Visitar el sitio web de la ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

Comisiones
Vicaría Pastoral

Mapa del Sitio


Año Santo Sacerdotal 2009-2010


  Google
Vicaría      de Pastoral

Logotipo de la MISIÓN PERMANENTE en la Arquidiócesis de México



Fichas en torno al SACERDOCIO

P. Sergio G. Román del Real


LA MISIÓN DE SANTIFICAR

Para iniciar el diálogo

  • ¿Son devotos de algún santo?
  • ¿Han pensado que también ustedes deben ser santos?

Para reflexionar juntos

La Iglesia cumple la función de santificar de modo peculiar a través de la sagrada liturgia, que con razón se considera como el ejercicio de la función sacerdotal de Jesucristo, en la cual se significa la santificación de los hombres por signos sensibles y se realiza según la manera propia a cada uno de ellos, a la par que se ejerce íntegro el culto público a Dios por parte del Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y los miembros (Código de Derecho Canónico 834 § 1.).

Los santificadores

Los obispos y los presbíteros son sacerdotes. Ellos recibieron de Jesús el mandato de enseñar, guiar y santificar.

“Santo eres, Señor, fuente de toda santidad”, le decimos al Padre Dios en la plegaria eucarística II, sabemos, pues, que sólo Dios es santo por derecho propio, por esencia. Pero también sabemos que Él es la fuente de donde brota en abundancia la gracia que santifica.

Ser santo es ser de Dios. Ser santo es estar abierto a Dios. Ser santo es participar de la vida misma de Dios.

Dios pone todo de su parte para que seamos santos; somos los hombres los que ponemos barreras a la generosidad de su amor. Aceptar la santidad viene a ser, a final de cuentas, un asunto personal entre el hombre y Dios.

Pero Jesús quiere un pueblo santo y nos da los medios para ser santos a través de la potestad sacerdotal confiada a los apóstoles y a sus sucesores. La Iglesia misma es ya en sí un medio de santidad para los que aceptamos pertenecer a ella y, dentro de la Iglesia, los sacramentos dejados por Cristo son todos y cada uno de ellos un medio de santificación.

Podemos decir que el oficio primordial de los obispos y presbíteros es ser santificadores a través de la celebración de cada uno de los sacramentos que les toca celebrar.

La santidad de los sacramentos

En cuanto acciones de Cristo mismo para su Iglesia, cada uno de los sacramentos es santo y fuente de santidad, a pesar del que los administra e, incluso, del que los recibe.

Desde luego, el ideal es que el sacerdote que los celebra sea santo, pero de esa santidad personal no depende la eficacia del sacramento, sino de Jesús mismo, que es el verdadero ministro de cada uno de ellos.

Entre los cristianos de los primeros siglos se llegó a pensar que la validez de un sacramento dependía de la dignidad del ministro y que cuando un ministro dejaba qué desear, convenía repetir el sacramento, ahora celebrado por un ministro mejor. Inmediatamente la Iglesia corrigió esta forma de pensar y de actuar y avaló la validez de los sacramentos administrados por ministros indignos y prohibió su repetición.

¡Cuidado, no es lo mismo cuando el que administra un sacramento es un falso sacerdote!, en ese caso simplemente no hubo sacramento y habrá que suplirlo.

Los sacerdotes actúan, no lo olvidemos, en la persona de Cristo, sumo y eterno sacerdote.

La celebración de los sacramentos

Para que a los fieles cristianos laicos, religiosos e, incluso, los mismos clérigos, tengan siempre a su alcance los medios sobrenaturales de salvación, la Iglesia, a través del obispo de cada diócesis, provee sacerdotes responsables para cada parroquia, seminario o comunidad religiosa con el encargo de administrar los sacramentos y de preparar debidamente a los que los reciben.

Ésta es la misión primordial del sacerdote y precisamente por ella lo identificamos como tal.

¿Quién es un sacerdote? —Preguntamos, —Es el padrecito que dice Misa en la iglesia —nos contestan con sencillez, pero con una gran sabiduría.

La celebración digna de los sacramentos, al mismo tiempo que es una fuente de santidad para los fieles cristianos, es una fuente de santidad para el celebrante, si éste no se ha vuelto impermeable a la santidad de su labor.

Los fieles tenemos derecho a recibir los sacramentos que van acompañando nuestro vivir cristiano, para poder realizar el deseo de Jesús de tener un pueblo santo.

Todos estamos llamados a esa santidad, cada uno en el tipo de vida particular que le ha tocado vivir.

Oración en familia

Cuando recibamos un sacramento acostumbrémonos a orar por la santidad del sacerdote que nos los dio.

Sugerencia

Propongámonos, en familia, recibir con mayor conciencia los sacramentos y con mayor frecuencia el de la confesión y el de la Eucaristía.

Fuente: SIAME