Asamblea: Señor, ten piedad.

Celebrante: Buen Pastor, que vienes a guiar a tu rebaño por las sendas de la verdad y de la justicia: Cristo, ten piedad.

Asamblea: Cristo, ten piedad.

Celebrante:Hijo de Dios, que volverás un día para dar cumplimiento a las promesas del Padre: Señor, ten piedad.

Asamblea: Señor, ten piedad.

Celebrante: Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

Asamblea: Amén.

A continuación se canta o se dice el himno

Todos

Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres
que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria te alabamos,
te bendecimos,
te adoramos,
te glorificamos,
te damos gracias,
Señor Dios, Rey celestial,
Dios Padre todopoderoso.
Señor, Hijo único, Jesucristo;
Señor Dios, Cordero de Dios,
Hijo del padre;
Tú que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros;
tú que quitas el pecado del mundo,
atiende nuestra súplica;
Tú que estás sentado a la derecha del Padre,
ten piedad de nosotros;
porque sólo Tú eres Santo,
sólo Tú Señor,
sólo Tú Altísimo, Jesucristo,
con el Espíritu Santo
en la gloria de Dios Padre. Amén.

Esquema de Misa “Por la Evangelización de los Pueblos B” (Misal Romano pp. 751-752)

Celebrante

Oremos. Señor y Dios nuestro, que has querido que tu Iglesia sea sacramento de salvación para todos los hombres, a fin de que la obra redentora de tu Hijo perdure hasta el fin de los tiempos, haz que tus fieles caigan en la cuenta de que están llamados a trabajar por la salvación de los demás, para que todos los pueblos de la tierra formen una sola familia y surja una humanidad nueva en Cristo nuestro Señor, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos.

Asamblea: Amén.

Liturgia de la Palabra.

Procesión con el Libro de la Palabra de Dios

Monitor

Antes de sentarnos para escuchar la Palabra de Dios, recibimos el Libro de las Sagradas Escrituras, porque nadie puede ser discípulo si primero no escucha lo que el Señor dice, y nadie aprende de Jesús si no se encuentra con él en el Evangelio. Cantemos para reconocer el Don Dios que nos habla.

Ahora se lleva a cabo la procesión con el libro de la Palabra de Dios. Para lo cual los 2 lectores y el salmista traen, en alto, el Leccionario, precedido por 2 ciriales, mientras la Asamblea canta. Se sugieren: “Oigo tu Palabra”, “Jesús, quién eres tú (la pregunta)”, “Tu Palabra me da vida”, etc. El Lector que porta el Leccionario lo entrega al Celebrante de la Celebración, quien, mostrándolo a la Asamblea, lo besa y lo entrega al Lector que hará la Primera Lectura. Los ciriales se retiran y todos se sientan.

Primera Lectura

Monitor

Zacarías anuncia el gozo del retorno de los judíos exiliados a Jerusalén y la restauración del culto en el Templo; al mismo tiempo abre el gozo de este evento salvífico a todos los pueblos, que también confluirán en Jerusalén para “Implorar la protección del Señor”.

(Leccionario III, 183: Zac 8, 20-23)

Lector

Del libro del profeta Zacarías.

Esto dice el Señor de los Ejércitos: “Vendrán pueblos y habitantes de muchas ciudades. Y los habitantes de una ciudad irán a ver a los de la otra y les dirán: ‘Vayamos a orar ante el Señor y a implorar la ayuda del Señor de los ejércitos’. ‘Yo también voy’. Y vendrán numerosos pueblos y naciones poderosas a orar ante el Señor Dios en Jerusalén y a implorar su protección”. Esto dice el Señor de los ejércitos: “En aquellos días, diez hombres de cada lengua extranjera tomarán por el borde del manto a un judío y le dirán: ‘Queremos ir contigo, pues hemos oído decir que Dios está con ustedes”. Palabra de Dios.

Asamblea: Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial

Monitor

El Salmo 116 hace eco del llamado universal a la salvación y de nuestro compromiso misionero de anunciarla.

