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Vicaría      de Pastoral

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COMISIÓN ARQUIDIOCESANA PASTORAL DE SALUD
ARQUIDIÓCESIS PRIMADA DE MÉXICO

FORMACIÓN CONTINUA 2006 de los MECE y Agentes de Pastoral de Salud

VII UNIDAD PASTORAL: AÑO JUBILAR GUADALUPANO — JULIO, 2006

Los fundamentos de la Pastoral Social:
LOS DERECHOS HUMANOS DE LA PERSONA ENFERMA Y ANCIANA
Recopilado por Monseñor Jorge Palencia

COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (152-159)

En esta VII Unidad de nuestro estudio sobre la Doctrina Social de la Iglesia estudiaremos los derechos humanos de los enfermos y ancianos. En la unidad anterior profundizamos como la Iglesia es custodia y un signo de salvaguarda de la persona humana. Debemos pues profundizar de que manera los derechos humanos de reciente aparición (1948) en el campo social y político, tienen nexos con la dignidad de la persona humana que Dios otorga a cada ser humano.

El Evangelio de Juan tiene una frase que puede resumir todo lo que son los derechos humanos: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Juan 10, 10). Dios es el Dios de la vida, y Jesucristo vino para dárnosla en plenitud. Sólo de El podemos tener esa vida total en la justicia y el amor. En nuestro contexto cultural en nuestra Patria, el "movimiento por los derechos humanos" equivale a un "movimiento por la vida humana"; ya que hoy más que nunca la vida es recortada, oprimida, y aniquilada. Es conveniente ver o descubrir la voluntad de Dios y cuál es la vocación que nos ha dado para transformar las realidades temporales.

Un amplio sector de opinión pública reconoce que la Iglesia es firme defensora de los derechos humanos. Ya S.S. Juan XXIII en su encíclica "Pacem in terris" (1963), asume los derechos enunciados en la Declaración Universal de la ONU (1948) y destaca, también, "los deberes humanos"; sólo cuando entendamos que los derechos del otro son deberes nuestros, estamos respondiendo al espíritu y a la intencionalidad profunda y al espíritu de la Declaración Universal. En 1983, la Santa Sede publicó "La Carta de los Derechos de la Familia" que contienen los derechos de la persona, expresados como derechos del individuo, con una dimensión social fundada en la familia.

1.- El Valor de los derechos humanos

El movimiento hacia la identificación y la proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana. La Iglesia ve en estos derechos la extraordinaria ocasión que nuestro tiempo ofrece para que, mediante su consolidación, la dignidad humana sea reconocida más eficazmente y promovida universalmente como característica impresa por Dios Creador en su criatura. El Magisterio de la Iglesia no ha dejado de evaluar positivamente la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, que Juan Pablo II ha definido como: una señal en el camino del progreso moral de la humanidad (CDSI No. 152).

La raíz de los derechos del hombre se debe buscar en la dignidad que pertenece a todo ser humano. Esta dignidad, connatural a la vida humana e igual en toda persona, se descubre y se comprende, ante todo, con la razón. El fundamento natural de los derechos aparece más sólido si, a la luz de la fe, se considera que la dignidad humana, después de haber sido otorgada por Dios y herida profundamente por el pecado, fue asumida y redimida por Jesucristo mediante su encarnación, muerte y resurrección (CDSI No. 153).

Aplicando esta enseñanza sobre los derechos humanos debemos siempre:

a) Colocar los llamados "derechos humanos" ante el esplendor de la dignidad de la persona humana, que nos aporta la revelación bíblica: hombre y mujer han sido creados a imagen de Dios (Gén 1, 27). La capacidad de pensar y decidir por su cuenta confiere a las personas una dignidad y unos derechos fundamentales que tienen algo de divino; de ahí su singularidad y responsabilidad en el conjunto de la creación.

b) Acercarnos al Evangelio de Cristo sobre Dios que ama gratuitamente a todos sin discriminaciones y hace suya la causa de los más débiles, proclama que todos hemos nacido para vivir como hijos de Dios y para convivir como hermanos. Según esta fe, la dignidad y los derechos de las personas deben ser interpretados en toda su verdad e integridad. Ni siquiera los enemigos quedan excluidos del amor y atención a sus derechos como personas (Mt 5, 44).

c) Asumir, hacer vida, la buena noticia de Evangelio: Dios quiere la vida plena para todos, nuestra naturaleza herida por el pecado ha sido asumida y redimida por Cristo, posibilitándonos que amemos a Dios y al prójimo, como a nosotros mismos, que gocemos de la verdadera libertad, y que descubramos en los demás la imagen del Creador, tratando de vivir solidariamente procurando rehabilitar a los más indefensos, los enfermos, los ancianos, los pobres, los no nacidos.

