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TEMA 3. EL ENVÍO DE LOS DISCÍPULOS en PDF


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TEMA 3. EL ENVÍO DE LOS DISCÍPULOS 3

Pbro. Toribio Tapia Bahena

EL ENVÍO DE LOS DISCÍPULOS

“Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bautíncelos para consagrarlos al Padre,
al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado”
(Mt 28, 19-20)

1. La misión de los discípulos

1. Enviados como Jesús

Jesucristo, el Enviado por excelencia, envía a sus discípulos. Así lo expresa el evangelio de Juan: “Como el Padre me envió, también yo los envío” (20, 21). El envío de los discípulos incluye la semejanza con el Hijo que ha sido enviado por el Padre. No se trata de una comparación sino de una continuidad inseparable. Es decir, el Hijo extiende a los discípulos su propia misión, la que recibió del Padre1. Esta continuidad significa en el evangelio de Juan que los discípulos deben realizar la misión del Hijo que el cuarto evangelio parece resumir así: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (10,10).

Los discípulos son responsables de evidenciar en la vivencia de la unidad que Jesús es el enviado y, al mismo tiempo, que ellos lo son también.

Por su parte, el evangelio de Marcos señala que Jesús llamó a sus discípulos para que estando con él asumieran lo que hacía y enseñaba y, de este modo, fueran a compartirlo con otras personas (3,14)2. De hecho los envía para que realicen lo que Él había comenzado a hacer: predicar (Mc 1, 14-15.22) y disminuir la presencia del mal (1, 23-28.34).

El llamado al seguimiento es al mismo tiempo una responsabilidad para la misión (véase Mc 1,17; también Lc 5,1-11). No es posible, como hemos afirmado anteriormente, ser discípulo sin sentirse misioneros3.

El envío aparece en dos fases claramente diferenciadas: el envío anterior a la pascua (Mt 10,1-42; Mc 6,6b-13; Lc 9,1-6; 10,1-164) y el que tuvo lugar después de la resurrección (Mt 28,16-20; Mc 16,15-20; Hech 1,85; Jn 20,22-23; 21,15-17). Ambos tipos de relatos reflejan, por igual, el tiempo de Jesús así como el de las primeras comunidades cristianas.

En estos envíos (el prepascual y pospascual) Jesús encomendó a sus discípulos la tarea de difundir con signos y palabras el mensaje que él anunciaba6.

2. El trabajo por el Reino, una tarea urgente y transformadora

Jesús utilizó términos como pescadores y jornaleros, tomados de la vida cotidiana, para designar la misión de sus discípulos. Llama la atención que no haya usado designaciones procedentes de oficios religiosos o civiles de la época. Más aún, los términos usados, tenían incluso connotaciones negativas en la cultura del tiempo de Jesús. Los jornaleros, por ejemplo, pertenecían al estrato más bajo de los campesinos; no tenían tierras y tenían que ofrecer su trabajo temporalmente a los propietarios de los latifundios (Mt 20,1-16) Es muy significativo que estos términos (pescadores y jornaleros) dejaran de usarse en las comunidades cristianas de la primera y segunda generación y que el término pastor pasara a designar un oficio estable más que un ministerio itinerante (Hech 20,28; 1Pe 5,1-4).

Este ministerio itinerante estaba al servicio de la Buena Nueva del Reino de Dios; los discípulos pasan de ser pescadores de peces a pescar personas7. Pescar, en griego zogreo, significa al pie de la letra “atrapar”, “capturar vivo”8. Como explicaremos más adelante, la tarea de todo discípulo sería congregar a las personas, atraerlas para hacerles el bien.

La seriedad y alcance de la misión de los discípulos se percibe también en las imágenes que
utilizó Jesús para señalar su tarea. Sobresale la imagen de la siega (Mt 9,37s; también Lc 10,2) que con frecuencia evoca la intervención definitiva de Dios en la historia de los hombres (Mt 13, 24-70; Ap 14,15). Ahora bien, aunque con mucha seguridad en los primeros momentos se percibió una intervención inmediata de Dios poco a poco los textos conocidos como escatológicos (por ejemplo Mt 24-25) fueron teniendo más bien una connotación positiva al enfatizar la importancia del presente. Recordemos que en la cultura mediterránea cuando algo se desplaza al final es, entre otras cosas, para enfatizar su seriedad e importancia para la vida presente. La imagen de la cosecha remarca pues, entre otras cosas, la urgencia de la tarea al mismo tiempo que su importancia.

