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Comisión Bíblica Arquidiócesis de México

Lectio Divina

María, Madre de la Iglesia

María, Madre de la Iglesia

"La mujer dio a luz un hijo varón"
(Ap 12, 5)

12 de Julio


MARÍA MADRE DE LA IGLESIA

MONITOR: María, la madre del Señor, con su fiat, hágase, concibió a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo, mientras él moría en la cruz, cooperó en forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por tal motivo es nuestra madre en el orden de la gracia. Recitemos juntos el Himno.

HIMNO

Brotó de ti la gracia y nuestra vida,
Oh Virgen manantial de toda dicha,
cuando igual que la madre primeriza
fuiste madre con gritos de alegría.
Mujer de aldea y madre de los hombres,
mujer de grandes gozos y dolores,
¡cómo esperan en ti los corazones,
porque eres la más pobre de las pobres!
El Rey de paz te acoge, en ti se goza,
y en tu virginidad sella su gloria;
¡cante el mundo y la Iglesia deseosa
al Señor que de gracia te corona! Amén.

1. LECTURA
(Ap 12, 1-18)

MONITOR: Hagamos una primera lectura de este texto en voz alta y después volvamos a leerlo en silencio.

1 Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. 2 Estaba encinta y las angustias del parto le arrancaban gemidos de dolor. 3 Entonces apareció en el cielo otra señal: un enorme dragón de color rojo con siete cabezas y diez cuernos y una diadema en cada una de sus siete cabezas. 4 Con su cola arrastró la cuarta parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se puso al acecho delante de la mujer que iba a dar a luz, con ánimo de devorar al hijo en cuanto naciera. 5 La mujer dio a luz un hijo varón, destinado a gobernar todas las naciones con cetro de hierro, el cual fue puesto a salvo junto al trono de Dios, 6 mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada durante mil doscientos sesenta días. 7 Se entabló entonces en el cielo una batalla: Miguel y sus ángeles entablaron combate contra el dragón. Lucharon encarnizadamente el dragón y sus ángeles, 8 pero fueron derrotados y los arrojaron del cielo para siempre. 9 Y el gran dragón, que es la antigua serpiente, que tiene por nombre Diablo y Satanás y anda seduciendo a todo el mundo, fue arrojado a la tierra junto con sus ángeles. 10 Y en el cieno oí una fuerte voz que decía: Ya está aquí la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, ya está aquí la autoridad de su Mesías. Ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba en presencia de nuestro Dios. 11 Ellos mismos lo vencieron por medio de la sangre del Cordero y por el testimonio que dieron, sin que el amor a su vida les hiciera temer la muerte. 12 ¡Alégrense, por tanto, cielos y los que habitan en ellos! Tiemblen, en cambio, tierra y mar, porque el diablo descendió hasta ustedes lleno de furor, al saber que le queda poco tiempo. 13 Al verse precipitado a la tierra, el dragón comenzó a perseguir a la mujer que había dado a luz al hijo varón. 14 Pero a la mujer le fueron dadas dos enormes alas de águila para que volara a su lugar en el desierto y fuera allí alimentada, lejos de la serpiente, durante tres tiempos y medio. 15 Entonces la serpiente lanzó de sus fauces un torrente de agua para ahogar en él a la mujer. 16 Pero la tierra socorrió a la mujer: abrió su boca y absorbió el torrente que el dragón había lanzado de sus fauces. 17 Irritado el dragón por su fracaso con la mujer, se fue a hacer la guerra al resto de su descendencia, a los que observan los mandamientos de Dios y dan testimonio de Jesús. 18 Y el dragón se quedó al acecho junto a la orilla del mar.

ELEMENTOS DE PROFUNDIZACIÓN DEL TEXTO

El dragón y el Cordero (12, 1—14, 20). Esta sección es el núcleo del libro del Apocalipsis. El poder del mal, representado por un monstruo, se opone radicalmente al Mesías y a su pueblo; henchido de odio, el diablo no escatima esfuerzos para destruir a Cristo y a su Iglesia (cap. 12). Para lograr su propósito, el dragón domina a la bestia y la lanza contra la Iglesia; esta bestia es el Imperio romano, que obliga a todos los hombres a tributar honores divinos al emperador (cap. 13). No obstante, los cristianos deben mantener la confianza frente a la desbocada furia de este diabólico designio, pues Dios y Cristo ya han conseguido la victoria (cap. 14). Aquí (como en toda la Biblia) hallamos una fe firme en el Dios que dirige la historia hacia un único objetivo: la salvación de su pueblo.

