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Vicaría      de Pastoral

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COMISIÓN ARQUIDIOCESANA PASTORAL DE SALUD
ARQUIDIÓCESIS PRIMADA DE MÉXICO

FORMACIÓN CONTINUA 2006 de los MECE y Agentes de Pastoral de Salud

VIII UNIDAD PASTORAL: AÑO JUBILAR GUADALUPANO — AGOSTO, 2006

Los fundamentos de la Pastoral Social:
LA PERSONA DEL ENFERMO FRENTE AL BIEN COMÚN,
EL DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES, LA SUBSIDIARIDAD
Y LA SOLIDARIDAD
Recopilado por Monseñor Jorge Palencia

COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (164-196)

En esta VIII Unidad de nuestro estudio sobre la Doctrina Social de la Iglesia estudiaremos nuestra responsabilidad ante el BIEN COMÚN y como nuestros valores morales y los bienes terrenales deben ayudar a los enfermos y los ancianos especialmente los más pobres y necesitados. Así mismo profundizaremos dos elementos fundamentales de la Pastoral Social: la subsidiaridad y la solidaridad, y estudiaremos de que manera están al servicio de nuestros hermanos enfermos y ancianos.

¿Qué es el Bien Común? El bien común puede definirse como el conjunto de condiciones de la vida en sociedad que permite a los hombres, familias y agrupaciones realizarse completa y fácilmente. Quienes ejercen alguna autoridad tratarán de buscar siempre el BIEN COMÚN y lo lograrán en la medida en que reconozcan, respeten, promuevan y defiendan los derechos y deberes de cada persona.

¿Cuántas clases de bienes incluye el bien común de la sociedad?

Pueden distinguirse tres clases de bienes: 1.- bienes útiles, como los que causan el bienestar material, la vivienda, etc.; 2.- bienes deleitables, que responden a las necesidades del cuerpo y del alma, como el deporte, el descanso, las bellas artes, etc.; 3.- bienes honestos, como los bienes morales, intelectuales y religiosos.

a) De la dignidad, unidad e igualdad de todas las personas deriva el principio del bien común, al que debe referirse todo aspecto de la vida social para encontrar plenitud de sentido. Por bien común se entiende el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección (CDSI No. 164).

b) El bien común no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada sujeto del cuerpo social. Siendo de todos y de cada uno es y permanece común, porque es indivisible y porque sólo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo, también en vistas al futuro. Como el actuar moral del individuo se realiza en el cumplimiento del bien, así el actuar social alcanza su plenitud en la realización del bien común. El bien común se puede considerar como la dimensión social y comunitaria del bien moral (CDSI No. 164).

c) La persona no puede encontrar realización sólo en sí misma, es decir, prescindir de su ser " con " y " para " los demás. Esta verdad le impone no una simple convivencia en los diversos niveles de la vida social y relacional, sino también la búsqueda incesante, de manera práctica y no sólo ideal, del bien (CDSI No. 165).

Por Bien Común se ha de entender el conjunto de aquellas condiciones de la vida social (estructuras, libertad, orden, seguridad, educación, empleo, salud, perfeccionamiento físico y espiritual, justicia, familia, vivienda, religión, la dimensión sobrenatural) que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección y afecta la vida de todos, exige la prudencia por parte de cada uno y más aun la de aquellos que ejercen la autoridad.

Los sistemas políticos y económicos colectivistas consideran el Bien Común como la suma de los valores sociales para el servicio de la comunidad. El individuo queda relegado al fin de la sociedad, se identifica el Bien Común con el bien social. El error de los socialismos históricos es entender el Bien Común como la suma de los bienes particulares. No se trata de hacer el Bien Común eliminando los bienes individuales para alcanzar una suma acumulativa que luego se reparta entre todos los ciudadanos. La concepción colectivista del Bien Común es injusta, dado que tal igualitarismo es contrario a la justicia que demanda que se dé a cada uno lo que le pertenece.

La ideología liberal profesa rectamente la prioridad del individuo sobre la sociedad y el Estado, pero descuida la atención a las condiciones sociales. En una sociedad en la que impera el interés del individuo, se imponen los intereses egoístas del más fuerte y se descuida el bien social. Contra el liberalismo es preciso afirmar que el Bien Común, no es lo que resta en el reparto general, es el bien de toda la sociedad: el conjunto social se orienta a un bien general, que ha de ser compartido por todos y cada uno de los individuos. La sociedad humana es una sociedad de personas.

