EL PROCESO DE CONFIGURACIÓN CON CRISTO


SECRETARIADO DE PASTORAL LITÚRGICA
DE LA ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO
Séptima Jornada de Estudio Litúrgico

Annus sacerdotalis. Sacerdos “Alter Christus”
Octubre 7 de 2009. Curia del Arzobispado

El proceso de configuración con  christus sacerdos

1. ¿QUÉ SIGNIFICA CONFIGURARSE?

El término clásico para designar al sacerdote como Alter Christus tiene un significado paradigmático, advierte un ideal, una meta y una realidad. Todo acto de gracia realizado en nombre de Cristo es realizado por el Padre, con la fuerza del Espíritu Santo, pero siempre al modo del Hijo. De hecho esta no debería ser prerrogativa sólo de la clase sacerdotal sino de todo bautizado, pero aún dentro de la misma comunidad se requieren modelos para alcanzar a Cristo. Esta claro que el mismo Padre envío al Hijo como imagen visible de su propio ser divino pero se necesitó del lenguaje del hombre para hacerlo comprensible. Por eso el proceso de asimilación con Cristo supone un programa de perfeccionamiento humano, cristiano y espiritual.

PROCESO DE FORMACIÓN, ASIMILACIÓN, IMITACIÓN

a) Pedagogías

El individuo requiere durante la vida apoyos para su formación, y entendamos por formación el proceso de constitución de una personalidad, con sus conocimientos, carácter, definición de temperamento y habilidades que le conformen con su circunstancia familiar, social y cultura. Por eso el candidato al sacerdocio debería tener una consciencia de sí que le permitiera descubrirse como una persona apta para desempeñar con equilibrio una función humana con elementos religiosos básicos y virtuosos.

Pedagogía 1. Familiar. Una vocación al sacerdocio debió haber realizado un crecimiento familiar muy reconciliado, tener clara figura paterna y una excelente relación materna – fraterna, reconocer sus orígenes con sencillez y orgullo, y colocar la importancia de su núcleo familiar en el área del desapego constructivo, esto es, seguir la ley de la vida de dejar al padre y a la madre para hacer otra vida pero unido solidariamente al núcleo biológico.

Pedagogía 2. Proceso de enseñanza y aprendizaje. La vida es un constante aprendizaje, por eso el candidato al sacerdocio debe cubrir una serie de aprendizajes formales (escuela), pero más que esos debe ser consciente de todo aquello que ha enriquecido su propia alma con la ilustración del trato con personas y culturas, con sus propios intereses de superación (aprendizaje informal autónomo). Los pedagogos hablan de la autoconstrucción del conocimiento: Saber aprender, ya que la formación sacerdotal parte del principio de autoformación libre y proactiva.

Pedagogía 3. Sentimientos. Una de las áreas más complicadas del ser humano es la educación de los afectos. La configuración con Cristo es tener los mismos sentimientos de Cristo, su mismo querer y pensamiento (Fil 2,1). Todo aquel que quiera ser como Jesús debe andar como él anduvo. Sin embargo, en una sociedad sensualista y autocomplaciente es difícil la pedagogía de la purificación de los afectos con tal de alcanzar a Jesús. Por eso se requiere de una máxima madurez que comienza por un fuerte sentido de la confianza personal, un delicado y equilibrado valor por la auto estima, pero sobre todo con una constante ejercitación de conversión, renuncia de sí y de anhelo de sacrificio personal.  Esta pedagogía es sin duda para toda la vida.

Pedagogía 4. Espiritualidad. Quien se quiera asimilar a Cristo debe pedir su espíritu y esto comienza desde una honda consciencia bautismal, seguida de una sensibilización para detectar los rasgos de una vocación o llamado sobrenatural. Este es un proceso que parte de la intuición de los valores trascendentes que se van haciendo opciones fundamentales en la convicción del individuo: ideas y pensamientos vividos, aceptados (como si se tratara de una ideología), después es necesaria la práctica sacramental y la frecuencia en la oración, así como un suficiente conocimiento de la liturgia cristiana (esto supone una profunda evangelización, así como un loable nivel de catequesis). En pocas palabras, el cristiano ya debe tener una espiritualidad definida en su relación con Dios, con la Iglesia y carismas que lo autentifican como alguien que aspira a un ideal de perfección a través de la imitación de Cristo.