Nunca olvidemos que la creación es un dinamismo en desarrollo: el Creador acompaña siempre a su obra, pero actúa mediante la intervención libre de las personas. Creemos que en ese amor eficaz de Dios "nos movemos, existimos y actuamos", y que nuestra historia es lugar de acción del Espíritu Santo. Pero el auténtico desarrollo sólo se garantiza procurando la vida de todas las criaturas. Por lo tanto no sería digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y de los pueblos.

Para un desarrollo integral no es suficiente un desarrollo económico si no se toman en cuenta las demás dimensiones de la persona. Sólo tomando conciencia de pertenecer al universo como miembros de la única familia humana, y tratando de vivir y actuar coherentemente, nuestro desarrollo nos humaniza; pasamos de la interdependencia que hoy se impone, a la solidaridad que hoy se anhela. Sólo desde estos sentimientos y en este clima de solidaridad, tendrá lugar el desarrollo integral que promueve a todos los seres humanos, sin distinción.

La fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador. Estos derechos son universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto:

1.- Universales, porque están presentes en todos los seres humanos, sin excepción alguna de tiempo, de lugar o de sujeto.

2.- Inviolables, en cuanto inherentes a la persona humana y a su dignidad y porque sería vano proclamar los derechos, si al mismo tiempo no se realizase todo esfuerzo para que sea debidamente asegurado su respeto por parte de todos, en todas partes y con referencia a quien sea.

3.- Inalienables porque nadie puede privar legítimamente de estos derechos a uno sólo de sus semejantes, sea quien sea, porque sería ir contra su propia naturaleza (CDSI No. 153).

Los derechos del hombre exigen ser tutelados en su totalidad: una protección parcial de ellos equivaldría a una especie de falta de reconocimiento. Estos derechos corresponden a las exigencias de la dignidad humana y comportan, en primer lugar, la satisfacción de las necesidades esenciales—materiales y espirituales de la persona:

a) tales derechos se refieren a todas las fases de la vida y en cualquier contexto político, social, económico o cultural.

b) Son un conjunto unitario orientado decididamente a la promoción de cada uno de los aspectos dei bien de la persona y de la sociedad. La promoción integral de todas las categorías de los derechos humanos es la verdadera garantía del pleno respeto por cada uno de los derechos.

c) Universalidad e indivisibilidad son las líneas distintivas de los derechos humanos: son dos principios guía que exigen siempre la necesidad de arraigar los derechos humanos en las diversas culturas, así como de profundizar en su dimensión jurídica con el fin de asegurar su pleno respeto (CDSI No. 154).

En nuestro ministerio y apostolado hacia los enfermos y ancianos, quien ha experimentado la cercanía benevolente del "Padre misericordioso" en sí mismo y en todas las personas humanas, puede amar gratuitamente al prójimo.

Ese amor implica en nuestro ministerio sacrificio y entrega total: "si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese así mismo, tome su cruz y sígame" (Mc 8, 34). A veces queremos ser hijos de Dios y hermanos sin cruz; pero el Crucificado muestra que el verdadero amor tiene sus exigencias: "el grano de trigo sólo da fruto cuando cae en tierra y muere" (Jn 12, 24). A la ideología actual de dominación y manipulación, que hace imposible un desarrollo integral de todas las personas y de los pueblos, el evangelio de Jesús propone: "la civilización del amor", una locura para muchos, pero buena noticia y sabiduría para quien ha entendido que la fuerza de Dios se manifiesta en quien se dispone a compartir cuanto es y tiene con los demás (Mt 5, 3).

2.- Los derechos del Enfermo y del anciano

Las enseñanzas de Juan XXIII, del Concilio Vaticano II, de Pablo VI han ofrecido amplias indicaciones acerca de la concepción de los derechos humanos delineada por el Magisterio. Juan Pablo II ha trazado una lista de ellos en la encíclica "Centesimus annus":

1.- El derecho a la vida, del que forma parte integrante el derecho del hijo a crecer bajo el corazón de la madre después de haber sido concebido;

2.- el derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad;

3.- el derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda y el conocimiento de la verdad;

4.- el derecho a participar en el trabajo para valorar los bienes de la tierra y recabar el sustento propio y de los seres queridos;

5.- el derecho a fundar libremente una familia, a acoger y educar a los hijos, haciendo uso responsable de la propia sexualidad.

