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Vicaría      de Pastoral

Logotipo de la MISIÓN PERMANENTE en la Arquidiócesis de México

Asamblea Nacional de Coordinadores de Pastoral Bíblica

Lectio Divina

"MAESTRO, ¿DÓNDE VIVES?"


Sagrada Familia

DIÓCESIS DE ACAPULCO, GRO.

FEBRERO 22, 2006


LECTIO DIVINA

Rúbrica: En el contexto de la celebración de nuestra Asamblea Nacional de Coordinadores de Pastoral Bíblica, queremos agradecer a Dios que nos haya hecho posible encontrarnos nuevamente y, a la vez, implorar su ayuda y bendiciones para poder seguir adelante, difundiendo y haciendo vida su mensaje de salvación, contenido en la Sagrada Escritura.

Celebrante: En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Todos: Amén.

Celebrante: El Dios de la vida, que ha resucitado a Jesucristo, rompiendo las ataduras de la muerte, esté con todos ustedes.

Todos: Y con tu espíritu.

Rúbrica: Nos ponemos en presencia de Dios entonando el siguiente canto.

HACIA TI MORADA SANTA

(Kiko Argüello)

Hacia ti, morada santa,
hacia, tierra del Salvador,
peregrinos, caminantes,
vamos hacia ti.

Venimos a tu mesa, sellaremos tu pacto,
comeremos tu carne, tu sangre nos limpiará.
Reinaremos contigo, en tu morada santa,
beberemos tu sangre, tu fe nos salvará.

Somos tu pueblo santo, que hoy camina unido.
Tú vas entre nosotros, tu amor nos guiará.
Tú eres el camino, tú eres la esperanza,
hermano de los pobres, amén aleluya.

Rúbrica: El primer momento de la Lectio Divina es leer el texto bíblico, para conocer los temas principales, símbolos, personajes y acciones del texto. Se trata de apreciar qué dice el texto en su contexto histórico y literario. Ya en preparación a la V Asamblea de la CELAM a realizarse en el 2007, ponemos nuestra atención en cómo Jesús llamó a sus discípulos a partir de Pedro.

1. LECTURA
DEL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN
(1, 35-42)

Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijando la mirada en Jesús que pasaba, dice: He ahí el Cordero de Dios. Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que lo seguían les dice: “¿Qué buscan?”. Ellos le respondieron: Rabbí —que quiere decir “Maestro”— ¿dónde vives? Les respondió: “vengan a ver”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Eran más o menos las cuatro de la tarde. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. Éste encuentra primeramente a su hermano Simón y le dice: Hemos encontrado al Mesías —que quiere decir “Cristo”—. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas —que quiere decir “Piedra”—.

Palabra del Señor. /Gloria a ti, Señor Jesús.

Introducción

Aquí el evangelista, más que relatar la vocación de los primeros cinco discípulos, nos presenta el proceso del discípulo de Jesús. El tema de fondo está centrado en la persona de Jesús. Con este relato, Juan intencionalmente quiere manifestar quién es verdaderamente Jesús. En realidad, Juan se desasocia, en este punto, de la tradición común a los otros evangelios, en los cuales la llamada de los primeros discípulos se hace a la orilla del mar de Galilea, mientras ellos estaban en sus tareas cotidianas. Allí Jesús pasa y llama. Los discípulos, inmediatamente, dejando todo lo siguen. Juan, en cambio, supone una preparación previa: el testimonio del Bautista, que lo señala a sus propios discípulos; lo que ocasiona una reacción en cadena: Juan lleva a los primeros discípulos a Jesús (Andrés y el otro de quien no se menciona su nombre), y Andrés conduce a su intimidad. La llamada de Jesús es una llamada a vivir profundamente en comunidad.

Jesús de camino

El Bautista “fija la mirada” en Jesús que viene caminando y vuelve a hablar de él. No tenemos ninguna indicación precisa: No sabemos de dónde viene, ni hacia dónde va; simplemente va pasando. Ese es el momento oportuno. Jesús pasa. El Bautista toma la oportunidad, ahora o nunca, en ese preciso instante y lo señala: Es el Cordero de Dios.

La reacción de los discípulos

Escuchan y se ponen en marcha, detrás de Jesús. A los dos discípulos les basta una breve alusión después de la preparación hecha por el Bautista el día anterior, como el Cordero que quita el pecado, que ya existía mucho antes que él, lleno del Espíritu, e Hijo de Dios. Ellos han captado bien el mensaje del Bautista: a quien hay que seguir es a Jesús. Los discípulos caminan ahora detrás de Jesús. Este verbo no sólo dignifica caminar en la misma dirección, y una relación subordinada, sino que también tiene el significado de caminar detrás de Jesús con la entrega de la vida. Aunque todavía no se dé la llamada a seguirlo, los dos primeros discípulos, con el hecho de ponerse detrás, manifiestan implícitamente su deseo de ser discípulos de Jesús. De ahí la pregunta de Jesús: ¿qué buscan?

