FICHA 10. La Paciencia

¿Qué es la paciencia?

Definición: Tranquilidad de espera ante todo dolor y situación difícil (Diccionario de las Virtudes, Héctor Rogel Hernández, Seminario Conciliar de México, 2003). Virtud del que sabe sufrir con resignación. Capacidad para esperar con capacidad las cosas (Larousse). 

El Job de cada día

Tenemos que leer la historia de Job en la Santa Biblia. Él es el paciente por antonomasia. A él lo citamos siempre que queremos hablar de una paciencia fundada en la confianza en Dios, que es bueno. Esa confianza que se llama esperanza y que es una virtud. Se es paciente porque se tiene esperanza. Si se ha perdido la esperanza sobrenatural, entonces no se llama paciencia, se llama fatalismo y está lleno de amargura y desilusión. Job era un hombre que estaba seguro del amor de Dios.

¿Se han fijado cómo en este mundo hay dos tipos de gente? Unos que siempre se están quejando de lo mal que les va, aunque en realidad no les vaya tan mal, y otros que, aunque les vaya muy mal, siguen viviendo con alegría y optimismo.

—¿Cómo está usted?— Le pregunté a una ancianita que a duras penas puede caminar por sus achaques.

—Estoy, que es lo importante, gracias a Dios— Contestó con una sonrisa que ilumina su rostro y el mundo.

Ella es el Job de cada día.

Los que se dejan vencer

La vida es un valle de lágrimas y parece que hay algunos que han acaparado todas las lágrimas del valle.

Ante el dolor hay diferentes actitudes:  

1 . La del estoico, que permanece indiferente, tanto ante el sufrimiento como ante el gozo. Ese estado es el ideal de los místicos orientales que luchan toda la vida para conseguirlo, ignorando el frío, el calor, el hambre. El estoicismo niega la sensibilidad del hombre y hace que se desprecie la vida misma. Son muertos en vida, autistas encerrados en su propio mundo, incapaces de amar y de experimentar los gozos legítimos que son causa de alegría.

2. La del desesperado, que se siente abrumado y vencido por la adversidad y busca puertas de escape que van desde las drogas hasta el suicidio. Este estado es enfermizo, su cuerpo y su mente nos les ayuda a ver con claridad los problemas y a encontrar soluciones. Estas personas necesitan ayuda médica y sicológica. La pérdida de la espiritualidad, a final de cuentas de la fe misma, hace que una sociedad, toda, caiga en el hastío del materialismo. El tener, a la larga, no satisface. El vacío de Dios produce cansancio y desilusión. Nada raro que en las sociedades materializadas y hartas crezca el suicidio. Es la impaciencia de vivir.

3. La del paciente, que siente el dolor y lo comprende, pero sus valores lo ayudan a seguir viviendo con dignidad y a darle sentido a su vida disminuida por la pena física o moral. Otra vez, el protagonista que apoya la paciencia es el amor. El amor que se recibe y el amor que se da.

¿Qué es lo peor que nos puede pasar? ¡La ruina económica!, ¡la muerte de un ser querido!, ¡la pena de muerte por una enfermedad!, ¡el engaño, la traición, la calumnia! Cualquiera que sea la pena, si somos amados o si amamos, nos será más fácil superarla. ¡Hay del solo, si cae en un hoyo, ¿quién lo salvará?!  

El hogar, escuela de paciencia

La convivencia diaria con los hermanos y con niños de la misma edad hace que el niño se haga fuerte y que aprenda a no auto compadecerse. Crecerá sabiendo que en la vida hay dolor y hay placer, hay tristeza y hay alegría, hay trabajo y hay descanso.

La convivencia con parientes y amigos va enseñando al niño, también, que hay muerte, enfermedad, vejez, pobreza, injusticia, etc.

Enfrentar sus problemas y buscarles solución lo ayudarán a confiar en sí mismo y a no dejarse vencer. Será un luchador, un ganador.

Observar la vida de los demás con interés nacido del amor, lo ayudará a comprender que en este mundo nos necesitamos unos a otros y que también él es necesitado por los demás.

Cuando el niño sufre, el amor de los padres le abre puertas para encontrar remedio a su sufrimiento.

Del amor paterno al amor de Dios sólo hay un paso que llenará de esperanza al niño y al adulto que llegará a ser.  

Procuren los padres...

P. Sergio G. Román


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