6.- el derecho a vivir en la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona (CDSI No. 155).

El primer derecho enunciado en este elenco es el derecho a la vida, desde su concepción hasta su conclusión natural, que condiciona el ejercicio de cualquier otro derecho y comporta, en particular, la ilicitud de toda forma de atentado con la vida propia y ajena. La vida del hombre es una cosa sagrada, un don de Dios (Is 42), que da la muerte y da la vida (Dt 32, 39). Por eso, Dios toma bajo su protección la vida del hombre y prohibe el homicidio (Gn 9, ss). Constituye un derecho fundamental de la persona el derecho a mantener y la existencia o a la vida Y a este derecho corresponde el deber de conservarla. Este derecho se oponen el homicidio, el asesinato, secuestro, el aborto directamente provocado, la eutanasia, el genocidio, etc.

Inseparablemente unido al tema de los derechos se encuentra el relativo a los deberes del hombre. Frecuentemente se recuerda la recíproca complementariedad entre derechos y deberes, indisolublemente unidos, en primer lugar en la persona humana que es su sujeto titular. Este vínculo presenta también una dimensión social: En la sociedad humana, a un determinado derecho natural de cada hombre corresponde en los demás el deber de reconocerlo y respetarlo. El Magisterio subraya la contradicción existente en una afirmación de los derechos que no prevea una correlativa responsabilidad: Por tanto, quienes al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemejan a los que derriban con una mano lo que con la otra construyen (CDSI No. 156).

El anhelo por defender y promover los derechos humanos a favor de nuestro hermanos enfermos y ancianos son "signos del Espíritu", que mantienen viva la esperanza cristiana. Tenemos los cristianos el gran modelo de Jesús quien, totalmente comprometido en llevar a cabo el proyecto del Padre, fue capaz de vivir y morir por amor.

Para respetar y proteger la dignidad de los enfermos y ancianos debemos:

1.- Asegurar que los cuidados médicos necesarios.

2.- Proporcionar un acceso equitativo a los cuidados médicos a todas las personas enfermas o ancianas.

3.- Garantizar que los familiares y amigos acompañen al enfermo y al anciano.

4.- Garantizar el desarrollo y mejoramiento de los estándares de calidad en los cuidados del enfermo.

5.- Asegurar que la persona en fase terminal o moribunda recibirá un adecuado tratamiento del dolor y cuidados paliativos.

6.- Garantizar que los profesionales sanitarios reciban formación para proporcionar una asistencia médica, de enfermería y psicológica a cualquier enfermo.

7.- Crear e impulsar centros de investigación, enseñanza y capacitación en los campos de la medicina y los cuidados paliativos, así como en tanatología interdisciplinar.

8.- Dar eficacia al derecho de la persona en fase terminal o moribunda a una información veraz y completa, pero proporcionada con compasión, sobre su estado de salud.

9.- Hacer posible que el enfermo terminal o la persona moribunda pueda se asistida espiritual y sacramentalmente.

10.- Sobre todo siempre debemos respetar y custodiar la sacralidad de la vida humana y la dignidad como persona, concedida por Dios a cada enfermos y anciano

El hombre de hoy cada día adquiere una conciencia más clara de los derechos y deberes fundamentales de toda persona enferma y ancianos, y lucha para que estos principios, que son originariamente cristianos, cristalicen en unas leyes más justas y más adecuadas a su dignidad. Pero no está todo hecho con la promulgación de un ordenamiento jurídico más justo y más perfecto. Cada persona humana debe fomentar un mayor respeto hacia sus semejantes, que, en lenguaje evangélico, consiste en considerar al prójimo como otro yo, no como a un ser extraño; el espíritu cristiano lleva a la realización perfecta de la persona humana por la entrega generosa al tú, convencido por la fe sobrenatural que en ese tú encuentra al mismo Cristo Salvador, porque "cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).

Nunca olvidemos que el ser humano, especialmente el enfermo o el anciano, es una persona dotada de inteligencia y de libertad; en este carácter personal radica su dignidad; y ésta exige un trato adecuado, de modo que si alguien lo lesiona está afrentando el mismo ser o naturaleza del hombre.

