COMISIÓN
ARQUIDIOCESANA PASTORAL DE SALUD
ARQUIDIÓCESIS PRIMADA DE MÉXICO
FORMACIÓN
CONTINUA 2006 de los MECE y Agentes de Pastoral de Salud
IV
UNIDAD PASTORAL: AÑO JUBILAR GUADALUPANO ABRIL, 2006
Los
fundamentos de la Pastoral Social:
EL DESIGNIO DEL AMOR DE DIOS
para la humanidad que sufre
COMPENDIO
DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (20-40)
En
la pasada III Unidad de nuestro estudio de la Doctrina Social de la
Iglesia hemos estudiado cómo: esa realidad de que somos: creados
a imagen y semejanza de Dios está
empañada por el mal desde los orígenes, pero
no sólo por el mal físico, sino también el mal
moral, todo aquello a lo que llamamos pecado.
Nunca
debemos olvidar que, la manera en la cual el cristiano experimenta el
pecado no es algo aislado, sino que, nos abre a las profundidades del
perdón divino. Nuestra situación de pecadores nos lleva
a la toma de conciencia del amor de Dios, a su misericordia y a su perdón:
nos lleva a la profundidad de la Redención. La visión
cristiana del pecado nos refleja una palabra, dos aspectos: denuncia
que lo suprime y perdón. Así el pecado aparece al cristiano,
como compromiso para la conversión y compromiso para adentrarnos
en el misterio de la misericordia divina. Esto es lo que intentaremos
realizar en esta IV Unidad de nuestro estudio sobre
la Doctrina Social de la Iglesia, adentrarnos en el designio
del Amor de Dios para una humanidad que sufre y que iluminada por la
Redención de Cristo.
Para
iniciar, nuestro estudio debemos considerar algunas bases que la Revelación
en la Sagrada Escritura nos ha aportado sobre la cercanía de
Dios, que nos permite comprender, el gran Plan de Dios: la Redención,
salvarnos por amor. Podemos mencionar entre las principales características
sobre esta cercanía de Dios, que muchas veces olvidamos, y que
destaca el Nuevo Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia,
las siguientes características:
a)
Don y gratuidad: Cualquier experiencia religiosa auténtica
comporta una intuición del Misterio que, no pocas veces, logra
captar algún rasgo del rostro de Dios. Dios aparece, por una
parte, como origen de lo que es, como presencia que garantiza a los
hombres, socialmente organizados, las condiciones fundamentales de
vida, poniendo a su disposición los bienes necesarios; por
otra parte aparece también como medida de lo que debe ser,
como presencia que interpela la acción humana tanto en el plano
personal como en el plano social, acerca del uso de esos mismos bienes
en la relación con los demás hombres. En toda experiencia
religiosa se revelan como elementos importantes, tanto la dimensión
del don y de la gratuidad, captada como algo que subyace a la experiencia
que la persona humana hace de su existir junto con los demás
en el mundo, como las repercusiones de esta dimensión sobre
la conciencia del hombre, que se siente interpelado a administrar,
y compartir responsablemente el don recibido (Compendio de la Doctrina
Social de la Iglesia No. 20).
b)
Revelación progresiva de Dios como respuesta a la búsqueda
humana de lo divino: Sobre el fondo de la experiencia religiosa universal
se destaca la Revelación que Dios hace progresivamente de Sí
mismo al pueblo de Israel. Esta Revelación responde de un modo
inesperado y sorprendente a la búsqueda humana de lo divino,
gracias a las acciones históricas, puntuales e incisivas, en
las que se manifiesta el amor de Dios por el hombre. La cercanía
gratuita de Dios a la que alude su mismo Nombre, que Él revela
a Moisés, "Yo soy el que soy"
(Ex 3, 14), se manifiesta en la liberación de la esclavitud
y en la promesa, que se convierte en acción histórica,
de la que se origina el proceso de identificación colectiva
del pueblo del Señor, a través de la conquista de la
libertad y de la tierra que Dios le dona (CDSI No. 21).
c)
A la gratuidad del actuar divino, surge el pacto divino - humano,
la Alianza compromiso asumido por el pueblo de Dios. En el monte Sinaí,
la iniciativa de Dios se plasma en la Alianza con su pueblo, al que
da el Decálogo de los mandamientos revelados por el Señor
( Ex 19-24). Los diez mandamientos, que constituyen un extraordinario
camino de vida e indican las condiciones más seguras para una
existencia liberada de la esclavitud del pecado, contienen una expresión
privilegiada de la ley natural. Nos enseñan al mismo tiempo
la verdadera humanidad del hombre. Ponen de relieve los deberes esenciales
y, por tanto indirectamente, los derechos fundamentales inherentes
a la naturaleza de la persona humana. Recordados por Jesús
al joven rico del Evangelio, los diez mandamientos constituyen las
reglas primordiales de toda vida social (CDSI No. 22).
