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Vicaría      de Pastoral

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EJERCICIOS CUARESMALES 2006

Hacer vida la Redención de Cristo,
en la práctica de la caridad cristiana
Fundamentos para una pastoral de la caridad

Impartidos por Monseñor Jorge A. Palencia

 PRIMERA REFLEXION CUARESMAL
“El AMOR de DIOS”

Introducción a los Ejercicios Cuaresmales

Hermanos, Hermanas, el camino espiritual para estos Ejercicios Cuaresmales de 2006, nos permitirá adentrarnos en el inmenso amor de Dios. Un gran filósofo S. Kierkegaard decía: "…ay, quién sabe cuántos se llaman cristianos y tal vez vivan dudando si realmente Dios es amor", y es verdad, cuántos cristianos en su diario ir y venir, por olvido, por superficialidad de vida, por aburrimiento, se olvidan o dudan si realmente Dios es amor. Las obscuridades de nuestro tiempo: violencia, secuestros, morbo, politiquerías, sensacionalismos, superficialidad de la vida, aburrimiento del mundo o depresión nos pueden llegar a nublar la grandiosidad de la proclamación del cristianismo: DIOS ES AMOR.

Queridos míos, amémonos unos a otros,
porque el amor viene de Dios.
Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.
El que no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es amor.
Miren cómo se manifestó el amor de Dios entre nosotros:
Dios envió a su Hijo único a este mundo
para que tengamos vida por medio de Él.
En esto está el amor;
no es que nosotros hayamos amado a Dios,
sino que Él nos amó primero
y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados.
Queridos, si Dios nos amó de esta manera,
también nosotros debemos amarnos mutuamente.
A Dios no lo ha visto nadie jamás,
pero si nos amamos unos a otros, Dios está entre nosotros
y su amor da todos sus frutos entre nosotros.

(1ª Juan 4, 7-12)

No es la primera vez que los cristianos oímos tan suprema revelación. Nos lo contó san Juan, el evangelista, en su primera carta. Era el siglo primero de la era cristiana y me temo que muchos cristianos no lo tomamos muy en serio. Tal vez nos cegaron a los significados hay en nuestro vocabulario cultural o quizá nos hemos encarcelado y empobrecido los modos como vivimos el amor en nuestras vidas.

¿Amor?, para muchos qué cosa menor, sentimental e irracional, erótica y alocada, crónica de la ilusión y la decepción, cosa privada, doméstica y hasta femenina, palabrería poética, cursi y, sobre todo, inútil. Para gran parte de la humanidad, con el amor, no se gana la vida en este mundo, en ningún lugar, en ninguna época.

¿Amor? Probablemente, una de las palabras más violadas y gastadas. Pero sin embargo, tiene actualidad la proclamación del Apóstol San Juan en el umbral del primer milenio: "...la Luz vino a este mundo, pero nuestras tinieblas la rechazaron". Bien sabemos que esa Luz es Dios y que Dios es Amor.

Ahora, al comienzo del III milenio, S.S. Benedicto XVI retoma la grandísima revelación, del Apóstol San Juan: el centro del misterio de la intimidad de Dios, el meollo del sentido de la vida de cada uno de los seres humanos. No hay en todo el Magisterio de la Iglesia, un documento o declaración que contenga una exposición tan amplia, sistemática y específica sobre el Amor. La carta encíclica Deus Caritas est (Dios es Amor) es un texto de primera magnitud, que redime el abuso de la palabra y devuelve la Luz al Amor.

Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: "Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él".

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna" (cf. 3, 16). La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 1).

El mundo, la cultura actual y cada uno de nosotros, necesitábamos este aliento puro y fresco, lleno de vida. Indudablemente esta Encíclica de S.S. Benedicto XVI, será un eje fundamental para la historia de la humanidad a partir del III Milenio, revolucionará miles de cosas, millones de vidas. Durante estos Ejercicios Cuaresmales de 2006 queremos meditar lentamente su contenido, nuestra meta será que: nuestra alma identifique la idea fuerte, el chispazo de tierna luz, y se detenga a paladearla sin prisas, abiertos sin miedo al: dinamismo del Amor de Dios, y no seremos los mismos, ni para nosotros, ni para con el prójimo.

