COMISIÓN
ARQUIDIOCESANA PASTORAL DE SALUD
ARQUIDIÓCESIS PRIMADA DE MÉXICO
FORMACIÓN
CONTINUA 2006 de los MECE y Agentes de Pastoral de Salud
III
UNIDAD PASTORAL: AÑO JUBILAR GUADALUPANO MARZO, 2006
Los
fundamentos de la Pastoral Social:
LA PERSONA HUMANA,
el drama del pecado y la respuesta de Dios: La Redención
COMPENDIO
DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (115 -123)
1.-
La raíz de las laceraciones personales y sociales: El Pecado
personal y el pecado social
En
la Unidad II de nuestro estudio de la Doctrina Social de la Iglesia
hemos colocado el fundamento de fe y de la Revelación en la Sagrada
Escritura que afirma que: hemos sido creados
a imagen y semejanza de Dios, con lo cual entenderemos que nuestro fin
último es Dios por medio de la Santidad. Sobre esta
realidad de nuestra fe debemos insistir en nuestro ministerio y apostolado
con los enfermos y los ancianos, debemos recordar que el enfermo en
medio de su enfermedad, sufrimiento y soledad, olvida que está
constituido como imagen de Dios: en su ser cuerpo y alma, y en su ser
hombre y mujer. Pero nos preguntamos: ¿Si Dios nos hizo también,
a su imagen y semejanza, por qué pareciera que todo esto está
tan distante o se han ensombrecido en la vida cotidiana? Debemos ahora
ver también la otra cara de la moneda: esa imagen, tal como aparece
en nuestra experiencia, está empañada por el mal. No sólo
el mal físico, sino también el mal moral, todo aquello
a lo que llamamos pecado pero, ¿qué
entendemos por pecado?
CEC
1868. El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad
en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos:
- participando directa y voluntariamente;
- ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o
aprobándolos;
- no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene
obligación de hacerlo;
- protegiendo a los que hacen el mal.
Cuando
hablamos de pecado pensamos en: transgresión. Es la primera
y más directa experiencia de pecado que tenemos. Hay pecado allí
donde se da una acción contraria a los mandamientos de Dios.
Esta noción de pecado nos aporta que hay pecado allí donde
se dan hechos contrarios a la voluntad de Dios. Pero si nos centramos
en los mandamientos, podemos caer en un legalismo exagerado en el que
terminaríamos viendo los preceptos de Dios como injerencias extrañas
e injustificables en nuestra propia vida y conciencia. Y si nos fijamos
excesivamente en la voluntariedad nos llevaría a incurrir en
un subjetivismo en el que la persona se convierte en juez único
y absoluto del bien y del mal. Necesitamos ampliar la idea que tenemos
de pecado a partir de la relación personal con Dios.
2.-
Redescubrir la noción perdida sobre el pecado
CEC
1849. El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la
conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para
con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes.
Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.
Ha sido definido como 'una palabra, un acto o un deseo contrarios
a la ley eterna' (S. Tomás de A., s. th., 1-2, 71, 6).
CEC
1850. El pecado es una ofensa a Dios: 'Contra
ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí'
(Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene
y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es
una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de
hacerse 'como dioses', pretendiendo conocer y determinar el bien y
el mal (Gn 3, 5). El pecado es así 'amor de sí hasta
el desprecio de Dios' (S. Agustín, civ, 1, 14, 28). Por esta
exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente
opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación
(Cf. Flp 2, 6-9).
Dice
San Pablo en su Carta a los cristianos de Roma: "Por
la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen,
sin distinción alguna. Pues todos pecaron y todos están
privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por
su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien
constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en
su sangre" (Rm 3, 22-25) Todos los hombres hemos pecado
y estamos privados de la gloria de Dios. Son dos realidades que se complementan
y afectan a toda la humanidad: el acto concreto y la situación
de alejamiento de Dios. ¿Cómo sabe Pablo que todos los
hombres están así? La respuesta parecía difícil,
pero no es así. San Pablo sabe bien que mediante la Redención
en Cristo Jesús, es como podemos tener de nuevo acceso a Dios
y ser justos ante Él.
