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Vicaría      de Pastoral

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COMISIÓN ARQUIDIOCESANA PASTORAL DE SALUD
ARQUIDIÓCESIS PRIMADA DE MÉXICO

FORMACIÓN CONTINUA 2006 de los MECE y Agentes de Pastoral de Salud

V UNIDAD PASTORAL: AÑO JUBILAR GUADALUPANO — MAYO, 2006

Los fundamentos de la Pastoral Social:
EL DESIGNIO DE DIOS Y LA MISIÓN DE LA IGLESIA
en el mundo de la salud

COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (49-71)

En las unidades pasadas de nuestro estudio de la Doctrina Social de la Iglesia hemos profundizado, temas tan importantes como: creados a imagen y semejanza de Dios, el mal ha empañado nuestra relación original con Dios, Cristo ha restaurado con su Redención nuestra naturaleza humana. Ahora nos toca en esta unidad profundizar cómo el Reino de Dios es anunciado por la Iglesia y cómo la Iglesia es custodia de la persona humana, comunicando y anunciado la salvación realizada por Jesucristo.

1.- Nosotros, la Iglesia, discípulos de Cristo al servicio de la persona humana que sufre

La Iglesia, comunidad de los que son convocados por Jesucristo Resucitado y lo siguen, es signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana. La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano. Su misión es anunciar y comunicar la salvación realizada en Jesucristo, que Él llama Reino de Dios (Mc 1, 15), es decir la comunión con Dios y entre los hombres. El fin de la salvación, el Reino de Dios, incluye a todos los hombres y se realizará plenamente más allá de la historia, en Dios. La Iglesia ha recibido la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino (CDSI No. 49).

A la luz de esta enseñanza del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, debemos ver esta dimensión de la Iglesia como Sacramento de Salvación y su Misión específica de anunciar el Reino de Dios, debe estar presente en nuestro trabajo apostólico y ministerial con enfermos y ancianos y su entorno (sus familiares, el medio hospitalario, el asilo, los médicos, las enfermeras etc.).

La Iglesia se pone concretamente al servicio del Reino de Dios, ante todo anunciando y comunicando el Evangelio de la salvación y constituyendo nuevas comunidades cristianas. Además, sirve al Reino difundiendo en el mundo los "valores evangélicos", que son expresión de ese Reino y ayudan a los hombres a escoger el designio de Dios. Es verdad, pues, que la realidad incipiente del Reino puede hallarse también fuera de los confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que ésta viva los valores evangélicos y esté abierta a la acción del Espíritu, que sopla donde y como quiere; pero esta dimensión temporal del Reino es incompleta si no está en coordinación con el Reino de Cristo, presente en la Iglesia y en tensión hacia la plenitud escatológica. De ahí deriva, que la Iglesia no se confunda con la comunidad política y no esté ligada a ningún sistema político. Efectivamente, la comunidad política y la Iglesia, en su propio campo, son independientes y autónomas, aunque ambas estén al servicio de la vocación personal y social del hombre. Más aún, se puede afirmar que la distinción entre religión y política y el principio de la libertad religiosa —que gozan de una gran importancia en el plano histórico y cultural— constituyen una conquista específica del cristianismo (CDSI No. 50).

En continuidad con la Misión de Jesús, la acción evangelizadora de la Iglesia consiste en anunciar el Reino de Dios, un anuncio que no es sólo verbal, sino ante todo real y testimonial. La Iglesia entera está orientada hacia el anuncio del Reino de Dios, es su centro, es la presencia soberana y accesible de Dios que viene en la persona de Jesucristo hasta nosotros y, es fuente de salvación integral y de vida eterna para quienes le acogen en su corazón por medio de una fe plena y viva.

Por eso, nunca debemos de olvidar en nuestro ministerio o apostolado con los enfermos y ancianos que el fin primordial de la evangelización no puede ser otro que el de ayudar a los hombres que sufren, que están enfermos o ancianos, a aceptar en su vida la relación justa con el Dios de la gracia, viviendo en este mundo y en su situación de enfermedad o vejez, la verdad de la salvación eterna presente en sus vidas y la apertura a la esperanza de la vida eterna. El corazón del hombre enfermo o anciano busca de una o de otra manera y necesita respuestas definitivas para las que ha sido creado. Es preciso buscar el lenguaje, el modo y la presencia adecuados para poder proclamar este anuncio sobre el Reino de Dios, de manera convincente y fraterna, en medio del dolor y sufrimiento y restituir el valor de la persona en los enfermos y ancianos. Lo que importante es que el anuncio del Reino sea siempre el mismo que Jesucristo vino a traernos en nombre de su Padre.

