Discipulado y misión a la luz del evangelio de san Marcos

Una reflexión bíblico-pastoral siguiendo el esquema
de la Lectio Divina

1. Introducción

Aparecida, último acontecimiento eclesial en América Latina. No podemos ignorar la importancia que tiene en nuestra Iglesia. Ahí, citando Deus caritas est 12, de el Papa Benedicto, se dijo:

No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran ¡dea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a ¡a vida y, con ello, una orientación decisiva (DA, 243).

Se trata, entonces, dicho de otra manera, del propósito de los evangelios y de la evangelización en el inicio del cristianismo:

Un encuentro de fe con la persona de Jesús

Este encuentro, señala el DA, "se realiza en la fe recibida en la Iglesia" (246); "en la Sagrada Escritura, leída en la Iglesia" (247).

Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la Roca de la Palabra de Dios (DA, 251).

Si ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo (San Jerónimo), lo contrario es conocer las Escrituras para un encuentro con Cristo.

Una forma de acercamiento a las Sagradas Escrituras es la Lectio Divina:

una lectura orante, bajo la guía del Espíritu Santo, que conduce al encuentro con Jesús Maestro, Hijo de Dios, Señor del universo, Mesías y Salvador, Hermano Mayor... En fin, un ser vivo que está presente en la Iglesia, en los pobres, en los sacramentos, en las más diversas circunstancias de la vida (Cf. DA, 249).

2. Objetivo de esta reflexión

Que a partir de este ejercicio de lectura orante de la Palabra, tengamos en la práctica, lo que sugiere el DA y, al mismo tiempo, descubramos la profunda relación entre discipulado y misión como centro de nuestro ser en Cristo.

Los evangelios sinópticos nos señalan los momentos del proceso por el que pasa el discípulo para llegar a ser enviado (apóstol o misionero): Mt 4, 18-22; Le 5,1-11; Me 1,16-20, Mt 9,9; Le 5,27-28; Me 2,13-14, Mt 10, 1-41 (elección de los Doce y discurso misionero); Le 9, 1-6 (elección y misión de los doce); Me 3,13-19.

3. Lectio

¿Qué dice el texto inspirado?

Mc 1, 16-20; 2, 13-14; 3, 13-19. Además: 16, 15-18.

3.1 El Llamado a ser discípulos

1,16-20: Pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que estaban echando las redes en el lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo:

-Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres.
Ellos dejaron inmediatamente las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan. Jesús los llamó también; y ellos dejando a su padre Zebedeo con sus trabajadores, se fueron con él.

2,13-14: Jesús regresó a la orilla del lago. Toda la gente acudía a él, y él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, el hijo de Alfeo, que estaba sentado en su oficina de impuestos y le dijo:

- Sígueme.
Él se levantó y lo siguió.

3,13-19: Subió después a la montaña, llamó a los que él quiso y se acercaron a él. Designó entonces, a Doce, a los que llamó apóstoles, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios. Designó a estos Doce...

Tenemos entonces que los textos nos hablan de La Vocación


• Una mirada de Jesús que elige
• Iniciativa de Jesús que llama
• Urgencia de Jesús que apremia

La Respuesta

* Fe
* Desapego
* Seguimiento

3. 2.  La Misión

16, 15-18.20: Y les dijo:
•Vayan por todo el mundo y proclamen la buena noticia a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará, pero el que no crea, se condenará... Ellos salieron a predicar por todas partes colaborando el Señor con ellos y confirmando la palabra con las señales que la acompañaban.

El mismo esquema:
Orden de Jesús: Vayan... proclamen
Respuesta de los enviados: salieron...

4. Meditatio

¿Qué me/nos dice el Señor a través del texto inspirado?

Después de esta reflexión, pueden dos personas expresar también la suya.

Llamado y envío van unidos estrechamente. El envío está ya contenido en el llamado. Nadie es llamado sino para ser enviado. De manera que el llamado o la elección sólo tiene sentido por la misión.

No somos llamados para separarnos de los demás y estar cómodos, sino para ocuparnos de aquellos a quienes somos enviados. No somos llamados por ser mejores que otros. En principio no somos diferentes de los demás. No nos elige por ser mejores, tal vez al contrario.

Por tanto, ser llamado es un privilegio que compromete y adquiere todo su valor por la misión a realizar que no es nuestra sino del que nos envía.

