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Contenido del apartado: ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS


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VI Encuentro Mundial de las Familias
Evento Festivo


Testimonio de la Familia Mena Velázquez
(México)

Eduardo 

Sr. Cardenal Bertone,  
Con una enorme alegría mi esposa y yo, en nombre de todas las familias mexicanas, le damos a usted y a todas las familias aqui reunidas, que han venido de muchas partes del mundo para participar en este Encuentro Mundial, una calurosa bienvenida a esta tierra, que es tierra de la Virgen de Guadalupe.  

A Usted, Sr. Cardenal, que representa a nuestro tan amado Santo Padre, le manifestamos nuestra gratitud y reconocimiento por la incansable y apasionada atención de la Iglesia hacia las familias. Como madre y experta en humanidad, la Iglesia, bien conoce la vida familiar: un itinerario de alegrías y consuelos, pero a veces también con aspereza y dolorosas etapas. 

Sin embargo la fe cristiana también ilumina los túneles más oscuros, como ha ocurrido en nuestra familia, que ha tenido el regalo de dos hijos especiales, ahora en el Cielo.

Silvia  

Cuando nació Lalito, nuestro primer hijo, de inmediato irradió alegría. Con el tiempo nos dimos cuenta de que Lalito iba a ser una "persona especial". Al cabo de cinco años nació Juan Manuel, a quien llamamos "Pollito". Al pasar los días vimos también que el era tan especial como su hermano.

Día tras día para nuestros niños, el jugar, sonreír, comer, caminar, utilizar las manos, ver, se volvió una lucha. Después de varios estudios y meses de espera fue diagnosticada la "leucodistrofia", una enfermedad genética degenerativa.   

El golpe fue muy duro: experimentamos enojo y aflicción.  Nos preguntábamos: ¿Por qué han tenido estos dos niños tan maravillosos que sufrir? ¿Por qué ellos? ¿Por qué ambos?  

La oscuridad fue total y por un período nos alejamos de Dios.  

Posteriormente habiendo encontrado el valor, nos dirigimos a un sacerdote, quien entendió perfectamente nuestra angustia y nos alentó a seguir nuestro camino.  

Con el transcurso del tiempo comprendimos que nuestros hijos y, también nosotros dos, teníamos una misión; que estos niños, incluso con sus facultades cada vez más reducidas, eran dos seres humanos a quienes dar dignidad y amor.   

Pero teníamos que enfrentar el mundo y a veces esto resultó difícil.   

Viéndolos diferentes, la gente rumoraba, los veían interrogativamente. Entonces aprendimos a explicar a los demás la situación y así las personas se sentían libres y con un sano interés hasta preguntar cómo ayudarnos.   

Fue así que poco a poco fuimos rodeados por el amor de muchos amigos, de fisioterapistas, de médicos, que entendieron que Lalito y Juan Manuel eran criaturas especiales, pero iguales a nosotros. Todos participábamos para hacerlos sentir mejor. Debido a que el llanto era su único medio de comunicación, cuando lloraban, los abrazábamos y besábamos, para entender el por qué de su malestar y ayudarlos. 

Lo que también nos sostuvo fue nuestra relación de pareja, que incluso con altos y bajos, siempre ha sido alegre y sólida.   

Creemos que la enfermedad de nuestros hijos sirvió para enriquecernos aún más. Aunque si los problemas han sido incontables, no cambiaríamos nada de nuestra vida.   

Nuestros hijos especiales nos han hecho sentir padres afortunados. Nos han enseñado que el amor es un bien incondicional y que una sonrisa es el mejor alimento para el alma.   

Dios reservó para nosotros una familia especial; y también en los días difíciles en que nuestros hijos sentían dolores, fiebre, convulsiones, mala oxigenación, estábamos seguros de su felicidad, porque a diario luchaban.         

¡Gracias, gracias, gracias Lalito y Pollito por haber sido parte de nuestras vidas!