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Año Santo Sacerdotal 2009-2010


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año Sacerdotal 2009 — 2010


"Carta a mis Hermanos Sacerdotes"


CUARESMA: VIA CRUCIS SACERDOTAL, MODELO DE CRISTO DOLIENTE

A mis hermanos sacerdotes y fieles todos, que el señor Jesús que murió por nuestra justificación, ya que nos ama, esté con todos ustedes.

En este tiempo de Cuaresma, tiempo de preparación, tenemos la oportunidad de reflexionar juntos sobre lo que debe significar para el hombre y mujer cristianos, vivir el Vía Crucis o el Camino de la Cruz, a imitación de Cristo.

Vivir el signo de la cruz, de esa cruz que nos identifica, nos exige aquí y ahora, en nuestra Arquidiócesis, en nuestros templos, en nuestros barrios, a llevar la propia cruz; sin distingos ni pretextos, ayudar a cargar las cruces de nuestros hermanos presbÍteros, de la comunidad, de los fieles y de los vecinos, sin excusas y disculpas para no hacerlo.

Conocemos nuestra vulnerabilidad, reconocemos nuestra fragilidad, pues el hombre es una caña agitada por los vientos, que hoy reverdece y mañana se marchita. ¡Qué pequeños y limitados somos! Queremos eternizar nuestros pequeños momentos de gozo, pero no es posible y eso nos frustra y nos lleva a la desesperanza. Buscamos la juventud, la larga vida como el mito de Gilgamesh quizás, pero, como seguidores de Cristo, no podemos caer en la desesperanza.

Cuando abrimos la Sagrada Biblia nos encontramos con un Dios bueno y poderos y, porque es bueno crea todo y, porque ama crea al hombre a su imagen y semejanza, por eso la identidad del hombre es ser imagen y semejanza de la Vida, del Amor y Dios invita al hombre a participar permanentemente de su vida divina, pero el hombre sintiéndose autosuficiente rechaza esa invitación y tenemos el primer momento de pérdida de su identidad. Sin embargo, Dios porque ama, no deja solo al hombre, le promete una redención y toda la historia del Pueblo de Israel, es la historia de una promesa manifestada por los profetas al pueblo elegido, al que invita a estar siempre preparado para vivir esta promesa y para exclamar confiado, como el Siervo Doliente: “El Señor Yavhé me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yavhé habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado” (Is 50, 5-7).

Y una exigencia para poder cargar nuestra cruz es el despojarnos de todo. Nosotros, hermanos, debemos ser los primeros en quitarnos aquello que nos duele, nos lastima; aquello que es el lastre en nuestra vida y, una forma de hacerlo es viviendo la oración y la intimidad con Dios. Convencidos debemos realizar el verdadero ayuno, que consiste en conservar la alegría en mundo triste, ya que es muy complicado conservar el gozo y la alegría en un mundo sin armonía y tristeza. Nosotros sacerdotes, quizás más que nadie, por nuestro ministerio, debemos ser personas llenas de amabilidad, desprendimiento, generosidad y salir al encuentro del más necesitado. Debemos ponernos el vestido del cristiano y que es la caridad.

No debemos temer la pobreza. Jesús nació, creció, vivió en pobreza con su familia, porque siendo rico se hizo pobre para enriquecernos en su pobreza. En la pobreza, inseguridad y riesgo encontraremos la fortaleza que nos haga seguir acompañando a Jesús en el camino de la cruz. Si Cristo nuestro Señor pasó haciendo el bien, curando a los oprimidos por el maligno, amando entrañablemente a los niños, perdonando a los pecadores, aún en los duros momentos como el de su Pasión y Crucifixión, ya nos había anunciado en el episodio de la Transfiguración, que sólo a través de una vivencia de “su” pasión hallaremos el camino para alcanzar la gloria de la Resurrección.

“Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallan bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Gal 4, 4-5). Si somos hermanos de Cristo por su encarnación en María, nos adherimos más a su divinidad imitando su dolor y su pasión, al dar la vida en una cruz por nuestros pecados. Dio su vida por nosotros, pero no todo acabó allí. Él escogió a doce amigos suyos, a los comprometidos, a los humildes y sencillos, para comunicar una palabra de esperanza y, que sin embargo, siguiéndolo con alegría y entusiasmo, en los momentos difíciles, lo abandonaron porque ya no les daba ambiente de seguridad, porque había perdido la ilusión y su esperanza. Ya nadie les daba razón de su vida. Más sin embargo, en Pentecostés, llegaron a vivir en plenitud su servicio incondicional y se identificaron plenamente con Cristo, Sumo y Eternos Sacerdote, como lo anuncia la Carta a los Hebreos.