(Leccionario III, 877: Del Salmo 116)

Salmista: Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Asamblea: Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Salmista: Que alaben al Señor todos los pueblos, Que todas las naciones lo festejen.

Asamblea: Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Salmista: Porque grande es su amor hacia nosotros y su fidelidad dura por siempre.

Asamblea: Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.

Segunda Lectura

Monitor

El Libro de los Hechos de los Apóstoles nos abre una ventana a la primera actividad evangelizadora; hoy, en concreto, después de la muerte de San Esteban, escuchamos el testimonio de San Lucas sobre la predicación de San Bernabé en Antioquia y el inicio de la actividad pastoral de San Pablo. Aprendamos de los inicios de la Evangelización para hacer nosotros lo mismo.

(Leccionario III, 465: Hch 10, 34.37-43)

Lector

Del libro de los Hechos de los Apóstoles.

En aquellos días, algunos de los que se habían dispersado, huyendo de la persecución desatada después de la muerte de Esteban, llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquia; pero predicaban el Evangelio solamente a los judíos. Sin embargo, hubo entre ellos algunos chipriotas y cirenenses, que al llegar a Antioquia, comenzaron a dirigirse también a los paganos y a predicarles el Evangelio del Señor Jesús. Y como la mano del Señor estaba con ellos, muchos se convirtieron y abrazaron la fe. Cuando llegaron estas noticias a la comunidad cristiana de Jerusalén, Bernabé fue enviado a Antioquia. Llegó Bernabé, y viendo la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho; y como era hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe, exhortó a todos a que, firmes en su propósito, permanecieran fieles al Señor. Así se ganó para el Señor una gran muchedumbre. Entonces Bernabé partió hacia Tarso, en busca de Saulo; y cuando lo encontró, lo llevó consigo a Antioquía. Ambos vivieron durante todo un año en esa comunidad y enseñaron a mucha gente. Allí, en Antioquía, fue donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de “cristianos”. Palabra de Dios.

Asamblea: Te damos gracias, Señor.

Aclamación antes del Evangelio

(Leccionario III, 962: Mc 16, 15)

Coro: Aleluya, Aleluya.

Asamblea: Aleluya, Aleluya.

Lector: Vayan por todo el mundo, dice el Señor, y prediquen el Evangelio a toda creatura.

Asamblea: Aleluya, Aleluya.

Evangelio

El Turiferario se acerca al Celebrante, que coloca incienso en el incensario. A continuación el diácono pide la bendición y, precedido por el incensario humeante y los ciriales, se acerca al ambón para proclamar el Evangelio. Saluda e inciensa el Evangelio como de costumbre.

Diácono: El Señor Esté con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Diácono: +Lectura del Santo Evangelio según san Mateo.

Asamblea: Gloria a ti, Señor.

(Leccionario III, 256: Mt 28, 16-20)

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban. Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Palabra del Señor.

Asamblea: Gloria a Ti, Señor Jesús.

Homilía

(El Celebrante de la Celebración o el Diácono dice la Homilía) (Aquí ofrecemos algunas orientaciones para la Homilía).

El final del Evangelio de Mateo (Mt 18, 16-20) marca, después de la Resurrección, el cumplimiento de las promesas hechas a Israel anunciadas en la primera lectura (Zac 8, 20-23): todos los Pueblos confluyen en Jerusalén para alabar al Dios de Israel porque “El Señor está con ellos, según su promesa”(v. 23). Sin embargo, este hecho marca, a su vez, el inicio de la Iglesia, como Nuevo Pueblo de Dios que anuncia el Evangelio a todas las Naciones, que pone en práctica y hace plenas estas promesas.

Jesús envía a los Apóstoles, que como colegio son el germen de la Iglesia. Dios está hoy con su Iglesia, que tiene como encomienda “Enseñar” el Evangelio y “Bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Sin embargo esta encomienda es posible porque el Señor “le ha enseñado todo” (cfr. Mt 28, 20a) y porque “estará con ella todos los días hasta el fin de los tiempos”(cfr. Mt 28, 20b).

