LA PLEGARIA EUCARÍSTICA

INTRODUCCIÓN

Los textos bíblicos que nos narran la institución de la Eucaristía nos dicen que Jesús, en la Ultima Cena, realizó tres gestos o acciones: Primero, tomó el pan y tomó el cáliz con vino. Después pronunció la Bendición o Himno de Acción de gracias. Y finalmente, partió el pan para entregárselo y pasó a los apóstoles el cáliz, convertido ya en su sangre. Una vez realizados estos gestos manda a los apóstoles que repitan esto en conmemoración y recuerdo suyo.

Cuando la Iglesia quiso realizar este mandato, ritualizó estos tres gestos que, aunque con diversos nombres, han constituido la esencia de la celebración eucarística durante veintiún siglos.

El Misal, llamado de Pablo VI, nos presenta el siguiente esquema de la liturgia eucarística, en la Instrucción General del Misal Romano (= IGMR):

«En la Última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y banquete pascual, por el que se hace continuamente presente en la Iglesia el sacrificio de la cruz, cuando el sacerdote, que representa a Cristo el Señor, lleva a cabo lo que el Señor mismo realizó y confió a sus discípulos para que lo hicieran en memoria suya.

Cristo tomó en sus manos el pan y el cáliz, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomen, coman, beban; esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre. Hagan esto en conmemoración mía”. De ahí que la Iglesia haya ordenado toda la celebración de la Liturgia eucarística según estas mismas partes que corresponden a las palabras y acciones de Cristo. Ya que:

  1. En la preparación de los dones se llevan al altar el pan y el vino con agua; es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos.
  1. En la Plegaria eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación, y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
  1. Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aun siendo muchos, reciben de un solo pan el Cuerpo y de un solo cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo que los Apóstoles lo recibieron de manos del mismo Cristo» (IGMR 72).

MISAL ROMANO de Pablo VI

ÚLTIMA CENA

A. Preparación de los dones

Tomar el pan y preparar la copa de vino

B. Plegaria eucarística

Lo bendijo y dadas las gracias

C. Fracción del pan y Comunión

Lo partió y se lo dio

Es el modo como la Iglesia pretende hoy, como ayer, seguir cumpliendo el mandato del Señor: “haced esto en memoria mía”.

En esta catequesis hablaremos solamente de la Plegaria eucarística, ya que siendo la parte central de la Misa sin embargo es la menos comprendida por los fieles y, en ocasiones, por el mismo presidente de la celebración.

LA PLEGARIA EUCARÍSTICA

1. ¿QUÉ ES LA PLEGARIA EUCARÍSTICA?

La Plegaria eucarística es el centro y el culmen de toda la celebración; es una oración de acción de gracias y de santificación. El sentido de esta oración es que toda la congregación de los fieles se una con Cristo en el reconocimiento de las grandezas de Dios y en la oblación del sacrificio (Cf. IGMR 78).

La mayoría de los católicos han tomado conciencia desde los inicios, que durante la Plegaria eucarística el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo. Sin embargo, de lo que muchos católicos no han tomado conciencia es de que la Plegaria Eucarística es más que la adoración a Cristo que se hace presente en medio de nosotros.

La Iglesia nos dice que la liturgia (y la Misa es el punto culminante y el corazón de la liturgia) es la acción de Cristo Sacerdote y su Cuerpo que es la Iglesia. En la celebración de la Misa, durante la Plegaria eucarística, no sólo Cristo se hace presente, en su cuerpo y sangre, alma y divinidad, bajo las formas del pan y del vino, sino que también la acción salvadora de Cristo, su pasión, muerte y resurrección se realiza nuevamente y es ofrecida al Padre por el mismo Cristo en la persona del sacerdote y de todos los presentes.

“¡Ésta es una verdad de enorme trascendencia! Esta acción de Cristo que nos trajo la redención del pecado y de la muerte eterna, ofrecida una vez y por todos en el Calvario se realiza de nuevo, para nosotros aquí y ahora, en este tiempo y lugar, de modo que nos podarnos unir a la ofrenda perfecta de Cristo y podamos nosotros mismos participar en su culto perfecto.

