8a SEMANA ARQUIDIOCESANA DE CATEQUESIS -click para ver poster


EL KERIGMA CRISTIANO EN LA IGLESIA PRIMITIVA


Kérygma y didaché: anuncio y enseñanza en la antigüedad patrística

La enseñanza cristiana toma toda su forma de la tradición apostólica, de hecho la acción de anunciar el evangelio es un apostolado, un mandato, una misión, y por tanto, acción de difusión del mensaje de la salvación. Durante el desarrollo de los primeros siglos del cristianismo la enseñanza de la fe tomó todos los elementos del mensaje evangélico y generó otras fórmulas de comunicación.

De hecho la concepción del kérygma que hasta ahora conocemos es un encapsulamiento del concepto de predicación apostólica, es decir del “testimonio (martyria) del ministerio, la muerte y resurrección de Cristo”. De tal modo que los Padres, predicadores y ministros de la comunidad antigua mantuvieron el “testimonio” apostólico como clave didáctica y espiritual para la enseñanza. Por tanto el significado de kérygma se asociará fuertemente y como un sinónimo de enseñanza.

Terminología del kérygma

Siendo un concepto griego, el kérygma aparece como un termino técnico de la predicación del Nuevo Testamento emparentado con la semántica de la cultura. Son tres los términos que figuran en el uso coloquial: keryx, mensajero, heraldo, público blandidor; kerysso, hacer anuncios, pronunciar un bando, llamar, invocar, predicar y enseñar públicamente; kérygma, anuncio, proclama, edicto, comunicación predicación, dogma doctrina y tradición.

Kerygma y profeteia

Los Apóstoles son testigos autorizados porque han visto. El ejercicio del ver les da el contenido para comunicar, porque han “visto con el ojo de la fe”, “han visto para creer”, “lo que hemos visto, lo que hemos oído os lo transmitimos”. Es un ejercicio de epifanía, una percepción histórica y espiritual intensa, una sensibilidad religiosa como la del profeta porque no se ha recibido un conocimiento humano sino un misterio que se traduce en el encuentro personal con Cristo.
           
La profecía está definida típicamente como ese anunciar y denunciar, sin embargo la tradición religiosa ancestral refiere los datos proféticos como un supra conocimiento, una revelación, una comunicación prodigiosa que se comunica al hombre en categorías de conciencia de la relación entre lo humano y lo divino, llámesele inspiración, contemplación o experiencia numinosa.

En cuanto a las características cristianas la profecía no dista mucho de aquella del Antiguo Testamento, sin embargo se pueden extraer algunos rasgos de identificación más relacionadas con el verdadero sentido kerygmático:

  1. El contenido de la epifanía es Jesús mismo, el reconocimiento de sí mismo (Rm 10,9).
  2. A quienes se encuentran con Cristo resucitado llegan a ser testigos y por lo tanto apóstoles de Jesucristo.
  3. Los sentimientos y experiencias apostólicas creativas generan una narrativa de la transmisión de ese testimonio epifánico (experiencias y significado).

En particular este último punto integra al contenido del kérygma la experiencia apostólica como un paradigma ilustrativo de la profecía. Las hazañas de los predicadores, maestros, misioneros, apóstoles fueron leyenda edificante (Lc 24,13-35; Jn 21,1-14; Hechos de los Apóstoles, Hechos apócrifos, narraciones misioneras, etc.).

Como conclusión de este carácter profético del kérygma podemos decir que un apóstol cristiano reúne su experiencia a la fe en Cristo, en defensa de su propio apostolado, pero sin dejar de visualizar que el foco de esta experiencia es el testimonio objetivo, es decir, proclama la crucifixión, muerte y resurrección de Cristo (Hech 2,36), pero la convierte en experiencia de predicación y por lo tanto en tradición que predica a Cristo.

Profecía como fenómeno

A partir de Pentecostés se da un fenómeno pneumático: expresiones de inspiración sorprendentes, proclamación e interpretación de un contenido ininteligible (1 Cor 2,13-3,3; Gal 6,1). La profecía se ha entendido siempre como “anuncio y juicio”, “anuncio salvación”, sin embargo el kérygma cristiano se convierte en “anuncio y revelación” (se crea el género apocalíptico). Es el testimonio de las cosas trascendentes en materia de fe; el apóstol es testigo del Jesús celestial que anuncia lo esencial de la conducta cristiana.
           
