COMISIÓN
ARQUIDIOCESANA PASTORAL DE SALUD
ARQUIDIÓCESIS PRIMADA DE MÉXICO
FORMACIÓN
CONTINUA 2006 de los MECE y Agentes de Pastoral de Salud
VIII
UNIDAD PASTORAL: AÑO JUBILAR GUADALUPANO AGOSTO, 2006
Los
fundamentos de la Pastoral Social:
LA PERSONA DEL ENFERMO FRENTE AL BIEN COMÚN,
EL DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES, LA SUBSIDIARIDAD
Y LA SOLIDARIDAD
Recopilado por Monseñor Jorge Palencia
COMPENDIO
DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA (164-196)
En
esta VIII Unidad de nuestro estudio sobre la Doctrina Social de la Iglesia
estudiaremos nuestra responsabilidad ante el BIEN
COMÚN y como nuestros valores morales y los bienes
terrenales deben ayudar a los enfermos y los ancianos especialmente
los más pobres y necesitados. Así mismo profundizaremos
dos elementos fundamentales de la Pastoral Social: la
subsidiaridad y la solidaridad, y estudiaremos de que manera
están al servicio de nuestros hermanos enfermos y ancianos.
¿Qué
es el Bien Común? El bien común puede definirse
como el conjunto de condiciones de la vida en sociedad que permite a
los hombres, familias y agrupaciones realizarse completa y fácilmente.
Quienes ejercen alguna autoridad tratarán de buscar siempre el
BIEN COMÚN y lo lograrán
en la medida en que reconozcan, respeten, promuevan y defiendan los
derechos y deberes de cada persona.
¿Cuántas
clases de bienes incluye el bien común de la sociedad?
Pueden
distinguirse tres clases de bienes: 1.- bienes
útiles, como los que causan el bienestar material,
la vivienda, etc.; 2.- bienes deleitables,
que responden a las necesidades del cuerpo y del alma, como el deporte,
el descanso, las bellas artes, etc.; 3.- bienes
honestos, como los bienes morales, intelectuales y religiosos.
a)
De la dignidad, unidad e igualdad de todas las personas deriva el principio
del bien común, al que debe referirse todo aspecto de la vida
social para encontrar plenitud de sentido. Por bien común se
entiende el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible
a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más
pleno y más fácil de la propia perfección
(CDSI No. 164).
b)
El bien común no consiste en la simple suma de los bienes particulares
de cada sujeto del cuerpo social. Siendo de todos y de cada uno es y
permanece común, porque es indivisible y porque sólo juntos
es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo, también en
vistas al futuro. Como el actuar moral del individuo se realiza en el
cumplimiento del bien, así el actuar social alcanza su plenitud
en la realización del bien común. El bien común
se puede considerar como la dimensión social y comunitaria del
bien moral (CDSI No. 164).
c)
La persona no puede encontrar realización sólo en sí
misma, es decir, prescindir de su ser " con " y " para
" los demás. Esta verdad le impone no una simple convivencia
en los diversos niveles de la vida social y relacional, sino también
la búsqueda incesante, de manera práctica y no sólo
ideal, del bien (CDSI No. 165).
Por
Bien Común se ha de entender el conjunto de aquellas condiciones
de la vida social (estructuras, libertad, orden, seguridad, educación,
empleo, salud, perfeccionamiento físico y espiritual, justicia,
familia, vivienda, religión, la dimensión sobrenatural)
que permiten a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más
plena y fácilmente su propia perfección y afecta la vida
de todos, exige la prudencia por parte de cada uno y más aun
la de aquellos que ejercen la autoridad.
Los
sistemas políticos y económicos colectivistas consideran
el Bien Común como la suma de los valores sociales para
el servicio de la comunidad. El individuo queda relegado al fin de la
sociedad, se identifica el Bien Común con el bien social.
El error de los socialismos históricos es entender el Bien Común
como la suma de los bienes particulares. No se trata de hacer el Bien
Común eliminando los bienes individuales para alcanzar una suma
acumulativa que luego se reparta entre todos los ciudadanos. La concepción
colectivista del Bien Común es injusta, dado que tal igualitarismo
es contrario a la justicia que demanda que se dé a cada uno lo
que le pertenece.
