VII SEMANA ARQUIDIOCESANA DE  CATEQUESIS
CATEQUISTAS EN FORMACIÓN:
¡CAMINEMOS JUNTOS EN LA MISIÓN PERMANENTE  DE NUESTRA CIUDAD!
 

LA FORMACIÓN DEL CATEQUISTA EN EL CONTEXTO DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN A LA LUZ DEL DOCUMENTO DE APARECIDA.

Pbro. Amando Salomón García

OBJETIVO: ILUMINAR DESDE APARECIDA EL PROCESO DEL DISCÍIPULO MISIONERO EN EL CATEQUISTA.

DAR LA VISIÓN CATEQUÍSTICA DEL DOCUMENTO DE APARECIDA.

INTRODUCCIÓN

Hoy cada día nos preocupamos y ocupamos por formar al catequista que los nuevos tiempos nos exigen. El catequista está llamado a ser discípulo y misionero de primera línea para que sea formador de discípulos misioneros. En el documento de Aparecida que no es un tratado o recetario de formación de catequistas, podemos decir que en todo el documento nos plantea el perfil del catequista cuando se refiere a los agentes de la Nueva Evangelización, es por eso que este trabajo pretende entresacar una lectura  desde una visión global del documento que nos inspire y guíe para descubrir todo lo que puede abarcarse para  formación del catequista que necesitamos en este cambio de época que también debe ser tiempo para continuar la encomienda del Señor: “y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado”. 

1.- SE SABE PERSONA AMADA POR DIOS A VIVIR LA ALEGRÍA DE SU VOCACIÓN

Se sabe persona, creada por Dios, que le ha bendecido con innumerables dones, de manera especial el de su divino amor y el de la gracia de su fe, que lleva al ser humano a convertirse en seguidor de Jesús y partícipe de la misión evangelizadora (24-26).

Con actitud alegre ante la vida y ante su vocación. Alegría que surge del don de la vida de la invitación del Señor a ser su discípulo y de haber sido enviados a nuestros hermanos llevando en nuestras manos el tesoro del Evangelio (27-32).

2.- RECONOCE LOS DESAFÍOS DE SU REALIDAD

Se siente interpelado por los grandes males sociales, de alcance global, que afectan profundamente su vida y la de sus hermanos, cada vez más opaca y compleja: Las injusticias escandalosas, los cambios culturales, la consolidación de la democracia, la falta de desarrollo, la corrupción estructural, el pluralismo ético, las amenazas a la vida desde la concepción hasta su término natural, los cambios culturales que afectan el rol de cada quien en la sociedad, el consumismo, el daño ecológico, etc. (33-97).

Hace un sano balance de la situación de la Iglesia en esta hora de desafíos. Acepta los mementos de luz y de sombra que hemos estado teniendo. Por un lado, el esfuerzo de poner la Biblia en las manos de las personas y la vida de las personas en los libros de la teología, una renovación litúrgica que acentúa la dimensión celebrativa y festiva de la fe, la entrega abnegada de tantos misioneros y misioneras, el gran aprecio que los sacerdotes se han ganado en la donación generosa de su servicio pastoral, la metamorfosis de nuestras parroquias que han pasado de ser casas vacías a espacios vitales de encuentro con Dios y nuestros hermanos, etc. (99). Por otro lado, ve con tristeza que nos hemos estancada y hemos sido superados como Iglesias por el crecimiento de la población, lamentamos algunos intentos de retroceso pastoral contrarios a la renovación conciliar, percibe una evangelización con poco ardor y sin novedad en los métodos y expresiones, un escaso acompañamiento a los laicos en sus responsabilidades sociales, el uso de lenguajes poco significativos para la cultura actual, los miles de comunidades privadas de eucaristía dominical debido al escaso número de sacerdotes, la migración de hermanos nuestros que abandonan la Iglesia y parten en busca de Dios a otras latitudes del creciente pluralismo religioso presente entre nosotros, etc. (100).

