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Año Santo Sacerdotal 2009-2010


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P. José de Jesús Aguilar Valdés


LA MEJOR OFRENDA

Rodolfo, el presidente de la comunidad, organizó a los vecinos para construir su iglesia. Todos participaron y pronto se iniciaron los trabajos; sin embargo, Rodolfo se extrañó de que Don Manuel no hiciera llegar ningún donativo. Y es que no sabía que aquél hombre pasaba por una situación muy difícil. El tratamiento de cáncer de su madre había agotado todos sus ahorros y Don Manuel había vendido muchas de sus pertenencias para pagar las deudas. Pese a todo, aquel hombre estaba muy agradecido con Dios: “Dios mío, te agradezco porque eres mi fuerza en los momentos de dificultad y estás devolviendo la salud a mi madre. Bendito seas”.

Pasaron los meses y Rodolfo se llenó de rencor contra Don Manuel, porque nunca le entregó la ayuda económica que esperaba. Cuando estuvo el templo terminado se reunieron en él y, Rodolfo tomó la palabra: “Hoy es un día especial. Agradezco a quienes aportaron más dinero y estoy seguro que Dios les recompensará”. Ante aquellas palabras, los ricos se ufanaban y discutían entre sí quién había dado más. Rodolfo continuó su discurso: “Lamentablemente hay alguien que ni siquiera dio un solo centavo y, ese es Don Manuel”. Al escuchar aquella queja, todos miraron con desprecio al acusado y opinaron que se le impidiera la entrada.

En ese momento el sacerdote pidió la palabra: “Esa proposición es totalmente absurda e injusta. Ustedes no saben que por la enfermedad de su madre, este hombre está a punto de perder su casa y, que trabaja tiempo extra para pagar sus deudas. Esto le impidió colaborar económicamente con la construcción; sin embargo, yo soy testigo de que todos los días venía a este lugar y, de rodillas, pedía a Dios para que pronto esta comunidad tuviera su iglesia”.

Después tomó la palabra el arquitecto: “Estoy sorprendido de lo que quieren hacer con este hombre. Algunos de ustedes enviaban semanalmente su cheque de ayuda, pero nunca asistían a la Misa. Otros daban grandes donativos, pero sólo de lo que les sobraba y de mala gana. Me enteré, incluso, que alguno, que se dedica a vender droga, intentaba tranquilizar su conciencia dando un enorme donativo”. Algunos de los vecinos se enfurecieron e intentaron callar al arquitecto, pero el sacerdote les pidió que le permitieran continuar y él prosiguió: “Ustedes no saben que Don Manuel ayudó a la construcción. Aunque terminaba la semana muy cansado, en su único día de descanso venía a cargar ladrillos, a mezclar cemento y a construir bardas hasta quedar exhausto”.
 
Cuando el arquitecto concluyó, los vecinos se sintieron avergonzados. Entonces, el sacerdote les dijo: “Este momento es una oportunidad para tomar conciencia y convertirnos a Dios. ¿De qué serviría un bello templo si los creyentes no son templos de Dios? ¿De que serviría un hermoso lugar de reunión si no aprendemos a vivir en comunidad? ¿De qué sirve ofrecer grandes cantidades de dinero para el culto si no nos entregamos a Dios?” El sacerdote abrió luego su Biblia y leyó: “Jesús estaba frente a las alcancías del templo. Al ver que una pobre viuda echaba dos monedas de muy poco valor, él llamó a sus discípulos y les dijo: ella ha dado más que los demás. Porque todos han dado lo que les sobraba, mientras que ella ha dado todo lo que tenía para vivir”. Después de aquella reunión, la comunidad de vecinos aprendió a ser generosa. Y, con la ayuda de todos, don Manuel pudo pagar pronto su deuda.

Fuente: SIAME