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Vicaría      de Pastoral

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COMISIÓN ARQUIDIOCESANA PASTORAL DE SALUD
ARQUIDIÓCESIS PRIMADA DE MÉXICO

FORMACIÓN CONTINUA 2006 de los MECE y Agentes de Pastoral de Salud

III UNIDAD PASTORAL: AÑO JUBILAR GUADALUPANO — MARZO, 2006

Los fundamentos de la Pastoral Social:
LA PERSONA HUMANA,
el drama del pecado y la respuesta de Dios: La Redención

COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (115 -123)

1.- La raíz de las laceraciones personales y sociales: El Pecado personal y el pecado social

En la Unidad II de nuestro estudio de la Doctrina Social de la Iglesia hemos colocado el fundamento de fe y de la Revelación en la Sagrada Escritura que afirma que: hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, con lo cual entenderemos que nuestro fin último es Dios por medio de la Santidad. Sobre esta realidad de nuestra fe debemos insistir en nuestro ministerio y apostolado con los enfermos y los ancianos, debemos recordar que el enfermo en medio de su enfermedad, sufrimiento y soledad, olvida que está constituido como imagen de Dios: en su ser cuerpo y alma, y en su ser hombre y mujer. Pero nos preguntamos: ¿Si Dios nos hizo también, a su imagen y semejanza, por qué pareciera que todo esto está tan distante o se han ensombrecido en la vida cotidiana? Debemos ahora ver también la otra cara de la moneda: esa imagen, tal como aparece en nuestra experiencia, está empañada por el mal. No sólo el mal físico, sino también el mal moral, todo aquello a lo que llamamos pecado pero, ¿qué entendemos por pecado?

CEC 1868. El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos:
- participando directa y voluntariamente;
- ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos;
- no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo;
- protegiendo a los que hacen el mal.

Cuando hablamos de pecado pensamos en: transgresión. Es la primera y más directa experiencia de pecado que tenemos. Hay pecado allí donde se da una acción contraria a los mandamientos de Dios. Esta noción de pecado nos aporta que hay pecado allí donde se dan hechos contrarios a la voluntad de Dios. Pero si nos centramos en los mandamientos, podemos caer en un legalismo exagerado en el que terminaríamos viendo los preceptos de Dios como injerencias extrañas e injustificables en nuestra propia vida y conciencia. Y si nos fijamos excesivamente en la voluntariedad nos llevaría a incurrir en un subjetivismo en el que la persona se convierte en juez único y absoluto del bien y del mal. Necesitamos ampliar la idea que tenemos de pecado a partir de la relación personal con Dios.

2.- Redescubrir la noción perdida sobre el pecado

CEC 1849. El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como 'una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna' (S. Tomás de A., s. th., 1-2, 71, 6).

CEC 1850. El pecado es una ofensa a Dios: 'Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí' (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse 'como dioses', pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5). El pecado es así 'amor de sí hasta el desprecio de Dios' (S. Agustín, civ, 1, 14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (Cf. Flp 2, 6-9).

Dice San Pablo en su Carta a los cristianos de Roma: "Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna. Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre" (Rm 3, 22-25) Todos los hombres hemos pecado y estamos privados de la gloria de Dios. Son dos realidades que se complementan y afectan a toda la humanidad: el acto concreto y la situación de alejamiento de Dios. ¿Cómo sabe Pablo que todos los hombres están así? La respuesta parecía difícil, pero no es así. San Pablo sabe bien que mediante la Redención en Cristo Jesús, es como podemos tener de nuevo acceso a Dios y ser justos ante Él.

Debemos recordar lo fundamental para nuestra fe: Para obrar la salvación que viene de Dios, Jesús ha tenido que llegar al más absoluto alejamiento de Dios, la cruz y la muerte, porque era allí donde se encontraba la humanidad real. La cruz de Cristo es el lugar desde el que Dios nos ha rescatado para la salvación. Si Jesús es redentor de todos los hombres y su redención ha tenido la forma concreta del perdón de los pecados, entonces es que todos los hombres están necesitados de redención y perdón por parte de Dios. Sólo a partir de la conciencia clara de esta amplitud y grandeza del don de salvación de Dios en Cristo nace la conciencia de la amplitud y grandeza de la situación de pecado previa a este don.