A la identidad y misión de la Iglesia en el mundo, según el proyecto de Dios realizado en Cristo, corresponde una finalidad escatológica y de salvación, que sólo en el futuro se podrá alcanzar plenamente. Precisamente por esto, la Iglesia ofrece una contribución original e insustituible con el cuidado que la impulsa a hacer más humana la familia de los hombres y a ponerse como defensora contra toda tentación totalitaria, mostrando al hombre su vocación integral y definitiva. Con la predicación del Evangelio, la gracia de los sacramentos y la experiencia de la comunión fraterna, la Iglesia cura y eleva la dignidad de la persona, consolida la firmeza de la sociedad y concede a la actividad diaria de la humanidad un sentido y una significación mucho más profundos (CDSI No. 51).

Este parece ser un asunto pastoral y ministerial, especialmente importante en el momento en que vivimos. Acercarse fraternalmente al enfermo, al anciano, considerando la dignidad que su persona tiene, debemos acercarnos a su mundo para anunciarle la salvación de Dios y no lo que nosotros pensamos que les va a gustar oír, o solamente conceptos o principios vacíos. Necesitamos ser capaces de hablar de Dios, desde nuestra experiencia personal de fe, compartirla. Ayudando con nuestra fe personal, al crecimiento de la fe de nuestros enfermos, ancianos, y sus familiares, lograremos más coherencia entre su vida y su fe, será más vigorosa, más consciente y más personal. Debemos utilizar experiencias vivas que cultiven la fe con la fuerza y la energía vital, tal como están contenidos en los relatos y en la doctrina del Evangelio y de los escritos apostólicos. La palabra clave que atraviesa toda la palabra de Dios es conversión = cambio de vida, despojarnos de lo que nos es Dios para revestirnos de Cristo.

2.- La Iglesia, el Reino de Dios y la renovación de la relaciones sociales en el mundo de la salud

Dios, en Cristo, no redime solamente a la persona individualmente, sino también las relaciones sociales entre los hombres. Como enseña el apóstol Pablo, la vida en Cristo hace brotar de forma plena y nueva la identidad y la sociabilidad de la persona humana. Las comunidades eclesiales, convocadas por el mensaje de Jesucristo y reunidas en el Espíritu Santo en torno a Jesucristo resucitado se proponen como lugares de comunión, de testimonio y de misión y como fermento de Redención y de transformación de las relaciones sociales. La predicación del Evangelio de Jesús induce a los discípulos a anticipar el futuro renovando las relaciones recíprocas (CDSI No. 52).

Anunciar el Reino de Dios no es sólo hablar de él, es también vivirlo, hacerlo ya verdad en nuestra vida por obra del amor y en virtud de la esperanza. Creer en Dios es vivir en comunión con El, y vivir en comunión vital con un Dios de gracia que nos perdona los pecados y nos da la vida eterna; es vivir con Cristo la fraternidad e ir transformando nuestras relaciones sociales, con el fermento de la Redención. Las relaciones humanas y sociales, así transformadas son el anticipo del Reino, de la vida eterna, de la resurrección y son palabras vibrantes y verdaderas que iluminan el mundo de la salud (familia, hospital, asilo etc.) como verdadero anuncio del Dios de la vida.

La transformación de las relaciones sociales, según las exigencias del Reino de Dios, no está establecida de una vez por todas, en sus determinaciones concretas. Se trata, más bien, de una tarea confiada a la comunidad cristiana, que la debe elaborar y realizar a través de la ref1exión y la práctica inspiradas en el Evangelio. Es el mismo Espíritu del Señor, que conduce al pueblo de Dios y a la vez llena el universo, el que inspira, en cada momento, soluciones nuevas y actuales a la creatividad responsable de los hombres, a la comunidad de los cristianos inserta en el mundo y en la historia y por ello abierta al diálogo con todas las personas de buena voluntad, en la búsqueda común de los gérmenes de verdad y de libertad diseminados en el vasto campo de la humanidad (CDSI No. 53).

