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Tema 2. PENTECOSTÉS: COMUNIDAD LLEVADA POR EL ESPÍRITU en PDF


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Tema 2 2

PENTECOSTÉS:
COMUNIDAD LLEVADA
POR EL ESPÍRITU

Monseñor Luis Augusto Castro
Arzobispo de Tunja, Colombia

CUANDO EL IMPULSO DEL ESPÍRITU IMPREGNA Y MOTIVA TODAS
LAS ÁREAS DE LA EXISTENCIA, ENTONCES TAMBIÉN PENETRA Y
CONFIGURA LA VOCACIÓN ESPECÍFICA DE CADA UNO
(Aparecida 285)

1. INSEPARABLES COMPAÑEROS

Grecia tenía ciudades muy especiales como Atenas y Esparta. Me refiero a esta última, de la cual se decía que, a diferencia de las otras ciudades, no tenía murallas que la defendieran. Sus murallas, explicaba uno de sus reyes, Agesilao el Grande, eran solamente las virtudes de sus ciudadanos. Los espartanos eran todos luchadores, guerreros valientes que formaban ejércitos invencibles.

Entre todos estos guerreros había una práctica muy singular: a cada espartano luchador se le asignaba un compañero con el cual formaba una pareja para luchar juntos, para defenderse juntos, para darse ánimo en las campañas, para no dejarse vencer de ninguna manera. Cada uno para el otro era, de verdad, un compañero.

No sé si Basilio de Cesarea, extraordinario padre de la Iglesia —cuya familia está toda ella en el calendario de los santos, desde su abuela Macrina, su papá y su mamá, sus hermanos Gregorio de Nisa y Pedro de Sabaste, y su hermana Macrina—, se haya inspirado en los espartanos o no, pero en su tratado Sobre el Espíritu Santo, escrito en el año 374 a solicitud de su amigo y discípulo Anfiloquio, pero también para responder a algunos errores del momento, dice que“el Espíritu Santo es el inseparable compañero de Cristo”1.

Esa formidable compañía la tuvo Jesús desde el primer instante de su vida, la cual se puede
considerar en dos etapas muy precisas: la primera etapa es la de su vida terrena y de su misión, cuando el Espíritu Santo se manifestó en forma clara, constante y fuerte, de lo cual nos damos cuenta especialmente por algunos eventos especiales, como fueron:

  1. Concebido por obra del Espíritu Santo—. El nacimiento de Jesús por el Espíritu indica su ser singular y determina la capacidad universal de su misión2.
  2. Consagrado en el Jordán con el don del Espíritu Santo para iniciar su misión pública—. Esta misión será llevada a cabo con el poder del mismo Espíritu recibido3.
  3. En Nazareth proclama su vocación y misión profética sobre la base de que ha sido ungido en su humanidad por el Espíritu Santo—. Gracias a esta unción, Jesús es llamado “el Cristo”.
  4. Su vida pública es orientada por el Espíritu—. Este Espíritu es el que lo conduce al desierto4.
  5. El mismo Espíritu está presente en su predicación, en su lucha contra los espíritus del mal, en la realización de sus milagros.
  6. El Espíritu Santo, su inseparable compañero, está con Él en sus momentos de profunda alegría o de profunda tristeza.
  7. El mismo Espíritu lo guía hacia el cumplimiento pleno de la voluntad del Padre, hasta cuando en la cruz encomienda su espíritu a este mismo Padre (cf. Lc 23,46)5.

La segunda etapa empieza con la Pascua, cuando Jesús es glorificado, cuando se convierte en el eterno viviente, cuando habita corporalmente en él la plenitud de la divinidad (cf. Col 2,9), cuando posee la plenitud del Espíritu pues lo recibe sin medida (cf. Jn 3,34), cuando se convierte en el origen de una humanidad nueva y el primogénito de los que resucitan de los muertos y especialmente cuando, de receptor del Espíritu, se convierte en dador del Espíritu.

Él es, desde este momento, Señor del Espíritu, y el Espíritu expresa su docilidad amorosa al servicio de la misión de Cristo en el mundo. No es que el Espíritu sea un instrumento en las manos de Cristo o del Padre, sino que Él tiene una misión suya, específica, diversa de la del Padre y del Hijo, pero vivida y realizada en plena comunión con ellos y al servicio de la continuación de la misión de Cristo en el mundo.

El Espíritu tiene la exclusiva posesión de esa autopista que va de Dios a los hombres. O expresado en mejor forma, el Espíritu Santo es la autopista. Sin la autopista, que es el Espíritu Santo, Dios no nos puede alcanzar ni nosotros podemos alcanzar a Dios. Nosotros quedamos encerrados en nosotros mismos y Dios queda encerrado en el esplendor de su divinidad6.

Jesús y el Espíritu siguen siendo inseparables compañeros, al punto que Ireneo los llamará “las dos manos del Padre”. Cada mano tiene una misión. Hay dos misiones divinas: la del Hijo y la del Espíritu7. Nuestro Papa Benedicto ha anotado que esa inseparable compañía resulta de que, si se prescinde de Cristo, el Espíritu Santo no se experimenta más, pero también habría que decir al contrario: si se prescinde del Espíritu Santo, Cristo no se experimenta más8.

2. “UN COMPAÑERO NOS HA SIDO DADO”

Cuentan las crónicas de la evangelización del Canadá que en el año de 1648 —o marzo del 1649— un jesuita francés, el padre Juan Brebeuf, fue apresado por los indios iroqueses cerca de la ciudad de Ontario. Estos indígenas habían lanzado su grito de guerra contra la tribu de los hurones a cuyo servicio estaba el padre Brebeuf y otros jesuitas.

Las torturas y tormentos a que fue sometido el padre Juan fueron tan crueles y el valor demostrado en ellas fue tan grande que los indios comprendieron que estaban en presencia del mayor valiente que jamás hubiesen conocido. Decidieron entonces, con toda lógica, beber su sangre, abrir su pecho y repartir su corazón entre el grupo de guerreros, ya que se decían admirados: “Si nos alimentamos de la carne de este valiente, seremos invadidos de su espíritu, su valor y su fuerza” (SR, 14).

Los hechos de la muerte del misionero jesuita Juan Brebeuf son ciertos. Las conclusiones sacadas por los guerreros no lo sé. Pero no importa. El hecho verdadero es que cuando nos dejamos invadir por el espíritu de un valiente, adquirimos esa misma valentía. Lo sabía Jesús. Por eso, Jesús, el valiente, nos ha comunicado al Espíritu que le daba valor. Ese compañero de Jesús que siempre está con Él, Jesús mismo ha querido que esté con nosotros. “Un compañero nos ha sido dado”, podemos decir ahora como en Navidad cantamos el misterio de la encarnación con las palabras “Un niño nos ha sido dado”.

