EL SACERDOTE SE OFRECE CON CRISTO
Espiritualidad del sacerdote


Queridos hermanos y hermanas:

Agradezco vivamente al Secretariado de Liturgia de nuestro Arzobispado, por la amable invitación que me han hecho para compartir algunas reflexiones en el marco de la Séptima Jornada de Estudio Litúrgico.

El tema que se me ha propuesto es muy sugerente y por lo mismo muy rico en su contenido, pues se trata nada menos que de la vivencia misma del sacerdocio de Jesucristo en el tiempo y en el espacio, y más aún, en la vivencia concreta de cada persona que ha recibido el Orden sagrado, de cada sacerdote.  Si bien es cierto que podemos hablar de la generalidad de la espiritualidad sacerdotal, igualmente debemos hablar de las “espiritualidades sacerdotales”, entendiendo con ello la vivencia particular que el varón que ha recibido el Sacramento del Orden, sea en el grado del episcopado, sea en el grado del presbiterado, vive en su propia experiencia y en lo concreto de su realidad.  Los dos elementos son inseparables, de otra manera o hablamos de un simple concepto de “espiritualidad sacerdotal” que tendrá más elementos ideales que reales, o de una subjetivación (y entonces relativización) del concepto “espiritualidad sacerdotal”.

Estas Jornadas de Estudio han elegido como hilo conductor de las reflexiones las palabras que pronuncia el Obispo al momento de entregar el pan y el vino al ordenado presbítero: “Recibe la ofrenda del pueblo santo de Dios.  Advierte bien lo que vas a realizar, imita lo que tendrás en tus manos y configura tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.  Estas palabras y el gesto mismo de la entrega, corresponden a la parte de la liturgia de la ordenación presbiteral llamada “ritos ilustrativos”, es decir, no son de ninguna manera “ritos constitutivos” de la ordenación, pues para que una ordenación sea válida, basta el gesto de imposición de manos del Obispo legítimo y la oración de ordenación.  Sin embargo, el Concilio Vaticano II, consciente del gran valor ilustrativo de estos gestos que en un tiempo fueron esenciales para la ordenación (imposición de la casulla, unción de las manos, entrega de la patena y el cáliz) para el pueblo de Dios y para los mismos ordenados, ha conservado estos gestos y por lo mismo pide que sean visibles y audibles para todos, de tal manera que con ellos, todos podamos comprender mejor el significado de la ordenación presbiteral.  Encajan muy bien a esta exposición las palabras que acompañan la entrega de la patena y del cáliz, porque muy bien nos ilustran acerca del significado de la espiritualidad sacerdotal.

Para adentrarnos al tema, es necesario hacer algunas aclaraciones sobre el lenguaje que utilizaremos:

¿Qué entendemos por “espiritualidad sacerdotal”? El concepto, en efecto, se compone de dos palabras y entonces de dos ideas, por una parte la “espiritualidad” por otra, el adjetivo que la especifica “sacerdotal”.

1. Espiritualidad

El diccionario de espiritualidad de Ermanno Ancilli nos explica con mucha claridad el concepto de espiritualidad, hace cuatro distinciones:

“El término espiritualidad puede tener diversos significados.

  • Un primer concepto es el que define a la espiritualidad como la cualidad de lo que es espiritual (por ejemplo, de Dios, de los ángeles, del alma humana, de la Iglesia);
  • en una segunda definición, espiritualidad es sinónimo de piedad realmente poseída (por ejemplo, de un santo, o de todo aquel que tiene relaciones de servicio con lo divino, aunque no sea cristiano);
  • en tercer lugar podemos entender espiritualidad como la ciencia que estudia y enseña los principios y prácticas de que se compone dicha piedad o dicho servicio de Dios.  En este tercer concepto el termino espiritualidad equivale al de doctrina espiritual, incluso a la misma teología espiritual ascética y mística […]
  • Un cuarto significado puede ser aquel que se identifica con una determinada ‘escuela de espiritualidad’”.

En cuanto al estudio que ahora realizamos, nuestra definición es la tercera, en cuanto al estudio mismo de la espiritualidad sacerdotal, la definición que nos interesa es la segunda.

2. Sacerdotal

Delimitado el significado de la espiritualidad, es preciso entrar en el concepto “sacerdotal”. ¿Hablamos verdaderamente de espiritualidad “sacerdotal”?  Depende, dado que el concepto “sacerdotal” es un poco reduccionista con respecto al ser del sacerdote, pues un sacerdote, (utilizando la terminología del Concilio Vaticano II) no es sólo “sacerdote”, es o presbítero o es Obispo, y la cualidad sacerdotal de ambos, si bien es la misma, el Obispo la ejerce en grado sumo, y el presbítero como participación y en constante e ineludible referencia con el sumo sacerdocio del Obispo.