Jesucristo nos revela que Dios es amor (I Jn 4,8) y nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, y de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles. Esta ley está llamada a convertirse en medida y regla última de todas las dinámicas conforme a las que se desarrollan las relaciones humanas (CDSI No. 54).

Debemos entender la riqueza de la misión de Cristo como el principio de una nueva humanidad, fundada sobre el mandamiento nuevo del amor, Jesucristo ha venido a hacerlo todo nuevo. Jesús vino al mundo para evangelizar, para anunciar un mensaje nuevo: "El Reino de Dios está cerca" (Marcos, 1, 15): Dios entra en la vida de los hombres como una realidad viva y misteriosa que les comunica la verdadera salvación. El Reino de Dios es el mismo Jesucristo, puesto que El es, en su propia humanidad, la presencia, la reconciliación y el amor de Dios ofrecido a todos los hombres, y es en El donde la humanidad, herida por el pecado, recibe del Padre la victoria y la glorificación definitiva de la resurrección. Jesucristo resucitado es el núcleo del Reino de Dios, de la Nueva Humanidad y de la Nueva Creación que ha de ir reuniéndose y configurándose en torno a su cuerpo y a su humanidad glorificada, que transformará el mundo (Cfr. Romanos, 8).

La transformación del mundo se presenta también como una instancia fundamental de nuestro tiempo. A esta exigencia, la doctrina social de la Iglesia quiere ofrecer las respuestas que los signos de los tiempos reclaman, indicando ante todo en el amor recíproco entre los hombres, bajo la mirada de Dios, el instrumento más potente de cambio, a nivel personal y social. El amor recíproco, en efecto, en la participación del amor infinito de Dios, es el auténtico fin, histórico y trascendente, de la humanidad. Por tanto, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios (CDSI No. 55).

El anuncio que Jesús encomienda a sus Apóstoles sobre el amor recíproco es el mensaje central que posteriormente la Iglesia proclama al mundo la soberanía absoluta del Dios vivo. Este Dios viviente y soberano se ha entregado y se hace accesible a los hombres como amor y como gracia en su Hijo Jesucristo. Por Él, Dios nos reconcilia consigo perdonándonos los pecados, nos hace triunfar sobre la muerte, nos libera de los poderes de este mundo haciéndonos hijos suyos mediante la comunicación de su vida inmortal y de su Espíritu (Cfr. 2 Corintios, 5).

La Iglesia entera, al acoger este mensaje, vive en el mundo como comunidad de creyentes convocada por Cristo, animada por la esperanza de encontrarse con El y participar de su victoria sobre la muerte. Es necesario recordar los rasgos esenciales del mensaje cristiano que en la actualidad se olvidan con frecuencia y deben ser especialmente tenidos en cuenta por cuantos se dedican a la atención de los enfermos y ancianos.

a) La salvación viene de Dios que nos ha destinado desde siempre para que compartamos su vida eterna.

b) La salvación es antes que nada don de Dios que debe ser recibido con reconocimiento y alegría.

c) Dios nos ofrece esta salvación en el mismo Jesús y en su manifestación gloriosa que aún guardamos.

d) Dios quiere que nuestra vida de cada día, personal y social, sea ya sobre la tierra anticipo, testimonio y crecimiento de la salvación definitiva.

Ninguno de estos elementos puede ser negado o quedar en la penumbra a la hora de presentar fielmente la salvación cristiana a nuestro enfermos y ancianos.


La promesa de Dios y la resurrección de Jesucristo suscitan en los cristianos la esperanza fundada que para todas las personas humanas está preparada una morada nueva y eterna, una tierra en la que habita la justicia (cf. 2 Co 5, 1-2; 2 P 3, 13). Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resucitarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas que Dios creó pensando en el hombre. Esta esperanza, en vez de debilitar, debe más bien estimular la solicitud en el trabajo relativo a la realidad presente (CDSI No. 56).