La urgencia de la tarea queda manifiesta en la intensidad de la misión de Jesús. Esta es expresada con bastante claridad en el evangelio de Lucas (12, 49-53) cuando presenta al Señor diciendo: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla! ¿Creen que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, se los aseguro, sino división” (vv. 49-51).

En el Antiguo Testamento así como en la literatura intertestamentaria (es decir, la literatura que se produjo entre el año 150 a. C. y 150 d. C.) y en algunos libros del Nuevo Testamento el fuego posee una fuerza destructora; no así en Lucas 12, 49 que habla de él en sentido positivo. Para el tercer evangelista el fuego que trae Jesús no es un fuego destructor o de juicio como el que aparece en la proclamación de Juan Bautista (3,17); es más bien un fuego que alimenta la Buena Nueva del Reino (véase 3,16)9. Por esto quizás junto con el fuego aparece la paz (en gr. eirene)10. Esta paz no es sinónimo de tranquilidad o de simulación de unidad11. Por esto, se contrapone la paz a la división. El término división (en gr. diamerismós) ha sido preferido por Lucas en lugar de la espada que ha conservado el evangelio de Mateo (10,34)12. Así como la paz no se refiere a un simulacro de tranquilidad, la división no hace referencia a la violencia. Jesús no vino a traer una falsa tranquilidad, se hizo presente para suscitar un nuevo tipo de convicciones; y esto es urgente. El evangelio de ninguna manera está incitando al levantamiento de unos miembros de la familia contra otros. Más bien quiere dejar claro que, una vez que ha comenzado la etapa de la luz y del enardecimiento (cf. el fuego que ha comenzado a arder), no es posible vivir neutralmente. La verdadera paz, la presencia transformadora del Señor Jesús, sólo es posible en la medida en que nadie se mantiene neutral; sólo la radicalidad de las opciones hace posible que la vida mejore13.

Desde esta perspectiva la tarea de los discípulos como la de Jesús no sólo era urgente sino además transformadora: la proclamación de la Buena Noticia era en sí misma una invitación a introducirse en un proceso de recapacitación personal y comunitaria para ir haciendo presente entre las personas la vida de Dios.

La misión entusiasmaba a los discípulos14; sin embargo, sabían que no era tarea fácil. Aunque debían reconocer que no era su obra sino la del Señor tenían que sentirse responsables.

2. Ejercicios de Lectio Divina sobre el envío de los discípulos

A continuación presentamos unos ejercicios de encuentro con la Palabra. Hemos querido abarcar los textos más significativos de los evangelios sobre el envío de los discípulos por parte de Jesús. Abordaremos “Las consecuencias y exigencias del envío” (Mt 10,1-42), “Enviados para hacer discípulos a todas las gentes” (Mt 28,16-20), “Llamados y enviados” (Mc 6,7-13), “Vayan por todo el mundo” (Mc 16,14-20), “Exigencias elementales para el auténtico misionero” (Lc 10,1-16) y“Enviados para la reconciliación” (Juan 20,19-31).

1. Consecuencias y exigencias del envío (Mt 10, 1,42)15

La mayoría de los primeros cristianos se dieron cuenta que colaborar en la misión de Jesús además de exigencias tenía consecuencias; la tarea no sólo era exigente, también resultaba arriesgada.

El evangelio de Mateo reúne en un solo capítulo el llamado (vv. 1-4), la misión (5-15), las persecuciones (16-25), la confianza en las situaciones adversas (26-33), las exigencias y la recompensa para los enviados (34-42).

