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año Sacerdotal 2009 — 2010


"Carta a mis Hermanos Sacerdotes"


LA PATERNIDAD EN LOS PASTORES

Hermanos Padres y Pastores: Los saludo en el Espíritu del Buen Pastor, orando con ustedes para que nuestra acción evangelizadora goce de buena y esperanzadora salud.

Hermanos, con motivo del Año Sacerdotal, les  escribo esta carta para compartir experiencias y visión acerca de nuestro común ministerio, que nuestro buen Dios nos ha delegado para servir solícitamente a la Iglesia de su Hijo Jesucristo, siempre en el Espíritu de la común-unión.

El asunto del que les escribo es sobre nuestra paternidad como pastores al servicio de la Iglesia.

Estas palabras no pretenden ser un artículo de fondo alguno [por ello me tomo la libertad de no poner cita alguna, sino que invoco a la memoria del corazón individual y comunitaria, para entrar en la vivencia del Evangelio, además de recuperar la memoria de nuestra vida familiar y quehacer pastoral], sino una narración del género epistolar, coloquial y con confianza fraterna, para compartir con ustedes y animarnos mutuamente a asumir nuestra dimensión paternal y ejercerla según el espejo-modelo del Padre revelado en el actuar de Jesús, quien aprendió, también, de la mediación histórica de José. Y así atrevernos a revisar nuestra trayectoria como padres y, pastores, para una mejor evangelización en nuestros días. Espero, también, que nuestros hermanos laicos puedan leer esta carta y la contextualicen en su propio campo vocacional.

APRENDAMOS A SER PADRES Y PASTORES EN EL BUEN PASTOR

Con frecuencia se nos llama con respeto “padre” o, con cariño “padrecito”, por nuestros hermanos laicos; y también se usa la expresión “Padre y Pastor” en tratamientos oficiales o en los textos orientadores de nuestra Iglesia.

Tales expresiones se asocian a actitudes y comportamientos esenciales que un buen pastor ha de manifestar al ejercer, en nombre y en la persona de Cristo, el pastoreo ministerial.

Como pastores, sacerdotes ministeriales, tenemos nuestro fundamento, identidad y misión, en Jesucristo Buen Pastor. Y Él es la manifestación del Padre. En Cristo se transparenta, por sus palabras, actitudes y comportamientos, el Padre, que es Amor y, como tal, Padre de todos los hombres; Padre de los “perdidos”; Padre que quiere que todos sus hijos se salven… Y les provee lo necesario para su vida y, una vida en abundancia. Su amor de Padre lo lleva a compartirnos a su Hijo, para nuestra plena y definitiva salud y alegría. Y en Jesús todo Él se nos da.

Por tanto, en Jesucristo, hombre adulto y pleno en su humanidad y divinidad, también es espejo límpido de paternidad para nuestro aprendizaje en el ser Padres y Pastores para su Iglesia.

Jesús revela en su actuar evangelizador la intimidad de la Familia Divina. Sólo Jesús, el Hijo, conoce al Padre y, Él lo da a conocer a los hombres… Su alimento es hacer la voluntad de su Padre… El Padre en Él se complace, es el Hijo amado… El Hijo cuida a todos los que le ha confiado su Padre y, ninguno se perderá [es el Buen Pastor con entrañas de padre]… Él y el Padre son Uno… Jesús le aprende de su Padre, a tener modos paternales de tratar a sus hermanos.

En Jesús se revela el ser, el amor del Padre para con todos sus hijos… Jesús, como buen Pastor y Padre, se deja impactar hasta las entrañas mismas y se compadece de las multitudes hambrientas de tantos y muy variados alimentos y, reacciona con infinita misericordia, como lo haría un buen padre para con sus hijos necesitados.

Las palabras, las actitudes y los comportamientos de Jesús son de un hombre adulto, con capacidad de ser padre, que aprendió de su Padre y en la intimidad de su familia de Nazareth. Y Jesús actúa como un padre al ejercer de tal manera la encomienda de su Padre: Hasta dar la vida por sus amigos, por sus hermanos. Por los hijos de su Padre.

