III ASAMBLEA DIOCESANA -VER POSTER-

HACIA LA GRAN MISIÓN DEL AÑO 2000 EN LA ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

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LA MISIÓN EN LA CIUDAD DE MÉXICO


Tienen en sus carpetas la conferencia. Quise empezarla con la cita que nos enviaron para promover el DOMUND de este Año del Papa Juan Pablo II.

"Deseo de corazón que en el umbral del nuevo milenio, la Iglesia entera experimente un nuevo impulso misionero".

En la lectura que hicimos de la meditación en el momento de la oración, nos explicaban la evolución que ha tenido el término "Misión".

Si en un principio pensábamos tan sólo en los países de paganos, poco a poco los países europeos —después de la Segunda Guerra Mundial— empezaron a descubrir que también ellos eran países de Misión.

Esto los llevó a una doble respuesta: o a hacer misiones o meterse en un estado permanente de Misión.

En esta doble tesitura, hacer misiones era un período determinado, donde se conjugaban todos los agentes activos y salían a pregonar el Evangelio a grupos o multitudes.

Terminado ese momento, se regresaba a lo que uno acostumbraba: la vida al interior de la Parroquia.

Otros países, otras Iglesias optaron por meterse en un estado continuo de Misión y fue cuando dieron el paso de una pastoral de cristiandad a una pastoral misionera. Y es entonces cuando voltean los ojos a los países de Misión y descubren los procesos de conversión que ahí se llevaban y empiezan a aplicarlos en los países tradicionalmente católicos.

Las estructuras parroquiales y diocesanas empiezan a ser copiadas o imitadas por los países o Iglesias tradicionalmente cristianas. Es entonces cuando se desarrolla más la teología de la Misión.

El Decreto Ad Gentes nos la inicia en una forma mucho más profunda y el II Sínodo de esta Arquidiócesis la toma. Y dice:

"Realmente la fuente, el amor frontal de la Misión es el Padre Dios. Él no va a parar hasta amar al último hombre y a la última mujer, hasta que lo reconozca como Su Dios. Porque Él ama al último de los seres humanos que todavía no logran reconocerlo como el Dios, el Padre de Jesucristo".

De ahí que la Misión es continua, es permanente.

Dios Padre es el que toma la iniciativa y es el del primer impulso. Sin Él no existiría Misión alguna, ni hacia adentro de las divinas personas ni hacia afuera. Y en este aspecto, el alma de la Misión es precisamente el Amor de Dios, el Espíritu Santo que actuaba —como nos dice el Decreto Ad Gentes— aún antes que Cristo fuese glorificado.

El primer encargado de la Misión del Padre Dios lógicamente es Cristo, es el Primer Enviado. Y en el caso del Padre que manda al Hijo y luego en Él a todos, el que le sustituyan, la Misión —nuestra Misión— es la Misión de Dios.

¿Cuál es el horizonte último de la Misión de Jesucristo?

Es el Reinado de Dios. Y en la meditación pequeña que hicimos en la Oración, en el último renglón se nos descubre qué es el Reinado de Dios: el establecimiento de la justicia, el establecimiento de su amor.

Esta es una buena noticia no tanto porque es bonito tener eso, sino porque Dios se ha comprometido llevarla a cabo. Y es la buena noticia que esta Misión no depende de nosotros.

Y como nos dice el Decreto Sinodal, también tomado de la Evangelii Nuntiandi: "anunciar de ciudad en ciudad, sobre todo a los más pobres, con frecuencia los más dispuesto, el gozoso anuncio del cumplimiento de las promesas y la alianza propuesta por Dios". Tal es la Misión para la que Jesús se declara "Enviado Por el Padre".

De ahí que el objeto de la Misión es la salvación integral y es donde la Misión implica la conversión del interlocutor, como decía la Hermana, como fruto y como condición.

Se nos pide la conversión: es escuchar atento los signos de los tiempos, de este tiempo nuevo de salvación que Dios está creando para los pueblos de esta tierra. Esto obliga a reorientar la propia existencia ya reorganizar la propia vida, a partir de esta nueva era creada por Dios.

Y es Misión que se realiza por hechos y por palabras.

Jesús es Palabra del Padre, pero también es Hecho de Salvación. Revela a Dios en su máxima profundidad, pero también revela al hombre en su máxima realización.

Y esta Misión concluye cuando le entregamos esta responsabilidad que Jesús ya cumplió y que nosotros, de alguna manera, plenificaremos: entregar el Reino al Padre.