a) Lectura

  • De los vv. 1-4 pregúntate16: ¿A quiénes llamó Jesús? ¿Para qué les dio poder? (son dos finalidades).
  • Lee los vv. 5-15: ¿A dónde no deben ir?17 ¿A quiénes si deben ir? ¿Qué deben proclamar? Enumera lo que deben realizar los enviados (v. 8) ¿Con qué característica deben hacerlo?¿Por qué?
  • ¿Qué no deben llevar? ¿Por qué?
  • ¿Qué deben hacer los enviados al llegar a alguna ciudad o pueblo? ¿Qué deben hacer al entrar a la casa? ¿Qué deben hacer en caso de no ser bien recibidos? ¿Qué ciudades serán tratadas con menos rigor en el día del Juicio con relación a las que rechacen el mensaje de los enviados?
  • Al leer los vv. 16-25 pregúntate especialmente lo siguiente:
  • ¿Cómo son enviados los discípulos? ¿Qué les pide Jesús a sus discípulos al enviarlos como ovejas en medio de lobos? ¿Por qué les pide que se cuiden (que no se fíen) de la gente?¿Ante quiénes serán conducidos los enviados por causa de Jesús? ¿Para qué? ¿De qué no deben preocuparse los enviados? ¿Por qué? ¿Quién hablará por ellos?
  • ¿Por qué serán odiados los discípulos? ¿Quién se salvará?
  • ¿Qué deben hacer los discípulos en caso de que los persigan en una ciudad? De acuerdo al v. 24 ¿está el discípulo por encima del maestro? ¿Está el siervo por encima de su amo?¿Qué es suficiente?
  • De los vv. 26-33 pregúntate: ¿Por qué no deben tener miedo los discípulos? ¿Qué deben hacer los enviados con lo que Jesús les ha dicho en la oscuridad y con lo que se les ha dicho al oído? ¿A quiénes no deben tenerle miedo los discípulos? ¿A quiénes deben temer?
  • ¿De quiénes cuida el Señor? ¿Por qué no deben temer los discípulos? (v. 31) ¿Qué relación encuentras entre la imagen de los cabellos contados con la indicación que Jesús da a los discípulos de que no tengan miedo?
  • Observa detenidamente los vv. 32-33: El centro es declararse a favor de Jesús o negarlo ¿Qué captas en estas frases?
  • De los vv. 34-36 pregúntate: ¿Qué no deben pensar los discípulos que Jesús ha traído a la tierra? ¿Qué ha venido a traer Jesús en contraposición a la paz (léase tranquilidad)?
  • De acuerdo a los vv. 37-39 ¿quién no es digno de Jesús? Son tres énfasis. ¿Quién perderá su vida? ¿Quién la salvará?
  • Por último, de los vv. 40-42 ¿A quién recibe el que acoge a los discípulos enviados? ¿Y el que recibe a Jesús? ¿Qué tipo de recompensa recibirá quien reciba a alguien por ser profeta? ¿Y el que reciba a un justo? Por último ¿Quién no perderá su recompensa? (v. 42).

Para comprender mejor el capítulo 10 del evangelio de Mateo debemos tomar en cuenta, en
primer lugar, que éste ha sido ubicado entre dos elementos bastante significativos. Por una parte, el señalamiento de lo que hacía Jesús así como su compasión y la constatación de la abundancia de la cosecha y la carestía de trabajadores (9,35-38). Por otra, el señalamiento de que, una vez que instruyó a sus doce discípulos, Jesús “se fue a enseñar y a proclamar el mensaje en los pueblos de la región” (11,1). De esta manera los discípulos son al mismo tiempo colaboradores y continuadores; la realidad es exigente y apremiante: la gente está como ovejas sin pastor (9,35)18; además la cosecha es abundante y los trabajadores escasean (v. 37). Sin embargo, los discípulos no son los dueños de la cosecha; el dueño es Dios (v. 38); ellos son sólo trabajadores. Es cierto que son colaboradores pero sobre todo son continuadores; en estos dos matices podría haber un sentido de responsabilidad y fidelidad (véase 11,1).

En segundo lugar, podríamos poner atención en la coherencia interna de todo el capítulo 10: llamado-envío-consecuencias-promesa-exigencias-recompensa. Da la impresión de que el evangelista quiso proporcionar a sus comunidades una catequesis sobre los diversos elementos que incluye la misión de los discípulos. Veamos algunos de los elementos más importantes19.

