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Año Santo Sacerdotal 2009-2010


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año Sacerdotal 2009 — 2010


"Carta a mis Hermanos Sacerdotes"


LA SOLIDARIDAD SACERDOTAL

Jesús, el Buen Pastor, ícono moderno, 1989, España

Apreciables hermanos sacerdotes: con motivo del año sacerdotal, convocado por el Santo Padre Benedicto XVI, con el deseo de fortalecer y fomentar una auténtica actitud de solidaridad sacerdotal en bien de todos los ministros ordenados, pero especialmente a favor de nuestros hermanos presbíteros mayores y enfermos, nos permitimos presentar este mensaje esperando que ayude a una mejor comprensión de nuestro compromiso cristiano de la caridad y, también para “animar y promover, a partir del Evangelio, la construcción de una cultura de la solidaridad que haga presente, con el pensamiento y testimonio de vida, el amor de Jesús”1.

Puesto que fuimos formados para amar, sabemos que no hay mayor alegría que en un bien compartido: da y recibe, y alegra tu vida (Eclo 14, 16), esto es la solidaridad. Los carismas que hemos recibido son para iluminar la vida en comunidad con el gozo de dar y recibir. Por eso, nos dice el Eclesiastés que no hay mayor placer que gozarse en el fruto del trabajo (Ecles 3, 22). Las alegrías más intensas de la vida brotan cuando un don recibido provoca la felicidad de los demás, como en la segunda carta a los Corintios (2 Cor 9, 7), cuando San Pablo nos dice: Dios ama al que da con alegría2.

Un texto bíblico muy hermoso que propone esta bienaventuranza es: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20, 35). En efecto, la solidaridad como fruto del amor, es una manifestación patente de la verdadera fraternidad cristiana; y es, al mismo tiempo, el testimonio que está pidiendo y necesita recibir el mundo de hoy de parte de todos los creyentes. Por ello, es urgente fortalecer, cada vez más, el espíritu solidario en los Presbíteros y de las casas de formación de los futuros pastores, para que la vivencia y el testimonio del mandamiento evangélico de la caridad pueda  ser una realidad y por consiguiente, la base sólida de la mística que a todos nos debe animar: “que el joven ayude al hermano mayor, que el sano ayude al enfermo y el que tiene más, al que no tiene”3.

El Mundo Globalizado nos lanza hoy, a todos los sacerdotes, a practicar en toda su extensión la solidaridad y, qué mejor oportunidad en este año de gracia, “Año sacerdotal”,  afrontando los retos que los nuevos tiempos nos plantean. Esta tendrá que ser la única exigencia evangélica y el imperativo pastoral, que nos lleve a generar la cultura de la solidaridad en el pueblo al que servimos, constituyéndonos como heraldos del Evangelio, siendo sensibles a las angustias y esperanzas de nuestro pueblo, compartiendo sus vicisitudes y, sobre todo, asumiendo una actitud de solidaridad con los pobres. Es urgente, por tanto, potenciar la solidaridad que, testimoniada por una profunda fraternidad sacerdotal, se proyecte en un compromiso solidario hacia la humanidad entera, en sus anhelos y luchas. Esa actitud solidaria, es precisamente el impulso que queremos dar, invitando a todos, a practicar: sacerdotes, religiosos(as) de vida consagrada, laicas(os) y a todos los hombres de buena voluntad.

No olvidemos que ya desde la antigüedad el “Pueblo Elegido” tenía conciencia de esta convicción: Se generoso con tu hermano, con el necesitado y con el pobre (Dt 15, 11). Los profetas acrisolaron tales exigencias: “Así dice el Señor: practiquen el derecho y la justicia, liberen al explotado del poder del opresor; no maltraten ni hagan violencia al extranjero, al huérfano y a la viuda…” (Jer 22, 3; Miq 2, 1-5). En este contexto Dios invita a su pueblo a vivir bajo una alianza que implica el compromiso de la vivencia fraterna y la mutua solidaridad entre los miembros del pueblo.

Así, en la plenitud de los tiempos, Jesús mismo, actualiza este mensaje en su persona y da sentido y plenitud a lo anunciado desde antiguo, constituyéndose  en fuente de solidaridad con los desprotegidos: los pobres, los cautivos, los oprimidos. Nos lo dice San Pablo en el himno a los Filipenses: “El cual, siendo de condición divina, no consideró codiciable ser igual a Dios. Al contrario se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres menos en el pecado” (Flp 2, 6-11).

