magisterio

CELAM

II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano

Medellín 1968

 

 

 

Índice Medellín, 1968.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRESENTACIÓN

 

El Consejo Episcopal Latinoamericano —que ha tenido a su cargo la preparación de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en su parte organizativa y técnica— recibe ahora la delicada misión de presentar la edición oficial del Documento Final de Medellín.

 

Dicho documento —que contiene el fruto de los trabajos de las diez y seis Comisiones y Subcomisiones en que se dividió la Conferencia— ha sido definitivamente aprobado por S. S. el Papa Pablo VI, como consta en carta del Sr. Cardenal Secretario de Estado, al Señor Cardenal Antonio Samoré, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, con fecha 24 de octubre de 1968 En la misma carta se encarga al CELAM la publicación oficial del Documento.

 

En cumplimiento, pues, de tan honrosa misión entregamos hoy al público el texto definitivo de las Conclusiones de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

 

Conviene destacar el juicio positivo y elogioso que los distintos Dicasterios y oficios de la Curia Romana han emitido acerca de los textos sometidos a su respectiva competencia y que la Secretaría de Estado de Su Santidad ha hecho llegar, junto con las observaciones correspondientes, a la Secretaría General de la Conferencia a través de la Pontificia Comisión para América Latina. Dichas observaciones que tienden a precisar y enriquecer algunas ideas, han sido tenidas en cuenta en la redacción definitiva.

 

El Documento Final que hoy presentamos es fruto de un trabajo intenso realizado en la fecunda intimidad del Señor Jesús. Maduró en las jornadas fraternas de Medellín, donde el Espíritu de Dios hizo patente su acción iluminadora y congregó a los obispos en profunda comunión de Iglesia. Creemos que verdaderamente allí se vivió, en unión con María la Madre de Jesús, un auténtico Pentecostés para la Iglesia de América Latina.

 

Ahora toca asimilar el espíritu, profundizar las Conclusiones, aplicar lo resuelto.

 

Comienza para la Iglesia de América Latina "un nuevo período de su vida eclesiástica", conforme al deseo de S.S. el Papa Pablo VI. Período marcado por una profunda renovación espiritual, por una generosa caridad pastoral, por una auténtica sensibilidad social.

 

Sobre el continente latinoamericano Dios ha proyectado una gran Luz que resplandece en el rostro rejuvenecido de su Iglesia. Es la hora de la esperanza. Somos conscientes de las graves dificultades y de los tremendos problemas que nos afectan. Pero más que nunca, el Señor está en medio de nosotros construyendo su Reino.

 

La aplicación decidida de las Conclusiones de Medellín exige de nosotros que prolonguemos nuestra comunión fraterna. Que nos sintamos unidos en el Señor Jesús, viviendo juntos una misma inquietud, un mismo compromiso, una misma esperanza.

 

Comienza ahora la tarea de profundización, divulgación y realización. Se trata de estudiar a fondo las conclusiones adoptadas, de hacerlas conocer a todo el Pueblo de Dios y de comprometer su progresiva aplicación.

 

Es tarea que corresponde a las Conferencias Episcopales, atendiendo a las particulares necesidades y urgencias de cada país. A todas anima el mismo Espíritu de Dios que impulsa a una renovación profunda y a un generoso servicio a los hombres. A todas preocupa el problema de una auténtica promoción humana, en relación con las exigencias de la justicia y de la paz, de la familia y demografía, de la educación y de la juventud. A todas interesa la tarea esencial de la evangelización y crecimiento de la fe, que atiende a una renovada pastoral popular y de las élites, a una catequesis viva y orgánica, a una liturgia fructuosa y expresiva. A todas preocupa una revisión evangélica de la Iglesia visible y sus estructuras, que anime los movimientos apostólicos de laicos, el ministerio y vida de los sacerdotes, la actividad de los religiosos y religiosas, la actualizada y sólida formación del clero, el testimonio de la pobreza evangélica, la coordinación pastoral en sus diversos niveles, la utilización sabia de los medios de comunicación social.

 

El compromiso no es sólo de los obispos. Es todo el Pueblo de Dios el que —en esta hora providencial del continente— experimenta el llamado del Espíritu. La respuesta exige profundidad en la oración, madurez en las decisiones, generosidad en las tareas.

 

Bogotá, 30 de noviembre de 1968

 

+ DOM AVELAR BRANDAO VILELA

Presidente del CELAM

 

+ EDUARDO F. PIRONIO

Secretario Gral. del CELAM

 

 

 

 

DISCURSO DE S.S. PABLO VI

EN LA APERTURA DE LA SEGUNDA CONFERENCIA

 

SALUDO

 

Venerados, queridos, carísimos Hermanos:

 

Benedicamus Domino! Bendecimos y damos gracias al Señor que nos concede este fraternal encuentro. Saludamos a todos y a cada uno de vosotros con la veneración, con el afecto, con la profundidad y la riqueza de sentimientos que la caridad de nuestro Señor y la elección común al gobierno pastoral y al servicio generoso de la Iglesia pueden suscitar en el corazón del humilde sucesor de Pedro. Y con vosotros saludamos y bendecimos a todos los obispos y ordinarios de América Latina, representados aquí por vosotros, a los Sacerdotes, Religiosos y Religiosas y a todos los fieles, a toda la Santa Iglesia Católica de este gran continente.

 

La primera visita del Papa a América Latina

 

¡Venerables Hermanos! No podemos ocultaros la viva emoción que invade nuestro espíritu en estos momentos. Nos mismos estamos maravillados de encontrarnos entre vosotros. La primera visita personal del Papa a sus Hermanos y a sus Hijos en América Latina, no es en verdad un sencillo y singular hecho de crónica; es, a nuestro parecer, un hecho histórico, que se insiere en la larga, compleja y fatigosa acción evangelizadora de estos inmensos territorios y que con ello la reconoce, la ratifica, la celebra y al mismo tiempo la concluye en su primera época secular; y, por una convergencia de circunstancias proféticas, se inaugura hoy con esta visita un nuevo período de la vida eclesiástica. Procuremos adquirir conciencia exacta de este feliz momento, que parece ser por divina providencia conclusivo y decisivo.

