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Vicaría      de Pastoral

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EJERCICIOS CUARESMALES 2006

Hacer vida la Redención de Cristo,
en la práctica de la caridad cristiana
Fundamentos para una pastoral de la caridad

Impartidos por Monseñor Jorge A. Palencia

 SEGUNDA REFLEXION CUARESMAL
“LA OBRA DE LA REDENCIÓN”

1.- La historia de amor entre Dios y el hombre

Hermanos, Hermanas, en esta segunda meditación de nuestros Ejercicios Cuaresmales de 2006, nos adentramos en la historia de amor, más grande de la historia de la humanidad: Dios sale a nuestro encuentro y experimentamos su Amor, percibimos su presencia y aprendemos s reconocerla en nuestra vida cotidiana, Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él" (1 Jn 4, 9).

En efecto, nadie ha visto a Dios tal como es en sí mismo. Y, sin embargo, Dios no es del todo invisible para nosotros, no ha quedado fuera de nuestro alcance. Dios nos ha amado primero y este amor de Dios ha aparecido entre nosotros, se ha hecho visible, pues: "Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él" (1 Jn 4, 9).

Dios se ha hecho visible: en Jesús podemos ver al Padre. Dios es visible de muchas maneras: Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja: mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía. en la liturgia de la Iglesia, en su oración, en la comunidad viva de los creyentes, en todo experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia aprendemos a reconocerla en nuestra vida cotidiana. Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este " antes " de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 17).

El reconocimiento del Dios viviente es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Es un proceso que siempre está en camino, que nunca se da por concluido o completado y se transforma en el curso de la vida, madura y permanece fiel a sí mismo. La historia de amor entre Dios y el hombre consiste precisamente en que esta comunión de voluntad crece en la comunión: del pensamiento y del sentimiento, de modo que nuestro querer y la voluntad coinciden cada vez más con la voluntad de Dios. Ya no es para nosotros algo extraño, algo que se nos imponen desde fuera, sino que es nuestra propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está más dentro de nosotros y que es lo más íntimo en nosotros. De esta manera crece entonces el abandono en Dios y Dios es nuestra alegría:

Pero yo estoy siempre contigo, tú me has tomado de la mano derecha; me guiarás con tu consejo y después, me recibirás con gloria. ¿A quién sino a ti tengo yo en el cielo? Si estoy contigo, no deseo nada en la tierra. Aunque mi corazón y mi carne se consuman, Dios es mi herencia para siempre. Los que se apartan de ti terminan mal, tú destruyes a los que te son infieles. Mi dicha es estar cerca de Dios: yo he puesto mi refugio en ti, Señor, para proclamar todas tus acciones ( Salmo 73 , 23-28)

2.- El amor crece a través del amor

El amor al prójimo consiste en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo.

Más allá de la apariencia exterior del prójimo descubro su anhelo interior de un gesto de amor, de atención, que no lo hago llegar solamente a través de organizaciones encargadas de ello o aceptándolo por exigencias políticas. Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al prójimo mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita. En esto se manifiesta la imprescindible interacción entre amor a Dios y amor al prójimo, de la que habla con tanta insistencia la Primera carta de Juan. Si en mi vida falta completamente el contacto con Dios, podré ver siempre en el prójimo solamente a otro, sin conseguir reconocer en él la imagen divina. Por el contrario, si en mi vida omito la atención al otro, queriendo ser sólo piadoso y cumplir con mis deberes religiosos, se marchita también la relación con Dios. Pues será únicamente una relación correcta, pero sin amor. Sólo mi disponibilidad para ayudar al prójimo, para manifestarle amor, me hace sensible también ante Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 18)

El amor cristiano se presenta como el ideal y el signo distintivo de los discípulos de Jesús. Somos cristianos sobre la base del amor: el que ama al hermano (prójimo, forastero, o enemigo) y vive para él demuestra que es un seguidor auténtico de Jesús: que amó a los suyos hasta el extremo de dar su vida por ellos.

El que no ama permanece en la muerte y no puede ser considerado de ningún modo discípulo de Cristo, quién invitó a una vida de amor fuerte y concreto, semejante a la suya. En sus discursos de la última cena encontramos interesantes y vibrantes exhortaciones sobre este tema. En el primero de estos grandes discursos, Jesús se preocupa del comportamiento de sus amigos en su comunidad durante su ausencia; por eso les dice: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he amado, así también os améis unos a otros. En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros" (Jn 13, 34s).