Jesús nos da su Espíritu, su inseparable compañero, y nosotros lo recibimos. Cada una de estas recepciones del Espíritu puede llamarse “Pentecostés”. El Pentecostés del cenáculo es el paradigma de los otros infinitos Pentecostés que acontecen en el mundo y que empezaron cuando Jesús, con el poder de su resurrección, habiendo poseído el Espíritu como algo natural y propio, decide donarlo a los seres humanos, al mundo entero, empezando por sus discípulos y la Iglesia toda. Y nosotros, casi pareciéndonos a los irokeses del tiempo de Juan Brebeuf, lo recibimos, porque es el Espíritu del valiente que con la entrega de su vida nos ha redimido y nos ha llenado de valor.

3. UN COMPAÑERO ARROLLADOR

Los compañeros se llaman así porque comparten la misma suerte, el mismo pan, el mismo viaje, la misma aventura.

Me parece que cuando Noé hizo el arca, subieron otros compañeros para compartir con él, el mismo viaje. Empezaron a subir los animales al arca y en cierto punto el elefante se enfadó. ¡No hay nada más peligroso que un elefante enfadado! El paquidermo en su enfado gritó: “No empujen”. Detrás de él venía una pulga. ¡Claro!, ante esto, uno puede exclamar: “¡Qué animal tan quisquilloso!”

Si quisiéramos sintetizar lo que es y hace ese compañero de viaje que Jesús nos ha dado y que se llama “Espíritu Santo”, podemos usar la misma palabra usada por el elefante: “empujar”. Pero, a diferencia del elefante, los empujones del Espíritu no nos enfurecen, sino que nos alegran con júbilo y, sobre todo, nos desafían en múltiples sentidos, porque él nos empuja en múltiples direcciones.

¿Qué quiere decir que él nos empuja? Quiere decir que él es una fuerza que irrumpe, una energía creativa, un motor que pone en movimiento, una fuente de vitalidad, un factor de comunicación, un constructor de unidad9.

Es oportuno anotar que el Espíritu Santo es todo esto, pero no sólo esto. El Espíritu Santo
no puede ser entendido como una especie de energía o de fuerza a disposición del Padre o del Hijo, a la que utilizan como deseen. El Espíritu Santo es ante todo una Persona. Él tiene una característica personal diversa de la persona del Hijo y de la del Padre. Pero es también verdad que esta persona que es el Espíritu tiene esa fuerza que ya hemos anotado10.

El Espíritu nos empuja en múltiples direcciones: hacia fuera, hacia todos, hacia adentro, hacia el fondo, hacia el lado, hacia atrás, hacia delante, hacia abajo y, sobre todo, hacia arriba. Permítanme decirles algo de estos singulares empujones que Aparecida llama “irrupciones”11.

4. EMPUJÓN HACIA AFUERA

El primer empujón es hacia fuera. Es un empujón formidable. Es el empujón de Pentecostés. Déjenme hablarles de una película; en inglés se llama The dirty dozen, los doce sucios, pero en español la titularon Los doce del patíbulo. Un general recibió la orden de realizar un operativo para liberar unos prisioneros de las cárceles nazis durante la segunda guerra mundial. El general se dio cuenta de que sólo había un diez por ciento de probabilidades de que el operativo tuviese éxito.

Para realizar el operativo, decidió formar un equipo muy especial: fue a buscar la gente entre los soldados enviados a la cárcel por delitos muy graves. Escogió lo peor de lo peor: eran doce, ya condenados al patíbulo. ¿Por qué ellos? Primero, porque la pérdida de sus vidas a nadie le iba a importar; segundo, porque ciertas habilidades y talentos de dudosa reputación propios de estos soldados delincuentes, le podían servir para esta peligrosa misión12. Todo esto parecía una auténtica locura.

No les cuento más de la película. Sólo quiero compararla con esos otros doce que, en otra auténtica locura, Jesús escogió para cumplir su misión, no menos peligrosa que la anterior. ¿Por qué ellos? ¿Por los mismos motivos que tuvo el general? No, por motivos casi contrarios a los de la película: primero, porque la vida de estos doce escogidos por Jesús sí le importaba a Dios; segundo, porque todos ellos carecían de los talentos necesarios para esta misión, de manera que si ésta tenía resultado positivo, jamás iban a pensar que fue mérito de ellos mismos.

Después de estos doce siguió escogiendo y empujando hacia afuera a muchos otros.“Sepárenme a Bernabé y a Saulo para la misión que les he encomendado” (Hch 13,2), decía el Espíritu del Señor.

Ahora, si escogió a estas personas tan carentes de talentos para esa misión, eso quiere decir que si me escoge a mí o a ustedes para una misión, no podemos decir “no” y disculparnos aduciendo que somos indignos o incapaces de la misión, que no tenemos talento, que somos muy jovencitos, como decía Jeremías (cf. Jr 1,6), o que somos tartamudos, como decía Moisés (cf. Ex 4,10), o que nuestro pasado de pecado nos inhabilita, como pensaría Isaías (cf. Is 6,5-7), o cosas por el estilo. Más bien debemos proceder como Teresa del Niño Jesús, la gran misionera: colocándonos totalmente en las manos de Cristo y de su Espíritu. El Espíritu sabe empujarnos bien.

Pentecostés es ante todo esto: el Espíritu Santo nos toca. Es todo lo contrario de lo que quería el apóstol Tomás: para creer, Tomás quería tocar. También nosotros queremos tocar. La religiosidad popular mantiene este deseo de tocar a Dios. Como dice bellamente Aparecida: “Nuestros pueblos se identifican particularmente con el Cristo sufriente, lo miran, lo besan o tocan sus pies lastimados como diciendo: Este es «el que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20)”13.

Pero no podemos tocar a Dios directamente. En cambio, Dios sí nos puede tocar a nosotros14.“Esto es el Espíritu Santo, Dios que nos toca”15. Y nos toca de una manera decidida, nos empuja hacia afuera. Esto es Pentecostés; es sentir su empujón hacia afuera; es descubrirnos en movimiento; nos sentimos llamados a una misión, nos descubrimos enviados, descubrimos que no somos autoprogramados, que nuestra vida no transcurre a nuestro modo.

Frank Sinatra cantaba la canción “A mi manera” y entusiasmaba a los oyentes de ayer y de
hoy, que sentían que podían hacer su vida a su manera, auto-referenciada y auto-programada. Ni Jeremías ni Pablo pudieron cantar esa canción. Ambos fueron prediseñados desde el vientre de la madre. Ambos fueron empujados por el Espíritu hacia afuera.

Nuestro Pentecostés es tomar conciencia de ser discípulos misioneros; es darnos cuenta de que ya no podemos quedarnos encerrados, que tenemos que salir, que el pequeño mundo en que vivimos nos queda muy estrecho, que tenemos que movernos “hacia la otra orilla”, como nos pide Aparecida (3,7), hacia ésa en la que Cristo no es reconocido como Dios y Señor y donde hay que encender el fuego de la fe por primera vez.

