Visitar el sitio web de la ARQUIDIÓCESIS DE MÉXICO

Comisiones
Vicaría Pastoral

Mapa del Sitio



Ver en PDF HORA SANTA DE LA ASENCIÓN DEL SEÑOR -1-

Año Santo Sacerdotal 2009-2010


  Google
Vicaría      de Pastoral

Logotipo de la MISIÓN PERMANENTE en la Arquidiócesis de México



Hora Santa de la Ascensión del Señor (1)



Preparar cantos apropiados e intercalarlos según cada uno los considere.

Exposición del Santísimo para la Adoración

CANTO: (Ver cantoral)

Lector: Iniciamos esta Hora Santa. En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Todos: Amén.

Lector: Señor Jesucristo, otro jueves más nos congregamos junto a ti en esta audiencia que nos concedes bondadoso cada semana.

Todos: Somos tus amigos, Señor. Tú nos amas, y queremos corresponder a tu amor. Somos los creyentes de esta comunidad cristiana. Tenemos hambre de ser santos, aunque somos pecadores. Y sentimos tu llamada a ser discípulos misioneros entre nuestros hermanos.

Lector: Creemos, Señor, que Tú eres el camino único que conduce al Padre. Pero son muchos los hombres, hermanos nuestros, que andan perdidos sin saber que han sido creados por Dios y para Dios. Ignoran que Tú los has rescatado con el precio de tu Sangre. No atinan a dar sentido a su vida, y no aspiran a ocupar el lugar que Tú les tienes preparado en tu gloria. Por nosotros, los creyentes, y por los que no te conocen, venimos a rogarte, Señor.

Todos: Te agradecemos el regalo de la vida y el tesoro de la Fe; la alegría y la Esperanza que arraigas en nuestros corazones; el don del Amor y la ilusión que nos das de ayudarte en la salvación de nuestros hermanos.

Lector: Venimos a adorarte, Jesús, porque eres el Hijo de Dios, Uno con el Padre y el Espíritu Santo. Vives desde siempre y para siempre. Posees la plenitud de la gracia y eres la Sabiduría y la Verdad. Junto con el Padre creaste todas las cosas y te ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra. Eres digno de adoración, gloria y alabanza por siempre.

Todos: Por eso te agradecemos que te hayas hecho hombre; que estés formado de nuestro mismo barro; que conozcas nuestras angustias, depresiones y miedos; que hayas saboreado nuestras mismas alegrías, ilusiones y éxitos.

Lector: Maestro, háblanos al corazón, porque tu palabra nos alienta y nos perdona, ilumina nuestra vida y nos hace sabios con la sabiduría de Dios.

Todos: Te queremos escuchar hoy con la atención de María de Betania; con la fe de los doce Apóstoles, con el amor de María tu Madre, que atesoraba en su corazón tus gestos y tus palabras, para meditarlos y hacerlos vida. Ayúdanos a mantenernos vigilantes y atentos como Ella en esta hora de adoración. Amén.

Del Evangelio según San Lucas (24, 49-53)

Dijo Jesús a los apóstoles: “Permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos del poder de lo alto”. Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos después de postrarse ante Él, se volvieron a Jerusalén con gran gozo”. Palabra del Señor.

Todos: Gloria a ti, Señor Jesús.

Reflexión bíblica.

¿Quién es el que sube al Cielo? San Pablo lo dice con frase lapidaria: Cristo, “el que bajó, es el mismo que ha subido a lo alto de los cielos para llenarlo todo” (Efesios 4, 10). Bajó del Cielo a la Tierra sin dejar el Cielo, y sube de la Tierra al Cielo sin dejar la Tierra. Muere Jesús, y desciende a lo más hondo del abismo para anunciar la gran noticia a los que habían muerto antes que Él: “¡Aquí estoy! ¡Su liberación ha llegado por fin!”. Esto es lo que “predicó a los que estaban en prisión” (1 Pedro 3, 19).

Resucitado, se sube al Cielo con el botín inmenso de tantas almas que esperan aquel momento dichoso: “Subió a lo alto, llevando consigo a los cautivos, y repartió dones a los hombres” (Efesios 4, 8). “Apareciéndose a los apóstoles durante cuarenta días, e instruyéndolos acerca del reino de Dios” (Hechos 1, 3), “se elevó después al cielo, y se sentó a la derecha del Padre” (Marcos 16, 19). Allí “Jesucristo, habiendo ido al cielo, está a la diestra de Dios, y le han sido sometidos los ángeles” (1 Pedro 3, 22).

En la última aparición, “ven los discípulos cómo se ha elevado a las alturas, hasta que una nube se lo sustrajo a sus miradas” (Hechos 1,9). No se ha olvidado de nosotros en su gloria, sino que allí está “siempre vivo para interceder por nosotros” (Hebreos 7, 25).

Nada más ascendido al Cielo, empezó a repartir sus regalos a los hombres, regalos que no son más que el Espíritu Santo: “Vi al Cordero en el trono de Dios…, que enviaba el Espíritu septiforme a toda la tierra” (Apocalipsis 5, 6).

