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Año Santo Sacerdotal 2009-2010


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año Sacerdotal 2009 — 2010


"Carta a mis Hermanos Sacerdotes"


Escudo de la Insigna Nacional Basílica de Guadalupe

SACERDOTES EN EL CORAZÓN DE GUADALUPE

Queridos hermanos en el ministerio sacerdotal de Jesús, Buen Pastor, casi al concluir el año dedicado al sacerdocio que el Santo Padre Benedicto XVI convocara el pasado mes de junio, me dirijo a ustedes para juntos reflexionar sobre el inapreciable don con que Cristo nos ha elegido y ungido para ser sus ministros; el don del sacerdocio, que nos capacita para actuar “in persona Christi” y por el cual toda nuestra existencia queda sellada “in aeternum”.

En primer lugar abordaré algunos elementos de la rica Tradición que sobre el sacerdocio existe, enseguida, a la luz de algunos textos del Nican Mopohua, descubriremos también cuál es nuestra misión desde el Corazón de Guadalupe.

Acojamos, queridísimos hermanos sacerdotes, esta última reflexión del año dedicado a nuestro ministerio. Que estas palabras animen y orienten toda nuestra vida sacerdotal.

El sacerdocio, mis amados hermanos sacerdotes, no es una carrera, como muchas veces se le ha querido equiparar. Somos sacerdotes por vocación, no por profesión. Tan es así, que ninguna carrera, por muy digna y santificante que sea, continúa en la persona después de la muerte, como ocurre con el sacerdocio. Quienes hemos recibido este don hemos sido configurados con Cristo para actuar en su nombre y persona. Somos sacerdotes para la eternidad.

Hoy más que nunca debemos revalorar el sacerdocio, enfrentarnos a su comprensión y descubrir su esencialidad. Sobre todo ante el desprestigio que se ha cernido sobre esta institución numinosa. ¿Qué es un sacerdote? El sacerdocio es tan rico que no puede definirse en consideración a las tareas que realiza, el sacerdocio, es más bien, como lo afirma Anselm Grün, calidad de ser (Ansel Grum, El Orden Sacerdotal, Vida Sacerdotal, Serie: Sacramentos, Editorial san Pablo, 2005).

Esencial del sacerdocio es el envío. Nuestra ordenación, queridos hermanos, no nos pertenece, es para los demás. No fuimos ordenados para sentirnos mejor, ni para ser especiales, para nuestras familias o para un grupo determinado de la parroquia, sino llamados para ser enviados. Sacerdotes para la Iglesia.

Envío que se entiende como bendición de la que ya da cuenta Gregorio de Nisa cuando dice: “El poder mismo de la palabra hace al sacerdote digno y honorable, separado del común de los mortales, por medio de la novedad de la bendición, es decir, del envío.

Pues él, que hasta entonces era uno del pueblo, de la multitud, se muestra de repente como guía, presidente, maestro de devoción y mistagogo de los misterios escondidos. Y esto lo logra sin cambio alguno del cuerpo o del aspecto; externamente aparece como era; por medio de una gracia y un poder invisible su alma invisible es transformada para lo mejor”.

Así pues, queridos hermanos, entendida esta vocación como elección especial, digamos entonces, que especiales son nuestras acciones en medio de la comunidad cristiana a la que hemos sido llamados a servir y actuar in nomine et in persona Christi, prolongando más allá del espacio y del tiempo —he aquí algo fundamental— la obra de la redención. Se nos ha otorgado la potestad sobre el Cuerpo y la Sangre de Jesús, se nos ha injertado como ministros en su ministerio de salvación, se nos ha preparado para ser verdaderos servidores de nuestros hermanos los hombres.

¿Qué decir ante toda esta maravilla? ¿Cómo no acercarse a este misterio, sino —como dice san Pablo— conscientes de nuestra debilidad y temerosos, temblando ante la grandeza del don recibido? (1 Cor 2, 3).

La eficacia de nuestro sacerdocio, queridos hermanos, radica en la adhesión y en el seguimiento que de él hagamos. Para imitar a Cristo, es preciso conocerlo. ¿Qué dice Jesús de sí mismo? ¿No se presenta, ante todo, como redentor, como el Hijo de Dios que ha venido a dar la vida por la salvación del mundo? Para muestra un botón: El espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh, me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos, a pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad; a pregonar el año de gracia del Señor (Lc 4,18) Todos recordamos cómo Jesús, según el Evangelio de san Lucas, comenzó su predicación aplicándose a sí mismo este antiguo anuncio.

Pero el Señor nos descubre una mayor riqueza en lo que este texto dice acerca de la misión del Salvador. Además de profesar claramente su unidad con el Padre en la naturaleza divina, muestra que en la Cruz —más allá que cualquier límite imaginable— se manifiesta su amor por los hombres. La conciencia de haber sido mandado al mundo, suscita en Cristo una solicitud tan fuerte que despierta en su alma deseos ardientes. La fe nos dice que ese Jesús que quiere vivir en nosotros es el Hijo que, por amor al Padre, ama a los hombres y, obediente a la voluntad del que lo ha enviado, se encarna y viene a la tierra para dar la vida por nosotros.

