X SEMANA ARQUIDIOCESANA DE CATEQUESISBeato Juan Pablo II


HOMILÍA


Homilía de Mons. Adolfo Castaño

Muy queridos hermanos sacerdotes, hermanas religiosas, hermanas y hermanos todos en Cristo Jesús.:

Hoy nos reuninos para ofrecer la Eucaristía, es decir, la acción de gracias por excelencia. Eucaristía significa eso, la acción de gracias. La acción de gracias más importante que ofrecemos a Dios nuestro Padre, en su Hijo Jesús, nuestro Pastor resucitado que nos congrega en torno a su altar, para dársenos en alimento y darnos el alimento de la Palabra y de su cuerpo y sangre, por la acción del Espíritu de la verdad.

El motivo de esta Eucaristía, de esta acción de gracias es ante todo el haber culminado una semana dedicada a reflexionar y a buscar mejores caminos para la catequesis en nuestra Arquidiócesis de México. Tema central, como ustedes bien saben, ha girado en torno al lugar de la Palabra Divina, en todo el proceso catequético y a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, especialmente del Beato Juan Pablo II y demás enseñanzas de la Iglesia Universal y, de nuestra Iglesia Particular.

No podemos pasar por alto lo que encierra ya en sí mismo el significado del término catequesis, su sentido original del griego katexêo, que significa hacer sonar en los oídos, resonar y por extensión, instruir. Se trata, como sabemos, en primera instancia de hacer resonar en los oídos el anuncio del Primer mensaje. El kerigma de la salvación de nuestro Señor Jesús, nuestro Mesías muerto y resucitado. En Él se basa el camino de la fe a través, precisamente, de la enseñanza de la Palabra de Dios.

En el Nuevo Testamento hay algunos pasajes, podríamos decir un tanto cuanto paradigmáticos, que nos ilustran la acción catequética en los tiempos mismos del NT, incluso ya se usa el verbo “catequizar”, como nos lo presenta Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 18, verso 25, cuando dice que Apolo había sido catequizado en el Camino del Señor, había sido instruido, usando este verbo katexêo.

O en la primera carta a los Corintios 14, 9, cuando San Pablo exhorta a hablar con palabras inteligibles para lograr instruir, catequizar a los que escuchan y no hablar como si se hablara al viento —dice San pablo— o en Gálatas 6, 6, cuando el mismo Apóstol invita a que el que es catequizado comparta sus bienes con el que catequiza, con el que instruye.

Pero más allá de los textos y de otros que usan los términos específicos, en la lengua original griega: catequesis, catequizar, podemos descubrir cómo las acciones encaminadas a instruir por las sendas del Señor aparecen por todas partes, a lo largo y ancho de toda la Biblia, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

Desde el hecho mismo que la fe está fundada en la revelación divina de la que son portadores los profetas en sentido amplio, sabemos que profeta significa el que habla en nombre de, en nombre de Dios, por supuesto, pero esta revelación debe llegar al conocimiento de los seres humanos, incluso hasta sus consecuencias prácticas, de aquí la importancia que reviste la instrucción, la enseñanza o la catequesis en el pueblo de Dios.

Y estamos hablando ya desde el Antiguo Testamento. Esta instrucción es en primer lugar una predicación que proclama la salvación de Dios, tal como tiene lugar en la historia y, que proporciona una compresión también más profunda de ella misma.

En el Antiguo o primer Testamento esa función se realiza de diversas maneras, pero es siempre Dios quien forma o instruye a su pueblo. Aquí interviene el padre de familia, ya desde el Antiguo Testamento en el pueblo de Israel, el primer catequista de sus hijos, el primer instructor, el que enseña los rudimentos de la ley del Señor.

También está el profeta, por supuesto, el sacerdote, el sabio. Pero más allá de todos esos maestros, es preciso reconocer que Dios es el único Maestro, el Maestro verdadero, de quien los maestros humanos reciben la autoridad: La Palabra del Señor, inspirador de Moisés y los profetas, es la fuente de la enseñanza que trasmiten tanto los padres de familia, como los profetas, los sacerdotes y los sabios. A través de ellos, el Dueño de la ciencia, de la Ley y de la instrucción, enseña a los humanos toda verdad y sabiduría, dando a conocer sus caminos y su ley. Y muchos libros del Antiguo Testamento son testimonios catequéticos, que nacieron de aquella praxis en la enseñanza aprendizaje, no es exagerado decir que no solamente los llamados libros sapienciales, sino incluso, los que llamamos libros históricos y proféticos son resultado muchas veces de esas instrucciones de esta praxis de enseñanza-aprendizaje o dicho de otro modo, de una práxis catequética.

