FICHA 17. LA ALEGRÍA

Después del huracán

Estábamos viendo las noticias del reciente huracán y la cámara nos mostraba las desgarradoras escenas de los caminos destruidos, de las casas arrancadas de sus cimientos, de las inundaciones y, sobre todo, de la pobre gente aferrada a las ruinas de sus hogares para evitar el inhumano saqueo de lo poquito que les quedaba. El reportero entrevistaba a una pareja de esposos en cuyos rostros se notaba la preocupación y la tristeza, mientras al fondo de la escena se veía su casita inundada casi hasta el techo. Me llamó la atención ver a los niños trepados en el techo y desde allí echarse clavados a la circunstancial alberca… ¡estaban felices! Dichosos los niños que conservan la alegría a pesar de la catástrofe.

¿Qué es la alegría?

Es la manifestación del gozo que se experimenta ante un bien. Es la expresión de la felicidad. Las causas de la alegría pueden ser desde un simple bienestar físico y, entonces la alegría dura lo que dura esa causa meramente natural, hasta un bienestar moral o espiritual. La alegría que surge de amar y ser amado perdura a pesar de la tribulación. La alegría que tiene como causa una amistad con Dios, es eterna. Se llama bienaventuranza o, también, cielo. ¡El cielo se puede vivir desde aquí!

La alegría de los niños es causada por su paz interior, que es la verdadera inocencia.

La verdadera alegría no se compra embotellada ni la producen las drogas o el abuso de la sexualidad. Cuando nos sumimos en ese torbellino sensorial la aparente alegría dura lo que nos dura una noche de parranda y, después viene el vacío, el hastío, ¡y la cruda! Los que viven este tipo de alegría están dominados por una profunda tristeza. La tristeza de no saber ser.

Tristeza y melancolía, ¡fuera de la casa mía!

Hay por ahí un relato que me impresionó. Habla de un hombre sumido en una profunda melancolía que va a visitar a un sabio médico en busca de remedio. El buen médico comienza a darle una lista enorme de actividades para causarle alegría: viajes, aventuras, buena mesa, vinos, placeres de la carne, amistades ilustres, música, libros... El paciente le dice al médico que todo eso lo ha tenido en abundancia y no ha bastado para alejar su tristeza.

–Entonces —dijo el médico,— vaya a ver a Garrick.

David Garrick era un gran actor del Siglo XVIII que había triunfado divirtiendo a la sociedad inglesa, siempre tan exigente.

Y aquel paciente le contestó al sabio médico: –Doctor, ¡yo soy Garrick!

¡La tristeza de los famosos! Esta historia del pobre Garrick, enterrado con honores al lado de reyes y príncipes en la Abadía de Westminster en Londres, es estremecedora. Y en nuestra memoria se presenta una larga lista de hombres y mujeres famosos, bellos, ricos y triunfadores que decidieron dar fin a su vida, porque no pudieron alejar de ella la tristeza.

¿Hay gente alegre?

Además de los niños, sí; mucha gente que vive su vida con buen humor y con la alegría que le causan las cosas y, las personas, amables de su existir. Es cuestión de abrir los ojos y saber descubrirlas.

Pero sobre todo, la alegría verdadera nace del bien que hacemos y del bien que recibimos.

Los santos también son triunfadores; los verdaderos triunfadores y, todos ellos son alegres y tienen sentido del humor.

San Felipe Neri repetía constantemente: "Tristeza y melancolía, fuera de la casa mía", y tenía como lema "Omnia in laetitia", "Todo con alegría".

La vida es muy seria y exige de nosotros grandes sacrificios nacidos de nuestra responsabilidad; podemos hacerlos con el rostro alargado y taciturno o podemos hacerlos con un rostro radiante de alegría, porque amamos esa vida por muy seria y exigente que sea.

Ten en cuenta...

P. Sergio G. Román


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