Los bienes, como la dignidad del hombre, la fraternidad y la libertad, todos los frutos buenos de la naturaleza y de nuestra laboriosidad, difundidos por la tierra en el Espíritu del Señor y según su precepto, purificados de toda mancha, iluminados y transfigurados, pertenecen al Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz que Cristo entregará al Padre y donde nosotros los volveremos a encontrar. Entonces resonarán para todos, con toda su solemne verdad, las palabras de Cristo: Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme ... en verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis (Mt 25, 34-36.40). (CDSI No. 57).

A partir de esta fe y de esta inicial transformación, el cristiano puede y debe reconocer un nuevo estilo de vida desde dentro del corazón, por obra del Espíritu. Aquí radica la novedad y la fuerza del Cristianismo. Por esta razón los cristianos podemos y debemos trabajar con los demás hombres para la permanente transformación del mundo. Nuestra aportación específica no nace de ninguna ideología de este mundo, ni puede tampoco limitarse a los objetivos o a la disciplina de ninguna institución política. Nosotros ofrecemos el testimonio de la fuerza del Dios vivo que nos salva y que nos hace capaces de vivir ya desde ahora el ideal de vida reconciliada y fraterna que esperamos.

La realización plena de la persona humana, actuada en Cristo gracias al don del Espíritu, madura ya en la historia y está mediada por las relaciones de la persona con las otras personas, relaciones que, a su vez, alcanzan su perfección gracias al esfuerzo encaminado a mejorar el mundo, en la justicia y en la paz. El actuar humano en la historia es de por si significativo y eficaz para la instauración definitiva del Reino, aunque éste no deja de ser don de Dios, plenamente trascendente.

Al conformarse con Cristo Redentor, el hombre se percibe como criatura querida por Dios y eternamente elegida por Él, llamada a la gracia y a la gloria, en toda la plenitud del misterio del que se ha vuelto partícipe en Jesucristo. La configuración con Cristo y la contemplación de su rostro infunden en el cristiano un anhelo por anticipar en este mundo, en el ámbito de las relaciones humanas, lo que será realidad en el definitivo, ocupándose en dar de comer, de beber, de vestir, una casa, el cuidado, la acogida y la compañía al Señor que llama a la puerta (cf. Mt 25, 35-37). (CDSI No. 58).

3.- María Santísima , Modelo del designio de Dios y Modelo de acompañamiento de quien sufre o esta en necesidad

No es fácil hablar hoy de Dios. En nuestro mundo hay fuertes fermentos de ateísmo y de indiferencia religiosa. Paradójicamente, el hombre moderno se siente tentado de ateísmo y agnosticismo, tanto por la excesiva admiración de sí mismo como por el sentimiento de frustración y el escepticismo que le produce la experiencia de sus propios fracasos. De la unión de estos factores nace un espíritu desconfiado, pragmático, amigo de disfrutar del mundo y de la vida, sin poner la confianza en Dios ni en su providencia que no se ven al alcance de la mano, ni se puedan disfrutar aquí y ahora de manera inmediata. Este espíritu, ampliamente difundido entre nosotros es más propenso a la incredulidad que a la fe, al pragmatismo que a la esperanza, al egoísmo que al amor y a la generosidad. Aquí debemos mostrar el modelo que nos ofrece María Santísima, de fe, esperanza y confianza en Dios

Heredera de la esperanza de los justos de Israel y primera entre los discípulos de Jesucristo, es María, su Madre. Ella, con su "si" (fiat) al designio de amor de Dios, en nombre de toda la humanidad, acoge en la historia al enviado del Padre, al Salvador de los hombres: en el canto del Magnificat proclama el advenimiento del Misterio de la Salvación, la venida del Mesías de los pobres (cf. Is 1 1, 4; 61, 1). Acogiendo los sentimientos del corazón de María, de la profundidad de su fe, expresada en las palabras del Magnificat, los discípulos de Cristo estamos llamados a renovar la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, que, cantado en el Magnificat, se encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús. María, totalmente unida al amor de Dios y toda orientada hacia Él con el impulso de su fe es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos (CDSI No. 59).

4.- Nuestra Misión fecundar y fermentar el mundo de la salud con el Evangelio

La Iglesia de Jesús, portadora de esperanza, en sus relaciones con la sociedad, con el mundo y especialmente con los no creyentes, en el mundo de la salud, ha de ser promotora de diálogo y de mutuo respeto tratando de descubrir los planes de Dios, por encima de los errores, conflictos y malentendidos que se puedan dar a causa de las limitaciones de nuestra condición humana.