Hablar del reduccionismo de la cualidad “sacerdotal” del presbítero o del obispo, no significa menospreciar el significado de dicha cualidad, por el contrario, se trata de dimensionarla en todo su valor integrándola en el todo del ser presbiteral o episcopal, así, comprendiendo su significado y relacionándola con las otras cualidades, se comprende mejor qué significa la vivencia del sacerdocio para un presbítero o un obispo.

En este tenor es mejor hablar de “espiritualidad presbiteral” o “espiritualidad episcopal” en lugar de simple espiritualidad sacerdotal.  Permítanme ir adelante en la presente exposición para ser más preciso.

3. Interioridad presbiteral

La espiritualidad del presbítero tiene en cuenta los tres elementos fundamentales de su ser presbiteral: Es maestro, es pastor y es sacerdote, y ello, como decía más arriba, en referencia al Obispo que es quien ha recibido estos munera en grado sumo y como tarea fundamental y que a su vez participa a sus presbíteros en la comunión de los deberes inherentes al Ministerio Ordenado.

Los diversos gestos que se realizan a lo largo del rito de ordenación, evidencian las características del Orden presbiteral que el ordenado adquiere libremente y que se suman a las adquiridas en la ordenación diaconal. Dichas características especifican lo propio del Orden recibido y entonces la integración en la vida de los compromisos adquiridos.  La espiritualidad comporta entonces la integración en la vida con lo que libre y conscientemente se ha adquirido a lo largo de la formación en el Seminario y que el rito litúrgico quiere expresar claramente.

Junto con los compromisos que se adquieren libre y conscientemente se encuentra la intervención de Dios.  La ordenación no se trata sólo de una adquisición de compromisos, se trata también y fundamentalmente de la recepción de la gracia con la cual el ordenado queda cualificado para ejercer el ministerio en la Iglesia.  Por la imposición de manos y la oración de ordenación, el bautizado es configurado con Cristo cabeza para ser su sacramento en la Iglesia, para actuar en su nombre y con su autoridad, para ser verdaderamente “otro Cristo” que enseña, que pastorea, que santifica.

El sacramento del Orden y el sacramento de Matrimonio, gozan de una gracia especial que los sostiene para vivir conforme al tenor de vida adquirido en el sacramento.  Esta gracia se denomina “Gracia de Estado”.  Con la ayuda de la Gracia de Estado es posible, tanto a los ordenados como a los desposados,  vivir coherentemente de acuerdo al sacramento recibido, por lo tanto la Gracia de Estado juega un papel importante en la espiritualidad.

¿En qué consiste la vivencia del presbiterado?  Las palabras que hemos ya enunciado y que acompañan la entrega de la patena con el pan y el cáliz con el vino, nos dan una pista.  Dicen:

“Recibe la ofrenda del pueblo santo de Dios.  Advierte bien lo que vas a realizar, imita lo que tendrás en tus manos y configura tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.

Particularidad del Ministerio Ordenado:  “Recibe la ofrenda del pueblo santo de Dios”.  Los presbíteros reciben una ofrenda que no es de ellos, es del Pueblo, y participan de ella en cuanto que en nombre del Pueblo la reciben y la ofrecen.  El lugar del presbítero no está en el trabajo cotidiano que edifica la ciudad terrena, su lugar está entre el altar (donde se santifica la ofrenda del trabajo humano) y los oferentes, los cuales están representados en él (en cuanto que actúa en persona de la Iglesia) y participan de su vida cada vez que son sensibles a sus necesidades y dolores.  Ya el Concilio Vaticano II en la Lumen Gentium dejó claramente asentado cual es el papel de los ministros ordenados y de los laicos en la vida y en la misión de la Iglesia, así como en la edificación del mundo actual (para iluminar esto último tenemos la riqueza que nos aporta Gaudium et Spes).