En el mundo antiguo estaba muy difundida la creencia de que aparecería un rey-salvador. Esta expectación está atestiguada desde la India hasta Roma, principalmente en forma de mito; entre estos relatos, los más destacados son los de Babilonia, Egipto y Grecia. La diosa que había de dar a luz al salvador era perseguida por un horrible monstruo, personificación del mal. Pero ella, protegida de manera extraordinaria, dio a luz con toda felicidad, y su hijo no tardó en acabar con el monstruo maligno, proporcionando así la dicha al mundo. Parece imposible afirmar la independencia absoluta del Apocalipsis con respecto a ese mito popular; Juan tomó probablemente de él algunos detalles. Pero no es verosímil que este autor se hallara directamente influido por un mundo pagano que detestaba; más bien utilizaría el relato en una versión judía purificada (tal vez dependiente de Gn 3, 15). Puesto que escribía para las iglesias de Asia, pudo emplear elementos procedentes de un mito con el que ellas estarían familiarizadas y proclamar así al verdadero Salvador y la certeza de su victoria. Nótense además las siguientes diferencias entre este episodio y el mito pagano: el hijo no destruye inmediatamente al monstruo maligno; es arrebatado al cielo, donde reina con Dios; el interés del lector se centra no en él, sino en la mujer, que sigue expuesta al odio del dragón incluso después de que su hijo ha sido entronizado. Ella es la concretización de la ley del dolor y la renuncia que caracteriza el camino de la salvación.

La mayoría de los comentaristas antiguos han identificado a la mujer con la Iglesia; en la Edad Media se extendió la idea de que representaba a María, la madre de Jesús. Los exégetas modernos suelen adoptar la primera interpretación con ciertas modificaciones. Recientemente varios católicos han defendido la interpretación mariana. Sin embargo, varios datos del contexto no cuadran muy bien con tal explicación. Difícilmente habremos de pensar, por ejemplo, que María sufriera terribles dolores de parto (v. 2), que hubiera de refugiarse en el desierto tras el nacimiento de su hijo (vv. 6.13ss) o, finalmente, que fuera perseguida en sus otros hijos (v. 17).

El énfasis en la persecución de la mujer sólo tiene realmente sentido si ella representa a la Iglesia, que aparece en todo el libro oprimida por las fuerzas del mal, aunque protegida por Dios. Además, la imagen de una mujer es corriente en la literatura profana del Oriente antiguo y en la misma Biblia (cf. Is 50,1; Jr 50,12) como símbolo de un pueblo, una nación o una ciudad. Por tanto, es legítimo ver en esta mujer al pueblo de Dios, el verdadero Israel del AT y del NT. El libro del Apocalipsis (y la Iglesia primitiva en general) no distingue claramente entre Israel y la Iglesia. El Mesías procede del pueblo de las doce tribus (v. 5); y ese mismo pueblo, dirigido por los doce apóstoles, es la madre de los que creen en Cristo (v. 17; Is 54, 1-3; Gál 4, 27) y sufre en ellos a causa de su fe en Jesús.

Esta interpretación, sin embargo, no excluye necesariamente toda referencia a María; es posible que Juan escribiera desde un doble punto de vista, individual y colectivo, implicando al mismo tiempo al pueblo de Dios, la Iglesia, y a María, el miembro de Israel que alumbró al Mesías.

El sol, la luna y la corona de doce estrellas hacen de este personaje una mujer celeste adornada de esplendor (cf. Gn 37, 9). El sol la cubre como un manto (1, 16; 10, 1; 19, 17; Sal 104,2). La corona de doce estrellas parece simbolizar a las doce tribus (7,4-8; 21,12; St 1,1) y los doce apóstoles (21,14) representan a Israel y a la Iglesia.

Esta imagen es la que vio fray Juan de Zumárraga en la tilma de Juan Diego, aquel 12 de diciembre de 1531. Por eso no es extraño que, en el relato del Nican Mopohua (aquí se narra), se diga que, al ver la imagen, se arrodilló: “El señor Obispo con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato”.

Lo más significativo y profundo de esta relación es que María está a punto de dar a luz y esa luz es Jesús, el sol de justicia, el lucero que no conoce ocaso, el Salvador del mundo, el Emmanuel.

2. MEDITACIÓN

MONITOR: En este ambiente de reflexión meditemos el acontecimiento guadalupano.