La Iglesia, partícipe de los gozos y de las esperanzas, de las angustias y de las tristezas de los hombres, es solidaria con cada hombre y cada mujer, de cualquier lugar y tiempo, y les lleva la alegre noticia del Reino de Dios, que con Jesucristo ha venido y viene en medio de ellos. En la humanidad y en el mundo, la Iglesia es el sacramento del amor de Dios y, por ello, de la esperanza más grande, que activa y sostiene todo proyecto y empeño de auténtica liberación y promoción humana. La Iglesia es entre los hombres la tienda del encuentro con Dios: la morada de Dios con los hombres (Ap. 21, 3), de modo que el hombre no está solo, perdido o temeroso en su esfuerzo por humanizar el mundo, sino que encuentra apoyo en el amor redentor de Cristo. La Iglesia es servidora de la salvación no en abstracto o en sentido meramente espiritual, sino en el contexto de la historia y del mundo en que el hombre vive, donde lo encuentra el amor de Dios y la vocación de corresponder al proyecto divino (CDSI No. 60).

La Evangelización en el mundo de la Salud, requiere un esfuerzo positivo para presentar los misterios de Dios y de nuestra salvación de manera que resulten comprensibles y despierten el interés a todos los hombres y mujeres del mundo. Es preciso, cuidar de no alterar ni omitir los contenidos fundamentales de la Revelación y de la Fe tal como son interpretados y vividos auténticamente por la Iglesia. La correlación que en el diálogo evangelizador y pastoral en el mundo de la salud (hospitales, asilos, centros de investigación) se establece entre el mensaje que se quiere anunciar y los factores sociales y culturales, no puede hacerse de tal manera que la soberanía de Dios y sus promesas queden sometidas a la primacía de las expectativas o preferencias de una cultura médica o científica determinada. Lo contrario daría la prioridad a la cultura del mundo de la salud sobre la fe quedando ésta convertida en un subproducto de la cultura médica o científica dominante.

Único e irrepetible en su individualidad, todo hombre es un ser abierto a la relación con los demás en la sociedad. El convivir en la red de nexos que aúna entre sí individuos, familias y grupos intermedios, en relaciones de encuentro, de comunicación y de intercambio, asegura una mejor calidad de vida. El bien común, que los hombres buscan y consiguen formando la comunidad social, es garantía del bien personal, familiar y asociativo. Por estas razones se origina y se configura la sociedad, con sus ordenaciones estructurales, es decir, políticas, económicas, jurídicas y culturales. Al hombre insertado en la compleja trama de relaciones de la sociedad moderna , la Iglesia se dirige con su doctrina social. Con la experiencia que tiene de la humanidad, la Iglesia puede comprenderlo en su vocación y en sus aspiraciones, en sus limites y en sus dificultades, en sus derechos y en sus tareas, y tiene para él una palabra de vida que resuena en las vicisitudes históricas y sociales de la existencia humana (CDSI No. 61).

5.- La promoción humana en la Pastoral de Salud : dignificación de la persona del enfermo, del anciano, del pobre

La Iglesia tiene como misión primordial el anuncio del nombre de Dios y de su Reino en el mundo y específicamente en el mundo de la salud (hospitales, asilos, centros de investigación etc.). Fecundando y fermentando la sociedad con el Evangelio y dignificando la persona del enfermo, del anciano y del pobre. Pero, ¿cómo hemos de desempeñar hoy la misión que Cristo nos ha encomendado? La respuesta a esta pregunta nos obliga a recordar algunos aspectos del ser de la Iglesia que han de ser especialmente tenidos en cuenta hoy por todos los que estamos en ella y queremos participar en su vida y misión.

Con su Enseñanza Social, la Iglesia quiere anunciar y actualizar el Evangelio en la compleja red de las relaciones sociales. No se trata simplemente de alcanzar al hombre en la sociedad el hombre como destinatario del anuncio evangélico, sino de fecundar y fermentar la sociedad misma con el Evangelio. Cuidar del hombre significa, velar también por la sociedad en su solicitud misionera y salvífica. Por esta razón, la Iglesia no es indiferente a todo lo que en la sociedad se decide, se produce y se vive, a la calidad moral, es decir, auténticamente humana y humanizante de la vida social. (CDSI No. 62).