El Bien Común es pues el bien del todo, al cual contribuye cada uno de los individuos y en consecuencia de él participan todos. Esto es muy importante para la evangelización de las familias de los enfermos y ancianos. Se requiere que la participación en el Bien Común sea justa. Han de ser beneficiados los más débiles y los más necesitados.

1.- Nuestra responsabilidad ente el BIEN COMÚN

a) El bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad: ninguno está exento de colaborar, según las propias capacidades, en su consecución y desarrollo. El bien común exige ser servido plenamente, no según visiones reductivas subordinadas a las ventajas que cada uno puede obtener, sino en base a una lógica que exige la capacidad y la búsqueda constante del bien de los demás como si fuese el bien propio (CDSI No. 167).

b) Todos tienen también derecho a gozar de las condiciones de vida social que resultan de la búsqueda del bien común (CDSI No. 167).

c) La responsabilidad de edificar el bien común compete, a las personas particulares y también al Estado, porque el bien común es la razón ser de la autoridad política. El Estado debe garantizar cohesión, unidad y organización a la sociedad civil de la que es expresión, de modo que se pueda lograr el bien común con la contribución de todos los ciudadanos (CDSI No. 168).

d) Dios es el fin último de sus criaturas y por ningún motivo puede privarse al bien común de su dimensión trascendente. Esta dimensión alcanza su plenitud a la luz de la fe en la Pascua de Jesús, que ilumina en plenitud la realización del verdadero bien común de la humanidad. Nuestra historia el esfuerzo personal y colectivo para elevar la condición humana comienza y culmina en Jesús: gracias a Él, por medio de Él y en vista de Él, toda realidad, incluida la sociedad humana, puede ser conducida a su Bien supremo, a su cumplimiento. Una visión puramente histórica y materialista terminaría por transformar el bien común en un simple bienestar socioeconómico, carente de finalidad trascendente y de su más profunda razón de ser (CDSI No. 170).

El Bien Común, abarca a todo el hombre, y esto es importante para considerar nuestro ministerio y apostolado con los enfermos y ancianos, tanto a las exigencias del cuerpo como a las del espíritu. De lo cual se sigue que las personas en autoridad deben procurar dicho bien por las vías adecuadas de tal forma que, respetando el recto orden de los valores, ofrezcan a las personas bajo su autoridad prosperidad material y al mismo tiempo los bienes del espíritu.

El hombre, por tener un cuerpo y un alma inmortal, no puede satisfacer sus necesidades de un modo absoluto en esta vida, ni conseguir en esta vida mortal su perfecta felicidad. Esta es la razón por la cual el Bien Común debe procurarse por tales vías y con tales medios, para que no pongan obstáculos a la salvación eterna de las personas, sino que, les ayuden a conseguirla. Que importante es hace conciencia de este fundamento en las familias de los enfermos y los ancianos. Especialmente cuando quien ejerce la autoridad en las familias, no consideran ya a los enfermos y ancianos como personas que conforman con los demás miembros de las familia el BIEN COMÚN.

2.- Los valores morales y la finalidad de los bienes en el mundo de la Salud

¿En qué consiste la visión cristiana de los medios materiales? La visión cristiana de los bienes materiales consiste en considerarlos: como medios para lograr fines más altos: espirituales y culturales; y el séptimo mandamiento regula los modos de acceder al dominio de los bienes temporales y a la vez prescribe la justicia y la caridad en su uso. La vida cristiana es más perfecta cuando se esfuerza por ordenar los bienes de este mundo hacia Dios y hacia la caridad fraterna, haciendo posible que muchos más puedan participar y beneficiarse.

Entre las múltiples implicaciones del bien común, adquiere inmediato relieve el principio del destino universal de los bienes: Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la acción de la justicia y acompañados de la caridad. Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno (CDSI No. 170).

Todo hombre debe tener la posibilidad de gozar del bienestar necesario para su pleno desarrollo: el principio del uso común de los bienes:

1.- es el primer principio de todo el ordenamiento ético-social,

2.- es inherente a la persona concreta, a toda persona,

3.- es prioritario respecto a cualquier intervención humana sobre los bienes, a cualquier ordenamiento jurídico de los mismos, a cualquier sistema y método socioeconómico (CDSI No. 171).