Es por eso que la Misión de Jesús crea una Iglesia, el para qué de la comunidad define y constituye su Ser. La Iglesia no existe antes de la Misión. Nace de esta Misión de Cristo. La Misión es la que le permite existir en continua relación con la historia y con Dios, enviada continuamente al mundo hasta que el Señor de la Gloria vuelva al Padre.

No es que la Iglesia tenga una Misión, sino que la Misión de Jesús tiene una Iglesia para que la realice. No se comprende la Misión a partir de la Iglesia, sino más bien a la Iglesia partiendo de la Misión.

Por eso la Iglesia es Misionera por naturaleza: hace de la Misión el Ser de la comunidad cristiana. Si la Iglesia quiere ser efectivamente evangelizadora, debe ser fundamentalmente misionera.

Que la Iglesia sea Misión por naturaleza, implica el Anuncio, la necesidad de Él. La comunidad cristiana, por haber nacido en el Espíritu de Jesús, no puede no evangelizar. Es para Ella una necesidad, es su razón de ser.

Si el documento Ad Gentes, que fue el primero que abordó el vocablo Misión, entiende la Misión como evangelización a los no creyentes de cara a su conversión, Le Evangelii Nuntiandi la identifica como anuncio a cristianos y a no cristianos; y la Redemptoris Missio da un paso más, la entiende de tres maneras: la Misión Ad Gentes, la Misión con los cristianos, que es la evangelización y, la Nueva Evangelización o reevangelización con los bautizados no creyentes.

A partir de la Misión, a partir de la Evangelii Nuntiandi el término Evangelización casi se identifica con el vocablo Misión. Así, pues, afirmar que la Iglesia es Misionera, es lo mismo que decir que evangelizar es la gracia y vocación propia de la Iglesia, que es su identidad más profunda. Es lo mismo.

Por eso, cuando usamos "evangelización", estamos usando la palabra Misión. Tal vez la palabra sea más amplia que la evangelización, pero la evangelización es Misión.

La Misión en la Ciudad de México, las empresas concretas que realizan la Misión se llaman Misión o Misiones.

Podemos decir que existe una doble vertiente de Misión: una hacia adentro, por la que se dirige a grupos de fieles, que no están lejos del influjo de la Iglesia, que no han llegado, sin embargo, a un pleno desarrollo y madurez de la vida cristiana. Entonces hablamos de ciertos medios apropiados para ellos como retiros, ejercicios espirituales, procesos de evangelización a través de grupos o comunidades menores, predicaciones, pregones, la misma evangelización de la religiosidad popular y la piedad popular; catecumenados diversos, las prácticas de la caridad, etcétera.

La otra vertiente es la Misión hacia afuera: con los bautizados no creyentes, a quienes no les importó —ni les importa— el contacto con la Iglesia. Y si recurren a ella tan sólo es con propósitos meramente sociales, como podría ser el caso —en esta Ciudad— de ciertas zonas territoriales y sectores humanos, en donde la población es de una cultura y de unas costumbres impregnadas todavía de valores no cristianos. En el que los hogares verdaderamente cristianos y personas comprometidas, son rarísimos.

Es el caso, por ejemplo, del mundo obrero, del mundo magisterial, de escuela pública; del mundo de las organizaciones populares y civiles, de los niños y jóvenes de la calle; el mundo de la prostitución, de la burocracia, de la zona centro del Distrito Federal; de ciertas colonias en donde se sienten más fuerte antivalores tales como la criminalidad, la pobreza extrema, el culto al hedonismo, la crueldad humana, la opulencia escandalosa e indiferente al pobre, la carencia de centros de culto; o en territorios en donde la enfermedad prolongada del agente clérigo o el escándalo provocado por algunos de ellos, ha enfriado la fe de los creyentes.

¿Y por qué no intentar evangelizar algunos centros generadores de ambientes, como serían los medios masivos de comunicación?

La idea es, pues, hacer primeramente la Misión adentra, hacia adentro, hacia las personas que hasta ahora muestran ser fieles a la Iglesia de Cristo o están en contacto con una de las dos estructuras más cercanas a la gente con que cuenta la Iglesia: la Parroquia y el colegio o centros educativos para, posteriormente, salir, en el año 2000, a la Misión ad extra, hacia aquellos sectores humanos, ambientes y zonas territoriales que en su mayoría son bautizados paganos y que a través de un adecuado discernimiento, han sido escogidos como destinatarios de esta Misión 2000.

