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Vicaría      de Pastoral

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EJERCICIOS CUARESMALES 2006

Hacer vida la Redención de Cristo,
en la práctica de la caridad cristiana
Fundamentos para una pastoral de la caridad

Impartidos por Monseñor Jorge A. Palencia

 TERCERA REFLEXION CUARESMAL
“LA PRÁCTICA DEL EJERCICIO DEL AMOR:
LA COMUNIDAD DE AMOR”

1.-La Caridad de la Iglesia, manifestación del Amor Trinitario

Hermanos, Hermanas, en esta tercera meditación de nuestro camino cuaresmal, después de haber considerado el Amor de Dios y el Amor de Jesús hasta el extremo, en su acto supremo de morir para salvarnos, ahora vamos a profundizar la manera de vivir y practicar tal amor, que brota de la Redención, en la comunidad de amor que es la familia y la comunidad parroquial. Debemos descubrir que la caridad se construye desde dentro hacia fuera, desde la verdad, la adoración, y el rendimiento íntimo a la fe, a Dios como Padre, a Jesús como salvador y al Espíritu de Amor. ES decir brota de las profundidades de la vida trinitaria, del Dios vivo, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

"Ves la Trinidad si ves el amor", escribió san Agustín. El Padre movido por el amor, ha enviado al Hijo unigénito al mundo para redimir al hombre. Al morir en la cruz, Jesús entregó el espíritu (cf. Jn 19, 30), preludio del don del Espíritu Santo que otorgaría después de su resurrección (cf. Jn 20, 22). Se cumpliría así la promesa de los torrentes de agua viva que por la efusión del Espíritu, manarían de las entrañas de los creyentes (cf. Jn 7, 38-39). En efecto, el Espíritu es esa potencia interior que armoniza nuestro corazón con el corazón de Cristo y nos mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado, como cuando se puso a lavar los pies de sus discípulos (Jn 13, 1-13) y, sobre todo, cuando ha entregado su vida por todos (cf. Jn 13, 1; 15, 13).

El Espíritu es también la fuerza que transforma el corazón de la Comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad una sola familia. Toda la actividad de la Iglesia es expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano: busca su evangelización mediante la Palabra y los Sacramentos, empresa tantas veces heroica en su realización histórica; y busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana. El amor es el servicio que presta la Iglesia para atender a los sufrimientos y las necesidades de los hombres (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 19).

De la profundidad de la Trinidad Santa, de la unidad divina de las tres divinas personas surge el AMOR, expresión de la vida de la gracia en la vivencia del orden sobrenatural entre Jesucristo, el Espíritu y el Padre. De la comunión recíproca de ellos mana la verdad, que en su ser se da en máximo esplendor. Cada persona es infinita e insuperablemente verdadera, de acuerdo a la verdad de Dios; auténtica en sí y verás de cara a las otras personas. Como la verdad de Dios es la verdad absoluta o suprema, de ahí que su armonía trinitaria sea la armonía suma; el modelo ejemplar de toda correlación interpersonal y fraternidad. La suma verdad y veracidad de Dios realizan la suma correlación intra Trinitaria. Dios, jamás desdice de sí mismo de su verdad y es pleno en la unidad de las tres personas, por eso el Reino de Dios es Reino de verdad, de justicia de amor y de paz ( Is 11. 1-9)

En Jesús Dios encarnado, modelo por excelencia del hombre definitivo, el nuevo Adán en el que florece un nuevo tipo de humanidad, de AMOR: "La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros... cuantos le recibieron fueron hechos capaces de ser hijos de Dios.... de su plenitud todos nosotros hemos recibido gracia sobre gracia (amor que responde a su amor; Jn 1, 14.12.16ss).