En esta tradición profética se incluye otra tradición hermenéutica que tiene un carácter ampliamente escatológico: la articulación de la pasión, muerte y resurrección de Cristo con una visualización de los misterios eternos en el cosmos y en la gloria (Fil 2,6-11). Por ejemplo la visión de Esteban en su martirio: “Esteban lleno del Espíritu Santo”, “veo al hijo de Dios sentado a la diestra de Dios” (Hch 7,55-56).

Kérygma y paradosis

No había canon bíblico sino hasta los inicios del siglo III, sólo existían tradiciones orales junto a la predicación. De hecho los textos y el testimonio estaban juntos y componían la misma esencia del mensaje y de la enseñanza respecto a Jesús y a sus Apóstoles. Sin embargo la Tradición se constituyó en una fórmula de síntesis del contenido de la fe, devino un “depósito” (credo). La Tradición es el mismo contenido de la predicación pero “sin negar ni quitar nada”. De frente a las interpretaciones y experiencias temerarias de las corrientes heréticas se instituyó una forma de doctrina segura. El kérygma también es tradición.

Esto cambió la forma carismática de algunos ministerios que estaban vinculados con la experiencia de libre enseñanza: profetas, maestros y doctores que se constituían como autoridades con brillo propio y a veces sin vinculación con la comunidad, dígase el caso de gnósticos, maniqueos, docetas y montanistas. Las comunidades cristianas por efecto de los movimientos sociales del Imperio se dispersaron y necesitaron formas estereotipadas de control. Surgió el ministerio episcopal para observar y garantizar la autenticidad de la enseñanza (1 Clem. 42-44; Policarpo Ad Phil. 3,2).

Pero la gran Iglesia no perdió fuerza carismática sino que elevó la trasmisión al rango de “carisma de la verdad” (regula fidei), que dependía de la recta interpretación de la Sagrada Escritura (regula veritatis). La fe se elevó entonces a un anuncio de calidad intelectual sin descuidar sus formas populares. Clemente de Alejandría definió la tradición como “verdadero conocimiento”, como una “doctrina secreta” que capacita al creyente a un progreso espiritual a través de la fuerza del Logos de Dios. Tal es el caso de la creación de la escuela catequética de Alejandría con un programa gnóstico, exegético espiritual para los catecúmenos y fieles. También había doctrina secreta en otras sectas pero se mantenía en el rango de lo hermético, sin dinamicidad de anuncio ni transmisión.

Muchas de estas doctrinas que también se sustentaron como “verdaderas” derivaron en herejías o en versiones alternativas del contenido bíblico, no mantuvieron la forma kerygmática, ni profética (más bien esotérica), ni tradicional con el testimonio de los Apóstoles. Entonces, ¿cómo saber que una doctrina o una interpretación era la verdadera? La respuesta es simple, se requiere de la usanza de la fe común (consuetudo) que se ha hecho lex credendi, y en las anotaciones de las prácticas litúrgicas, catequéticas y por supuesto en la difusión abierta. Tal es el caso de los dos grandes ejemplos kerigmáticos que se convirtieron en Tradición: la Epideixis o Demostración de la predicación apostólica de Ireneo de Lyon, y la Tradición apostólica de Hipólito de Roma que son el compendio normativo de la doctrina, liturgia y de la conducta cristiana.

Kérygma y paráclesis

La palabra paráclesis es otro sinónimo de kerigma pero con una semántica más versatil: llamar, convocar, invocar, solicitar, incitar, exhortar, dar consuelo o bienestar, pedir indulgencia y perdón. Y mientras el kérygma se dirige hacia la fe, la paráclesis reclama la esperanza del creyente en una forma actuante.

La forma de la predicación es la misma, puede ser litúrgica, pública, ocasional, pero en la paráclesis el contacto que se establece en el sistema de la comunicación es más humano y de contacto, lo cual permitía la relación con el otro.