Muchos y grandes, hombres y mujeres a lo largo de nuestra historia, han aceptado continuar construyendo el camino de la Cruz que Jesús nos señaló y, han asumido riesgos, sufrimientos, vejaciones, burlas y despojos, tal como Jesús los tuvo en su pasión, con la esperanza de hallar su entrada al gozo de la plenitud gloriosa de la Pascua, aún a costa de sacrificio y de la propia muerte en el martirio, muchos fueron por su sangre semilla de los nuevos cristianos. Nos toca a nosotros continuar el camino.

Siendo de humus, tierra, barro que se quiebra, nuestra esperanza y nuestra fe nos hacen exclamar: “¿Qué es el hombre, que te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre, que de él te preocupas? Le hiciste por un poco inferior a los Ángeles, de gloria y honor le coronaste” (Hb 2, 6-7). Nuestra fragilidad nos hace sólo confiar en lo fácil, lo rápido, lo práctico, lo que nos da comodidad o satisfacción. Bástenos con ver por doquier tanta maldad, tanto sufrimiento, pobreza y marginación. El hombre es ya un lobo para el hombre: Homo homini lupus, porque en realidad nos hacemos mucho daño entre nosotros con la actitud, con el silencio y aún con la palabra. Vivimos un mundo de violencia permanente, violencia que casi nos espanta, los medios de comunicación nos la hacen más evidente, nos presentan una humanidad descarnada, cada vez más deshumanizada y a la que vemos con indiferencia y sin ápice de empatía por el dolor. Pareciera  que hay más sombras que luz.

Si el hombre es hambre, hambre de pan material, hambre de pan espiritual y emocional, ¿cómo humanizar, transformar, evangelizar y alimentar a quienes nos rodean? Para enfrentar estos grandes retos, grandes deben des ser nuestras soluciones.

Trabajemos en ello, porque además de que los sacerdotes debemos estar enamorados de nuestra vocación, debemos estar preparados para ser verdaderos “profesionales” como comunicadores de la vida de  Dios; acompañando al ser humano en la búsqueda de su nueva identidad, que es ser imagen de Dios y, para ello necesitamos disciplinarnos abrazando y tomando con verdadera convicción, la cruz del Cristo doliente.

Agradezco a Dios de contar en la Vicaría a mi cargo, con sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles, comprometidos y preparándose constantemente para ir entregando la Palabra de Dios, dando ánimo, aliento y esperanza a los habitantes de la gran Ciudad.

Deseo hermano sacerdote, enciendas la luz pascual de la ilusión y la esperanza, para que ilumines el caminar de los hermanos en búsqueda del hombre nuevo y de la verdadera identidad en Cristo, ya que el misterio del hombre se ilumina solamente en el misterio del Verbo Encarnado, muerto y resucitado.

Como expresión de nuestro Vía crucis Cuaresmal, de la aceptación responsable de la vida, este Jueves Santo, viviremos en comunión con nuestro Pastor, nuestra fidelidad Sacerdotal.

Unidos también en la alegría con nuestro Padre y Obispo el Emmo. Sr. Cardenal Norberto Rivera Carrera, por sus 25 años de Consagración Episcopal.

Que nuestra Madre María Santísima, quien encuentra y acompaña en su dolor a su propio hijo, siempre nos dé consuelo en las angustias, en la soledad de nuestro ministerio y, trabajemos con la confianza de que no nos dejará solos, así en los momentos más difíciles, ella estará desde su dolor y desde sus lagrimas, acogiéndonos en su regazo, donde nos susurra como hizo a Juan Diego en el Tepeyac: “¿No estoy yo  aquí que soy tu Madre?”

OMNIA IN LAETITIA

S.E. MONS. ANTONIO ORTEGA FRANCO, c.o.
Vicario Episcopal de la IV Vicaría

Arquidiócesis Primada de México
Cueresma 2010