1.-
La cercanía de Dios para quien sufre: el enfermo, el anciano,
el pobre
El
amor humano es un bien inconmensurable, la fuente de vida y de felicidad,
es una chispa divina, un átomo de la vida de la Santísima
Trinidad. En toda la Sagrada Escritura, Dios se presenta como amor:
el origen y la manifestación plena del amor. Dios vive en el
amor y de amor; actúa porque ama; la creación, la Encarnación,
la Redención encuentran su razón última en el amor
divino y Dios comparte con nosotros este amor.
La
historia de la humanidad, con sus momentos tenebrosos, llenos de atrocidades
y perversiones, siempre resulta iluminada por este faro poderoso de
luz: el amor de Dios. La Historia de nuestra Salvación encuentra
su explicación plena en el Dios - Amor; la Redención tiene
su origen en el amor del Padre, es realizada por el amor de Dios, el
amor de su Hijo y es completada por el Espíritu Santo, el amor
personificado en el seno de la Trinidad. Aquí es donde radica
el fundamento sobre la cercanía de Dios, que ilumina transforma
y da sentido al sufrimiento humano.
Todo
cuanto existe en el cosmos es obra de Dios; el universo es una criatura
del Señor. Todo cuanto existe ha sido hecho por Dios, ¿por
qué razón crea el Señor? ¿Por qué
quiere comunicar su existencia al ser humano? La respuesta a estas preguntas
la encontramos en el amor de Dios. El Señor crea porque ama y
quiere que su amor esté cercano a nosotros y transforme nuestra
vida, nuestra realidad por dura que sea.
Dios
es Creador, da el ser y la vida a todo lo que existe. El hombre y la
mujer, creados a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26-27), están
llamados a ser el signo visible y el instrumento eficaz de la gratuidad
divina en el jardín en que Dios los ha puesto como cultivadores
y guardianes de los bienes de la creación (CDS No. 26).
En
el actuar gratuito de Dios Creador se expresa el sentido mismo de la
creación, aunque esté oscurecido y distorsionado por la
experiencia del pecado. La caída de nuestros primeros padres,
desobedecer a Dios significa apartarse de su mirada de amor y querer
administrar por cuenta propia la existencia y el actuar en el mundo.
La ruptura de la relación de comunión con Dios provoca
la ruptura de la unidad interior de la persona humana, de la relación
de comunión entre el hombre y la mujer y de la relación
armoniosa entre los hombres y las demás criaturas. En esta ruptura
originaria debe buscarse la raíz más profunda de todos
los males que acechan a las relaciones sociales entre las personas humanas,
de todas las situaciones que en la vida económica y política
atentan contra la dignidad de la persona, contra la justicia y contra
la solidaridad (CDSI No. 27).
Dios
siempre está cercano, pero en ocasiones, el enfermo, el pobre,
el anciano, no perciben la cercanía de Dios en su realidad de
enfermedad, vejez o pobreza, porque muchas veces el pecado personal
o el pecado social impregna las relaciones humanas, las estructuras
y las situaciones de la vida y atentan contra su dignidad, contra su
integridad frente a la injusticia humana y no favorecen una solidaridad
auténtica. Debemos favorecer el descubrimiento de la cercanía
de Dios en la vida del enfermo, del anciano, del pobre, y así
se restablecerá: la relación de comunión con Dios,
la unidad interior de la persona enferma, pobre, anciana o abandonada
y sanará las rupturas y las heridas producidas por el pecado
personal o social.
