FICHA 26. LA SINCERIDAD

Nido de víboras

Para Roberto, la experiencia de tener un trabajo, el primero, se volvió molesta. Le pagaban bien y se sentía contento de aportar algo para el gasto de su familia, pero el ambiente de sus compañeros de trabajo no le gustaba.

Unos cuantos eran quienes llevaban la voz cantante y echaban a perder el compañerismo con los chismes y burlas no sólo de los demás compañeros, sino, sobre todo, de los jefes. ¡Se sabían obras y milagros de cada uno de ellos y, lo que no sabían, lo inventaban! Lo que más molestaba al nuevo empleado era que a aquellos mismos a quines criticaban, cuando los tenían de frente, los adulaban y trataban de ganarse sus favores con regalos y festejos. ¿Cómo podían vivir así? Se atrevió a manifestar su sentimiento y, aunque vio que algunos de sus compañeros estaban de acuerdo, otros lo consideraron peligroso y se encargaron de echarlo del trabajo, fastidiado por aquel nido de víboras.

Consiguió otro empleo y llegó a ser jefe de personal en un ambiente diferente. La vida da muchas vueltas y un día llegó a solicitar trabajo uno de aquellos compañeros que le había hecho la vida imposible. Lo llamaba don Roberto y le recordaba, cínicamente, que habían sido compañeros. Era un hombre muy capaz, pero, humanamente, era dañino para cualquier empresa. No lo aceptó porque no sabía ser sincero.

¿Qué es y qué no es la sinceridad?  

Es una palabra que tiene su origen en el latín, donde significa "pureza" o "limpieza". Ser sincero es ser limpio, no tener mancha.

Ya entre nosotros, la sinceridad es no sólo decir la verdad, sino actuar con verdad, actuar limpiamente, sin dobleces ni hipocresías.

Desde luego no es sincero el que, presumiendo de serlo, se dedica a decir verdades molestas y humillantes a los demás. Esa persona es un impertinente y un mal educado que no tiene sensibilidad ni caridad para convivir con los demás. Podemos y debemos decir la verdad, pero siempre anteponiendo la prudencia y el respeto que nos merece la dignidad y la buena fama de nuestro prójimo.

El ejemplo arrastra  

¡Qué importante que los papás hablen a sus hijos y les vayan trasmitiendo los valores que ellos mismos recibieron!, pero mucho más importante es que actúen de acuerdo con esos mismos valores. Las palabras se las lleva el viento, los ejemplos se quedan grabados en el alma, como marcas impresas con fuego.

A los niños se les queda grabado el trato sincero a nuestras buenas amistades, el cariño con el que las recibimos y la alegría de compartir con ellas los momentos mejores de nuestra vida.

Aprenden, si ven que el respeto a los maestros se tiene no sólo cuando los van a ver a la escuela, sino cuando hablan de ellos delante de sus hijos.

Dar regalos de cumpleaños, de bodas, de Navidad, es otra ocasión para enseñar la sinceridad. Si damos lo que no queremos, lo defectuoso o hacemos regalos para salir del paso, estamos enseñando falsedad e hipocresía. Un regalo es dar parte de uno mismo y el cariño comienza desde el momento en que escogemos lo que vamos a dar, la forma como presentamos el regalo y llega hasta el interés de que ese regalo guste y sea bien recibido. Un regalo debe ser una expresión sincera de afecto y agradecimiento.

Quítate la máscara  

Para ser aceptados en ciertos ambientes en los que nos movemos, ¡nos ponemos una máscara! Esa máscara impide a los demás ver nuestra realidad y nuestro interior. Nos tratan por lo que aparentamos y nos acostumbramos tanto al disfraz que nos posesionamos de nuestro papel y dejamos de ser nosotros mismos. Ninguna máscara es más bella que nuestro sencillo interior.

Quitémonos la máscara y mostrémonos tal como somos. Nos aceptarán las personas que aprecien nuestros valores humanos y nos sentiremos libres sin tener que fingir lo que no somos. Nos daremos cuenta de que las personas que nos aceptan en nuestra sencillez suelen ser muy parecidas a nosotros y que nos aprecian con sinceridad.

Representar un papel que no nos corresponde produce fatiga y desequilibrio enfermizo.

Dios ve a través de nuestra máscara y nos ama por lo que somos, no por lo que aparentamos ser.

Somos sinceros...  

P. Sergio G. Román


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