La
ideología liberal profesa rectamente la prioridad del
individuo sobre la sociedad y el Estado, pero descuida la atención
a las condiciones sociales. En una sociedad en la que impera el interés
del individuo, se imponen los intereses egoístas del más
fuerte y se descuida el bien social. Contra el liberalismo es preciso
afirmar que el Bien Común, no es lo que resta en el reparto general,
es el bien de toda la sociedad: el conjunto social se orienta a un bien
general, que ha de ser compartido por todos y cada uno de los individuos.
La sociedad humana es una sociedad de personas.
El
Bien Común es pues el bien del todo, al cual contribuye cada
uno de los individuos y en consecuencia de él participan todos.
Esto es muy importante para la evangelización de las familias
de los enfermos y ancianos. Se requiere que la participación
en el Bien Común sea justa. Han de ser beneficiados los más
débiles y los más necesitados.
1.-
Nuestra responsabilidad ente el BIEN COMÚN
a)
El bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad:
ninguno está exento de colaborar, según las propias capacidades,
en su consecución y desarrollo. El bien común exige ser
servido plenamente, no según visiones reductivas subordinadas
a las ventajas que cada uno puede obtener, sino en base a una lógica
que exige la capacidad y la búsqueda constante del bien de los
demás como si fuese el bien propio (CDSI No. 167).
b)
Todos tienen también derecho a gozar de las condiciones de vida
social que resultan de la búsqueda del bien común
(CDSI No. 167).
c)
La responsabilidad de edificar el bien común compete, a las personas
particulares y también al Estado, porque el bien común
es la razón ser de la autoridad política. El Estado debe
garantizar cohesión, unidad y organización a la sociedad
civil de la que es expresión, de modo que se pueda lograr el
bien común con la contribución de todos los ciudadanos
(CDSI No. 168).
d)
Dios es el fin último de sus criaturas y por ningún motivo
puede privarse al bien común de su dimensión trascendente.
Esta dimensión alcanza su plenitud a la luz de la fe en la Pascua
de Jesús, que ilumina en plenitud la realización del verdadero
bien común de la humanidad. Nuestra historia el esfuerzo personal
y colectivo para elevar la condición humana comienza y culmina
en Jesús: gracias a Él, por medio de Él y en vista
de Él, toda realidad, incluida la sociedad humana, puede ser
conducida a su Bien supremo, a su cumplimiento. Una visión puramente
histórica y materialista terminaría por transformar el
bien común en un simple bienestar socioeconómico, carente
de finalidad trascendente y de su más profunda razón de
ser (CDSI No. 170).
El
Bien Común, abarca a todo el hombre, y esto es importante para
considerar nuestro ministerio y apostolado con los enfermos y ancianos,
tanto a las exigencias del cuerpo como a las del espíritu. De
lo cual se sigue que las personas en autoridad deben procurar dicho
bien por las vías adecuadas de tal forma que, respetando el recto
orden de los valores, ofrezcan a las personas bajo su autoridad prosperidad
material y al mismo tiempo los bienes del espíritu.
El
hombre, por tener un cuerpo y un alma inmortal, no puede satisfacer
sus necesidades de un modo absoluto en esta vida, ni conseguir en esta
vida mortal su perfecta felicidad. Esta es la razón por la cual
el Bien Común debe procurarse por tales vías y con tales
medios, para que no pongan obstáculos a la salvación eterna
de las personas, sino que, les ayuden a conseguirla. Que importante
es hace conciencia de este fundamento en las familias de los enfermos
y los ancianos. Especialmente cuando quien ejerce la autoridad en las
familias, no consideran ya a los enfermos y ancianos como personas que
conforman con los demás miembros de las familia el BIEN
COMÚN.
2.-
Los valores morales y la finalidad de los bienes en el mundo de la Salud
¿En
qué consiste la visión cristiana de los medios materiales?