Más adelante, y desde su misma experiencia, Pablo analiza en carne propia la situación del hombre pecador: "El bien que quiero hacer no lo hago: el mal que no quiero hacer, eso es lo que hago. Entonces, si hago precisamente lo que no quiero, señal que no soy yo el que actúa, sino el pecado que llevo dentro. Cuando quiero hacer lo bueno, me encuentro inevitablemente con lo malo en las manos. En mi interior me complazco en la ley de Dios, pero percibo en mi cuerpo un principio diferente que guerrea contra la ley que aprueba mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mi cuerpo. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este ser mío, presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias" (Rm 7, 19-25).

San Pablo describe dramáticamente la lucha interna que sostiene. Apresado por el pecado se ve incapaz de salir de su situación, se encuentra inevitablemente haciendo lo que no quiere, aunque su razón aprueba el bien. Su libertad está necesitada de ayuda para poder superar el poder del pecado que habita en él mismo, por eso agradece haber recibido finalmente esa ayuda de Dios por medio de Jesucristo.

Con esta experiencia de San Pablo, podemos resumir lo dicho en una afirmación: A partir de la salvación dada en Jesucristo podemos afirmar que todos los hombres son pecadores y están necesitados de la unión con Cristo para salir de su situación. Pero si el hombre se encuentra encerrado en el pecado y no puede salir de esa situación, no puede hacer el bien por sí mismo. ¿Será que no es libre? Para responder a esta pregunta tenemos que comprender lo que significa la libertad. Entendemos por libertad, en un primer acercamiento, la capacidad de decisión propia inherente al ser humano. Esta capacidad de decisión está modelada y modulada por dos tipos de condiciones. En primer lugar está la cantidad de opciones posibles que se presentan para elegir, y entendemos que habrá más libertad cuando se puede elegir entre una mayor cantidad de posibilidades. La libertad no sólo se engrandece con la amplitud numérica de sus posibilidades, sino sobre todo con el valor intrínseco de cada decisión.

CEC 1731. La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza.

CEC 1732. Hasta que no llega a encontrarse definitivamente con su bien último que es Dios, la libertad implica la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, y por tanto, de crecer en perfección o de flaquear y pecar. La libertad caracteriza los actos propiamente humanos. Se convierte en fuente de alabanza o de reproche, de mérito o de demérito.

CEC 1733. En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo también más libre. No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a "la esclavitud del pecado" (Cf. Rm 6, 17).

Pongamos ahora estos conceptos a la luz del bien de mayor valor que tiene todo ser humano: la propia vida. En todo momento estamos configurando nuestra existencia, tomando, de forma más o menos consciente, decisiones que afectan a la plasmación concreta de nuestro ser personal en el tiempo. Está la libertad de hacer o capacidad de elegir entre varias opciones y está la libertad de ser o capacidad de configurar la propia existencia. Cuando esta armonía entre los dos tipos de libertad no existe surge: el pecado.

CEC 1739. Libertad y pecado. La libertad del hombre es finita y falible. De hecho el hombre erró. Libremente pecó. Al rechazar el proyecto del amor de Dios, se engañó a sí mismo y se hizo esclavo del pecado. Esta primera alienación engendró una multitud de alienaciones. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, atestigua desgracias y opresiones nacidas del corazón del hombre a consecuencia de un mal uso de la libertad.

CEC 1740. Amenazas para la libertad. El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa. Es falso concebir al hombre sujeto de esa libertad como un individuo autosuficiente que busca la satisfacción de su interés propio en el goce de los bienes terrenales. Por otra parte, las condiciones de orden económico y social, político y cultural requeridas para un justo ejercicio de la libertad son, con demasiada frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes como a los débiles en la tentación de pecar contra la caridad. Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo, rompe la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina.

A esta situación de que el hombre se encuentra como encerrado en sí mismo e incapaz de ir hacia Dios es lo que llamamos pecado original que consiste en el rechazo del don original de Dios que hizo al hombre para la gracia. Si esta oferta de gracia es rechazada por el hombre, no es el hombre el que pueda restaurarla, tendrá que ser Dios el que la renueve y será en la persona de Cristo, se trata de una oferta de gracia, de comunión con de Dios.

La historia entera, no sólo de Israel, sino de toda la humanidad pecadora, es la historia de la preparación a la encarnación de Dios en Cristo. Pero, sin Cristo, todos los seres humanos son desde el primer instante de su existencia, pecadores, en tanto que la lejanía de Dios y la imposibilidad de apertura confiada y radical a él les está vedada a causa del pecado, a esta desarmonía entre los dos tipos de libertad: la libertad de hacer o capacidad de elegir entre varias opciones y está la libertad de ser o capacidad de configurar la propia existencia.