1.- Los múltiples rostros de la palabra amor en la experiencia humana

Podríamos decir que la palabra amor se usa superficialmente, la mayoría de las veces solamente para expresar un sentimiento entre los seres humanos, desafortunadamente se ha perdido la dimensión trascendente del amor, es decir la dimensión de relación del ser humano con Dios, así como también por causa de una adecuada catequesis y evangelización se desconoce la dimensión del amor de Dios hacia el hombre.

Debemos empezar diciendo que, la palabra AMOR en el cristianismo va unida a la realidad de la salvación y de la justificación, es decir apunta a la totalidad de la existencia humana y no significa únicamente un proceso particular que aparece en otras religiones. El amor es tan central que, la afirmación del mensaje cristiano: DIOS ES AMOR, aparece a la vez tan sencilla, pero a la vez es tan lejana al ser humano de nuestro tiempo. Olvidamos hoy en nuestros días la afirmación: Dios es amor y la afirmación que va unida a esta: Dios nos ama, quizás este olvido se deba a un acto de fe o una esperanza radical, sólida y fuerte para el creyente.

Si el amor lo entendiéramos como: el acto total en que una persona adquiere una recta y plena relación con Dios, al mismo tiempo conoce y afirma la bondad y dignidad de Dios, llegaríamos a la dicha, a la felicidad, y a la bienaventuranza de un nosotros.

"En un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto. Por eso, en mi primera Encíclica deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás. Dos grandes partes tiene esta Carta. La primera parte precisa algunos puntos esenciales sobre el amor que Dios, de manera misteriosa y gratuita, ofrece al hombre y, a la vez, la relación intrínseca de dicho amor con la realidad del amor humano. La segunda parte trata la manera de cumplir el mandamiento del amor al prójimo. Mi deseo es suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino" (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 1).

Tomando en cuenta esta diferenciación en el tipo de amor, sólo el amor de Dios puede ser real y absolutamente creador. El amor creador se entiende, como la respuesta humana a la bondad previamente dada por Dios y nos llama a la inclinación radical del amor por el prójimo. Aquí radica la diferencia entre el amor pagano y el amor cristiano.

La comunicación de Dios sobrepasa los límites de la Revelación y coexiste con toda la historia, en virtud de su universal voluntad salvífica y ofrece a todo ser humano la posibilidad de un ágape (caridad) para con Él y para con nuestro prójimo. De esta manera nuestro amor se vuelve benevolente (agape) fundamentado en la virtud de la caridad, que nos permite percibir el amor de Dios y dar una respuesta por medio de la gracia. Pero si nuestro amor es imperfecto concupice (eros) y quiere buscar a Dios, como mero medio de su propia dicha ya no es amor, sino satisfacción egoísta del apetito sensitivo, el cual busca lo particular y pierde la dimensión trascendente.

"Los antiguos griegos dieron el nombre de eros al amor entre hombre y mujer, que no nace del pensamiento o la voluntad, sino que se impone al ser humano. El amor de amistad, es profundizado en el Evangelio de Juan para expresar la relación entre Jesús y sus discípulos. Este relegar la palabra eros, junto con la nueva concepción del amor que se expresa con la palabra agapé, denota sin duda algo esencial en la novedad del cristianismo, precisamente en su modo de entender el amor ...entre el amor y lo divino existe una cierta relación: el amor promete infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 3)

Profundicemos un poco esta realidad del término amor: Amor — Agape: o la caridad en sentido bíblico, sería el amor de Dios, que se inclina a lo pequeño y pecador, a lo carente de valor, el amor que regala sin recibir, se prodiga neciamente y sólo por su propia acción hace al ser humano digno de este amor. Sólo por pura gracia de Dios se le da al ser humano parte en este ágape divino con que se puede amar a Dios mismo y a su prójimo. Por otro lado Amor-Eros : en la interpretación pagana del amor, es el amor concupiscente, apasionado, el cual, arrebatado y extático ante la bondad y belleza del ser amado, trata de atraerlo hacia él como un factor de su propia dicha.