Este ser tocados por Dios se experimenta como fuego y como lengua. El fuego es una bellísima metáfora y se refiere al amor.

Un hombre de treinta años es novio de una muchacha. Este novio habla con el hermano de su novia: “Me comporto muy mal con tu hermana. Por eso he decidido dejarla. Pero ¿qué puedo hacer?; me ha sucedido algo terrible: durante tres años amaba a tu hermana, y era verdadero amor, pero era amor a treinta y seis grados y medio. Eso es razonable: es la temperatura del cuerpo humano. Pero encontré a esa otra muchacha, y me dí cuenta de qué significa amar a treinta y nueve grados y medio y tener fiebre”.

Cuando el Espíritu Santo nos toca con el fuego del amor no va a importar si la temperatura es de treinta y seis grados y medio o de treinta y nueve y medio. Es el fuego del amor de Dios el que nos inunda, un fuego que supera toda temperatura y nos pone en movimiento de amor. “He venido a encender fuego a la tierra; y ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49), exclama Jesús, quien se refiere no al fuego del juicio predicho por el Bautista sino al fuego del Espíritu, don ofrecido por Jesús resucitado, sin el cual ninguna misión es posible.

Francisco de Sales dice que este fuego del amor es necesario como es necesaria la pólvora en la escopeta, cuando se va de cacería.

Si aparece el conejo y tengo una bala pero no tengo pólvora, puedo lanzar la bala con la mano. El conejo se muere, pero de risa, por las cosquillas, y nada más. Se va muy tranquilo.

Un apóstol sin el fuego del Espíritu tiene tanto resultado como esa cacería. Este empujón del Espíritu en Pentecostés es experimentado como fuego. Pero también como lengua comprensible. El Espíritu Santo se hace entender en todas las lenguas y en todos los dialectos. Dios habla todas las lenguas y puede ser alabado en todas las lenguas. No existe la lengua de Dios, la lengua sagrada. Ninguna lengua es lengua de todos, lengua universal, sólo la lengua del Espíritu. Ésa la entendemos todos. Hay una comprensión sin necesidad de traducción, al punto que muchas veces ni encontramos las palabras en nuestra lengua para expresar lo que el Espíritu nos quiere decir y que hemos comprendido.

Aunque supiese todas las lenguas del mundo, si no sé hablar ésta, no sirvo para nada, nos recuerda Pablo. Sin esta lengua del amor no puedo cumplir la misión encomendada, pues ésta no es un movimiento de conquista, de negocios, de turismo, o de diversión; es un movimiento de amor más allá de las fronteras de la fe para anunciar el amor de Dios y favorecer su vivencia en comunidad. Por eso, es necesario pasar al segundo empujón.

5. EMPUJÓN HACIA TODOS

Un catequista se dio cuenta de que sus niños estaban muy cansados y decidió hacer un juego. De inmediato invitó a los niños a ubicarse: “Los que se consideren gigantes vayan a la esquina de la derecha. Los que se consideren enanos vayan a la esquina de la izquierda. Los que se consideren magos vayan cerca de la puerta”. Todos salieron corriendo menos una niña que se quedó inmóvil en su sitio. El catequista la miró y la niña le preguntó: “Y los que nos consideramos sirenas, ¿dónde nos ubicamos?”

La pregunta puso al catequista en aprietos: o excluía a la niña del juego o se inventaba la manera de que en el mismo hubiese campo también para una sirena. El Espíritu Santo optaría por lo segundo.Él no excluye a nadie; al contrario, quiere llegar a todos sin excepción.

En Pentecostés, el Espíritu Santo se presentó como un viento que sopla fuertemente. El viento es una bellísima metáfora de la libertad. El viento sopla donde quiere y no se puede encerrar en ningún organismo, en ninguna institución, en ningún sistema, en ningún espacio. De manera que ser tocados por el Espíritu quiere decir ser tocados por la libertad. El Espíritu nos da la libertad para amar sin límites, para movernos más allá de toda frontera, para entrar en contacto humano y en diálogo con todos los pueblos, con todas las culturas y todas las religiones.

Cada pueblo, cada religión y cada cultura tienen una verdad que manifestar. San Ambrosio aprendió en su tiempo y le enseñó a Santo Tomás, que toda verdad, cualquiera que ella sea, venga de donde viniere, es fruto del Espíritu Santo. El encuentro con quienes no son de nuestro grupo, de nuestra cultura, de nuestra religión, nos puede enriquecer16.

Lo anterior quiere decir que el Espíritu Santo ofrece su inspiración más allá de las fronteras cristianas y de las fronteras religiosas. Así como inspira lo mejor de las diferentes tradiciones religiosas también inspira la poesía, el arte, la música y el drama. Claro está que la inspiración de la Sagrada Escritura ocupa un puesto especial17 entre las obras del Espíritu18.

El Espíritu Santo nos hace libres para acercarnos a todas las verdades, como dice Aparecida (cf. DA, 377), y para responder a la misión desde nuestra libertad.

Todos vieron a un hombre cuando saltó de un puente al río caudaloso donde un niño se estaba ahogando. Lo sacó del agua, pero al salir del río inmediatamente preguntó disgustado: “¿Quién fue el que me empujó?”

Su salto no fue libre. Lo empujaron sin que él accediera a ser empujado. El espíritu nos empuja, pero respeta la libertad para acceder o no, para dejarnos empujar. La imagen del viento va unida a la imagen del soplo (ruah). En el libro del Génesis 2,7 se nos da a entender que este soplo de Dios se da a todos, que es universal; así que cada ser humano tiene la capacidad de recibir el Espíritu que lo hace discípulo y misionero, enviado de Dios (Rom 8, 15).

Viento y soplo van unidos, y los dos indican la fuerza de vida, la vitalidad, la energía que nos pone en movimiento hacia todos. “Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo; él vendrá sobre ustedes para que sean mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los extremos de la tierra” (Hch 1, 8)19.

6. EMPUJÓN HACIA ADENTRO

A la inauguración de una catedral italiana fueron invitados todos los que habían colaborado en la construcción. Fueron entrando poco a poco. Marina, una niña muy pequeña, también estaba por entrar cuando la detuvieron. “Tú eres muy pequeña, ¿qué haces aquí?”, le pregunaron. Ella respondió orgullosa: “Estoy invitada. Yo ayudé a construir esta catedral. Mi abuelo trabajó como carpintero y yo le traía todos los días el almuerzo”. Con esa explicación entró de inmediato con todos los honores.

El tercer empujón es hacia adentro, hacia la comunidad, hacia la Iglesia. Es un empujón que nos da el Espíritu sea comunitariamente como aconteció en Aparecida, sea individuamente, como podemos constatar en la vida de cada uno.