MIRÉMONOS EN EL EJERCICIO PATERNO DE SAN JOSÉ

De José apenas se dice algo de él en los evangelios y, sin poner palabra alguna en sus labios. Siempre entre “sueños” [en lo más profundo de su ser creyente] José se entera, escucha y clarifica su misión. Estos relatos asociados siempre al hecho Jesús, son de suma importancia teológica, familiar y social.
 
Teológica:

En los relatos evangélicos [ante todo en Lucas y Mateo] acerca de la genealogía de Jesús, Éste aparece ligado a José.

Reconociendo los motivos y matices del porqué y el cómo de tales narraciones, vemos que José cumple una función en la Historia de la Salvación, en el Pueblo de las promesas. Aparece como el esposo de María y pasa como el padre de Jesús.

En Jesús se cumplen las profecías, las promesas de Yahvé.

José es la mediación histórica, el “hilo genealógico”, tan importante en la visión teológica e histórica del judío, como miembro del Pueblo de la Promesas, en el que surgiría el Mesías, de la Casa de David.

Familiar:

José, como padre [putativo] de Jesús y esposo de María, juega un papel fundamental en la vida familiar y social de su tiempo.

Las ciencias humanas y sociales actuales nos aportan la importancia de los roles jugados por los esposos entre sí y con sus hijos, para su adecuado crecimiento y  maduración bio-psíquica-social y espiritual. Son aprendizajes de roles familiares, de identificación personal, de elección de oficios, de pertenencia a una red social, de aprendizaje de valores y principios para la vida, etc.

Y, tomando en cuenta la cultura judía, en la que vivió Jesús, donde el varón tiene un papel preponderante, José fue el principio paternal de su educación como hombre de la Ley [José, junto con María, asiste y presenta al niño en el Templo, según las costumbres de Israel y, seguramente le enseñó a ir y participar en el proceso educativo en la sinagoga del pueblo]; de las normas familiares y comunitarias [Jesús extraviado y encontrado en el Templo, regresa y se somete a la autoridad amorosa y educativa de sus padres]. Por la calidad humana de Jesús, diríamos con certeza que tuvo un trasfondo familiar sano, adecuado y ejemplar, con la presencia educadora y paternal de José.

Social:

José seguramente enseñó a Jesús un trabajo digno, del cual vivir y aportar a su familia y a la vida de la aldea [el hijo mayor generalmente heredaba oficio y hacienda del padre; a Jesús lo llaman “el hijo de José” o “el hijo del carpintero”… “el hijo de María”].

Por tanto, José, según la gracia de Dios en la historia de Jesús [Historia de la Salvación], es la mediación humana para la educación del niño y el aprendizaje del rol adulto, entre otras funciones la de ser padre, a la que mira todo proceso adulto, no necesariamente paternidad biológica [tengamos siempre presente el Principio de la Encarnación].

Jesús, en su edad adulta y, ya actuando según el programa del Reino [en sus actitudes, gestos, comportamientos, expresiones de sus afectos y solicitud evangelizadora a diversas personas y en distintas circunstancias] manifiesta el aprendizaje que tuvo a temprana edad en el seno familiar y, no sin la función ejemplar de José como esposo, padre, artesano y, miembro del Pueblo de Dios.

Claro, esto no explica por sí sólo el acontecimiento Jesús. Es necesario verlo y comprenderlo en el vínculo esencial de Jesús como el Hijo en íntima comunión con el Padre [Vida divina intra Trinitaria].

MIRÉMONOS EN NUESTRA HISTORIA FAMILIAR

Esto, desde luego, requiere un volver sobre nuestros pasos, a nuestra historia familiar [los patrones observados y aprendidos desde los roles actuados por nuestros padres, que nos han dejado la impronta de ser padres en nuestra vida adulta]. Patrones que condicionan, en el trasfondo de nuestra historia personal, nuestra presencia y actuación ministerial, como padres y pastores de la comunidad eclesial. La gracia supone la naturaleza, y ésta cuando se dispone en un aprendizaje permanente, siempre, no sin su natural fragilidad, es el vehículo sacramental de un mejor pastoreo del Pueblo de Dios.