La visión cristiana de los bienes materiales consiste en considerarlos:
como medios para lograr fines más altos: espirituales y culturales;
y el séptimo mandamiento regula los modos de acceder al dominio
de los bienes temporales y a la vez prescribe la justicia y la caridad
en su uso. La vida cristiana es más perfecta cuando se esfuerza
por ordenar los bienes de este mundo hacia Dios y hacia la caridad fraterna,
haciendo posible que muchos más puedan participar y beneficiarse.
Entre
las múltiples implicaciones del bien común, adquiere inmediato
relieve el principio del destino universal de los bienes: Dios ha destinado
la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos.
En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa
bajo la acción de la justicia y acompañados de la caridad.
Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella
sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar
a ninguno (CDSI No. 170).
Todo hombre debe tener la posibilidad de gozar
del bienestar necesario para su pleno desarrollo: el principio del uso
común de los bienes:
1.-
es el primer principio de todo el ordenamiento ético-social,
2.-
es inherente a la persona concreta, a toda persona,
3.-
es prioritario respecto a cualquier intervención humana sobre
los bienes, a cualquier ordenamiento jurídico de los mismos,
a cualquier sistema y método socioeconómico
(CDSI No. 171).
El
principio del destino universal de los bienes invita a cultivar una
visión de la economía inspirada en valores morales que
permitan tener siempre presente el origen y la finalidad de tales bienes,
para así realizar un mundo justo y solidario
(CDSI No. 172).
El
destino universal de los bienes comporta un esfuerzo común dirigido
a obtener para cada persona y para todos los pueblos las condiciones
necesarias de un desarrollo integral, donde cada uno pueda dar y recibir,
y donde el progreso de unos no sea obstáculo para el desarrollo
de otros ni un pretexto para su servidumbre.
Este
principio corresponde al llamado que el Evangelio incesantemente dirige
a las personas y a las sociedades de todo tiempo, siempre expuestas
a las tentaciones del deseo de poseer, a las que el mismo Señor
Jesús quiso someterse (cf.
Mc 1, 12-13; Mt 4, 1-11; Lc 4, 1-13)
para enseñarnos el modo de superarlas con su gracia
(CDSI No. 174).
No
debemos olvidar a ninguno de nuestro hermanos a quienes servimos, nadie
puede ser excluido de nuestro amor, desde el momento que con su Encarnación,
el Hijo de Dios se ha unido a todo hombre. Ateniendo a las indiscutibles
palabras del Evangelio, en la persona de los enfermos y ancianos, hay
una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción
preferencial por ellos. Mediante esta opción, se testimonia el
estilo del amor de Dios, su providencia, su misericordia y, de alguna
manera se siembran todavía en la historia aquellas semillas del
Reino de Dios que Jesús mismo dejó en su vida terrena
atendiendo a cuantos recurrían a Él para toda clase de
necesidades espirituales y materiales.
3.-
Las Instituciones hospitalarias, asistenciales y sociales privadas a
favor de los enfermos y ancianos, especialmente los mas pobres y necesitados
En el marco de la Evangelización, toda ella inspirada y alentada
por la caridad divina, la "acción caritativa y social"
de las comunidades parroquiales, de los grupos apostólicos y
las instituciones católicas que actúan en las diócesis,
tienen su propia especificidad, que debe respetarse cuidadosamente.
La expresión del amor, como queda dicho, tiene formas y modalidades
variables en la historia, pero en todas ella debe reflejarse con claridad
su "ser Iglesia". El Espíritu ha suscitado en el transcurso
del tiempo, nuevos carismas, ministerios, apostolados y formas de servicio
a los enfermos y ancianos, especialmente a los más pobres, con
el fin de desarrollar la misión de la Iglesia en el mundo, pero
debemos iluminar todos estos proyectos, programas e iniciativas con
los siguientes fundamentos:
Los
nuevos conocimientos técnicos y científicos deben ponerse
al servicio de las necesidades primarias del hombre, para que pueda
aumentarse gradualmente el patrimonio común de la humanidad
(CDSI No. 179).
El
principio del destino universal de los bienes exige que se vele con
particular solicitud por los pobres, por aquellos que se encuentran
en situaciones de marginación y por las personas cuyas condiciones
de vida les impiden un crecimiento adecuado. Esta es una opción
o una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad
cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia.