Con su doctrina social, la Iglesia se hace cargo del anuncio que el Señor le ha confiado. Actualiza en los acontecimientos históricos el mensaje de liberación y redención de Cristo, el Evangelio del Reino. La Iglesia, anunciando el Evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina. En cuanto Evangelio que resuena mediante la Iglesia en el hoy del hombre, la doctrina social es palabra que libera. Esto significa que posee la eficacia de verdad y de gracia del Espíritu de Dios, que penetra los corazones, disponiéndolos a cultivar pensamientos y proyectos de amor, de justicia, de libertad y de paz. Evangelizar el ámbito social significa infundir en el corazón de los hombres la carga de significado y de liberación del Evangelio, para promover así una sociedad a medida del hombre en cuanto que es a medida de Cristo: es construir una ciudad del hombre más humana porque es más conforme al Reino de Dios (CDSI No. 63).

La Iglesia es depositaria y transmisora de la fe. Los cristianos recibimos el don de la fe y de la gracia al incorporarnos por el bautismo a esta comunidad de creyentes que es la Iglesia. Este don está llamado a desplegar libremente en cada uno de nosotros y especialmente en nuestros enfermos y ancianos, las capacidades de la vida nueva en Cristo y de nuestra comunicación con Dios, como Padre, producida por el don de su Espíritu.

La Iglesia, con su doctrina social, no sólo no se aleja de la propia misión, sino que es estrictamente fiel a ella. La redención realizada por Cristo y confiada a la misión salvífica de la Iglesia es ciertamente de orden sobrenatural. Esta dimensión no es expresión limitativa, sino integral de la salvación. Lo sobrenatural no debe ser concebido como una entidad o un espacio que comienza donde termina lo natural, sino como la elevación de éste, de tal manera que nada del orden de la creación y de lo humano es extraño o queda excluido del orden sobrenatural y teologal de la fe y de la gracia, sino más bien es en él reconocido, asumido y elevado (CDSI No. 64).

Nuestra fe, por muy personal que sea, para ser verdaderamente sobrenatural, teologal y salvadora, ha de ser participación viva de la Iglesia. Es preciso que caigamos en la cuenta de la naturaleza esencialmente eclesial de nuestra fe personal desarrollando el conocimiento y la estima de la Iglesia como fuente y matriz permanente de la fe. En ella y por ella la recibimos; por medio de ella nos llega la asistencia de Dios y de Cristo para mantenernos en la auténtica fe apostólica. Este es reto para nuestra Evangelización hacia los enfermos y ancianos

La Redención comienza con la Encarnación, con la que el Hijo de Dios asume todo lo humano, excepto el pecado, según la solidaridad instituida por la divina Sabiduría creadora, y todo lo alcanza en su don de Amor redentor. El hombre recibe este Amor en la totalidad de su ser: corporal y espiritual, en relación solidaria con los demás. Todo el hombre no un alma separada o un ser cerrado en su individualidad, sino la persona y la sociedad de las personas está implicado en la dimensión salvífica del Evangelio. Portadora del mensaje de Encarnación y de Redención del Evangelio, la Iglesia no puede recorrer otra vía: con su doctrina social y con la acción eficaz que de ella deriva, no sólo no diluye su rostro y su misión, sino que es fiel a Cristo y se revela a los hombres como sacramento universal de salvación. Lo cual es particularmente cierto en una época como la nuestra, caracterizada por una creciente interdependencia y por una globalización de las cuestiones sociales (CDSI No. 65).

Lo más profundo de la vida de la Iglesia y del cristiano enfermo y anciano es compartir el amor de Dios. Los cristianos, en la medida en que han vivido en el misterio de comunión con el amor de Dios y de Cristo, se han sentido enviados al mundo, solidarios con los sufrimientos y las esperanzas de los más pobres, de los enfermos de los ancianos y necesitados, responsables de alguna manera, juntamente con Cristo, de la liberación y salvación de todos, por lo tantos tenemos dos características muy específicas de la Doctrina Social de la Iglesia que podemos aplicar a nuestro ministerio y apostolado hacia los enfermos, los ancianos, los pobres:

a) La Doctrina social de la Iglesia es parte integrante del ministerio de evangelización de la Iglesia. Todo lo que atañe a la comunidad de los hombres: situaciones y problemas relacionados con la justicia, la liberación, el desarrollo, las relaciones entre los pueblos, la paz, la vida, la salud, no es ajeno a la evangelización; ésta no sería completa si no tuviese en cuenta la mutua conexión que se presenta constantemente entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre. Entre evangelización y promoción humana existen vínculos profundos (CDSI No. 66).

