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Vicaría      de Pastoral

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EJERCICIOS CUARESMALES 2006

Hacer vida la Redención de Cristo,
en la práctica de la caridad cristiana
Fundamentos para una pastoral de la caridad

Impartidos por Monseñor Jorge A. Palencia

 CUARTA REFLEXION CUARESMAL
“LA COMUNICACIÓN DE BIENES
EN LA VIDA CRISTIANA”

Hermanos, Hermanas, hemos llegado a lo largo de las pasadas meditaciones a comprender con mayor intensidad el AMOR Divino: y cómo este AMOR es llevado hasta el extremo de la Pascua de Jesús, al dar su Vida por nosotros, como ese AMOR vivido en la profundidad de la Santa Trinidad, lo debemos vivir en una comunidad de amor que se convierte en comunidad de servicio. Hoy al final de nuestras reflexiones debemos reflexionar sobre la manera de poner en común los diversos dones y bienes que Dios nos ha dado en lo que llamamos: La Comunicación Cristiana de Bienes.

En este contexto, puede ser útil una referencia a las primitivas estructuras jurídicas del servicio de la caridad en la Iglesia. Hacia la mitad del siglo IV, se va formando en Egipto la llamada "diaconía"; es la estructura que en cada monasterio tenía la responsabilidad sobre el conjunto de las actividades asistenciales, el servicio de la caridad precisamente. A partir de esto, se desarrolla en Egipto hasta el siglo VI una corporación con plena capacidad jurídica, a la que las autoridades civiles confían incluso una cantidad de grano para su distribución pública. No sólo cada monasterio, sino también cada diócesis llegó a tener su diaconía, una institución que se desarrolla sucesivamente, tanto en Oriente como en Occidente. El Papa Gregorio Magno († 604) habla de la diaconía de Nápoles; por lo que se refiere a Roma, las diaconías están documentadas a partir del siglo VII y VIII; pero, naturalmente, ya antes, desde los comienzos, la actividad asistencial a los pobres y necesitados, según los principios de la vida cristiana expuestos en los Hechos de los Apóstoles, era parte esencial en la Iglesia de Roma. Esta función se manifiesta vigorosamente en la figura del diácono Lorenzo († 258). La descripción dramática de su martirio fue conocida ya por san Ambrosio († 397) y, en lo esencial, nos muestra seguramente la auténtica figura de este Santo. A él, como responsable de la asistencia a los pobres de Roma, tras ser apresados sus compañeros y el Papa, se le concedió un cierto tiempo para recoger los tesoros de la Iglesia y entregarlos a las autoridades. Lorenzo distribuyó el dinero disponible a los pobres y luego presentó a éstos a las autoridades como el verdadero tesoro de la Iglesia. Lorenzo ha quedado en la memoria de la Iglesia como un gran exponente de la caridad eclesial (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 23).

1.- Preparar la Mesa Común del Reino

¿Qué es la comunicación cristiana de bienes en la Iglesia? Desde sus inicios la Iglesia y en su posterior evolución hasta llegar a nuestros días, la comunicación cristiana de bienes, ha tenido expresiones visibles y palpables en la comunidad y en la comunión cristiana. Podemos decir que desde su mismo origen pre - pascual la comunicación cristiana de bienes existe, no es posible completar la transmisión del mensaje evangélico sin este gesto indispensable por el que los hermanos manifiestan la transformación de la fe y el conocimiento del evangelio en expresiones vivas de caridad.

A veces se quiere presentar la comunicación cristiana de bienes como la cumbre o meta de la madurez de una comunidad cristiana en su proceso de crecimiento, sin embargo debemos decir que es un elemento indispensable en todas las etapas de la vida de una comunidad cristiana: fe sin obras, sería igual a pensar una Iglesia sin Cristo, lo cuál resulta un absurdo.

Para comprender esta realidad de nuestra fe debemos recurrir a la Sagrada Escritura, tanto en textos del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento encontramos el fundamento: de la vida en comunión a la práctica del compartir los bienes. Ésta manera de vivir, ha sido inaugurada y practicada primero por el Señor: Él mismo en persona es autor de comunión y es quien da y exige la comunión de bienes y de vida.