Se refiere a la vida de cada cristiano, en cuanto imitador de la vida
de Cristo, pero se aplica igualmente a nuestras responsabilidades sociales,
a nuestro modo de vivir y a las decisiones que se deben tomar coherentemente
sobre la propiedad y el uso de los bienes (CDSI No. 181).
La
miseria humana es el signo evidente de la condición de debilidad
del hombre y de su necesidad de salvación. De ella se compadeció
Cristo Salvador, que se identificó con sus " hermanos más
pequeños" (Mt 25, 40.45)
(CDSI No. 183).
El
amor de la Iglesia por los pobres y los débiles se inspira en
el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús
y en su atención por los pobres. Este amor se refiere a la pobreza
material y también a las numerosas formas de pobreza cultural
y religiosa. La Iglesia inspirada en el precepto evangélico:
Gratuitamente lo recibisteis; dadlo gratis (Mt 10,8), la Iglesia enseña
a socorrer al prójimo en sus múltiples necesidades y prodiga
en la comunidad humana innumerables obras de misericordia corporales
y espirituales (CDSI No. 184).
La
acción de nuestras comunidades parroquiales a favor de los últimos
debe nacer de la escucha de la voz de Dios en las situaciones de pobreza,
de abandono, de tristeza y soledad, de contemplar el rostro del Señor
en los rostros concretos de los enfermos y ancianos, especialmente los
mas pobres. Nosotros debemos vivir nuestro servicio de apostolado y
ministerio, como un acto de docilidad, obediencia y colaboración
con el Espíritu, padre de los pobres. No se trata de imponerles
nuestro servicio, sino de discernir en sus vidas y gritos, cómo
el Señor quiere ser servido. De ahí brota la necesidad
de poner en marcha procesos de discernimiento para que la acción
caritativa y social de la Iglesia, bajo la guía del ministerio
apostólico, corresponda a la iniciativa del Espíritu,
que hace unos cielos nuevos y una tierra nueva.
4.-
La subsidiaridad y la protección de enfermo y del anciano
El
fundamento del principio de subsidiariedad se encuentra en la centralidad
del hombre en la sociedad. Cada persona humana tiene el derecho y el
deber de ser el autor principal de su propio desarrollo pero necesita
de la ayuda de los demás para llevarlo a cabo. Por eso, la autoridad
ha de procurar establecer unas condiciones de vida que permitan a cada
hombre y a cada mujer un desarrollo integral, en todos los ámbitos
posibles, fomentando y estimulando las iniciativas personales respetuosas
del Bien Común; ha de coordinar y ordenar esas iniciativas en
el conjunto del mismo Bien Común; ha de suplirlas y completarlas
cuando las necesidades comunes superen las posibilidades de los individuos
y de las estructuras intermedias. Pero no debe impedir o suplantar la
iniciativa y la responsabilidad de sus miembros. Este punto es muy importante
en la ayuda y atención a los enfermos y ancianos en nuestras
parroquias.
"Una
estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna
de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias,
sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle
a coordinar su acción con la de los demás componentes
sociales, con miras al Bien Común"
(CEC n. 1883).
El
objeto del principio de subsidiaridad es salvaguardar la dignidad de
las personas. La causa final es el Bien Común y no la eficiencia.
La persona es el ser más digno de la creación. Por lo
tanto, ha de favorecerse el desarrollo de la persona en tanto y en cuanto
no ponga en peligro el desarrollo de los demás, o sea el Bien
Común; y si no puede hacerlo, deben intervenir las estructuras
intermedias o el Estado subsidiariamente.
Este
principio se puede desglosar en tres postulados:
1.-
La persona y las comunidades menores (parroquias) o grupos apostólicos
y sociales deben gozar de la autonomía necesaria para poder
realizar por sí mismas los fines y las actividades de las que
son capaces.
2.-
Las comunidades mayores (decanato - vicarías) deben ayudar
la iniciativa particular de cuantos se desenvuelven bajo su autoridad,
sin destruirlos ni absorberlos.