 

El pasado misionero y pastoral

 

Quisiéramos deciros tantas cosas sobre vuestro pasado misionero y pastoral y rendir honor a cuantos han trazado los surcos del Evangelio en estos campos tan amplios, tan inaccesibles, tan abiertos y tan difíciles al mismo tiempo para la difusión de la fe y para la sincera vitalidad religiosa y social. Ha sido plantada la Cruz de Cristo, ha sido dado el nombre católico, se han realizado esfuerzos sobrehumanos para evangelizar estas tierras, se han llevado a cabo grandes e innumerables obras, se han conseguido, con escasez de hombres y de medios, resultados dignos de admiración; en resumen, se ha difundido por todo el continente el nombre del único Salvador, Jesucristo, ha sido construida la Iglesia, ha sido difundido un Espíritu cuyo valor e impulso hoy estamos sintiendo ¡Dios bendiga a aquellos que han gastado su vida! ¡Dios bendiga a vosotros, Hermanos carísimos, que estáis consagrados a esta empresa gigantesca!

 

El porvenir: esfuerzo, audacia, sacrificio

 

La obra, como todos sabemos, no está acabada. Más aún, el trabajo realizado denuncia sus límites, pone en evidencia las nuevas necesidades, exige algo nuevo y grande. El porvenir reclama un esfuerzo, una audacia, un sacrificio que ponen en la Iglesia un ansia profunda. Estamos en un momento de reflexión total. Nos invade, como una ola desbordante, la inquietud característica de nuestro tiempo especialmente de estos países, proyectados hacia su desarrollo completo, y agitados por la conciencia de sus desequilibrios económicos, sociales, políticos y morales. También los Pastores de la Iglesia —¿no es verdad?— hacen suya el ansia de los pueblos en esta fase de la historia de la civilización; y también ellos, los guías, los maestros, los profetas de la fe y de la gracia, advierten la inestabilidad que a todos nos amenaza.

 

La hora del ánimo y de la confianza

 

Nos condividimos vuestra pena y vuestro temor, Hermanos. Desde lo alto de la mística barca de la Iglesia, también Nos y no en menor grado, sentimos la tempestad que nos rodea y nos asalta, Pero escuchad también de nuestros labios, Hermanos, vosotros —personalmente más fuertes y más valientes que Nos mismos—, la palabra de Jesús, con la cual El, presentándose entre las olas borrascosas, en una noche llena de peligros, gritó a sus discípulos que navegaban: "¡Soy Yo, no temáis!" [Mt 14, 27]. Sí, Nos queremos repetiros esa exhortación del Maestro: "No temáis" [Lc 12, 32]. Esta es para la Iglesia una hora de ánimo y de confianza en el Señor.

 

Permitid que condensemos brevemente en algunos párrafos lo mucho que tenemos en el corazón, para vuestro momento presente y para vuestro próximo futuro. No esperéis de Nos tratados completos; las reuniones de vuestra Segunda Asamblea General del Episcopado Latinoamericano, que sabemos preparadas con tanto esmero y competencia, abordarán más a fondo vuestros problemas. Nos limitaremos a indicaros una triple dirección a vuestra actividad de obispos, sucesores de los Apóstoles, custodios y maestros de la fe y Pastores del Pueblo de Dios.

 

I. ORlENTACIONES ESPIRITUALES

 

Llamado a la perfección y a la santificación

 

Una orientación espiritual, en primer lugar. Entendemos, ante todo, una orientación espiritual personal. Ninguno ciertamente querrá impugnar que nosotros, obispos llamados al ejercicio de la perfección y a la santificación de los demás, tengamos un deber inmanente y permanente de buscar para nosotros mismos la perfección y la santificación. No podemos olvidar las exhortaciones solemnes que nos fueron dirigidas en el acto de nuestra consagración episcopal. No podemos eximirnos de la práctica de una intensa vida interior. No podemos anunciar la palabra de Dios sin haberla meditado en el silencio del alma. No podremos ser fieles dispensadores de los misterios divinos sin habernos asegurado antes a nosotros mismos sus riquezas. No podremos dedicarnos al apostolado, si no sabemos corroborarlo con el ejemplo de las virtudes cristianas y sacerdotales.

 

Testimonio de vida

 

Estamos muy observados: "spectaculum facti sumus" [1 Cor 4, 9]: el mundo nos observa hoy de modo particular con relación a la pobreza, a la sencillez de vida, al grado de confianza que ponemos en nuestro uso de los bienes temporales; nos observan los ángeles en la trasparente pureza de nuestro único amor a Cristo que se manifiesta tan luminosamente en la firme y gozosa observancia de nuestro celibato sacerdotal; y la Iglesia observa nuestra fidelidad a la comunión, que hace de todos nosotros uno, y a las leyes que siempre debemos recordar, de su ensambladura visible y orgánica. Dichoso nuestro tiempo atormentado y paradójico, que casi nos obliga a la santidad que corresponde a nuestro oficio tan representativo y tan responsable, y que nos obliga a recuperar en la contemplación y en la ascética de los misterios del Espíritu Santo aquel íntimo tesoro de personalidad del cual casi nos proyecta fuera la entrega a nuestro oficio extremadamente acuciante.

 

La fe, razón de ser de la Iglesia

 

Y después, haciendo puente entre nosotros y nuestro rebaño, las virtudes teologales asumen para nuestra alma y la del prójimo toda su soberana importancia. Nos hicimos una llamada a la Iglesia para celebrar un "año de la fe", como memoria y homenaje a la fecha centenaria del martirio de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, y también a vosotros ha llegado el eco de nuestra solemne profesión de fe. La fe es la base, la raíz, la fuente, la primera razón de ser de la Iglesia, bien lo sabemos.