El Drama del Pecado: La admirable visión de la creación del hombre por parte de Dios es inseparable del dramático cuadro del pecado de los orígenes. Con una afirmación el apóstol Pablo sintetiza la narración de la caída del hombre contenida en las primeras páginas de la Biblia: por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte (Rm 5, 12). El hombre, contra la prohibición de Dios, se deja seducir por la serpiente y extiende sus manos al árbol de la vida, cayendo en poder de la muerte. Con este gesto el hombre intenta forzar su límite de criatura, desafiando a Dios, su único Señor y fuente de la vida. Es un pecado de desobediencia que separa al hombre de Dios.

Por la Revelación sabemos que Adán, el primer hombre, transgrediendo el mandamiento de Dios, pierde la santidad y la justicia en que había sido constituido, recibidas no sólo para sí, sino para toda la humanidad: cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído. Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales (CDSI No. 115).

3.- El enfermo y el anciano ante las estructuras del pecado personal y social

La realidad del pecado como situación se pone de manifiesto en los pecados concretos, sean personales como sociales y, son los pecados concretos los que nos llevan a la situación de pecado. Este elemento doctrinal es muy importante de tomar en cuenta para nuestra evangelización con los enfermos y ancianos. Pareciera que en nuestros días existe una tendencia a decir, pensar y predicar, que el pecado ya no toca o incumbe al enfermo. Error, en la enfermedad el pecado se vuelve la cuestión más radical de la imposibilidad de realización humana al margen de Dios. Debemos tener sumo cuidado sobre este punto: enfermedad, pecado, sentimiento de culpabilidad son un torbellino de ansiedad y que causa desolación en el enfermo.

"En la raíz de las laceraciones personales y sociales, que ofenden en modo diverso el valor y la dignidad de la persona humana, se halla una herida en lo íntimo del hombre: "Nosotros, a la luz de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado original que cada uno lleva desde su nacimiento como una herencia recibida de sus progenitores, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de su propia libertad". La consecuencia del pecado, en cuanto acto de separación de Dios, es precisamente la alienación, es decir, la división del hombre no sólo de Dios, sino también de sí mismo, de los demás hombres y del mundo circundante: la ruptura con Dios desemboca dramáticamente en la división entre los hermanos. En la descripción del "primer pecado", la ruptura con Yahveh rompe al mismo tiempo el hilo de la amistad que unía a la familia humana, de tal manera que las páginas siguientes del Génesis nos muestran al hombre y a la mujer como si apuntaran su dedo acusando el uno hacia el otro (cf. Gn 3, 12;); y más adelante el hermano que, hostil a su hermano, termina por arrebatarle la vida (cf. Gn 4, 2-16). Según la narración de los hechos de Babel, la consecuencia del pecado es la desunión de la familia humana, ya iniciada con el primer pecado, y que llega ahora al extremo en su forma social. Reflexionando sobre el misterio del pecado es necesario tener en cuenta esta trágica concatenación de causa y efecto (CDSI No. 116).

Al dirigir nuestra mirada al mundo contemporáneo, constatamos que en él la conciencia del pecado se ha debilitado notablemente, esto incluye a los enfermos y ancianos también. A causa de una difundida indiferencia religiosa, o del rechazo de cuanto la recta razón y la Revelación nos dicen acerca de Dios, muchos hombres y mujeres pierden el sentido de la Alianza de Dios y de sus mandamientos. Además, muy a menudo la responsabilidad humana se ofusca por la pretensión de una libertad absoluta, que se considera amenazada y condicionada por Dios.

El drama de la situación contemporánea, que da la impresión de abandonar algunos valores morales fundamentales, depende en gran parte de la perdida del sentido del pecado. A este respecto, es preciso hacer que la conciencia recupere el sentido de Dios, de su misericordia y de la gratuidad de sus dones, para que pueda reconocer la gravedad del pecado que pone al hombre contra su Creador. Es necesario reconocer y defender como don precioso de Dios la consistencia de la libertad personal, ante la tendencia a disolverla en la cadena de condicionamientos sociales o a separarla de su referencia irrenunciable al Creador.