3.- ALEGRE ANUNCIA LA BUENA NUEVA DEL AMOR DE DIOS

Con incertidumbres en el corazón, el catequista como Tomás se pregunta: “¿Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5) y escucha a Jesús responderle con una propuesta provocadora: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6) es entonces que reconociendo a Jesús como su Señor, emprende con alegría el camino misionero para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en El, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la solidaridad con la creación (101-103).

4.- ACEPTA EL LLAMADO A LA SANTIDAD

Escucha el llamado de Dios a participar de su vida y su gloria, y en el encuentro con Jesús acepta hacerse familiar suyo (129-133). La respuesta a esta llamada le exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano, haciéndose prójimo del que más sufre y esforzándose por construir la Iglesia y una sociedad sin excluidos (135).

Configurado con el Maestro que le llama por su nombre, asume la centralidad en su vida del mandamiento del amor, a la medida de Jesús, testimonio certero del verdadero discípulo (138).

Al crecer en el catequista la conciencia de la pertenencia a Cristo, aon alegría crece también el ímpetu de compartir con todos el don del encuentro con el Maestro, y, agradecido comparte la experiencia de este acontecimiento co n cada persona y comunidad (145). Es entonces, al participar de la misión de Cristo, que el discípulo se encamina a la santidad. 148 y dirige sus paso, lleno de ánimo, hacia las personas y horizontes que el Espíritu Santo le señala (149-153).

5.- LLAMADO A VIVIR EN COMUNIÓN

A cada catequista Jesús le habla al corazón, le llama por su nombre, le invita a vivir con El. Este encuentro íntimo es indispensable para alimentar la vida comunitaria y la actividad misionera de cada discípulo del Señor (154). La Vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión con su Iglesia, que se sustenta en la comunión con la Trinidad. No hay discipulado sin comunión (155-156).

Al igual que en las primeras comunidades, los catequistas y todos ellos entres si, están llamados a vivir unidas, alimentarse del Pan de la Palabra y de la Eucaristía, y presentar juntos al Padre bueno del Cielo su acción de gracias y sus peticiones a través de la oración, juntos como familia en la Iglesia, hogar de comunión (158). Es discípulo de Cristo que peregrina por estas latitudes del mundo creado por Dios para todos nosotros, ha de recordar siempre que la comunión y la misión están profundamente unidas entre si. La comunión es misionera y la misión es para la comunión (163).

Como espacio para la comunión, destaca la parroquia y los responsables de las mismas hemos de esforzarnos por hacer de ellas espacios de la iniciación cristiana, de la educación y celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizada de modo comunitario y responsable, integradoras de movimientos de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y supra-parroquiales y a las realidades circundantes 170. Hoy tenemos ante nosotros la oportunidad de que nuestras parroquias se vuelvan verdaderamente misioneras (173), que anuncien lo que Jesús hizo y enseñó, reformando su estructura organizacional y de servicio, para llegar a ser una verdadera red articulada de comunidades y grupos, donde sus miembros se sientan y sean realmente discípulos y misioneros de Jesucristo viviendo en comunión (172).

6.- EL CAMINO DE SU FORMACIÓN

Lo esencial de la formación de nuestros catequistas, es la espiritualidad en la que vive el discípulo, es un encuentro con Cristo a partir del cual surge un nuevo horizonte para la vida del evangelizador (243), una experiencia trinitaria y bautismal que nos permite superar el egoísmo para encontrarnos plenamente en el servicio al otro (240), El lugar de esta espiritualidad es la acción del Espíritu Santo en la Iglesia, nuestra casa, en donde experimentamos la vida de la fe en comunidad (246), el Pan de la Palabra que nutre nuestra vida en el camino del Señor (247-249), La Eucaristía lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo 251, la Liturgia sacramental y no sacramental que nos llevan a penetrar más en los misterios del Reino y expresan de modo sacramental la vocación del discípulo misionero (250-254), la oración personal y comunitaria en donde el discípulo cultiva una relación de profunda amistad con Jesucristo y procura asumir la voluntad del Padre (255), la vida sostenida en la fe y el amor fraterno, el testimonio de los pastores y de quienes, algunas veces llegando a entregar la propia vida, nos invitan a buscar un mundo más justo y más fraterno 256, el encuentro con los pobres que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de la fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha para seguir viviendo (257). Todo ello con una fuerte devoción a María, mujer  libre, fuerte y buscadora 266, discípula perfecta del Señor.