Interioridad apostólica: “Advierte bien lo que vas a realizar”.  El rito de ordenación invita al ordenado a interiorizar el Misterio que celebrará especialmente en la Eucaristía.  No se trata de acercarse como los incautos que “no se enteran de lo que están haciendo”, es inherente a su ser presbiteral el ejercicio constante de interiorización, de meditación , de reflexión, en una palabra, de contemplación del Misterio que celebra, que explica, que vive en su propia existencia.  Advertir bien lo que se va a realizar significa dejar espacio a la acción del Espíritu Santo para que él dicte en nuestras vidas.  El Espíritu es amor, y la mansión del amor es el corazón.  Es allí, en la interioridad, donde reside la gracia que recibimos en la Ordenación, de allí proceden los dinamismos de la caridad pastoral (de la que hablaremos más adelante).  En pentecostés, el Espíritu descendió sobre los Apóstoles y María, en figura de lenguas de fuego.  El amor, en efecto, es como fuego que funde en una única realidad lo distinto y que se desarrolla un poder energético capaz de transformar el mundo.  El Espíritu Santo habita en los corazones; allí vibra la caridad pastoral.  Este elemento es fundamental en el ser presbiteral. No se pude hablar de verdadera vida presbiteral si este primer elemento esta fuera, de otra manera se corren muchos peligros como veremos más adelante.

Caridad Pastoral: “imita lo que tendrás en tus manos”: El tercer polo de la espiritualidad presbiteral tiene que ver con la operatividad de su ministerio.  El sacerdote es activo, no se ordena a una persona para contemplarse y servirse a sí mismo, se es ordenado ante todo y sobre todo para el servicio del Pueblo de Dios.  La “imitación” de lo que se tiene en las manos, da tonalidad concreta al servicio que se realiza.  El ejercicio de la docencia y del pastoreo son fruto de la caridad, son el rostro de la caridad.  Imitar a la ofrenda significa hacerse ofrenda, donarse por completo, convertirse en hostia santa, pura, que se ofrece al Padre por la salvación del mundo.  Ofrecerse íntegramente significa dar todo lo que se es: el tiempo, el cuerpo, los pensamientos, las energías, las cualidades, los valores, las virtudes.  Significa darse todo.  Y eso es caridad pastoral, no es el activismo del que trabaja para sí, la caridad pastoral es la expresión del que se ofrece por amor en todo lo que realiza.   La caridad pastoral es el centro motor de la vida del presbítero, por ella participamos de la misión de los Apóstoles y colaboramos en su ministerio de Pastores para la salvación de los hombres.  La caridad pastoral se caracteriza por su tensión de “síntesis vital” en forma simultánea hacia Dios y hacia los hombres: son los dos polos inseparables de su dinamismo constitutivo.  Más aún: en esta tensión de síntesis vital la fuerza unitiva procede de Dios, puesto que en la caridad el amor de Dios es causa de amor a los hombres, pero en una forma tan concreta que —como afirma san Juan— el amor de Dios no es verdadero , si no se concreta en el amor a los hombres.  Cuando el presbítero logra habituarse a vivir en esta caridad pastoral podríamos afirmar que ésta se convierte en un “impulso apostólico” que mueve a buscar a toda costa la salvación de las almas y el servicio exclusivo a Dios.

La gracia de unidad: “configura tu vida con el misterio de la cruz del Señor”.  Este concepto nos ayuda a comprender el centro de la espiritualidad del presbítero.  La gracia de unidad la podemos entender como la gracia que armoniza la vida contemplativa con la vida activa, los dos puntos que arriba hemos señalado.  En la exposición de los dos puntos anteriores evité exponer ideas que confundieran con respecto a lo que quise decir en cada punto, sin embrago, al entrar en cada uno de ellos, no se pueden explicar uno sin el otro.  La interioridad tiene como fruto el desempeño caritativo de la misión encomendada, la caridad pastoral bebe como de su fuente, de la interioridad espiritual.  Por lo que hemos dicho hasta aquí, vamos ubicando el significado de la “gracia de unidad”.  Sabemos que se ubica en el centro del corazón del presbítero, hace que, en él, el vivir en unión con Dios y el ser dinámico en el ejercicio del ministerio sea una síntesis unitaria.  La Cruz del Señor es la expresión suprema de esta síntesis vital.  Cristo sube decididamente a la Cruz como muestra de su amor por los hombres, de su entrega total, y no lo hace como los masoquistas, va libre y conscientemente, cumpliendo con la voluntad del Padre la cual ha concebido y aceptado en la interioridad donde vive permanentemente.  Configurar la vida con el Misterio de la Cruz del Señor comporta una profunda y firme interioridad presbiteral junto a una decidida y valiente caridad pastoral.