b) Rectitud de intención vocacional

El cristiano sabe que es hijo de Dios y que es imagen y semejanza suya. El proceso de asimilación con un modelo superior implica una ascesis fuerte, un deseo de concentrarse sólo en el objeto de la fe. Por eso es necesario un  discernimiento constante que implica el examen de conciencia y la purificación de la voluntad. Cuando un hombre de fe desea seguir a Jesús realiza un acto de exclusividad en cuanto a ideas, afectos y determinaciones. Rectitud de intención significa sinceridad, claridad, coherencia, perseverancia, crecimientos, iniciativa vocacional, en una palabra autenticidad de vida. Este es un ejercicio espiritual poco conocido incluso en la práctica cristiana de todos los días, ya que estamos sumergidos en una cultura de la dispersión y del relativismo de los compromisos.

En muchas ocasiones los distractores principales radican en compensaciones humanas y se justifica el posible ministerio como un status personal que debe ser satisfecho por propio mérito o por el reconocimiento ajeno. Pero esto sucede no sólo en el camino sacerdotal sino también en otros estados de vida. Cuando el sujeto está determinado a un fin cristológico (asumir su firme determinación de subir a Jerusalén y ahí se entregado: Lc 9,51), entonces se da un efecto de madurez cristiana y un entendimiento de la propia actitud de frente al compromiso y a la misión. Cuando hay fragilidad en una vocación no es por falta de motivaciones, tampoco por discapacidad humana, menos por carencias de índole general, sino por falta de comprensión y de fe.

La configuración con Cristo comienza cuando se hace una consciente renuncia al pecado y una opción a la fe de los hijos de Dios. Se debe entender la rectitud de intención como la madurez personal que responde positivamente a un proyecto vocacional, es el ámbito del compromiso en la generosidad que previene al individuo del egoísmo y del narcisismo, es el ejercicio en el cumplimiento de la palabra dada pese a las caídas y frustraciones a causa del Señor. Comúnmente la rectitud de intención tiene como oponente el miedo, esa es la principal tentación de quien se quiere consagrar a Cristo, miedo a perder fama, fortuna, posición en la vida o a no tenerla en la Iglesia, a no ser reconocido y valorado por sus capacidades. Jesús pobre, manso, humilde, venció la tentación de optar por las promesas del diablo y dejar las promesas hechas a Dios (Mt 4,1-11); fue obediente hasta la muerte (Fil 2).

La rectitud de intención es un elemento fundamental de la configuración ya que la asimilación voluntaria implica permitir que la gracia de Cristo mueva hacia el fin divino y no hacia el querer humano: ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).

c) Testimonio cristiano

Nuestro Señor Jesucristo fue un hombre autorizado en hechos y palabras, su actitud convencía por autoridad, por simpatía, por los prodigios que realizaba. La vida cristiana no es una realización para el último momento de la existencia sino una constante manifestación de la libertad de los hijos de Dios (Rom 8,21). El perfil del hombre que sigue a Cristo es de cristiano (ungido), por lo tanto demuestra a Cristo en cada momento, habla de él y como él actúa. Aunque parezca una utopía, el ministro cristiano debe imitar a la perfección una o varias actitudes del Salvador, eso habla de inicio que el candidato debe realizar actos santos durante toda la vida. En efecto se espera que haya hijos de familia santos, seminaristas santos, diáconos presbíteros y obispos santos, o por lo menos virtuosos en piedad y ciencia.

El testimonio cristiano consiste entonces en una constante interpretación, actualización y expresión de un rasgo cristológico.