Los Centros de Formación de Agentes Laicos para Acciones Específicas cobran, en este caso, suma importancia. Asimismo, los movimientos y organizaciones laicales, junto con los grupos parroquiales de cualquier tipo, a todos ellos debe infundírseles el Espíritu Misionero, como se decía hace rato: no sólo en teoría, sino a través de pequeñas prácticas apostólicas, en aquellos lugares, sectores y ambientes que serán misionados en forma intensa y masiva en el año 2000.

Como se ve, la misión ad intra y la ad extra son permanentes y se enriquecen mutuamente.

Esta Asamblea Diocesana podría señalar o sugerir algunos destinatarios de la Misión Ad Extra del año 2000. En ese período se trataría de implantar la Iglesia en dichos territorios, sectores y ambientes, para que estos, a su vez, culminen el proceso evangelizador, enviando más adelante nuevos misioneros, a los mismos o a otros sectores, territorios o ambientes necesitados.

La Mies es mucha, los obreros pocos. De aquí la necesidad de determinar destinatarios concretos dentro de las cuatro prioridades. La Mies rebasa, al menos en este momento, al número de los agentes.

iCómo quisiéramos Misionar a todos y a todo el Distrito Federal en este momento!, isería una vana ilusión!

Se nos podría aplicar el dicho popular de "el que mucho abarca, poco aprieta". No por querer evangelizar a todos, nos quedemos al final del año 2000 o más delante con poco.

¿Qué es finalmente el Espíritu Misionero?

Tal vez sea, en el II Sínodo, uno de los contenidos más ricos que ahí se explicitaron.

Nos piden que despertemos este Espíritu en todos los agentes: clérigos, religiosas y laicos.

¿Cómo?

¡Viviendo el Misterio de la Encarnación!

Y nos da como tres pistas:

Insertándonos en la vida y en los ambientes de la Ciudad, en actitud de servicio.

Cambiar nuestras actitudes, de tal manera que valoremos lo positivo que existe en esta Ciudad y,

Reconocer e interpretar los signos de los tiempos que aquí se presentan.

También nos pide, para tener el Espíritu Misionero, ser testigos del Reino de Cristo y de Dios.

¿Cómo?

Valorando y siendo testigos de valores evangélicos, como son la caridad, la justicia, la fraternidad y la igualdad; expresándonos no siempre en formas explícitamente religiosas, sino que recurramos a expresiones seculares y de esta manera se nos facilitará dialogar más con la cultura defeña.

Hablar a través de una pastoral social, que es la encarnación de la Caridad en su triple dimensión: asistencia, promoción y cambio.

Otro medio para tener el Espíritu Misionero es dialogar con la cultura. Esto implica, descubrir las Semillas del Verbo que existen en la Ciudad y que son Obra del Espíritu Santo, más que de nosotros y, dejarse evangelizar por ellas.

Dialogar con la sociedad sobre valores que el mundo secular aprecia ahora.

Ser ecuménicos, aún con quienes no son confesiones cristianas, por supuesto, con las confesiones cristianas. Cooperar con aquellos que aún sin saberlo, están instaurando el Reino de Dios. Y aunque estamos aquí centrados, no olvidarnos de la Misión Universal.

Conclusión:

Necesitamos, pues, estar animados por el Espíritu Misionero que nos ha de alentar en una nueva pastoral urbana, como dice el ECUCIM: la parroquia urbana —esto lo dijimos en el Sínodo— debe ser la Parroquia Misionera por antonomasia, la que menos se deja absorber por las acciones ad intra de servicio al interior de la comunidad cristiana, pues su actividad normal y diaria es salir a compartir el Evangelio, como respuesta a la problemática del defeño.

La que se aventura en sus agentes a compartir su tiempo, aún los sábados y domingos, en forma proporcional al número de los que vienen al Templo y los que no vienen. O busca formas que compensen este grave desequilibrio. Hay una hipoteca pastoral con los que no vienen que tenemos verdaderamente que buscar formas de pagárselas.

La pastoral ad intra ya la manejamos satisfactoriamente. La pastoral ad extra hay que inventarla.

En los servicios internos caminamos seguros, en la acción misionera hay que contar con el error y el volver a empezar. No basta, pues, para ser colegio confesional y parroquia urbanos, con estar ubicados en esta urbe. Es necesario que realicen lo que significa ser misionero.

Muchas gracias.

P. Benjamín Bravo Pérez
Versión estenográfica


Misión en la Ciudad de México