¿Qué buscan?

Es la primera palabra pronunciada por Jesús en este evangelio. Y ciertamente no se trata de una casualidad. Es una pregunta sencilla, pero que toca lo más profundo de la persona. Sin duda, los dos discípulos (y todo ser humano) están a la búsqueda de algo, o tal vez de “alguien”, de otra manera no se hubieran puesto en marcha detrás de Jesús si en el Bautista hubieran encontrado una respuesta a su existencia. Jesús se percata de ello, y los invita a cuestionarse seriamente, para tratar de descubrir qué es lo que buscan en el fondo. Sorprende cómo Jesús, desde el principio, pone las cosas en claro. Cualquier relación entre las personas no se puede fundar simplemente sobre la superficie; se tiene que ir al fondo, a la pregunta fundamental. Los discípulos ciertamente ya van en busca de algo, que ha suscitado en ellos las afirmaciones del Bautista, pero aún necesitan identificarlo, precisarlo y expresarlo. En la Biblia se habla del deseo fundamental de todo hombre, de esa búsqueda primordial en término de una sed de infinito, de eternidad, de Dios, como lo expresa bastante bien el salmista: “Dios, tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma; en pos de ti languidece mi carne, cual tierra seca, agostada, sin agua (Sal 61).

¿Dónde vives?

Un principio lógico dice no responder nunca una pregunta con otra pregunta. Sin embargo, en la pregunta de los discípulos va implícita la respuesta a la pregunta de Jesús: ¿Dónde vives? Literalmente suena: ¿Dónde permaneces? Menein, en efecto, significa permanecer, y en forma coloquial vivir, de morar, y tiene una importancia fundamental en el cuarto evangelio, que juega con ambos sentidos. Baste recordar el capítulo 15, en donde la comunión vital con Cristo se indica precisamente con el “permanecer” en unión íntima, lo que hace posible dar frutos. Entonces, la pregunta de los discípulos va en esta línea de una comunión fructuosa de vida con él.

El proceso: venir y ver

Jesús los invita a hacer una experiencia (vengan a ver). No promete nada. No los abruma con una serie de requisitos, ni los apantalla con una serie de promesas; simplemente los invita a ver con sus propios ojos.

Venir. Es un verbo muy importante en Juan. En efecto, la fe es descrita como un venir (llegar) a Jesús (Jn 3, 21; 5, 40; 6, 35.37.45).

Ver. La experiencia personal es descrita como ver, naturalmente con los propios ojos. De hecho, nadie puede ver por nosotros y, por tanto, no se trata solamente de un ver físico, sino indica una experiencia personal que se concluye en ver más allá de la apariencia, concretamente en ver su gloria (2, 11). Si el proceso de la fe de los discípulos comienza con el ver a Jesús, para ver dónde y cómo vive y para permanecer con él, no estará completa hasta que vean su gloria y crean en él.

Discipulado

En los evangelios se narra la vocación y envío de discípulos por parte de Jesús. Entre ellos se cuentan bien sea el círculo de los Doce a los que se menciona por sus nombres (Mc 3, 13-19 y paralelos), bien el círculo más amplio de los que seguían a Jesús (Mt 8, 21), y sobre todo a los “setenta y dos” a los que Jesús envió (Lc 10, 1). En ocasiones se designa como discípulos a todos los que creen en Jesús (Jn 2, 11; 8, 31; 20, 29). Como refiere Jn 6, 66, algunos de los discípulos de Jesús volvieron a abandonarlo.

La vocación de los discípulos por Jesús, que es uno de los contenidos mejor atestiguados de la tradición acerca de Jesús, presenta unas notas características: el discipulado no se refiere tanto a una doctrina o a una habilidad, como a la persona misma de Jesús. Ninguno de sus discípulos puede ocupar su lugar, sino que todos siguen siendo discípulos “bajo” su Señor y Maestro. Ser discípulo de Jesús significa una entrega a la persona de Jesús, y no sólo una vinculación por un tiempo o bajo un aspecto determinado. Por eso el discípulo participa de la vida y muerte de Jesús (Mt 16, 21-23) y queda incorporado a su envío y misión (Mt 10). Así la reunión y envío de los discípulos por Jesús es un “fenómeno escatológico”, que no puede subsumirse en otras formas de seguimiento.