Mencionábamos anteriormente que, la palabra AMOR en el cristianismo va unida a la realidad de la salvación y el punto culminante dentro de la historia de la salvación donde el amor de Dios, el amor a Dios y el amor al prójimo se entrelazan es la Encarnación de Dios. Como Hijo del hombre, Jesucristo se revela como. El camino, la verdad y la vida hacia el verdadero AMOR.

"El crecimiento del amor hacia sus más altas cimas y su más íntima pureza conlleva el que aspire a lo definitivo. El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad. Ciertamente, el amor es "éxtasis", pero no en el sentido de arrebato momentáneo, sino como camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios: "El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará" (Lc 17, 33). Con estas palabras, Jesús describe su propio itinerario, que a través de la cruz lo lleva a la resurrección: el camino del grano de trigo que cae en tierra y muere, dando así fruto abundante. Describe también, partiendo de su sacrificio personal y del amor que en éste llega a su plenitud, la esencia del amor y de la existencia humana en general (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 6).

2.- Invitación a la experiencia del amor de Dios

Hemos meditado como la proclamación del amor de Dios como mandamiento de la vida cristiana constituye una maravilla única y una fuente inagotable de asombro para la persona. Desgraciadamente la costumbre y la rutina nuestra, genera convertir el amor de Dios en un tema más de doctrina o de predicación que escuchemos sin experimentar ninguna conmoción interior y hasta tenemos que hacer esfuerzos vencer el aburrimiento. Que distante nos parecen las palabras del Apóstol San Juan:

¿Cómo sabemos que permanecemos en Dios y Él en nosotros?
Porque nos ha comunicado su Espíritu.
Pero también hemos visto nosotros, y declaramos que:
el Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo.
Quien reconozca que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él
y él en Dios.
Por nuestra parte, hemos conocido el amor que Dios nos tiene,
y hemos creído en él.
Dios es amor: el que permanece en el amor,
permanece en Dios y Dios en él.

(1ª Juan 4, 13-16)

La proclamación del primer mandamiento y el hecho sobre el que descansa es un motivo de admiración más hondo que el hecho de existir, el que haya algo y no más bien nada. Porque, sin el amor como sustancia y raíz de la existencia, ésta correría el riesgo de convertirse en un hecho bruto, ajeno a cualquier valor e incapaz de suscitar la admiración o el aprecio que suscita en cualquier ser humano consciente de la dignidad de su condición. Que el amor de Dios sea objeto del primer mandamiento significa que el amor es lo más valioso, lo único indiscutible de la vida, porque sin el amor la vida se torna insoportable.

La fe cristiana al considerar al amor como principio y fundamento de la religión. Ésta ya no consiste en solo ritos extraños, en creencias ajenas a la vida, en una u otra forma de pertenencia institucional. La religión cristiana ya no corre el peligro de convertirse en algo esotérico, paralelo, superpuesto a la vida. Si el primer mandamiento cristiano es amar, entonces la religión está en el centro de la vida, coincide con lo mejor de lo humano y tiene necesariamente que despertar un eco en el corazón de las personas, ya que el corazón es justamente depositario del amor. La existencia del primer mandamiento sobre el AMOR asegura la conveniencia, la credibilidad, la amabilidad del cristianismo.

"El actuar de Dios adquiere su forma dramática en Jesucristo, el propio Dios va tras la oveja perdida, la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar" (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 12).