Déjenme evocar la figura de un muchacho llamado Eutiquio que, a diferencia de Marina, no estaba haciendo mucho esfuerzo por entrar en el lugar de la liturgia. Dice el libro de los Hechos:

Había abundantes lámparas en la sala donde estábamos reunidos. Un joven llamado Eutiquio estaba sentado al borde de una ventana, y como Pablo se alargaba en su predicación se fue quedando profundamente dormido. Vencido por el sueño, se cayó desde el tercer piso, y cuando lo recogieron, ya estaba muerto” (Hch 20, 8-10).

Eutiquio no estaba ni adentro ni afuera. Se había quedado al borde, algo así como sentado en la baranda. De esa manera, él podía entrar si quería o también irse si se aburría. No se decidía a ser parte plena de la comunidad ni tampoco a alejarse de ella. Estaba indeciso como tanto muchacho hoy frente a la Iglesia. ¿La amo o no la amo? ¿Me uno a ella o estoy al margen? Solamente le coqueteo o me le declaro definitivamente? El caso es que a Eutiquio, el indeciso, le agarró el sueño y se cayó. Pero no se cayó hacia la comunidad, hacia dentro, sino hacia fuera, desde el tercer piso hasta el pavimento del primero. Quedó muerto. Afortunadamente, ahí estaba Pablo.

Pablo entonces bajó, se tendió sobre él y lo tomó en sus brazos, diciendo:
—No se alarmen, porque está vivo” (Hch 20, 10).

Ustedes pueden inferir que Eutiquio dejó de quedarse al margen y se integró a la comunidad plenamente, tanto más que este muchacho de ahora en adelante sería, en medio de la comunidad, un signo de la bondad y de la potencia de Dios manifestadas por medio de Pablo.

El Espíritu utiliza caminos que aparentemente nos parecen absurdos, que son incomprensibles en un primer momento, que no se enmarcan en nuestra lógica estrecha y en nuestra mirada demasiado corta, para llamarnos e integrarnos en la comunidad cristiana. De ello dan testimonio miles de convertidos, empezando por los que estaban en el lugar el día de Pentecostés. Aquellos que se encontraban en el lugar fueron llenos del Espíritu Santo. Pedro dirá que se cumplió la profecía de Joel el cual dice: “Derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres” (Jl 3, 1-2).

Algunos traducen estas palabras así: “Enviaré mi Espíritu sobre toda carne”. Pero no es“enviaré”, sino “derramaré”, y no un derramarse como la leche sobre el mantel durante el desayuno, sino como un torrencial aguacero amazónico. Quienes hemos vivido en la región amazónica hemos experimentado esos aguaceros que caen de manera intempestiva, con una abundancia tal que en pocos segundos uno queda empapado hasta los huesos. Así es ese derramarse del Espíritu.

Ese derramarse tan abundante del Espíritu tiene el efecto inmediato de empujarnos hacia la
unidad con Jesús, y, en Jesús, con los demás, de manera que con él y en él se forma una comunidad nueva: la Iglesia sin fronteras. Pentecostés es un nuevo inicio, una creación nueva, una forma nueva de presencia de Cristo, presencia nueva que llamamos “la Iglesia”20. Esta unidad no es simplemente exterior, ni de tipo puramente jurídico u organizativo ni de tipo programático, sino, primero que todo, es una unidad interior, una unidad en el amor y en la misión.

A San Agustín no le gustaba mucho el nombre “Espíritu Santo”. Él buscaba otro nombre que
reflejara mejor la realidad de esta divina Persona, y encontró el nombre “el Amor”. Se llama Amor a esa realidad divina que no sólo es el vínculo de unión entre el Padre amante y el Hijo amado, sino que es el alma de la comunidad eclesial, la cual, a su vez, es signo de la misión de la Trinidad en la historia.

El Espíritu Santo no es un signo del amor, de la unidad, de la comunidad. Eso sería un error muy tonto, nos advierte Santo Tomás de Aquino21. Un signo es, por ejemplo, el anillo en la comunidad matrimonial; es signo de amor y de unidad, de fidelidad, pero el anillo no es el amor.

Una muchacha le preguntaba a su mejor amiga:
—¿Verdad que rompiste tu noviazgo con Roberto?
—Sí, porque mis sentimientos hacia Roberto cambiaron totalmente.
—Entonces, ¿le vas a devolver el anillo de oro que te dio?
—No, porque mis sentimientos hacia el anillo no han cambiado nada.

El Espíritu Santo no es signo sino el alma y el artífice de esta comunidad llamada Iglesia a la cual nos empuja y en la cual nos integra22. La integración de cada uno de nosotros en la comunidad cristiana empieza con la fe y el bautismo. Por la fe, actitud interior del creyente movido por el Espíritu que nos es donado, acogemos el kerygma con esas cuatro “S” que se refieren a Cristo: Signo vivo del amor de Dios, Salvador, Señor y Santificador (cf. 1 Co 15,10).

La Palabra y el Espíritu van muy unidos. Simeón, el Nuevo teólogo, decía que la Palabra es como una puerta cerrada con llave. Si queremos entrar por esa puerta, necesitamos de la llave, porque no es elegante tumbar la puerta. El Espíritu Santo es la llave: Él nos abre a la comprensión de la Palabra y entonces podemos tomar conciencia de ese amor que en Cristo se manifiesta y de esa vida que nos comunica. La imagen de la puerta y la llave está muy relacionada con la otra imagen del maestro interior y el maestro exterior.

A un hombre le clavaron una flecha en un costado. Fue donde el médico, el cual vio la flecha, la partió a nivel de la piel y le cobró 50 dólares. “Un momento, usted me cobra, pero la flecha está todavía adentro”, le reclamó el paciente. “Sí, porque yo soy especialista en medicina exterior; ahora debe ir donde un médico especialista en medicina interior, para que le extraiga el resto de la flecha”, le dijo el médico.

San Agustín habla del maestro exterior que nos ofrece la Palabra. Pero esta palabra llega sólo como un sonido, no como lo que es: Palabra de Dios. Para que la acojamos como Palabra de Dios, se requiere la acción del maestro interior: el Espíritu Santo.

Junto con la fe que brota en nosotros por la acción de la Palabra kerygmática y del Espíritu, está el bautismo. El bautismo perfecciona la fe. En él recibimos de Cristo y en la Iglesia nuestra identidad de discípulos misioneros, que alimentamos con el pan de vida y los demás sacramentos23.

Juan no duda en hablar del bautismo como de un nuevo nacimiento: “Nadie puede entrar en el Reino de Dios, si no nace del agua y del Espíritu”; y Pablo advierte: “Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, es que no pertenece a Cristo” (Rom 8,9), y nos dice: “Todos nosotros, judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido un mismo Espíritu” (1 Cor 12, 13). Ojalá experimentemos esa sed que nos mueve a seguir bebiendo de ese mismo Espíritu.

Un profesor le decía a la mamá de un alumno: “Su hijo tiene una sed enorme de sabiduría”. La mamá aclaraba el asunto: “La sabiduría la tomó de mí, la sed la tomó del papá”.