 

Insidias contra la fe

 

Y sabemos también cómo la fe es insidiada por las corrientes más subversivas del pensamiento moderno. La desconfianza que, incluso en los ambientes católicos se ha difundido acerca de la validez de los principios fundamentales de la razón, o sea, de nuestra "philosophia perennis", nos ha desarmado frente a los asaltos, no raramente radicales y capciosos, de pensadores de moda; el "vacuum" producido en nuestras escuelas filosóficas por el abandono de la confianza en los grandes maestros del pensamiento cristiano, es invadido frecuentemente por una superficial y casi servil aceptación de filosofías de moda, muchas veces tan simplistas como confusas; y éstas han sacudido nuestro arte normal, humano y sabio de pensar la verdad; estamos tentados de historicismo, de relativismo, de subjetivismo, de neo-positivismo, que en el campo de la fe crean un espíritu de crítica subversiva y una falsa persuasión de que para atraer y evangelizar a los hombres de nuestro tiempo, tenemos que renunciar al patrimonio doctrinal, acumulado durante siglos por el magisterio de la Iglesia, y de que podemos modelar, no en virtud de una mejor claridad de expresión, sino de un cambio del contenido dogmático, un cristianismo nuevo, a medida del hombre y no a medida de la auténtica palabra de Dios. Desafortunadamente, también entre nosotros, algunos teólogos no siempre van por el recto camino.

 

Los teólogos

 

Tenemos gran estima y gran necesidad de la función de teólogos buenos y animosos; ellos pueden ser providenciales, estudiosos y valientes expositores de la fe, si se conservan discípulos inteligentes del magisterio eclesiástico, constituido por Cristo en custodio e intérprete, por obra del Espíritu Santo, de su mensaje de verdad eterna. Pero hoy algunos recurren a expresiones doctrinales ambiguas, se arrogan la libertad de enunciar opiniones propias, atribuyéndoles aquella autoridad que ellos mismos, más o menos abiertamente, discuten a quien por derecho divino posee carisma tan formidable y tan vigilantemente custodiado; incluso, consienten que cada uno en la Iglesia piense y crea lo que quiere, recayendo de este modo en el libre examen, que ha roto la unidad de la Iglesia misma, y confundiendo la legítima libertad de conciencia moral con una mal entendida libertad de pensamiento, que frecuentemente se equivoca por insuficiente conocimiento de las genuinas verdades religiosas.

 

No lo toméis con desagrado, venerables Hermanos, constituidos maestros y pastores del Pueblo de Dios, si os repetimos y os exhortamos, en virtud del mandato dado por Cristo a Pedro de "confirmar a los Hermanos" [Lc 22, 32], con las mismas palabras del Apóstol: "Resistite fortes in fide" [1 Pe 5, 9].

 

La oración

 

Ya comprenderéis cómo de este principio nacen otros tantos principios de vitalidad espiritual, con doble beneficio, es decir, para nosotros y para el rebaño que se nos ha confiado. Y entre ellos sean los principales los siguientes. Los Hechos de los Apóstoles, nos los recuerdan, a saber, la oración y el ministerio de la palabra [Act 6, 4]. Con respecto a esto, lo sabéis todo. Pero permitidme que os recomendemos, por lo que se refiere a la oración, la aplicación de la reforma litúrgica, en sus hermosas innovaciones y en sus normas disciplinares, pero sobre todo en sus finalidades primordiales y en su espíritu: purificar y dar autenticidad al verdadero culto católico, fundado sobre el dogma y consciente del misterio pascual que encierra, renueva y comunica; y asociar el Pueblo de Dios a la celebración jerárquica y comunitaria de los santos ritos de la Iglesia, al de la Misa, con conocimiento familiar y profundo, en ambiente de sencillez y de belleza (os recomendamos en particular el canto, el canto sagrado, litúrgico y colectivo) ejercitando no sólo formalmente, sino también sincera y cordialmente, la caridad fraterna.

 

El ministerio de la Palabra

 

En cuanto al ministerio de la palabra, todo lo que se haga en favor de una instrucción religiosa de todos los fieles, una instrucción popular y cultural, orgánica y perseverante, estará bien hecho; no debe existir por más tiempo analfabetismo religioso entre las poblaciones católicas. Y estará bien todo ejercicio directo de la predicación o de la instrucción que vosotros, obispos singularmente y como grupos canónicamente constituidos, tengáis a bien proporcionar al Pueblo de Dios. Hablad, hablad, predicad, escribid, tomad posiciones, como se dice, en armonía de planes y de intenciones, acerca de las verdades de la fe, defendiéndolas e ilustrándolas, de la actualidad del evangelio, de las cuestiones que interesan la vida de los fieles y la tutela de las costumbres cristianas, de los caminos que conducen al diálogo con los Hermanos separados, acerca de los dramas ora grandes y hermosos, ora tristes y peligrosos, de la civilización contemporánea.

 

La Constitución Pastoral del Concilio "Gaudium et spes" ofrece enseñanzas y estímulos de gran riqueza y de alto valor.

 

II. ORIENTACIONES PASTORALES

 

La caridad

 

Llegamos así a la orientación pastoral que nos hemos propuesto presentar a vuestra atención. Estamos en el campo de la caridad. Valga lo que hemos dicho hasta aquí para trazar las primeras líneas de esta dirección, que por su naturaleza debe desarrollarse en muchas líneas prácticas, según las exigencias de la caridad.

 

Nos parece oportuno llamar la atención a este respecto sobre dos puntos doctrinales: el primero es la dependencia que la caridad para con el prójimo tiene con respecto a la caridad para con Dios. Conocéis los asaltos que sufre en nuestros días esta doctrina de clarísima e inobjetable derivación evangélica: se quiere secularizar el cristianismo, pasando por alto su esencial referencia a la verdad religiosa, a la comunión sobrenatural con la inefable e inundante caridad de Dios para con los hombres, su referencia al deber de la respuesta humana, obligada a osar amarlo y llamarlo Padre y, en consecuencia, llamar con toda verdad hermanos a los hombres, para librar al cristianismo mismo de "aquella forma de neurosis que es la religión" (Cox), para evitar toda preocupación teológica y para ofrecer al cristianismo una nueva eficacia, toda ella pragmática, la sola que pudiese dar la medida de su verdad y que lo hiciese aceptable y operante en la moderna civilización profana y tecnológica.