Debemos
recordar lo fundamental para nuestra fe: Para obrar la salvación
que viene de Dios, Jesús ha tenido que llegar al más absoluto
alejamiento de Dios, la cruz y la muerte, porque era allí donde
se encontraba la humanidad real. La cruz de Cristo es el lugar desde
el que Dios nos ha rescatado para la salvación. Si Jesús
es redentor de todos los hombres y su redención ha tenido la
forma concreta del perdón de los pecados, entonces es que todos
los hombres están necesitados de redención y perdón
por parte de Dios. Sólo a partir de la conciencia clara de esta
amplitud y grandeza del don de salvación de Dios en Cristo nace
la conciencia de la amplitud y grandeza de la situación de pecado
previa a este don.
Más
adelante, y desde su misma experiencia, Pablo analiza en carne propia
la situación del hombre pecador: "El
bien que quiero hacer no lo hago: el mal que no quiero hacer, eso es
lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal
que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro.
Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo
en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo
en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba
mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está
en mi cuerpo. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién
me librará de este ser mío, presa de la muerte? Dios,
por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias"
(Rm 7, 19-25).
San Pablo describe dramáticamente la lucha interna que sostiene.
Apresado por el pecado se ve incapaz de salir de su situación,
se encuentra inevitablemente haciendo lo que no quiere, aunque su razón
aprueba el bien. Su libertad está necesitada de ayuda para poder
superar el poder del pecado que habita en él mismo, por eso agradece
haber recibido finalmente esa ayuda de Dios por medio de Jesucristo.
Con
esta experiencia de San Pablo, podemos resumir lo dicho en una afirmación:
A partir de la salvación dada en Jesucristo podemos afirmar que
todos los hombres son pecadores y están necesitados de la unión
con Cristo para salir de su situación. Pero si el hombre se encuentra
encerrado en el pecado y no puede salir de esa situación, no
puede hacer el bien por sí mismo. ¿Será que no
es libre? Para responder a esta pregunta tenemos que comprender lo que
significa la libertad. Entendemos por libertad, en un primer acercamiento,
la capacidad de decisión propia inherente al ser humano.
Esta capacidad de decisión está modelada y modulada por
dos tipos de condiciones. En primer lugar está la cantidad
de opciones posibles que se presentan para elegir, y entendemos
que habrá más libertad cuando se puede elegir entre una
mayor cantidad de posibilidades. La libertad no sólo se engrandece
con la amplitud numérica de sus posibilidades, sino sobre todo
con el valor intrínseco de cada decisión.
CEC
1731. La libertad es el poder, radicado en la razón y en la
voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar
así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre
arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el
hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad
y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está
ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.
CEC
1732. Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien
último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir
entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección
o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente
humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito
o de demérito.
CEC
1733. En la medida en que el hombre hace más el bien, se va
haciendo también más libre. No hay verdadera libertad
sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección
de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce
a "la esclavitud del pecado"
(Cf. Rm 6, 17).
Pongamos
ahora estos conceptos a la luz del bien de mayor valor que tiene todo
ser humano: la propia vida. En todo momento estamos configurando nuestra
existencia, tomando, de forma más o menos consciente, decisiones
que afectan a la plasmación concreta de nuestro ser personal
en el tiempo. Está la libertad de hacer o capacidad de elegir
entre varias opciones y está la libertad de ser o capacidad de
configurar la propia existencia. Cuando esta armonía entre los
dos tipos de libertad no existe surge: el pecado.
CEC
1739. Libertad y pecado. La libertad del hombre es finita y falible.
De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar
el proyecto del amor de Dios, se engañó a sí
mismo y se hizo esclavo del pecado. Esta primera alienación
engendró una multitud de alienaciones. La historia de la humanidad,
desde sus orígenes, atestigua desgracias y opresiones nacidas
del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad.