b) La Doctrina social de la Iglesia tiene de por sí el valor de un instrumento de evangelización y se desarrolla en el encuentro siempre renovado entre el mensaje evangélico y la historia humana. No estamos en presencia de un interés o de una acción marginal, que se añade a la misión de la Iglesia, sino en el corazón mismo de su ministerialidad: anuncia a Dios y su misterio de salvación en Cristo a todo hombre. Es éste un ministerio que procede, no sólo del anuncio, sino también del testimonio (CDSI No. 67).

Todo lo que es y cuanto hay en la Iglesia, Revelación, Doctrina, Tradición, ministerios, Sacramentos, carismas, comunión y fraternidad, está ordenado al bien de los hombres y de la sociedad entera. Al anunciar el Reino, tenemos que hacerlo ya realidad entre nosotros y con todos los hombres, especialmente con los más pobres, los enfermos, los necesitados y necesitados, de manera que aparezcan los signos reales de la presencia del amor y de los dones de Dios como invitación a la fe, estímulo para la esperanza, anticipo de la paz y de la felicidad eterna que Dios ha preparado para todos. Presentamos tres líneas de acción muy específicas de la Doctrina social de la Iglesia dirigidas a la recta transformación del mundo:

1.- Con su doctrina social la Iglesia se propone ayudar al hombre en el camino de la salvación: se trata de su fin primordial y único. Esta misión configura el derecho y el deber de la Iglesia a elaborar una doctrina social propia y a renovar con ella la sociedad y sus estructuras, mediante las responsabilidades y las tareas que esta doctrina suscita (CDSI No. 69).

2.- La Iglesia tiene el derecho de ser para el hombre maestra de la verdad de fe; no sólo de la verdad del dogma, sino también de la verdad moral que brota de la misma naturaleza humana y del Evangelio. El anuncio del Evangelio, en efecto, no es sólo para escucharlo, sino también para ponerlo en práctica (CDSI No. 70).

3.- Este derecho es al mismo tiempo un deber, porque la Iglesia….recorrer todas las vías de la evangelización; no sólo aquellas que atañen a las conciencias individuales, sino también aquellas que se refieren a las instituciones públicas: por un lado no se debe reducir erróneamente el hecho religioso a la esfera meramente privada, por otro lado no se puede orientar el mensaje cristiano hacia una salvación puramente ultraterrena, incapaz de iluminar su presencia en la tierra. Es tarea de la Iglesia anunciar siempre y en todas partes los principios morales acerca del orden social, así como pronunciar un juicio sobre cualquier realidad humana, en cuanto lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas (CDSI No. 71).

Trabajo grupal de reflexión: 30 minutos en grupos de 5 personas.

1.- ¿ Cómo defender la integridad y la dignidad de la persona de nuestros enfermos y ancianos?

2.- ¿Cómo debemos, fecundar y fermentar el mundo de la salud (hospitales, asilos, familiares de enfermos y ancianos, médicos, enfermeras) con el Evangelio, desde nuestro apostolado y ministerio con los enfermos y ancianos?

3.- ¿Cómo hacer vida en nuestro ministerio y apostolado con los enfermos y ancianos, las tres líneas de acción muy específicas de la Doctrina social de la Iglesia dirigidas a la recta transformación del mundo?

TAREA PARA REALIZAR EN CASA: TRABAJO GRUPAL

Elaborar con ayuda de las personas que laboran en el dispensario parroquial, y de los miembros de la comunidad parroquial que visitan y asisten enfermos y ancianos, un mural sobre los elementos más importantes de esta unidad: EL REINO DE DIOS Y LA MISIÓN DE LA IGLESIA en el mundo de la salud.

PRÓXIMA REUNIÓN sábado 17 de JUNIO de 2006 a las 10:00 horas

Comisión Pastoral de Salud