Lean cuidadosamente cualquiera de las Plegarias eucarísticas. Se darán cuenta de que la oración es dirigida no a Cristo sino al Padre: “Padre, eres verdaderamente santo...”; “Padre, estas ofrendas te las presentamos...”; “Padre, te rogamos...”. Es un culto ofrecido al Padre por Cristo tal como lo fue en el momento de su pasión, muerte y resurrección, pero ahora es ofrecido por medio del sacerdote que actúa en la persona de Cristo y es, asimismo, ofrecida por todos nosotros que formamos parte del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. Esta es la acción del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, en la Misa.

Cuando el sacerdote eleva esta plegaria, dice: “te ofrecemos estos dones"; “te pedimos”; “te ofrecemos”. Este “nosotros” significa que todos los bautizados que están presentes en esta celebración Eucarística hacen este ofrecimiento en unión con Cristo, rezan esta plegaria en unión con Él y lo que es más importante aún, no ofrecemos solo a Cristo al Padre, sino que estamos llamados a ofrecemos a nosotros mismos, nuestras vidas, nuestros esfuerzos individuales, para asemejamos aún más a Cristo y ofrecer nuestros aportes, como comunidad de creyentes, para difundir la Palabra de Dios y servir al pueblo de Dios, al Padre, en unión con Cristo, a través de las manos del sacerdote. Lo más maravilloso de todo es que a pesar de que nuestra ofrenda en sí misma sea imperfecta, uniéndose con la de Cristo se transforma en una alabanza y acción de gracias perfecta al Padre.

También durante la Plegaria eucarística en la Misa, tenemos mucho más que hacer que simplemente esperar el momento de la consagración, y quedarnos allí pasivamente, mientras continúa la oración del sacerdote. Notemos que antes de la consagración nos unimos a la oración de alabanza y acción de gracias al Padre, conocida como el Prefacio, y afirmamos esa alabanza y acción de gracias con nuestro canto a quien es tres veces Santo. Después de la consagración, nos unimos todos en la Aclamación Memorial que proclama nuestra fe común en la presencia real de Cristo y expresa nuestra gratitud a Cristo por su maravilloso regalo de salvación. Más aún, nuestra plegaria cambia su sentido y somos invitados a ofrecer a Cristo y a nosotros mismos, con Cristo, al Padre: “Te ofrecemos, Padre, este sacrificio vivo y santo...” Somos invitados a orar junto con el sacerdote por nosotros que “alimentados por su Cuerpo y por su Sangre, seamos colmados del Espíritu Santo” y seamos un solo cuerpo y un solo espíritu en Cristo; luego, unimos nuestras plegarias a las de Santa María Virgen y todos los santos intercediendo por nuestro Santo Padre, el Papa, nuestros obispos y el clero y todo el pueblo de Dios, vivos y difuntos. Al concluir la Plegaria eucarística, el sacerdote resume todo lo ocurrido previamente: “Por Cristo, con Él (Cristo) y en Él (Cristo) a Ti Dios Padre Omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos”. Nosotros, que somos privilegiados de poder hacer nuestro propio ofrecimiento, por, con y en Cristo, respondemos con la aclamación más importante de la Misa, que es el gran AMEN, con el cual profesamos que la acción de Cristo es también nuestra acción.

2. ELEMENTOS DE LA PLEGARIA EUCARÍSTICA

La IGMR, en el n. 79, nos presenta los principales elementos de que consta la Plegaria eucarística:

a) Acción de gracias (que se expresa sobre todo en el Prefacio): en la que el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y le da gracias por toda la obra de salvación o por alguno de sus aspectos particulares, según las variantes del día, de la festividad o del tiempo litúrgico (IGMR 79a).