CEC
1740. Amenazas para la libertad. El ejercicio de la libertad no implica
el derecho a decir y hacer cualquier cosa. Es falso concebir al hombre
sujeto de esa libertad como un individuo autosuficiente que busca
la satisfacción de su interés propio en el goce de los
bienes terrenales. Por otra parte, las condiciones de orden económico
y social, político y cultural requeridas para un justo ejercicio
de la libertad son, con demasiada frecuencia, desconocidas y violadas.
Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral
y colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación
de pecar contra la caridad. Al apartarse de la ley moral, el hombre
atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe
la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina.
A
esta situación de que el hombre se encuentra como encerrado en
sí mismo e incapaz de ir hacia Dios es lo que llamamos pecado
original que consiste en el rechazo del don original de Dios
que hizo al hombre para la gracia. Si esta oferta de gracia es rechazada
por el hombre, no es el hombre el que pueda restaurarla, tendrá
que ser Dios el que la renueve y será en la persona de Cristo,
se trata de una oferta de gracia, de comunión con de Dios.
La
historia entera, no sólo de Israel, sino de toda la humanidad
pecadora, es la historia de la preparación a la encarnación
de Dios en Cristo. Pero, sin Cristo, todos los seres humanos son desde
el primer instante de su existencia, pecadores, en tanto que la lejanía
de Dios y la imposibilidad de apertura confiada y radical a él
les está vedada a causa del pecado, a esta desarmonía
entre los dos tipos de libertad: la libertad de hacer o capacidad
de elegir entre varias opciones y está la libertad de ser
o capacidad de configurar la propia existencia.
El
Drama del Pecado: La admirable visión de la creación del
hombre por parte de Dios es inseparable del dramático cuadro
del pecado de los orígenes. Con una afirmación el apóstol
Pablo sintetiza la narración de la caída del hombre contenida
en las primeras páginas de la Biblia: por
un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la
muerte (Rm 5, 12). El hombre, contra la prohibición
de Dios, se deja seducir por la serpiente y extiende sus manos al árbol
de la vida, cayendo en poder de la muerte. Con este gesto el hombre
intenta forzar su límite de criatura, desafiando a Dios, su único
Señor y fuente de la vida. Es un pecado de desobediencia que
separa al hombre de Dios.
Por la Revelación sabemos que Adán, el primer hombre,
transgrediendo el mandamiento de Dios, pierde la santidad y la justicia
en que había sido constituido, recibidas no sólo para
sí, sino para toda la humanidad: cediendo al tentador, Adán
y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza
humana, que transmitirán en un estado caído. Es un pecado
que será transmitido por propagación a toda la humanidad,
es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada
de la santidad y de la justicia originales (CDSI No. 115).
3.-
El enfermo y el anciano ante las estructuras del pecado personal y social
La
realidad del pecado como situación se pone de manifiesto en los
pecados concretos, sean personales como sociales y, son los pecados
concretos los que nos llevan a la situación de pecado. Este elemento
doctrinal es muy importante de tomar en cuenta para nuestra evangelización
con los enfermos y ancianos. Pareciera que en nuestros días existe
una tendencia a decir, pensar y predicar, que el pecado ya no toca o
incumbe al enfermo. Error, en la enfermedad el pecado se vuelve la cuestión
más radical de la imposibilidad de realización humana
al margen de Dios. Debemos tener sumo cuidado sobre este punto: enfermedad,
pecado, sentimiento de culpabilidad son un torbellino de ansiedad y
que causa desolación en el enfermo.
"En
la raíz de las laceraciones personales y sociales, que ofenden
en modo diverso el valor y la dignidad de la persona humana, se halla
una herida en lo íntimo del hombre: "Nosotros, a la luz
de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado original que
cada uno lleva desde su nacimiento como una herencia recibida de sus
progenitores, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de su propia
libertad". La consecuencia del pecado, en cuanto acto de separación
de Dios, es precisamente la alienación, es decir, la división
del hombre no sólo de Dios, sino también de sí
mismo, de los demás hombres y del mundo circundante: la ruptura
con Dios desemboca dramáticamente en la división entre
los hermanos. En la descripción del "primer pecado",
la ruptura con Yahveh rompe al mismo tiempo el hilo de la amistad que
unía a la familia humana, de tal manera que las páginas
siguientes del Génesis nos muestran al hombre y a la mujer como
si apuntaran su dedo acusando el uno hacia el otro (cf. Gn 3, 12;);
y más adelante el hermano que, hostil a su hermano, termina por
arrebatarle la vida (cf. Gn 4, 2-16). Según la narración
de los hechos de Babel, la consecuencia del pecado es la desunión
de la familia humana, ya iniciada con el primer pecado, y que llega
ahora al extremo en su forma social. Reflexionando sobre el misterio
del pecado es necesario tener en cuenta esta trágica concatenación
de causa y efecto (CDSI No. 116).