Una misión para un gentío cansado y abatido. Los versículos finales del capítulo 9 (35-38) dejan claro los destinatarios —al menos inmediatos— de la misión de los discípulos. Mateo ha ubicado el llamado y envío de los apóstoles con relación a una muchedumbre “cansada y abatida”; es ante este gentío que se constata la falta de pastores20. Es una muchedumbre que está “cansada”; la palabra que se utiliza aquí viene del verbo (en griego skullo) “despellejar”, “hostigar”, “perseguir sin descanso”. No es pues un cansancio cualquiera; es como un desgano provocado. Además, son una muchedumbre“abatida”; el término que se traduce por “abatido” (del verbo griego rupto) tiene el matiz de “arrojar”, “tirar al suelo”. De este modo, podemos constatar que la muchedumbre de la que se compadece Jesús está desganada, maltratada, ninguneada...

La misión del Maestro, tarea del discípulo. De acuerdo al resumen que se nos presenta en 9,35 Jesús proclamaba la Buena Nueva del Reino curando todas las enfermedades y dolencias; eso tendrán que hacer también los discípulos: curar toda enfermedad y dolencia (10,1) y proclamar la llegada del Reino de Dios (v, 7). La misión del Maestro es la de los discípulos; queda claro en la lista de tareas que les da: curar a los enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos, expulsar demonios (v. 8). Para esto reciben poder; sólo para eso (10,1).

Está prohibido enriquecerse en y con la misión. Las obras de los discípulos enviados (curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos, expulsar demonios) deben darse sin lucrar: “gratis lo recibieron; denlo gratis”. En el momento en que se empieza a lucrar con la misión el sentido principal no está en la comunidad y en la fidelidad al Señor sino en el egoísmo y carrera desmesurada por acrecentar el beneficio personal21. En otras palabras, la misión no es un negocio. Además, los enviados prácticamente deben ir sin nada (oro, plata, cobre en sus fajas, alforja para el camino, una sola túnica; tampoco deben llevar sandalias ni bastón); con la presentación del enviado como alguien totalmente desprovisto hasta de lo más indispensable se quiere señalar el convencimiento de que el misionero debe correr la suerte de la comunidad; el buen enviado debe ir hombro con hombro. Por esto, el evangelio afirma que “el obrero merece su sustento”; es decir, el misionero merece su alimento22.

Los Doce: llamados y enviados para crear el nuevo pueblo. El hecho de que Jesús llame y envíe a Doce puede tener una fuerte carga simbólica sobre la necesidad de reintegrar, restablecer y de construir un nuevo pueblo que vivencie los valores del Reino23. Desde esta perspectiva se entiende que les dé poder para expulsar a los espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y dolencia (10,1; también v. 8); indispensable en esta tarea también es el modo y las intenciones con las que se realice esta tarea, a saber, la gratuidad y la solidaridad con la comunidad (vv. 8. 10). En esta perspectiva se ubica también el señalamiento de que una tarea importantísima de los discípulos será precisamente ser portadores de paz, de unidad, de reintegración24. En coherencia con este encargo el evangelio afirma que los discípulos de ninguna manera deben imaginarse que Jesús ha venido a traer la tranquilidad; el discípulo misionero que quiera realmente ser fiel a su tarea necesariamente tiene que asumir ciertos conflictos25.

Los enviados ante el rechazo y la violencia. La indicación de que los enviados van como ovejas en medio de lobos (v. 16) deja entrever el ambiente de persecución en el que están inmersos los discípulos. En la trama narrativa del evangelio esto no es una novedad; Jesús les había indicado en el contexto del Sermón del Monte (5,1-7,29): “guárdense de los falsos profetas, que vienen a ustedes con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (7,15). Ante esta situación los enviados tienen una exigencia, una promesa y una esperanza. Tienen la exigencia de ser “prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas” (10,16). La paloma era para los griegos y, en general, para las personas de la cultura mediterránea, inocencia, desamparo y pureza; la serpiente, por su parte, es considerada astuta y sagaz. En Mateo el término prudente significa pensar, comprender y ser competente26. La sencillez de las palomas podría estarse refiriendo a la buena intención, a la claridad para hacer el bien27. De esta manera, ante el rechazo y la persecución los enviados deben ser bien intencionados pero no ingenuos.

Los discípulos enviados tienen una promesa: la presencia del Espíritu Santo que hablará por los discípulos. Dios, a través de su Espíritu, se convierte en defensor del enviado inocente28. Además, poseen una esperanza: “el que persevere hasta el fin, ése se salvará” (10,22). Mateo utiliza en dos ocasiones la misma frase: en 10, 22 y 24,13, la primera en el contexto de persecución, la segunda en el de fidelidad. No se trata pues de aguantar o soportar sino de mantenerse fieles y coherentes29. Quien se mantenga fiel y coherente alcanzará la vida eterna, es decir, la vida que no se acaba.