A esto se refería Jesús, cuando dijo: “Les conviene que yo me vaya, pues si no me voy, no vendrá el Espíritu sobre ustedes, pero, si me voy, se lo enviaré” (Juan 16,17).

Además, con la fuerza del mismo Espíritu se queda con nosotros en la Eucaristía.

Lo tenemos aquí tan presente como lo tienen los ángeles y los Santos en el Cielo.

Lo creemos presente con el mérito enorme de la fe. Si lo viéramos, ¿qué mérito tendríamos? No viéndolo, pero creyendo firmemente en su presencia, nuestra vida de la Tierra es en verdad el Cielo anticipado. “A Jesucristo lo aman sin haberlo visto; sin verle, creen; y se alegrarán con gozo inefable y radiante de gloria” (1 Pedro 1, 8-9).

“¡Volverá!”, dijeron los Ángeles a los apóstoles que miraban embobados a las alturas.

Volverá, visible y glorioso al final del mundo. Para nosotros, “vuelve” cada día cuando se nos pone en el Altar y se queda escondido en su Sagrario.

Hablo al Señor

Todos: Señor Jesús, hecho Hombre como nosotros,
Ahora elevas nuestra naturaleza al Cielo
Para hacernos participes de tu divinidad.
Nos inclinamos ante ti, y te proclamamos:
¿Cristo Jesús, Tú eres el Señor!
Los coros del Cielo y los coros de la Tierra
Entonamos todos jubilosos a una voz:
“Al Cordero que está en el trono,
Alabanza, honor y gloria,
Y el imperio por los siglos de los siglos”.

Contemplación afectiva

Señor, vencedor con el triunfo más noble.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor, que te subes gloriosamente al Cielo.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor que te llevas contigo a todos los justos.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor que te sientas a la derecha del Padre.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor, a quien se someten todos los Ángeles.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor, centro del Universo y Rey de los siglos.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor, que reinas ya para no morir jamás.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor que vives intercediendo por nosotros.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor, que arrastras contigo nuestros corazones.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor, que repartes a manos llenas tus dones.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor, que subes para enviarnos tu Espíritu Santo.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Señor, que te has ido para prepararnos una morada.
Honor y gloria a ti, Señor Jesús.

Todos: Señor Jesús, al considerar tu gloriosa Ascensión, sólo sé recordarte que te fuiste al Cielo a prepararme una estancia para mí. Espero que un día me lleves a tu Gloria. Y haz que tenga firme mi corazón allí donde están los gozos verdaderos.

Madre María, que te llenaste de gozo inmenso al ver a tu Jesús ascender triunfante a la Gloria. Haz que yo viva ya en la Tierra aquellas realidades celestiales, como Tú, Madre, que tuviste fijo el Corazón allí donde estaba Jesús, centro único de tu amor.

En mi vida

Tengo que hacer mío lo de Pablo: Si Dios, con la resurrección de Jesús, me ha “conresucitado con Cristo y me ha hecho sentar ya con Cristo en los cielos”, debo “buscar las cosas del cielo, no las de la tierra”. ¿Y qué hago yo? ¿No vivo siempre con mucho apego a tonterías de acá, que ni van ni vienen, sin pensar en el Jesús del Cielo, ni en el Jesús que está conmigo aquí en la Eucaristía, esperándome en su Sagrario e ilusionado por venir a mí en la Comunión, ni en el Jesús de los hermanos para hacer algo por Él?... Jesús, Tú eres el centro del Universo, ¿por qué no eres también el centro de mi vida entera? …

PRECES

Monitor: Aclamamos alegres a Jesucristo, que se sentó a la derecha del Padre, y le decimos:

Todos: Tú eres el Rey de la gloria, Cristo Jesús.

Señor Jesucristo, que con tu ascensión has glorificado la pequeñez de nuestra carne elevándola hasta las alturas del cielo,

- purifícanos de toda mancha y devuélvenos nuestra antigua dignidad.

Tú Señor Jesús, que por el camino del amor descendiste hasta nosotros,

- haz que nosotros, por el mismo camino del amor, ascendamos hasta ti.

Señor nuestro Jesucristo, que con nuestro corazón y nuestro deseo vivamos ya en el cielo,

- donde nos esperas para glorificarnos con la misma gloria tuya, después de haber trabajado por ti, en la dilatación del Reino y haciendo el bien a los hermanos.

Sabemos que un día volverás triunfador para juzgar al mundo,

- haz que podamos contemplar misericordioso en tu majestad, junto con nuestros hermanos difuntos, para los que te pedimos el descanso eterno.

Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Monitor: Señor Sacramentado, que estás con nosotros aquí en la Tierra tan realmente presente como lo estás en el Cielo. Haznos vivir de ti, para que, cuando nos llames, contemplemos cara a cara, con felicidad inenarrable, lo que ahora descubrimos con la fe en este augusto Sacramento. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Canto: "Cantemos al amor de los amores"

BENDICIÓN CON EL SANTÍSIMO Y RESERVA

Canto final: “Que viva mi Cristo”

NOTA. PROPUESTA DE HORA SANTA PARA EL JUEVES DE LA ASCENSIÓN. García Pedro, Mi Hora Santa Eucarística, Clavería, Méx. 1º Ed. 2004, pp. 137-141.