Este precepto del amor es llamado "mandamiento nuevo", ya que nunca se había exigido nada semejante antes de la venida de Cristo. Jesús exige de sus discípulos que se amen hasta el signo supremo de dar la vida, como lo hizo él (Jn 13,1ss); realmente, nadie tiene un amor más grande que el que ofrece su vida por el amigo (Jn 15,13).

A imitación de Dios, que manifestó su amor inmenso a la humanidad, enviando a la tierra a su Hijo unigénito, los miembros de la Iglesia debemos amarnos los unos a los otros: "Nosotros amamos porque él nos amó primero" (1 Jn 4, 19). En realidad, los cristianos tienen que inspirarse en su comportamiento en el amor del Señor Jesús, que llegó a ofrecer su vida por nosotros. Nunca olvidemos que, en el último día seremos juzgados sobre la base al amor concreto a los hermanos.

Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama. Los Santos, pensemos por ejemplo en la beata Teresa de Calcuta, han adquirido su capacidad de amar al prójimo de manera siempre renovada gracias a su encuentro con el Señor eucarístico y en este encuentro han adquirido realismo y profundidad en su servicio a los demás. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un "mandamiento" externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor es divino porque proviene de Dios y a Dios nos une y nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea " todo para todos " (cf. 1 Co 15, 28; S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 18).

3.- El Misterio de la Redención un misterio de amor

Verdaderamente el amor crece a través del amor, aquí radica la profundidad de Amor a Dios y el amor al prójimo y tenemos el ejemplo más claro en el acto supremo de amor de la historia humana, el acto supremo y redentor de Cristo: entregar su vida por nosotros.

La noción de Redención proviene desde el Antiguo Testamento, los profetas recurren constantemente a este término para expresar Dios es quién "rescata": Yahveh rescatará a Israel de todos sus pecados (Sal 130, 7s). En continuidad con el Antiguo Testamento a la llegada de Cristo Hijo de Dios, tenemos los primeros indicios de la acción de Dios: "ha rescatado a su pueblo", y "todos los que aguardaban la redención de Jerusalén" (Lc 1, 68; 2, 38). Así, el término de "redención" no sólo sirve para designar la obra llevada a cabo por Cristo en el Calvario (Rom 3, 24; Col 1, 14; Ef, 1, 7), sino igualmente la que realizará al final de los tiempos en el momento de la parusía y de la resurrección gloriosa de los cuerpos (Lc 21, 28; Rom 8, 23; Ef 1, 14; 4, 30).

Redención también significa que somos propiedad de Dios en virtud de un rescate, un precio: "la Iglesia de Dios que Él se ha adquirido con su sangre" (cf. I Pe 2, 9). La Nueva Alianza, como la antigua, es sellada en la sangre; pero esta sangre es la del propio Hijo de Dios (l Pe 1, 18s; Heb 9, 12; Rom 3, 25). De tal manera, la Redención es costosa es el sacrificio personal y voluntario de: el Siervo de Yahveh que entregó su vida a la muerte (Is 53, 12) Jesús no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por nosotros (Mt 20,28; Mc 10,45): su sacrificio será el instrumento de nuestra liberación.

Para los discípulos la muerte de Jesús en la cruz, había sido un escándalo, la prueba de que Cristo no era el redentor esperado (Lc 24, 21). La resurrección del Jesús crucificado reveló "el amor del Padre que es más poderoso que la muerte" (Dives in misericordia 8). El diálogo de amor entre Jesús y su Padre, interrumpido por el silencio de la muerte, es reanudado ahora de una manera plena y definitiva: Jesús es exaltado al cielo y está sentado a la derecha del Padre (Heb 2, 33; Rom 8, 34; Col 3, 1). El misterio pascual se puede interpretar como el punto culminante de la Redención humana, como el fundamento de la fe cristiana y como la base de todas nuestras esperanzas. Ninguna aproximación humana puede esperar jamás penetrar el Misterio Pascual, pero el amor de Dios es quizá la única clave para adentrarnos e interpretar la resurrección del Jesús crucificado.

No es casual que en el Evangelio de San Juan, desde el capítulo 11, a medida que el misterio pascual se acerca, el lenguaje del amor desempeñe un papel cada vez más destacado. La última cena y los discursos de despedida de Jesús comienzan (Jn 13, 1) y terminan (Jn 17, 26) con ese lenguaje. En realidad, la oración final de Jesús, que interpreta la finalidad y el propósito de su muerte inminente y de su resurrección, concluye con una petición al Padre en favor de. los discípulos, "que el amor que tú me tienes esté en ellos, y yo también esté en ellos" (Jn 17, 26). La manifestación mas grande del amor de Dios llegó a su punto culminante con la resurrección de Jesús crucificado. La resurrección reveló a la nueva comunidad, la Iglesia el amor de Dios, la cuál vive esperando la aparición final de nuestro salvador (Tit 2, 13) cuando su gloria divina sea plenamente revelada (1 Pe 4, 13).

