1.
EL SEÑOR ENVÍA A SU IGLESIA A EVANGELIZAR
Jesús
nos envía:
"Vayan
y evangelicen, Yo estoy con ustedes" (Mc 16,15)
Toda
la Iglesia es Evangelizadora (ECUCIM 664-691)
1.
Evangelizar... es la gracia y la vocación propia de la Iglesia,
es su identidad más profunda... ella existe para evangelizar...
(EN 14).
2.
En efecto, todos los bautizados hemos recibido la misión, el
encargo, la vocación, la responsabilidad de participar solidariamente
en la misión de la Iglesia, porque por el bautismo que nos une
en la Iglesia a Cristo, participamos de la misión de Cristo y
de su triple función: sacerdotal, profética y regia. Esta
misión se centra en "evangelizar". La Iglesia se santifica
y se salva evangelizándose; evangelizando, santifica y salva
a los demás.
3.
La evangelización es un proceso que va del testimonio y el anuncio
explícito de Cristo a la formación e inserción
en una comunidad de creyentes que viven el Evangelio, meditan la Palabra
y se santifican por los sacramentos, viven en la caridad y la esperanza
cristiana y son impulsados por el Espíritu a ser fermento de
nuevas comunidades.
4.
Evangelizar es realizar en el mundo el proyecto de Dios Padre: la comunión
plena con Él, por medio de Cristo en el Espíritu. Para
realizar este proyecto el Padre envío a su Hijo: por la encarnación
se hizo presente el Hijo en la historia humana y puso su morada entre
nosotros (Jn 1, 11-14) y envío al Espíritu el día
de Pentecostés (Hch 2, 14 ss). El Hijo realiza su misión
en la historia humana de Jesús; su misión es la historia
humana por la que anuncia y establece el Reino de Dios en el mundo:
realizar el Reino es el proyecto de Dios Padre.
5.
El Reino de Dios se realiza por la misión de su Hijo Jesucristo
y del Espíritu. El Hijo envía a la Iglesia, la comunidad
apostólica, los "doce" representantes del nuevo Pueblo
de Dios a proseguir en el mundo su misión (Mt 28, 18-20) y actualiza
esa misión mediante su Espíritu enviado a los suyos desde
Pentecostés para que permanezca con ellos para siempre (Hch 1,
4-5; 7-8; Jn 14, 16-17).
6.
Desde entonces son los protagonistas de la misión de Cristo y
del Espíritu: Cristo, invisiblemente presente en su Iglesia por
medio de su Espíritu, la anima y la mueve para realizar su propia
misión precisamente a través de ella.
7. La Iglesia no sólo prolonga la misión histórica,
visible, de Cristo, sino que es el instrumento que colabora consciente
y libremente en la misión que actualmente realiza Cristo por
el Espíritu.
8.
La Iglesia no es el Reino de Dios: el Reino es el proyecto del Padre
que realiza Cristo mediante el Espíritu en y por la Iglesia;
ella está al servicio del Reino, es el signo, el fermento, el
sacramento del Reino de Dios. El Reino es el dominio gratuito, sobrenatural,
que Dios Padre ejerce sobre los hombres por medio del Espíritu,
dominio salvífico, libremente aceptado por el hombre.
9.
Este dominio de Dios Padre se manifiesta de múltiples maneras;
su máxima manifestación fue la muerte y resurrección
del Señor, Pentecostés y la segunda venida gloriosa del
Señor . Pero donde quiera que se realiza el Evangelio, donde
se ponen en práctica los valores del Evangelio, allí también
se realiza el Reino de Dios.
10.
Evangelizar es, así, realizar el proyecto de Dios Padre; por
tanto, para la Iglesia, como instrumento del Hijo y del Espíritu,
evangelizar es anunciar y establecer el Reino de Dios.
11.
El proyecto de Dios es universal e integral: Dios quiere realizar su
dominio salvador en todos los hombres de todos los tiempos y culturas,
y en todo el hombre en todas sus dimensiones: en la vida individual
y social y en todos los ámbitos de la vida humana.
12.
Dios quiere que la historia humana sea salvífica, que los cambios
en la historia se realicen según su proyecto, que la historia
humana vaya siendo realización de su Reino. Esto es evangelizar
la cultura y la sociedad humana.
13. Evangelizar es encarnar el evangelio en la cultura humana, es realizar
la inserción de la Iglesia en la historia de los pueblos.
