III ASAMBLEA DIOCESANA -VER POSTER-

HACIA LA GRAN MISIÓN DEL AÑO 2000 EN LA ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

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MENSAJE DEL ARZOBISPO
EN CELEBRACIÓN DE CLAUSURA


México, D. F., 15 de Octubre de 1997

VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DEL MENSAJE
DEL SEÑOR ARZOBISPO NORBERTO RIVERA CARRERA,
DURANTE LA CELEBRACION DE CLAUSURA DE
LOS TRABAJOS DE LA III ASAMBLEA DIOCESANA,
CELEBRADA EN EL AUDITORIO "MIGUEL DARlO MIRANDA"
DE LA CURIA DEL ARZOBISPADO, EN ESTA CIUDAD

Queridos Hermanos y Hermanas
en el Sacerdocio Bautismal,
en el Sacerdocio Presbiteral,
en el Diaconado,
en la Vida Consagrada,
en el Ministerio Episcopal:

Amenazado, como estoy, de que si salimos tarde es porque la homilía se prolongó, predicaré como predico ordinariamente: breve.

Estos días he gozado mucho de la riqueza, de la variedad, de lo distinto que somos en la Iglesia; gozando también con ese esfuerzo por caminar hacia la unidad.

Somos la Iglesia de la Trinidad, personas distintas: unidad perfecta.

No podemos caer en la tentación de suplantar la unidad por la uniformidad. No podemos darnos el lujo de caminar cada quien a su antojo, cuando sabemos que fuimos consagrados para formar un sólo cuerpo.

Esa vocación a la unidad, como acabamos de escuchar, es un esfuerzo que no termina; es un esfuerzo que siempre debe permanecer, un esfuerzo que siempre da frutos de vida eterna.

Dentro de esta riqueza, dentro de esta variedad de dones, dentro de esta diversidad de carismas que conforman nuestra Iglesia, vemos también un gran reto en nuestra gran Ciudad, un gran reto de salir de nuestras propias fronteras.

Todavía he notado en la Asamblea que ponemos quizá el acento en nuestras cosas, en nuestras realidades, al interior de la Iglesia y pocas veces nos animamos a ver la realidad que nos espera en donde el Evangelio debe anunciarse.

Qué bueno que veamos al interior de nuestra Iglesia y sintamos la necesidad de la conversión, que sintamos la necesidad de la unidad para que el mundo crea; pero que vayamos viendo esa realidad que debe ser transformada por el anuncio del Evangelio.

Para esto necesitamos mayor corresponsabilidad en nuestra Iglesia, tenernos mayor confianza, saber que la tarea de la salvación no le ha sido entregado a un sector de la Iglesia, sino a la Iglesia entera. Y todos debemos sentir esa corresponsabilidad por llevar el Evangelio a los demás.

Nuestra Iglesia ha sido creada para la misión, nuestra Iglesia ha sido ideada por Dios: a semejanza de Cristo, que fue enviado por el Padre, enviado a este mundo para que el mundo se salve.

No podemos salir al mundo dando palos de ciego. Tenemos que organizarnos, somos un cuerpo en donde cada miembro tiene una función. Tenemos que manifestar ante los demás esa organicidad que Cristo quiere que tenga su Iglesia.

A veces complicamos nosotros las cosas, a veces es tan complejo nuestro organigrama, que nos podemos perder y no vemos las cosas con sencillez, tal y como está en el Evangelio.

Debemos volver continuamente a esa claridad primera del Evangelio. Tener con claridad qué es lo que vamos a anunciar, cómo lo vamos a anunciar, quién lo va a anunciar; cuándo, dónde y también tenemos que ser realistas, porque cuando yo oía de los Consejos Pastorales, poco se mencionó el Consejo Económico. Tenemos que pensar siempre con qué vamos a anunciar, con qué medios y entre ellos están —además de los medios o recursos personales— los medios materiales o económicos.

En estos días hemos gozado todos, yo creo, de lo esencial que tiene la Iglesia, que es el amor, que es la caridad; ese amor, esa caridad que nos hace serviciales, ese amor, esa caridad que nos hace abiertos a los demás.

Muchas veces nosotros también podemos entrar en ese dinamismo del poder, en ese dinamismo de creernos mejores o más que los demás.

Nuestra Iglesia no se puede deteriorar por ese dinamismo del mundo. A veces nos contagiamos y creemos nosotros que nuestra misión, nuestro rol, aquel don que se nos ha dado es el mejor, el más excelente. Y el más excelente de todos los dones es la caridad y eso es lo que rompe muchas veces la eficacia de nuestra misión, porque no vivimos ese amor.

Pidámosle al Señor, en esta Eucaristía, que nos haga semejantes a Él en esta disponibilidad de servicio, que es la manifestación del amor.

Y algo muy importante que hemos sentido en estos días, también —y lo quisiera resaltar, porque ustedes así lo han hecho— es que sin Cristo, nada podemos hacer.

Que la eficacia sólo Dios la puede dar, que nosotros somos instrumentos en sus manos pero Él es el que da la salvación. Sólo Él es el Salvador y nosotros tenemos que estar íntimamente unidos, como la rama está unida al tronco. Así nosotros, a Él, para que podamos dar fruto —fruto de salvación— que viene del Poder de Dios.

Celebremos esta Eucaristía en acción de gracias por estas luces, por esta fortaleza, por este dinamismo que el Señor regala a nuestra Iglesia particular de la Arquidiócesis de México.