El principio del destino universal de los bienes invita a cultivar una visión de la economía inspirada en valores morales que permitan tener siempre presente el origen y la finalidad de tales bienes, para así realizar un mundo justo y solidario (CDSI No. 172).

El destino universal de los bienes comporta un esfuerzo común dirigido a obtener para cada persona y para todos los pueblos las condiciones necesarias de un desarrollo integral, donde cada uno pueda dar y recibir, y donde el progreso de unos no sea obstáculo para el desarrollo de otros ni un pretexto para su servidumbre.

Este principio corresponde al llamado que el Evangelio incesantemente dirige a las personas y a las sociedades de todo tiempo, siempre expuestas a las tentaciones del deseo de poseer, a las que el mismo Señor Jesús quiso someterse (cf. Mc 1, 12-13; Mt 4, 1-11; Lc 4, 1-13) para enseñarnos el modo de superarlas con su gracia (CDSI No. 174).

No debemos olvidar a ninguno de nuestro hermanos a quienes servimos, nadie puede ser excluido de nuestro amor, desde el momento que con su Encarnación, el Hijo de Dios se ha unido a todo hombre. Ateniendo a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los enfermos y ancianos, hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. Mediante esta opción, se testimonia el estilo del amor de Dios, su providencia, su misericordia y, de alguna manera se siembran todavía en la historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús mismo dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda clase de necesidades espirituales y materiales.

3.- Las Instituciones hospitalarias, asistenciales y sociales privadas a favor de los enfermos y ancianos, especialmente los mas pobres y necesitados

En el marco de la Evangelización, toda ella inspirada y alentada por la caridad divina, la "acción caritativa y social" de las comunidades parroquiales, de los grupos apostólicos y las instituciones católicas que actúan en las diócesis, tienen su propia especificidad, que debe respetarse cuidadosamente. La expresión del amor, como queda dicho, tiene formas y modalidades variables en la historia, pero en todas ella debe reflejarse con claridad su "ser Iglesia". El Espíritu ha suscitado en el transcurso del tiempo, nuevos carismas, ministerios, apostolados y formas de servicio a los enfermos y ancianos, especialmente a los más pobres, con el fin de desarrollar la misión de la Iglesia en el mundo, pero debemos iluminar todos estos proyectos, programas e iniciativas con los siguientes fundamentos:

Los nuevos conocimientos técnicos y científicos deben ponerse al servicio de las necesidades primarias del hombre, para que pueda aumentarse gradualmente el patrimonio común de la humanidad (CDSI No. 179).

El principio del destino universal de los bienes exige que se vele con particular solicitud por los pobres, por aquellos que se encuentran en situaciones de marginación y por las personas cuyas condiciones de vida les impiden un crecimiento adecuado. Esta es una opción o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia. Se refiere a la vida de cada cristiano, en cuanto imitador de la vida de Cristo, pero se aplica igualmente a nuestras responsabilidades sociales, a nuestro modo de vivir y a las decisiones que se deben tomar coherentemente sobre la propiedad y el uso de los bienes (CDSI No. 181).

La miseria humana es el signo evidente de la condición de debilidad del hombre y de su necesidad de salvación. De ella se compadeció Cristo Salvador, que se identificó con sus " hermanos más pequeños" (Mt 25, 40.45) (CDSI No. 183).

El amor de la Iglesia por los pobres y los débiles se inspira en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús y en su atención por los pobres. Este amor se refiere a la pobreza material y también a las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa. La Iglesia inspirada en el precepto evangélico: Gratuitamente lo recibisteis; dadlo gratis (Mt 10,8), la Iglesia enseña a socorrer al prójimo en sus múltiples necesidades y prodiga en la comunidad humana innumerables obras de misericordia corporales y espirituales (CDSI No. 184).

