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Vicaría      de Pastoral

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Primera Vicaría

"QUÉDATE CON NOSOTROS"
(Mc 16, 12-13)

Juan Pablo II

REUNIÓN DE SACERDOTES

Febrero 15, 2005

Después de esto se apareció, con aspecto diferente,
a dos de ellos que iban de camino hacia el campo.
También ellos fueron a dar la noticia a los demás.
Pero tampoco les creyeron.

(Mc 16, 12-13)

QUÉDATE CON NOSOTROS

La noche caía sobre el horizonte.
Llegaban los discípulos con el Caminante
al lugar del descanso y del olvido.

La Palabra del Profeta les hizo penetrar
las sombras de sus desesperanzas.
Aquel Desconocido del principio
se hizo compañero agradable.
La oscuridad de la noche,
que invadía los alrededores de Emaús,
no asustaba a los dos discípulos,
que esperaban así descansar tranquilos.
Un ruego brotó espontáneo hacia el Compañero:
Quédate con nosotros, porque es tarde
y está anocheciendo.
El Catequista amable del camino
entró para quedarse con ellos.

La Palabra nos lleva a Jesús.
La Palabra nos trae a Jesús.
Él es la Palabra. Él es la misma Palabra.
Escuchando su Palabra, le escuchamos a Él.
Y su Palabra enardeció y animó nuestra vida.
El que estaba distante, ya está más adentro.
El que era desconocido, ya se hace amigo.
El que era Mesías incomprensible
nos descifra su misterio y su presencia.
Sentimos necesidad de Él.
Le queremos dentro de nosotros.
Buscamos su Luz y su Verdad.
Le buscamos a Él mismo,
Camino, Verdad y Vida.

Por eso, nuestro ruego surge
espontáneo y sencillo,
profundo y enérgico:
Quédate con nosotros, Señor.

La Iglesia pone en nuestros labios
y acepta nuestro ruego semejante
en la Oración Universal.
En la Misa, rogamos por toda la humanidad.
Ensanchamos el corazón hacia nuevos horizontes.
No nos encerramos en nuestra necesidad.

Porque los problemas y fracasos,
las esperanzas y los gozos de los hombres
son también asunto de los cristianos.
Por eso, elevamos nuestra oración:

  • Por los que sufren… por los que gozan,
  • Por los pobres… por los enfermos,
  • Por los vivos… por los difuntos.
  • Por los de cerca… por los de lejos.
  • Te rogamos, Padre.

Toda la humanidad tiene cabida
en la oración y en el trabajo de la Iglesia,
de esta pequeña comunidad de orantes,
que se reunieron en la Misa.

La comunidad oyente de la Palabra
ha interiorizado la Palabra,
ha comulgado la Palabra,
al mismo Jesús en forma de Palabra.

Ahora, la comunidad litúrgica
se convierte en orante de la Palabra.
Como María, la que acompañó a Jesús
hasta el Calvario, hasta la resurrección.
Porque ella sabe de problemas y sufrimientos,
de cruz y de gloria.

El Caminante desconocido
se hace comensal, amigo, fraterno,
doméstico en nuestra casa.
Entró para quedarse con ellos.
Cuando estaba sentado a la mesa,
tomó el pan, lo bendijo, lo partió
y lo dio a ellos.

Los ruegos de los dos discípulos
llegan al corazón del Profeta.
Le abren las puertas de su casa
y de su corazón.

La amistad rompió la oscuridad de la noche.
La luz se encendió en la casa de la amistad.
Emaús ya no es lugar para la evasión y el olvido.
Emaús es el lugar del encuentro.

Con el pan y el vino sobre la mesa,
con la fraternidad restablecida,
abiertos al misterio,
ahora sí tiene sentido
la presencia total del Resucitado.

¡En cuántas comidas participó Jesús
en su vida terrena!
¡Siempre, para invitar a la amistad,
al diálogo, al cambio de vida!

Él se hizo definitivamente comida
en la Última Cena.
Y Él sigue ofreciéndose como
verdadera comida y verdadera bebida.

Nosotros llevamos al altar nuestras ofrendas:
Pan, elaborado a lo largo de múltiples esfuerzos;
Vino, reunido de muchos lugares y de muchos granos.

¿Qué más?
Sí, también ponemos algo más nuestro:
sentimientos, actitudes, conducta, anhelos,
fracasos, virtudes, pecados.
Al Señor le agrada nuestra ofrenda.
No espera unas ofrendas fabulosas,
ricas, elegantes, hermosas.

Le interesa lo nuestro, lo pequeño,
Incluso nuestras limitaciones y pecados.
Pero, le entregamos todo nuestro ser,
con todo amor, con toda ilusión…
Así nos acercamos al altar.
Ponemos en la mesa la sencillez
de nuestras vidas.
El Señor hará todo lo demás.

La Misa es una ofrenda. El signo es el pan que llevamos.
La verdadera ofrenda la pone cada cristiano.
El pan que llevamos somos nosotros.
El vino que presentamos somos nosotros.
Todo quedará convertido en ofrenda agradable al Padre por Jesús.
Nuestra vida, toda, quedará consagrada totalmente al Señor.
Nos preparamos para el gran momento.
Entramos en lo más santo de la Misa.

De la Misa a la vida
Martín Irure, Capuchino.

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COMISIÓN DE BIBLIA