Al
dirigir nuestra mirada al mundo contemporáneo, constatamos que
en él la conciencia del pecado se ha debilitado notablemente,
esto incluye a los enfermos y ancianos también. A causa de una
difundida indiferencia religiosa, o del rechazo de cuanto la recta razón
y la Revelación nos dicen acerca de Dios, muchos hombres y mujeres
pierden el sentido de la Alianza de Dios y de sus mandamientos. Además,
muy a menudo la responsabilidad humana se ofusca por la pretensión
de una libertad absoluta, que se considera amenazada y condicionada
por Dios.
El
drama de la situación contemporánea, que da la impresión
de abandonar algunos valores morales fundamentales, depende en gran
parte de la perdida del sentido del pecado. A este respecto, es preciso
hacer que la conciencia recupere el sentido de Dios, de su misericordia
y de la gratuidad de sus dones, para que pueda reconocer la gravedad
del pecado que pone al hombre contra su Creador. Es necesario reconocer
y defender como don precioso de Dios la consistencia de la libertad
personal, ante la tendencia a disolverla en la cadena de condicionamientos
sociales o a separarla de su referencia irrenunciable al Creador.
El
misterio del pecado comporta una doble herida, la que el pecador abre
en su propio flanco y en su relación con el prójimo. Por
ello se puede hablar de pecado personal y social: todo pecado es personal
bajo un aspecto; bajo otro aspecto, todo pecado es social, en cuanto
tiene también consecuencias sociales. El pecado, en sentido
verdadero y propio, es siempre un acto de la persona, porque es un acto
de libertad de un hombre en particular, y no propiamente de un grupo
o de una comunidad, pero a cada pecado se le puede atribuir indiscutiblemente
el carácter de pecado social, teniendo en cuenta que en virtud
de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y
concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás.
No es legítima y aceptable una acepción del pecado social
que lleve a difuminar y casi a cancelar el elemento personal, para admitir
sólo culpas y responsabilidades sociales. En el fondo de toda
situación de pecado se encuentra siempre la persona que peca
(CDSI No. 117).
El
pecado personal tiene siempre una dimensión social: el pecador,
a la vez que ofende a Dios y se daña a sí mismo, se hace
responsable también del mal testimonio y de la influencia negativa
de su comportamiento. Incluso cuando el pecado es interior, empeora
de alguna manera la condición humana y constituye una disminución
de la contribución que todo hombre está llamado a dar
al progreso espiritual de la comunidad humana.
No
olvidemos que, los pecados de cada uno consolidan las formas de pecado
social que son precisamente fruto de la acumulación de muchas
culpas personales. Es evidente que las verdaderas responsabilidades
siguen correspondiendo a las personas, dado que la estructura social
en cuanto tal no es sujeto de actos morales. Es un hecho incontrovertible
que la interdependencia de los sistemas sociales, económicos
y políticos crea en el mundo actual múltiples estructuras
de pecado:
"Así
el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de otros,
hace reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia.
Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias
a la bondad divina. Las estructuras de pecado son expresión y
efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer
a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un pecado
social (CEC n. 1869).
Existe
una tremenda fuerza de atracción del mal que lleva a considerar
como normales e inevitables muchas actitudes. El mal aumenta y presiona,
con efectos devastadores, las conciencias, que quedan desorientadas
y ni siquiera son capaces de discernir. Asimismo, al pensar en las estructuras
de pecado que frenan el desarrollo de los pueblos menos favorecidos
desde el punto de vista económico y político, se siente
la tentación de rendirse frente a un mal moral que parece inevitable.
