IX Semana Arquidiocesana de Catequesis
Ciudad

LOS SACERDOTES, ¿TAMBIÉN CATEQUISTAS?


P. Leopoldo Sánchez Pérez

Estamos celebrando como Iglesia universal el año sacerdotal. Una providencial oportunidad para profundizar nuestro ser y revisar nuestro quehacer y poder así ser más fieles a nuestra vocación.

Entre los muchos aspectos que hay que reconsiderar está la del sacerdote como auténtico y verdadero catequista. Es un hecho innegable, que donde el sacerdote vive generosamente su ministerio catequístico, la comunidad logra un considerable avance en la formación cristiana de sus miembros. Y donde desgraciadamente lo vive a medias, se convierte en un verdadero obstáculo infranqueable para desarrollar una catequesis viva. Vamos a desarrollar esta reflexión en diez puntos a manera de afirmaciones.

1. El sacerdote será más catequista en la medida en que sea más contemplativo. La razón última de un ministerio catequístico pobremente vivido no está muchas veces en la falta de recursos o en la carencia de una profunda formación en este rubro. Más bien hay que encontrarla en una limitada y débil experiencia de Dios. Si el sacerdote no es catequista es porque no está siendo un hombre contemplativo. No siente la urgencia de compartir la Verdad porque no se ha puesto bajo su luz. No comparte con entusiasmo y creatividad el Agua Viva porque no ha bebido de ella. En la medida en que el sacerdote profundice su encuentro con Dios, en esa medida se irá despertando en él un anhelo dinamizante de educar en la fe a sus hermanos. Entre más sacerdotes contemplativos haya  tendremos más sacerdotes comprometidos con la catequesis de su comunidad.

2. El sacerdote es un motor imprescindible de la catequesis. Nos dice el Documento de Quito en el número 5: “La figura del párroco en la tarea catequística parroquial es de primer orden. Él será el protagonista principal, el motor y el alma de esta tarea. De su celo y creatividad de acuerdo con los planes diocesanos depende toda su eficacia”. Al afirmar que es motor queremos decir que le corresponde potenciar, animar y suscitar el compromiso corresponsable de todos los miembros de la comunidad en la catequesis. Debe ser un motor incansable, que impulse cuando todo es favorable, pero sobre todo cuando hay que enfrentar situaciones adversas, cuando los recursos son limitados y los agentes pocos. Cuando el motor es potente, no hay nada que impida subir o caminar hasta llegar a la meta de la madurez de la fe, a la cual se llega por la catequesis.

3. El sacerdote es un coordinador de la catequesis. Esto se fundamenta en el hecho de que el sacerdote está llamado a hacer presente a Cristo Cabeza de la Iglesia en la comunidad eclesial a la que sirve. Como cabeza de esa porción del Cuerpo Místico de Cristo tiene que ofrecer el servicio de coordinación. Son muchos los elementos que hay que armonizar para que la comunidad funcione bien, y cumpla su misión evangelizadora de manera eficaz y con un ímpetu misionero.

Entre los múltiples ministerios que hay que coordinar, se encuentra uno fundamental que es la Catequesis. El Cardenal Hummes dijo: “Otro aspecto igualmente importante de la labor del sacerdote en el campo de la catequesis es la necesidad de impulsar y garantizar tanto la unidad de la misma como la coordinación de los distintos ámbitos y caminos de la catequesis: la parroquia, la familia, el catecumenado, la escuela católica, las asociaciones y movimientos cristianos. La coordinación abarca las acciones específicas que se desarrollan en cada ámbito y la coordinación de las personas que trabajan en cada uno de ellos”.

4. El sacerdote orienta la catequesis. El sacerdote como imagen y presencia prolongada de Jesús Buen Pastor, tiene la sabiduría, por la asistencia del Espíritu Santo, para conducir al rebaño a los verdes pastos y a las frescas y saludables aguas. El sacerdote tiene la misión de discernir por dónde llevar la educación en la fe de su comunidad. Este discernimiento tiene dos presupuestos fundamentales: siempre en comunión con el catequista mayor que es el Obispo propio y realizando dicho discernimiento siempre en comunidad y con la participación de ella, a través de catequistas capacitados para hacerlo.

El Directorio General para la Catequesis en su número 225 nos dice al respecto: “…destacan como tareas propias del presbítero en la catequesis, y particularmente del párroco: … cuidar la orientación de fondo de la catequesis y su adecuada programación, contando con la participación activa de los propios catequistas, y tratando de que esté “bien estructurada y bien orientada”.

5. El sacerdote como padre de su comunidad. El título de “padre” es uno de los  más bellos con el que las personas se dirigen a los sacerdotes. Es muy común entre nosotros y ojalá lo podamos mantener. En otras culturas se habla de ellos como los “curas”, término muchas veces pronunciado con indiferencia,  dejando sentir cierto distanciamiento afectivo. Y aunque los dos evocan facetas diferentes de la misma persona, el término padre despide el característico olor del hogar de una amada familia.
Digo que hay que mantener esta manera de dirigirse a los sacerdotes, porque en realidad ellos viven una verdadera paternidad en el ámbito espiritual. Por la Palabra de Dios, cuando la transmiten fielmente, crean y recrean a la comunidad. Sea Palabra pronunciada por los labios o gritada con la vida, causa en quienes la reciben un fortalecimiento y revitalización de su fe. El sacerdote engendra por medio de su labor catequística hombres y mujeres maduros en la vida teologal. Por eso, el sacerdote que renuncia a ser catequistas, está renunciando a su vocación de ser “padre en la fe” para todos aquellos que el Señor encomendó a su cuidado.