El misterio del pecado comporta una doble herida, la que el pecador abre en su propio flanco y en su relación con el prójimo. Por ello se puede hablar de pecado personal y social: todo pecado es personal bajo un aspecto; bajo otro aspecto, todo pecado es social, en cuanto tiene también consecuencias sociales. El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona, porque es un acto de libertad de un hombre en particular, y no propiamente de un grupo o de una comunidad, pero a cada pecado se le puede atribuir indiscutiblemente el carácter de pecado social, teniendo en cuenta que en virtud de una solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás. No es legítima y aceptable una acepción del pecado social que lleve a difuminar y casi a cancelar el elemento personal, para admitir sólo culpas y responsabilidades sociales. En el fondo de toda situación de pecado se encuentra siempre la persona que peca (CDSI No. 117).

El pecado personal tiene siempre una dimensión social: el pecador, a la vez que ofende a Dios y se daña a sí mismo, se hace responsable también del mal testimonio y de la influencia negativa de su comportamiento. Incluso cuando el pecado es interior, empeora de alguna manera la condición humana y constituye una disminución de la contribución que todo hombre está llamado a dar al progreso espiritual de la comunidad humana.

No olvidemos que, los pecados de cada uno consolidan las formas de pecado social que son precisamente fruto de la acumulación de muchas culpas personales. Es evidente que las verdaderas responsabilidades siguen correspondiendo a las personas, dado que la estructura social en cuanto tal no es sujeto de actos morales. Es un hecho incontrovertible que la interdependencia de los sistemas sociales, económicos y políticos crea en el mundo actual múltiples estructuras de pecado:

"Así el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de otros, hace reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las estructuras de pecado son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal. En un sentido analógico constituyen un pecado social (CEC n. 1869).

Existe una tremenda fuerza de atracción del mal que lleva a considerar como normales e inevitables muchas actitudes. El mal aumenta y presiona, con efectos devastadores, las conciencias, que quedan desorientadas y ni siquiera son capaces de discernir. Asimismo, al pensar en las estructuras de pecado que frenan el desarrollo de los pueblos menos favorecidos desde el punto de vista económico y político, se siente la tentación de rendirse frente a un mal moral que parece inevitable. Muchas personas se sienten impotentes y desconcertadas frente a una situación que las supera y a la que no ven camino de salida. Pero el anuncio de la victoria de Cristo sobre el mal nos da la certeza de que incluso las estructuras más consolidadas por el mal pueden ser vencidas y sustituidas por estructuras de bien.

La dimensión social del pecado se pone de manifiesto: cuanto más se disgrega la comunión en Cristo, tanto más aumenta la solidaridad en el mal que manifiesta y consolida el pecado. Esto se evidencia principalmente por la actual forma de vida intensamente socializada, que nos sensibiliza más al aspecto social del pecado y a una mayor corresponsabilidad frente al mal del mundo: conflicto de los egoísmos colectivos, inhumanidad en el ejercicio del poder, destrucción de los recursos naturales.

Algunos pecados, además, constituyen, por su objeto mismo, una agresión directa al prójimo. Estos pecados, en particular, se califican como pecados sociales. Es social todo pecado cometido contra la justicia en las relaciones entre persona y persona, entre la persona y la comunidad, y entre la comunidad y la persona. Es social todo pecado contra los derechos de la persona humana, comenzando por el derecho a la vida, incluido el del no nacido, o contra la integridad física de alguien; todo pecado contra la libertad de los demás, especialmente contra la libertad de creer en Dios y de adorarlo; todo pecado contra la dignidad y el honor del prójimo. Es social todo pecado contra el bien común y contra sus exigencias, en toda la amplia esfera de los derechos y deberes de los ciudadanos. En fin, es social el pecado que se refiere a las relaciones entre las distintas comunidades humanas. Estas relaciones no están siempre en sintonía con el designio de Dios, que quiere en el mundo justicia, libertad y paz entre individuos, grupos y pueblos (CDSI No. 118).

Las consecuencias del pecado alimentan las estructuras de pecado. Éstas tienen su raíz en el pecado personal y, por tanto, están siempre relacionadas con actos concretos de las personas, que las originan, las consolidan y las hacen difíciles de eliminar. Es así como se fortalecen, se difunden, se convierten en fuente de otros pecados y condicionan la conducta de los hombres. Se trata de condicionamientos y obstáculos, que duran mucho más que las acciones realizadas en el breve arco de la vida de un individuo y que interfieren también en el proceso del desarrollo de los pueblos, cuyo retraso y lentitud han de ser juzgados también bajo este aspecto. Las acciones y las posturas opuestas a la voluntad de Dios y al bien del prójimo y las estructuras que éstas generan, parecen ser hoy sobre todo dos: el afán de ganancia exclusiva, por una parte; y por otra, la sed de poder, con el propósito de imponer a los demás la propia voluntad. A cada una de estas actitudes podría añadirse, para caracterizarlas aún mejor, la expresión: a cualquier precio (CDSI No. 119).