Al resucitar de entre los muertos, Jesús funda finalmente su comunidad de amor, la Iglesia, que será descrita con imágenes nupciales (Ef 5, 21-33; Ap 21, 2-9). Durante su vida terrena, Jesús ha sido el signo visible y el símbolo viviente de su Padre, en las palabras de Jesús a Felipe, "el que me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14, 9). Con su muerte y resurrección, Jesús mismo ya nunca será visto de modo directo e inmediato. Su comunidad pasa a ser de lleno el signo visible y vivo de su deseo de salvar y de traer a la casa del Padre a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. A pesar de sus inexcusables fracasos, los cristianos, fortalecidos por el Espíritu Santo, siguen siendo el signo especial, para el mundo entero, de la presencia y poder del Señor resucitado.

La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos, en la actuación imprevisible e nunca vista de Dios. Este actuar de Dios adquiere su forma dramática, en Jesucristo, Dios va tras la "oveja perdida", la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar.

En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: "Dios es amor" (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 12).

Es que para San Juan el misterio redentor esencialmente un misterio de amor y por consiguiente de vida divina, puesto que "Dios es amor" (l Jn 4, 8). Amor del Padre, ciertamente, que "amó al mundo hasta darle a su Hijo único" (Jn 3, 16; 17, 23; Jn 4, 9); pero igualmente amor del Hijo a su Padre y a los hombres; amor que Jesús recibe de su Padre, del que en todo depende, y es amor obediente (Jn 14, 31), un amor único, del que no existe otro mayor. Porque si toda la vida de Cristo amar a los suyos, su Pasión es el momento en que: los amó hasta el extremo. Desde la cruz, Jesús puede declarar con toda verdad que "Todo se ha consumado" (Jn 19, 30), en otras palabras, ha alcanzado el amor un límite supremo: Jesús muere por amor para comunicar este amor a los hombres, sus hermanos: del costado "traspasado" es el manantial del amor del Padre.

Ya lo dirá San Pablo con otras palabras y maneras. Para san Pablo la Muerte de Jesús es un misterio de amor del Padre (Rom 5, 5-8; 8, 39; Ef 1, 3-6; 2, 4; cf. Col 1, 13): cuando todavía éramos pecadores (Rom 5, 8) el amor del Hijo a la vez para con su Padre, bajo la forma de obediencia, reparó la desobediencia del primer Adán (5, 19; Flp 2, 6). En la expresión: Dios no perdonó a su Hijo, sino que lo entregó por nosotros a la muerte y muerte de cruz (Rom 8, 32) San Pablo ve la prueba del amor de Dios en Cristo nuestro Señor.

Esta prueba de amor es a la vez el acto de la más sublime obediencia y amor. Cristo rescata ( redime) a la humanidad y la adquiere para su Padre. El Verbo de Dios, hecho hombre comparte plenamente nuestra condición mortal y la humanidad queda rescatada, adquirida para Dios. La corporalidad de Cristo, su carne, venido a ser a través de su muerte y de su resurrección Espíritu vivificante (l Cor 15, 45), y nuestra redención se ha efectuado en cuanto que Cristo ha pasado del estado "carnal" al estado "espiritual", y nosotros con él: la justicia de Dios consiste en que el Padre quiso que su Hijo, por solidaridad con los hombres pecadores, fuera sometido a los efectos maléficos de ese poder de muerte que es el pecado. La profecía de Ezequiel se ha cumplido (Ez 36, 27), a la carne se le ha comunicado el Espíritu mismo de Yahveh. Se ha cumplido, con una plenitud insospechada, por mediación de un acto supremo del amor del propio Hijo de Dios hecho hombre.

4.- La Cruz, designio del amor de Dios

Cristo fue enviado por Dios al mundo para llevar a cabo la redención del hombre mediante el sacrificio de su propia vida. Este sacrificio debía tomar la forma de un despojarse de sí mismo en la obediencia hasta la muerte en la cruz: una muerte que presentaba una dimensión especial de ignominia y de escándalo.

Jesús fue consciente de la responsabilidad de los hombres frente a su muerte en la cruz, que El debió afrontar debido a una condena pronunciada por tribunales terrenos; y por medio de esta condena humana se cumplió el designio eterno de Dios: lo que es de Dios, es decir, el sacrificio ofrecido en la cruz por la redención del mundo.