Su importancia eclesial sólo la recibe el discipulado a través del aconteci-miento de Pascua, porque también Jesús sólo por la resurrección se convirtió en el Señor exaltado: el discipulado se cumple en la única Iglesia, que es la comunidad convocada por Jesús y a la que él le ha encomendado una mi-sión. A su servicio están los que ejercen ministerios jerárquicos y en medio del mismo viven las comunidades religiosas. En unos y otras destacan de-terminadas dimensiones del discipulado originario. Los ministerios se ca-racterizan por la potestad para actuar como Jesucristo y con él (Cf., para la colación de esa potestad, Mt 16, 16-18; 18, 18; 20, 21; y para la actuación como y con Jesús de Nazaret, Cf. Lc 9, 1-6 y par.).

2. MEDITACIÓN

Rúbrica: Leemos nuevamente el texto evangélico en silencio y meditamos sus enseñanzas.

Se trata del primer encuentro con Jesús, lleno de expectativas y promesas. Este primer encuentro es descrito como un recuerdo vivo y personal, aunque sabemos que fue construido por el evangelista. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo fue nuestro primer encuentro? ¿Quién nos llevó hacia Jesús? ¿Recordamos el día y la hora? ¿Cuál era la idea que teníamos de Jesús antes de nuestra experiencia personal de él y cuál es la idea que nos hemos forjado a través de nuestra experiencia personal? ¿Cuáles con nuestros anhelos fundamentales?

El Bautista describe a Cristo “pasando”. Y Jesús sigue viniendo hasta el día de hoy, sigue llegando, sigue caminando delante de nuestra vida. El gran reto para nosotros es descubrir a Jesús que sigue pasando. Como Juan que fija su mirada en Jesús y no se deja escapar la oportunidad, así nosotros deberíamos no dejarlo pasar; como los discípulos que escuchan el testimonio del Bautista y aprovechan la oportunidad para dar un giro a su existencia.

Al mismo tiempo, el relato pone de manifiesto la necesidad que tenemos que otros vayan a Jesús. La fe, para que realmente sea adulta, desemboca necesariamente en el contagio. Es como la alegría de aquella mujer que ha encontrado la moneda que se le había perdido; como aquel hombre que encuentra un tesoro y siente la urgencia y la prisa de darlo a conocer a los demás. Es algo que no se puede esconder.

La pregunta de Jesús ¿qué buscan? es la pregunta que todos los discípulos de Cristo se tienen que poner, porque hay de búsquedas a búsquedas. Mucha gente se pone a la búsqueda de Dios para salir al paso. Las búsquedas de Dios, muchas veces, no son claras, y a veces están muy interesadas. Cuántas veces no hemos escuchado esa afirmación de: ‘me voy a acercar a Dios para que me vaya bien’. Y la mayoría de las veces se trata solamente de superar un mal rato, unos cuantos problemas, y no ahondar en la búsqueda que está en el fondo de nuestro corazón. Contemplemos pues, aquellas palabras tan ricas de San Agustín que dice: “Señor, tú me creaste para ti y mi corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”.

Por la fe vemos, conocemos, creemos en Jesús. Este “ver” no es físico; si no los discípulos ya hubieran visto al Padre en la persona de su Maestro. También vieron físicamente a Jesús los fariseos y letrados judíos, y, sin embargo, no captaron en Él al Hijo de Dios. Contemplaron sus obras, sus milagros, su conducta rebosante de bien, su doctrina llena de verdad; tenían a la vista todas las acciones de su Persona, y no creyeron en Él. Porque no es posible ver a Jesús en su identidad divina, sino por los ojos del corazón que dan la visión auténtica de la fe.

En el cuarto evangelio los verbos “ver”, “conocer” y “creer” forman una tríada intercambiable, equivalente, casi “sinónima”. La visión de Dios se logra por el conocimiento del mismo; y ambos pasos desembocan en la fe, que es la auténtica sabiduría de Dios, según la Sagrada Escritura.

El conocer de la fe no es la intelección meramente conceptual que hemos heredado de la filosofía griega. Según ésta, la inteligencia del hombre conoce las personas y las cosas como objetos que abstrae y contempla desde fuera a base de ideas y conceptos. Pero para el pensamiento de Juan, que refleja lo bíblico y semita, conocer es, ante todo, experiencia personal del objeto con el que se entra en relación y contacto, en este caso con Dios, a través de su Hijo Cristo Jesús, que lo manifiesta en su persona y en sus obras, totalmente identificadas con el ser y el querer del Padre Dios.

3. ORACIÓN

Rúbrica: En este tercer momento de la Lectio Divina, volvemos a leer el texto y, en el silencio de nuestra interioridad, respondemos a la Palabra que hemos leído, meditado y reflexionado. Podemos ayudarnos con la siguiente oración.