La comunicación cristiana de bienes tiene varias dimensiones que debemos considerar: trinitaria, pascual, eclesial, socioeconómica, escatológica y eucarística. Haremos especial hincapié en la dimensión eucarística, ya que en ésta es donde la comunicación cristiana de bienes y el compartir tienen su lugar original y propio para nosotros. En la Eucaristía del primer Jueves Santo, el Señor Jesús compartió su vida con sus discípulos: Él compartió su don y los discípulos han de compartir sus bienes. El lugar de comunión es la mesa donde se parte el pan y se bebe el cáliz. La cena lleva consigo la exigencia de la comunicación de bienes y, si no se da, hay un verdadero desprecio a la Iglesia, a la fraternidad y esto consiste el no tener en cuenta a los hermanos, en no sentir las necesidades de los demás, especialmente los más necesitados, pobres, los enfermos, y en no compartir con ellos lo que tenemos y somos.

La cena es el signo de unidad donde la ruptura de diferencias entre ricos y pobres tiene poco a poco que ultimarse y realizarse. La comunión = comunicación (koinonía) de los bienes no es un gesto accidental y secundario, es un gesto por el cual y mediante el cual se realiza la manifestación de la gracia. Jesús buscó y formó una comunidad, un misterio de comunión, donde los hermanos sean próximos unos a otros y donde, sobre todo los que más tienen, se aproximen a los más desvalidos y, en el amor y en la solidaridad voluntaria, intenten superar y liberar de la pobreza a los que menos tienen, a la vez que estos liberen de esa terrible pobreza humana que es el egoísmo a los que más poseen.

El amor fraterno vivido en comunidad cristiana ha de ser visible y podrá ser reconocido por todo hombre ajeno o no al mensaje. Por lo tanto ha de ser mostrado con obras como las de Jesús. Éste será signo distintivo de su comunidad: solo amando al otro se ama verdaderamente a Dios. El amor al otro es la única prueba de la presencia en el ser humano del amor a Dios. El prójimo es un hermano que lleva la misma sangre de la fe y del amor. Una forma inevitable del amor profundo es comunicarse, poner a disposición del otro lo que uno tiene y compartir la vida con él.

2.- De la Trinidad Santa brota la comunión cristiana de Bienes

Podemos decir que el fundamento de fe, de la comunicación cristiana de bienes brota del misterio mismo de la Santa Trinidad, cuyo núcleo fundamental de fe es el amor. Amor que no solo califica la relación de Dios con la humanidad y la creación entera, sino que define el misterio íntimo de Dios, su esencia: que Dios es Amor. Quien ama se encuentra con el amor de Dios que es comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Nuestro encuentro con el misterio de la Trinidad globaliza todas las dimensiones de la existencia humana. Cada persona surge como imagen y semejanza de la Trinidad. La interrelación de las personas divinas es fuente y modelo de la comunidad de amor y servicio, tal como meditamos en la reflexión pasada.

De la comunión trinitaria surgen los impulsos para la liberación en cada persona, de la sociedad, de la Iglesia y de los pobres. La fe trinitaria reconoce la igualdad de derechos, el deber de la solidaridad y el de comunicar los bienes, así como también denuncia el afán de tener, del poder y de la autosuficiencia. La mirada trinitaria hacia la realidad de los pobres y de los necesitados, apunta hacia el horizonte de la plenitud de comunión mediante la fraternidad, la igualdad, la solidaridad y la comunión de bienes. La huella de la Trinidad en la comunicación cristiana de bienes es luz para compartir los materiales y vivir el amor a los más pobres. Así la comunicación cristiana de bienes es manifestación - epifanía del misterio de comunión - comunicación del amor de Dios a la humanidad.

3.- La dimensión social de la liturgia eucarística, elemento central, integrante y constitutivo

Existe una relación entre la comunicación cristiana de bienes y Eucaristía, ya que en La Eucaristía es donde la comunicación cristiana de bienes y el compartir tienen su lugar propio, y donde se pone de manifiesto la voluntad definitiva de la comunión de Dios con las personas. En el Evangelio, el banquete de la vida y el mensaje de Jesús son el cumplimiento de la comunión con los necesitados, los enfermos, los pobres y los excluidos, la Eucaristía es celebración y proyecto de comunión con ellos, en cualquiera de sus dimensiones conduce necesariamente a la caridad, a la unidad, a la fraternidad, a la solidaridad y a comunicar los bienes materiales, en definitiva, a la formación o fortalecimiento del Cuerpo Místico y del Reino de Dios.

La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 25).