2.- Jesucristo cumplimiento del amor de Dios
La
benevolencia y la misericordia, que inspiran el actuar de Dios se vuelven
cercanas al hombre y asumen los rasgos humanos en Jesús, el Verbo
hecho carne. En la narración de San Lucas, Jesús describe
su ministerio mesiánico con las palabras de Isaías que
reclaman el significado profético del jubileo: El
Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido
para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar
la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar
la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del
Señor. Jesús se sitúa, pues, en la línea
del cumplimiento, no sólo porque lleva a cabo lo que había
sido prometido y era esperado por Israel, sino también, en un
sentido más profundo, porque en Él se cumple el evento
decisivo de la historia de Dios con los hombres. Jesús proclama:
El que me ha visto a mí, ha visto al
Padre (Jn 14, 9). Expresado con otras palabras, Jesús
manifiesta tangiblemente y de modo definitivo quién es Dios y
cómo se comporta con los hombres (CDSI No. 28).
El
Padre celestial ama a todos sus hijos y quiere
que todos los hombres consigan la salvación (1Tim
2, 4), puesto que los ama y por esa razón envió a su Hijo
unigénito a la tierra: "Porque
tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para
que quien crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna"
(Jn 3, 16). La muerte de Cristo en la cruz por la humanidad pecadora
constituye la prueba más concreta y elocuente del amor de Dios
a los hombres (Rom 5, 8).
Dios
es amor y ama siempre, su amor no se limita al acto de crear, como hemos
visto anteriormente, sino que se manifiesta continuamente en la existencia
de la humanidad. La historia de la salvación es la revelación
más elocuente y concreta del amor del Señor y constituye
el diálogo más fascinante de amor entre Dios y el hombre.
El amor del Señor ha alcanzado la expresión y la concreción
suprema: Dios amó al mundo hasta tal punto que le dio a su único
Hijo, quien salva a la humanidad herida por el pecado, recogiendo en
la unidad a los hijos dispersos de Dios, dando vida nueva al Pueblo
de Dios con su muerte redentora (Jn 11, 51s).
El
amor que anima el ministerio de Jesús entre los hombres es el
que el Hijo experimenta en la unión íntima con el Padre.
El Nuevo Testamento nos permite penetrar en la experiencia que Jesús
mismo vive y comunica del amor de Dios su Padre, en el corazón
mismo de la vida divina. Jesús anuncia la misericordia liberadora
de Dios en aquellos que encuentra en su camino, comenzando por: los
enfermos, los pobres, los marginados, los pecadores e invita a seguirlo,
porque Él obedece al designio de amor de Dios como su enviado
en el mundo.
La
conciencia que Jesús tiene de ser el Hijo expresa precisamente
esta experiencia originaria. El Hijo ha recibido todo del Padre: Todo
lo que tiene el Padre es mío (Jn 16, 15); Él,
a su vez, tiene la misión de hacer partícipes de este
don y de esta relación filial a todos los hombres: No
os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a
vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi
Padre os lo he dado a conocer (Jn 15, 15).
Reconocer
el amor del Padre significa para Jesús inspirar su acción
en la misma gratuidad y misericordia de Dios, generadoras de vida nueva,
y convertirse así, con su misma existencia, en ejemplo y modelo
para sus discípulos. Estos están llamados a vivir como
Él y, después de su Pascua de muerte y resurrección,
a vivir en Él y de Él, gracias al don sobreabundante del
Espíritu Santo, el Consolador que interioriza en los corazones
el estilo de vida de Cristo mismo (CDSI No. 28).
Todos
nosotros somos amados por el Padre y este amor se concreta en la inhabitación
de la santísima Trinidad en nuestro corazón (Jn 14, 23).
Esta experiencia de sentirse amados por Dios, por Cristo, en el Espíritu
Santo es necesario plantearla a nuestros hermanos enfermos y ancianos
y acompañar su dicha experiencia. La prueba suprema del amor
de Dios: el envío del Hijo al mundo, para que llevara a cabo
la Redención de la humanidad con su muerte en la cruz, muchas
veces queda muy lejana porque la enfermedad y el sufrimiento aíslan
a los enfermos y ancianos del gran amor de Dios. Este amor de Dios que
se concretó en el don de la filiación divina: "Mirad
qué gran amor nos ha dado el Padre al hacer que nos llamemos
hijos de Dios y lo seamos de verdad" (Jn 3, 1), deberá
ser el gran anuncio kerigmático hacia nuestros hermanos que sufren,
iluminando así las tinieblas del dolor, de la soledad y de los
miedos a la muerte física.