 

Iglesia institucional e Iglesia carismática

 

El otro punto doctrinal se refiere a la Iglesia llamada institucional, confrontada con otra presunta Iglesia llamada carismática, como si la primera, comunitaria y jerárquica, visible y responsable, organizada y disciplinada, apostólica y sacramental, fuese una expresión del cristianismo ya superada, mientras la otra, espontánea y espiritual, seria capaz de interpretar el cristianismo para el hombre adulto en la civilización contemporánea y de responder a los problemas urgentes y reales de nuestro tiempo. No tenemos necesidad de hacer ante vosotros, a quienes "Spiritus Sanctus posuit episcopos regere ecclesiam Dei" [Act 20, 28], la apología de la Iglesia como Cristo la fundó y como la tradición fiel y coherente nos la entrega hoy en sus líneas constitucionales que describen el verdadero Cuerpo místico de Cristo, vivificado por el Espíritu de Jesús. Nos bastará reafirmar nuestra certeza en la autenticidad y en la vitalidad de nuestra Iglesia, una, santa, católica y apostólica, con el propósito de conformar cada vez más su fe, su espiritualidad, su aptitud para acercar y salvar la humanidad (tan diversa en sus múltiples condiciones y ahora tan mudable), su caridad que comprende todo y todo lo soporta [1 Cor 13, 7], con la misión salvadora que Cristo le confirió. Haremos, sí, un esfuerzo de inteligencia amorosa para comprender cuanto de bueno y de admisible se encuentre en estas formas inquietas y frecuentemente erradas de interpretación del mensaje cristiano; para purificar cada vez más nuestra profesión cristiana y llevar estas experiencias espirituales, ya se llamen seculares unas, ya carismáticas otras, al cauce de la verdadera norma eclesial [Cf. 1 Cor 14, 37].

 

Grupos de especial atención

 

Estas alusiones nos llevan a recomendar a vuestra caridad pastoral algunas categorías de personas a las cuales va nuestro pensamiento entrañable.

 

Las indicamos brevemente, en exigencia del común interés apostólico, no para decir cuanto ellas merecían, bien sabemos que están ya presentes en esta asamblea que se ocupa de ellas; por tanto nos limitamos a alentar vuestro estudio.

 

Los sacerdotes

 

La primera categoría es la de los Sacerdotes. Nos sea consentido dirigirles un pensamiento afectuosísimo desde esta sede y en estos momentos. Los Sacerdotes están siempre dentro de nuestro espíritu, en nuestro recuerdo. Lo están también en nuestra estima y en nuestra confianza. Lo están en la visión concreta de la actividad de la Iglesia: son vuestros primeros e indispensables colaboradores, son los más directos y más empeñados "dispensadores de los misterios de Dios", [1 Cor 4, 1] es decir, de la palabra, de la gracia, de la caridad pastoral; son los modelos vivientes de la imitación de Cristo; son, con nosotros, los primeros participantes del sacrificio del Señor; son nuestros hermanos, nuestros amigos;" debemos amarlos mucho, cada vez más. Si un obispo concentrase sus cuidados más asiduos, más inteligentes, más pacientes, más cordiales, en formar, en asistir, en escuchar, en guiar, en instruir, en amonestar, en confortar a su Clero, habría empleado bien su tiempo, su corazón y su actividad.

 

Trátese de dar a los Consejos presbiterales y pastorales la consistencia y la funcionalidad queridas por el Concilio; prevéngase prudentemente, con paternal comprensión y caridad, en cuanto sea posible, toda actitud irregular e indisciplinada del Clero; procúrese interesarlo en las cuestiones del ministerio diocesano y sostenerlo en sus necesidades; póngase todo cuidado en reclutar y en formar a los alumnos seminaristas; asóciense también los Religiosos y las Religiosas, según sus aptitudes y posibilidades, a la actividad pastoral. Así, concentrando en el Clero las atenciones mejores, estamos seguros de que este método dará el fruto esperado, el de una Iglesia viva, santa, ordenada y floreciente en toda América Latina.

 

Los jóvenes y los estudiantes

 

Después, venerables Hermanos, proponemos a vuestra sapiente caridad los jóvenes y los estudiantes. No se acabaría nuestro discurso si quisiéramos decir algo sobre este tema. os baste saber que lo consideramos digno del máximo interés y de grandísima actualidad. De ello estáis todos vosotros perfectamente convencidos.

 

Los trabajadores

 

Este recuerdo nos lleva a recomendaros, con no menor calor, otra categoría de hombres, sean o no sean fieles: los trabajadores, del campo, de la industria y similares.

 

Hemos llegado así al tercer punto que ponemos a vuestra consideración: el social. No esperéis un discurso, también éste seria interminable en materia social, especialmente en América Latina. Nos limitamos a algunas afirmaciones que siguen a las que hemos hecho en los discursos de estos días.

 

III. ORIENTACIONES SOCIALES

 

Encíclicas y enseñanzas del Episcopado

 

Recordamos, ante todo, que la Iglesia ha elaborado en estos últimos años de su obra secular, animadora de la civilización, una doctrina social suya, expuesta en documentos memorables que haremos bien en estudiar y en divulgar. Las encíclicas del Pontificado Romano y las enseñanzas del Episcopado mundial no pueden ser olvidadas ni deben faltarles su aplicación práctica. No juzguéis parcial nuestra indicación si os recordamos la más reciente de las encíclicas sociales: la "Populorum progressio" . Una mención particular merecerían también muchos de vuestros documentos, como la "Declaración de la Iglesia Boliviana" de febrero último; como la del Episcopado Brasileño, de noviembre de mil novecientos sesenta y siete, titulada "Misión de la Jerarquía en el mundo de hoy"; como las conclusiones del "Seminario Sacerdotal" celebrado en Chile de octubre a noviembre de mil novecientos sesenta y siete; como la carta pastoral del Episcopado Mexicano sobre el desarrollo e integración del País, publicada en el primer aniversario de la encíclica "Populorum progressio"; y recordaremos igualmente la amplia carta de los Padres Provinciales de la Compañía de Jesús, reunidos en Río de Janeiro en el mes de mayo de este año y el documento de los Padres Salesianos de América Latina reunidos recientemente en Caracas. Las testificaciones, por parte de la Iglesia, de las verdades en el terreno social no faltan: procuremos que a las palabras sigan los hechos.