Los enviados no deben tener miedo. El miedo que tienen los discípulos (10,17-19) es real: iban a ser entregados (o los estaban entregando) a los tribunales, los azotarían; también iban a comparecer acusados ante los gobernadores y reyes, sufrirían traición hasta de los más cercanos de la familia, serían perseguidos. Sin embargo, el Evangelio les da dos razones para que no tengan miedo: la verdad, tarde o temprano, se conoce (v. 26) y el Padre no los abandonará (v. 31); tampoco Jesús los dejará solos, promete que los va a respaldar (v. 32)30.

Amar a Dios y a las personas con la misma intensidad. El enviado debe tener claridad en la intensidad de su amor. Nadie, sin excepción, debe interferir en el amor hacia Dios. Pero no debemos confundirnos; el evangelio dice “el que ama a su padre o a su madre más (literalmente sobre) que a mí…” (v. 37; también se menciona el hijo y la hija). Si tomamos en cuenta que en Mateo 22, 39 el mandamiento mayor de la Ley es desglosado en dos y que además sólo aquí se enfatiza que “el segundo es semejante a éste”, es decir, al primero, estaríamos con mucha probabilidad ante una equiparación del amor a Dios y al prójimo. No se trata de confusión o identificación burda sino del convencimiento de que la intensidad y la totalidad del amor a Dios debe corresponder con la actitud con la que se ama al prójimo31. Esto tiene coherencia con el convencimiento que se expresa en Mt 25,31-46: “cuanto hiciste a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hiciste”
(vv. 40.45). Desde esta perspectiva el enviado para ser coherente con su tarea no debe amar a nadie sobre Dios; pero tampoco debe ponerlo sobre las personas pues, con mucha facilidad, cierto tipo de“dios” puede convertirse en el peor pretexto para evadir el compromiso con el ser humano. Desde esta perspectiva tomar la cruz estaría refiriéndose a la entrega de la vida al estilo del Maestro e ir detrás de Jesús a no tener otra referencia más que al Señor (10,38).

Una promesa de salvación. La identidad entre el destino de Jesús y el de los discípulos enviados que había sido subrayada desde el v. 24 es ahora una seguridad en sentido positivo. Recordemos que, según el derecho judío, un mensajero representa plenamente a quien lo manda; en los evangelios esto no representa un privilegio sino una responsabilidad (véase por ejemplo los vv. 24-25). Por otro lado, la itinerancia de los discípulos para cumplir con el mandando misionero del Señor, necesitaba de la solidaridad de la comunidad; la tarea y los logros conseguidos no eran sólo de los misioneros sino también de las comunidades que los acogían. Estas promesas de recompensa debieron haber resultado muy esperanzadoras para quienes, de alguna u otra forma, colaboraban en la difusión de la Buena Nueva del Evangelio tanto en tiempos de Jesús como en de las primeras comunidades cristianas.

La Buen Noticia es para todos pero es indispensable una comunidad reconstruida que se convierta en signo evidente del Evangelio. La indicación “no tomen camino de gentiles ni entren en ciudad de samaritanos; diríjanse más bien a las ovejas perdidas de las casa de Israel” (10,5b-6) no debemos considerarlo una prohibición sino más bien una precisión. Así puede concluirse al notar que Mateo ha tratado de matizar un posible mal entendido dejando claro que el Señor Jesucristo dijo a los discípulos: “vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes…” (28,19)32. Podríamos decir entonces que la precisión de que primero vayan a las ovejas perdidas de la casa de Israel estaría en coherencia con la carga simbólica de la elección de los Doce; un paso previo e indispensable en la misión era la reconstitución de una comunidad suficientemente coherente para poder hacer discípulos a todas las gentes. Esta idea estaría en consonancia con las indicaciones del sermón del Monte (5,1-7,29, especialmente 5,20-489 así como el alcance de las acciones de Jesús narradas en los capítulos 8 y 9 que culminan con la compasión de Jesús ante la muchedumbre (9,35-38).

b) Meditación

La misión de todo discípulo está en relación estrecha con la vida de la gente. Tiene sentido el discipulado y la misión, no principalmente en la autorrealización personal, sino en la compasión ante la muchedumbre dolida, desganada, ninguneada. Es la vida de la gente más necesitada la que indica qué tipo de vocaciones (laicales, religiosas, sacerdotales...) se están necesitando.