Nuestra sed no es esa a la que alude la mamá ni a la que hacía alusión alguno de los que observaban a los apóstoles el día de Pentecostés, y que concluían diciendo que estaban borrachos. Nuestra sed es del Espíritu, y ojalá lo sigamos bebiendo, para que penetre todo nuestro ser y nos transforme.Empujón hacia adentro: Aparecida reconoce ese empujón hacia la unidad eclesial, hacia la comunión, desde sus primeras páginas. Por eso, el documento empieza diciendo: “Con la luz del Señor resucitado y con la fuerza del Espíritu Santo, los Obispos de América nos reunimos en Aparecida, Brasil... en comunión con todas las Iglesias particulares presentes en América” (DA. 1).

7. EMPUJÓN HACIA EL FONDO

San Francisco de Sales, en su ingenioso libro llamado La Filotea o Introducción a la vida devota, cuenta que en una región llamada Paflagonia existían perdices que tenían dos corazones. Luego, él saca sus conclusiones espirituales sobre el corazón tolerante consigo mismo y el corazón exigente, intolerante, con los demás.

Pero, el caso es que también Santa Teresa, en otro sentido, habla de los dos corazones: uno, el corazón del cuerpo, y otro, el corazón del alma o centro del alma24. Ese corazón o centro es como el lugar del encuentro más íntimo y denso del ser humano con Dios. Esa presencia de Dios en el fondo del alma le da a ella, y a todo cristiano, esa seguridad, serenidad y tranquilidad en medio de todos los problemas cotidianos, a veces graves. Gregorio Magno describía esta situación diciendo: “En medio del tumulto de las preocupaciones externas, internamente reina una calma pacífica en el amor”25.

Cuanto Teresa llama “corazón del alma”, Pablo lo llama “espíritu” (con minúscula). “Que el Dios de la paz les ayude a vivir como corresponde a auténticos creyentes; que todo su ser —espíritu, alma y cuerpo— se conserve sin falta alguna para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes 5, 23; cf. Rom 1,9; 8,16). En la historia de la espiritualidad aparecen muchísimos nombres para esta misma realidad, desde el corazón del alma de Teresa hasta la cueva del alma del Upanishad, desde el medio silencioso del maestro Eckart hasta los más íntimo del alma de su discípulo Taulero, desde el punto sereno del gran misionero Henry Le Saux (Abhishiktananda) hasta lo más íntimo de mi íntimo de Agustín26. Juan Pablo II habla del espíritu creado frente al Espíritu increado27.

Este lugar maravilloso, esta sede de habitación de Dios dentro de mí y la conciencia de la misma es un aspecto esencial de todas las espiritualidades, especialmente de las misioneras. Una espiritualidad misionera está abierta a las espiritualidades de los demás, entra en comunión con ellas, no tanto en la superficialidad de las diversidades culturales cuanto en la profundidad de las almas, en ese fondo donde está presente el único y mismo Espíritu de Dios.

Sin embargo, esta realidad del corazón del alma ha sido poco considerada. Dado que nuestro mundo es supremamente funcional y cada uno se identifica con su función (yo soy un maestro, yo soy un médico, yo soy un esposo, yo soy un diácono, etcétera), deja en la sombra cuanto es más que función, cuanto es ser en profundidad.

Desarrollar nuestra función es importante. Si no funcionamos bien, nos pueden dejar al margen por considerarnos incapaces. Si yo soy cirujano, pero no sé operar bien, me echan del hospital. Por eso, cada día buscamos de perfeccionarnos en la función que debemos desempeñar. Pero construir nuestro yo, nuestra persona, simplemente sobre ese yo funcional es tan peligroso como, según advierte el Evangelio, construir la casa sobre la pura arena. Vienen los vientos y las tempestades la tumban.

Y es precisamente por eso que el Espíritu Santo nos da un empujón hacia el fondo, hacia ese otro yo profundo, hacia ese corazón del alma, para que lo cultivemos, porque es allí donde el Espíritu mismo gusta poner su morada y donde experimentamos el encuentro bello y alegre con el Dios vivo revelado en Jesucristo28.

El Padre Congar recuerda cuanto le contó uno de sus amigos:

Cuando era estudiante no era bautizado ni tenía educación religiosa. Se hizo amigo de una joven que también era estudiante. Él le pidió ir más lejos en su intimidad. Ella se negó. ¿Por qué? «Es que soy cristiana…» Entonces comprendí que ella estaba habitada…. Sí, estamos habitados. Ya lo dijeron Jesús y San Pablo. Los teólogos lo explican. Los fieles lo viven. Conocemos la confesión de San Agustín en su alabanza del Dios de la gracia: «Tú estabas dentro y yo fuera»29.

Esta dimensión debe ser recuperada profundizando en esta bella realidad de la presencia del Espíritu Santo en nosotros, allí donde de manera estable, segura y ajena a las tempestades más superficiales, descubrimos la belleza y la alegría de ser cristianos, como bien dice Aparecida (DA,14).

8. EMPUJÓN HACIA EL LADO

Cuando era muy joven, antes de entrar al seminario, me gustaba mucho ir a las carreras de caballos. Podía observar que cada caballo llevaba un paraojos. Se trataba de un cartón u otro elemento que se colocaba a lado y lado de los ojos para que el animal no pudiese ver a su lado sino sólo hacia delante, hacia la meta que debía conquistar.

Mientras se trate de un caballo de carreras, se puede justificar el paraojos, pero no si se trata de un ser humano. Sin embargo, más de una persona se ha colocado el paraojos para no ver a su lado sino sólo hacia el frente, hacia su meta y nada más.

Creo que éste fue el problema de Epulón frente al pobre Lázaro. No consta que Epulón haya hecho algún daño a Lázaro. Sencillamente, Epulón miraba hacia delante, hacia ser cada vez más pudiente sin mirar al lado y descubrir a Lázaro. Su egoísmo era un paraojos que le impedía cualquier actitud de solidaridad. Cuando perdió el paraojos ya era muy tarde. Ese mismo paraojos lo tenían los fariseos en relación con los samaritanos y con los excluidos de la sociedad, quienes eran un elevado porcentaje.

América Latina y El Caribe no es el continente más pobre del planeta; lo es África. Pero nuestro continente es el que más usa los paraojos, y por tanto el continente con más inequidad en el planeta. Eso significa que adolecemos de un cáncer que debemos frenar cuanto antes y que se llama exclusión. El bienestar de Suiza y la pobreza de África están presentes en nuestro continente porque, especialmente en el mundo del bienestar, cada uno usa su paraojos.

¿Cómo se puede frenar la exclusión, la inequidad y la insolidaridad? El Espíritu Santo tiene como una de sus tareas especiales quitarnos todo paraojos para que en nosotros se disipe toda ceguera y se despierte la solidaridad con quienes están a nuestro lado. Esta función del Espíritu ya se anotó hablando del empujón hacia adentro, pero sucede que la solidaridad va más allá de las fronteras de la Iglesia, hacia la sociedad toda.