2. CRISTO HOMBRE Y DIOS/SACERDOTE HOMBRE DE DIOS
Resistencias espirituales, sacralización y deificación

La imitación de Cristo implica también un pensamiento sobre el ser ‘como dios’ ‘ser dios mediante Dios’ (Gen 3,5; Clemente de Alejandría). El proceso ministerial es uno, pero realizar un proceso de sacralización de la persona es otro. Los Padres de la Iglesia pensaron incluso en un proceso de divinización del creyente (homoiosis), de hecho la pretensión de ser sagrados es un proceso extraño para el hombre contemporáneo. El hombre antiguo era religioso por efecto de sus intereses metafísicos y místicos, en cambio el hombre de hoy, incluyendo el cristiano, es de carácter pragmático, quizá le interesa menos el alcance de lo divino, está más preocupado por el hoy social, por la equidad humana, por una trascendencia a través de una felicidad sin dolor. En efecto es más importante el ministerio, la función, pero lo sacerdotal es un perfil hierático, es decir de unión con lo numinoso, con lo prodigioso, incluso con el misterio de la comunicación sensible, inspirada, revelada.

Configurarse con Cristo es pretender adquirir rasgos sagrados, divinos de la personalidad de Cristo. En el caso el sacerdote esto se da por la potestad del Espíritu Santo en el momento de la unción e imposición de manos. Esta configuración sacramental sólo es un grado de posibilidad de esta realización. Nuestro Señor, al transfigurarse, mostró su gloria, pero sus actitudes santas le acompañaban siempre, él tenía plena conciencia mesiánica y aceptó el proceso de perfección que el Padre le otorgó por la vía del dolor (Heb 2,1-18). El sacerdote debe emprender una afinidad electiva que le acerque a la comprensión de su modelo (por ejemplo los monjes de los primeros siglos fueron radicales en sus estilos e intuyeron que debían ser sabios y santos en su proceso de alcanzar a Cristo). Ante esto el hombre contemporáneo podría alcanzar alturas contemplativas excepcionales, pero también encuentra escollos a veces infranqueables.

a) Conversión

El primer escalón que contribuye al proceso de perfección cristiana es el de la conversión a Dios. Aunque parezca un elemento obvio y fundamental se constituye en una fuerza espiritual de renovación moral y de la psicología del individuo. Pero antes que ser un acto de piedad y de voluntad propia este es un acto de fe que incluye la confianza y la visión constante de Dios. Estar de cara a Dios implica la piedad como virtud intelectual y espiritual, sólo quien pone su pensamiento en Dios puede tener la certeza de su presencia. Entonces la conversión es una visualización de la verdad, la búsqueda de un pensamiento más claro de aquello que se ha elegido. Convertirse más a Dios es entenderlo más, hacer que resuenen los ecos de su presencia en el entendimiento y en el espíritu. El sacerdote es el hombre que provoca la conversión de los fieles, sin embargo en la trama pastoral éste alcanza a transformarse a su propia circunstancia, a veces vale más la experiencia humana que el proyecto espiritual.

b) Resistencias espirituales

Un fenómeno que se verifica durante el proceso son las resistencias espirituales. La vida de fe es el misterio de la parábola del sembrador por el camino (Mt 13,1-43), a veces el deseo de alcanzar a Cristo tiene sus inconsistencias, de hecho la resistencia espiritual es connatural a la fe. Este capítulo se puede llamar un proyecto de perfección en conflicto. Jesús siempre fue un hombre en conflicto de frente a las resistencias espirituales.

La primera resistencia. La autoafirmación. El imperativo de la renuncia, del desapego y del dejar todo por el Reino de los cielos se convierte en una alerta angustiante que genera mecanismos de auto justificación. El hombre sacerdote se reconoce a sí mismo rico y afortunado, sin embargo a veces es más importante la protección de su área de individualidad, y en este mundo que exacerba el yo es una batalla dolorosa que mutila y que engaña con los sucedáneos terrenos. Cuando Jesús encontró al joven rico del Evangelio se pone la pregunta: ¿qué debo hacer para alcanzar el Reino de los cielos?, y después de la consabida respuesta del Maestro una segunda pregunta del discípulo más allegado: Entonces, ¿quién podrá salvarse? (Lc 18,18-30). Esto es, ni los incipientes ni los avanzados logran realizar el perfecto desapego, tal parece que se capta un nivel de escepticismo ante la posibilidad de ser perfectos con tal exigencia. En la experiencia de la formación sacerdotal esto se traduce como el grado de autonomía que combate contra la confrontación de la fe y se afirma la autonomía y la oposición razonable del individuo de frente a las exigencias espirituales y conductuales.