El
amor divino debe ser acogido por el enfermo, el anciano y constituir
la fuerza y la energía secretas de sus victorias sobre el mal,
la enfermedad y la muerte. El hermano que sufre, que es pobre, que está
enfermo debe acercarse a la experiencia del amor divino mediante el
don del Espíritu Santo que habita en él, recordemos que
el Espíritu Santo es el consolador: que venda y sana nuestras
heridas. Nuestra tarea apostólica y ministerial es favorecer
dicha experiencia del amor divino en sus vidas, no pensemos, que nosotros
somos lo que hacemos todo, es el amor de Dios que transforma. Siempre
debemos considera el amor de Dios, como el bien supremo de la Iglesia,
que está sobre toda fuerza o poder de este mundo, del pecado,
de la enfermedad y de la muerte (Rom 8, 38s).
3.-
Revelación del amor de Dios benevolente en el enfermo, el anciano,
quien sufre, el pobre
Desde
los textos del Antiguo Testamento surge el amor tierno y benévolo
de Dios que, perdona las infidelidades de Israel, que sana sus heridas
y cura sus enfermedades. Esta actitud divina de amor fiel y misericordioso
se expresa mediante el término hesed,
imposible de traducir a las lenguas modernas, pero que es similar a
varios vocablos nuestros: gracia, amor, misericordia, benevolencia.
El Señor es verdaderamente el Dios de la benevolencia, de la
misericordia (Sal 59, 11.18); todos sus senderos son amor benévolo
y misericordioso que superan los cielos (Sal 36, 6). El Señor
corona con este amor misericordioso incluso al hombre pecador, renovándolo
con su perdón (Sal 103, 3ss). El amor benévolo del Señor
es eterno, sus intervenciones salvíficas encuentran su fuente
y su explicación en este amor benévolo; más aún,
la misma creación es fruto de este hesed
divino.
Dios
ama las cosas creadas, a los hombres, a su pueblo, y de manera especial
a los pequeños, a los enfermos, a los pobres, a los débiles,
son el objeto primero y principal de su amor en su Hijo unigénito:
el Verbo hecho carne. Así lo proclama Dios Padre a la orilla
del Río Jordán, durante el bautismo de Cristo: "Tú
eres mi Hijo amado, mi predilecto" (Mc 1, 11) y en la
cima del Tabor, durante la transfiguración de Jesús "mi
Hijo muy amado" (Mc 9, 7).
Dios
Padre ama al Hijo ya desde la eternidad, por eso lo ha puesto todo bajo
su poder (Jn 3, 35). Este amor único explica la razón
de porqué el Padre muestra al Hijo todo lo que hace. Por otro
lado, Jesús es Hijo obediente, dispuesto a ofrecer su vida para
cumplir la voluntad del Padre; por eso lo ama profundamente el Padre
(Jn 10, 17). Este amor tan fuerte y profundo es semejante al que siente
Jesús por sus amigos (Jn 15, 9). Y éste, debe ser el nuestro
para vivir en nuestro servicio al prójimo pequeño, débil,
enfermo, anciano, pobre y desvalido.
El
testimonio del Nuevo Testamento, con el asombro siempre nuevo de quien
ha quedado deslumbrado por el inefable amor de Dios (Rm 8, 26), capta
en la luz de la revelación plena del Amor trinitario ofrecida
por la Pascua de Jesucristo, el significado último de la Encarnación
del Hijo y de su misión entre los hombres. San Pablo escribe:
Si Dios está por nosotros, ¿quién
contra nosotros? El que no perdonó
ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros,
¿cómo no nos dará con Él gratuítamente
todas las cosas? (Rm 8, 31-32). Un lenguaje semejante usa
también San Juan: En esto consiste el
amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él
nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación
por nuestros pecados (1 Jn 4, 10; CDSI No. 30).
Jesús,
con su persona y con su obra, constituye la manifestación suprema
del amor del Padre a nosotros. Dios no ofrece un signo más elocuente
y más fuerte de su amor ardiente a los hombres pecadores que
este: "Porque tanto amó Dios al
mundo, que le dio a su Hijo único" (Jn 3, 16).
El Verbo Encarnado constituye la manifestación suprema de la
caridad inmensa de Dios Padre a la humanidad necesitada de redención
y de salvación. Este amor debe ser presentado a nuestros enfermos
y ancianos, la persona de Cristo: don magnífico del amor de Dios
que llega a iluminar y a enriquecer la vida del enfermo, del anciano,
de quien sufre, del pobre, de nuestros hermanos sumergidos en las tinieblas
del pecado, las adicciones, la depresión, la inseguridad e incertidumbre
de la vida.