4. Anclados en la realidad

A todos estos ideales, se les presentan sus respectivos obstáculos, los cuales merman paulatinamente el ejercicio del presbiterado y hace mella en la vida de la Iglesia.  Lo presbíteros, hombres anclados en el tiempo y en el espacio, no son ajenos a los vaivenes de la concupiscencia y del pecado. Precisamente la Gracia de Estado que ha recibido en la Ordenación unida a la Gracia Bautismal, le ayudan a afrontar decididamente todos los peligros.  He aquí algunos:

Vivimos en una época amante de los efímero, que ha dado importancia a modas ideológicas, que admira el dinamismo de la eficiencia, y se deja encandilar por las maravillas de la técnica.  Todo el pluriforme devenir cotidiano tiene ocupada continuamente la mente, dejando poco espacio a las reflexiones de la fe.  Mirando las cosas y los acontecimientos (aún con la seriedad de las observaciones científicas), no se considera, como verdadero elemento de la realidad, la presencia del Espíritu Santo en la historia ni los efectos concretos de sus iniciativas y de su poderoso influjo.

Se piensa y se vive prescindiendo de la acción divina en la historia humana.  Después del nacimiento de Cristo, de su Pascua y de Pentecostés, es actitud superficial y antihistórica considerar al hombre sólo con óptica horizontal.  Pentecostés ha traído, por obra de Cristo, una realidad de presencia y de iniciativas divinas que entran a formar parte inseparable, del espesor mismo de la vida de la humanidad, influyendo objetivamente en el curso de su devenir.

Nosotros, discípulos del Señor Jesús, somos testigos de esta dimensión superior percibida directamente por la fe.  Los presbíteros debemos ser para los demás “sacramento”, es decir, signo sensible y eficaz de la gracia, de la presencia real y de la fuerza del Espíritu del Señor en la vida.  Para ello es necesario que nos ejercitemos cotidianamente a mirar en profundidad.  Todo ejercicio ministerial es vivificado por una penetrante dimensión contemplativa, de diferente tipo, según la modalidad propia de la vocación recibida.

El presbiterado tiene una misión de continua actividad al servicio de los hombres: le corresponde un tipo peculiar de contemplación que logre transformar la actividad en una expresión de interioridad.

Pero una espiritualidad presbiteral no es cosa fácil; requiere iniciación especial (que otorga el Seminario) y adecuada e intensa formación permanente.  La asechan particulares peligros, el más radical de los cuales es la superficialidad espiritual.  Dejarse llevar por la óptica horizontalista corriente; aceptar el influjo de modas ideológicas; sumergirse en la acción pastoral por sí misma; agotarse en la consideración de tantos problemas; concentrarse exclusivamente en los aspectos organizativos, culturales, económicos, políticos, etcétera; entusiasmarse por afectos humanos; buscar justificaciones racionalizadas, distorsionando afirmaciones de la Sagrada Escritura o de santos que tienen su sentido verdadero sólo en una vida de unión con Dios, es atentar contra la esencia de “la vida en el Espíritu”.

5. Algunos elementos:

Quiero finalizar esta pobre reflexión, señalando algunos elementos que pueden ayudar a reforzar (o a obtener) esta “gracia de unidad de vida” en los presbíteros.

  • No olvidar que la llamada que hemos recibido viene de Dios, y que de Él parten todas las iniciativas que nos mueven al ejercicio de una interioridad presbiteral y al ejercicio de la caridad pastoral.  La vida cristiana que testimoniamos a los fieles y al género humano, no es una iniciativa primariamente nuestra, sino un don y una llamada que son iniciativa de Dios, de su amor de gratuita predilección.
  • Participación en la “liturgia de la vida”: Se trata del ofrecimiento de sí mismo al Padre; del aporte de participación personal a la celebración del misterio eucarístico, como dice el mismo texto litúrgico “que Él nos transforme en ofrenda permanente”.
  • La centralidad de la Eucaristía: Debemos en realidad reconocer que la Eucaristía es el centro motor de la vida cristiana; vertiente y culmen de sus inagotables riquezas.  La vivencia de este misterio empieza en el interior de cada persona, de cada presbítero. ¿No se habrá ido perdiendo, por esta famosa crisis cultural, la importancia de la Eucaristía para la interioridad de los presbíteros, su significado fundamental para el discernimiento de los signos de los tiempos y su proyección pedagógica en la formación de los fieles?.
  • La interioridad presbiteral se ve asechada continuamente por nuestras debilidades y por el pecado.  La inteligencia de la fe lleva a dialogar de esto personalmente con Cristo.  Todos necesitamos de reconciliación y penitencia.  Al salir de sí mismo para convertirse, el presbítero no sólo recupera y robustece su alma con Dios, si no que da un aspecto más auténtico a toda su actividad: asegura la genuinidad de su interioridad presbiteral.
  • La Iglesia, esposa de Cristo, tiene expresiones oficiales de alabanza y de súplica al Padre: todo en Cristo, con Cristo y por Cristo.  Participar con gusto de ellas y ser fieles a sus exigencias es otra manera de vivir y alimentar la gracia de la Ordenación, como vertiente de la gracia de unidad interior.  Se trata de vivir el misterio de Cristo en el tiempo y con el ritmo mismo de la Iglesia, me refiero a la Liturgia de la Horas.  Si los presbíteros no tomamos en serio este ministerio de oración eclesial, alimentamos la duda de que los peligros de superficialidad espiritual tengan precisamente en nosotros una de las causas del descenso en la interioridad presbiteral.  Los presbíteros somos servidores de la Alianza de Dios con su Pueblo, y, a veces, nos dedicamos a otras cosas, dejando lo más incisivo en la pastoral.  “No está bien que nosotros –leemos en Hechos de los Apóstoles- abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas… Nosotros perseveraremos en la oración y en el ministerio de la Palabra” (Hech. 6, 2.4).
  • La intimidad personal.  Hay que insistir mucho en la oración personal.  La persona es la fuente primaria del amor.  Toda comunión parte de iniciativas de personas.  La potencia del Espíritu del Señor pasa a través de cada corazón: el mío, el tuyo.  Todo proceso de renovación personal tiene ahí su secreto.  Cada presbítero necesita hablar con Dios, en lo más íntimo del corazón, su modo personal de ser hijo de Dios, demostrarle su gratitud, y confiarle sus deseos y preocupaciones apostólicas.