Seguir a Cristo significa ser partícipe de su misión: “Como el Padre me ha enviado a mí, así yo los envío a ustedes” (Jn 20, 21). Es amar y servir al proyecto de la redención siendo mediadores entre Dios y los hombres. Siendo padres, maestros y pastores de todos. Debiendo tener un celo apostólico sin fronteras y una caridad pastoral que abrace hasta lo más íntimo del ser. En ello habremos de entregarnos a cada uno y satisfacer las necesidades espirituales de todos, sin preferencias ni diferencias, derrochando todas nuestras energías en el ministerio. Dispuestos a llevar a todos los hombres y mujeres a Cristo. Mostrándonos siempre acogedores con nuestros hermanos, en todo momento, las veinticuatro horas del día, no como quien hace un favor, sino con la conciencia de cumplir un gustoso deber que no debemos soslayar.

Cualquier persona tendrá derecho a buscar nuestro consejo espiritual o nuestras palabras de consuelo; a escuchar de nuestros labios la doctrina salvífica del Evangelio, a recibir de nosotros el perdón divino,  descubrir en todo nuestro comportamiento la presencia y el amor de Cristo. Esto es lo que los hombres y mujeres esperan del sacerdote: que los represente ante Dios, que interceda por todas sus necesidades materiales y espirituales.

El recordado y amado Siervo de Dios, el papa Juan Pablo II, en una homilía de ordenación en España en el año de 1982 les decía a los sacerdotes: No teman ser separados de sus fieles y de aquellos a quienes su misión los ha destinado. Más bien los separaría de ellos el olvidar o descuidar el sentido de la consagración que distingue su sacerdocio, sus fieles los quieren sacerdotes de cuerpo entero, liturgos, maestros, pastores, sin dejar de ser, como Cristo, hermanos y amigos.

Toda su vida, pública y privada, debe estar marcada, plasmada, connotada, por esas actitudes y componentes que son propios de Jesús, Cabeza y Pastor de la Iglesia, quien ha dado la vida por nosotros, tal y como el sacerdote también debe darla por completo, día a día, en el cumplimiento de su misión.

Hermanos, ya que hemos sido elegidos de entre los hombres para provecho de ellos, no nos arroguemos este honor, mas por el contrario reconozcamos que somos pobres creaturas, llenas de miserias y defectos. Unamos el sacrificio de nuestro ministerio al único sacrificio de alabanza perfecta al Padre, por Cristo en el Espíritu.

Queridos hermanos sacerdotes, después de estas palabras, como se los expresé al comienzo de las mismas, me permito compartir ahora con ustedes una mirada a nuestro sacerdocio, sólo que desde la narración príncipe de las apariciones de nuestra Muchachita y Celestial Señora santa María de Guadalupe al indio santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin, es decir, desde el Nican Mopohua.

En el diálogo que entabla la Señora del Cielo con su confidente, se revela inmediatamente la formación cristiana que tenía Juan Diego, amén de la familiaridad con que él escuchó y trató desde un principio a la Celestial Señora.

Sobre este particular, Mons. José Luis Guerrero Rosado afirma lo siguiente: Juan Diego inmediatamente identifica a la Virgen. No sólo la llama así por su aspecto maravilloso, sino que antes de que Ella se presente como la Madre de Dios, él la asocia con su religión cristiana, llamando “tu casita” al templo al que se dirige a “seguir las cosas de Dios… ”

Transcribo literalmente dicho diálogo: “Le dijo Ella: escucha hijo mío el menor, Juanito, ¿a dónde te diriges? Y él le contestó: Mi Señora, Reina, Muchachita mía, allá llegaré a tu casita de México Tlatilolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, quienes nos enseñan quienes son las imágenes de nuestro Señor, nuestros sacerdotes” (N M  23 – 24).

¿Qué nos dice a nosotros sacerdotes este relato? En primer lugar, nos ofrece el status que los sacerdotes conservaban en esa época, el cual no dista ni un céntimo al de estos días. Sin temor a equivocarnos, somos los sacerdotes imágenes de nuestro Señor Jesucristo o por lo menos eso deberíamos intentar ser.

Ser imagen, dice Monseñor Guerrero, no significa ser mera apariencia o recuerdo, sino algo vivo, continuidad de la misma persona —he  aquí amados hermanos sacerdotes la gravedad de nuestro ministerio— somos continuadores de la obra de Jesucristo. La obra no es nuestra, sólo somos siervos inútiles, estamos porque Él nos ha llamado. Jesús mismo, hermanos, era consciente de esta realidad: No he venido por mi cuenta, sino porque el Padre me  ha llamado y me ha enviado (Jn 7, 16).