El sacerdote entre más se comprometa en impulsar una catequesis renovada y fuerte, en esa medida estará creando y fortaleciendo los lazos de paternidad – filiación que tan clara y reiterativamente recuerda y vive el pueblo de Dios respecto a sus sacerdotes.

6. Es sacerdote como maestro de la verdad. Qué importante es para la comunidad cristiana el tener una profunda confianza en sus pastores. Confianza que se finca y se sostiene en el desempeño impecable de ser un fiel transmisor del mensaje evangélico de salvación. Para esto el sacerdote, como buen catequista, está llamado a expresar clara y certeramente la doctrina de la Iglesia, surgida de la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición y al mismo tiempo a compartir con prudencia y valentía los nuevos aportes de la reflexión de la fe. Pero siempre dejando en claro y distinguiendo lo que es doctrina reconocida por la Iglesia,  de las siempre importantes y valiosas opiniones personales.

El sacerdote como catequista tiene la responsabilidad de que el mensaje de Jesús llegue íntegro y puro al corazón de las personas que tanto lo necesitan hoy.

7. El sacerdote es educador de su comunidad. Podemos comparar el servicio del sacerdote como catequista con el de un escultor. Como un verdadero artista moldea el corazón de sus hermanos con el martillo y el cincel de la enseñanza cristiana. Su obra queda terminada cuando, cada una de las personas que le han sido encomendadas, logran reproducir en su forma de pensar, amar y actuar la persona de Jesucristo. Por eso se dice, con toda verdad, que la catequesis es el arte de educar cristianamente a las personas y a las comunidades.

Educar por lo tanto es formar, dar forma a una materia prima. Catequizar es formar, dar la forma de Cristo a aquellos que han optado valientemente por Él. No existen mejores manos para desarrollar este arte que las manos ungidas, las manos consagradas para realizar tan maravillosa tarea, esas manos son las del sacerdote. Por eso el sacerdote es un verdadero y auténtico catequista de su comunidad. El sacerdote es constituido por el Orden en “educador en la fe” (DGC 224).

Ahora bien no debe desarrollar él solo esta tarea, “le corresponde al presbítero orientar, en la acción catequética de su parroquia, la pedagogía propia de la fe” (Card. Hummes). Está llamado a ser el educador de los educadores en la fe, es decir de sus catequistas. Por eso se le llama al sacerdote el “catequista de los catequistas”. Por lo tanto el empeño por impulsar una correcta pedagogía en la catequesis parroquial debe estar presente como una preocupación fundamental en su ministerio.

8. El sacerdote es vínculo de la comunidad. Podemos llamarlo también puente o conexión. De una manera particular debe vincular los diversos servicios catequísticos (niños, adolescentes, adultos, pre-sacramentales, etc.). Esto a través de una organización que permita un trabajo planificado de todos ellos  y a través de espacios de convivencia para una relación fraterna e integradora de todos los catequistas.

Pero además como buen catequista debe conectar la catequesis con los demás servicios del área profética y con la pastoral de conjunto de toda la comunidad. Entre más vinculadas estén todas las tareas pastorales, más fuerte serán, se aprovecharán más los recursos y se podrá hacer un frente común fuerte para responder a las necesidades que nos aquejan.

9. El sacerdote discierne los caminos de la catequesis. Entre las tareas que debe desarrollar en este ámbito está el de fomentar y discernir la “vocación de catequista”. Dentro de los ministerios  eclesiales el de catequista tiene unas características propias que lo hace apto para este servicio, aunando los dones y carismas que el Espíritu da con el rico potencial humano. Los sacerdotes están llamados a discernir este llamado particular entre los miembros de su comunidad, de tal manera que “reconozcan y promuevan la dignidad de los laicos y la parte que les corresponde en la misión de la Iglesia” (DGC 224).

El discernimiento abarca también el seleccionar los caminos adecuados, la pedagogía y metodología actualizadas, las estructuras convenientes, para que la Buena Nueva llegue a todos y en todos trabaje para lograr la transformación en Cristo. Dicho discernimiento hay que hacerlo a nivel comunitario, coordinado y avalado por el sacerdote.

10. El sacerdote es catequista de los catequistas. Esta hermosa y comprometedora afirmación la encontramos en el Directorio General para la Catequesis en el n. 225: “Destacan como tareas propias del presbítero en la catequesis: Fomentar y discernir vocaciones para el servicio catequético y, como catequista de catequistas, cuidar la formación de éstos, dedicando a esta tarea sus mejores desvelos”.

Sin embargo, en la práctica “los catequistas de los catequistas” son muchas veces  sólo religiosas (os), seminaristas y algunos laicos. No pretendo desconocer con esto su valioso aporte, ya que sobre ellos ha recaído el peso de esta importante tarea de formar a los catequistas, y entre ellos hay mucha gente cualificada. Pero quizá se ha dejado esta actividad sólo a ellos y el sacerdote se ha excluido de esta tarea que exige sus mejores desvelos. Se trata de hacer equipo con los formadores, pero no de abandonar la tarea formativa  contentándose sólo con informes generales y sin  hacerse presente para compartir todo el bagaje teológico pastoral adquirido en el seminario y  la experiencia,  y que es tan útil y necesario para los catequistas.

Termino reconociendo la valiosa aportación de aquellos sacerdotes que se sienten y actúan como verdaderos y auténticos catequistas y pidiendo a Dios que encienda en todos los demás la llama viva de este hermoso ministerio.


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