Tras la resurrección, Jesús resucitado, caminando hacia Emaús con dos de sus discípulos sin que éstos lo reconocieran, les explica las Escrituras del Antiguo Testamento en los siguientes términos: ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrar así en su gloria? (Lc 24, 26). Y con motivo de su último encuentro con los Apóstoles declara: 'Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mi' (Lc 24, 44). A la luz de los acontecimientos pascuales, los Apóstoles comprendieron lo que Jesús les había dicho anteriormente.

La pasión y la muerte de Cristo habían sido anunciadas en el Antiguo Testamento, no como final de su misión, sino como PASCUA, el paso indispensable requerido para ser exaltado por Dios. Lo dice de un modo especial el Canto de Isaías, hablando del Siervo de Yahvéh como Varón de dolores: 'He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobre manera' (Is 53, 13). Y el mismo Jesús, cuando advierte que 'el Hijo del Hombre... será crucificado, muerto pero resucitará al tercer día' (Cfr. Mc 8, 31).

Nos encontramos, pues, ante un designio de Dios que, aunque parezca tan evidente, considerado en el curso de los acontecimientos descritos por los Evangelios, sigue siendo un misterio que la razón humana no puede explicar de manera exhaustiva. Pero Jesús mismo formuló la clave de ingreso al misterio: 'Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna' (Jn 3,16). Cuando Jesús pronunciaba estas palabras en el diálogo nocturno con Nicodemo, su interlocutor no podía suponer aún probablemente que la frase 'dar a su Hijo' significaba 'entregarlo a la muerte en la cruz'.

He aquí la clave: Dios ha dado a su Hijo unigénito para la salvación del mundo, entregándole a la muerte de cruz por los pecados del mundo, entregándolo por amor: Tanto amó Dios al mundo, a la creación, al hombre, allí esta la clave: el amor sigue siendo la explicación definitiva de la redención mediante la cruz. Es la única respuesta a la pregunta '¿por qué?' a la muerte de Cristo incluida en el designio eterno de Dios: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (l Jn 4, 10).

Se trata de un amor que supera incluso la justicia: 'Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús... en su sangre (Rom 3, 23-25). Dios demuestra así que no desea contentarse con el rigor de la justicia, que consiste en ver el mal, lo castiga, sino que ha querido triunfar sobre el pecado de otro modo, es decir, ofreciendo la posibilidad de salir de él. Dios ha querido mostrarse justo, Dios 'es justo y hace justos' (Rom 3, 26). Lo cual se realiza de forma desconcertante, pues 'a quien no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en Él' (2 Cor 5, 21).

El que 'no había conocido pecado', el Hijo consubstancial al Padre, cargo sobre sus hombros el yugo terrible del pecado de toda la humanidad, para obtener nuestra justificación y santificación. Este es el amor de Dios revelado en el Hijo: 'que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros' (Rom 8, 32). A entender el alcance de las palabras 'no perdonó', puede ayudarnos el recuerdo del sacrificio de Abrahán, que se mostró dispuesto a no 'perdonar a su hijo amado' (Gen 22, 16); pero Dios lo había perdonado (22, 12). Mientras que, a su propio Hijo 'no lo perdonó, sino que lo entregó a la muerte por nuestra salvación. De aquí nace la seguridad del Apóstol y la nuestra de: nadie ni nada, ni muerte ni vida, ni ángeles... ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom 8, 38-39).

El Evangelista Marcos escribe a su manera, sobre este amor de Dios, cuando Jesús murió, en la persona del centurión que estaba al lado de Cristo la expresión : 'Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios' (Mc 15, 39). Esto significa que en aquel momento el centurión romano tuvo una intuición lúcida de la realidad de Cristo, una percepción inicial de la verdad fundamental de la fe. Mirando al Crucificado, quizá ya durante a agonía pero de modo mas intenso y penetrante en el momento de su muerte, ya nada lo separa del amor de Dios: ese modo de sufrir y morir, ese poner el espíritu en manos del Padre, esa inmolación evidente por una causa suprema a la que ha dedicado toda su vida, ejercen un poder misterioso sobre aquel soldado, que quizá ha llegado al calvario tras una larga aventura militar y espiritual, y en ese sentido puede representar a cualquier de nosotros que busca algún testimonio revelador de Dios.