Por ello, es también necesario, recuperar memoria, valorar y discernir, si no es que también sanar y perdonar los aprendizajes familiares, que no dejan de tener sus luces y sus sombras, que nos potencian o detienen en nuestra vida adulta y en el ejercicio de nuestra vocación de padres y pastores.

No se nace siendo padre, ni se estudia para ser padre [hay algunas “escuelas para padres” que pueden auxiliar, en tan importante y difícil tarea].

Vamos aprendiendo y nos vamos capacitando en el día a día en el ejercicio de nuestro ministerio, pero interactuando con los “espejos”, modelos que han marcado y modelan nuestro ser Pastores y, Padres de la comunidad.

En cuanto aprender de Jesús, del Padre celestial, de José, de nuestros padres y otros padres, no sólo es cuestión de estudio formal…  Sino de mirarlos y escucharlos, caminar con ellos y aprender de sus pasos, de sus actitudes, de sus palabras, etc. Y contemplándonos en ellos, podemos aprender a ser mejores padres y pastores.

Como cuando fuimos pequeños, en el juego de ver e imitar a ser grandes como papá, metiéndonos en sus zapatos… Metámonos en las sandalias de Jesús, de José, dejémonos impregnar del misterio del Padre, para aprender a ser mejores y felices padres de la comunidad. Ser buenos padres es ser buenos pastores y guías de la comunidad.

SEAMOS LOS MEJORES PADRES Y PASTORES POSIBLES

Hermanos: El Ministerio que se nos ha delegado para servir a la Iglesia, en sus diversas comunidades, conlleva un máximo don de entrega total, incluyendo la disciplina del celibato pro Reino.

Pero esto no significa renunciar a una vida plena emocional-afectiva y espiritual para arropar y vehiculizar  este servicio que requiere realizarse con una mirada, con unos afectos y unas acciones paternales para con todos nuestros hermanos, especialmente los más pequeños, frágiles o necesitados.

Esto requiere de una saludable madurez afectiva y, una espiritualidad centrada en Cristo Pastor, que nos hará mejores padres que alumbran para la vida en la fe; padres que enseñan desde el Evangelio vivo, de manera apasionada y ejemplar el camino de la verdadera felicidad; padres que alimentan con los Sacramentos, bien celebrados, especialmente desde la Eucaristía; padres que sientan compasión por las multitudes y las múltiples necesidades de sus hermanos [aspirar a tener “entrañas de Jesucristo”], especialmente en esta gran Ciudad; padres que defiendan a su familia, sus comunidades parroquiales, diocesanas, de las amenazas que la desintegran interna o externa a su vida comunitaria; padres que escuchan, tengan paciencia y firmeza, que reconozcan y que alientan; padres, que con el ejemplo hasta el heroísmo, enseñan el Camino trazado por el Buen Pastor de todos. Padres que dan vida, hasta su propia vida para que otros tengan vida plena.

Este aprendizaje permanente ante estos “espejos” o modelos, no es fruto de un simplón voluntarismo, sino la cooperación humilde, confiada, y creativa, a la gracia de Dios, quien nos da los medios para las tareas que Él mismo nos encomienda a favor de sus hijos.

Sugiero que este aprendizaje sea, entre otros, a modo de la “lectio divina” [lectura y meditación (ver), oración y contemplación (juzgar)… y acción…].

Hermanos, espero que estas palabras sean apenas “para abrir boca”, y que cada uno colabore con la gracia divina y responda paternalmente a las exigencias pastorales de nuestro tiempo y de nuestra Iglesia, en sus múltiples comunidades parroquiales.

Que María de Guadalupe, nuestra tierna y solícita Madre y San José su esposo, nos enseñen a creer y seguir a Jesús el Buen Pastor, desde unas entrañas de buen padre y pastor al servicio de su Iglesia.

Fraterno y en comunión en la misma misión que nos han encomendado:

Pbro. A. Carlos A. Ruíz y Alvarado
Pro Vicario Episcopal de la VIII Vicaría  San Juan Bautista
Arquidiócesis de México

Febrero del 2010, Xochimilco, D. F.