3.-
Las comunidades mayores deben suplir las deficiencias de las personas
y de las comunidades menores, en cuanto su capacidad resulte insuficiente
para promover el Bien Común y mientras perdure tal situación.
El
principio de subsidiaridad se indica como no se puede quitar a los individuos
y darlo a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo,
no es justo y constituye un grave perjuicio y perturbación del
recto orden, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas
pueden hacer y proporcionar y dárselo a una sociedad mayor y
más elevada, ya que toda acción de la sociedad, por su
propia fuerza y naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo
social, pero no destruirlos y absorberlos
(CDSI No. 186).
El
principio de subsidiaridad protege a las personas de los abusos de las
instancias sociales superiores e insta a estas últimas a ayudar
a los particulares y a los cuerpos intermedios a desarrollar sus tareas.
Este principio se impone porque toda persona, familia y estructura intermedia
tiene algo de original que ofrecer a la comunidad. La negación
de la subsidiaridad limita y anula el espíritu de libertad y
de iniciativa
(CDSI No. 187).
Con
el principio de subsidiaridad contrastan las formas de centralización,
de burocratización, de asistencialismo, de presencia injustificada
y excesiva del Estado y del aparato público. Al intervenir directamente
y quitar responsabilidad a la sociedad, el Estado asistencial provoca
la perdida de energías humanas y el aumento exagerado de los
aparatos burocráticas más que por la preocupación
de servir a los usuarios, con un enorme crecimiento de los gastos públicos
(CDSI No. 188).
Consecuencia
característica de la subsidiaridad es la participación,
que se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante
las cuales el ciudadano, como individuo asociado a otros, contribuye
a la vida cultural, económica, política y social de la
comunidad civil a la que pertenece. La participación es un deber
que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con
vistas al bien común
(CDSI No. 189).
La
subsidiariedad debe considerarse como complemento de la solidaridad,
protege a la persona humana, a las comunidades parroquiales y a las
estructuras intermedias del peligro de perder su legítima autonomía.
Protege al individuo y a los grupos intermedios contra la posible tendencia
al "Gobierno o Estado: autoritario, benefactor o paternalista".
Evita que quienes mandan caigan en la tentación de pensar que
ellos saben mejor lo que conviene a sus súbditos, y no sólo
lo saben, sino que pueden hacerlo mejor. Por otra parte estimula a los
ciudadanos a no dejarse llevar por la comodidad que prefiere esperarlo
todo de las autoridades, evita la acumulación de poder y respeta
la flexibilidad necesaria para la verdadera libertad de elección
y por último hace posible la solidaridad sin caer en estructuras
socialistas. Este nos pide un replanteamiento de la Pastoral de la Caridad
desde cada una de nuestras parroquias y de los planes de ayuda a enfermos
y ancianos pobres y desvalidos. NO pensemos que la ayuda civil, o que
la delegación o gobierno de la ciudad es ya la necesaria para
nuestros enfermos y ancianos y que la comunidad parroquial ya queda
fuera de toda obligación de ayudar y velar por el BIEN COMÚN
de los enfermos y ancianos de la comunidad parroquial.
5.-
La solidaridad cristiana hacia el enfermo y el anciano
La
solidaridad es una virtud humana, que de algún modo es raíz
de todas las virtudes sociales. En el plano sobrenatural, a la luz de
la fe tiende a superarse a sí misma, a revestir las dimensiones
específicamente cristianas de la gratuidad total, del perdón
y de la reconciliación, elementos muy importante de tomar en
cuenta en nuestro apostolado y ministerio con los enfermos y ancianos.
La solidaridad es una característica que inclina al hombre a
sentirse unido a sus semejantes y a la cooperación con ellos.
El hombre es solidario en la medida en que es social por naturaleza.
No es posible que las conductas humanas no afecten de alguna manera
al resto de los hombres o de la historia. Somos solidarios en el bien
y en el mal. El hombre debe comportarse de acuerdo con esta realidad,
teniéndola en cuenta, ya que no vive sólo para sí
sino también para los demás, inevitablemente. Esta es
una realidad que vivimos constantemente en contacto, en nuestro ministerio
con los enfermos y ancianos.