Cristo procuró insertarnos en la Santísima Trinidad, llevándonos a formar familia con él. El valor supremo de la vida es para el cristianismo vivir la vida de la Trinidad Santa, en la verdad y el amor de Dios Sumo Bien, bien absoluto; y en El está también el amor fraterno al prójimo como a sí mismo y a los hermanos en Cristo como El les amó Jesús nos señala esta relación: "Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios" ( Jn 20, 17). "Una vez llegada la fe... con la adhesión al Mesías Jesús, son todos Uds. hijos de Dios; todos al bautizarse, vinculándose al Mesías se revistieron del Mesías. Ya no hay pues más judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, pues todos son uno mediante el Mesías Jesús" (Gal 3, 25-28).

He aquí el modelo de la caridad: La igualdad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es, junto a la verdad, otra de las fuentes de su unidad. El Padre es igual al Hijo, el Hijo es igual en todo al Padre y Padre e Hijo son en todo iguales al Espíritu Santo. Tres personas distintas y un solo Dios no más. La Trinidad Santa en sus tres personas posee igual naturaleza o dignidad suprema de Dios (CEC 253) y es el modelo ejemplar de la caridad: "Entre vosotros quién quiera ser grande sea el último y el servidor de todos" y "el más grande entre ustedes será vuestro servidor" (Mt 20, 26 y 23, 11). Los hijos de Dios se hacen hermanos en su respectivo empeño por asumir tal condición, antes que cualquier vanalidad o codicia subjetiva: "el que pierda su vida la salvará" (Mt. 10, 39).

El ambiente de la caridad sólo es posible disfrutarlo entre los hijos de Dios, en la comunidad del pueblo de Dios, de los discípulos que se empeñan simultáneamente en la verdad y la conversión del corazón. Nos haremos más hermanos en la medida que respectivamente el uno y el otro nos elevemos hacia Cristo, a mayor fidelidad a su modelo. Límite de la caridad es el límite entre fe y negación de todo, entre buena voluntad y perversidad. La caridad cristiana: "unión de los cristianos entre sí" implica el empeño habitual de trascender siempre hacia el orden sobrenatural de hijos de Dios en Jesucristo en virtud del Espíritu.

El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar la Iglesia universal en su totalidad. La Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor. En consecuencia, el amor necesita también una organización, como requisito para un servicio comunitario ordenado (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 20).

La caridad fraterna, será siempre relativa, siempre limitada e imperfecta, pues depende de la calidad espiritual de cada bautizado. Siempre al interior del ambiente fraterno coexiste algún grado de pecado de arrogancia, de presunción, de codicia y de malignidad por más que este encubierto o enmascarado con velos de sacralidad. La hipocresía es la gran amenaza de los ambientes religiosos, que destruye o al menos daña. Pero, "han de crecer juntos el trigo y la cizaña" (Mt 13, 30).

Hoy día a menudo oímos hablar de una cierta fraternidad utópica que consiste en pensar en una fraternidad plena y perfecta dentro de la realidad temporal terrestre e inmediata. El secularismo moderno ha oscurecido el sentido de Dios y de la verdad trascendente y lo sustituye por el ansia de un bienestar inmediato y palpable. El pensamiento moderno actual insiste en tener su cielo materialmente realizado de aquí en la tierra, en lo inmediato, prescindiendo de toda fraternidad cristiana y evangélica. Pretender elevar al rango de virtud el deseo superficial de lo espontaneo, lo inescrupuloso, lo amoral, sustentado todo en la trivialidad y pequeñez individual que de rienda suelta al hedonismo y a los placeres de los individuos suprimiendo toda voluntad, toda norma, toda ley.

Es preciso distinguir y no confundir la idea de colectivismo, que surge del socialismo y el comunismo con el principio cristiano de la caridad fraterna. El colectivismo significa monopolio, captura de poder y comporta una voluntad de predominio y determinación sobre la persona, objetivos y bienes de los individuos; independientemente de su libre albedrío dado por Dios: masificación, hombre por el hombre. En cambio el concepto cristiano de caridad fraterna presupone recibir y orientar todo a Dios y su Ley por medio de la humildad y anonadamiento o "Kenosis" cristiana.