Nican Mopohua

La narración que hace el indio Antonio Valeriano del acontecimiento guadalupano es sencilla y encantadora. Dice que Juan Diego, al pasar junto al Tepeyac (nariz de la sierra) a unos cuantos metros de tomar la gran calzada que unía a la Ciudad de México-Tlatelolco con tierra firme, por el norte escuchó y vio cosas tan maravillosas que le hicieron exclamar: ¿Por ventura soy digno, soy merecedor de lo que oigo? ¿Quizá nomás lo estoy soñando? ¿Quizá solamente lo veo como entre sueños? ¿Dónde estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros antepasados, nuestros abuelos: En la tierra de las flores, en la tierra del maíz, de nuestra carne, de nuestro sustento, acaso en la tierra celestial? Veía hacia el oriente, veía un nuevo amanecer para todos los pobladores de estas tierras. Oye una dulce voz que lo llama por su nombre cristiano, sube a la cima, se encuentra con Ella: Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que Yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, el Creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, el dueño del cielo, el dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada, en donde lo mostraré (a Dios) lo ensalzaré al ponerlo de manifiesto: Lo daré a las gentes en todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación: Porque Yo en verdad soy su Madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra están en uno, y de las demás variadas estirpes de hombres, mis amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que confíen en mí, porque ahí escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores. Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa, anda al palacio del Obispo de México y le dirás cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo (1ª aparición, 9 de diciembre).

La figura de la Virgen, exclusivamente, mide 1.43 m. Sin embargo, tomando en cuenta que tiene la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha, su verdadera talla podría ser de dos centímetros más. Su color y apariencia es el de una jovencita indígena mesoamericana. Algunos han afirmado que también se parece mucho al color quemado de los judíos y palestinos del Cercano Oriente.

El Dr. Phillip S. Callahan en 1980 después de un análisis científico concluyó: “La cabeza de la Virgen de Guadalupe es una de las grandes obras maestras de la expresión artística facial, por la finura de la forma, la sencillez de la ejecución, el matiz y el colorido, existen pocos casos que la igualen entre las obras maestras del mundo … el tono del cutis del rostro y de las manos es definitivamente indígena … La figura original que comprende la túnica rosa, el manto azul, las manos y el rostro, es inexplicable... no hay manera de explicar ni el tipo de los pigmentos cromáticos utilizados, ni la permanencia de la luminosidad y brillantez de los colores después de cuatro siglos y medio … es muy notorio que no exista decoloración ni agrietamiento de la figura en ninguna parte del ayate de maguey, que por carecer de emplaste debería haberse deteriorado desde hace ya cientos de años”.

Un interesante estudio del Dr. Juan Homero Hernández, en colaboración con el P. Mario Rojas (1982), hacen coincidir algunas de las estrellas del manto, con equivalentes del cielo nocturno en el solsticio de invierno de 1531. Además, el Dr. Víctor Betancourt, en un estudio afirma: “El firmamento del día 12 de diciembre presenta la luna en fase creciente, como aparece a los pies de la Virgen de Guadalupe”.

En este contexto y sabiendo que el mes de mayo lo dedica la Iglesia a celebrar a María, ¿cómo puedes dar a conocer al Hijo de María?

3. ORACIÓN

MONITOR: Ahora respondamos a Dios con una oración por medio del siguiente Himno.

HIMNO

¿A quién encontramos cuando a ti acudimos?
¿Quién en tu regazo se mece divino?
Por ti caminamos, Señora, al camino,
la verdad, la vida: ¡Por ti a Jesucristo!
Mediadora y madre de todos tus hijos,
que a ti acuden prestos a llorar contritos
sus negros pecados, sus rojos delirios,
para convertirse en cristianos limpios,
en cristianos nuevos, en cristianos ínclitos.
Bendito es el fruto de tu vientre, Cristo;
bendita la sombra, sagrado cobijo,
que por ti nos cubre desde aquel martirio
cuando madre nuestra te proclama Cristo.
Siembra en nuestros pechos la esperanza, el brío,
el arrojo, el hambre, la sed de ser cristos.
amarte y servirte como heraldos límpidos,
nuestro único lema, nuestro único grito.
Ruega por nosotros ahora y al filo
de la hermana muerte.
Que nunca de tu Hijo escuchemos, Madre:
“Apartaos, malditos; id al fuego eterno”.
Mas: “Venid, benditos de mi Padre; entrad
en el goce henchido de mi reino, yo, el premio infinito.” Amén.

4. CONTEMPLACIÓN

MONITOR: Es un hecho vivido por el pueblo, desde la fe del sencillo y del humilde; fue el pueblo simple quien comunicó por todas partes el gran Acontecimiento Guadalupano; por medio del arte, de los códices, la escritura, testamentos, legados, ofrendas, limosnas, de las peregrinaciones y, especialmente, de los grandes testimonios de conversión. Esto enriqueció la tradición oral que fue transmitida por medio de la característica memoria indígena; una tradición que fue heredada de padres a hijos, de abuelos a nietos. Contemplemos.