El
principio de solidaridad permite superar en el plano ético el
principio individualista, que niega la sociabilidad del hombre,
y el colectivista, que niega la condición de persona.
No se trata de una postura intermedia, sino de la simultánea
afirmación de la condición social y personal del
hombre. Desde la fe cristiana, la Solidaridad, es la determinación
firme y perseverante de empeñarse por el Bien Común, por
el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables
de todos. Este es un fundamento que debemos sembrar y cultivar en las
comunidades parroquiales que servimos, suscitando entre los fieles la
capacidad de la solidaridad y de la caridad hacia los enfermos y ancianos.
Dios ha querido que el ser humano no este aislado sino que viva y se
desarrolle en íntima relación con los demás, como
miembro de la sociedad, a la que se halla indisolublemente ligado: no
está destinado sólo a vivir con los demás, sino
también a vivir para los demás. Dios, que cuida de
todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan
una sola familia y se traten entre sí con espíritu de
hermanos.
La
solidaridad se presenta, por tanto, bajo dos aspectos complementarios:
como principio social y como virtud moral. La solidaridad debe captarse,
en su valor de principio social ordenador de las instituciones, según
el cual las estructuras de pecado, que dominan las relaciones entre
las personas y los pueblos, deben ser superadas y transformadas en estructuras
de solidaridad. La solidaridad es también una verdadera y propia
virtud moral, no un sentimiento superficial por los males de tantas
personas, cercanas o lejanas, es la determinación de empeñarse
por el bien común: por el bien de todos y cada uno, para que
todos seamos verdaderamente responsables de todos (CDSI No.
193).
El
término solidaridad expresa en síntesis la exigencia de
reconocer en el conjunto de los vínculos que unen a los hombres
y a los grupos sociales entre sí, el espacio ofrecido a la libertad
humana para ocuparse del crecimiento común, compartido por todos
(CDSI No. 194).
El
principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven
aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad
en la cual están insertos: son deudores de aquellas condiciones
que facilitan la existencia humana, así como del patrimonio,
indivisible e indispensable, constituido por la cultura, el conocimiento
científico y tecnológico, los bienes materiales e inmateriales,
y todo aquello que la actividad humana ha producido. Semejante deuda
se salda con las diversas manifestaciones de la actuación social,
de manera que el camino de los hombres no se interrumpa, sino que permanezca
abierto para las generaciones presentes y futuras, llamadas unas y otras
a compartir, en la solidaridad, el mismo don (CDSI No. 195).
En
el espíritu de la solidaridad y mediante los instrumentos del
diálogo en nuestro ministerio aprendemos a:
-
respetar a todo ser humano, especialmente a nuestros enfermos y
ancianos;
-
respetar
los auténticos valores y las culturas de las familias de
los enfermos y ancianos;
-
respetar
la legítima autonomía y la autodeterminación
de nuestros enfermos y ancianos;
-
mirar
más allá de nosotros mismos para entender y apoyar
lo bueno de los enfermos y ancianos;
-
contribuir
con nuestros propios recursos a la solidaridad social en favor de
los enfermos y ancianos;
-
construir
unas estructuras que aseguren la solidaridad social de los enfermos
y ancianos.
Ser
solidarios con los enfermos y ancianos, especialmente con los más
necesitados, constituye un deber estricto. En virtud del principio de
solidaridad, debemos contribuir con sus semejantes al Bien Común
de la sociedad, en todos los niveles, por eso, la Doctrina Social de
la Iglesia se opone a todas las formas de individualismo. Desde el comienzo
de la historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres
no solamente en cuanto individuos, sino también en cuanto miembros
de una determinada comunidad. "La solidaridad
debe aumentarse siempre hasta aquel día en que llegue su consumación
y en que los hombres, salvados por la gracia, como familia amada de
Dios y de Cristo hermano, darán a Dios gloria perfecta"
(GS, n. 32). El ejercicio de la solidaridad dentro de cada parroquia
es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a
otros como personas. La solidaridad nos ayuda a ver al "otro",
no como un instrumento cualquiera para explotar a poco costo su capacidad
de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando
ya no sirve, sino como un "semejante" nuestro, una "ayuda"
para hacerlo partícipe, como nosotros, del banquete de la vida
al que todos los hombres son igualmente invitados por Dios.