Solo del encuentro con Jesús y en ese mismo encuentro, la Iglesia puede ser anunciadora del
Evangelio y maestra del Reino de Dios, como lo vemos en la Segunda Lectura (Hch 11, 19-26) en la actividad misionera de la primera comunidad cristiana de Antioquia.

Con la persecución desatada después de la muerte de San Esteban, la Iglesia expande su geografía y el número de discípulos de Cristo: después de predicar en Samaria, Damasco y Cesarea, se va hacia el norte y el poniente, a Fenicia, Chipre y Antioquia. En esta última se realiza la evangelización de la siguiente manera:

  1. La comunidad recibe a los primeros anunciadores que predican a los judíos solamente (v. 19).
  2. Algunos evangelizadores no judíos predican también a los no judíos (v. 20).
  3. Los signos realizados por el Señor por medio de ellos suscitan la fe y se establece la comunidad (v. 21).
  4. Los Apóstoles establecen de manera formal la misión, enviando a Bernabé quien, a su vez adjunta a Pablo a su actividad pastoral (vv. 22-26).
  5. La Misión consiste en primer lugar, en la vida cristiana misma que se comparte y que se nota ante todos, de ahí el apelativo de “cristianos”, o sea, “los de Cristo”, “los que viven a la manera de Cristo” (v. 26b).

La vida cristiana, entonces, se identifica con la misión: ser cristiano implica anunciar a Cristo, y se anuncia a Cristo viviendo la vida cristiana. Discípulos de Jesús que anuncian, Anunciadores de Jesús que viven unidos a Él y aprenden de Él, eso somos los Cristianos.

Nosotros hoy somos también discípulos y misioneros de Jesús: por la vida de la Fe lo conocemos, y por la Eucaristía y los Sacramentos tenemos una experiencia viva de encuentro con Él, por eso podemos decir que somos verdaderos discípulos. Sin embargo, si no vemos como propio también el anuncio, entonces nuestro discipulado es imperfecto y no tiene vida, porque no da vida. Ser discípulo es, ante todo, ser discípulo entre los demás, compartiendo simplemente la experiencia de Jesús (misión).
Para ser discípulos perfectos tenemos que entrar en la dinámica de los
apóstoles: con Jesús escucharlo, aprender de Él y darlo a conocer.

Profesión de Fe

Celebrante: Como testimonio expreso de lo que somos, y manifestando nuestra fe apostólica, profesemos nuestra fe con el Símbolo de los Apóstoles: (Ordinario, p.35)

Todos:       Creo en Dios, Padre todopoderoso,
                 Creador del Cielo y de la tierra.

Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a los cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.

Creo en el Espíritu Santo,
la Santa Iglesia Católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna.
Amén.

Preces

(Roguemos al Señor, pp.339-340)

Celebrante: Oremos, hermanos, a Dios Padre, por medio de Jesucristo, su Hijo, que se entregó por la salvación de todos:

Oremos diciendo: Padre, escúchanos.

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que el Espíritu Santo fortalezca a los obispos y a los presbíteros de los países de misiones y los asista de manera que conduzcan sus jóvenes Iglesias hacia una verdadera madurez cristiana, oremos.

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que el Señor infunda su Espíritu Santo en los misioneros y haga que su apostolado y su testimonio sean verdaderamente evangélicos y no de sabiduríaúnicamente humana, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que los cristianos que viven en países de misión, den un testimonio verdadero de amor a Jesucristo, se sientan ricos por el conocimiento del Evangelio y no se avergüencen nunca de su pobreza humana, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que nosotros y los miembros de nuestras comunidades consideremos como parte integrante de nuestra fe la solicitud apostólica de transmitir la luz y la alegría del Evangelio al mundo no cristiano, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Lector: Para que todos los discípulos de Jesucristo que vivimos en América seamos actores de la Gran Misión Continental convocada por los Obispos y así se renueve la fe en los que están apagados y se suscite en los que no la tienen, oremos:

Asamblea: Padre, escúchanos.

Celebrante:

Señor Jesucristo, que sabes lo que hay en el interior de cada hombre y amas a todos, porque por todos te has entregado, escucha nuestra oración y haz que sean muchos los que tengan un amor tan grande que estén dispuestos, como tú, a entregar la propia vida por los hermanos y para anunciarles el Evangelio de Salvación. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Asamblea: Amén.

