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todos los miembros del pueblo de Dios que peregrinan en la Arquidiócesis
de México y a todas las personas de buena voluntad.
I
N T R O D U C C I Ó N
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Con espíritu lleno de alegría y de agradecimiento al
Padre de nuestro Señor Jesucristo, me dirijo a ustedes hermanas
y hermanos, como Pastor de esta Iglesia particular de la Arquidiócesis
de México ya que hoy, 26 de Febrero, S.S. Juan Pablo Segundo
ha tenido a bien manifestar su decisión de Canonizar al Beato
Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Asimismo, quiero hacerme portavoz de los
sentimientos de mujeres y hombres, ancianos, niños y adolescentes,
jóvenes y adultos, de toda clase social y de todo nivel cultural,
hermanos en el episcopado de distintas nacionalidades y de distintas
épocas, ya que "Juanito, Juan Dieguito", será
el primer indígena inscrito en el Catálogo de los Santos,
el misionero de Jesucristo, vidente y mensajero de la perfecta siempre
Virgen Santa Maria, Madre del verdadero Dios por quien se vive, el
Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de
la inmediación, el Dueño del cielo, el Dueño
de la tierra, nuestra Madre del cielo.
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Numerosos acontecimientos han sucedido desde aquel histórico
1531, año clave para la Evangelización de México
y del Continente americano1.
Este hecho se ve coronado por la intervención autorizada del
Sucesor de san Pedro, que reconoce la acción del Espíritu
divino en la vida de Juan Diego, natural de estas tierras, y la propone
ante el Pueblo de Dios, para suscitar la acción de gracias
y animarnos a participar en la misión que el Padre le encomendó
a su Hijo al enviárnoslo lleno del Espíritu Santo.
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La Niña y Señora del Tepeyac, Santa María de
Guadalupe, sigue manifestándose como la Madre del amor y de
la santa esperanza. Ella le encomendó a Juan Diego llevar su
maravilloso mensaje al obispo Fray Juan de Zumárraga, cabeza
visible de la Iglesia en México, cuando le dijo: "es necesario
que tú, personalmente, vayas, ruegues, que por tu intercesión
se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad2."
Ahora ha obtenido de Dios la gracia de cumplir en este tiempo la promesa
que le hizo al más pequeño de sus hijos: "ten por
seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por
ello te enriqueceré, te glorificaré"3.
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De esta forma, el nuevo milenio de la historia de la Evangelización
da paso a un acontecimiento que tiene gran significado para la Iglesia
universal y especialmente para la Iglesia en México. La canonización
del indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin4
(= el águila que habla o el que habla como águila) se
convierte en signo luminoso del reinado de Cristo en una persona concreta,
que sirve de puente entre la cultura náhuatl evangelizada por
los frailes misioneros franciscanos, los emigrantes españoles
con su religiosidad de cristiandad europea y la naciente cultura mestiza.
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