El Prefacio es un himno de acción de gracias al Padre por habernos dado a Jesucristo, su Hijo amado. El motivo de esta acción de gracias se desarrolla en cada Prefacio: como Jesucristo es autor y síntesis de toda la salvación (“Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo...” (Hbr 1, 1-2), cada fórmula motiva la acción de gracias de la Asamblea según el tiempo litúrgico o las circunstancias de la celebración. A veces se agradecerá por Jesucristo nacido por nuestra salvación; otras por Cristo Resucitado, nuestra Pascua; otras porque en El brilla la esperanza de nuestra resurrección personal.

b) Aclamación: con la que toda la asamblea, uniéndose a las potestades celestiales, canta el Santo. Esta aclamación, que constituye una parte de la Plegaria eucarística, la pronuncia todo el pueblo con el sacerdote (IGMR 79b).
Ante la salvación que se anuncia y se realiza, la Asamblea canta el Santo, palabra que es la expresión y el reconocimiento que el creyente hace de la grandeza y santidad de Dios.

c) Epíclesis: con la que la Iglesia, por medio de determinadas invocaciones, implora el poder del Espíritu Santo para que los dones que han ofrecido los hombres, sean consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada que se va a recibir en la Comunión se para salvación de quienes la reciban (IGMR 79c).

Esta invocación va siempre acompañada de un gesto epiclético, la imposición de las manos que el sacerdote extiende sobre las ofrendas.

d) Narración de la institución y consagración: mediante las palabras y acciones de Cristo se lleva a cabo el sacrificio que Cristo mismo instituyó en la Última Cena, cuando bajo las especies de pan y vino ofreció su Cuerpo y su Sangre y se lo dio a los Apóstoles en forma de alimento y bebida, y les dejó el mandato de perpetuar este mismo misterio (IGMR 79d).

El relato de la institución de la Eucaristía dentro de la Plegaria, tiene la función de explicitar las palabras del Señor y su relación con el mandato por El dejado. Expresa el paso del memorial de la salvación pretérita a la realidad de la salvación presente, que realiza la Iglesia sacramentalmente: se repite el gesto, y con él el misterio de la muerte y resurrección, centro del Misterio Pascual y garantía de nuestra futura participación en él.

La estructura de esta parte de la Plegaria eucarística es como sigue:

  • Introducción: Se trata de la expresión que sirve para introducir el relato y que lo enlaza con el contexto anterior. Siempre contiene una referencia a la inminente pasión de Cristo (“El cual, la víspera de su Pasión”, PE I; “El cual, cuando iba a ser entregado”, PE II; “Porque él mismo, la noche en que iba a ser entregado” PE III; -Porque él mismo, llegada la hora en que había de ser glorificado”, PE IV); pero no es un elemento de naturaleza cronológica solamente, sino que nos quiere dar a entender que lo sucedido en la Cena tiene una referencia directa con la cruz de Cristo: es su memorial sacramental, y además refiere la reunión de Cristo con sus discípulos en la cena pascual.
  • Palabras y acciones rituales: Los textos presentan con intensidad los gestos de Jesús: tomar el pan (o el cáliz); dar gracias; pronunciar la bendición y dar a los discípulos. El sacerdote repite las palabras que describen las acciones del Señor con pequeñas variantes según los esquemas de las Plegarias. En cambio, las palabras de consagración (“Tomad y comed”, “Tomad y bebed”) son las mismas en todas las Plegarias eucarísticas.

En cuanto a las palabras de consagración del vino, nuestra tercera edición del Misal Romano traerá una variante. La Santa Sede ha establecido que la frase “pro multis” del texto latino debe ser traducida como “por muchos” en todas las nuevas traducciones de las plegarias eucarísticas.

Aunque “por muchos” es la traducción literal de la frase latina, la traducción utilizada en México después del Concilio Vaticano II, es la frase “por todos”.

La traducción del pro multis ha sido siempre objeto de controversia porque involucra serias implicaciones teológicas. La frase se pronuncia cuando el sacerdote consagra el vino, diciendo (en la corriente traducción en uso)

... que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.

La versión latina del Misal, que establece la norma de la liturgia romana, dice:

Qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem peccatorum.
(Que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados).