Para comprender mejor esta expresión vayamos a la exégesis que de la palabra imagen hace Monseñor Guerrero. La palabra “ixíptatl” de origen náhuatl significa no un mero retrato sino un verdadero representante. Su raíz el verbo ixiptatli, es en el diccionario de Molina: “asistir en lugar de otro, o representar persona en farsa”, ixiptlayotia, “hacer algo a su imagen y semejanza, delegar o sustituir a otro en su lugar”. Es en ese sentido que Juan Diego llama a  los sacerdotes: imágenes de nuestro Señor…” Esta bellísima profesión de fe en la figura sacerdotal, que, a Dios gracias, sigue siendo patrimonio de México, también puede servirnos para ir entendiendo el concepto náhuatl de imagen.

Así pues, hermanos sacerdotes, es necesario, rehacer nuestra imagen sacerdotal, aquella que con nuestros anti testimonios hemos desvirtuado.

Sólo así podremos seguir siendo testimonio vivo de la presencia de Cristo, sólo así nuestros fieles seguirán venerando nuestra dignidad sacerdotal, no porque lo merezcamos por nosotros mismos, sino más bien, por Aquel, a quien representamos; nuestro Señor Jesucristo.

Nos sirva el siguiente ejemplo con el que también nos ilustra Mons. José Luis Guerrero Rosado. Desde la época prehispánica los sacerdotes, pese a su inmenso número, eran veneradísimos, como se puede ilustrar enseguida: “Humildemente venero vuestra sacerdotal dignidad, padre mío amado, y beso vuestras manos sacerdotales, mostrando la estimación que debo a vuestra persona y dándoos el sincero afecto. ¿Cómo estáis de salud? ¿Os concede estar sanos el Dueño de los cielos y la tierra? ¿No hay alguna dolencia que le haya enviado su mano?

A lo que el sacerdote responde: “Estoy bien, gracias, ¿y tú, cómo estás? ¿Cómo está tu señora abuela y tu señora madre? ¿Están con salud?” El indio responde: Mil gracias, amado Padre: están con salud y otro tanto yo, tu pobre e inútil servidor”.

Esta investidura sacerdotal, su autoridad y representación queda también a salvo en texto donde la Virgen, la Señora del Cielo, encomienda a Juan Diego su aliento, su voluntad: anda al palacio del obispo de México, y le dirás cómo yo te envío, para que le descubras cómo mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo… (N M 22). Al pedir el templo mediante la intermediación de Zumárraga, no quiere con ello complicar las cosas, sino más bien, dotar la petición de una garantía que asegure humana y espiritualmente su deseo, además, de ser el obispo el representante de Dios en la tierra.

Finalmente, el relato en cuestión, nos regala en otro breve episodio la tarea del sacerdote: salió a llamar a un sacerdote para que fuera a confesar a su tío moribundo, para que fuera a prepararlo… Sacerdocio, Eucaristía y Reconciliación van de la mano. Uno no existe sin el otro. Ya en repetidas ocasiones y seguro a lo largo de todo este año, hemos reflexionado sobre estas intrínsecas relaciones.

De tal forma, hermanos sacerdotes, seamos hombres de Eucaristía, hagamos de ella, el centro absoluto de nuestra vida, de nuestras actividades pastorales, de nuestras desesperanzas. Al acercarnos al altar sobrecojámonos ante el misterio que se nos anticipa, hundámonos en su profundidad y saboreemos el cielo. Celebremos con calma, sin prisas, como no la tienen los enamorados cuando están en compañía de la persona amada. Que todo lo que hagamos en nuestras celebraciones exprese nuestra fe y amor.

Los sacerdotes debemos sentirnos orgullosos del don que nos ha sido dado. Jesús nos ha elegido…, nosotros hemos dado nuestro consentimiento, Él nos ha señalado el camino…, nosotros hemos seguido sus huellas; Él nos ha ungido con su Espíritu…, nosotros hemos aceptado con docilidad las exigencias de esta unción.

Abramos, siempre y cada momento, el trono de la misericordia divina para nuestros hermanos, pues hemos sido elegidos entre ellos para servirlos a ellos.

Los encomiendo al cuidado maternal de la Virgen, nuestra Niña y Señora, santa María de Guadalupe, Madre del “Arraigadísimo Dios por quien se vive”, Madre de Cristo Sumo Sacerdote.

Su hermano y servidor en el ministerio de  Jesús, Buen Pastor.

Mons. Diego Monroy Ponce
Vicario General y Episcopal de Guadalupe
Rector del Santuario

* Las reflexiones de Monseñor José Luis Guerrero Rosado son tomadas de  la obra de su autoría intitulada: El Nican Mopohua, Un intento de Exégesis, José Luis Guerrero Rosada, Tomo I, Editorial Realidad, Teoría y Práctica, 1998.