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Año Santo Sacerdotal 2009-2010


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año Sacerdotal 2009 — 2010


"Carta a mis Hermanos Sacerdotes"


NAVIDAD: ESPERANZA SACERDOTAL

Hermanos sacerdotes: “El Dios de la esperanza los llene de todo gozo y paz en el creer, para que abunden en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Rm 15, 13). El tiempo del Adviento y la perspectiva de la Navidad animan a toda la Iglesia a mantenerse despierta en la invocación de su Señor que viene: ¡Maranathá! La certeza del Dios-con-nosotros es, sin duda, la garantía interior que nos mueve para entregarnos siempre con más generosidad al ministerio que hemos recibido. En este Año Sacerdotal, el actual tiempo litúrgico es por demás propicio para renovar nuestra esperanza en el Señor Jesús y para dejar que el Espíritu Santo dinamice, desde nuestra entrega amorosa a Cristo y a su Iglesia, el ministerio que desempeñamos en favor de nuestros hermanos, tan necesitados de una palabra de ánimo.

1. Cristo, nuestra esperanza. En realidad, sólo Cristo es nuestra esperanza (cf. 1Tm 1, 1). Sólo a Él debemos mirar constantemente para que de la contemplación de su rostro brote el impulso que nos hace caminar con la frente en alto hacia el futuro. Estos tiempos litúrgicos nos mueven a reconocer dos facetas en las que Cristo es nuestra esperanza. Por una parte, porque hacia Él se dirige toda la historia de la humanidad. En Él se encuentra el faro de nuestro reposo eterno y, lo aclamamos como juez poderoso y misericordioso que entrega a cada hombre su recompensa en razón de las obras de misericordia que ha realizado en su vida. Por eso no desfallecemos cuando el mundo contesta incluso, agresivamente nuestra vida de caridad y, por eso deseamos valorar cada vaso de agua que entregamos al sediento, cada prenda que damos al desnudo, cada gesto de aliento que brindamos al decaído, porque en todo ello sabemos que llevamos a cabo la hermosa vocación cristiana de vivir en el amor y, lo hacemos reconociendo a Cristo presente en nuestros hermanos, los hombres. Esta certeza debe renovarnos interiormente para calibrar nuestra respuesta, siempre con mayor generosidad y libertad. Pero en este tiempo aclamamos al Señor en su primera venida, la que nos permitió reconocer la cercanía de Dios en nuestras vidas y su oferta de salvación. Delante del Niño Dios en el pesebre volvemos a sentir el gozo característico de la esperanza (cf. Rm 12, 12) y, la convicción interior de que la esperanza no puede desilusionarnos (cf. Rm 5, 5).

2. El sacerdote, hombre de esperanza. El sacerdote, como todo cristiano, está llamado a vivir la virtud de la esperanza como uno de los ejes de su espiritualidad. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que “la virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la esperanza de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad” (n. 1818). En este sentido, la esperanza corresponde plenamente al espíritu evangélico, que convierte en aquellos que se han despojado de las vanidades del mundo en receptáculos disponibles para la acción de la gracia divina, lo cual se convierte en un cántico de alabanza al Dios misericordioso.

3. Un ministerio de esperanza. Nuestro tiempo, en particular, requiere de testigos de la esperanza y, una de las facetas de nuestro ministerio sacerdotal debe ser precisamente impregnar la vida de los fieles de esperanza. Hay muchas razones humanas para el desaliento. Pero siempre hay una razón superior para la esperanza. Cuando la violencia nos amenaza, cuando el mercantilismo hedonista nos asfixia, cuando las rupturas familiares y sociales nos desmoronan y cuando el individualismo nos repliega al rincón de nuestros caprichos, la paz, la reconciliación, la libertad y el amor son la única verdadera esperanza que hemos de brindar al mundo. Es verdad que no podemos ignorar las dificultades, particularmente duras en nuestra cultura, tanto por las abundantes exigencias del ministerio como por las incomprensiones e incluso persecuciones que lo acompañan. Pero hoy más que nunca es necesario vestirnos de la armadura de la justicia, para poder brindar esperanza a nuestros hermanos. En nuestro ministerio hay una original referencia comunitaria: hemos de vivir la esperanza y hemos de comunicar esperanza. Pablo lo decía: “Nuestra esperanza respecto a ustedes está firmemente establecida, sabiendo que como son copartícipes de los sufrimientos, así también lo son de la consolación” (2 Co 1, 7). Es momento de buscar la esperanza como una realidad común. “No se llega a la esperanza única a la que hemos sido llamados, si no se corre hacia ella con el alma unida a los demás” (S. Gregorio Magno, Regla Pastoral, III, 22). Es verdad que atendemos realidades muy diversas y, que requerimos de una gran flexibilidad, sobre todo en el prisma multicolor de nuestra ciudad. Más que nunca se aplica aquí aquel comentario que San Juan de Ávila hacía dirigiéndose a los párrocos: “Menester es mucha prudencia para saber llevar a tanta diversidad de gentes y, aplicar a cada uno su medicina según a cada uno conviene” (Escritos Sacerdotales, Católica, Madrid 2000, 175). Pero sin duda una medicina que hoy todos necesitamos es la esperanza. Todos los recursos de nuestro ministerio tienen una dimensión de esperanza, a fin de que cada ministro del Evangelio seamos BUENA NUEVA para: las familias, los alejados, los jóvenes y los pobres de nuestra Arquidiócesis; ellos esperan de nosotros el anuncio de la Palabra que no pasa, la administración de los Sacramentos de la Vida Eterna, la animación de la comunión y la caridad sobre la que hemos de ser juzgados en el último día.

4. Spes nostra, Salve! La figura de María, mujer de Adviento, es también en este caso un referente obligado. Es ella quien esperó en su seno el nacimiento del salvador y, debido a ello, es por excelencia la mujer de la esperanza. La disponibilidad total a la Palabra de Dios —realización eficaz de la esperanza— se expresó en el “Fiat!” del que misteriosamente Dios quiso hacer depender nuestra redención. También ella, después del misterio Pascual, perseveró con los apóstoles en la oración implorando el Espíritu que habría de conducir a la Iglesia hacia la verdad completa. Bajo su protección ponemos los esfuerzos y la cotidiana entrega generosa de nuestros sacerdotes.

¡Feliz Adviento en este Año Sacerdotal!

Mons. Jonás Guerrero Corona
Obispo Auxiliar de México