Segunda resistencia. El Mundo. El evangelio de Juan reza: Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. (17,14-16) La gran confrontación en la vida del creyente siempre está de cara a la vorágine de este mundo y sus seducciones. El hombre espiritual siempre ha querido realizar la fuga mundi, y quizá en alguna época fue más fácil hacer una protesta por la corrupción de este siglo, la vida eremítica, el monasterio se constituyeron en fortalezas para resguardar la santidad. El hombre de fe que quiere imitar a Cristo vive en este mundo pero su modelo no es la forma, el ritmo, las circunstancias sociales, políticas, económicas que la comunidad global impone. La resistencia espiritual más aguda que el sacerdote afronta ante el mundo es la del poder, en efecto, como líder espiritual tiene poder pero no radica en la capacidad de gobierno sino en la fuerza de santificación de sus hermanos. La resistencia consiste entonces en traducir este poder carismático como un don que viene de Cristo que evita al Maligno en el desierto de la vida (Mt 4,1-11), que rechaza el dominio de los reinos del mundo y su gloria y adora a Dios.

Tercera resistencia. La crítica eclesial. Las resistencias espirituales también se llaman desgastes. La identificación del sacerdote católico está más vinculada con el ícono de ‘hombre de Iglesia’, quizá no tanto con el hombre sagrado; y para el público secular se le identifica como ‘jerarca’. Sin duda estas figuras se relacionan con el ministerio y de aquí se dan todos los estereotipos del cura. Los desgastes de la imagen dentro del cerco de la comunidad y por la cultura mediática contemporánea hacen ver al sacerdote como un personaje influyente, amenazante políticamente hablando (de hecho recientemente se habla del término ‘sacrofobia’, refiriéndose al desprecio de lo sacerdotal y religioso en la vida pública), pero también como un individuo supervalorado, a la vez exigido y despreciado. Este es un rasgo de los seguidores de Cristo, la persecución cruenta o suave debe ser un indicador más de la configuración. Sin embargo el conflicto perturba la conciencia humana y es la piedra de tropiezo de muchas vocaciones donde prevalece el drama y el escándalo; lo que se ve no es la imagen del Cristo sufriente sino la del hombre pecador. La crítica eclesial es externa e interna, ningún sacerdote escapa a ella, si es bueno porque lo es, si es malo porque lo es…

c) Conciencia del valor de lo sagrado

El Sacerdote es el hombre del culto divino, realiza lo que le compete en materia sagrada. Es común que las funciones del sacerdote se identifiquen más precisamente con el ministerio. Como ya dijimos antes, el hombre contemporáneo entiende más el mundo desde el funcionalismo y el sacerdote no está exento de ello, más aún, el activismo lo ataca. Para visualizar la personalidad del hombre de Dios tendríamos que remontarnos a la tradición espiritual de la Iglesia y localizar al ‘santo’, esto es al ser orante por excelencia, gran predicador, al curador de milagros, al hombre del sabio consejo, al taumaturgo de la salud y de la concordia, al que mira a Dios, que lo traduce al pueblo, al iluminado. ¿Cómo nos imaginamos realmente al sacerdote? Unos quieren ministros allegados al pueblo, otros los quisieran como más protagónicos con la sociedad, los medios, la política, verlos vestidos de sotana o clericales, o quizá sólo dispuestos a las solicitudes de los fieles con toda la simpatía que les quepa en gana, bonachones, risueños, en una palabra: buena onda…

El sacerdote mismo se afana por definir y depurar una imagen, una espiritualidad y una labor de eficacia. Sin embargo tres son los elementos que completan la transformación al Cristo santo: religiosidad obsequiosa, misticismo amoroso y hieratismo como visión de lo eterno, y todo esto en torno a una altísima consciencia trinitaria. El problema que se presenta ante esta definición sagrada es el debate frente a lo secular; el mundo prevalece y las figuras que se desean del sacerdote están más vinculadas con las necesidades humanas, eclesiales, sociales. El sacerdote alcanza su más pura imitación, asimilación y transfiguración con Cristo cuando se alcanza una más alta consciencia del valor de lo sagrado en la vida, aunque no cumpla los requisitos del mundo: es hacerse como Cristo manso, humilde y obediente ante las prioridades del Padre.