El centurión del Calvario no espera la resurrección: le bastan aquella muerte, el enfrentamiento directo con el amor de Dios, aquellas palabras y aquella mirada del moribundo, para llegar a pronunciar su acto de fe. El centurión ha mirado, ha visto, ha cedido ante la realidad de los hechos y por eso se le ha concedido creer. Le ha impresionado la fuerza de la verdad y ha creído, a contemplado el verdadero amor y no ha dudado en proclamar que aquel hombre era Hijo de Dios, convirtiéndose en el primer signo de la redención de toda la humanidad. Y esta misma fe es la que proclamamos en cada Eucaristía:

Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. Ya en aquella hora, Él anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná. La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Verbo encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega: lo que antes era estar frente a Dios, se transforma ahora en unión por la participación en la entrega de Jesús, en su cuerpo y su sangre. El Sacramento, que se basa en el abajamiento de Dios hacia nosotros (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 13).

5.- El valor de la pasión y muerte de Jesús de cara a nuestros sufrimientos

Para comprender mejor el misterio de la redención, es necesario que elevemos los ojos hacia Cristo Jesús que cuelga de la Cruz y preguntémonos: ¿quién es el que sufre? Es el Hijo de Dios: hombre verdadero, pero también Dios verdadero. Se tiene, pues en Cristo a un Dios que sufre. Es una verdad desconcertante: si Cristo es Dios que sufre en la naturaleza humana, como hombre verdadero nacido de María Virgen y sometido a los dolores de todo hijo de mujer, siendo El una persona divina, como Verbo, da un valor infinito a su sufrimiento y a su muerte, que así entra en el ámbito misterioso de la realidad humano-divina y toca, sin deteriorarla, la gloria y la felicidad infinita de la Trinidad. Sin duda, Dios en su esencia permanece más allá del horizonte del sufrimiento humano: pero la pasión y muerte de Cristo penetran, rescatan y ennoblecen todo el sufrimiento humano, ya que El, al encarnarse, ha querido ser solidario con la humanidad, la cual, poco a poco, se abre a la comunión con El en la fe y el amor.

El Hijo de Dios, que asumió el sufrimiento humano es el modelo para todos los que sufren, especialmente para los cristianos enfermos que conocen y aceptan en la fe el significado y el valor de la Cruz. En Getsemaní vemos lo dolorosa que fue esta obediencia: '¡Abbá, Padre!: todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea la que yo quiero, sino la que quieras Tú' (Mc 14, 36). Sufrimiento y muerte son la manifestación definitiva de la obediencia total del Hijo al Padre. El homenaje y el sacrificio de la obediencia del Verbo encarnado son una admirable concreción de disponibilidad filial, que desde el misterio de la encarnación sufre, y penetra en el misterio dela Trinidad.

Con su obediencia Jesucristo logra la perfecta victoria sobre la desobediencia de Adán y sobre todas las rebeliones que pueden nacer en los corazones humanos, muy especialmente por causa del sufrimiento y de la muerte. Haciéndose 'varón la dolores' estableció una nueva solidaridad de Dios con los sufrimientos humanos: el amor de Cristo se refleja el amor de Dios hacia la humanidad y que se manifiesta en toda su profundidad y grandeza. Por obra de Cristo, cambia radicalmente el sentido del sufrimiento: es necesario descubrir en él la potencia redentora, salvífica del amor.

El mal del sufrimiento, en el misterio de la redención de Cristo, queda superado y transformado: se convierte en la fuerza para la liberación del mal, para la victoria del bien. Todo sufrimiento humano, unido al de Cristo, completa 'lo que falta a las tribulaciones de Cristo en la persona que sufre, en favor de su Cuerpo' (Cfr. Col 1, 24). Desde que Cristo escogió la cruz y murió en el Gólgota, todos los que sufren, particularmente los que sufren sin culpa, pueden encontrarse con el rostro del 'Santo que sufre', y hallar en su pasión la verdad total sobre el sufrimiento, su sentido pleno.

A la luz de esta verdad, todos los que sufren pueden sentirse llamados a participar en la obra de la Redención realizada por medio de la cruz. Participar en la cruz de Cristo quiere decir creer en la fuerza salvífica del sacrificio que todo creyente puede ofrecer junto al Redentor. Entonces el sufrimiento se libera de la sombra del absurdo, que parece recubrirlo, y adquiere una dimensión profunda, revela su significado y valor creativo y nos alejamos cada vez más la potencia destructiva del mal. Jesús mismo nos lo reveló y promete:

Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.
Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere,
queda solo; pero si muere, da mucho fruto.
El que tiene apego a su vida la perderá;
y el que no está apegado a su vida en este mundo,
la conservará para la Vida eterna.
El que quiera servirme, que me siga,
y donde yo esté, estará también mi servidor.
El que quiera servirme, será honrado por mi Padre

(Jn 12, 23- 26).

Comisión Pastoral de Salud