II. CATEQUESIS PARA EL PUEBLO DE DIOS

A. VER (Experiencia humana)

1Cor 11, 23-25

Mc 14, 22-24

Mt 26, 26-28

Lc 22, 19-20

«El Señor Jesús, la noche en que era entregado, tomó pan, dando gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía”. Asimismo tomó el cáliz después de cenar, diciendo: “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces beban de ella, háganlo en memoria mía”».

«Y mientras estaban comiendo, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio y dijo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos"».

«Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan, pronunció la bendición, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomen, coman, esto es mi Cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “Beban de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados"».

«Tomó luego pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes: hagan esto en recuerdo mío”. De igual modo, después de cenar, tomó la copa, diciendo: “Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que se derrama por ustedes"».

B. PENSAR: Puntos doctrinales

1. Memorial del Señor

Cuando celebramos la Misa, hacemos lo que el mismo Jesús hizo en la noche de su Cena. Este postulado va mucho más lejos de lo que pudiera pensarse en un primer acercamiento.

En efecto, si la plegaria de acción de gracias, la “Plegaria eucarística”, se encuentra, según un mismo movimiento y con similares palabras, en todas las tradiciones litúrgicas cristianas, a pesar de su gran diversidad y la disparidad de ritos, es porque el propio Jesús oró así, y su ejemplo lo perpetuamos en nuestro modo de orar. Su plegaria de acción de gracias es reconocimiento dirigido a Dios Padre todopoderoso y “memoria hecha” de las maravillas realizadas desde la creación del mundo al misterio de la salvación, cumplida por medio del don de su Cuerpo entregado y de su Sangre de la Alianza “derramada por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Este “hacer memoria” de la acción de Dios alimenta y constituye nuestra oración.

La noche de la Cena y la Eucaristía en la actualidad

En la noche de la Cena, pues, Jesús da gracias y gloria a Dios, su Padre y nuestro Padre. En un gesto ritual, comienza por recapitular o, mejor, por rememorar, toda la historia de la salvación. Es lo que nosotros hacemos en la actualidad, a nuestro modo, en la Plegaria eucarística IV: la creación del mundo, la llamada a Abrahán, la liberación de la esclavitud en Egipto, con el Éxodo y la Pascua, el don de la Alianza al pueblo elegido y querido como un hijo, la esperanza de la santidad, la presencia de Dios en su Templo, la promesa de un Mesías salvador de todos los hombres, llamados a convertirse en hijos en el Hijo. En ese mismo gesto ritual, desde entonces sacramental, por amor, Jesús se ofrece a sí mismo en ese Pan, sacramento de su Cuerpo entregado, en ese vino, sacramento de su Sangre derramada por todos, como signo de la Alianza nueva y eterna. Así anticipa El su muerte y su resurrección; así anticipa su Pasión y su Pascua.

En un avance, el Jueves Santo, Jesús da a sus Apóstoles lo que Él va a realizar por medio de su muerte en la cruz, el Viernes, y su Resurrección al tercer día por la fuerza del Padre y del Espíritu, que transfigura su cuerpo de carne mortal en cuerpo de gloria.

Cuando nosotros, en la actualidad, celebramos la Eucaristía, hacemos lo que Jesús hizo antes de su Pasión, repitiendo los mismos gestos, diciendo las mismas palabras, siguiendo el mismo movimiento de su oración. Pero no nos contentamos con repetir de manera mecánica, y menos aún, mágica. Si podemos y debemos hacerlo ahora, es decir, después de su Pasión, es porque Cristo vivió el presente de su Pasión, pero también a que, gracias a habernos unido a su Pasión, hemos alcanzado parte en la Resurrección.

Porque Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para darnos vida; porque el sacramento del Bautismo nos ha sumergido en su muerte y Resurrección, y desde entonces hemos pasado a ser miembros del Cuerpo de Cristo y nos hemos unido a un pueblo nuevo, la Iglesia. Desde ese momento, unidos de ese modo a Cristo, podemos, por el Espíritu Santo que él ha derramado en nuestros corazones, ofrecer después de su Pasión lo que él ofreció por adelantado en la víspera de ésta, antes de abismarse en la muerte para que Dios manifestara su potencia resucitándolo. Desde ese momento podemos, hoy en día y cada día, realizar la acción de gracias, la Eucaristía de Jesús y celebrar el sacrificio que él mismo ofreció a su Padre, antes de su Pasión, tras el cual ordenó a sus Apóstoles: “Hagan esto en memoria mía”.