El
Rostro de Dios revelado progresivamente en la Historia de la Salvación,
resplandece plenamente en el Rostro de Jesucristo Crucificado y Resucitado.
Dios es Trinidad. Padre, Hijo y Espíritu Sonto, realmente distintos
y realmente uno, porque son comunión infinita de amor. El amor
gratuito de Dios por la humanidad se revela, ante todo, como amor del
Padre, de quien todo proviene; como comunicación gratuita que
el Hijo hace de este amor, volviéndose a entregar al Padre y
entregándose a los hombres; como fecundidad siempre nueva del
amor divino que el Espíritu Santo infunde en el corazón
de los hombres (Rm 5, 5).
Con
las palabras y con las obras, con su muerte y resurrección, Jesucristo
revela a la humanidad que Dios es Padre y que todos estamos llamados
por gracia, a hacernos hijos suyos en el Espíritu y por tanto
hermanos y hermanas entre nosotros. Por esta razón la Iglesia
cree firmemente que la clave, el centro y el fin de toda la historia
humana se halla en su Señor y Maestro (CDSI No. 31).
El
Apóstol San Juan en su primera carta sintetiza los dos aspectos
de la revelación del amor del Padre en el envío del Hijo
y en el sacrificio del Calvario: "En esto
se ha manifestado el amor de Dios por nosotros: en que ha mandado a
su Hijo único al mundo para que nosotros vivamos por Él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino
en que Dios nos ha amado a nosotros y ha enviado a su Hijo como víctima
expiatoria por nuestros pecados" (Jn 4, 9s). Somos hijos
y hermanos pero, ¿vivimos de tal manera en el mundo? ¿Somos
conscientes de que el centro y fin de nuestra vida es Jesús el
Señor y Maestro?, ¿vivimos en comunión con Cristo,
que ha expiado nuestro pecados, con su Santa Muerte y Gloriosa Resurrección?
¿Comprendemos todo esto a la luz del inmenso amor de Dios?
Estas
son preguntas que pueden utilizarse en nuestro servicio y ministerio
hacia nuestros enfermos, ancianos, los débiles, los pobres. Debemos
siempre tener una alusión a la muerte Redentora de Cristo en
nuestro servicio y ministerio, así como también ser los
primeros en expresar nuestra fe en el Hijo de Dios que nos purifica
de todo pecado con su sangre (Jn 1, 7; Rom 3, 25). Debemos siempre vivir
y proclamar en nuestra vida y en nuestras obras el amor inmenso y fuerte
de Dios a su Hijo, manifestado en su triunfo sobre la muerte, el mal
y el pecado, en el esplendor y la gloria de su Santa Resurrección.
Teniendo en cuenta estos dos elementos básicos, podremos iluminar
y llenar de esperanza, las vidas sumergidas en la desesperación,
las tinieblas del miedo y encadenadas al sufrimiento y la muerte sin
sentido cristiano.
4.-
La persona humana del enfermo en el designio del amor de Dios
Contemplando
la gratuidad y la sobreabundancia del don divino del Hijo por parte
del Padre, que Jesús ha enseñado y atestiguado ofreciendo
su vida por nosotros, el Apóstol Juan capta el sentido profundo
y la consecuencia más lógica de esta ofrenda: Queridos,
si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos
amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos
unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros
a su plenitud (1 Jn 4, 11-12). La reciprocidad del amor es
exigida por el mandamiento que Jesús define nuevo y suyo: como
yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a
los otros (Jn 13,34). El mandamiento del amor recíproco
traza el camino para vivir en Cristo la vida trinitaria en la Iglesia,
Cuerpo de Cristo, y transformar con Él la historia hasta su plenitud
en la Jerusalén celeste (CDSI No. 32).
Cristo
es la manifestación perfecta de la caridad divina del Padre;
en realidad Él amó de forma profunda y concreta, como
solamente un hombre de corazón puro y un verdadero Dios podía
amar. Para nosotros aquí está el modelo a seguir en nuestro
trato y servicio a quienes sufren, están enfermos, son pobres,
están abandonados, están débiles y necesitan más
que consuelo o bienes, necesitan amor, pero amor al estilo y manera
de Dios.