La doctrina de los derechos del hombre busca precisamente salvaguardar el núcleo del ser humano en sus relaciones con los demás. Desde la perspectiva cristiana, el planteamiento es más hondo y trascendente: El hombre ha sido creado por Dios a imagen suya; es un ser que participa de la inteligencia y de la libertad divinas; tiene un alma espiritual e inmortal; ha sido redimido del pecado por Cristo y elevado a la condición de hijo de Dios; está llamado a participar de la intimidad de la vida de Dios en el cielo.

Por lo tanto, el planteamiento cristiano sobre los derechos humanos exige, en los individuos y en el Estado, un comportamiento que no lesione esa naturaleza humana y sobrenatural que todo hombre ha recibido de Dios. Cuando se violenta esta esfera íntima del hombre, no sólo se afrenta a éste, sino que también se ofende a Dios como Creador y como Salvador.

"El hombre tiene un alma espiritual e inmortal; es una persona, dotada por el Creador con un cuerpo y un espíritu, un verdadero "microcosmos", como decían los antiguos, es decir, un pequeño mundo, que excede en valor con mucho a todo el inmenso mundo inanimado. Dios sólo es su último fin, en esta vida y en la otra; la gracia santificante lo eleva al grado de hijo de Dios y lo incorpora al Reino de Dios en el Cuerpo místico de Cristo. Además, Dios lo ha dotado con múltiples y variadas prerrogativas: derecho a la vida, a la integridad del cuerpo, a los medios necesarios para la existencia; derecho de tender a su último fin por el camino trazado por Dios" (Pío XI, Divini Redemptoris).

A la luz de las verdades reveladas y del estado actual de la civilización, el Magisterio de la Iglesia ha esbozado unas algunas características de los derechos humanos fundamentales de la persona humana y especialmente del enfermo y del anciano:

1.- Los derechos humanos fundamentales del enfermo y anciano no consisten simplemente en unas ideas o en unos deseos más o menos asequibles; se trata de verdaderos derechos existentes e íntimamente ligados a la naturaleza humana, especialmente el derecho a la vida y a la integridad corporal recibidos de Dios.

2.- Los derechos fundamentales del enfermo y anciano son sagrados, porque responden al plan de Dios, que dotó al hombre de alma racional y le creó a imagen y semejanza suya. Todo hombre redimido por Cristo, disfruta de la misma vocación y de idéntico destino sobrenatural.

3.- Los derechos fundamentales de la persona enferma y anciana son inviolables, por cuanto que no quedan anulados aunque alguien impida por la fuerza el ejercicio de los mismos. Esta condición de inviolabilidad les viene de estar fundamentados en la naturaleza y en los deberes morales propios de todo ser humano. Es un deber esencial de toda autoridad civil proteger y promover los derechos inviolables del hombre.

4.- El enfermo o anciano no puede renunciar a los derechos fundamentales, porque no puede eximirse de los deberes y de las responsabilidades morales en los que se fundamentan los derechos originarios. Así nadie puede disponer de la vida de nadie, ni solicitar que sea asistido para un suicidio o eutanasia.

5.- No hay ley humana que pueda garantizar la totalidad de la dignidad personal y la libertad del hombre enfermo o anciano, como lo realiza el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. El Evangelio anuncia y proclama:

  • la libertad de los hijos de Dios;
  • rechaza todas las esclavitudes, que derivan, en última instancia, del pecado;
  • respeta la dignidad de la recta conciencia y su libre decisión;
  • todo talento humano debe redundar en servicio de Dios y en bien de la humanidad;
  • y encomienda a todos a la caridad de todos (cf. Mt 22, 39).

La Iglesia en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos. Debe sin embargo, lograrse que este movimiento quede imbuido del espíritu evangélico y garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha la tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina.

3.- La distancia entre la letra y la realidad, el drama de nuestra realidad mexicana

Cuanto más nos entreguemos a la causa de mejorar nuestra convivencia en amor y justicia, defendiendo y promoviendo los derechos humanos de nuestros hermanos enfermos y ancianos, más confiadamente nos abrimos hacia el porvenir y se fragua en nuestro tiempo la futura plenitud de: los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad y los frutos excelentes de nuestro esfuerzo, anticipando el momento cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal, reino de justicia, de amor y de vida; el reino que está misteriosamente presente en nuestra tierra, cuando venga el Señor, y se consumará en perfección. Debemos trabajar por la transformación de este mundo nuestro, por nuestra patria, México, convencidos de que todo lo que hagamos con amor ya no cae en el vacío, es hoy "dar razón de nuestra esperanza futura" (1 Pe 3, 15).