Liturgia Eucarística

Se puede realizar, si se ve conveniente, la procesión de ofrendas, para lo cual se pueden traer, o bien despensas para los pobres, que la comunidad misma aporte, o juguetes para los niños, y/o el pan y el vino para la Eucaristía.

Mientras tanto el coro interpreta un canto adecuado.

Después de presentar los dones de la forma acostumbrada y de incensar los dones y el altar, al celebrante y a la comunidad, se continúa con la oración sobre las ofrendas y la Plegaria Eucarística. Se sugiere la D1.

Celebrante:

Oren, hermanos, para que este sacrificio, mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso.

Asamblea:

El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.


Celebrante:

Señor, como aceptaste la gloriosa pasión de tu Hijo, dígnate aceptar también por la salvación del mundo los dones y plegarias de tu Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Asamblea: Amén.

Plegaria Eucarística D-I
La Iglesia en camino hacia la unidad (antes Vd)

Celebrante: El Señor esté con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Celebrante: Levantemos el corazón.

Asamblea: Lo tenemos levantado hacia el Señor.

Celebrante: Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

Asamblea: Es justo y necesario.

Celebrante:

En verdad es justo y necesario darte gracias, y cantarte un himno de gloria y de alabanza, Señor, Padre de infinita bondad. Porque has reunido por medio del Evangelio de tu Hijo a hombres de todo pueblo, lengua y nación, en una única Iglesia, y por ella, vivificada por la fuerza de tu Espíritu, no dejas de congregar a todos los hombres en la unidad. Ella manifiesta la alianza de tu amor, ofrece incesantemente la gozosa esperanza del reino, y resplandece como signo de tu fidelidad que nos prometiste para siempre en Jesucristo, Señor nuestro. Y por eso, con todas las potestades del cielo y con toda la Iglesia, te aclamamos en la tierra, diciendo a una sola voz:

Todos:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo.

El sacerdote, con las manos extendidas, dice:

CP: Santo eres en verdad y digno de gloria, Dios que amas a los hombres, que siempre estás con ellos en el camino de la vida. Bendito es, en verdad, tu Hijo, que está presente en medio de nosotros, cuando somos congregados por su amor, y como hizo en otro tiempo con sus discípulos, nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan.

Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:

CC: Por eso te rogamos, Padre misericordioso, que envíes tu Espíritu Santo para que santifique estos dones de pan y de vino,

Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:

de manera que se conviertan para nosotros en el cuerpo y + la Sangre

Junta las manos.

de Jesucristo, nuestro Señor.

En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor deben pronunciarse claramente y con precisión, como lo requiere la naturaleza de las mismas palabras.

El cual, la víspera de su Pasión, en la noche de la Última Cena,

Toma el pan, y sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:

tomó pan, te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco

“Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes”.

Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora haciendo genuflexión.

Después prosigue:

Del mismo modo, acabada la cena,

Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:

tomó el cáliz, te dio gracias y lo pasó a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.

“Tomen y beban todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados. Hagan esto en conmemoración mía”.

Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora haciendo genuflexión.

CP: Este es el misterio de la fe.

Asamblea: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección.¡Ven, Señor Jesús!

Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:

CC: Por eso, Padre santo, al celebrar el memorial de Cristo, tu Hijo, nuestro Salvador, al que condujiste por su Pasión y muerte en cruz a la gloria de la resurrección, y lo sentaste a tu derecha, anunciamos la obra de tu amor, hasta que Él venga, y te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de bendición. Mira con bondad la ofrenda de tu Iglesia, en la que se hace presente el sacrificio pascual de Cristo, que se nos ha confiado, y concédenos, por la fuerza del Espíritu de tu amor, ser contados ahora y por siempre entre el número de los miembros de tu Hijo, cuyo Cuerpo y Sangre comulgamos.

C1: Renueva, Señor, a tu Iglesia (que está en N.), con la luz del Evangelio. Consolida el vínculo de unidad entre los fieles y los pastores de tu pueblo, con nuestro Papa N., nuestro obispo N., y todo el orden episcopal, para que tu pueblo brille, en este mundo dividido por las discordias, como signo profético de unidad y de paz.