La acción de nuestras comunidades parroquiales a favor de los últimos debe nacer de la escucha de la voz de Dios en las situaciones de pobreza, de abandono, de tristeza y soledad, de contemplar el rostro del Señor en los rostros concretos de los enfermos y ancianos, especialmente los mas pobres. Nosotros debemos vivir nuestro servicio de apostolado y ministerio, como un acto de docilidad, obediencia y colaboración con el Espíritu, padre de los pobres. No se trata de imponerles nuestro servicio, sino de discernir en sus vidas y gritos, cómo el Señor quiere ser servido. De ahí brota la necesidad de poner en marcha procesos de discernimiento para que la acción caritativa y social de la Iglesia, bajo la guía del ministerio apostólico, corresponda a la iniciativa del Espíritu, que hace unos cielos nuevos y una tierra nueva.

4.- La subsidiaridad y la protección de enfermo y del anciano

El fundamento del principio de subsidiariedad se encuentra en la centralidad del hombre en la sociedad. Cada persona humana tiene el derecho y el deber de ser el autor principal de su propio desarrollo pero necesita de la ayuda de los demás para llevarlo a cabo. Por eso, la autoridad ha de procurar establecer unas condiciones de vida que permitan a cada hombre y a cada mujer un desarrollo integral, en todos los ámbitos posibles, fomentando y estimulando las iniciativas personales respetuosas del Bien Común; ha de coordinar y ordenar esas iniciativas en el conjunto del mismo Bien Común; ha de suplirlas y completarlas cuando las necesidades comunes superen las posibilidades de los individuos y de las estructuras intermedias. Pero no debe impedir o suplantar la iniciativa y la responsabilidad de sus miembros. Este punto es muy importante en la ayuda y atención a los enfermos y ancianos en nuestras parroquias.

"Una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al Bien Común" (CEC n. 1883).

El objeto del principio de subsidiaridad es salvaguardar la dignidad de las personas. La causa final es el Bien Común y no la eficiencia. La persona es el ser más digno de la creación. Por lo tanto, ha de favorecerse el desarrollo de la persona en tanto y en cuanto no ponga en peligro el desarrollo de los demás, o sea el Bien Común; y si no puede hacerlo, deben intervenir las estructuras intermedias o el Estado subsidiariamente.

Este principio se puede desglosar en tres postulados:

1.- La persona y las comunidades menores (parroquias) o grupos apostólicos y sociales deben gozar de la autonomía necesaria para poder realizar por sí mismas los fines y las actividades de las que son capaces.

2.- Las comunidades mayores (decanato - vicarías) deben ayudar la iniciativa particular de cuantos se desenvuelven bajo su autoridad, sin destruirlos ni absorberlos.

3.- Las comunidades mayores deben suplir las deficiencias de las personas y de las comunidades menores, en cuanto su capacidad resulte insuficiente para promover el Bien Común y mientras perdure tal situación.

El principio de subsidiaridad se indica como no se puede quitar a los individuos y darlo a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo, no es justo y constituye un grave perjuicio y perturbación del recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero no destruirlos y absorberlos (CDSI No. 186).

El principio de subsidiaridad protege a las personas de los abusos de las instancias sociales superiores e insta a estas últimas a ayudar a los particulares y a los cuerpos intermedios a desarrollar sus tareas. Este principio se impone porque toda persona, familia y estructura intermedia tiene algo de original que ofrecer a la comunidad. La negación de la subsidiaridad limita y anula el espíritu de libertad y de iniciativa (CDSI No. 187).

Con el principio de subsidiaridad contrastan las formas de centralización, de burocratización, de asistencialismo, de presencia injustificada y excesiva del Estado y del aparato público. Al intervenir directamente y quitar responsabilidad a la sociedad, el Estado asistencial provoca la perdida de energías humanas y el aumento exagerado de los aparatos burocráticas más que por la preocupación de servir a los usuarios, con un enorme crecimiento de los gastos públicos (CDSI No. 188).

Consecuencia característica de la subsidiaridad es la participación, que se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo asociado a otros, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece. La participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común (CDSI No. 189).