2. Salvación universal y apropiación personal

«Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 TIM 2, 4). Cristo el Señor —principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, de su resurrección de entre los muertos y de su gloriosa ascensión— realizó esta obra de redención humana y de glorificación perfecta de Dios, preparada por las maravillas que Dios hizo en el pueblo de la antigua Alianza. Por este misterio, “con su Muerte destruyó nuestra muerte y con su Resurrección restauró nuestra vida”» (SC 5).

Cristo, aunque es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Tim 2, 5-6) y ofreció en la cruz el único y definitivo sacrificio (Heb 7, 27; 9, 12), quiso que también la Iglesia participara asociándose a ese sacrificio: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 24). Cristo ha querido que el don de la salvación que ofreció a todos sea recibido y aprovechado por cada uno, para que sea también mérito nuestro. Así al sacrificio de Cristo se une el sacrificio de la Iglesia añadiendo cada vez dimensiones nuevas por la cambiante historia de los presentes. El sacrificio de Cristo en la cruz por la salvación es ofrecido por todos, pero no todos se benefician de los frutos de este sacrificio, ya que habrá quienes lo rechacen, se rehúsen a participar internamente o simplemente no quieren ser salvados por Cristo.

Esta es la razón por lo que la Santa Sede, cuya responsabilidad —entre otras— es aprobar las traducciones de los libros litúrgicos ha pedido a la Conferencia Episcopado Mexicano, y a otras más, cambiar las palabras “por todos” a “por muchos” ya que:

  • “Por muchos” es una traducción fiel de “pro multis” [texto latino] en tanto que "por todos" es más bien una explicación catequética.
  • «La expresión “por muchos”, mientras permanece abierta a la inclusión de cada uno de los seres humanos, refleja, además el hecho de que esta salvación no es algo mecánico, sin el deseo o la participación voluntaria de cada uno. El creyente es invitado a aceptar por la fe el don que le es ofrecido y a recibir la vida sobrenatural que le da a los que participan del misterio, viviéndolo como lo viven aquellos que están en el número de los “muchos” a los que se refiere el texto».

3. Sacramento de la Iglesia

“La celebración eucarística es acción de Cristo y de la Iglesia, es decir, del pueblo santo, reunido y ordenado bajo la guía del Obispo. Por eso, pertenece a todo el cuerpo de la Iglesia, influye en él y lo manifiesta; pero afecta a cada uno de sus miembros en modo diverso y propio, según la diversidad de órdenes, ministerios y de participación efectiva” (IGMR 91).

Nadie puede privatizar la Eucaristía, pues la ofrece toda la Iglesia y en beneficio de toda la Iglesia. La Iglesia celebra la Pascua de su Señor a través de un patrimonio de ritos y preces. Nosotros lo recibimos, lo conservamos con fidelidad, pues encierra el tesoro de la fe de la Iglesia. Las fórmulas sacramentales son el estuche en el cual se conserva esa joya. Por eso las tratamos con sumo cuidado pues contienen ese tesoro de fe y amor. Por eso, su aprobación se reserva al Papa; son universales y no deben alterarse para no poner en riesgo la autenticidad, validez y eclesialidad de la acción.

4. Liturgia viva

La celebración de la Eucaristía, comenzando por el cenáculo y por el Jueves Santo, tiene una larga historia propia, larga cuanto la historia de la Iglesia. En el curso de esta historia los elementos secundarios han sufrido ciertos cambios; no obstante, ha permanecido inmutada la esencia del “Mysterium” instituido por el Redentor del mundo, durante la Ultima Cena (Mysterium Fidei).

La Iglesia, fiel al mandato de Jesús (“Hagan esto en memorial mío”) ha mantenido intactas las acciones realizadas por Cristo en la Última Cena: tomar pan y vino; decir la acción de gracias; partir y repartir.