4.- Desde los abismos del pecado surge la esperanza de la Redención

En muchos enfermos y ancianos, desde los abismo de la desolación, de la culpabilidad por el peso del pecado surgen las preguntas: ¿Es Cristo verdaderamente Dios entre nosotros, es Él el único que puede dar sentido a nuestra vida y una respuesta a nuestros problemas de: soledad, sufrimiento, mal, muerte? ¿Es Jesucristo realmente el "salvador del hombre", el salvador de la humanidad? ¿Puede iluminar las profundidades en que estamos y descifrar ese enigma que somos cada uno de nosotros para nosotros mismos?

Nuestra fe nos permite afirmar con fuerza y solidez: Cristo como el centro del cosmos y de la historia, es el redentor del hombre y del mundo. Por la Encarnación, Dios ha entrado en la historia de la humanidad: "como hombre, se ha hecho sujeto suyo, uno entre millones, a pesar de ser el único. Por la encarnación, Dios le dio a la vida humana la dimensión que quería dar al hombre desde su primer instante y, se la dio de manera definitiva" (Redemptor Hominis n. 1).

Por la Redención de Cristo quedó reanudado en el Hombre el lazo de amistad con Dios que había roto el hombre Adán. Más que ningún otro, el hombre del hoy necesita ser salvado. "El mundo de la nueva época, el mundo de los vuelos cósmicos, el mundo de las conquistas científicas y técnicas jamás alcanzadas hasta ahora es al mismo tiempo un mundo que gime y espera, también él, la liberación" (Redemptor Hominis n. 8).

Jesucristo, el redentor del mundo es aquel que penetró de forma única y singular en el misterio del hombre, entrando en su corazón. En realidad, el misterio del hombre no se ilumina de veras más que en el misterio del Verbo encarnado. Sólo Cristo, concretamente por su muerte en la cruz, revela al hombre el amor infinito que tiene el Padre por él. La Iglesia en el reciente Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia no deja de meditar el misterio de Cristo, sabe, con toda la certeza de la fe que la Redención realizada por medio de la cruz ha devuelto definitivamente al hombre su dignidad y el sentido de su existencia en el mundo. Familiarizarse con el misterio de la redención es el modo de alcanzar la zona más profunda del hombre, la de su corazón, la de su conciencia, la de su vida y Cristo es el camino de la humanidad a finales del segundo milenio, ya que solamente en él se encuentra la salvación.

El realismo cristiano ve los abismos del pecado, pero lo hace a la luz de la esperanza, más grande de todo mal, donada por la acción redentora de Jesucristo, que ha destruido el pecado y la muerte: En Él, Dios ha reconciliado al hombre consigo mismo. Cristo, imagen de Dios es Aquel que ilumina plenamente y lleva a cumplimiento la imagen y semejanza de Dios en el hombre. La Palabra que se hizo hombre en Jesucristo es desde siempre la vida y la luz del hombre, luz que ilumina a todo hombre. Dios quiere en el único mediador, Jesucristo su Hijo, la salvación de todos los hombres. Jesús es al mismo tiempo el Hijo de Dios y el nuevo Adán, es decir, el hombre nuevo: Cristo, el nuevo Adán en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. En Él, "Dios nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos" (Rm 8, 29; CDSI No. 121).

En la muerte de Cristo, en la Cruz, adquiere su máxima seriedad este modo de comportarse Dios con el hombre; Dios le deja sentir con toda intensidad lo que fue su culpa. En la Cruz revela Dios al hombre lo que ha sido y es: un rebelde y condenado a muerte. Dios mismo da así la interpretación más auténtica del hombre. El que entienda bien la Cruz de Cristo no puede ya equivocarse cuando piense en la situación de la Humanidad caída. Dios mismo la desautoriza y esta desautorización del hombre por parte de Dios aparece con más luz en la muerte de Cristo: el Hijo del Padre Eterno es condenado a cruz y muere por el pecador. No es que el hombre al huir de Dios se condenara a sí mismo a muerte y Dios se lo dejara ver, sino que se ha despertado en el hombre una inclinación a la muerte y a matar al rebelarse contra Dios y contra la relación con Dios, le ha nacido una tendencia a conquistar su gloria rebelándose contra Dios y matando a sus semejantes. Esta tendencia al crimen logró su más terrible posibilidad en la muerte decretada contra el Hijo de Dios hecho hombre. El abismo del pecado alcanza ahí su última profundidad.