Nuestra misión no es como a cada quien se le antoje o en lo que se le ocurra. El replanteamiento de la misión de cada uno de nosotros debe tener, además del criterio anterior, la fidelidad a lo que dijo e hizo Jesús. El discípulo no puede ejercer su misión al margen de lo que hizo el Maestro. Más aún, debemos identificarnos con las intenciones del Señor: nunca debemos considerar la misión como una empresa o negocio personal; para esto es indispensable comportarnos, más que como bienhechores, como hermanos agraciados y solidarios con la suerte de la comunidad.

Nuestra tarea como discípulos misioneros es realizar un esfuerzo permanente por ir construyendo una comunidad que viva los valores del Reino. No es posible —o al menos es demasiado incoherente— que pretendamos hacer discípulos de Jesús a otras personas y no vivamos como comunidad de seguidores de Jesús. Es decir, si queremos ser una comunidad misionera debemos ser simultáneamente una comunidad alternativa, testimonial.

No es una tarea fácil; existe la seguridad de la violencia y el rechazo. Tenemos la tarea de no ser ingenuos y de ser bien intencionados. De confiar en la presencia del Espíritu de Dios para ser auténticos profetas; debemos estar seguros de que, si somos fieles y coherentes, nuestra vida tendrá sentido. De que superaremos los miedos, esos que evitan comprometerse y caminar como discípulos, porque Dios no abandona a quien se esfuerza por ser coherente y la verdad tarde o temprano sale a relucir.

Pero no nos despistemos, nuestra tarea no es fácil. No es difícil decir que se ama a Dios y olvidarse de las personas; tampoco es complicado afirmar que se ama a las personas y olvidarse de Dios. Nuestra tarea es mucho más seria: amar a Dios y las personas con la misma intensidad.

No estamos solos en la misión. Es cierto que la itinerancia que vivían los primeros misioneros cristianos ha variado en mucho; sin embargo, sigue siendo condición indispensable para ser un buen enviado sentirse dependiente de la comunidad más que bienhechor, hermano más que Maestro… La proclamación de la Buena Nueva del Reino no se puede hacer sin solidaridad con y de la comunidad. Es posible que uno de los elementos más contradictorios en la misión de los cristianos sea, en muchas ocasiones, que no alcanzamos a ser cercanos, a ser solidarios realmente. A veces no solamente hablamos otro lenguaje y tenemos preocupaciones diferentes a las de nuestra gente sino que nos ven acomodaticios en lugar de ser solidarios y cercanos.

c) Oración

Pidámosle perdón a Dios por las ocasiones en que nuestro trabajo misionero ha sido indiferente a la vida de la gente más desprotegida de nuestras comunidades. Que nos perdone las ocasiones en que hemos querido realizar la misión a nuestro antojo; de las ocasiones en que hemos visto la tarea evangelizadora como un negocio y no como una misión en la que el principal interés debería consistir en ser fieles a las palabras y práctica del Maestro.

Roguémosle que nos ayude a no pretender ser misioneros sin estar profundamente preocupados y atareados en construir una auténtica comunidad de hermanos entre nosotros. Démosle gracias porque no estamos solos en nuestro esfuerzo diario por ser mejores discípulos misioneros; contamos con su presencia y con el acompañamiento de cada una de nuestras comunidades eclesiales (familia, parroquia, diócesis…).

d) Contemplación – acción

Si quisieras hacer un perfil o retrato de un buen discípulo de Jesús teniendo en cuenta las principales alegrías, sufrimientos y esperanza las personas de nuestras comunidades ¿qué no debería faltarnos a los agentes de pastoral (laicos, obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos)?

¿Coinciden nuestros principios pastorales y nuestro trabajo con las actitudes de Jesús?
¿Qué podríamos hacer para ser más solidarios con nuestras comunidades?
¿En qué urge ponerle más empeño para ser mejores instrumentos de paz?
¿Hemos hecho de la misión una especie de negocio personal y familiar olvidando que esa actitud contradice al Evangelio?

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