2.- Vivencia de la gloria de la Trinidad Santa en la Comunidad de Amor que es la Iglesia

La Iglesia en su peregrinación hacia la plena comunión de amor con Dios se presenta ante el mundo, como un "pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". Esta estupenda definición de san Cipriano nos introduce en el misterio de la Iglesia, convertida en comunidad de amor y de salvación por la presencia de la Trinidad Santa. Como el antiguo pueblo de Dios, en su nuevo Éxodo está guiada por la columna de nube durante el día y por la columna de fuego durante la noche, símbolos de la constante presencia divina. En este horizonte debemos contemplar la gloria de la Trinidad, que hace a la Iglesia una, santa, católica y apostólica.

a) La Iglesia es ante todo, una. Los bautizados estamos misteriosamente unidos a Cristo y formamos su Cuerpo místico por la fuerza del Espíritu Santo. Aunque en la historia esta unidad haya experimentado la prueba dolorosa de tantas divisiones, su inagotable fuente trinitaria impulsa a la Iglesia a vivir cada vez más profundamente la koinonía o comunión. La koinonía es obra de Dios y tiene un carácter marcadamente trinitario. En el bautismo se encuentra el punto de partida de la iniciación de la koinonía trinitaria por medio de la fe, a través de Cristo, en el Espíritu... Y los medios que el Espíritu ha dado para sostener la koinonía son la Palabra, el ministerio, los sacramentos y los carismas".

La Iglesia ha sido consciente de que esta tarea ha tenido una importancia constitutiva para ella desde sus comienzos: "Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían sus posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno" (Hch 2, 44-45). San Lucas enumera los elementos constitutivos: enseñanza de los Apóstoles, comunión (koinonia), fracción del pan y oración (cf. Hch 2, 42). La comunión (koinonia), consiste precisamente en que los creyentes tienen todo en común y que entre ellos, ya no hay diferencia entre ricos y pobres. A decir verdad, a medida que la Iglesia se extendía, resultaba imposible mantener esta forma radical de comunión material. Pero el núcleo central ha permanecido: en la comunidad de los creyentes no debe haber una forma de pobreza en la que se niegue a alguien los bienes necesarios para una vida decorosa (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 20)

b) La Iglesia es también santa. En el lenguaje bíblico, el concepto de "santo", nos remite a la consagración realizada por Dios a través de la elección y la gracia ofrecida a su pueblo. Así pues, es la presencia divina la que "consagra en la verdad" a la comunidad de los creyentes y la liturgia, que es la epifanía de la consagración del pueblo de Dios, constituye el signo más elevado de esa presencia. En ella se realiza la presencia eucarística del cuerpo y la sangre del Señor, pero también "nuestra eucaristía, es decir, nuestro agradecimiento, nuestra alabanza por habernos redimido con su muerte y hecho partícipes de su vida inmortal mediante su resurrección. Tal culto, tributado así a la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, acompaña y se enraiza ante todo en la celebración de la liturgia eucarística. Pero debe asimismo llenar la vida de la Iglesia y unirnos en mutua caridad y en la misma alabanza a la santísima Trinidad, estamos respondiendo a la íntima vocación de la Iglesia y tomando parte en la liturgia de la gloria perfecta degustada anticipadamente".

c) La Iglesia es católica, enviada para anunciar a Cristo al mundo entero con la esperanza de que todos los pueblos se reúnan en el amor de Dios que es principio sin principio, del que es engendrado el Hijo y del que procede el Espíritu Santo por el Hijo, creándonos libremente por su benignidad misericordiosa y llamándonos por pura gracia a participar con él en la vida en abundancia y la eterna gloria.

e) La Iglesia es apostólica. Según el mandato de Cristo, los Apóstoles deben ir a enseñar a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que él ha mandado (cf. Mt 28, 19-20). Esta misión se extiende a toda la Iglesia, que, a través de la Palabra, hecha viva, luminosa y eficaz por el Espíritu Santo y por los sacramentos, se cumple el designio de Dios, al que Cristo amorosa y obedientemente sirvió, para gloria del Padre, que lo envió a fin de que todo el género humano forme un único pueblo de Dios, un único cuerpo de Cristo y un único templo del Espíritu Santo.