3. Preocupados muchas cosas, pero indiferentes al amor

Tú eres amado con un amor sin límites.
Hijo mío, esta palabra que te dirijo
te introduce en el centro mismo de la zarza ardiente.
No estás ya en el dintel del misterio.
Tú eres amado. Estas tres palabras,
si quieres verdaderamente recibirlas,
pueden cambiar y transformar toda tu vida.
Tú eres amado.
Hay que comenzar por el principio.
Hace falta poner en primer lugar mi amor por los hombres,
mi amor sin límites.
El amor del hombre por Dios
no es más que la respuesta a mi amor.
Soy yo el primero que he amado.
Siempre soy yo el que tomo la iniciativa.
¿Cómo podrías amarme
si no hubieras primero alcanzado
la revelación del amor que tengo por ti?
Te hace falta, en un momento determinado,
sentir como un choque el amor apasionado que te ofrezco.
Si quieres anunciar el Evangelio,
primero debes ir simplemente a los hombres
diciendo a cada uno:
"Tú eres amado".
Todo lo demás viene de ahí;
es el punto de partida.
Pero, ¿con qué amor eres tú amado?
No digo: "Tú has sido amado".
Tampoco digo: "Tú serás amado".
No te he amado solamente ayer o anteayer.
No es mañana o pasado mañana cuando te amaré.
Es hoy, en este mismo minuto,
cuando eres amado.
Sí, hijo mío.
Si no siguiese amando al que peca,
¿le dejaría subsistir delante de mí?
El amor está sentado como un mendigo
a la puerta del que no ama. Espera. Esperará.
La duración de mi espera
rebasa todas las previsiones humanas.
No intento perforar el misterio. Espero.
Mira pues, hijo mío, con qué amor eres amado.
A ti mismo, hijo mío, te amo de manera distinta a otro.
Te amo con un amor que no le ha sido dado a nadie.
Te amo con un amor incomparable, único.

(Anónimo s. IV)

Basta una mirada a la situación religiosa de nuestra sociedad para darse cuenta que, aunque la letra del primer mandamiento: "Amaras al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con todas tus fuerzas", aunque permanece en la síntesis doctrinal del cristianismo, su efecto no es el que cabría esperar. Por eso para muchos cristianos, la religión se presenta como un yugo, una imposición que se acepta en muchos casos por inercia, por tradición o por lo que pueda pasar. Para otros, que se han atrevido a romper con esos vínculos tradicionales, la religión cristiana, pensando que se está tornando insignificante; incapaz de despertar la menor motivación en sus vidas. Así se explica que en las comunidades parroquiales sean cada día mas pequeñas ante el hecho de la creciente indiferencia religiosa.

Y todo esto sucede porque el primer mandamiento existe, pero no es vivido y ni mucho menos proclamado. Ha caído en desuso y se ha convertido en letra muerta. El texto anterior, de un autor anónimo del s. IV, quizás a muchos hoy en día no los sacuda ya. Pareciera que todo lo relativo a la fe en Dios, a la experiencia de su presencia, a Dios mismo, se da por supuesto en muchas presentaciones de la vida cristiana. Y ni es afirmado con pasión, ni es confesado con convicción, ni es objeto de iniciación, ni introducido en procesos de verdadera educación cristiana permanente. Así, falto del impulso místico que le otorga la experiencia de la primacía absoluta de Dios, el cristiano languidece, todo le fastidia, le estorba, no lo satisface.

Aunque la naturaleza y la condición humana están llenas de huellas del amor de Dios, muchas cosas en nuestro mundo eclipsan la evidencia del amor de Dios, especialmente el escándalo del mal en el mundo. Hoy sabemos que debemos buscar las raíces de nuestra incapacidad para recuperar la pasión de Dios, a la que nos remite el primer mandamiento. Y vamos cayendo en la cuenta de que el primer mandamiento cristiano sólo se percibe en la experiencia. No se transmite como las normas y los mandatos La verdad de este mandamiento del AMOR, sólo se percibe haciendo la experiencia de su contenido. Porque sólo la experiencia del amor de Dios nos aporta la certeza de que en él reside lo único necesario, y que vale la pena de la entrega del propio corazón.