Se requiere y se exige de nosotros, una clara y decidida opción por la formación de nuestros catequistas, haciendo incluso a un lado, nuestro afán por producir materiales y subsidios o por diseñar estructuras y modelos de organización. Es una formación con Jesús maestro, pues solo en El podemos desarrollar las potencialidades que están en las personas y formar discípulos misioneros 276, una formación experiencial, que hunde sus raíces en la naturaleza dinámica de la persona y en la invitación personal de Jesucristo, que llama a los suyos por su nombre, y éstos lo siguen porque conocen su voz (277).

Un proceso de formación en el que destacan cinco aspectos fundamentales: encuentro con Jesucristo, conversión, maduración en el discipulado, comunión, misión (278).

Una formación que ha de integrar armónicamente en una unidad vital sus diferentes dimensiones: Humana, y comunitaria, espiritual, pastoral y misionera (280), respetuosa de los procesos personales y de los ritmos comunitarios (281) e integrando en la práctica la acción misionera (284). Una formación que requiere de nuestro acompañamiento, no solamente del diseño de planes de estudio y apertura de centros de capacitación (282).

En primer lugar ha de ser la familia, en ella la persona esboza sus primeros rasgos vocacionales (302-303); la parroquia, hogar primero para la vivencia de nuestro servicio evangelizador (304-306); las pequeñas comunidades eclesiales, ámbito propicio para vivir la fraternidad y fortalecer el compromiso del discípulo en la sociedad actual (307-310); los movimientos eclesiales, que desde sus diferentes carismas, son invitados a vivir la profunda unidad con la Iglesia diocesana, no solo de fe sino también de acción (311-313); los seminarios y casas de formación religiosa, espacios privilegiados de formación de discípulos y misioneros de Jesucristo (314-327). Cada uno de estos lugares ha de integrar la formación en una red dinámica y comunitaria, donde se viva una auténtica espiritualidad misionera 284, para que, arraigados en ella, encuentre cada lugar su espiritualidad específica en el seguimiento del Señor (285).

7.- MISIONEROS SIN FRONTERAS

La Iglesia y por consecuencia cada catequista, es misionero por naturaleza porque toma su origen de la misión encomendada por el Padre al Hijo y el Espíritu Santo (347).

La misión es sencilla: manifestar a cada persona que Dios le ama y quiere para ella una vida feliz (348) y hacerlo al estilo de Jesús Buen Pastor que se acerca, anima y acompaña a cada persona que en el camino encuentra (353).

El anuncio del amor que procede del Padre toca al catequista en su persona entera y desarrolla hacia la plenitud sus variadas dimensiones: personal, familiar, social y cultural, lo cual incluye la alegría de comer juntos, el entusiasmo por progresar, el gusto de trabajar y aprender, el gozo de servir a quien nos necesite, el contacto con la naturaleza, el entusiasmo de los proyectos comunitarios, el placer de una sexualidad vivida según el evangelio, y todas las cosas que el Padre nos regala como signos de su amor sincero (356).

Solamente cuando el catequista ha experimentado en si mismo el amor del Padre Bueno del Cielo, es cuando puede compartir ese amor con todos los demás, comunicándoles una vida plena dentro de un dinamismo de liberación integral, de humanización, de reconciliación y de inserción social que le lleva a superar todo tipo de abandono, exclusión e indiferencia hacia los más pequeños de nuestros hermanos (358-364).

El verdadero evangelizador, reconoce que el campo de su misión no se delimita por consideraciones geográficas o jurídicas, sino que los verdaderos interlocutores de su actividad misionera son los corazones de cada persona que anhela, a veces sin saberlo, que nos atrevemos a levantar la vista, a traspasar la frontera, a cruzar a la otra orilla y les presente alegremente a Cristo y a la Iglesia (375-379).