Muchas personas se sienten impotentes y desconcertadas frente a una
situación que las supera y a la que no ven camino de salida.
Pero el anuncio de la victoria de Cristo sobre el mal nos da la certeza
de que incluso las estructuras más consolidadas por el mal pueden
ser vencidas y sustituidas por estructuras de bien.
La
dimensión social del pecado se pone de manifiesto: cuanto más
se disgrega la comunión en Cristo, tanto más aumenta la
solidaridad en el mal que manifiesta y consolida el pecado. Esto se
evidencia principalmente por la actual forma de vida intensamente socializada,
que nos sensibiliza más al aspecto social del pecado y a una
mayor corresponsabilidad frente al mal del mundo: conflicto de los egoísmos
colectivos, inhumanidad en el ejercicio del poder, destrucción
de los recursos naturales.
Algunos
pecados, además, constituyen, por su objeto mismo, una agresión
directa al prójimo. Estos pecados, en particular, se califican
como pecados sociales. Es social todo pecado cometido contra la justicia
en las relaciones entre persona y persona, entre la persona y la comunidad,
y entre la comunidad y la persona. Es social todo pecado contra los
derechos de la persona humana, comenzando por el derecho a la vida,
incluido el del no nacido, o contra la integridad física de alguien;
todo pecado contra la libertad de los demás, especialmente contra
la libertad de creer en Dios y de adorarlo; todo pecado contra la dignidad
y el honor del prójimo. Es social todo pecado contra el bien
común y contra sus exigencias, en toda la amplia esfera de los
derechos y deberes de los ciudadanos. En fin, es social el pecado que
se refiere a las relaciones entre las distintas comunidades humanas.
Estas relaciones no están siempre en sintonía con el designio
de Dios, que quiere en el mundo justicia, libertad y paz entre individuos,
grupos y pueblos (CDSI No. 118).
Las
consecuencias del pecado alimentan las estructuras de pecado. Éstas
tienen su raíz en el pecado personal y, por tanto, están
siempre relacionadas con actos concretos de las personas, que las originan,
las consolidan y las hacen difíciles de eliminar. Es así
como se fortalecen, se difunden, se convierten en fuente de otros pecados
y condicionan la conducta de los hombres. Se trata de condicionamientos
y obstáculos, que duran mucho más que las acciones realizadas
en el breve arco de la vida de un individuo y que interfieren también
en el proceso del desarrollo de los pueblos, cuyo retraso y lentitud
han de ser juzgados también bajo este aspecto. Las acciones y
las posturas opuestas a la voluntad de Dios y al bien del prójimo
y las estructuras que éstas generan, parecen ser hoy sobre todo
dos: el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra,
la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás
la propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse,
para caracterizarlas aún mejor, la expresión: a cualquier
precio (CDSI No. 119).
4.-
Desde los abismos del pecado surge la esperanza de la Redención
En
muchos enfermos y ancianos, desde los abismo de la desolación,
de la culpabilidad por el peso del pecado surgen las preguntas: ¿Es
Cristo verdaderamente Dios entre nosotros, es Él el único
que puede dar sentido a nuestra vida y una respuesta a nuestros problemas
de: soledad, sufrimiento, mal, muerte? ¿Es Jesucristo realmente
el "salvador del hombre", el salvador de la humanidad? ¿Puede
iluminar las profundidades en que estamos y descifrar ese enigma que
somos cada uno de nosotros para nosotros mismos?
Nuestra
fe nos permite afirmar con fuerza y solidez: Cristo como el centro del
cosmos y de la historia, es el redentor del hombre y del mundo. Por
la Encarnación, Dios ha entrado en la historia de la humanidad:
"como hombre, se ha hecho sujeto suyo, uno entre millones, a pesar
de ser el único. Por la encarnación, Dios le dio a la
vida humana la dimensión que quería dar al hombre desde
su primer instante y, se la dio de manera definitiva" (Redemptor
Hominis n. 1).