Los críticos de la traducción en curso han argumentado desde que apareció que traducir “pro multis” como “por todos” no solo distorsiona el texto latino original, sino que connota que todos los hombres se salvarán, no importa cuál sea su relación con Cristo y con su Iglesia. La traducción más natural es “por muchos”, la cual mucho más exactamente sugiere que mientras que los dolores redentores de Cristo hacen la salvación algo accesible a todos, de allí no se entiende que todos se hayan de salvar.

El Cardenal Arinze, en la carta que dirige a los presidentes de las conferencias episcopales explica las razones de la decisión vaticana.

  • Los Evangelios Sinópticos (Mt 26, 28; Mc 14, 24) hacen una referencia específica a “muchos” por los cuales el Señor está ofreciendo el Sacrificio, y estas palabras han sido remarcadas por algunos eruditos bíblicos relacionándolas con las palabras del profeta Isaías (53, 11-12). Sería completamente posible que los Evangelios hubiesen dicho “por todos” (por ejemplo, Cf. Le 12, 41); pero, la fórmula de la narración de la institución dice “por muchos”, y estas palabras han sido fielmente traducidas por la mayoría de las versiones bíblicas modernas.
  • El Rito Romano en latín siempre ha dicho por muchos y nunca por todos en la consagración del cáliz.
  • Las anáforas de los distintos ritos orientales, sea el griego, el siríaco, el armenio, el eslavo, etc. contienen fórmulas verbales equivalentes al latín “pro multis” en sus respectivos idiomas.
  • “Por muchos” es una traducción fiel de “pro multis” en tanto que “por todos” es más bien una explicación más adecuada a la catequesis.
  • La expresión “por muchos”, mientras permanece abierta a la inclusión de cada uno de los seres humanos, refleja, además el hecho de que esta salvación no es algo mecánico, sin el deseo o la participación voluntaria de cada uno. El creyente es invitado a aceptar por la fe el don que le es ofrecido y a recibir la vida sobrenatural que le dada a los que participan del misterio, viviéndolo como lo viven aquellos que están en el número de los “muchos” a los que se refiere el texto.

e) Anamnesis: con la que la Iglesia, al cumplir este encargo que, a través de los Apóstoles, recibió de Cristo Señor, realiza el memorial del mismo Cristo, recordando principalmente su bienaventurada pasión, su gloriosa resurrección y la ascensión al cielo (IGMR 79e).

La anamnesis del Misterio Pascual y el ofrecimiento al Padre de la víctima sacrificial, es otro de los elementos esenciales Se recuerda la Muerte, Resurrección y Ascensión de Cristo, no como una evocación fría de hechos pasados, sino como memorial viviente, realizado en el aquí y ahora de la Asamblea. La Eucaristía celebra y re-presenta (hace presente de nuevo) la fuerza salvadora de esos hechos que nos alcanzaron la reconciliación con Dios. Y por esa razón el sacerdote, en nombre de y representando a todo el pueblo sacerdotal, lo ofrece al Padre como oblación agradable a Él y salvadora para los hombres.

f) Oblación: con la que la Iglesia, sobre todo la reunida aquí y ahora, ofrecen en este memorial al Padre en el Espíritu Santo, la víctima inmaculada. La Iglesia pretende que los fieles no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos, y que de día en día perfeccionen, con la mediación de Cristo, la unidad con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios lo sea todo en todos (IGMR 79f).

Después de la consagración hay una segunda epíclesis o invocación: se implora de nuevo la presencia del Espíritu Santo para que por una parte haga grata al Padre la ofrenda de la Víctima y por otra, la acción del Espíritu aúne en una sola familia de hermanos a todos los que se alimentan de esta misma Víctima.

g) Intercesiones: con ellas se da a entender que la Eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos sus miembros vivos y difuntos, miembros que han sido todos llamados a la participación de la salvación y redención adquiridas por el Cuerpo y la Sangre de Cristo (IGMR 79g).

La Eucaristía se ofrece por toda la Iglesia. Por eso en la Plegaria eucarística hay una intercesión explícita por todos ellos: el Papa, el Obispo, la jerarquía, los oferentes, los que están reunidos, los ausentes, los difuntos. Se pide que a todos ellos alcance la salvación de Cristo que la Eucaristía representa y actualiza.
 h) Doxología final: con ella se expresa la glorificación de Dios; se concluye y confirma con la aclamación del pueblo: Amén (IGMR 79h).