Esta función del Espíritu era presentada por Jesús en forma solemne y dramática cuando en
la sinagoga declaró usando las palabras de Isaías:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, y dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor. Después enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían sus ojos fijos en él. Y comenzó a decirles: —Hoy se ha cumplido ante ustedes esta profecía. Todos lo apoyaban y se admiraban de las palabras que había pronunciado (Lc 4,18-22a).

Pero sucede que, a pesar de la admiración, muchos de los oyentes tenían paraojos y no se daban cuenta ni de las necesidades de quienes estaban a su lado ni mucho menos de la acción de Dios en los otros pueblos. De manera que de la admiración pasaron al rechazo cuando Jesús les pidió una visión más universal, una solidaridad más amplia, una teología más planetaria, que les permitiese descubrir la acción de Dios más allá de las fronteras de Israel, como bien lo expresa el evangelio de Lucas (cf. 4,25-29)30.

El Espíritu Santo, amor que brota del Padre y del Hijo, se traduce en la historia como solidaridad. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que nos ha sido dado. Ese amor, sin embargo, llega a un corazón que puede ser una concha o un canal. Si es una concha, deja ese amor encerrado en sí mismo, lo cual es lamentable porque, como las aguas del mar muerto que no tienen salida, se va diluyendo y dañando. Si es un canal, ese amor pasa hacia los demás convertido en solidaridad31 sin fronteras, sin exclusiones, sin racismos, sin xenofobias, sin colonizaciones, sin prepotencias32.

Pentecostés fue ese momento en que el Espíritu Santo provocó una eclosión de vida fraterna y solidaria entre los cristianos. Todos los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma, y poseían todas las cosas en común (cf. Hch 4,32) Entre ellos no había quien pasase necesidad precisamente por esa solidaridad espiritual, fruto del Espíritu Santo.

Sin solidaridad, el cristiano cojea. Una persona cojea cuando le falla una de las dos piernas o una de las dos es más corta que la otra. Y aquí no vale la ley de la compensación, según la cual si una pierna es más corta, se compensa con la otra que es más larga. Tampoco vale en la vida del espíritu. En la vida espiritual cojeamos cuando nos falla uno de los dos amores, o el amor a Dios o el amor de solidaridad al necesitado. El Espíritu Santo hace que a la vez amemos a Dios y amemos al prójimo, que tengamos el contacto con los dos, en el ritmo y equilibrio dictados por el Evangelio33. El Espíritu Santo, Espíritu de solidaridad, es reconocido en nuestras oraciones cuando lo invocamos diciendo:“Ven, Espíritu Santo; ven, padre de los pobres; ven, luz de las mentes”.

9. EMPUJÓN HACIA ATRÁS

En mi país, como en tantos otros, los buses de servicio público tenían la entrada adelante, en la parte del conductor. La gente subía pero se quedaba en la parte delantera y obstruía el paso hacia la parte trasera del vehículo. Por eso, el conductor decía continuamente: “Muévanse hacia atrás”.

“Muévanse hacia atrás” es todo un empujón que no dan sólo los conductores de esos buses, sino también el Espíritu Santo. Él nos empuja hacia atrás, nos mueve a mirar hacia atrás, a ir hacia nuestro pasado y retomarlo. Hoy parece extraño que se invite a volver al pasado, a pensar en las propias raíces, a entrar en contacto con quienes nos precedieron, a cultivar el sentido de nuestra propia historia.

Sin embargo, ello es fundamental para nuestra identidad apostólica, que quiere decir una identidad que se ha ido forjando desde los apóstoles. Y es fundamental para nuestra fe, que debe estar acompañada no sólo de quienes conviven con nosotros hoy, sino también de quienes desde el pasado nos siguen hablando con su santidad.

¿Por qué debemos mirar hacia atrás? Porque la Iglesia viene de atrás, ella tiene una historia. San Gregorio Magno hablaba de la Iglesia que va desde el justo Abel hasta el último de los elegidos, y San Agustín añade que todos, los de ayer, los de hoy y los de mañana, somos miembros del Cuerpo de Cristo.

El Cardenal Biffi decía34 que cuando un niño o un joven educados cristianamente en su familia son colocados en su institución educativa frente a frases que parecieran absolutamente ciertas sin serlo, lanzadas por algún profesor o autoridad o por un texto escolar, contra la historia de la Iglesia, y este niño o este joven empiezan a sentir vergüenza de la Iglesia, están en grave peligro de perder su fe. Afortunado este niño que a su lado tiene al Espíritu Santo, su compañero inseparable para ayudarle a discernir esa respuesta.

Por este y otros motivos, Jesús habló que enviaría un Paráclito. La palabra “paráclito” significa“alguien que ha sido llamado para estar al lado de otro”. Su significado coincide con el de “abogado”, que significa también “llamado a favor de uno”. En este caso, se llama abogado defensor35.

El Espíritu Santo es el abogado defensor que está con nosotros cuando somos agredidos en nuestra fe, cuando se nos ofrecen falsedades contra Cristo o contra la Iglesia. Y esas falsedades nos las podemos engullir fácilmente cuando, viniendo del pasado, nos son impuestas con aparente autoridad y como absoluta verdad. Por eso, San Juan nos advierte cariñosamente: “Hermanos queridos, no crean a cualquiera que pretenda poseer el Espíritu. Hagan, más bien, un discernimiento para ver si pertenece a Dios, porque han surgido en el mundo muchos falsos profetas” (1 Jn 4, 1).

Ante tantos profetas falsos, no debemos asustarnos. Por eso, el Espíritu Santo nos da el don de fortaleza, de valentía, de parrhesia, para que saquemos la cara por Cristo y por su Iglesia, todo lo contrario de quien se parece a una tortuga miedosa que, ante cualquier ruido o presencia, esconde la cabeza, las patitas y la cola36.

Juan añade que podemos conocer quién tiene el espíritu de verdad y quién tiene el espíritu de engaño. Esta posibilidad nos la da el abogado defensor, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos da su luz para discernir entre lo que es verdadero y lo que es falso. Por eso, Él nos da el don de sabiduría. Sabiduría viene de “sabor”, no de “saber”. Es como un paladar especial que nos permite distinguir entre lo que es alimento sano y lo que es comida venenosa, entre lo verdadero y lo falso. No podemos comer de todo. No somos tiburones. Los niños muy pequeños se comen todo y las mamás deben estar muy atentas.

Una mamá tuvo que llevar al hijo de urgencia donde el médico. “Doctor, se comió un pedazo de cable del televisor, un botón del televisor, un transistor del televisor. ¿Qué hago?”, preguntó la angustiada madre. “Póngale antena, señora, ya que tiene todo lo demás”, dijo el médico.