Jesús viene a evangelizar a los pobres4, no desde un paternalismo distante, sino desde una solidaridad comprometida. Su actitud es acoger a todos, especialmente a los pecadores, no para condenarlos, sino para solidarizarse con ellos, porque los ama. Jesús es el buen samaritano que se acerca a todo hombre y mujer caídos en desgracia, indefensos e imposibilitados, para levantarse por sí mismos y les devuelve su dignidad de persona (Lc 10, 29-37). Y más aún, se identifica con ellos diciendo: “cuando lo hicieron con un de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 34ss). También en repetidas ocasiones nos dice: “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos” (Mt 20, 28). Jesús entonces nos muestra que debemos hacernos prójimos5, cercanos y solidarios, de quien ha caído en desgracia o está en alguna necesidad y necesita de nosotros, viendo en el más indefenso el rostro sufriente del Señor Jesús.

En este contexto, apreciables hermanos sacerdotes, en necesario decir que el Sacerdote, ejemplo de Jesús Buen Pastor, debe esforzarse cada día en favorecer la comunión fraterna y la solidaridad, dando y recibiendo de sacerdote a sacerdote el calor de la amistad, de la asistencia afectuosa, de comprensión, de la corrección fraterna…6. Y ha de concretarse en las formas más variadas de ayuda mutua, tanto espirituales, morales, así como materiales.

El sacerdote, por tanto, está llamado a vivir la solidaridad, que se debe constituir en un estilo de vida y que es un aspecto esencial de su identidad, como parte constitutiva de su espiritualidad y como una exigencia fundamental de su ministerio.

En el documento de Aparecida, en donde el Espíritu Santo, iluminó al Colegio Episcopal, para obtener pistas concretas en nuestro caminar como iglesia, se presentó una línea clave en la cual se decía que “el presbítero, a imagen del Buen Pastor, está llamado a ser hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos, particularmente de los que sufren grandes necesidades”7.

También añadió que, el Pueblo de Dios tiene necesidad de presbíteros-discípulos: que tengan una profunda experiencia de Dios, configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles a las mociones del Espíritu, que se nutran de la Palabra de Dios, de la Eucaristía y de la oración; de presbíteros-misioneros; movidos por la caridad pastoral: que los lleve a cuidar el rebaño a ellos confiados y a buscar a los más alejados predicando la Palabra de Dios, siempre en profunda comunión con su Obispo, los presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos; de presbíteros-servidores de la vida: que estén atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad. También de presbíteros llenos de misericordia, disponibles para administrar el sacramento de la reconciliación8.

Por ello, su identidad específica es ser-un-hombre-para los-demás. El Presbítero, en cuanto partícipe del Sacerdocio único y eterno de Cristo, es por naturaleza el hombre solidario a los demás, según la doctrina del sacerdocio, desarrollada en el escrito a los Hebreos (Hebr 2, 10-18), Jesús que se acercó a los demás para hacerse semejante a los que sufren para igualarse a todos, en todo, menos en el pecado. Y en virtud de sus propios sufrimientos, entregarse como víctima de expiación por los pecados de todos, particularmente en razón a su donación libre en obediencia y fidelidad al Padre, para la redención de la humanidad.

En este contexto, comprendemos que la caridad pastoral es el corazón de la espiritualidad sacerdotal, que consiste en una identificación y unión con Jesucristo, en el don de sí mismo al rebaño confiado, como Cristo Buen Pastor, en la comunión con el Obispo y con el presbiterio. Este es un camino obligado para autentificar la fraternidad sacerdotal, el cual nos exige ser testigos de austeridad, mediante una vida austera, en comunión con aquellos hermanos que menos tienen.

Así, lo fundamental en la vida y ministerio del sacerdote es configurar a Jesús Buen Pastor, el gran solidario de todos los tiempos. Esta dimensión solidaria de Jesús, se expresa magníficamente en la Oración del Padre nuestro (Lc 11, 1-13), que manifiesta su estilo de vida y programa de acción, en abierta y confiada comunión con el Padre, para promover su santificación y construir el Reino y, de genuina solidaridad con los demás, para que a nadie falte el pan de cada día ni caiga en las fuerzas perversas del maligno. Una de las mejores formas de solidaridad que nos enseña Jesús en la oración es recibir y ofrecer perdón y reconciliación, como caminos para la paz.

Por tanto, hermanos sacerdotes, recordemos también que vivir la solidaridad no es una imposición de la moda, ni un compromiso opcional; es una exigencia de todos y una nota distintiva de autenticidad cristiana. Vivir la solidaridad es un imperativo pastoral de la Iglesia y una exigencia radical en la vida de todo presbítero. Pero es preciso que sea una solidaridad auténticamente cristiana, es decir, inspirada en el actuar de Cristo y motivada por Él, plenitud de la solidaridad9.