A los inicios de este III Milenio estamos descubriendo, que sólo la experiencia personal permite escuchar, captar y aceptar el valor del mandamiento del amor de Dios. Pero este descubrimiento requiere algún tipo de iniciación que oriente, anime a dar al menos los primeros pasos. Y parece que faltan maestros, propuestas sencillas de procesos, cauces realistas que nos despierten la conciencia a la maravilla del primer mandamiento y nos adelanten algo del sabor de su contenido. La evangelización, es decir la presentación del cristianismo hacia dentro y hacia fuera, el anuncio del Evangelio a nuestra generación, tiene en este punto su dificultad fundamental y su más radical posibilidad.

El amor nos conduce hasta el mismo Dios. A Dios no le alcanzamos por el pensamiento. Es el indecible. No le alcanzamos por las oraciones. El sabe lo que nos conviene. No le alcanzamos por los sacrificios. No quiere nuestra sangre. No le alcanzamos por las virtudes. Es tres veces santo. A Dios sólo se le alcanza por el amor. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Si Dios es amor, sólo el que ama le puede conocer. Nadie puede comprender totalmente al Dios increado con su entendimiento; pero cada uno puede captarlo plenamente por el amor. Tal es el incesante milagro del amor: una persona que ama, a través de su amor, puede alcanzar a Dios... Por el amor puede ser alcanzado y abrazado, pero nunca por el pensamiento
(Místico inglés del s. XIV La Nube del no-saber, 6)

4. El amor procede de Dios

El amor de Dios, objeto del primer mandamiento, tiene ciertamente que ver con el amor tal como lo entendemos y lo vivimos los hombres, pero no se confunde con él. Amor de Dios: se refiere al amor que es Dios y que procede de él, y gracias al cual sabemos algo del amor, por el hecho, insospechado, inimaginable si no fuera por eso, de sabernos amados por él.

"El amor procede de Dios" y consiste, "no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos ha amado primero" (1 Jn 4, 7-10). En esto, como en todo lo que tiene que ver con Dios, tenemos que partir, si no queremos malentenderlo todo, de la precedencia absoluta de Dios, de que Dios es de verdad y absolutamente lo primero. Por eso el amor de Dios, antes de ser objeto de una necesidad o de una obligación, es para nosotros objeto de un anuncio que somos invitados a escuchar y acoger como dirigido personalmente a cada uno, y para cuyo descubrimiento sólo a partir de ese anuncio encontramos indicios, huellas y razones en nosotros.

Ése es el sentido último de que el amor de Dios pueda revestir para nosotros la forma de un mandamiento, del mandamiento primero. No que sea objeto de una obligación expresada en un mandato (un amor obligado dejaría de ser amor), sino que tiene su origen más allá de nosotros mismos, y en relación con él no tenemos la iniciativa, estamos a merced de él, se nos ofrece como un don que suscita incluso la posibilidad de la respuesta.

"Mirad qué amor tan grande nos ha dado el Padre..." (1 Jn 3, 1). El comienzo de la experiencia del amor de Dios es recibir de él la llamada, la invitación a prestar atención a ese amor que nos precede, para después, como dice la Escritura: creer en el amor que Dios nos tiene. Pero ¿hacia dónde tenemos que dirigir nuestra mirada para percibir el amor de Dios? Sin duda, como siempre, hacia el "lugar" en el que el amor de Dios, en el que Dios mismo, brilla para nosotros de la forma más inequívoca y más definitiva hacia: "Jesucristo, enviado por Dios como Salvador del mundo, para librarnos de nuestros pecados, en quien nos ha dado su Espíritu" (1 Jn 4, 10; 13,14).