El medio por el cual se actuaba este contacto fue la homilía, ya que ésta en términos estrictos significa “entretenimiento familiar”, y tuvo en la antigüedad clásica y cristiana un uso variado y creativo, lo que le permitió ser el vehículo de la transmisión asociado a la elocuencia sagrada, es decir al arte de invocar a Dios y hacerlo presente para el favor de los hombres.

Cuando se piensa en el kérygma como tal se imagina la mente una especie de pregón lacónico con un contenido definido, sin embargo la comunidad antigua (y hasta nuestro hoy) ha expresado el anuncio de la salvación por medio de piezas de predicación conocidas: tratado, homilía, sermón, coloquio o conversación espiritual.

La homilía estaba relacionada con todo género de predicación, sea la catequesis, la interpretación exegética, la amonestación parenética, la alocución religiosa en cualquier circunstancia y la explicación de los ritos (véase por ejemplo las catequesis mistagógicas). Y aunque el acto de predicar se localice en el más amplio sentido litúrgico, la homilía no pierde su intención original de ser un medio de enseñanza fuera de la celebración. Conocemos otros estilos derivados de la misma como el discurso (dictio - lectio), la discusión (diálogo), la conferencia (oratio, esta tomará después el significado de súplica), la diatriba (consolatoria) y el panegírico.

Por supuesto el punto de contacto de todas estas manifestaciones es la Sagrada Escritura. La homilía transmitía lo esencial, es decir, evangelizaba, por eso lo más importante de la homilía es su carácter bíblico, profético. La homilía en sí posee una estructura kerygmática y catequética (Justino 1ª Apología), porque es la asamblea que se reúne para escuchar la lectura de los profetas y de los apóstoles, el presidente desarrolla una admonición (admonitio) que es la interpretación del texto sagrado y concluía con una aplicación a la vida concreta (adhortatio).

Generalmente en las solemnidades se leían extractos de los Hechos de los Apóstoles (catequesis primarias) y textos de los Santos Padres, congruentes con la explicación de los misterios.

¿Qué es lo que garantiza la homilía? El desarrollo de una segura base teológica que evita las imprecisiones doctrinales. Pero sobre todo la escucha catequética de los comentarios de las autoridades (Santos Padres), que se convertía en alimento espiritual para la evangelización de las mayorías. La homilía como una forma retórica debía mover ánimos, deleitar y conmover para abrir al oyente a la contemplación del misterio que no dependía de la preparación intelectual del fiel sino de los métodos para hacer más accesible la Palabra (tal es el caso de Gregorio Magno y su método popular de lectura de la biblia).

Pero sobre todo la homilía generó firmeza catequética y razonamiento teológico, no sin perder su forma popular por ser, precisamente una manera de explicar el texto bíblico. En esta exposición se usarán otros mecanismos pedagógicos como la paráfrasis, que es a su vez traducción, interpretación moral, histórica alegórica y mística. He aquí los principales representantes del ejercicio homilético catequético: Jerónimo, Orígenes, Eusebio, Clemente de Alejandría, Justino, Afrate, Efrén, Crisóstomo, Crisólogo y por supuesto Agustín.

La homilía se convirtió en un medio para educar a las clases de cristianos simples o sencillos (rudes) y a los letrados (Agustín De catechizandis rudibus), con un beneficio catequético y kerygmático innegable. La homilía tiene un interés didáctico, dinámico e inmediato en el anuncio del evangelio, da consuelo y alegría, ganas por seguir el camino de Jesucristo.

Kérygma y parénesis

Dios ha hablado a los hombres con el fin y la intención de conducirlos hacia la meta de la salvación. Pero el hombre no es sólo cabeza, sino también corazón. Por eso, Dios ha hablado al entendimiento y también al corazón del hombre. Ha propuesto unas verdades y ha impuesto unas prácticas. Todo para obtener una conversión. Para ella Dios y los ministros de la Palabra han empleado no sólo razones, sino exhortaciones, parénesis.

El término griego paraínesis significa exhortación, recomendación, aviso, consejo. Aunque se ha impuesto como denominación del género parenético, la palabra misma no aparece en la S.E. Solamente en dos ocasiones es usado el verbo (Hch 27,9.22), la primera con sentido de consolar y la segunda con el de exhortar.