C2: Acuérdate de nuestros hermanos (N. y N.), que se durmieron en la paz de Cristo, y de todos los difuntos, cuya fe sólo tú conociste: admítelos a contemplar la luz de tu rostro y dales la plenitud de la vida en la resurrección. Y terminada nuestra peregrinación por este mundo, concédenos, también, llegar a la morada eterna, donde viviremos siempre contigo y con santa María, la Virgen Madre de Dios, con los apóstoles y los mártires, (con san N.: santo del día o patrono) y en comunión con todos los santos, te alabaremos y te glorificaremos

Junta las manos.

por Jesucristo, Señor nuestro.

Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz, los eleva y dice:

CP ó CC: Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

Asamblea: Amén.

Rito de la Comunión

Una vez depositados el cáliz y la patena sobre el altar, el sacerdote, con las manos juntas, dice:

Celebrante: Llenos de alegría por ser hijos de Dios, digamos confiadamente la oración que Cristo nos enseñó:

Extiende las manos, y, junto con el pueblo, continúa:

Todos: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

Solo el Sacerdote, con las manos extendidas, prosigue diciendo:

Celebrante: Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

Junta las manos y el pueblo concluye la oración aclamando:

Asamblea: Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice en voz alta:

Celebrante: Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles:“La paz les dejo, mi paz les doy”, no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad.

Junta las manos.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Asamblea: Amén.

El sacerdote, vuelto hacia el pueblo, extendiendo y juntando las manos, añade:

Celebrante: La paz del Señor esté siempre con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

Celebrante: Como hijos de Dios, intercambien ahora un signo de comunión fraterna.

Todos intercambian el signo de paz. Después el sacerdote hace la fracción del Pan de la forma acostumbrada mientras se canta o se dice el “Cordero de Dios”.

El sacerdote se prepara interiormente con la oración prescrita y, tomando el pan consagrado, y sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena o sobre el cáliz, de cara al pueblo, dice con voz clara:

Celebrante: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.

Asamblea: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

El sacerdote comulga ambas especies y distribuye la comunión a los fieles mientras la Asamblea canta. Se sugiere: “Donde hay caridad y amor”,“Señor, no soy digno”, “Eucaristía, Milagro de Amor”.

Se purifican los vasos sagrados de la forma prescrita y el Celebrante, en la sede, de pié y con las manos extendidas, después de invitar a la asamblea, dice la Oración después de la Comunión.

Celebrante: Oremos. (Breve silencio) Te pedimos, Señor, que la participación en tu mesa nos santifique y que la redención que tu Hijo consumó en la cruz, sea recibida con gozo en todo el mundo por medio del sacramento de tu Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Asamblea: Amén.

Monitor: La Celebración Eucarística termina, pero nuestro encuentro con Jesús se perpetúa ahora en el Testimonio de nuestra vida cristiana. Somos Discípulos que, habiéndonos encontrado con Jesús, ahora vamos a la vida diaria a realizar la Gran Misión de anunciarlo y comunicarlo a los demás: los que también están cerca, los alejados de la fe, los que la han abandonado y los que nunca han conocido al Señor, que aún son la mayoría de la humanidad. ¡Discípulo y Misionero de Cristo, Anúncialo!

Ritos de Conclusión

Celebrante: El Señor esté con ustedes.

Asamblea: Y con tu espíritu.

El sacerdote, extendidas las manos sobre el pueblo, dice la bendición. (Ordinario p. 176, Tiempo Ordinario VI).

Celebrante: Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, conforten sus corazones y los dispongan a toda clase de obras buenas y de buenas palabras.

Asamblea: Amén.

Celebrante: Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y + Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Asamblea: Amén.

Diácono: Glorifiquen al Señor con su vida. Pueden ir en paz.

Asamblea: Demos gracias a Dios.

El sacerdote y el diácono veneran el altar y, después de hacer reverencia al Cristo o genuflexión al Santísimo, precedido por los ministros, hace la procesión de salida.

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