Sólo que, para que podamos reconocer en Jesucristo la imagen del amor de Dios, Dios ha puesto en nosotros el reflejo de esa imagen suya que brilla en el Hijo. Por eso en nuestra propia condición llevamos la huella de Dios, que nos mueve a creer en su amor. Por eso, el mirad qué amor tan grande nos ha dado el Padre nos invita a volver la mirada a nuestro interior, a nuestra propia condición, y a descubrir la imagen en la que se refleja el amor de Dios.

5. Rastrear en nosotros las huellas del amor de Dios

Todos sabemos por experiencia que, siendo la imagen de Dios lo mejor de nosotros mismos, no aparece sin más a una mirada cualquiera; que entre nuestros ojos y la realidad de nuestro verdadero ser se interponen demasiados obstáculos; que nuestra mirada se ha vuelto excesivamente superficial; que nuestra infidelidad ha distorsionado demasiado en nosotros la huella de la mano creadora de Dios.

Por eso miramos a nuestro interior, miramos a nuestra vida y no creemos encontrar en ella rastros de algo que merezca el nombre verdaderamente santo del amor de Dios. ¿Tendrán que ver con el amor de Dios esas caricaturas del amor verdadero que son la pasión voluptuosa, el eros en búsqueda constante de objetos, aunque sean personas, que sacien nuestra necesidad, y que está orientando a la posesión, a la consumición de lo poseído? ¿Tendrá que ver con el amor de Dios el deseo referido ya a los otros sujetos, pero mendigando de ellos un reconocimiento centrado todavía en nosotros mismos y que los convierte en medios, en instrumentos orientados a nuestra autorrealización? ¿Tendrá que ver con el amor de Dios la búsqueda de valores que den algún sentido a una vida demasiado estrecha: búsqueda de la verdad a través de la incansable actividad de nuestro conocimiento; búsqueda de la belleza, perseguida en el cultivo de nuestra dimensión estética; búsqueda de la justicia añorada o promovida a través de compromisos de solidaridad?

Con humildad debemos estar convencidos de que todas estas acciones y pasiones humanas conservan rasgos del amor con que Dios nos ha regalado al crearnos para ser sus hijos. Pero necesitamos una mirada atenta, profunda, al interior de nosotros mismos para ver brillar y actuar en nosotros el amor de Dios y estar en condiciones de aceptar la invitación al primer mandamiento: AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS Y TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO.

La voluntad de Dios con respecto a las criaturas es amor, es un amor infinito.
Dios crea en la vida humana como amante, más aún, como el amor mismo.
El fundamento profundo de todo lo real es, pues, el amor, un amor intensamente creador.
Este amor constituye el fundamento y el sostén de todo el ser y del obrar.
El amor de Dios es infinitamente íntimo y poderoso.
Dios, el amor personal, está íntimamente presente en las criaturas por Él amadas.
Su amor se extiende a todas las cosas, según su ser total y según su capacidad de ser amadas.
El amor de Dios es distinto del amor humano.

(Descartes)

6. Parábolas de amor

Llamamos amor a tantas cosas, pero necesitamos un esfuerzo de clarificación para descubrir a través de todas ellas la nostalgia, la añoranza, la tensión, el deseo, la aspiración, la generosidad, la preferencia, el aprecio, el afecto... a través de los cuales se insinúa, en el interior de nuestro ser personal y en el proyecto de nuestra vida, la llamada del amor de Dios.

Comencemos por identificar esa forma de amor, estrechamente vinculada con el amor de Dios, que es el amor del prójimo, y en el que se nos ha asegurado que se revela. Lo primero que necesitamos es prescindir por un momento de connotaciones puramente emocionales, afectivas, sentimentales que comporta el amor, pero que ciertamente no pueden constituir su esencia.