La doxología final es la bendición trinitaria que corona la Plegaria eucarística. La Asamblea rubrica y asiente con su Amén esta glorificación y toda la acción realizada en la Plegaria eucarística.

3. PARTICIPACIÓN DE LA ASAMBLEA EN LA PLEGARIA EUCARÍSTICA

La Plegaria eucarística es una oración típicamente presidencial, y por tanto la Asamblea no debe recitarla ni en todo ni en parte. Es el presidente de la Asamblea quien debe proclamarla, asumiendo la persona de Cristo Sacerdote y Mediador (Cf. IGMR 147: RS 52)

La Asamblea debe participar asumiendo algunas formas concretas que aquí señalamos:

Las aclamaciones. Están previstas tres aclamaciones de la Asamblea en la Plegaria eucarística: el Santo, la que se recita después de la Consagración y el Amén final. En la liturgia las aclamaciones pretenden ser expresiones breves y concisas que manifiestan alegremente la fe y el entusiasmo de la comunidad ante las manifestaciones sacramentales del Señor. El Santo, complemento de la acción de gracias del Prefacio, es un canto de alabanza a Dios por Jesucristo, tu Hijo amado. Las fórmulas de aclamación después de la Consagración subrayan la idea de los diversos tiempos de la Historia de la Salvación, cuyo memorial se hace presente aquí y ahora con su fuerza salvadora; es anuncio y anticipo de lo que obtendremos el día final, el día del triunfo definitivo de Cristo. La palabra Amén es una aclamación que significa mucho más que "Así sea". Amén es una ratificación de lo que se sabe cierto, es publicar una seguridad, sirve para expresar la fe o una convicción. "Amén es la firma que ponemos a un documento", dice san Agustín: por el Amén hacemos nuestro el contenido de lo que firmamos.

Otra forma de participación de la Asamblea es el silencio sagrado: "La Plegaria eucarística exige que todos la escuchen con reverencia y en silencio" (IGMR 78). No se trata de un silencio de pasividad o inactividad, sino de oración. La plegaria de la Asamblea deberá expresar los sentimientos y contenidos propios de la Plegaria eucarística. Primero, dar gracias a Dios Padre por la salvación de Jesucristo que se celebra en estos signos. No se trata de cualquier agradecimiento; hay que centrarlo en el regalo más grande que El nos ha entregado. Aunque este sentimiento de gratitud se puede realizar en toda la Plegaria se centra especialmente en el Prefacio.

En segundo lugar es necesario alabar. La alabanza es el sentimiento de admiración del creyente ante la manifestación del Dios que lo salva. Se acentúa esta alabanza en el canto del Santo y en la aclamación después de la Consagración.

Finalmente hay un tercer sentimiento que la Asamblea debe rezar: el ofrecimiento. Cristo se hace presente y renueva el Sacrificio que perdona pecados y nos reconcilia con Dios. Después de la Consagración, en la anamnesis, se realiza e auténtico ofertorio, donde el pueblo sacerdotal ofrece al Padre Dios lo más agradable a sus ojos, su propio Hijo inmolado por nuestra salvación.

A estos tres contenidos esenciales, se debería añadir el de la petición que se centra en las oraciones de intercesión por la Iglesia y por los difuntos, como igualmente en la conmemoración de los Santos del cielo. Para llegar a una participación ideal de los fieles en esta parte de la Misa.

c) Otra forma de participación que se debería rescatar es la de las posturas corporales. Dentro de la liturgia, éstas tienen una doble finalidad: expresan un sentimiento religioso y, por otra parte, fomentan y estimulan esos mismos sentimientos (IGMR 42).

Conclusión, nuestra participación en la Plegaria eucarística consiste en:

    • Unir nuestras vidas al sacrificio de Cristo.
    • Responder con firmeza el Santo, la aclamación memorial y el gran Amén.
    • Dar en unidad una completa atención a nuestra postura corporal.

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