Así pues, nunca olvidemos, los cuatro elementos constitutivos fundamentales de quien somos: La Iglesia una, santa, católica y apostólica es pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo. Estos cuatro elementos esenciales para la Iglesia surge de modo luminoso la dimensión trinitaria de la Iglesia.

En esta dimensión se encuentran todos los discípulos de Cristo, llamados a vivirla dimensión trinitaria de la Iglesia, cada vez más profundamente y con una comunión cada vez más viva. En la Iglesia encontramos una grandiosa epifanía de la gloria trinitaria. Por tanto, recojamos la invitación que nos dirige san Ambrosio: "Levántate, tú que antes estabas acostado, para dormir... Levántate y ven de prisa a la Iglesia: aquí está el Padre, aquí está el Hijo, aquí está el Espíritu Santo" (In Lucam, VII).

3.- La Iglesia Comunidad de Amor que se convierte en comunidad de servicio

Un paso decisivo en la difícil búsqueda de soluciones para realizar este principio eclesial fundamental se puede ver en la elección de los siete varones, que fue el principio del ministerio diaconal (cf. Hch 6, 5-6). Los Apóstoles, a los que estaba encomendado sobre todo "la oración" (Eucaristía y Liturgia) y el "servicio de la Palabra", se sintieron excesivamente cargados con el "servicio de la mesa"; decidieron, pues, reservar para sí su oficio principal y crear otro un grupo de siete personas. Pero este grupo tampoco debía limitarse a un servicio meramente técnico de distribución: debían ser hombres "llenos de Espíritu y de sabiduría" (cf. Hch 6, 1-6). Lo cual significa que el servicio social que desempeñaban era absolutamente concreto, pero sin duda también espiritual al mismo tiempo: un verdadero oficio espiritual que realizaba un cometido esencial de la Iglesia, precisamente el amor bien organizado al prójimo. Con la formación de este grupo de los Siete, la diaconía el servicio del amor al prójimo ejercido comunitariamente y de modo orgánico, quedaba ya instaurada en la estructura fundamental de la Iglesia misma (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 21).

De esta manera tan sencilla surgió en el corazón de la Iglesia el misterio de comunión fundado en el amor que se convierte en servicio, en la persona de los diáconos. Este es parte del designio eterno de Dios, que quiere reunirlo todo en Cristo como Cabeza. Este designio divino halla su realización histórica cuando Jesús instituye la Iglesia, primero la anuncia (Cfr. Mt 16, 18) y luego la funda con el sacrificio de su sangre y el mandato dado a los Apóstoles de apacentar su rebaño.

Para la realización de esta comunión de los hombres en Cristo, querida desde la eternidad por Dios, reviste una importancia esencial el mandamiento que Jesús entrega: "mandamiento mío" (Jn 15, 12), "un mandamiento nuevo": 'Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros' (Jn 13, 34). 'Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado' (Jn 15, 12). 'En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros' (Jn 13, 35).

Cristo mismo es el modelo vivo y constituye la medida de ese amor, del que habla en su mandamiento: 'Como yo os he amado', dice. Más aún, se presenta la fuente de ese amor, como 'la vid', que fructifica con ese amor en sus discípulos, que son sus 'sarmientos': 'Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mi y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mi no podéis hacer nada' (Jn 15, 5). La comunidad de los discípulos, enraizada en ese amor con que Cristo mismo los ha amado, es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, única vid, de la que somos sarmientos. Es la Iglesia comunión, la Iglesia comunidad de amor, la Iglesia, misterio de amor y comunidad de servicio.