El eje de la misión de Cristo tal como lo ha propuesto el Vaticano II tiene una la triple función: koinonía martiría y diakonía (Comunión Testimonio y Servicio). Entre la comunicación cristiana de bienes y la Eucaristía, existe una íntima conexión con la koinonía y la diakonía. La comunión es el misterio que conduce y exige la comunidad en la vida. La verdadera dimensión de la koinonía no es sólo la comunicación de unos bienes sino la comunión y unidad ordenada y fraterna integral y plena, en la vida nueva, como servicio a la comunión y a la unidad integral de la comunidad cristiana. Koinonía es la participación común en el Hijo, en el Padre y en el Espíritu Santo. La manifestación más plena de dicha koinonía se da en la asamblea litúrgica, donde nos reunimos para celebrar la Eucaristía y participar en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

La Eucaristía crea comunión en dos sentidos: el hombre con su Redentor y todos los creyentes entre sí. La diakonía tiene la función de armonizar y suscitar la acción caritativa y la comunión de bienes, implicando todo en cuanto es signo y acción que realiza el amor de Dios a los hombres en Jesucristo. Esta diakonía expresada de forma elocuente en la fracción del pan y en los ágapes fraternos, viene a ser como la verdadera prueba y verificación de la solidaridad, del amor y de la unidad. Se trata de algo más que la comunicación de bienes, se trata de comunicación de vida. Amar es servir y partir el pan es compartir la vida; comulgar con el Cuerpo y con la Sangre de Cristo es comprometerse con la caridad y compartir los bienes con los hermanos. Nadie puede predicar, edificar en la unidad y servir en la caridad si no celebra; nadie puede celebrar si no es fiel a la Palabra, si no vive la unidad de la fe, si no vive la entrega del Amor.

La dimensión social es un elemento central, integrante y constitutivo de la liturgia eucarística. La celebración, participación y actualización de la Eucaristía es un indicativo del compromiso pascual social de un Cristo ya cumplido e imperativo de un compromiso pascual social del cristiano todavía por cumplir. La celebración litúrgica eucarística no supone solamente una transformación interna y hacia dentro de la persona sino una transformación externa y hacia fuera, de las relaciones interpersonales, sociopolíticas y hasta cósmicas. En la estructura ritual de la Eucaristía destacan por su carácter social los siguientes elementos: el rito penitencial, la homilía, la oración de los fieles, la colecta y presentación de dones, el Padre Nuestro, el rito de la paz y la comunión. Cada uno de estos elementos representa acciones solidarias en un amplio sentido.

El servicio social que Dios ha realizado en Cristo y actualizado en la Eucaristía debe ser continuado por la Iglesia y por todos los fieles, que deben estar dispuestos a compartir los bienes con los necesitados, a ser misericordiosos, caritativos y solidarios con ellos, promoviendo en todo momento la libertad, la justicia, la paz y la reconciliación. En torno a la mesa de la Eucaristía, animados por el Espíritu, podemos sentir y vivir la nueva familia del Reino: todos los hijos de Dios Padre, todos hermanos los unos de los otros, todos reconciliados, todos compartiendo el mismo pan.

Por medio de la Eucaristía entendemos que el pueblo de la nueva alianza es una fraternidad sin exclusiones, en la que en la asamblea eucarística, los últimos tienen los primeros puestos. Y que es el Señor quien constituye esa nueva familia, esa nueva fraternidad. Por eso la Eucaristía rehace la nueva fraternidad en la que no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que somos todos uno en Cristo Jesús. En las comunidades cristianas, hemos de tomar conciencia mucho más viva de que la celebración de la Eucaristía es una proclamación de la fraternidad querida por Jesús y un recuerdo de las exigencias concretas de la justicia de Dios. La comunidad que parte el pan es una comunidad donde los bienes deben ser comunicados y ponerse al servicio del necesitado.

El culto eucarístico se sitúa así en relación con el amor, característica que ha de identificar a todo cristiano. La relación entre culto y existencia es la que hace que el comportamiento sea indisociable de la celebración eucarística. No se puede desvincular la comunión con Él de la comunión con el hermano. El pan de la ofrenda en el altar es fruto de un trabajo, fruto de laboriosidad, pan que sacia el hambre material y el hambre espiritual. Por lo tanto, tenemos que celebrar la Eucaristía poniéndola al servicio de Dios y de los más necesitados.

4.- Nuestro servicio a Dios y a nuestros hermanos más necesitados: los pobres

La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado "casualmente" (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea. No obstante, quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido, siguen teniendo valor las palabras de la Carta a los Gálatas: "Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe" (6, 10; S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 25).

Jesucristo Nuestro Señor comparó el amor al prójimo con el amor a Dios; proclamó como su prototipo el amor del Padre que está en los Cielos y nos enseñó los deberes hacia el pobre: "lo que haces a uno de estos, el menor de mis hermanos, me lo haces a mi". En la doctrina y ejemplo de Jesucristo descansan la semilla de toda la actividad caritativa de la Iglesia la cual ha aparecido siempre con nuevas formas a través de los siglos Cristianos.