Una de las singulares narraciones que recoge lo esencial y lo más hermoso del Evento Guadalupano y en la que Juan Diego es llamado Juan Diego “uno de los nuestros” se escucha aún en Zozocolco, Veracruz, pueblo perdido en las montañas entre Papantla y Poza Rica, a seis horas hacia la montaña. El Padre Ismael Olmedo Casas, el doce de diciembre de 1995, tuvo la idea de preguntar a los fieles indígenas cuál era el motivo de su celebración, antes de predicárselos él:

-¡Buenos días, Grandes Jefes! Queremos que nos platiquen sobre la Virgen de Guadalupe, hoy en su fiesta.

-¡Señor Cura, Jefe servidor de las cosas santas, buenos días! Te platico lo que hemos oído a los ancianos, nuestros abuelos: hace muchas pascuas (fiestas) de San Miguel, hace casi mil cosechas (dos por año) hace casi 500 vuelos de Palo Volador (un vuelo cada año durante la fiesta), sucedió que allá en el centro de donde nos mandaban a nosotros, que éramos servidores del Emperador, Gran Señor, que vestía fina manta y hermosos plumajes, y ofrecía por el pueblo al Dios bueno lo que la tierra producía y la sangre de sus hijos para que el orden de la vida siguiera adelante, llegaron hombres de cabello de sol, que nosotros ya sabíamos de su llegada; pero no esperá-bamos esos malos tratos de su parte, porque los creíamos enviados de los ángeles, y sólo trajeron mugre, enfermedad, destrucción, muerte y mentira: Nos hablaban de un Dios que amaba, pero ellos con su vida odiaban.

-El pueblo ya estaba cansado, cuando en una obscura mañana de la media cosecha fuerte del café (mediados de diciembre), a uno de los nuestros le regaló Dios, Dios Espíritu Santo un mensaje del cielo. Como lo dijera el Libro Grande de nuestros hermanos los mayas (el Popol Vuh): El hombre se había portado mal, y el gran Dios mandaría a alguien para rehacer al hombre del maíz.

-También el Libro Grande de los españoles (la Biblia) dice que después de que el hombre destruyó la armonía que había en el Universo, manifestado en el vuelo perfecto del Volador, merecía la vida sin felicidad, pero Dios prometió que alguien nacido de nuestra raza, Mujer, nos devolvería la sonrisa a nuestros rostros, nos quitaría el mecapal con la carga en la cuesta más pesada, y haríamos fiesta días enteros, sin acabarse (la vida eterna).

-Apareció, así lo dicen los Jefes, en el cerro del Anáhuac, una señal del mismo Cielo, a donde llega la manzana del Volador: Una Mujer con gran importancia, más que los mismos emperadores, que, a pesar de ser mujer, su poderío es tal que se para frente al Sol nuestro dador de vida, y pisa la Luna, que es nuestra guía en la lucha por la luz, y se viste con las estrellas, que son las que rigen nuestra existencia y nos dicen cuándo debemos sembrar, doblar o cosechar.

-Es importante esta Mujer, porque se para frente al Sol, pisa la Luna y se viste con las estrellas, pero su rostro nos dice que hay alguien mayor que Ella, porque está inclinada en signo de respeto.

-Nuestros mayores ofrecían corazones a Dios, para que hubiera armonía en la vida. Esta Mujer, sin arrancarlos, le pongamos los nuestros entre sus manos para que Ella los presente al verdadero Dios.

-Los tres volcanes surgen de sus manos y en el pecho, aquellos que flanquean el Anáhuac y el que vio la llegada de nuestros dominadores, que para Ella tienen que ser tenidos y tenerlos como de una nueva raza, por eso su rostro no es ni de ellos ni de nosotros, sino de ambos. En su túnica se pinta todo el valle del Anáhuac y centra la atención en el vientre de esta Mujer, que, con la alegría de la fiesta, danza, porque nos dará a su Hijo, para que con la armonía del Ángel que sostiene el cielo y la tierra (manto y túnica) se prolongue una vida nueva. Esto es lo que recibimos de nuestros ancianos, de nuestros abuelos, que nuestra vida no se acaba, sino que tiene un nuevo sentido, y como lo dice el Libro Grande de los españoles (la Biblia), que apareció una señal en el cielo, una Mujer vestida de Sol, con la Luna bajo sus pies y una corona de estrellas, y está a punto de parir.

-Esto es lo que hoy celebramos, Señor Cura: la llegada de esta señal de unidad, de armonía, de nueva vida.

Bibliografía: Biblia de América; Liturgia de las Horas (tomo II); Comentario Bíblico “San Jerónimo”, tomo IV, Cristiandad; VALERIANO Antonio, Nican Mopohua, Buena Prensa; GALLO REYNOSO Joaquín, Semana Guadalupana. A partir del Nican Mopohua, Buena Prensa.

Equipo de Pastoral Bíblica, Arquidiócesis de México

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