La parábola del Buen Samaritano nos ha enseñado de forma definitiva que el amor del prójimo no consiste, en experimentar sentimientos gratificantes en grado sumo. El amor al prójimo supone ciertamente algo más que el respeto a su condición de persona. Comporta haber tenido compasión de su situación y ayudarle a salir de la crisis. Pero, ahora bien: ¿No existe en los Evangelios alguna parábola que sirva de modelo para comprender el amor a Dios, como la parábola del buen samaritano nos enseña el amor al prójimo? Podemos afirmar que existe esa parábola en los escritos de San Juan, y en dos brevísimas parábolas evangélicas que nos revelan, con luminosidad la naturaleza de nuestro amor a Dios: "El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo que, hallándolo un hombre, lo ocultó y, lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo. Asimismo es semejante el reino de los cielos a un mercader que busca perlas preciosas y, habiendo encontrado una de gran valor, se fue a vender cuanto tenía y la compró" (Mt 13, 44-46).

La mirada amorosa de Dios activa en nosotros las más profundas posibilidades de nuestro ser. Es un llamamiento continuo que nos anima y fortalece. Ante la faz de Dios, conocidos por Él hasta en lo más profundo de nuestra alma, nos detenemos y fijamos en nosotros mismos, reconocemos nuestra mezquindad y pecaminosidad, y de esta manera podemos librarnos de ellas. Al huir de su faz huimos de nosotros mismos, de nuestro más profundo yo, de nuestra salud y salvación. Todo nuestro interior está presente ante los ojos de Dios. La mirada amorosa de Dios nos ve en cada uno de los sucesos concretos de la vida y al mismo tiempo abarca toda nuestra vida considerada como totalidad. El conoce todos nuestros abismos, fracasos y debilidades.

7. La experiencia del amor de Dios

Debemos iniciar en esta Cuaresma 2006, el camino hacia la experiencia del amor de Dios. Ahora sabemos en qué consiste la perla de gran valor, el tesoro escondido en el campo de nuestra vida; y sabemos que, una vez descubierto, permite romper con la fuerza de atracción de los bienes finitos que se disputan la orientación de nuestro corazón, organizarlos en torno al centro que los orienta también a ellos y recuperar la verdadera alegría.

Ahora percibimos que el amor de Dios no consiste, en su esencia, en experimentar los sentimientos gratificantes que comporta la amistad humana, sino en la preferencia efectiva de lo que de verdad es absolutamente preferible. Ahora entendemos que la mejor fórmula del amor de Dios no sea el recurso al lenguaje de los sentimientos, del enamoramiento o de fórmulas semejantes, sino decir con verdad, como Santa Teresa de Ávila como san Francisco: ¡Sólo Dios basta! Pero, si sólo, se ama a Dios con todo el corazón, si sólo Dios basta, ¿no secará el amor a Dios las fuentes del amor humano en todos los demás niveles y privará a la vida del creyente de todos los encantos? La respuesta es igual de sencilla: no el amor a Dios no agotara la fuente de la vida.

Al finalizar esta reflexión debemos remitirnos a las preocupaciones del principio. ¿entonces, por qué no es apreciado el amor? El amor de Jesucristo, nos acompaña, ese amor de llegar al extremo de entregar la vida misma: "nadie tiene amor mayor que el que entrega su vida por los amigos". Tenemos una revelación definitiva del amor de Dios en Jesucristo, que nos permite interpretar correctamente las huellas del amor de Dios en: LA OBRA DE LA REDENCIÓN, pero quizás todavía no hemos entendido, dejemos que el alma aprenda:

Cuando el amor alcanza en nosotros su perfección,
miramos con confianza al día del juicio,
porque ya somos en este mundo como es El.
En el amor no hay temor.
El amor perfecto echa fuera el temor,
pues hay temor donde hay castigo.
Quien teme, no conoce el amor perfecto.
Amemos, pues, ya que él nos amó primero.
Si uno dice "Yo amo a Dios" y odia a su hermano,
es un mentiroso.
Si no ama a su hermano, a quien ve,
no puede amar a Dios, a quien no ve.
Pues este es el mandamiento que recibimos de él:
el que ama a Dios, ame también a su hermano.

(1ª Juan 4, 17-21)

Comisión Pastoral de Salud