5.- La Esperanza cristiana centro de la obra de la caridad en Pastoral de Salud

El ser humano enfermo y que sufre necesita de Cristo y de su Evangelio, ya que, a pesar de los progresos técnicos, vive con miedo de que los frutos de la ciencia y técnica se conviertan en instrumentos de su destrucción. El Evangelio debe llevarnos a la urgente necesidad de refundamentar la humanidad con esperanza cristiana.

La realidad nueva que Jesucristo ofrece no se injerta en la naturaleza humana, no se le añade desde fuera; por el contrario, es aquella realidad de comunión con el Dios trinitario hacia la que los hombres están desde siempre orientados en lo profundo de su ser, gracias a la semejanza como criaturas de Dios; pero se trata también de una realidad que los hombres no pueden alcanzar con sus solas fuerzas. Mediante el Espíritu de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, en el cual esta realidad de comunión ha sido ya realizada de manera singular, los hombres son acogidos como hijos de Dios. Por medio de Cristo, participamos de la naturaleza de Dios, que nos dona infinitamente más de lo que podemos pedir o pensar. Lo que los hombres ya han recibido no es sino una prueba o una prenda de lo que obtendrán completamente sólo en la presencia de Dios, visto "cara a cara" (1 Co 13, 12), es decir, una prenda de la vida eterna: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17, 3; CDSI No. 122).

Nunca debemos olvidar lo fundamental de la experiencia cristiana del pecado: el hecho de que el pecado no es algo aislado, son que nos abre a las profundidades del perdón divino. Nuestra situación de pecadores nos lleva a la toma de conciencia del amor de Dios y de su misericordia y perdón. Nos lleva a la profundidad de la redención. La visión cristiana del pecado nos refleja una palabra que lo denuncia al mismo tiempo que lo suprime: el perdón. Así, trascendiendo toda visión puramente humana, el pecado aparece en toda su originalidad como compromiso para la conversión y compromiso con el misterio de la misericordia divina, como llamado al cambio y la conversión profunda lanzado desde la cruz plantada en el Gólgota, el primer Viernes Santo: "Todo esta consumado".

Trabajo grupal de reflexión: 30 minutos en grupos de 5 personas.

1.- ¿Qué entendemos por pecado? ¿Cómo redescubrir la noción perdida sobre el pecado con nuestros enfermos y ancianos?

2.- La enfermedad, el pecado, el sentimiento de culpabilidad son un torbellino de ansiedad y que causa desolación en el enfermo, ¿de qué manera iluminamos y apoyamos a nuestros enfermos y ancianos?

3.- ¿Cómo hacer resurgir desde los abismos del pecado la esperanza de la Redención?

TAREA PARA REALIZAR EN CASA: TRABAJO DEL EQUIPO PARROQUIAL DE MECE´s

El grupo parroquial de MECE´s, unido al grupo de jóvenes de la parroquia, elaborará un periódico mural catequético, tomando como fundamento los elementos aportados por la DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA sobre el PECADO PERSONAL Y SOCIAL e incorporando las siguiente interrogantes:

¿Es Cristo verdaderamente Dios entre nosotros? ¿Es Cristo, el único que puede dar sentido a nuestra vida y una respuesta a nuestros problemas de: soledad, sufrimiento, mal, muerte? ¿Por qué Jesucristo es realmente el Salvador de la humanidad? ¿De qué nos ha salvado?

PRÓXIMA REUNIÓN sábado 29 de ABRIL de 2006 a las 10:00 horas

EJERCICIOS CUARESMALES 2006

Hacer vida la Redención de Cristo en la práctica de la caridad cristiana.
Fundamentos para una pastoral de la caridad

Impartidos por MONSEÑOR JORGE PALENCIA

VIERNES 10 de MARZO de 2006
VIERNES 17 de MARZO de 2006
VIERNES 24 de MARZO de 2006
Y VIERNES 31 de MARZO de 2006.

De las 10:00 a las 13:00 horas, con MISA incluida.
Auditorio Curia del Arzobispado de México
Durango No. 90. (Entrada por la calle de Córdoba) Colonia Roma
Cooperación para material en cada sesión $20.
Informes al teléfono 525208-5805 o 5208-3200 extensión 1902 y 1955

Comisión Pastoral de Salud