El
mandamiento del amor recíproco, que constituye la ley de vida
del pueblo de Dios, debe inspirar, purificar y elevar todas las relaciones
humanas en la vida social y política: Humanidad significa llamada
a la comunión interpersonal, porque la imagen y semejanza del
Dios trino son la raíz de todo el "ethos"
humano... cuyo vértice es el mandamiento del amor. El moderno
fenómeno cultural, social, económico y político
de la interdependencia, que intensifica y hace particularmente evidentes
los vínculos que unen a la familia humana, pone de relieve una
vez más, a la luz de la Revelación, un nuevo modelo de
unidad del género humano, en el cual debe inspirarse en última
instancia la solidaridad. Este supremo modelo de unidad, reflejo de
la vida íntima de Dios, Uno en tres personas, es lo que los cristianos
expresamos con la palabra "comunión"
(CDSI No. 33).
5.-
La Salvación de Cristo cercana en quien sufre y está enfermo
La
revelación cristiana proyecta una luz nueva sobre la identidad,
la vocación y el destino último de la persona y del género
humano. La persona humana ha sido creada por Dios, amada y salvada en
Jesucristo, y se realiza entretejiendo múltiples relaciones de
amor, de justicia y de solidaridad con las demás personas, mientras
va desarrollando su multiforme actividad en el mundo. El actuar humano,
cuando tiende a promover la dignidad y la vocación integral de
la persona, la calidad de sus condiciones de existencia, el encuentro
y la solidaridad de los pueblos y de las Naciones, es conforme al designio
de Dios, que no deja nunca de mostrar su Amor y su Providencia para
con sus hijos (CDSI No. 35).
"El hombre salvado por Cristo, no sólo
recibe la remisión de los pecados, sino que además es
elevado a una nueva vida. El que está en Cristo, es una nueva
creación; pasó lo viejo, todo es nuevo"
(2 Cor 5, 17). El fruto de la Redención - Salvación, realizada
por Cristo es precisamente esta 'novedad de vida': 'Despojaos
del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo,
que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto
(de Dios), según la imagen de su Creador'
(Col 3, 9-10). 'El hombre viejo' es 'el hombre del pecado'. 'El hombre
nuevo' es el que gracias a Cristo encuentra de nuevo en sí la
original 'imagen y semejanza' de su Creador.
"Despojaos,
en cuanto a vuestra vida interior, del hombre viejo que se corrompe
siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu
de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según
Dios, en la justicia y santidad de la verdad"
(Ef 4, 22-24). "En efecto, hechura suya
somos: creados en Cristo Jesús, en orden a la buenas obras que
de antemano dispuso Dios que practicáramos" (Ef
2, 10). La Salvación - Redención es la nueva creación
en Cristo. Ella es el don de Dios, la gracia, y al mismo tiempo lleva
en sí una llamada dirigida al hombre.
La salvación que, por iniciativa de Dios Padre, se ofrece en
Jesucristo y se actualiza y difunde por obra del Espíritu Santo,
es salvación para todos los hombres y de todo el hombre es salvación
universal e integral. Concierne a la persona humana en todas sus dimensiones
personal y social, espiritual y corpórea, histórica y
trascendente. Comienza a realizarse ya en la historia, porque lo creado
es bueno y querido por Dios y porque el Hijo de Dios se ha hecho uno
de nosotros. Pero su cumplimiento tendrá lugar en el futuro que
Dios nos reserva, cuando junto con toda la creación (Rm 8), seremos
llamados a participar en la resurrección de Cristo y en la comunión
eterna de vida con el Padre, en el gozo del Espíritu Santo. Esta
perspectiva indica precisamente el error y el engaño de las visiones
puramente inmanentistas del sentido de la historia y de las pretensiones
de auto - salvación del hombre (CDSI No. 38).
En nuestro ministerio con los enfermos y ancianos, cuán importante
es tener bien en claro la dimensión trascendente de nuestra existencia,
es decir, nuestra meta final en la vida, el cielo; pues el fenómeno
inmanentista tan fuertemente presente en la cultura actual, puede nublar
esta realidad y sumergir a muchos enfermos y ancianos en la tristeza,
la depresión, que les impide aceptar la fuerza y la acción
de la Redención en nuestras vidas.
La salvación que Dios ofrece a sus hijos requiere su libre respuesta
y adhesión. En eso consiste la fe, por la cual el hombre se entrega
entera y libremente a Dios, respondiendo al Amor precedente y sobreabundante
de Dios con el amor concreto a los hermanos y con firme esperanza, "pues
fiel es Dios el autor de la Promesa" (Hb 10, 23). El
plan divino de salvación no coloca a la criatura humana en un
estado de mera pasividad o de minoría de edad respecto a su Creador,
porque la relación con Dios, que Jesucristo nos manifiesta y
en la cual nos introduce gratuitamente por obra del Espíritu
Santo, es una relación de filiación: la misma que Jesús
vive con respecto al Padre (cfr. Jn 15-17; CDSI No. 39).