Hay que mirar a María, ella, sin ser sacerdote, es modelo de toda vida cristiana, en primerísimo lugar, y es ejemplo acabado de vida sacerdotal.  Ella nos muestra con su misma vida la “gracia de la unidad interior”, nos enseña a vivir en coherencia y en unidad los que pensamos y meditamos en el interior con lo que se expresa en nuestro exterior.  Ella enseña al Sacerdote a ponerse en manos de Dios, a llenarse el corazón de ese amor que motiva al sacerdote a buscar la voluntad de Dios y el mayor bien de las almas.  Su ejemplo y su intercesión es garantía segura de santidad sacerdotal, es más, me atrevo a afirmar, sin temor alguno, que no existe un solo sacerdote que sea santo que no tenga como piedra angular de su vida espiritual una recta y tenaz devoción a María Santísima.

Termino mi sucinta reflexión, leyendo un fragmento de una elocuente homilía del Papa Pablo VI en las ordenaciones presbiterales de un poco más de 100 diáconos en la solemnidad de San Pedro y San Pablo del año santo 1975:

“¡Oh! Dichosos ustedes, hijos y hermanos carísimos, dichosos ustedes, que han tenido la gracia, la sabiduría, la valentía de escuchar y acoger la invitación determinante.  Ella ha trastornado los proyectos normales y seductores de su vida; les ha arrancado del consorcio de sus seres queridos (Mt 19, 27-29); les ha pedido incluso la renuncia al amor conyugal, para exaltar en ustedes una plenitud excepcional de amor por el Reino de los cielos, por la fe, es decir, por la caridad hacia los hermanos (Mt. 19, 12); ha hecho de ustedes seres singulares, más semejantes, en virtud del carácter sacerdotal, a los ángeles que a los hombres de este mundo (cfr. Mt, 22, 30; 1Cor. 7, 8); o ha infundido y también impuesto una espiritualidad exclusiva (cfr. Gal. 5, 16) pero que sabe apreciarlo y valorarlo todo (cfr. ¡ Cor 2, 14 ss; Jn. 14, 17) y, acogiendo su oblación, los ha insertado en la dramática aventura de seguir a Cristo (cfr. Mt. 8, 19; Lc 22, 35).  ¡Oh, dichosos ustedes! Reflexionen siempre acerca de la suerte enaltecedora de su vocación, y no abriguen nunca la duda de si se han equivocado en su elección, inspirada por un carisma superlativo de sabiduría y caridad (cfr. Mt. 19, 11; 1Cor. 12, 4ss).  ¡Y no miren nunca atrás! Se los enseña Jesús mismo: “Nadie que después de haber puesto la mano sobre el arado mire atrás es apto para el Reino de Dios” (Lc. 9, 62).  Esta es la ley de la vocación: un sí total y definitivo. (Pablo VI, ordenaciones sacerdotal en la plaza de san Pedro, 29 de junio de 1975).

México D.F., 7 de octubre de 2009
Nuestra Señora del Rosario


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