La
solidaridad hacia el enfermo y el anciano, se nutre de la virtud cristiana
de la caridad. El amor entregado y desinteresado a los enfermos y ancianos,
por amor de Dios, es la fuente que vitaliza toda auténtica hermandad
entre los hombres. La solidaridad cristiana es virtud que otorga a los
hombres la facilidad para comprenderse y ayudarse mutuamente en la construcción
de una sociedad informada por el espíritu cristiano. Por la caridad,
los vínculos naturales que unen a los hombres en sociedad quedan
reforzados con unos lazos más fuertes y una interdependencia
mayor y más elevada. "La caridad
anima y sostiene una activa solidaridad, atenta a todas las necesidades
del ser humano" (Juan Pablo II, Christifideles laici,
n. 41).
La
cumbre de la solidaridad es la vida de Jesús de Nazaret, el Hombre
nuevo, solidario con la humanidad hasta la " muerte de cruz"
(Flp 2,8): en Él es posible reconocer el signo viviente del amor
inconmensurable y trascendente del Dios con nosotros, que se hace cargo
de las enfermedades de su pueblo, camina con él, lo salva y lo
constituye en la unidad. En Él, y gracias a Él, también
la vida social puede ser nuevamente descubierta, aun con todas sus contradicciones
y ambigüedades, como lugar de vida y de esperanza, en cuanto signo
de una Gracia que continuamente se ofrece a todos y que invita a las
formas más elevadas y comprometedoras de comunicación
de bienes. Jesús de Nazaret hace resplandecer ante los ojos de
todos los hombres el nexo entre solidaridad y caridad, iluminando todo
su significado: A la luz de la fe, la solidaridad tiende a superarse
a sí misma, al revestirse de las dimensiones específicamente
cristianas de gratuidad total, perdón y reconciliación.
Entonces el prójimo no es solamente un ser humano con sus derechos
y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la imagen
viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo
la acción permanente del Espíritu Santo. Por tanto, debe
ser amado, aunque sea enemigo, con el mismo amor con que le ama el Señor,
y por él se debe estar dispuesto al sacrificio, incluso extremo:
"dar la vida por los hermanos" (cf.
Jn 15,13) (CDSI No. 196).
Trabajo
grupal de reflexión: 30 minutos en grupos de 4 personas.
1.-
¿De qué manera el BIEN COMÚN debe ayudarnos a
la Evangelización de las familias de los enfermos y ancianos?
2.-
¿En qué consiste la visión cristiana de los medios
materiales? ¿Cómo no olvidar a ninguno de nuestros hermanos
enfermos y ancianos cuando consideramos el destino de los bienes terrenales?
3.-
¿De qué manera el principio de subsidiaridad nos exige
un replanteamiento de la Pastoral de la Caridad desde cada una de
nuestras parroquias y en los planes de ayuda a enfermos y ancianos
pobres y desvalidos?
4.-
¿Cómo considerar desde la fe cristiana, a la Solidaridad,
como la determinación firme y perseverante de empeñarnos
por el Bien Común, de nuestros enfermos y ancianos a quienes
servimos en el ministerio y apostolado?
TAREA
PARA REALIZAR EN CASA: TRABAJO GRUPAL
Elaborar
con ayuda de las personas que trabajan en Pastoral Social en la parroquia
(dispensario, Caritas, voluntariado, despensas, banco de medicamentos,
etc) un mural sobre los elementos más importantes de esta unidad:
LA PERSONA DEL ENFERMO frente al BIEN COMÚN, EL DESTINO UNIVERSAL
DE LOS BIENES, LA SUBSIDIARIDAD Y LA SOLIDARIDAD
Informes
en los teléfonos de la Comisión Pastoral de Salud
5208-5805 ó 5208-3200 extensión 1902 y 1955
PRÓXIMA REUNIÓN sábado
19 de SEPTIEMBRE de 2006 a las 10:00 horas
Comisión
Pastoral de Salud