Por
la Redención de Cristo quedó reanudado en el Hombre el
lazo de amistad con Dios que había roto el hombre Adán.
Más que ningún otro, el hombre del hoy necesita ser salvado.
"El mundo de la nueva época, el mundo de los vuelos cósmicos,
el mundo de las conquistas científicas y técnicas jamás
alcanzadas hasta ahora es al mismo tiempo un mundo que gime y espera,
también él, la liberación" (Redemptor Hominis
n. 8).
Jesucristo,
el redentor del mundo es aquel que penetró de forma única
y singular en el misterio del hombre, entrando en su corazón.
En realidad, el misterio del hombre no se ilumina de veras más
que en el misterio del Verbo encarnado. Sólo Cristo, concretamente
por su muerte en la cruz, revela al hombre el amor infinito que tiene
el Padre por él. La Iglesia en el reciente Compendio de la Doctrina
Social de la Iglesia no deja de meditar el misterio de Cristo, sabe,
con toda la certeza de la fe que la Redención realizada por medio
de la cruz ha devuelto definitivamente al hombre su dignidad y el sentido
de su existencia en el mundo. Familiarizarse con el misterio de la redención
es el modo de alcanzar la zona más profunda del hombre, la de
su corazón, la de su conciencia, la de su vida y Cristo es el
camino de la humanidad a finales del segundo milenio, ya que solamente
en él se encuentra la salvación.
El realismo cristiano ve los abismos del pecado, pero lo hace a la luz
de la esperanza, más grande de todo mal, donada por la acción
redentora de Jesucristo, que ha destruido el pecado y la muerte: En
Él, Dios ha reconciliado al hombre consigo mismo. Cristo, imagen
de Dios es Aquel que ilumina plenamente y lleva a cumplimiento la imagen
y semejanza de Dios en el hombre. La Palabra que se hizo hombre en Jesucristo
es desde siempre la vida y la luz del hombre, luz que ilumina a todo
hombre. Dios quiere en el único mediador, Jesucristo su Hijo,
la salvación de todos los hombres. Jesús es al mismo tiempo
el Hijo de Dios y el nuevo Adán, es decir, el hombre nuevo: Cristo,
el nuevo Adán en la misma revelación del misterio del
Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre
y le descubre la sublimidad de su vocación. En Él, "Dios
nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera
Él el primogénito entre muchos hermanos"
(Rm 8, 29; CDSI No. 121).
En
la muerte de Cristo, en la Cruz, adquiere su máxima seriedad
este modo de comportarse Dios con el hombre; Dios le deja sentir con
toda intensidad lo que fue su culpa. En la Cruz revela Dios al hombre
lo que ha sido y es: un rebelde y condenado a muerte. Dios mismo da
así la interpretación más auténtica del
hombre. El que entienda bien la Cruz de Cristo no puede ya equivocarse
cuando piense en la situación de la Humanidad caída. Dios
mismo la desautoriza y esta desautorización del hombre por parte
de Dios aparece con más luz en la muerte de Cristo: el Hijo del
Padre Eterno es condenado a cruz y muere por el pecador. No es que el
hombre al huir de Dios se condenara a sí mismo a muerte y Dios
se lo dejara ver, sino que se ha despertado en el hombre una inclinación
a la muerte y a matar al rebelarse contra Dios y contra la relación
con Dios, le ha nacido una tendencia a conquistar su gloria rebelándose
contra Dios y matando a sus semejantes. Esta tendencia al crimen logró
su más terrible posibilidad en la muerte decretada contra el
Hijo de Dios hecho hombre. El abismo del pecado alcanza ahí su
última profundidad.
5.-
La Esperanza cristiana centro de la obra de la caridad en Pastoral de
Salud
El
ser humano enfermo y que sufre necesita de Cristo y de su Evangelio,
ya que, a pesar de los progresos técnicos, vive con miedo de
que los frutos de la ciencia y técnica se conviertan en instrumentos
de su destrucción. El Evangelio debe llevarnos a la urgente necesidad
de refundamentar la humanidad con esperanza cristiana.