Cuando hemos hecho el camino de la iniciación cristiana, dejamos de ser niños que se comen todo. Cuando Jesús preguntó: “¿Qué dice la gente que soy yo?” Le dijeron:“Unos dicen que eres Juan Bautista, otros, que eres Elías, otros que eres Jeremías o uno de los profetas”. Seguramente, también los apóstoles aceptaron esa aparente verdad. Pero Pedro, asistido por ese buen abogado llamado el Espíritu Santo, supo decir la verdad: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús reconoció que esas palabras no brotaban de la carne y de la sangre de Pedro sino del Espíritu que lo asistía.

Empujón hacia atrás, para que entendamos nuestra historia, para que sepamos distinguir en ella lo realmente falso y lo que es verdad y para que, con valentía, despertemos en nosotros el sentido de apostolicidad que confesamos en el Credo, cuando clamamos que creemos en una Iglesia apostólica.

Para ser prácticos, los invito a leer los libros espirituales de otras épocas que nos traen la historia de la vida de fe de las personas de ese entonces. ¿Qué tal una lectura de Las Confesiones, de San Agustín, o de La Historia de un alma, de Santa Teresita del Niño Jesús, o de La Filotea, de San Francisco de Sales, para citar unos pocos?

Todas estas experiencias de fe escritas en el pasado son un recurso valiosísimo para nosotros hoy. Estos escritos nos ofrecen ejemplos de santos creyentes que vivieron en las otras épocas y cómo ellos buscaron, conocieron y experimentaron la realidad de Dios37.

La vida espiritual de las personas del pasado nos llega como una oleada de aire puro, como
la apertura de un horizonte nuevo, como un mensaje del Espíritu del Señor que sopla no sólo donde quiere, sino cuando quiere, en todos los tiempos y, desde ellos, nos enriquece también hoy.

10. EMPUJÓN HACIA DELANTE

Recuerdo que cuando pequeño estaba aprendiendo a montar en bicicleta. Mi papá me decía: “Mire hacia delante porque si no, se cae”.

Hay tres personas que en las situaciones más difíciles, miraron hacia delante y no se cayeron. De estas tres personas nos habla Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza. La primera es la africana Josefina Bakhita, canonizada por el Papa Juan Pablo II. Nació en Sudán aproximadamente en 1869. Cuando tenía nueve años fue secuestrada por traficantes de esclavos, golpeada y vendida cinco veces en los mercados de Sudán. Terminó como esclava al servicio de la madre y de la mujer de un general, donde cada día era azotada hasta sangrar; como consecuencia de ello le quedaron 144 cicatrices para el resto de su vida. Finalmente, fue comprada por un mercader italiano y terminó en Italia, donde conoció a otro dueño que también había sido maltratado como ella y que la esperaba a la derecha del Padre: Jesús. Desde ese momento tuvo esperanza; no sólo la pequeña de tener dueños menos crueles, sino la gran esperanza: “Yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera”. Ella entendió lo que decía San Pablo de los que vivían sin esperanza porque estaban sin Dios. Ella se convirtió en apóstol de la esperanza, invitando a mirar hacia delante no solo en el tiempo sino en la vida eterna.

La segunda persona es el cardenal Nguyen Van Thuan, quien estuvo trece años en la cárcel, en una situación de desesperación aparentemente total. El poder hablar con Dios fue una fuerza creciente de esperanza que le permitió después ser para los hombres de todo el mundo un testigo de la esperanza. La esperanza cristiana es siempre esperanza para los demás.

La tercera persona es el mártir vietnamita Pablo Le-Bao-Thin (+1857), quien escribe una carta desde el infierno de su prisión, en la que resalta la transformación del sufrimiento mediante la fuerza de la esperanza. “En medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de Dios, esperanza viva de mi corazón”38.

Estas tres personas, en medio de su terrible sufrimiento, recibieron la esperanza como don del Espíritu Santo para mirar hacia delante, lo cual les dio la posibilidad de no desanimarse, de no perder su fe, de no disminuir su capacidad de oración. Ellos tres, con sus vidas, nos enseñan que el Espíritu Santo sabe empujarnos hacia delante con el don de la esperanza para sacarnos del túnel de la desesperación, del sufrimiento o de la situación de víctima.

El deseo que Pablo manifestaba a los romanos se realizó plenamente en ellos: “Que Dios, de
quien procede la esperanza, llene de alegría y de paz su fe; y que el Espíritu Santo, con su poder, los colme esperanza” (Rom 15, 13).

Ellos fueron con sus vidas, como los profetas, predicadores de la esperanza. Pero no hablaron desde su propia visión o capricho, sino desde el Espíritu Santo. Como dice el Credo Niceno, “el Espíritu Santo habló por los profetas”39.

11. EMPUJÓN HACIA ABAJO

Cuando era obispo de la amazonia, alimentaba una especial sensibilidad por esos animalitos como las tortugas, los venados, los chigüiros, los armadillos, llamados “en peligro de extinción”.

Durante la revolución francesa, cuando la guillotina funcionaba sin descanso, un hombre se encontró con otro y le preguntó: “¿Qué hace, hombre?” El otro respondió: “¡Vivir!, ¿te parece poco?”

No era fácil estar vivo en esa época de terror. Para muchos, esa época sigue todavía. Si un caimán se encuentra con un armadillo y le pregunta: “¿Qué hace, señor armadillo?” El animalito daría hoy la misma respuesta de esos tiempos de revolución: “¡Vivir!, ¿te parece poco?” Ésa es la situación lamentable de tantos animales en peligro de extinción por la sed de matar y de negociar de los seres humanos.

Cuando entramos en contacto con el “Cántico de las criaturas” de Francisco de Asís, nos podemos dar cuenta de que él miraba hacia abajo, hacia cuanto había bajo sus pies, la creación; pero su mirada era espiritual, era enriquecida por la luz del Espíritu Santo.

Loado seas por toda criatura, mi Señor.
Por la hermana agua, preciosa en su candor,
que es útil, casta, humilde, loado, mi Señor.
Y por la hermana tierra, que es toda bendición;
la hermana madre tierra, que da en toda ocasión
las hierbas y los frutos y flores de color,
y nos sustenta y rige. Loado, mi Señor.

Esa comunión entre el alma de Francisco y la tierra que lo sostiene es tarea toda ella del Espíritu Santo. Pero sucede que hoy se ha desarrollado una ética agresiva frente a la naturaleza derivada de una voluntad de dominio ilimitada, que mueve al hombre a apropiarse de la naturaleza, rompiendo todos los equilibrios, generando una inmensa destrucción de los seres vivos de la creación y alejándose totalmente del influjo del Espíritu Santo.

Necesitamos una vez más y con urgencia de ese empujón hacia abajo, dado por el Espíritu Santo, para poder darnos cuenta de que del mismo modo que la dignidad humana es la fuente de todos los derechos humanos, así también la dignidad de la creación lo es de todos los derechos de los animales, de las plantas y de la tierra entera.