El llamado es apremiante: ¡vengan, síganme, vayan! Exige, entonces, una respuesta inmediata. La vida Cristina es, ante todo una respuesta, no una búsqueda. Es respuesta a la gracia. Y una respuesta permanente. Por eso es necesario estar siempre atentos, ser sensibles a las miradas de Jesús que pasa y nos puede llamar cuando y donde menos lo esperamos. La llamada de los primeros discípulos se dio en el lugar de trabajo. Él me mira, me conoce y me llama por mi nombre. Es Dios el que nos busca, no al revés. No es decisión nuestra el asumir una misión, sino que parte de una iniciativa divina.

Nosotros sólo respondemos en la fe y la esperanza. Esto implica correr riesgos en la libertad. Implica desapego y abandono de falsas seguridades: profesión, familia, ganancias, fama, poder, placer...

Tras la mirada de Jesús que me llama a seguirlo no me queda más que la fe para responder, aún en medio de la duda. La fe es aventura. Basta con fiarse del que llama. Esta es la fe que caracteriza al discípulo: no se miden las consecuencias positivas o negativas. Para ser discípulo hay que entregarse incondicionalmente. Basta creer. El Seguimiento es la expresión más auténtica del amor a Jesús.

Pero hay que insistir: Lo más importante de nuestra relación con Jesús es el seguimiento, sin saber por dónde ni cómo nos conducirá. Porque lo propio del discípulo es seguir a Cristo, caminar por sus sendas, no basta con admirarlo.   Es importante compartir sus criterios y sus proyectos, especialmente sus actitudes de servicio desinteresado. Ser discípulo es dejarse transformar. Sólo Él nos hace llegar a ser lo que Él necesita que seamos. Es tarea suya ,basta con que nos dejemos moldear por Él.

Sólo de esta manera asegurarnos, la presencia de Cristo en el mundo. Esa es la intención del llamado y de la misión. Él es quien tiene que aparecer, no nosotros. Es éste uno de los sentidos de la Ascensión. Somos sus manos, su cuerpo, su voz, en fin su rostro.

Pero no pensemos que seguimiento y misión son dos etapas sucesivas cronológicamente. No es así. Son más bien alternas. La formación se ve necesaria cuando, alcanzados por Cristo, empezamos a caminar con Él y a tener las primeras experiencias de apostolado. Seguirnos detrás de Él siempre, pues no nunca dejamos de ser discípulos, pero vamos creciendo y madurando en la comprensión y en la experiencia de la fe de la que vamos dando testimonio mientras caminamos con Jesús cumpliendo su encargo a favor de nuestros hermanos El seguimiento, entonces, se hace más gratificante y alegre cuanto más exigente. Este es el sentido de la formación permanente.

5. Oratio

A partir de lo que me/nos dice el Señor ¿qué le digo/decimos para dialogar con Él? Podemos dar gracias, alabar, suplicar, pedir perdón.

También después de esta breve oración, ojalá dos personas lo hagan en voz alta para edificación de todos.

Señor, Jesús, creo firmemente que desde el día de mi bautismo me has llamado a ser discípulo tuyo y me has enviado, desde entonces, a dar testimonio de la fe que, como don tuyo he recibido. Como Samuel, el profeta, te digo: Aquí estoy porque me llamaste. Estoy dispuesto a seguirte a donde me quieras llevar. Sé que sin ti me pierdo. Pero sé también que tú estás siempre conmigo para que pueda cumplir el proyecto que tiene para mí y para aquellos que con mi testimonio he de servir para que te encuentren y se salven. Me encomiendo a tu misericordia y al mismo tiempo te encomiendo a quienes, deseosos de conocerte, esperan con todo derecho que les sirva con el testimonio de mi fe, esperanza y amor.

5. Contemplatio

Es el momento de "la oración en su más alta calidad, en toda su pureza. No es experiencia extática ni situación paradisíaca, sino el reconocimiento pacífico, manso de la venida del Señor a nuestra incapacidad, a nuestra pobre humanidad. Es una venida que sana y que restaura.

...Es ese sumergirse en la tremenda simplicidad y dulzura del grandioso amor de Dios o, como san Juan de la Cruz: estar amando al amado... (Fidel Oñoro, A la escucha del Maestro. CEM, 1997).

Contemplemos la infinita misericordia de Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha llamado, sin ningún mérito nuestro, a ser presencia viva de Jesús en el mundo.

Qué grande es nuestro Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos envía, como Iglesia e individualmente, con todo y nuestras miserias como instrumentos de salvación de todos aquellos que están alejados del influjo bienhechor del Evangelio.

Oración final o canto (Por ti, mi Dios, cantando voy la alegría de ser tu testigo Señor).

Pbro. José Luis Herrera Martínez

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