La
realidad nueva que Jesucristo ofrece no se injerta en la naturaleza
humana, no se le añade desde fuera; por el contrario, es aquella
realidad de comunión con el Dios trinitario hacia la que los
hombres están desde siempre orientados en lo profundo de su ser,
gracias a la semejanza como criaturas de Dios; pero se trata también
de una realidad que los hombres no pueden alcanzar con sus solas fuerzas.
Mediante el Espíritu de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, en
el cual esta realidad de comunión ha sido ya realizada de manera
singular, los hombres son acogidos como hijos de Dios. Por medio de
Cristo, participamos de la naturaleza de Dios, que nos dona infinitamente
más de lo que podemos pedir o pensar. Lo que los hombres ya han
recibido no es sino una prueba o una prenda de lo que obtendrán
completamente sólo en la presencia de Dios, visto "cara
a cara" (1 Co 13, 12), es decir, una prenda de la vida
eterna: Esta es la vida eterna: que te conozcan
a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo
(Jn 17, 3; CDSI No. 122).
Nunca
debemos olvidar lo fundamental de la experiencia cristiana del pecado:
el hecho de que el pecado no es algo aislado, son que nos abre a las
profundidades del perdón divino. Nuestra situación de
pecadores nos lleva a la toma de conciencia del amor de Dios y de su
misericordia y perdón. Nos lleva a la profundidad de la redención.
La visión cristiana del pecado nos refleja una palabra que lo
denuncia al mismo tiempo que lo suprime: el perdón. Así,
trascendiendo toda visión puramente humana, el pecado aparece
en toda su originalidad como compromiso para la conversión y
compromiso con el misterio de la misericordia divina, como llamado al
cambio y la conversión profunda lanzado desde la cruz plantada
en el Gólgota, el primer Viernes Santo: "Todo
esta consumado".
Trabajo
grupal de reflexión:
30 minutos en grupos de 5 personas.
1.-
¿Qué entendemos por pecado? ¿Cómo redescubrir
la noción perdida sobre el pecado con nuestros enfermos y ancianos?
2.-
La enfermedad, el pecado, el sentimiento de culpabilidad son un torbellino
de ansiedad y que causa desolación en el enfermo, ¿de
qué manera iluminamos y apoyamos a nuestros enfermos y ancianos?
3.-
¿Cómo hacer resurgir desde los abismos del pecado la
esperanza de la Redención?
TAREA
PARA REALIZAR EN CASA:
TRABAJO DEL EQUIPO PARROQUIAL DE MECE´s
El
grupo parroquial de MECE´s, unido al grupo de jóvenes de
la parroquia, elaborará un periódico mural catequético,
tomando como fundamento los elementos aportados por la DOCTRINA SOCIAL
DE LA IGLESIA sobre el PECADO PERSONAL Y SOCIAL e incorporando las siguiente
interrogantes:
¿Es
Cristo verdaderamente Dios entre nosotros? ¿Es Cristo, el único
que puede dar sentido a nuestra vida y una respuesta a nuestros problemas
de: soledad, sufrimiento, mal, muerte? ¿Por qué Jesucristo
es realmente el Salvador de la humanidad? ¿De qué nos
ha salvado?
PRÓXIMA REUNIÓN sábado
29 de ABRIL de 2006 a las 10:00 horas
EJERCICIOS
CUARESMALES 2006
Hacer
vida la Redención de Cristo en la práctica de la caridad
cristiana.
Fundamentos para una pastoral de la caridad
Impartidos por MONSEÑOR JORGE PALENCIA
VIERNES
10 de MARZO de 2006
VIERNES 17 de MARZO de 2006
VIERNES 24 de MARZO de 2006
Y VIERNES 31 de MARZO de 2006.
De
las 10:00 a las 13:00 horas, con MISA incluida.
Auditorio Curia del Arzobispado de México
Durango No. 90. (Entrada por la calle de Córdoba) Colonia Roma
Cooperación para material en cada sesión $20.
Informes al teléfono 525208-5805 o 5208-3200 extensión
1902 y 1955
Comisión
Pastoral de Salud