En el Nuevo Testamento Cristo es sin lugar a dudas el Maestro y Doctor por excelencia, más aún el único en sentido estricto, sobre todo porque Él mismo es la Palabra que ha hecho carne, es la Palabra viva de Dios. No sólo habla palabras de Dios, sino que es la Palabra encarnada la que habla y se dirige a los seres humanos. No podemos olvidar que la predicación y la enseñanza fueron la principal acción de Jesús, nuestro Mesías en su vida pública —alguien dijo por ahí que “Jesús predicó y enseño durante tres años y celebró sólo una misa”—.

La instrucción, la enseñanza, la predicación son la principal actividad de Jesús, el primer Maestro, el primer catequista, el primer doctor; enseña en las sinagogas, incluso en el templo con ocasión de las fiestas. Le reconocen  el título de Rabí y Él lo acepta, aunque también reprocha a los escribas la actitud de ir a la caza del título, como si el único Maestro no fuera Dios.

Como Maestro y Profeta, Jesús anuncia la Palabra de la que es portador, siendo Él mismo la Palabra encarnada, rompiendo con viejas tradiciones inveteradas, busca dar a conocer el mensaje auténtico del Padre e invita a aceptarlo, ese mensaje. Para llegar a esto hace falta la disposición del corazón  que inclina a cumplir la voluntad divina del Señor, pero también hay que contar con una gracia interior que lleva al ser humano a ser dócil a las enseñanzas de Dios.

Por eso, hermanas y hermanos, nos encontramos así con el misterio que conjuga la libertad humana con la gracia, en esta dinámica de enseñanza-aprendizaje de no cualquier instrucción, sino la enseñanza que viene de Dios. Nos encontramos con el misterio de ésta que combina la libertad y la gracia.

La Palabra del Maestro muchas veces choca con la ceguera voluntaria de los que pretenden ver con claridad, pero no lo hacen.

El Mesías resucitado no escatima en enviar a los que han creído en Él y lo han seguido para que  vayan y hagan discípulos a todas las naciones, enseñándoles a observar todo lo que Él los ha instruido, los ha catequizado. Para la realización de esta gran misión les promete y envía al Espíritu Santo, que los irá llevando a la verdad completa. Después de Pentecostés, los apóstoles se dedican, ante todo, a llevar a cabo la misión que se les ha confiado: predicar la Palabra, instruir, educar en la fe, hacer resonar en los oídos aquel primer mensaje, kerigma proclamadoes.

Ésta, con la oración, fue la principal actividad de los apóstoles, incluso por encima del servicio directo de la mesas. Podríamos decir que ellos fueron ante todo pregoneros, maestros, catequistas de las comunidades cristianas y, lo serán también los siguientes que los sucederán. En las sinagogas, en las plazas, en las casas, como nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, todo espacio es idóneo, como lo fue para Jesús, para enseñar esta actividad esencial, para llevar a cabo esta misión.

El objeto principal es ante todo la proclamación del mensaje de salvación: Jesús-Mesías e Hijo de Dios, colma la esperanza de Israel. Su muerte y resurrección son el cumplimiento de las Escrituras, es preciso convertirse y creer para recibir el Espíritu Santo prometido.

Esta es la catequesis fundamental que busca conducir las personas hacia la fe; ciertamente después del bautismo se complementa con una enseñanza más profunda, a la que se muestran asiduos los primeros cristianos.

El mismo Espíritu, con sus carismas, hace surgir a la Iglesia, junto con los apóstoles a otros instructores, catequistas que los ayudan en esta misión, los llamados didaskaloi, aquellos encargados de fijar y desarrollar para las jóvenes comunidades el contenido del Evangelio.

Todavía más, hay que decir, que como en el Antiguo Testamento, libros mismos del Nuevo Testamento, incluidos los Evangelios, son fruto y expresión de una actividad catequética del cristianismo primitivo. Podríamos decir que, los Evangelio, por ejemplo, no fueron escritos para informar acerca de lo que Jesús hizo, que curó a un enfermo a un ciego, si calmó una tempestad, no son información, son la expresión y una interpelación, un llamado a la fe y son también precisamente enseñanzas catequísticas que nos presentan los mismos Evangelios, Hechos de los Apóstoles, San Pablo, diferentes libros, las cartas de Pedro, por ejemplo, las cartas de Pablo; realmente son catequesis de la Iglesia Primitiva o expresiones que surgen de una práxis catequética, a través del tiempo.