Esta dimensión universal de la dignidad de la creación, ha llevado a los teólogos a incluirla dentro del tratado de la misionología.

12. EMPUJÓN HACIA ARRIBA

El último empujón debería ser en realidad el primero, pero sucede que es un empujón que está presente en todos los demás. Es, como se dice, un empujón transversal. Me refiero al empujón hacia arriba, esto es, hacia la santidad.

Santa Teresa de Jesús decía: “Cuando en mi vida espiritual me dejaba arrastrar hacia abajo, todos querían ayudarme, pero cuando quería subir por el camino de la perfección, me dejaban totalmente sola”. Pues bien, un verdadero compañero nos empuja hacia las alturas de la santidad, nunca hacia el abismo de la perdición, y así es el Espíritu Santo.

Tal vez este empujón del Espíritu, experimentado como anhelo de santidad, lo sentía aquel muchacho que rezaba: “Señor, hazme santo y si no, al menos beato”. No se trata de un empujón desde un lugar ajeno a nosotros mismos, sino desde dentro de nosotros mismos. Es el empujón con que el Espíritu lanza por la ventana del alma al hombre viejo para darle espacio y forma al hombre nuevo (cf. Col 3, 10).

Se atribuye al venerable Olier el siguiente hecho: en la casa sacerdotal en que vivía y era formador, todos eran muy jóvenes. Sólo el jardinero era anciano y además muy curioso. De hecho un día quiso escuchar cuanto el Padre Olier decía a los jóvenes sacerdotes reunidos en un salón. Puso el oído contra la puerta y escuchó al Venerable que les decía: “Es necesario matar al hombre viejo”. El anciano, que sabía que era el único viejo de la casa, angustiado salió corriendo para no volver por ahí.

El hombre viejo está en todos nosotros; más somos jóvenes, más lo tenemos. Pero el Espíritu Santo, como un artista formidable, va logrando que en nosotros tome forma el hombre nuevo, creado a imagen de Cristo. Al fin de cuentas hemos sido predestinados a reproducir en nosotros la imagen del Señor por la acción del Espíritu Santo (cf. 2 Cor 3, 16).

Este trabajo interior, que es un empuje hacia la santidad, nos lleva a considerar una imagen de nosotros mismos poco notada: somos criaturas del Espíritu. Solemos decir que somos “templo del Espíritu”, y es verdad. Pero el templo da la idea de algo acabado, donde sólo falta que venga a habitar ese huésped que es el Espíritu Santo. En cambio, ser criatura del Espíritu significa ser alguien a quien el Espíritu va dando vida, va dando forma, va puliendo, va haciendo crecer desde dentro.

Nuestro ser va adquiriendo una forma especial que nos es dada por el Espíritu Santo, y esa plenitud de forma es cuanto constituye la belleza del ser humano y del cristiano trabajado, pulido por el Espíritu Santo40.

En el lenguaje antiguo no se hablaba de “hermoso” sino de “formoso”. “Formoso” viene de “forma” y de “oso”. “Oso” quiere decir “lleno de”. Por ejemplo, “dichoso” quiere decir “lleno de dicha”; “precioso” quiere decir “lleno de valor”; “mocoso” quiere decir lo que se están imaginando.

Estar lleno de forma es para un cristiano tener la forma de Cristo. “En este sentido todo lo bello, lo grande y lo vivo que está en Cristo resucitado pasa a nosotros”41. El Espíritu Santo toma los rasgos típicos de Cristo y los pasa a nosotros transformándolos en impulso para obrar el bien, en propuesta viva, incisiva, en sintonía con nuestro ser, pero que lo eleva, lo perfecciona, lo hace más confiado en Cristo, más decidido a seguirlo. De esta manera, nuestro yo profundo va tomando forma, la forma de Cristo. Dios nos ha predestinado “a reproducir la imagen de su Hijo” (Rom 8,29). El Espíritu hace realidad en nosotros lo que es realidad en Cristo42.

Orígenes tenía un papá llamado Leónidas. Cuando Leónidas llegaba a la casa por la noche, el hijo ya estaba dormido. Se acercaba, le destapaba el pecho y le daba un beso explicando que en ese pecho habitaba el Espíritu Santo. Pero no un Espíritu Santo perezoso o un Espíritu Santo en vacaciones. Ese pecho era como el taller de un artista, y tal es el Espíritu, que trabajaba incansablemente para dar a Orígenes la forma de Cristo. Y Orígenes, que llegará a ser gran catequista y gran teólogo, podrá decir: “El Espíritu actuando la santificación del hombre no hace otra cosa que lograr que alguien se parezca a Cristo, que esté hecho conforme a la imagen del Hijo y siempre más unido y cercano al Padre”43.

Desde dentro, Él, como artista maravilloso, nos va trabajando para que en nosotros tome forma la figura de Cristo, la imagen de Jesús.

Se cuenta de una estatua cuyo escultor dejó a medio hacer. Se veía horrible. Un día, la estatua habló, no era para menos, y le dijo al escultor: “Termíname, para que no se rían ni de mí ni de ti”.

¡Qué bonita invocación, que podemos dirigir nosotros cada día al Espíritu Santo!

Una profesora quiso hablar de Jesús a sus alumnos. No dijo el nombre. Solamente empezó diciendo que iba a hablar de un hombre muy bueno, muy unido a Dios, defensor de los pobres, que daba siempre aliento a los enfermos, servidor de todos. Un niño levantó la mano para hablar. La maestra le dio la oportunidad de que adivinara. Él respondió: “Es don Armando, y vive en mi barrio”.

¡Qué lindo que una persona refleje la imagen de Cristo en su vida y sea confundida con Jesús! Hay en la liturgia una palabra muy bella: “epíclesis”. Se trata de la invocación que se dirige al Espíritu Santo para que Él haga ese trabajo de dar forma nueva al pan en la eucaristía y al ser humano en la vida cristiana.

La epíclesis es en primer lugar el acto trascendental del Padre que envía el Espíritu para que transforme los dones del pan y del vino en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús:

Santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que sean para nosotros Cuerpo y Sangre de Jesucristo, nuestro Señor (P.E.II).

Pero al mismo tiempo, se espera que el Espíritu transforme a toda la comunidad en el cuerpo de Cristo. Como bien exclamaba San Agustín: “¡Te trasformas en eso que comes!” Esa santificación, no sólo de la comida sino de los comensales, es de suma importancia porque, como bien decía Juan Pablo II, el verdadero misionero es el santo.

No tengamos miedo de dejarnos empujar hacia arriba para que, con la fuerza y valentía que
nos da el Espíritu y con la ayuda de María santificada por Él, seamos auténticos misioneros de la bondad de Dios manifestada en Cristo, a quien gozosos anunciamos y a quien inquietos buscamos hasta cuando no haya necesidad ni de metáforas ni de cuentos, ni de chistes, para comprenderlo, amarlo y alabarlo, por los siglos de los siglos. Amén.

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