3. CRISTO SACERDOTE, PASTOR, PROFETA
Interpretación del ministerio de Cristo como configuración del sacerdote

Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que  toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. (Heb 2,18). Los signos humanos son el lenguaje para la comprensión de las realidades superiores. Jesucristo Nuestro Señor fue enviado al mundo a través de la mediación humana, fue él quien tomo figura humana y todos aquellos que le vieron actuar lo percibieron como hombre e interpretaron espiritualmente su condición mesiánica. Esto implicó el acto de fe fuerte de Pedro, de Juan, Tomás y de los demás discípulos que le vieron después de su resurrección, y que aunque no le reconocieron de primera vista lograron comprender con certeza, mediante un proceso de interpretación y de fe la presencia del personaje real. Eso mismo sucede con la visualización del Alter Christus en el hombre sacerdote, se mira el fenómeno humano, lo demasiado humano y falta la mirada de lo esencialmente ‘crístico’, la imagen intangible del verdadero sacerdote. De hecho san Agustín definió la teología de la eficacia de Cristo con la teología del ex opere operato: la gracia actual es obra de Cristo y se ejerce en virtud de Cristo no del ministro; se ve el fenómeno humano pero no el carácter sacramental divino (de hecho Agustín afirma: bautiza Pedro, Juan, Santiago, es Cristo quien bautiza, bautiza Judas, Cristo bautiza).

El actual problema del ministerio del sacerdote católico latino radica en la ministerialidad como un estilo de vida y una función específica en el campo de una Iglesia que demanda la santidad visible de sus ministros. Volvemos a la pregunta: ¿sabemos cuál es la imagen de Dios en el hombre?, ¿podemos saber con certeza cómo debe ser la imagen de Cristo en el sacerdote? Se insiste mucho en la figura del pastor acompañante del pueblo, o del profeta que grita la verdad con fuerza carismática, se piensa en el sacerdote paradigma de la liturgia, pero de todos ellos se exige el todo de la santidad visible, y si algo falta viene la descalificación o la justificación. Es difícil clarificar la visualización de la figura de Cristo en el hombre.

a) Sacerdotes adaptados a las circunstancias humanas

Los modelos más reconocidos de aceptación sobre la figura del sacerdote como Alter Christus pueden estar ligados con las cualidades del Cristo virtuoso que son aceptadas universalmente por ser valores irrenunciables. Por ejemplo, el rasgo de la simpatía de Jesús en su discurso en Nazaret es el acto de adaptabilidad a las necesidades del ser humano: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor (Lc 4,18-19). Por tanto, la gente ve a Cristo en lo sentimientos de solidaridad del sacerdote hacia sus hermanos pero no como discurso ideológico sino como un estilo de fe y piedad operante.

b) Sacerdotes de la Iglesia

Los sacerdotes son de la Iglesia y al pueblo le es muy ilustrativo que los sacerdotes estén en la Iglesia y para la Iglesia, sus funciones están en orden a mantener la religión y el amor a Dios. El sacerdote sigue siendo el hombre de la bendición, del perdón, de la gracia, en una palabra, el hombre que está más cercano a Dios. Pero esta función se desempeña mas clara y eficaz cuando se nota que el sacerdote es verdadero vínculo de unidad y no de confusión o división, cuando genera la concordia y el gusto por congregar a los hermanos, cuando más allá de las diferencias políticas se mantiene colaborador y nutriente en el seno de la comunidad de los hijos de Dios sin exasperaciones (Jn 17).

c) Sacerdotes de Cristo

La heredad del sacerdote es Cristo, la pertenencia al Sumo sacerdote lo define, volvemos al concepto de afinidad electiva: lo que eliges te define. El sacerdote se identifica siendo cristiano, vive como cristiano, recomienda el modo de ser de Cristo. El cristiano es sacerdote de Cristo y ejerce una imitación perfecta con todos los elementos del Evangelio, por eso el hombre de fe tiene que ser pobre, casto y obediente, no como un consejo religioso sino en la más pura y completa magnanimidad, así como el Señor se ofrendó al Padre. A veces se tergiversa la visión de la perfección con modos populares, de fama humana, de calidad intelectual. La perfección del cristiano es mediante la caridad: amor Christi urget nos (2 Cor 5,14).