 

Técnica y Pastoral

 

Nosotros no somos técnicos; somos, sin embargo, Pastores que deben promover el bien de sus fieles y estimular el esfuerzo renovador que se está actuando en los países donde se desarrolla nuestra respectiva misión.

 

Nuestro primer deber en este campo es afirmar los principios, observar y señalar las necesidades, declarar los valores primordiales, apoyar los programas sociales y técnicos verdaderamente útiles y marcados con el sello de la justicia, en su camino hacia un orden nuevo y hacia el bien común, formar sacerdotes y seglares en el conocimiento de los problemas sociales, encauzar seglares bien preparados a la gran obra de los mismos, considerándolo todo bajo la luz cristiana que nos hace descubrir al hombre en el puesto primero y los demás bienes subordinados a su promoción total en el tiempo y a su salvación en la eternidad.

 

Testimonio de la pobreza

 

Tendremos también nosotros deberes que cumplir. Estamos informados de los rasgos generosos realizados en algunas diócesis que han puesto a disposición de las poblaciones necesitadas las propiedades de terrenos que les quedaban, siguiendo planes bien estudiados de reforma agraria que se están actuando . Es un ejemplo que merece alabanza y también imitación, allí donde ésta sea prudente y posible. De todas formas, la Iglesia se encuentra hoy frente a la vocación de la pobreza de Cristo. Existen en la Iglesia personas que ya experimentan las privaciones inherentes a la pobreza, por insuficiencia a veces de pan y frecuentemente de recursos; sean confortadas, ayudadas por los hermanos y los buenos fieles y sean bendecidas. La indigencia de la Iglesia, con la decorosa sencillez de sus formas, es un testimonio de fidelidad evangélica; es la condición, alguna vez imprescindible, para dar crédito a su propia misión; es un ejercicio, a veces sobrehumano, de aquella libertad de espíritu, respecto a los vínculos de la riqueza, que aumenta la fuerza de la misión del apóstol.

 

¿La fuerza? Sí, porque nuestra fuerza está en el amor: el egoísmo, el cálculo administrativo separado del contexto de las finalidades religiosas y caritativas, la avaricia, el ansia de poseer como fin de sí mismo, el bienestar superfluo, son obstáculos para el amor, son en el fondo una debilidad, son una ineptitud para la entrega personal al sacrificio. Superemos estos obstáculos y dejemos que el amor gobierne nuestra misión confortadora y renovadora.

 

Cristianismo y violencia

 

Si nosotros debemos favorecer todo esfuerzo honesto para promover la renovación y la elevación de los pobres y de cuantos viven en condiciones de inferioridad humana y social, si nosotros no podemos ser solidarios con sistemas y estructuras que encubren y favorecen graves y opresoras desigualdades entre las clases y los ciudadanos de un mismo país, sin poner en acto un plan efectivo para remediar las condiciones insoportables de inferioridad que frecuentemente sufre la población menos pudiente, nosotros mismos repetimos una vez más a este propósito: ni el odio, ni la violencia son la fuerza de nuestra caridad. Entre los diversos caminos hacia una justa regeneración social, nosotros no podemos escoger ni el marxismo ateo, ni el de la rebelión sistemática, ni tanto menos el del esparcimiento de sangre y el de la anarquía. Distingamos nuestras responsabilidades de las de aquellos que por el contrario, hacen de la violencia un ideal noble, un heroísmo glorioso, una teología complaciente. Para reparar errores del pasado y para curar enfermedades actuales no hemos de cometer nuevos fallos, porque estarían contra el Evangelio, contra el espíritu de la Iglesia, contra los mismos intereses del pueblo, contra el signo feliz de la hora presente que es el de la justicia en camino hacia la hermandad y la paz.

 

La paz

 

¡La Paz! Vosotros recordáis el gran interés que la Iglesia tiene por ella y Nos, personalmente, que de ella, junto con la fe, hemos hecho uno de los motivos más relevantes de nuestro pontificado. Pues bien, aquí, durante la celebración del sacramento eucarístico, símbolo y fuente de unidad y fuente de paz, repetimos nuestros augurios por la paz, la paz verdadera que nace de los corazones creyentes y fraternos; la paz entre las clases sociales en la justicia y en la colaboración; la paz entre los pueblos mediante un humanismo iluminado por el Evangelio; la paz de América Latina; vuestra paz.

 

El amor y las transformaciones

 

La transformación profunda y previsora de la cual en muchas situaciones actuales, tiene necesidad la sociedad, la promoveremos amando más intensamente y enseñando a amar, con energía, con sabiduría, con perseverancia, con actividades prácticas, con confianza en los hombres, con seguridad en la ayuda paterna de Dios y en la fuerza innata del bien. El Clero ya nos comprende. Los jóvenes nos seguirán. Los pobres aceptarán gustosos la buena nueva. Es de esperar que los economistas y los políticos, que ya entrevén el camino justo, no serán ya un freno sino un estímulo en la vanguardia.

 

La "Humanae vitae"

 

Hemos tenido que decir una buena palabra, aunque grave, en defensa de la honestidad del amor y de la dignidad de la familia con nuestra reciente encíclica. La gran mayoría de la Iglesia la ha recibido favorablemente con obediencia confiada, aun comprendiendo que la norma por Nos reafirmada comporta un fuerte sentido moral y un valiente espíritu de sacrificio. Dios bendecirá esta digna actitud cristiana. Esta no constituye una ciega carrera hacia la superpoblación; ni disminuye la responsabilidad ni la libertad de los cónyuges a quienes no prohíbe una honesta y razonable limitación de la natalidad ni impide las terapéuticas legítimas ni el progreso de las investigaciones científicas. Esa actitud es una educación ética y espiritual, coherente y profunda; excluye el uso de aquellos medios que profanan las relaciones conyugales y que intentan resolver los grandes problemas de la población con expedientes excesivamente fáciles; esa actitud es, en el fondo, una apología de la vida que es de Dios, gloria de la familia, fuerza del pueblo.