En la tarde de la última Cena, Jesús se dirige al Padre: 'No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mi, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado' (Jn 17, 20.21). 'Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí' (Jn 17, 23) En esta oración, Jesús trazaba el modelo completo de las relaciones humanas y eclesiales, que tenían su origen en él y en la Trinidad, y propone a los discípulos, a todos nosotros, el modelo supremo de esa 'communio' que debe llegar a ser la Iglesia en virtud de su origen divino: Jesús en su mismo amor hacia nosotros mostraba la medida del mandamiento que dejaba a los discípulos: el amor con que él mismo había amado a los suyos hasta el extremo.

Precisamente en este amor se funda y edifica la Iglesia como comunidad = communio de creyentes en Cristo, es la esencia del apostolado de la Iglesia: difundir y hacer aceptable, creíble, la verdad del amor de Cristo y de Dios atestiguado, hecho visible y practicado por ella. La expresión sacramental de este amor es la Eucaristía. En la Eucaristía la Iglesia, renace y se renueva continuamente como la 'communio' que Cristo trajo al mundo, realizando así el designio eterno del Padre (Cfr Ef 1, 3.10).

4.- La Comunidad de amor y servicio se solidifica en un testimonio palpable

Con el paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra. Para demostrarlo, basten algunas referencias. El mártir Justino († 155 dC. ), en el contexto de la celebración dominical de los cristianos, describe también su actividad caritativa, unida con la Eucaristía misma. Los que poseen, según sus posibilidades y cada uno cuanto quiere, entregan sus ofrendas al Obispo; éste, con lo recibido, sustenta a los huérfanos, a las viudas y a los que se encuentran en necesidad por enfermedad u otros motivos, así como también a los presos y forasteros. El gran escritor cristiano Tertuliano (220 dC. ), cuenta cómo la solicitud de los cristianos por los necesitados de cualquier tipo suscitaba el asombro de los paganos. Y cuando Ignacio de Antioquía ( 117dC.) llamaba a la Iglesia de Roma como la que "preside en la caridad (agapé)", se puede pensar que con esta definición quería expresar la actividad caritativa concreta (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 22).

En la constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II leemos: 'El pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad' (n. 12). La Iglesia siempre ha guardado este tesoro del de Jesús sobre el mandamiento de la caridad: 'Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado' (Jn 15, 12). No se trata sólo del amor al prójimo como lo prescribió el Antiguo Testamento, sino de un 'mandamiento nuevo, y es 'nuevo' porque el modelo es el amor de Cristo 'como yo os he amado', es decir la expresión humana más perfecta del amor de Dios hacia los hombres.

La Iglesia tiene la misión de testimoniar este amor de Cristo hacia los hombres, amor dispuesto al sacrificio. Por tanto la caridad cristiana no es simplemente manifestación de solidaridad humana es participación en el mismo amor divino, es por tanto un amor sin limites es universal. La caridad de Cristo supera toda diversidad de clases sociales, no acepta el odio, ni la lucha de clases.

La Iglesia quiere la unión de todos en Cristo; trata de vivir y exhorta y enseña a vivir el amor evangélico, incluso hacia aquellos que algunos quisieran considerar enemigos. La caridad de la Iglesia implica esencialmente una actitud de perdón, a imitación de la benevolencia de Cristo que, aun condenando el pecado, se comportó como 'amigo de pecadores' y no quiso condenarlos. Como cristianos sabemos que no podemos recurrir nunca a la venganza y debemos perdonar todas las ofensas, sin cansarse jamás (Cfr. Mt 18, 22). Cada vez que recitamos el Padre nuestro debería ser una reafirmación de nuestro deseo de perdonar.

La caridad cristiana requiere una disponibilidad para servir al prójimo. Y en la Iglesia de todos los tiempos siempre han sido muchos los cristianos que se dedican al: servicio a los enfermos, a los minusválidos, servicio a los jóvenes en las escuelas, a las poblaciones azotadas por desastres naturales y otras calamidades, ayuda a toda clase de pobres y necesitados.