d) Prioridades del sacerdocio actual

Por último, en la idea del sacerdocio contemporáneo se han sintetizado las líneas de santificación a través del ministerio, y cada vez se presentan más desafíos al modelo espiritual del Cristo pleno en el sacerdote. Existen fuertes tendencias de interés para sostener el empeño sacerdotal. De hecho la literatura patrística ya había hecho algunos esfuerzos por definir el estatus y función del sacerdote, por ejemplo el Tratado sobre el sacerdocio de Juan Crisóstomo, Los oficios de los ministros de Ambrosio de Milán y la Regla pastoral de Gregorio Magno. Sin embargo todas estas parten de un elemento común, lo particular en el sacerdote es su carácter espiritual. No se puede llegar a un ideal sobrenatural con el solo acto humano, se requiere del ejercicio de la fe en un fuerte dinamismo trinitario, y sobre todo cristológico. Esto impele a peguntarnos: ¿cuál es el modelo final para comprobar la configuración con Cristo? Será por la vía pastoral (sólo pastoral), profética (será sólo el factor ideológico), o litúrgica (el culto como icono de la santidad).

Indiscutiblemente todo es unidad de Espíritu y de fe, en el centro de esta construcción palpita intensamente el querer salvífico de Dios quien da los dones y pone los caminos, a él le toca ver la consumación del individuo y sólo a él agradar.

Basilio de Cesárea El espíritu Santo, XV 35-36

Configurarse con Cristo

La economía de nuestro Dios y Salvador acerca de los hombres consiste en volver a llamarnos después de la caída y en reconducirnos a su amistad después de la separación producida por la desobediencia. Por esto, la venida de Cristo en la carne, su predicación evangélica, sus sufrimientos, la cruz, la sepultura, la resurrección, ha hecho posible que el hombre, salvado por la imitación de Cristo, recupere su primitiva filiación adoptiva. Para el perfeccionamiento de tal vida es, pues, necesario imitar a Cristo no sólo en los ejemplos de benignidad, humildad y paciencia que nos mostró con su vida; sino también en el de su propia muerte, como dijo Pablo, el imitador de Cristo: asemejándome a su muerte, de modo que al cabo pueda arribar a la resurrección de los muertos.

¿Cómo nos haremos imitadores de su muerte? Sepultándonos con El en el Bautismo. ¿De qué modo es la sepultura y qué fruto se deriva de tal imitación? Primero es necesario cortar radicalmente con la vida pasada. Y esto sólo es posible mediante una nueva generación, según las palabras del Señor: la misma palabra regeneración significa el principio de una segunda vida, de modo que, antes de alcanzarla, es necesario dar fin a la anterior. Que las almas de los bautizados sean iluminadas mediante la entrega de la ciencia divina. Por tanto, si hay gracia en el agua, no procede de su naturaleza, sino de la presencia del Espíritu Santo, pues el Bautismo no es la eliminación de la suciedad corporal, sino la promesa de la buena conciencia para con Dios. El Señor, para prepararnos a esta vida que surge de la resurrección propone toda la predicación evangélica y prescribe la serenidad, la resignación, el amor puro libre de los deleites de la carne, el desapego del dinero, a fin de que todo cuanto el mundo posee según la naturaleza, nosotros, al recibirlo, lo pongamos en su sitio con nuestra elección. Por esto, si alguno dice que el Evangelio es figura de la vida que surge de la resurrección, a mi parecer, no se equivocaría.

Por el Espíritu Santo se nos da la recuperación del paraíso, el ascenso al Reino de los Cielos, la vuelta a la adopción de hijos, la confianza de llamar Padre al mismo Dios, el hacernos consortes de la gracia de Cristo, el ser llamado hijo de la luz, el participar de la gloria del Cielo; en un palabra, el encontrarnos en la total plenitud de bendición tanto en este mundo como en el venidero, pues al contemplar como en un espejo la gracia de las cosas buenas que se nos han asegurado en las promesas, las disfrutamos por la fe como si ya estuvieran presentes. Si la prenda es así, ¿de qué modo será el estado final? Y si tan grande es el inicio, ¿cómo será la consumación de todo?


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