 

Os exhortamos, Hermanos, a comprender bien la importancia de la difícil y delicada posición que, en homenaje a la ley de Dios, hemos creído un deber reafirmar; y os rogamos que queráis emplear toda posible solicitud pastoral y social a fin de que esa posición sea mantenida como corresponde a las personas guiadas por un verdadero sentido humano. ojalá que también la vívida discusión que nuestra encíclica ha suscitado, conduzca a un mejor conocimiento de la voluntad de Dios, a un proceder sin reservas y a que nuestro servicio a las almas en estas grandes dificultades pastorales y humanas lo realicemos con corazón de buen Pastor.

 

El Episcopado de América Latina, en su Segunda Asamblea General, desde el puesto que le compete, ante cualquier problema espiritual, pastoral y social, prestará su servicio de verdad y amor en orden a la construcción de una nueva civilización moderna y cristiana.

 

 

 

 

MENSAJE A LOS PUEBLOS DE AMÉRICA LATINA

 

Nuestra palabra: signo de compromiso

 

La Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, a los pueblos de América Latina: "La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo" [1 Cor 1, 3].

 

Al terminar los trabajos de esta Segunda Conferencia General queremos dirigir un mensaje a los pueblos de nuestro continente.

 

Nuestra palabra de Pastores quiere ser signo de compromiso.

 

Como hombres latinoamericanos, compartimos la historia de nuestro pueblo. El pasado nos configura definitivamente como seres latinoamericanos; el presente nos pone en una coyuntura decisiva y el futuro nos exige una tarea creadora en el proceso de desarrollo.

 

América Latina, una comunidad en transformación

 

América Latina, además de una realidad geográfica, es una comunidad de pueblos con una historia propia, con valores específicos y con problemas semejantes. El enfrentamiento y las soluciones deben responder a esa historia, a esos valores y a esos problemas.

 

El continente alberga situaciones muy diferentes, pero que exigen solidaridad. América Latina debe ser una y múltiple, rica en su variedad y fuerte en su unidad.

 

Nuestros países han conservado una riqueza cultural básica, nacida de valores religiosos y étnicos que han florecido en una conciencia común y han fructificado en esfuerzos concretos hacia la integración.

 

Su potencial humano, más valioso que las riquezas escondidas en su suelo, hacen de América Latina una realidad prometedora y cuajada de esperanzas. Sus angustiosos problemas marcan también esa misma realidad con señales de injusticias que hieren la conciencia cristiana.

 

La multiplicidad y complejidad de sus problemas desborda este mensaje.

 

América Latina parece que vive aún bajo el signo trágico del subdesarrollo, que no sólo aparta a nuestros hermanos del goce de los bienes materiales, sino de su misma realización humana. Pese a los esfuerzos que se efectúan, se conjugan el hambre y la miseria, las enfermedades de tipo masivo y la mortalidad infantil, el analfabetismo y la marginalidad, profundas desigualdades en los ingresos y tensiones entre las clases sociales, brotes de violencia y escasa participación del pueblo en la gestión del bien común.

 

La Iglesia, la historia de América Latina y nuestro aporte

 

Como cristianos, creemos que esta etapa histórica de América Latina está vinculada íntimamente a la Historia de la Salvación.

 

Como Pastores, con una responsabilidad común, queremos comprometernos con la vida de todos nuestros pueblos en la búsqueda angustiosa de soluciones adecuadas para sus múltiples problemas. Nuestra misión es contribuir a la promoción integral del hombre y de las comunidades del continente.

 

Creemos que estamos en una nueva era histórica. Ella exige claridad para ver, lucidez para diagnosticar y solidaridad para actuar.

 

A la luz de la fe que profesamos como creyentes, hemos realizado un esfuerzo para descubrir el plan de Dios en los "signos de nuestros tiempos". Interpretamos que las aspiraciones y clamores de América Latina son signos que revelan la orientación del plan divino operante en el amor redentor de Cristo que funda estas aspiraciones en la conciencia de una solidaridad fraternal.

 

Por fidelidad a este plan divino, y para responder a las esperanzas puestas en la Iglesia, queremos ofrecer aquello que tenemos como más propio: una visión global del hombre y de la humanidad, y la visión integral del hombre latinoamericano en el desarrollo.

 

Por ello nos sentimos solidarios con las responsabilidades que han surgido en esta etapa de transformación de América Latina.

 

La Iglesia, como parte del ser latinoamericano, a pesar de sus limitaciones, ha vivido con nuestros pueblos el problema de colonización, liberación y organización.

 

Nuestro aporte no pretende competir con los intentos de solución de otros organismos nacionales, latinoamericanos y mundiales, ni mucho menos los rechazamos o desconocemos. Nuestro propósito es alentar los esfuerzos, acelerar las realizaciones, ahondar el contenido de ellas, penetrar todo el proceso de cambio con los valores evangélicos.

 

Quisiéramos ofrecer la colaboración de los cristianos, apremiados por sus responsabilidades bautismales y por la gravedad del momento. De todos nosotros depende hacer patente la fuerza del Evangelio, que es poder de Dios [Rom 1, 16].

 

No tenemos soluciones técnicas ni remedios infalibles. Queremos sentir los problemas, percibir sus exigencias, compartir las angustias, descubrir los caminos y colaborar en las soluciones.

 

La imagen nueva del hombre latinoamericano exige un esfuerzo creador: los poderes públicos, promoviendo con energía las exigencias supremas del bien común; los técnicos, planificando los caminos concretos; las familias y educadores, despertando y orientando responsabilidades; los pueblos, incorporándose al esfuerzo de realización; el espíritu del Evangelio, animando, con la dinámica de un amor transformante y personalizador.

 

Desafío del momento: posibilidades, valores, condiciones

 

Nuestros pueblos aspiran a su liberación y a su crecimiento en humanidad, a través de la incorporación y participación de todos en la misma gestión del proceso personalizador.

 

Por eso, ningún sector debe reservarse en forma exclusiva la conducción política, cultural, económica y espiritual.

 

Los que poseen el poder de decisión han de ejercerlo en comunión con los anhelos y opciones de la comunidad. A fin de que esta integración responda a la índole de los pueblos latinoamericanos, deberá contarse con los valores que le son propios a todos y cada uno, sin excepción. La imposición de valores y criterios extraños constituirá una nueva y grave alienación.