8.- PROMOTORES DE LA DIGNIDAD HUMANA

El catequista tiene la certeza que Jesucristo es la respuesta total, sobreabundante y satisfactoria a las preguntas humana sobre la verdad, el sentido de la vida y de la realidad, la felicidad, la justicia y la belleza (380).

Por eso sabe que ser discípulo misionero de Jesucristo le lleva a asumir evangélicamente y desde la perspectiva del Reino las tareas prioritarias que contribuyen a la dignificación de toda persona, a trabajar junto con los demás ciudadanos e instituciones en el bien del ser humana (384).

Seguro de que la opción por los pobres va implícita a la fe en Cristo  (391-393), se hace amigo cercano y solidario, abogado de la justicia y defensor de los más pobres 394-398 y reconoce el rostro de Cristo en los rostros sufrientes de las víctimas de todo tipo de violencia, de los ancianos, de quienes han sido esclavizados en la prostitución, de los discapacitados, de los desempleados, de los analfabetas, de los indígenas, de quienes han sido despojados de sus tierras, de los marginados de la tecnología 402, de quienes viven en las calles, de los migrantes, de los enfermos, de los adictos, de los encarcelados (407-430).

9.- TUTOR DE LA VIDA, LA PERSONA Y LA FAMILIA

Reconociéndose tutor y depositario del gran regalo de Dios que es la vida el evangelizador se empeña en cuidarla desde la concepción hasta la muerte natural (464).

Escucha el clamor, tantas veces silenciado, de mujeres que a lo largo de su vida son sometidas a variadas formas de desvalorización en su dignidad, de exclusión y de violencia, tanto en el campo social como en el eclesial y se empeña entonces por superar una mentalidad machista que ignora la novedad del cristianismo, donde se reconoce y proclama la igual dignidad y responsabilidad de la mujer respecto al hombre (451-458).

Exige una especial atención a los varones que genere y favorezca su participación en todos los campos del quehacer pastoral (459-465).

Dado que la familia es el valor más querido para nuestros pueblos, el discípulo misionero de Jesucristo, asume de modo intenso y vigoroso, la preocupación por ella como uno de los ejes transversales de su acción evangelizadora (435).

10.- INCULTURADOR DEL EVANGELIO

La fe sólo es adecuadamente profesada, entendida y vivida, cuando penetra profundamente en el substrato cultural de un pueblo. El encuentro de la fe con las culturas las purifica, permite que desarrollen sus virtualidades, las enriquece. Pues todas ellas buscan en última instancia la verdad, que es Cristo (477).

El catequista, también se enriquece con nuevas expresiones y valores, aprendiendo a unir más la fe con la vida y embelleciendo la celebración del misterio de Cristo (479).

Junto con la vida cotidiana de nuestros pueblos, surge una cultura de carácter mediático que en el momento en que el discípulo de Jesucristo se decide a asumir y poner al servicio del Evangelio, proclama desde estas nuevas azoteas y casi sin límites el anuncio de la Buena Nueva (485).

La cercanía a la cultura cotidiana y mediática, pone al catequista ante la responsabilidad de iluminar con el Evangelio todos los ámbitos de la vida social: educación, ciencia, economía, política, mundo del trabajo, expresiones artísticas, grandes ciudades, ciudades medias, barrios, poblaciones rurales , comunidades indígenas, etc. (491-533). Siempre buscando construir el hogar común, donde todos tengan una morada para vivir y convivir con dignidad (534).

Esta V conferencia, recordando el mandato de ir y de hacer discípulos, desea despertar la Iglesia de América Latina y el Caribe para un gran impulso misionero. No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, de las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de sentido, de verdad y amor, de alegría y esperanza!  Y Por eso necesitamos catequistas formados plenamente para los desafíos de hoy.

6 DE MAYO DE 2008


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