A cada nueva necesidad que va apareciendo en el mundo responden nuevas iniciativas de socorro y de asistencia por parte de los cristianos que viven según el espíritu del Evangelio. Sin embargo la dimensión de los sufrimientos y de las necesidades humanas rebasa siempre nuestras posibilidades de ayuda. Pero nunca olvidemos que el amor sigue siendo invencible, incluso cuando da la impresión de no tener otras armas, que la confianza indestructible en la verdad y en la gracia de Cristo.


5.- La Comunidad de amor y servicio se orienta hacia el hermano más pequeño, más débil, más vulnerable

La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.

La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado "casualmente" (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea. No obstante, quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido, siguen teniendo valor las palabras de la Carta a los Gálatas: "Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe" (6, 10; S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 25).

La comunidad de amor y servicio se orienta hacia el mas pequeño, hacia el más débil, hacia el más vulnerable. La gran familia de Dios es un signo palpable en nuestro mundo, pero con un gran tesoro en la profundidad de su acción caridad - agapé: posee la esperanza de que estos cielos y esta tierra pasaran y llegará un cielo nuevo y una nueva tierra.

Para ser verdadero testigo de Cristo, debemos ser también al inicio de este III Milenio: testigos de la esperanza, ante todo, de la esperanza de la vida eterna. Se trata de la esperanza de la felicidad en Dios. Se trata de la esperanza de estar con Cristo en la casa del Padre. Jesús nos ofrece la certeza: la pone en relación con la Eucaristía: 'El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día' (Jn 6, 54) Cristo mismo es fuente y fundamento de esta esperanza. 'Cristo Jesús, nuestra esperanza', dice el Apóstol (1 Tim 1, 1 ).

La Iglesia es testigo de esta esperanza, que la anuncia y lleva como don a las personas que sirve, específicamente a nuestros enfermos y ancianos, que aceptan a Cristo y viven en Él, y quieren dar a conoce el Evangelio del Reino (Mt 24, 14). Frente a las dificultades de la vida presente y a las dolorosas experiencias de la enfermedad y el dolor, la esperanza siempre será la fuente del optimismo cristiano. No podemos cerrar los ojos ante el abundante mal que existe en el mundo y que nos rodea, pero nunca olvidemos que podemos contar con la presencia victoriosa de Cristo, podemos decir que el mundo ha obtenido de la victoria pascual de Cristo un triunfo que muchas veces se ignora o se dice muy de prisa: Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mi. En el mundo tendréis tribulación. Pero '¡ánimo!: Yo he vencido al mundo' (Jn 16, 33). Una síntesis a esta práctica del ejercicio del amor en el comunidad de amor que es la Iglesia, lo encontramos en la 1º. Carta del Apóstol San Juan a su comunidad de hermanos:

Queridos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios.
Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.
El que no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es amor.
Miren cómo se manifestó el amor de Dios entre nosotros:
Dios envió a su Hijo único a este mundo
para que tengamos vida por medio de él.
En esto está el amor; no es que nosotros hayamos amado a Dios,
sino que él nos amó primero y envió a su Hijo
como víctima por nuestros pecados.
Queridos, si Dios nos amó de esta manera,
también nosotros debemos amarnos mutuamente.
A Dios no lo ha visto nadie jamás,
pero si nos amamos unos a otros,
Dios está entre nosotros
y su amor da todos sus frutos entre nosotros.
Amemos, pues, ya que él nos amó primero.
Si uno dice "Yo amo a Dios" y odia a su hermano,
es un mentiroso.
Si no ama a su hermano, a quien ve,
no puede amar a Dios, a quien no ve.
Pues este es el mandamiento que recibimos de él: el que ama a Dios, ame también a su hermano.
(1ª Carta del Apóstol San Juan 4, 7-12.19-21)

Comisión Pastoral de Salud