Existe desgraciadamente una distancia entre la letra y el espíritu de los derechos del hombre a los que se ha tributado frecuentemente un respeto puramente formal. La Doctrina Social de la Iglesia considerando el privilegio que el Evangelio concede a los pobres, a los enfermos, a los débiles, no cesa de confirmar que los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor libertad sus bienes al servicio de los demás. Una afirmación excesiva de igualdad puede dar lugar a un individualismo donde cada uno reivindique sus derechos sin querer hacerse responsable del bien común (CDSI No. 158).

El resucitado está presente donde la vida lucha contra la muerte: "Y él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquél que murió y resucitó por ellos" (2 Corintios 5, 15). La resurrección cristiana es el triunfo definitivo sobre la muerte. El destino de cada cristiano es el destino de Jesús. No se trata sólo del triunfo en la otra vida, sino del triunfo de la vida sobre la muerte ya, desde ahora, en nuestro mundo e historia. La resurrección se vive y se hace presente donde la vida lucha contra la muerte, donde se lucha y hasta se muere para evitar la muerte o las causas de la muerte con los medios que estén a nuestro alcance. Jesús es la plenitud de la resurrección porque es la plenitud de la vida. Creer en Jesús resucitado es comprometerse por la lucha en favor de la vida, por una vida más humana, con sus derechos, más plena, más feliz.

Los que luchan en favor de la vida y contra la muerte, en México, son los que actúan en favor de todo lo que actuó Jesús. Jesús sirvió a la humanidad gestando salvación. La Iglesia, continuadora de Jesús, debe tener esta única suprema misión. Hay aspectos de la existencia humana en que la acción de salvación es más inmediatamente necesaria. Las circunstancias históricas son las que deciden: los enfermos, loa ancianos, los pobres, los débiles, los privados de los derechos más elementales correspondientes a la dignidad humana, ellos son quienes aquí y ahora deben ser los destinatarios de nuestra misión concreta.

El compromiso pastoral de la Iglesia tiene una doble dirección: el anuncio del fundamento cristiano de los derechos del hombre y la denuncia de las violaciones de estos derechos. En todo caso, el anuncio es siempre más importante que la denuncia, y esta no puede prescindir de aquél, que le brinda su verdadera consistencia y la fuerza de su motivación más alta. La Iglesia confía sobre todo en la ayuda del Señor y de su Espíritu que, derramado en los corazones, es la garantía más segura para el respeto de la justicia y de los derechos humanos y, por tanto, para contribuir a la paz: promover la justicia y la paz, hacer penetrar la luz y el fermento evangélico en todos los campos de la vida social; a ello se ha dedicado constantemente la Iglesia siguiendo el mandato de su Señor (CDSI No. 159).

Trabajo grupal de reflexión: 30 minutos en grupos de 5 personas.

Somos conscientes de que las cosas no cambian como nos gustaría y que los esfuerzos por transformar la sociedad en justicia con frecuencia resultan estériles. Pero nuestra esperanza cristiana se apoya en Dios encarnado que actúa en la evolución de la historia y en el dinamismo de nuestra realidad social. El anhelo por defender y promover los derechos humanos de los enfermos y los ancianos son "signos del Espíritu", que mantienen viva nuestra esperanza. En todo caso el gran signo que tenemos los cristianos es la conducta de Jesús quien, totalmente comprometido en llevar a cabo el proyecto del Padre, fue capaz de vivir y morir por amor a los demás.

1.- En los umbrales del Tercer Milenio debemos plantearnos el siguiente interrogante: ¿Qué responsabilidad tienen los cristianos en relación a los males de nuestro tiempo? ¿Qué parte de responsabilidad debemos reconocer frente a la desbordante irreligiosidad, por no haber manifestado el genuino rostro de Dios a causa de los defectos de su vida religiosa, moral y social?

2.- ¿ Cuáles son las características de los derechos humanos fundamentales de la persona humana y especialmente del enfermo y del anciano? (ver página 5).

3.- ¿Cómo debemos enfocar nuestros esfuerzos para defender los derechos de los enfermos y los ancianos?

TAREA PARA REALIZAR EN CASA: TRABAJO GRUPAL

Elaborar con ayuda de los grupos juveniles de la comunidad parroquial, un mural sobre los elementos más importantes de esta unidad: LOS DERECHOS HUMANOS DE LA PERSONA ENFERMA Y ANCIANA.

PRÓXIMA REUNIÓN sábado 19 de AGOSTO de 2006 a las 10:00 horas

Comisión Pastoral de Salud