La preocupación por los pobres es para la Iglesia una parte importantísima de la caridad. Por caridad debemos entender cualquier ejercicio de piedad hacia el prójimo enraizada en el amor a Dios. De acuerdo con el mandamiento dado por Cristo (Mt.25, 40), la preocupación por los pobres es deber de todos los miembros de la Iglesia. Por las obras de cada uno de nosotros, se puede promover el bienestar de la comunidad. Desde los tiempos Apostólicos, el auxilio a los pobres esta estrechamente conectado con la Eucaristía, a través de las ofrendas y ágapes y a través de la actividad de los obispos y diáconos (Hechos, 6, 11ss.)

En este mundo actual, donde la pobreza crece, aunque el aparato burocrático se duplica y los programas del Estado se abocan hacia el pobre, es problema es tan que esta desbordado en todos los niveles de atención, ante esta realidad, la comunicación cristiana de bienes debe ser una exigencia para todos. Los necesitados, los débiles, los enfermos y los pobres deben participar de los bienes de la creación, colaborando todos en su desarrollo y en su justa distribución.

En una sociedad como la nuestra, socialmente desigual, culturalmente pluralista y religiosamente secularizada y fragmentada, es urgente colaborar en un modelo más fraterno, más simétrico, más humano-divino, colaborando en la creación de bienes, su comunicación y su justa distribución: cada uno según sus posibilidades, a cada uno según sus necesidades. Nuestra acción pastoral no puede prescindir de este gesto que eleva y dignifica comunión de bienes y que camina preparando la única mesa en común del Reino, donde todos nos sentaremos en torno a Jesús, el Señor. La comunicación cristiana de bienes es fermento de la nueva creación y recorre por la historia los caminos que conducen a la consumación, cuando el Hijo entregue el Reino al Padre, para alabanza de la gloria de su gracia.

5.- Algunas conclusiones practicas al finalizar nuestro ejercicios cuaresmales: Los primeros pasos del Amor, la justicia y la libertad en el III Milenio

Después de haber hecho una reflexión sobre la primera encíclica de Benedicto XVI, DEUS CARITAS EST, debemos considerar los siguientes criterios para un adecuado ejercicio de la caridad:

1.- El primer criterio, la caridad cristiana debe ser la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación. Los pobres, los débiles, los enfermos necesitan amor y atención fraterna. Existe el peligro de la burocratización es importante no burocratizar las estructuras, ni crear tantas estructuras que nos olvidemos de las personas.

La Iglesia es una de estas fuerzas vivas: en ella late el dinamismo del amor suscitado por el Espíritu de Cristo. Este amor no brinda a los hombres sólo ayuda material, sino también sosiego y cuidado del alma, una ayuda con frecuencia más necesaria que el sustento material. La afirmación según la cual las estructuras justas harían superfluas las obras de caridad, esconde una concepción materialista del hombre: el prejuicio de que el hombre vive " sólo de pan " (Mt 4, 4), una concepción que humilla al hombre e ignora precisamente lo que es más específicamente humano (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 28).

2.- Redescubrir la esencia del cristiano en el ejercicio de la caridad. En el ejercicio de la caridad, es clave la diakonía, es decir, el servicio de amor. Hoy con tanta comunicación, nos vamos sintiendo mas apartados. Y es la misma caridad la que nos va a llevar a sentirnos uno con el corazón de la Iglesia, vemos a la Trinidad si vivimos en el amor. La universalidad del amor no es propia sólo de los cristianos, pero por nosotros los cristianos no debemos reducir la caridad a un simple asistencialismo.

El amor - caritas siempre será necesario, incluso en la sociedad más justa. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido necesita: una entrañable atención personal. Lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 28).

3.- La búsqueda del Bien Común, por medio de la Justicia y de la Caridad. Justicia y Caridad son dos palabras que van unidas, tal como coexisten en Dios: "justo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad..." El liberalismo y el socialismo de nuestra cultura todavía piensan que el ejercicio de la caridad es una forma en que se aliena a la sociedad, es la frase típica del discurso marxista: la religión es el opio del pueblo. El correcto ejercicio de la justicia y de la caridad debe llevar al hombre a la humanización, por eso es importante recalcar la justa autonomía entre la Iglesia y el Estado, y las formas en que ambas de han de complementarse. La política debe siempre encaminarse a ordenar las cuestiones públicas es una forma justa y la fe, debe iluminar la razón para la alcanzar de la justicia. Nunca la fe atropella los ordenamientos temporales, sino que los ilumina. Al inicio del III Milenio es fundamental el papel de los fieles laicos, son ellos quienes iluminan con su testimonio la vida social, respetando la justa autonomía entre el Estado y la Iglesia. Nunca debemos confundir las manifestaciones de caridad eclesial con la actividad del Estado.