La subsidiariedad debe considerarse como complemento de la solidaridad, protege a la persona humana, a las comunidades parroquiales y a las estructuras intermedias del peligro de perder su legítima autonomía. Protege al individuo y a los grupos intermedios contra la posible tendencia al "Gobierno o Estado: autoritario, benefactor o paternalista". Evita que quienes mandan caigan en la tentación de pensar que ellos saben mejor lo que conviene a sus súbditos, y no sólo lo saben, sino que pueden hacerlo mejor. Por otra parte estimula a los ciudadanos a no dejarse llevar por la comodidad que prefiere esperarlo todo de las autoridades, evita la acumulación de poder y respeta la flexibilidad necesaria para la verdadera libertad de elección y por último hace posible la solidaridad sin caer en estructuras socialistas. Este nos pide un replanteamiento de la Pastoral de la Caridad desde cada una de nuestras parroquias y de los planes de ayuda a enfermos y ancianos pobres y desvalidos. NO pensemos que la ayuda civil, o que la delegación o gobierno de la ciudad es ya la necesaria para nuestros enfermos y ancianos y que la comunidad parroquial ya queda fuera de toda obligación de ayudar y velar por el BIEN COMÚN de los enfermos y ancianos de la comunidad parroquial.

5.- La solidaridad cristiana hacia el enfermo y el anciano

La solidaridad es una virtud humana, que de algún modo es raíz de todas las virtudes sociales. En el plano sobrenatural, a la luz de la fe tiende a superarse a sí misma, a revestir las dimensiones específicamente cristianas de la gratuidad total, del perdón y de la reconciliación, elementos muy importante de tomar en cuenta en nuestro apostolado y ministerio con los enfermos y ancianos. La solidaridad es una característica que inclina al hombre a sentirse unido a sus semejantes y a la cooperación con ellos. El hombre es solidario en la medida en que es social por naturaleza. No es posible que las conductas humanas no afecten de alguna manera al resto de los hombres o de la historia. Somos solidarios en el bien y en el mal. El hombre debe comportarse de acuerdo con esta realidad, teniéndola en cuenta, ya que no vive sólo para sí sino también para los demás, inevitablemente. Esta es una realidad que vivimos constantemente en contacto, en nuestro ministerio con los enfermos y ancianos.

El principio de solidaridad permite superar en el plano ético el principio individualista, que niega la sociabilidad del hombre, y el colectivista, que niega la condición de persona. No se trata de una postura intermedia, sino de la simultánea afirmación de la condición social y personal del hombre. Desde la fe cristiana, la Solidaridad, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el Bien Común, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. Este es un fundamento que debemos sembrar y cultivar en las comunidades parroquiales que servimos, suscitando entre los fieles la capacidad de la solidaridad y de la caridad hacia los enfermos y ancianos. Dios ha querido que el ser humano no este aislado sino que viva y se desarrolle en íntima relación con los demás, como miembro de la sociedad, a la que se halla indisolublemente ligado: no está destinado sólo a vivir con los demás, sino también a vivir para los demás. Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos.

La solidaridad se presenta, por tanto, bajo dos aspectos complementarios: como principio social y como virtud moral. La solidaridad debe captarse, en su valor de principio social ordenador de las instituciones, según el cual las estructuras de pecado, que dominan las relaciones entre las personas y los pueblos, deben ser superadas y transformadas en estructuras de solidaridad. La solidaridad es también una verdadera y propia virtud moral, no un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas, es la determinación de empeñarse por el bien común: por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos (CDSI No. 193).

El término solidaridad expresa en síntesis la exigencia de reconocer en el conjunto de los vínculos que unen a los hombres y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos (CDSI No. 194).

El principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad en la cual están insertos: son deudores de aquellas condiciones que facilitan la existencia humana, así como del patrimonio, indivisible e indispensable, constituido por la cultura, el conocimiento científico y tecnológico, los bienes materiales e inmateriales, y todo aquello que la actividad humana ha producido. Semejante deuda se salda con las diversas manifestaciones de la actuación social, de manera que el camino de los hombres no se interrumpa, sino que permanezca abierto para las generaciones presentes y futuras, llamadas unas y otras a compartir, en la solidaridad, el mismo don (CDSI No. 195).

En el espíritu de la solidaridad y mediante los instrumentos del diálogo en nuestro ministerio aprendemos a:

  • respetar a todo ser humano, especialmente a nuestros enfermos y ancianos;
  • respetar los auténticos valores y las culturas de las familias de los enfermos y ancianos;
  • respetar la legítima autonomía y la autodeterminación de nuestros enfermos y ancianos;
  • mirar más allá de nosotros mismos para entender y apoyar lo bueno de los enfermos y ancianos;
  • contribuir con nuestros propios recursos a la solidaridad social en favor de los enfermos y ancianos;
  • construir unas estructuras que aseguren la solidaridad social de los enfermos y ancianos.