“Al observar la historia bimilenaria de la Iglesia de Dios, guiada por la sabia acción del Espíritu Santo, admiramos llenos de gratitud cómo se han desarrollado ordenadamente en el tiempo las formas rituales con que conmemoramos el acontecimiento de nuestra salvación.

Desde las diversas modalidades de los primeros siglos, que resplandecen aún en los ritos de las antiguas Iglesias de Oriente, hasta la difusión del rito romano; desde las indicaciones claras del Concilio de Trento y del Misal de san Pío V hasta la renovación litúrgica establecida por el Concilio Vaticano II: en cada etapa de la historia de la Iglesia, la celebración eucarística, como fuente y culmen de su vida y misión, resplandece en el rito litúrgico con toda su riqueza multiforme” (SCa 3).

Siendo la Eucaristía el don más grande de la Iglesia, ninguna forma es capaz de agotar todo el contenido del misterio que celebra. Ésta es la razón por la que la Iglesia ordena de tal manera los textos y los ritos, a fin de que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una participación plena, activa y comunitaria (Cf. SC 21).

C. ACTUAR: Líneas de participación y vivencia

Hemos reflexionado que Jesucristo, por medio del sacrificio eucarístico ofrece a toda la humanidad la salvación; ahora bien, no todos, pero sí muchos, gozarán de ella. ¿Qué hacer para ser de los “muchos”? Siguiendo las enseñanzas de Juan Pablo II y de Benedicto XVI podemos proponer lo siguiente:

  1. Creer en Cristo como el Salvador enviado por el Padre. Esto implica aceptar la salvación que el Señor nos ofrece hoy por medio de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía. Como nos dice el Papa Benedicto XVI:

    La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía. La fe y los sacramentos son dos aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de la Palabra de Dios se alimenta y crece en el encuentro de gracia con el Señor resucitado que se produce en los sacramentos: «La fe se expresa en el rito y el rito refuerza y fortalece la fe». Por eso, el Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial; «gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo». Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, tanto más profunda es su participación en la vida eclesial a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos. La historia misma de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística del Señor en medio de su pueblo” (SCa 6).

  2. Celebrar bien la Eucaristía, con la conciencia y certeza de la presencia de Cristo, que realiza la salvación en ella, por medio de ritos y palabras. El Papa Juan Pablo nos decía:

    “Hace falta, en concreto, fomentar, tanto en la celebración de la Misa como en el culto eucarístico fuera de ella, la conciencia viva de la presencia real de Cristo, tratando de testimoniarla con el tono de la voz, con los gestos, los movimientos y todo el modo de comportarse... es necesario que la manera de tratar la Eucaristía por parte de los ministros y de los fieles exprese el máximo respeto (MND 18).

    Esto implica, de nuestra parte, una participación plena, consciente y activa. Al respecto dice la Sacrosanctum Concilium:

    “Mas, para asegurar esta plena eficacia [la Redención] es necesario que los fieles se acerquen a la sagrada liturgia con recta disposición de ánimo, pongan el alma en consonancia con su voz y cooperen con la gracia divina para no recibirla en vano (2 Cor 6, 1). Por esta razón los pastores de almas deben vigilar para que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes relativas a la celebración lícita y válida, sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente” (n. 11).

    La forma más plena de participar en la celebración eucarística es la Comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo. Dice el Papa Benedicto XVI:

    “Sin duda, la plena participación en la Eucaristía se da cuando nos acercamos también personalmente al altar para recibir la Comunión” (SCa 55).

    En la Comunión, dice el Papa Juan Pablo II, la eficacia salvífica del sacrificio de Cristo se realiza plenamente:

    “La eficacia salvífica del sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el cuerpo y la sangre del Señor. De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: lo recibimos a él mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su cuerpo, que él ha entregado por nosotros en la cruz; su sangre, “derramada por muchos para perdón de los pecados” (Mt 26, 28). Recordemos sus palabras: “Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6, 57)” (EE 16).

  3. “Vida eucarística” (SCa 70): dar testimonio con la vida (SCa 85). Atraer a los alejados. Dar razones de nuestra esperanza a los desanimados. Ser discípulos y misioneros (SCa 86).

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