El
hombre debe cooperar en la obra de salvación y, especialmente
el enfermo y el anciano sumergido en el dolor y la enfermedad deben
cooperar a lo que Dios ha realizado en él por medio de Cristo.
Es verdad que 'habéis sido salvados
por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que
es don de Dios' (Ef 2, 8). El hombre nunca puede atribuir
a sí mismo la salvación, la liberación, la liberación
salvífica es don de Dios en Cristo. Pero al mismo tiempo tiene
que ver en este don una fuerza y energía incesante para transformar
su existencia mucha veces sumergida en las tinieblas del mal, de la
enfermedad, de la desesperanza y dar así sentido a su sufrimiento.
La
salvación comporta un profundo conocimiento de cómo Dios
en la cruz de Cristo y en la resurrección redentora nos ha regenerado
completamente, no sólo en lo externo, sino integralmente. Es
importante remarcar que: la redención realizada por Cristo, que
obra con la potencia del Espíritu de verdad, tiene una dimensión
personal, que concierne a cada hombre en su realidad concreta y al mismo
tiempo tiene una dimensión social, y comunitaria. Aquí
radica la fuente que anima nuestra acción de caridad y de servicio
al prójimo, en la persona del enfermo, del anciano y de sus familiares,
su entorno.
En
nuestro ministerio y apostolado con los enfermos, ancianos, los que
sufren, los abandonados, los débiles, los pobres, siempre mostremos
el esplendor de la Redención, la reconciliación de todos
con Dios por medio de Cristo, que contiene implícitamente una
reconciliación de todos entre sí, es decir, la dimensión
comunitaria de la Redención y esto será la semilla para
crear una fraternidad entre los que sufren y los que los acompañan,
quienes están con miedo y angustia y quienes los consuelan, quienes
están heridos y quienes los curan.
La
universalidad e integridad de la salvación ofrecida en Jesucristo,
hacen inseparable el nexo entre la relación que la persona está
llamada a tener con Dios y la responsabilidad frente al prójimo,
en cada situación histórica concreta.
En
el corazón de la persona humana se entrelazan indisolublemente
la relación con Dios, reconocido como Creador y Padre, fuente
y cumplimiento de la vida y de la salvación, y la apertura al
amor concreto hacia el hombre, que debe ser tratado como otro yo, aun
cuando sea un enemigo (cf. Mt 5, 43-44). En esta dimensión interior
del hombre radica, en definitiva, el compromiso por la justicia y la
solidaridad, para la edificación de una vida social, económica
y política conforme al designio de Dios (CDSI No. 40).
Trabajo
grupal de reflexión:
30 minutos en grupos de 5 personas.
1.-
¿Cuáles son las principales características de
la cercanía de Dios, que menciona el Nuevo Compendio de la
Doctrina Social de la Iglesia? ¿Para qué nos sirve conocer
estas características?
2.-
¿Por qué razón crea el Señor? ¿Por
qué quiere comunicar su existencia, su amor al ser humano,
especialmente al ser humano que sufre, que está enfermo, que
está anciano, que es débil?
3.-
¿Al vivir en este mundo, somos conscientes de que el centro
y fin de nuestra vida es Jesús el Señor y Maestro, cumplimiento
supremo del amor de Dios?
4.-
¿Vivimos en comunión con Cristo, que ha expiado nuestro
pecados, con su Santa Muerte y Gloriosa Resurrección? ¿Lo
comprendemos todo esto a la luz del inmenso amor de Dios?
TAREA PARA REALIZAR EN CASA: TRABAJO
PERSONAL
Cada
quién prepare pequeñas tarjetas sobre el tema de la CERCANÍA
DEL AMOR DE DIOS MANIFESTADO EN LA PERSONA DE JESUCRISTO Y EN SU REDENCIÓN.
Este material se podrá repartir entre sus enfermos, ancianos
y sus familiares, para iniciar una provechosa plática de catequesis
sobre este tema.
PRÓXIMA
REUNIÓN sábado 20 de MAYO de 2006 a las 10:00 horas
Comisión
Pastoral de Salud