 

Contamos con elementos y criterios profundamente humanos y esencialmente cristianos: un sentido innato de la dignidad de todos, una inclinación a la fraternidad y a la hospitalidad, un reconocimiento de la mujer en su función irreemplazable en la sociedad, un sabio sentido de la vida y de la muerte, una certeza en un Padre común y en el destino trascendente de todos.

 

Este proceso exige de todas nuestras naciones superar sus desconfianzas purificar sus nacionalismos exagerados y resolver sus situaciones de conflicto.

 

Estimamos también irreconciliable con nuestra situación en vías de desarrollo tanto la inversión de recursos en la carrera armamentista, la burocracia excesiva, los gastos de lujo y ostentaciones, como la deficiente administración de la comunidad.

 

Forma parte de nuestra misión denunciar con firmeza aquellas realidades de América Latina que constituyen una afrenta al espíritu del Evangelio.

 

También nos corresponde reconocer y estimular todo intento positivo profundo de vencer las grandes dificultades existentes.

 

La Juventud

 

En esta transformación, la juventud latinoamericana constituye el grupo de población más numeroso y se presenta como un nuevo cuerpo social con sus propias ideas y valores, deseando crear una sociedad más justa.

 

Esta presencia juvenil es un aporte positivo que deben recoger la sociedad y la Iglesia.

 

Compromisos de la Iglesia Latinoamericana

 

Durante estos días nos hemos congregado en la ciudad de Medellín, movidos por el Espíritu del Señor, para orientar una vez más, las tareas de la Iglesia, en un afán de conversión y de servicio.

 

Hemos visto que nuestro compromiso más urgente es purificarnos en el espíritu del Evangelio todos los miembros e instituciones de la Iglesia Católica. Debe terminar la separación entre la fe y la vida, porque en Cristo Jesús lo único que cuenta es "la fe que obra por medio del amor" [Gal 5, 6].

 

Este compromiso nos exige vivir una verdadera pobreza bíblica que se exprese en manifestaciones auténticas, signos claros para nuestros pueblos. Sólo una pobreza así transparentará a Cristo, Salvador de los hombres, y descubrirá a Cristo, Señor de la historia [2 Cor 8, 9].

 

Nuestras reflexiones han clarificado las dimensiones de otros compromisos que, aunque con diversa modalidad, serán asumidos por todo el Pueblo de Dios:

 

  • Inspirar, alentar y urgir un orden nuevo de justicia, que incorpore a todos los hombres en la gestión de las propias comunidades;
  • Promover la constitución y las virtualidades de la familia no sólo como comunidad humana sacramental sino también como estructura intermedia en función del cambio social;
  • Dinamizar la educación, para acelerar la capacitación de hombres maduros en sus responsabilidades de la hora presente;
  • Fomentar los organismos profesionales de los trabajadores, elementos decisivos de transformación socio-económica;
  • Alentar una nueva evangelización y catequesis intensivas que lleguen a las élites y a las masas para lograr una fe lúcida y comprometida;
  • Renovar y crear nuevas estructuras en la Iglesia que institucionalicen el diálogo y canalicen la colaboración entre los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos;
  • Colaborar con otras confesiones cristianas, y con todos los hombres de buena voluntad que estén empeñados en una paz auténtica, enraizada en la justicia y el amor.

 

El resultado concreto de estas deliberaciones y compromisos os lo entregamos de forma detallada y confiada en el Documento Final que sigue a este Mensaje.

 

Llamamiento final

 

Llamamos a todos los hombres de buena voluntad para que colaboren en la verdad, la justicia, el amor y la libertad, en esta tarea transformadora de nuestros pueblos, al alba de una era nueva.

 

De manera particular nos dirigimos a las Iglesias y comunidades cristianas que participan de una misma fe con nosotros en el Señor Jesús. Durante esta Conferencia, hermanos nuestros de esas confesiones cristianas han estado participando en nuestros trabajos y nuestras esperanzas. Junto con ellos seremos testigos de este espíritu de colaboración.

 

Queremos también advertir, como un deber de nuestra conciencia, de cara al presente y al futuro de nuestro continente, a aquellos que rigen los destinos del orden público. En sus manos está una gestión administrativa, a la vez liberadora de injusticias y conductora de un orden en función del bien común, que llegue a crear un clima de confianza y acción que los hombres latinoamericanos necesitan para el desarrollo pleno de su vida.

 

Por su propia vocación, América Latina intentará su liberación a costa de cualquier sacrificio, no para cerrarse sobre sí misma, sino para abrirse a la unión con el resto del mundo, dando y recibiendo en espíritu de solidaridad.

 

De forma particular juzgamos decisivo en esta tarea el diálogo con los pueblos hermanos de otros continentes que se encuentran en situaciones semejantes a las nuestras. Unidos en los caminos de las dificultades y de las esperanzas, podemos llegar a hacer que nuestra presencia en el mundo sea definitiva para la paz.

 

A otros pueblos que superaron ya los obstáculos que nosotros encontramos hoy, les recordamos que la paz se fundamenta en el respeto de la justicia internacional. Justicia que, a su vez, tiene su fundamento y su expresión en el reconocimiento de la autonomía política, económica y cultural de nuestros pueblos.

 

Finalmente, esperamos en el amor de Dios Padre, que se nos manifiesta en el Hijo, y es difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos una y anime siempre la acción por el bien común [Cf. Rom 5, 5].

 

Esperamos así ser fieles a los compromisos que hemos contraído en estos días de reflexión y oración comunitaria, para aportar la plena y efectiva colaboración de la Iglesia en el proceso de transformación que está viviendo nuestra América.

 

Esperamos también ser escuchados con comprensión y buena voluntad por todos los hombres con los que comulgamos en un mismo destino y en una misma aspiración.

 

Ponemos bajo la protección de María, Madre de la Iglesia y patrona de las Américas, todo nuestro trabajo y esta misma esperanza, a fin de que se anticipe entre nosotros el Reino de Dios.

 

Tenemos fe:

 

  • en Dios,
  • en los hombres,
  • en los valores
  • y en el futuro de América Latina.

 

"La gracia del Señor Jesucristo, la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo sean con todos vosotros"

[2 Cor 13, 13].