La Palabra nos lleva a Jesús.
La Palabra nos trae a Jesús.
Él es la Palabra. Él es la misma Palabra.
Escuchando su Palabra, le escuchamos a Él.
Y su Palabra enardeció y animó nuestra vida.
El que estaba distante, ya está más adentro.
El que era desconocido, ya se hace amigo.
El que era Mesías incomprensible
nos descifra su misterio y su presencia.
Sentimos necesidad de Él.
Le queremos dentro de nosotros.
Buscamos su Luz y su Verdad.
Le buscamos a Él mismo,
Camino, Verdad y Vida.

Porque los problemas y fracasos,
las esperanzas y los gozos de los hombres
son también asunto de los cristianos.
Por eso, elevamos nuestra oración:

Por los que sufren … por los que gozan,
Por los pobres … por los enfermos,
Por los vivos … por los difuntos.
Por los de cerca … por los de lejos.
Te rogamos, Padre.

Toda la humanidad tiene cabida
en la oración y en el trabajo de la Iglesia,
de esta pequeña comunidad de orantes,
que se reunieron en la Misa.

La comunidad oyente de la Palabra
ha interiorizado la Palabra,
ha comulgado la Palabra,
al mismo Jesús en forma de Palabra.

Ahora, la comunidad litúrgica
se convierte en orante de la Palabra.
Como María, la que acompañó a Jesús
hasta el Calvario, hasta la resurrección.
Porque ella sabe de problemas y sufrimientos,
de cruz y de gloria.

Nosotros llevamos al altar nuestras ofrendas:
Pan, elaborado a lo largo de múltiples esfuerzos;
Vino, reunido de muchos lugares y de muchos granos.

¿Qué más?
Sí, también ponemos algo más nuestro:
sentimientos, actitudes, conducta, anhelos,
fracasos, virtudes, pecados.
Al Señor le agrada nuestra ofrenda.
No espera unas ofrendas fabulosas,
ricas, elegantes, hermosas.

Le interesa lo nuestro, lo pequeño,
Incluso nuestras limitaciones y pecados.
Pero, le entregamos todo nuestro ser,
con todo amor, con toda ilusión …
Así nos acercamos al altar.
Ponemos en la mesa la sencillez
de nuestras vidas.
El Señor hará todo lo demás.

De la Misa a la vida (fragmento)
Martín Irure, Capuchino.

4. CONTEMPLACIÓN

Rúbrica: Volvemos a leer el texto y nos preguntamos ¿A qué me comprometo?

Ahora nos sumergimos en el interior de los acontecimientos en diálogo íntimo y personal con Dios, para descubrir y saborear en ellos la presencia activa y creadora de la Palabra de Dios, y para comprometerse en el proceso transformador de nuestra realidad. No es evasión, sino ir al compromiso.

Es el momento en donde hay que dejar que Dios realice en nosotros su Palabra, que es viva y eficaz. El primer encuentro con el ser amado es inolvidable, tal como le sucedió al Apóstol Juan, que nos cuenta su experiencia y recuerda la hora del encuentro. ¿Tu primera experiencia del Señor Jesús fue tan determinante como para que recuerdes la hora o el lugar? ¿Tu respuesta fue inmediata y libre de toda atadura o aún no has podido seguirlo tan libremente como lo hizo el Apóstol Juan?

Desde que el Hijo de Dios se hizo hombre ya no se puede hablar de Dios sin mencionar a Jesús, pues Él es el rostro humano y la imagen visible del Padre. Se trata de reconocer a Dios en Jesús de Nazareth. ¿Y dónde mejor podemos reconocer hoy a Cristo sino en la comunidad y en los hermanos, especialmente en los más pobres, según las palabras de Él mismo? Y tú ¿reconoces la presencia del Maestro en tu vida, y en la de tus hermanos?

Rúbrica: En este contexto de oración compartimos los frutos de nuestra reflexión con el propósito de enriquecernos mutuamente y concluimos con el siguiente canto.

El Pescador

Tú has venido a la orilla, no has buscado ni a sabios, ni a ricos,
tan sólo quieres que yo te siga.
Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre.
En la arena he dejado mi barca, junto a ti buscaré otro mar.
Tú pescador de otros mares, ansia eterna, de almas que esperan;
amigo bueno, que así me llamas.
Tú necesitas mis manos, mi cansancio que a otro descanse;
amor que quiera seguir amando.
Tú sabes bien lo que tengo, en mi barca no hay oro ni espadas
tan sólo redes y mi trabajo.

COMISIÓN DE PASTORAL BÍBLICA, ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

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