14.
La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios. Tanto el antiguo como el nuevo
Pueblo de Dios es constituido como Pueblo de Dios por razón de
ser elegido por Dios para la misión salvífica, por haberse
ligado Dios a ese pueblo por las promesas y la alianza. Elección,
promesas y alianza son acontecimientos constitutivos del Pueblo de Dios.
15.
A diferencia del antiguo, el nuevo Pueblo de Dios está constituido
por hombres de todos los pueblos de la tierra. Por el bautismo participamos
de la elección, de las promesas y de la alianza nueva que constituyen
al nuevo Pueblo de Dios.
16.
El bautismo, sacramento de la fe, es el sello del Espíritu Santo
con el que se sella para siempre la pertenencia al nuevo Pueblo de Dios
(Ef 1, 13-14).
17.
El nuevo Pueblo de Dios, inserto en la historia humana y en las culturas
de los Pueblos de la tierra, es peregrino de la historia hacia el mundo
futuro, hacia la plenitud del Reino de Dios, hacia el Reino escatológico.
18.
Pero este Pueblo de Dios, no obstante su trascendencia derivada, está
inserto en la historia humana; aunque no es el mundo, está en
el mundo (Jn 17, 11-19); esto significa que realiza su misión
en el interior del mundo y de su historia, en la conciencia, actitudes
y conducta del hombre individual y en la conciencia colectiva de los
hombres, en la mentalidad común y en los cambios de estructuras
de la sociedad.
19.
La inserción del Pueblo de Dios en el mundo exige que sus miembros
estén comprometidos en ir construyendo la historia propia, junto
con todos los miembros de los pueblos de la tierra.
20.
A los creyentes, en cuanto miembros del nuevo Pueblo de Dios, guiados
por el Evangelio, les compete buscar y proponer proyectos históricos,
modelos de sociedad en los que sea posible vivir y se vivan efectivamente
los valores del Evangelio: la libertad, la solidaridad, la fraternidad,
la justicia y la caridad -en especial con los más desamparados
y marginados-, la defensa de los derechos humanos, la austeridad y el
desarrollo compartido, la responsabilidad y la laboriosidad, pero también
la cruz y la pobreza evangélica, la oración y la religiosidad
etc.
21.
Esta historicidad de la Iglesia y del Evangelio contradice la postura
liberal que postula la separación de fe y vida social, y la postura
de un espiritualismo desencarnado que querría que la Iglesia
no viviera en el mundo.
22.
Evadirse de este mundo de los hombres y de la historia para confinarse
a las regiones del Espíritu, encerrarse en los templos sin apertura
al mundo secular, refugiarse exclusivamente en la búsqueda del
más allá sin hacer que nuestra historia sea conducida
a ese más allá, recluirse en la intimidad de la conciencia
sin estar activamente presentes en la historia, sin comprometerse en
los cambios sociales y políticos, sin aportar lo propio y original
del Evangelio al progreso de la historia, es negar la realidad de la
Iglesia como Pueblo de Dios, inserto en la historia de los pueblos de
la tierra.
23.
Además, el hecho de que la Iglesia sea el nuevo Pueblo de Dios
exige su encarnación en todas las culturas de los pueblos de
la tierra (LG 13).
24.
Si el antiguo Pueblo de Dios estaba ligado a la historia y a la cultura
de un pueblo -Israel-, el nuevo Pueblo de Dios se extiende en su universalidad
a todas las culturas de todos los pueblos.
25.
La presencia del Espíritu en la Iglesia es la fuerza que la impulsa
a extenderse a todas las culturas, sin vincularse exclusivamente a una
sola cerrándose a todas las demás; tal fue el resultado
y significación profunda del Concilio de Jerusalén (Hch
15, 1-35). La vida cristiana puede, en efecto, realizarse auténticamente
en todas las culturas; para ello se requiere todo lo valioso que se
encuentre en ellas, que se eliminen o purifiquen los valores que aparecen
como antievangélicos, y que todos los valores de las culturas
sean elevados por la fuerza del Evangelio.
26.
La inculturación del Evangelio no se realiza imponiendo a los
hombres los valores evangélicos, sino presentándoselos
para que ellos mismos, libremente, los asuman en sus culturas.
27.
La Evangelización, misión de la Iglesia, es también
la encarnación de los valores del Evangelio en las culturas de
los hombres.
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