Ser solidarios con los enfermos y ancianos, especialmente con los más necesitados, constituye un deber estricto. En virtud del principio de solidaridad, debemos contribuir con sus semejantes al Bien Común de la sociedad, en todos los niveles, por eso, la Doctrina Social de la Iglesia se opone a todas las formas de individualismo. Desde el comienzo de la historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres no solamente en cuanto individuos, sino también en cuanto miembros de una determinada comunidad. "La solidaridad debe aumentarse siempre hasta aquel día en que llegue su consumación y en que los hombres, salvados por la gracia, como familia amada de Dios y de Cristo hermano, darán a Dios gloria perfecta" (GS, n. 32). El ejercicio de la solidaridad dentro de cada parroquia es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas. La solidaridad nos ayuda a ver al "otro", no como un instrumento cualquiera para explotar a poco costo su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un "semejante" nuestro, una "ayuda" para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios.

La solidaridad hacia el enfermo y el anciano, se nutre de la virtud cristiana de la caridad. El amor entregado y desinteresado a los enfermos y ancianos, por amor de Dios, es la fuente que vitaliza toda auténtica hermandad entre los hombres. La solidaridad cristiana es virtud que otorga a los hombres la facilidad para comprenderse y ayudarse mutuamente en la construcción de una sociedad informada por el espíritu cristiano. Por la caridad, los vínculos naturales que unen a los hombres en sociedad quedan reforzados con unos lazos más fuertes y una interdependencia mayor y más elevada. "La caridad anima y sostiene una activa solidaridad, atenta a todas las necesidades del ser humano" (Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 41).

La cumbre de la solidaridad es la vida de Jesús de Nazaret, el Hombre nuevo, solidario con la humanidad hasta la " muerte de cruz" (Flp 2,8): en Él es posible reconocer el signo viviente del amor inconmensurable y trascendente del Dios con nosotros, que se hace cargo de las enfermedades de su pueblo, camina con él, lo salva y lo constituye en la unidad. En Él, y gracias a Él, también la vida social puede ser nuevamente descubierta, aun con todas sus contradicciones y ambigüedades, como lugar de vida y de esperanza, en cuanto signo de una Gracia que continuamente se ofrece a todos y que invita a las formas más elevadas y comprometedoras de comunicación de bienes. Jesús de Nazaret hace resplandecer ante los ojos de todos los hombres el nexo entre solidaridad y caridad, iluminando todo su significado: A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación. Entonces el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor, y por él se debe estar dispuesto al sacrificio, incluso extremo: "dar la vida por los hermanos" (cf. Jn 15,13) (CDSI No. 196).

Trabajo grupal de reflexión: 30 minutos en grupos de 4 personas.

1.- ¿De qué manera el BIEN COMÚN debe ayudarnos a la Evangelización de las familias de los enfermos y ancianos?

2.- ¿En qué consiste la visión cristiana de los medios materiales? ¿Cómo no olvidar a ninguno de nuestros hermanos enfermos y ancianos cuando consideramos el destino de los bienes terrenales?

3.- ¿De qué manera el principio de subsidiaridad nos exige un replanteamiento de la Pastoral de la Caridad desde cada una de nuestras parroquias y en los planes de ayuda a enfermos y ancianos pobres y desvalidos?

4.- ¿Cómo considerar desde la fe cristiana, a la Solidaridad, como la determinación firme y perseverante de empeñarnos por el Bien Común, de nuestros enfermos y ancianos a quienes servimos en el ministerio y apostolado?

TAREA PARA REALIZAR EN CASA: TRABAJO GRUPAL

Elaborar con ayuda de las personas que trabajan en Pastoral Social en la parroquia (dispensario, Caritas, voluntariado, despensas, banco de medicamentos, etc) un mural sobre los elementos más importantes de esta unidad: LA PERSONA DEL ENFERMO frente al BIEN COMÚN, EL DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES, LA SUBSIDIARIDAD Y LA SOLIDARIDAD

Informes en los teléfonos de la Comisión Pastoral de Salud
5208-5805 ó 5208-3200 extensión 1902 y 1955

PRÓXIMA REUNIÓN sábado 19 de SEPTIEMBRE de 2006 a las 10:00 horas

Comisión Pastoral de Salud