La búsqueda actual de la solidaridad constituye un signo de la presencia de Dios, que sigue actuando en la historia, en orden a llevar a plenitud su proyecto de hacer de la humanidad una sola familia unida por el amor. Por eso para el presbítero, vivir la solidaridad no es sólo cuestión de fidelidad al hombre y a sí mismo, sino especialmente es asunto de fidelidad a Dios. Dicha solidaridad, vivida en primer lugar en el ámbito del propio presbiterio como fraternidad sacerdotal, constituye un verdadero testimonio de fe y de amor a Cristo y es un medio poderoso de evangelización en la actualidad, constituyéndonos como discípulos y misioneros.

Hermanos sacerdotes, el Consejo Episcopal de esta nuestra amada Arquidiócesis Primada de México, animada por el Emmo. Sr. Card. Dn. Norberto Rivera Carrera, les felicitamos de todo corazón por el sacerdocio ministerial que a imagen de Jesús Buen Pastor, Nuestro Padre Dios les ha concedido. Jesús Sacerdote les colme de sus bendiciones, en este año jubilar sacerdotal, con motivo de los 150 años del encuentro definitivo con Dios del Santo Cura de Arz, San Juan María Vianney y, recuerden que los queremos y estamos unidos en la oración, en los proyectos y en el anuncio del Reino de Dios. Que Dios bondadoso y misericordioso les conceda la santificación con sus comunidades y que, Santa María de Guadalupe nuestra Madre y maestra, los proteja con su manto y los libre de todos los peligros.

!Muchas Felicidades!


ORACIÓN
PARA SER SOLIDARIOS

Señor Jesús, Tú que siendo riqueza
te volviste pobreza,
para hacerte solidario con los pobres,
¡ayúdanos a ser solidarios!
Haz que sepamos escuchar
el clamor impetuoso
de tantos hermanos que sufren,
sumergidos en la pobreza y el abandono;
danos un corazón sensible y arriesgado;
líbranos de la indiferencia y de la pasividad.
Danos la fuerza de tu Espíritu
y el fuego de tu corazón,
para meternos en el seno
de las muchedumbres desoladas
y desplegar
en estandarte
de la justicia y de la paz;
danos tu corazón de pobre,
para que podamos vencer
al consumismo destructor y asesino
con el arma de la Solidaridad...


ORACIÓN PARA EL AÑO SACERDOTAL

Jesús, Buen Pastor,
que has querido guiar a tu pueblo
mediante el ministerio de los sacerdotes:
¡gracias por este regalo para tu Iglesia y para el mundo!            
Te pedimos por quienes has llamado a ser tus ministros:
cuídalos y concédeles el ser fieles.
Que sepan estar en medio y delante de tu pueblo,
siguiendo tus huellas e irradiando tus mismos sentimientos.
Te rogamos por quienes se están preparando
para servir como pastores:
que sean disponibles y generosos
para dejarse moldear según tu corazón.      
Te pedimos por los jóvenes
a quienes también hoy llamas:
que sepan escucharte
y tengan el coraje de responderte,
que no sean indiferentes
a tu mirada tierna y comprometedora,
que te descubran como el verdadero Tesoro
y estén dispuestos a dar la vida "hasta el extremo".
Te lo pedimos junto con María,
nuestra Madre, Santa María de Guadalupe
y San Juan María Vianney,
el Santo Cura de Ars,
en este Año Sacerdotal. Amén.


ALMA MISIONERA
(Canto)

Mapa Arquidiócesis de México

+Florencio Armando Colín Cruz
Obispo Auxiliar de México
Vicario Episcopal de la Primera Vicaría


1 JUAN PABLO II, Ecclesia in America, Ed. Vaticana, Cd. del Vaticano, 1998, N° 52.
2 Cf. FERNÁNDEZ VÍCTOR MANUEL, La alegría de hacer feliz a alguien. Ed. San Pablo, buenos Aires, 2004.
3 Esta es una de las tareas fundamentales del Centro Cultural y de Asistencia Sacerdotal A.C. (CCYAS).
4 Cf. Lc 4, 18-19.
5 La Parábola del buen samaritano sólo se encuentra en el Evangelio de Lucas, en la cual se señala quién es el prójimo y quién se comporta como tal en la perspectiva del Evangelio. "Prójimo" es quien se acerca a los demás con amor, porque busca el bien para ellos, aunque sean desconocidos o extranjeros.
6 Cf. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica, Pastores Dabo Vobis, Ed. Documentos Pontificios, Cd. del VAticano 1992, n° 27.
7 CELAM, Docmento final de Aparecida N° 198.
8 Íbidem N° 199.
9 Cf. VALADEZ F. SALVADOR. La solidaridad presbiteral en un mundo globalizado. Ed. CCYAS 2002. Pág. 113.