 

Medellín, 6 de septiembre de 1968

 

 

 

CONCLUSIONES

 

INTRODUCCIÓN

 

Presencia de la Iglesia en la actual

transformación de América Latina

 

1. La Iglesia Latinoamericana, reunida en la Segunda Conferencia General de su Episcopado, centró su atención en el hombre de este continente, que vive un momento decisivo de su proceso histórico. De este modo ella no se ha "desviado", sino que se ha "vuelto" hacia el hombre, consciente de que "para conocer a Dios es necesario conocer al hombre".

 

La Iglesia ha buscado comprender este momento histórico del hombre latinoamericano a la luz de la Palabra, que es Cristo, en quien se manifiesta el misterio del hombre. [GS 22]

 

2. Esta toma de conciencia del presente se torna hacia el pasado. Al examinarlo, la Iglesia ve con alegría la obra realizada con tanta generosidad y expresa su reconocimiento a cuantos han trazado los surcos del Evangelio en nuestras tierras, aquellos que han estado activa y caritativamente presentes en las diversas culturas, especialmente indígenas, del continente; a quienes vienen prolongando la tarea educadora de la Iglesia en nuestras ciudades y nuestros campos. Reconoce también que no siempre, a lo largo de su historia, fueron todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al Espíritu de Dios. Al mirar el presente comprueba gozosa la entrega de muchos de sus hijos y también la fragilidad de sus propios mensajeros [GS 43]. Acata el juicio de la historia sobre esas luces y sombras, y quiere asumir plenamente la responsabilidad histórica que recae sobre ella en el presente.

 

3. No basta, por cierto, reflexionar, lograr mayor clarividencia y hablar; es menester obrar. No ha dejado de ser ésta la hora de la palabra, pero se ha tornado, con dramática urgencia, la hora de la acción. Es el momento de inventar con imaginación creadora la acción que corresponde realizar, que habrá de ser llevada a término con la audacia del Espíritu y el equilibrio de Dios. Esta asamblea fue invitada a "tomar decisiones y a establecer proyectos, solamente si estábamos dispuestos a ejecutarlos como compromiso personal nuestro, aun a costa de sacrificio".

 

4. América Latina está evidentemente bajo el signo de la transformación y el desarrollo. Transformación que, además de producirse con una rapidez extraordinaria, llega a tocar y conmover todos los niveles del hombre, desde el económico hasta el religioso.

 

Esto indica que estamos en el umbral de una nueva época histórica de nuestro continente, llena de un anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva. Percibimos aquí los preanuncios en la dolorosa gestación de una nueva civilización. No podemos dejar de interpretar este gigantesco esfuerzo por una rápida transformación y desarrollo como un evidente signo del Espíritu que conduce la historia de los hombres y de los pueblos hacia su vocación [PP 15]. No podemos dejar de descubrir en esta voluntad cada día más tenaz y apresurada de transformación, las huellas de la imagen de Dios en el hombre, como un potente dinamismo. Progresivamente ese dinamismo lo lleva hacia el dominio cada vez mayor de la naturaleza, hacia una más profunda personalización y cohesión fraternal y también hacia un encuentro con Aquel que ratifica, purifica y ahonda los valores logrados por el esfuerzo humano.

 

5. El hecho de que la transformación a que asiste nuestro continente alcance con su impacto la totalidad del hombre, se presenta como un signo y una exigencia.

 

No podemos, en efecto, los cristianos, dejar de presentir la presencia de Dios, que quiere salvar al hombre entero, alma y cuerpo [GS 3]. En el día definitivo de la salvación, Dios resucitará también nuestros cuerpos, por cuya redención gemimos ahora, al tener las primicias del Espíritu [Cf. Rom 8, 22-23]. Dios ha resucitado a Cristo y, por consiguiente, a todos los que creen en El. Cristo, activamente presente en nuestra historia, anticipa su gesto escatológico no sólo en el anhelo impaciente del hombre por su total redención, sino también en aquellas conquistas que, como signos pronosticadores, va logrando el hombre a través de una actividad realizada en el amor [GS 38].

 

6. Así como otrora Israel, el primer Pueblo de Dios, experimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto, cuando lo hacía pasar el mar y lo conducía hacia la tierra de la promesa, así también nosotros, nuevo pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da "El verdadero desarrollo, que es para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas. Menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del mínimum vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener y del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin, y especialmente, la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres" [PP 20 y 21].'

 

7. En esta transformación, detrás de la cual se expresa el anhelo de integrar toda la escala de valores temporales en la visión global de la fe cristiana, tomamos conciencia de la "vocación original " de América Latina: vocación a aunar en una síntesis nueva y genial, lo antiguo y lo moderno, lo espiritual y lo temporal, lo que otros nos entregan a nuestra propia originalidad.

 

8. En esta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano se ha renovado el misterio de Pentecostés. En torno a María, Madre de la Iglesia, que con su patrocinio asiste a este continente desde su primera evangelización, hemos implorado las luces del Espíritu Santo y perseverando en la oración, nos hemos alimentado del pan de la Palabra y de la Eucaristía. Esa palabra ha sido intensamente meditada.

 

Nuestra reflexión se encaminó hacia la búsqueda de una nueva y más intensa presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina, a la luz del Concilio Vaticano II, de acuerdo al tema señalado para esta Conferencia.

 

Tres grandes áreas, sobre las que recae nuestra solicitud pastoral, han sido abordadas en relación con el proceso de transformación del continente.

 

En primer lugar, el área de la promoción del hombre y de los pueblos hacia los valores de la justicia, la paz, la educación y la familia.

 

En segundo lugar, se atendió a la necesidad de una adaptada evangelización y maduración en la fe de los pueblos y sus élites, a través de la catequesis y la liturgia.

 

Finalmente se abordaron los problemas relativos a los miembros de la Iglesia, que requieren intensificar su unidad y acción pastoral, a través de estructuras visibles, también adaptadas a las nuevas condiciones del continente.

 

Las siguientes conclusiones son el resultado de la labor realizada en esta segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en la esperanza le que todo el Pueblo de Dios, alentado por el Espíritu, comprometa sus fuerzas para su plena realización.

 

 

Índice Medellín, 1968.