La justicia es el objeto y la medida intrínseca de toda política. La política es más que una simple técnica para determinar los ordenamientos públicos: su origen y su meta están precisamente en la justicia, y ésta es de naturaleza ética. Así, pues, el Estado se encuentra inevitablemente de hecho ante la cuestión de cómo realizar la justicia aquí y ahora. Pero esta pregunta presupone otra más radical: ¿qué es la justicia? Éste es un problema que concierne a la razón práctica; pero para llevar a cabo rectamente su función, la razón ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 28).

4.- La autonomía y colaboración entre Iglesia y Estado Nuestro compromiso eclesial de cristianos es hacia el mundo, no tan sólo al interior de la Iglesia debemos vivir la justicia y la caridad. Es precisamente la misión de la Iglesia evangelizadora la diakonía. La imagen de la Parábola del Buen Samaritano es básica para entender esto, no se excluye a nadie, debemos entregar un servicio rápido a quién lo necesita. Es importante guardar la justa autonomía entre el poder del Estado y el de la Iglesia, son esferas distintas, pero tienen muchos puentes de comunicación, como la solidaridad hacia los ciudadanos en situaciones de extrema pobreza.

En este punto, política y fe se encuentran. Sin duda, la naturaleza específica de la fe es la relación con el Dios vivo, un encuentro que nos abre nuevos horizontes mucho más allá del ámbito propio de la razón. Pero, al mismo tiempo, es una fuerza purificadora para la razón misma. Al partir de la perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así a ser mejor ella misma. La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas y modos de comportamiento. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 28).

5.- La vivencia de la caridad al interior de la Iglesia, oración, celebración y mística. La esencia de la caridad cristiana, es única y exclusivamente gracia, el amor es gratuito y no se practica para obtener objetivos, consiste en la dedicación hacia el hombre necesitado, va en busca de los enfermos, y de quienes más lo necesitan, por lo que tiene que ser independiente de partidos e ideologías, porque no ha surgido la caridad a partir de un concepto: la caridad surge a partir de Cristo, Amor del Padre: "Cristo tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos".

Según el modelo del buen Samaritano, la caridad cristiana es ante todo la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos para que se recuperen, los prisioneros visitados, etc. Un primer requisito fundamental al ayudar es no limitarse a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad. Debemos guiar hacia el encuentro con Dios en Cristo, que suscite el amor y abra su espíritu al prójimo (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 31).

Cristianos Santos y Santas de Dios han recorrido la experiencia de la caridad cristiana, ya sea en el ejercicio de la solidaridad o en la ayuda al más necesitado, ellos y ellas hicieron de la pobreza evangélica uno de los valores más altos, porque la pobreza es el anuncio claro de que Dios va en busca del pobre y del desamparado, del despreciado de la sociedad misma, un ejercicio que mantiene viva a la Iglesia hasta nuestros días.

"El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos. Pero esto no significa que la acción caritativa deba, por decirlo así, dejar de lado a Dios y a Cristo. Siempre está en juego todo el hombre. Con frecuencia, la raíz más profunda del sufrimiento es precisamente la ausencia de Dios. Quien ejerce la caridad en nombre de la Iglesia nunca tratará de imponer a los demás la fe de la Iglesia. El amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos y que nos impulsa a amar" (S.S. Benedicto XVI Deus caritas est No. 31).

"Dios es amor". Esta sencilla frase, centro de la fe cristiana, hemos meditado a lo largo de esta Cuaresma, transforma por completo la vida del creyente. Como hemos visto, Amor, Palabra y Verdad se compenetran en la sola realidad: Dios. Jesucristo trazó claramente esta unidad entre la Palabra y la Verdad ante Poncio Pilato: "Todo aquel que está de parte de la verdad, escucha mi voz" (Juan 18, 37). Jesucristo resume en su persona , la íntima relación entre la Palabra y el Amor: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más importante y el primero de los mandamientos. Pero hay otro semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la Ley y los Profetas" (Mateo 22, 37-40).

ALELUYA, JESUCRISTO, El AMOR DEL PADRE, HA RESUCITADO
FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN 2006,
les desea a todos Monseñor Jorge Palencia

Comisión Pastoral de Salud