Como término típico de exhortación se usa comúnmente paráclesis, sustantivo de acción de los verbos suplicar, consolar, exhortar. Entre los sinónimos empleados para explicar estas palabras, se usan «evangelizar» (Lc 3,18), «dar testimonio» (Hch 2,40), «palabra» y «hablar» (Hch 20,2; Tit 2,15), «profetizar» (1 Cor -14,3.31), «enseñar» y «enseñanza» (1 Tim 4,13; Tit 1,9). Todos aportan algún detalle al concepto general de paráclesis, que es una forma de la oratoria en la que prevalece la exhortación y la recomendación.

En la oratoria religiosa bíblica el término consagrado es kéryssó. Su ejercicio es una misión (Me 3,14; 16,15) y un ministerio (Hch 6,4; 20,24). Los heraldos son llamados ministros de la Palabra (Lc 1,3). Pero los predicadores realizan este ministerio por medio de una variada serie de actividades. Primero comunican o anuncian, luego explican el contenido de sus anuncios y exhortan para que los oyentes se decidan a aceptar el mensaje y a vivirlo. Para ello recurren a la dicción enfática, a las repeticiones, promesas y amenazas.

El mensaje del N. T. se abre con una invitación a la penitencia y a la conversión (Mt 4,17). Es la conclusión del primer sermón apostólico después de la Resurrección de Cristo (Hch 2,38), que vino a hablar en nombre del Padre, como los Apóstoles lo hacen en nombre de Cristo (Lc 10,16). La misión del Señor es persuadir a los hombres a que abandonen los caminos de perdición para elegir el camino de la vida (Jn 10,10), y emplea la predicación para transmitir su mensaje e interpretar su vida (Hch 1,1). Los Evangelios son testigos de su acción y de su Palabra. Mt y lo en particular nos han legado largos discursos pronunciados por Cristo en todos los tonos. El Señor acompañaba sus palabras con lágrimas (Lc 19,41), súplicas (Mt 11,28-30), gritos (lo 7,37), razones (Jn 7-8), mandatos (Mt 5,21 ss.). Se presta al diálogo (Mt 22,15-46), condesciende en parábolas y alegorías (lo 15,1-8), emplea macarismos (bienaventuranzas) (Mt 5,3-12) y amenazas (Mt 23,13-38).

Por su parte, los Apóstoles, enviados por Cristo a continuar su misión, se sienten «ministros de la Palabra» y saben que de ella viene la fe (Rm 10,17). Los primeros discursos apostólicos terminan con una exhortación a la conversión y a la aceptación del Evangelio (Hch 2,38; 3,19; 7,51 ss.; 13,38 ss.). Lo que es norma en los Apóstoles predicadores es práctica común en los Apóstoles escritores. S. Pablo dedica a la exhortación la parte final de sus misivas: «Os exhorto, pues» (Rm 12,1; Eph 4,1; 1 Thes 4,1). Algunos escritos apostólicos son de carácter exclusivamente parenético (cfr. Jud; 1 Jn). Otros delatan un origen homilético (1 Pe). De forma que la proclamación de los hechos cristianos o kérygma va seguida de una catequesis en la que la exhortación ocupa el lugar de las conclusiones.

Toda la enseñanza patrística es parenética, desde las exhortaciones  espirituales para el martirio hasta los grandes tratados morales. Sin embargo el tono tradicional de la predicación proviene del pregón inicial: “arrepiéntanse y crean”.

Conclusión

El kérygma es anuncio, enseñanza y forma de comunicación de lo sagrado. Las formas cristianas de evangelización después del período apostólico asumen el kérygma dentro de toda forma de predicación. Formas como profecía, tradición, consolación y exhortación están contenidas en el anuncio expreso de la predicación cristiana. El anuncio de Cristo para nuestra salvación tiene muchas manifestaciones espirituales que no quedan sólo en el contenido del kérygma sino en la fuerza sobrenatural del mensaje.

            José Alberto Hernández Ibáñez
SEMANA DE CATEQUESIS  Mayo 19 de 2009


El Kerigma Cristiano en la Iglesia Primitiva en PowerPoint




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