Por eso el Sínodo de la Palabra recuerda la necesidad de tener siempre presente la dimensión bíblica de la catequesis, nos recuerda sobre todo en el número 74:

Un momento importante de la animación pastoral de la Iglesia en el que se puede redescubrir  adecuadamente el puesto central de la Palabrade Dios es la catequesis, que, en sus diversas formas y fases, ha de acompañar siempre al Pueblo de Dios.

Sería erróneo hablar de una catequesis sin ese fundamento, sin ese espíritu bíblico, que no solamente acompaña sino que impregna e impulsa toda actividad de catequesis.

El encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús, descrito por el evangelista San Lucas, representa en cierto sentido el modelo de una catequesis en cuyo centro está la explicación de las Escrituras, que sólo Cristo es capaz de dar, mostrando en sí mismo su cumplimiento. De este modo, renace la esperanza más fuerte que cualquier fracaso, y hace de aquellos discípulos testigos convencidos y creíbles del Resucitado. Pero no fue sino hasta después de haber recibido aquella instrucción del resucitado, que fue lo que cambió la situación de los discípulos de Emaús, precisamente el ardor, cuando su corazón ardía, su corazón ardía cuando el Señor les explicaba las Escrituras, los instruía, los catequizaba.

Sólo nos deja a nosotros, hermanos y hermanas, una gran tarea, cómo hacer para que al ser nosotros portadores de este mensaje, a ser catequistas por la gracia del Espíritu y con el envío del Señor, Él haga que los corazones de nuestros hermanos ardan, al explicarles las Escrituras. Esa es nuestra tarea, si no logramos que el corazón de nuestros hermanos arda, si no los motivamos que arda el corazón, posiblemente no estamos en la misma dinámica de la catequesis de Jesús. Si no logramos entusiasmar, si no logramos convencer, por supuesto por la acción del Espíritu de Dios, por ese dinamismo de la gracia, del que hemos hablado, quizá tendríamos que poner en duda si nuestra catequesis está realmente en esta línea de la catequesis de Jesús. La tarea no es fácil, ayudar a que arda en el corazón, es porque se vive esa experiencia de los discípulos de Emaús; ciertamente no es tarea fácil.

Nos recuerda el Sínodo de la Palabra, el documento postsinodal: Verbum Domini, suscrito por su Santidad Benedicto XVI: En esta circunstancia, —dice el Santo Padre— deseo sobre todo subrayar que la catequesis ha de estar totalmente impregnada por el pensamiento, el espíritu y las actitudes bíblicas y evangélicas, a través de un contacto asiduo con los mismos textos; y recordar también que la catequesis será tanto más rica y eficaz cuanto más lea los textos con la inteligencia y el corazón de laIglesia, y cuanto más se inspire en la reflexión y en la vida bimilenaria de la Iglesia.

La actividad catequética comporta un acercamiento a las Escrituras en la fe y en la Tradición de la Iglesia, de modo que se perciban esas palabras como vivas, al igual que Cristo está vivo, que nuestra catequesis no parezca una catequesis muerta. Además, debe comunicar de manera vital la historia de la salvación y los contenidos de la fe de la Iglesia, para que todo fiel reconozca que también su existencia personal pertenece a esta misma historia.

Esta es nuestra tarea, hermanas y hermanos, continuar con este espíritu, el espíritu que aparece en los mismos textos de la Biblia, la motivación que nos da el documento postsinodal Verbum Domini, el magisterio de Juan Pablo II, que nos ha llevado por esta misma línea, por esa misma dirección. Nos recuerdan este documento postsinodal y Juan Pablo II, la relación entre la Sagrada Escritura y el Catecismo de la Iglesia Católica, que se elaboró precisamente durante el pontificado de Juan Pablo II.

En esta dinámica tenemos que marchar y recordemos que este trabajo viene, sobre todo, inspirado por Dios, Él mismo que inspiró la Palabra, El mismo que hizo que la Palabra se encarnar en el seno purísimo de María Virgen, nuestra madre, el mismo Espíritu nos impulse a dar testimonio de la fe que profesamos, a ser verdaderos testigos de esta Palabra, hacer sonar y resonar en los oídos de nuestros hermanos esta Palabra de Salvación, que es Cristo mismo en torno a quien hoy nos reunimos, en torno a quien hoy celebramos, porque nos invita a celebrar esta Eucaristía.

Que Él con este alimento, con su Palabra, con su Eucaristía nos ayude a ir en esa misma dinámica, en esa misma dirección que el primer catequista nuestro, Jesús, nos ha enseñado.

Mons. Adolfo Miguel Castaño Fonseca
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